martes, 26 de mayo de 2015

98.- Víctor Manuel en Llanes

Verano del 67
En cuanto acabó la prueba, regresé a la obra y me uní al grupo de compañeros con los que solía compartir el tiempo del almuerzo; me cambié de ropa y me dispuse a dar a buen término la comida que llevaba en mi costal, cuando ya ellos estaban a los postres. El encargado no había aparecido por la obra en toda la mañana, me comentaron, no obstante, a la hora de salir pregunté por él al listero y me dijo que estaba por los pisos. Esperé un rato para disculparme por no haberle avisado con antelación mi ausencia. Me dijo que carecía de importancia, sabiendo el motivo de mi falta y se interesó por los resultados de la prueba. El sobre semanal no se vio afectado en lo más mínimo por aquellas cinco horas de menos.
El sueldo se había generalizado entonces en veinticinco pesetas a la hora para los peones. El efectivo de la nómina semanal, se reflejaba en dos apartados: el sueldo mínimo base, que estaba en setecientas cincuenta pesetas y un complemento por el que las empresas no cotizaban a la Seguridad Social.
Los oficiales trabajaban a destajo y ajustaban tramos de obra en un tiempo determinado, acabado el cual, ajustaban un nuevo objetivo, llegando así a acumular más horas de las cuarenta y ocho semanales estipuladas oficialmente. Por ese motivo, solían elegir los peones más activos que les atendiesen con el material necesario para cumplir el ajuste con amplitud. La mayoría de ellos, tenían en sus pueblos labores de campo y ganadería que atender antes y después de salir del trabajo y ese ajuste les venía bien para no estar constreñidos por el horario laboral, pero a los encargados no les encantaba esta libertad, pues a la empresa le interesaba únicamente la ejecución en los plazos convenidos con el promotor para poder acceder a nuevos concursos de obras. Este razonamiento me lo explicó Jesús Sobrino, quien decidió cambiar a otra empresa que le permitiese adaptar su dedicación ganadera al horario con ajustes de tareas. Los buenos albañiles tenían buena acogida donde quiera que llamasen y las empresas en ese momento, procuraban tenerlos en plantilla, siempre que combinasen agilidad y calidad.
En ocasiones, después de salir de la obra, me pasaba por la Biblioteca Municipal que estaba en los bajos del Ayuntamiento, atendida por el poeta llanisco, Emilio Pola, de ascendencia parraguesa. Llevaba prestado un libro, generalmente de la literatura más ligera de Julio Verne, Emilio Salgari, Pío Baroja o Blasco Ibáñez entre otros y que alternaba con títulos que me había aprendido de la clases de Literatura y que abundaban en las estanterías perfectamente etiquetadas por géneros con placas de metal.
Sería por agosto, creo recordar bien, de ese año, cuando para las verbenas de San Roque que se hacían en la Huerta de Labra, justo al lado del moderno edificio en el que trabajaba, trajeron un joven para amenizar una de ellas. La portilla de entrada, justo donde ahora está La Residencia de Ancianos estaba abierta al público, pero a partir de una hora determinada, los municipales y los componentes de la Comisión pateaban todo el recinto para echarnos afuera a todos los que remoloneábamos para quedar dentro y así evitar el paso por taquilla. Todos salimos sin dar que hacer a la autoridad del recinto para no armar escándalos y pasar desapercibidos y nos quedamos en la acera, mirando por entre los enrejados de la valla, por si había algún momento de despiste o si se compadecía de nosotros alguno de de los conocidos de la Comisión del bando sanroquino. Cuando allí estábamos apostados, vimos pasar al cantante estrella de la verbena, un tal Víctor Manuel, de por Mieres del Camino, del que aún no había mucha noticia. No me costó convencer a mis incondicionales amigos a intentar acceder por otra parte de la finca, justo por detrás de la obra donde había una malla de obra fácil de mover. Hubo que esperar a que comenzara la actuación, cuando la pista de baile estaba a rebosar de público y que la guardia del sitial también atendía al escenario, para acceder al concierto.
Hacia la primera semana de septiembre estábamos dando fin a la colocación de las placas cerámicas de la planchada durmiente sobre el entramado de tabiquillos. Era preciso acabarlo sin que llegase la lluvia para que los desvanes no guardasen humedad.
El lunes después de la Guía, cuando estábamos esperando a que se abriera la obra,  Ramón tuvo la idea de ajustar el solado del tejado como hacían los oficiales, que aunque no lo éramos, nos sentíamos capacitados, pues lo peor del trabajo estaba en portear los materiales y con mayor beneficio para nosotros que como peones. Así nos juntamos en cuadrilla operativa, Ramón Noriega, del Jornu Pancar, José Antono Alea, de Parres, Gil de Cué y yo que fuimos a pactar con Primitivo quien accedió tras poner las bases laborales y económicas. Tendríamos que izar y colocar las placas cerámicas en los tabiques y cubrirlas con el hormigón que nos harían en la hormigonera exclusiva para nosotros. Uno de nosotros tendría que subirlo con el güinchi en la cuba y distribuirlo con los carretillos. Esto nos correspondió a Gil y a mí, en tanto que Ramón y Alea lo iban extendiendo y nivelando con reglas. El metro cuadrado cubierto nos lo pagaría a dieciséis pesetas.
Trabajamos sin parar toda la semana más de lo imprescindible para el bocadillo, pues ninguno de los cuatro fumábamos, tampoco faltó el agua, por lo que tuvimos que guarecernos en los momentos de lluvia más intensa bajo la misma planchada. pero el ajuste iba viento en popa. Me veo con el carretillo lleno de placas o de hormigón atravesar de lado a lado los huecos de los patios de luces por encima de un único tablón al estilo de los obreros de los rascacielos neoyorquinos, salvando las alturas y el riesgo, claro está.
Para el viernes a la hora de la comida, sentados los cuatro bajo el sollado recién hecho, protegidos del pertinaz orbayu, nos ilusionábamos con los cálculos aproximativos que todos habíamos hecho de lo que habríamos de cobrar aquella semana que, aunque no nos iba a sacar de pobres, a ninguno de los cuatro nos sobraba presentarnos en casa con más dinero del que solíamos llevar.
Por la tarde, ya el cielo despejado, subió el listero de la oficina para medir la superficie terminada. Yo la tenía bien medida por mi cuenta y encargo de mis compañeros que confiaban más en mí que en aquel oficinista de zapatos con olor a “Servus”.
_“Para algo tendrá que servir lo aprendido en tus estudios, _ me decía Gil. Y yo les dibujaba en un papel las distintas formas geométricas en que se fraccionaba el tejado, en trapecios, trapezoides, triángulos, rectángulos y cuadrados, como en un complicado rompecabezas y la fórmula de cálculo para cada una de ellas, ante un alumnado ávido por aprender. A la vez que les explicaba, repasaba una a una todas las operaciones y animado por ellos, bajé a la oficina para entregárselas en mano al encargado. Revisó las notas del listero y como vio la diferencia sensible con lo calculado por mí, a nuestra contra, por supuesto, le pedí que lo revisara con justeza. Así se hizo y lo pudimos comprobar el sábado por el contenido del sobre que nos entregaron a cada uno.
Aproveché la presencia de Primitivo en momento del cobro, para decirle que mandase preparar la liquidación para el siguiente sábado, de lo cual se extrañó y yo le conté que estaba matriculado para seguir con el Bachillerato.
Me regañó, por no haberle contado de mis estudios cuando le pedí trabajo al acabar con la cantera, porque de haberlo hecho me hubiese contratado para la oficina. Aún así, me propuso seguir en la empresa “Los Álamos” que al acabar con el tejado, iría de encargado a una nueva edificación en Oviedo y a mí me pagarían mejor sueldo y dietas para la pensión. Confieso que me halagó aquella oferta, por haberle tomado gusto a lo relacionado con las obras, en las que no faltaría nunca trabajo, por el ímpetu que había tomado al final de aquella década, lo que sólo era el sutil despertar de la tan traída y llevada burbuja del inmueble. Como dato económico, diré que el valor de la venta de los primeros pisos a estrenar en el bloque estaba en torno a las doscientas mil pesetas, o sea, el sueldo completo de un peón de la construcción durante un período continuo de diecisiete años. Tela.





lunes, 25 de mayo de 2015

97.- Las oposiciones de la encrucijada



Aquel año de 1967 representaría para mí como una encrucijada de caminos de la que yo no fui consciente entonces. Es ahora cuando me doy cuenta de la pluralidad de caminos que ofrece la vida, algunos rechazados consciente o inconscientemente, otros no fueron más que meros señuelos con barreras inexpugnables. Únicamente fue real el sendero seguido; los demás, un conjunto de quimeras que se diluyen en la neblina de la memoria con el paso del tiempo. Soy de opinar que lo vivido fue lo que nos pertenecía y si el balance da positivo, no hay nada que añorar. La mínima corrección en el currículo vital nos llevaría a una situación distinta. Entonces, yo pensaba que las personas manejábamos el timón de nuestro navío.
Hoy me parece un pensamiento simplista de aquel adoquinado jardín de rosas que nos vendieron en los libros, en las prédicas dominicales y en los medios emergentes de la televisión y el nodo. El noventa y nueve por ciento de la población mundial somos los títeres y estamos en manos de ese uno por ciento que son los que manejan las cuerdas de la tramoya.
Lo cierto es que me sentía feliz como peón de la construcción e integrado en la masa obrera a la que sin duda pertenecía. Tan sólo unos meses antes, cuando cavaba la zanja por la zona de la Moría, trataba con un guardia civil que por allí vivía y se acercaba a charlar con nosotros. Quizás por verme tan joven tirando de pico y pala y por conocer de mi paso por el instituto donde un hijo suyo era mi compañero, me animaba a que me presentase a unas pruebas con las que pudiera acceder a su benemérito cuerpo. Le agradecí sinceramente aquel detalle de sacarme del fango en el que me veía metido. Pero por la carencia en mí del espíritu militar requerido, así como por el cambio tácito que habría de obrar en mi criterio de la historia reciente, le dije que tenía ya decidida otra meta.
Una nueva oportunidad se me presentó estando en la obra. Un conocido amigo de mi padre, nos comunicó que se había abierto recientemente el plazo de adscripción a una prueba para una plaza en el Ayuntamiento, como Auxiliar Administrativo. No había tiempo para pensarlo y aquel mismo día a la salida del medio día, me fui a la Secretaría del Consistorio para hacer la matrícula. Debía enterarme por el tablón de anuncios de la fecha de la convocatoria. Nuestro amigo, al que siempre le agradecí su interés, me aconsejó que acudiese alguna tarde, pues me enseñaría el fácil manejo de la calculadora mecánica de rabil que escribía los resultados sobre un rollo de papel y para enseñarme las distintas oficinas y ventanillas del entramado burocrático de aquel sórdido establecimiento público con olor a tabaco de cuarterón y a legajos coroyados. El sueldo mensual que ofrecían para la plaza era de cuatro mil pesetas, sensiblemente inferior al que yo percibía como peón, si bien tampoco pillaría mojaduras, corrientes de aire y soleyeras, ni tendría jornadas agotadoras.
Llegado el día de las pruebas, me presenté a ellas que fueron por la mañana. Esperaban a lo mismo otros tres aspirantes, dos de los cuales habían sido compañeros míos en el Colegio La Arquera y en el Instituto. Dos de ellos hacían aún menos respirable el aire del pasillo delante del Salón de Plenos con volutas de humo y el otro se mordía las uñas. Yo más sereno, llevaba la procesión por dentro hasta que se abrieron las enormes puertas del salón y nos invitaron a pasar.
La primera prueba a pasar era de Mecanografía, con sendas máquinas en las que debíamos copiar el mismo texto con la máxima celeridad y mínimos errores. Los tres que habíamos pasado por La Arquera demostramos una más que suficiente habilidad dactilográfica a diez dedos. Me había fijado en el momento de hacer la inscripción que el empleado usaba tan sólo dos para aporrear las teclas de la vieja “Royal” con la que ametralleaba la cuartilla del papel.
Con la segunda prueba lingüística pretendían valorar nuestra preparación gramatical, ortográfica y de redacción así como la esmerada caligrafía en letra inglesa que tal era la exigencia que había para los documentos que haríamos a pluma y tinta en nuestro futuro trabajo de oficinistas.
Tras una media hora de descanso para que nos dieran los resultados, entramos los cuatro para realizar la prueba de matemáticas: unos cuantos problemas sobre medidas, volúmenes y cálculos financieros. Al salir de ella, en el pasillo, comentamos los resultados obtenidos, y a tenor de lo que vi y escuché decir, me pareció que yo había tenido mejores resultados: uno se desesperaba por algún error cometido, en tanto que los otros dos estábamos de acuerdo en los resultados; el cuarto se despidió sin más.
Entramos los tres que quedamos para la prueba oral, los tres con los nervios a flor de piel. El tribunal estaba formado por D. Aurelio Morales Poo, que lo presidía, como Alcalde, don Luis Acebes, maestro de la Escuela Graduada de Llanes y para la terna un alto cargo delegado de Oviedo. Para refrendar los resultados de la prueba estaba D. Wences González Fanjul, Secretario del Ayuntamiento, que se limitó, sin voz ni voto, a levantar la debida acta.
Tras un sorteo al azar con dos bolas numeradas que saqué de una bolsa de tela aterciopelada, me cayó en suerte comenzar. La primera pregunta versó sobre los Cabildos insulares. Después de contar que eran las formas administrativas exclusivas de las Canarias y nombrar los siete cabildos que existen, no supe decir poco o nada más, de lo que había estudiado en el libro de "Formación del espíritu nacional "que don Jesús Llarandi intentaba hacérnoslo digerir. 
Con el número de la segunda bola se me ofreció la oportunidad de explayarme mucho más, pero de ¡qué forma! Me pedía que tratase de los Sindicatos. Sabía que el Delegado Nacional era por entonces el también ministro Secretario del Movimiento, José Solis Ruiz. 
Recordaba todo eso por haberlo leído en unos folletos que mi padre había traído del viaje a Madrid con motivo de una concentración de trabajadores a la que había sido convocado como representante local por el sector de la vid. Ahora me doy cuenta la forma que tenían de organizar eventos tales y no dejo de preguntarme qué criterio organizativo sindical siguieron para nombrar a mi padre representante sindical de la vid, por una región donde lo único de vid que tiene son lostopónimos que perduran de una abandonada actividad de antaño. La Viña, cueto la Viña, las Vides, Vidiago, además de la abundancia de bares y vinaterías y las parras asilvestradas cubriendo algún bardial o peña. 
Mi padre estaba de criado en la Talá y don Fernando Vega Escandón, su patrono, le dijo que esa semana cobraría las mil pesetas del jornal, sin trabajar y otro tanto de dietas, aparte del viaje en tren en primera clase y la fonda completa. 
Ante todo suponía el descanso de una semana, cuando aún no se conocían las vacaciones para el obrero y, aunque aún convaleciente de una pertinaz gripe, decidió asistir.
Volvió del viaje cargado de folletos que allí les dieron y una revista en la que yo me esforzaba en ver a mi padre entre tanto congresista que se concentró en el Pabellón de los Deportes. Encontré la figura enjuta de mi padre, pequeña silueta humana embozada para el frío invierno castellano con bufanda y gabardina crema de tergal. Regresó un poco más delgado si cabe y con la misma gripe que llevó a cuestas que le dejaría en cama los días siguientes, hasta quitarla del todo a base de requemados, vahos de eucalipto y piramidones que le recetó D. Antonio Celorio.
Mi madre y yo atendíamos lo que nos narraba como quien escucha a un viajero que acaba de regresa de la corte del rey Arturo.
Inspirado por el bagaje sindicalista que mi padre me había aportado, les solté todo lo que querían escuchar y lo que no. Me sentía sobrado hasta el punto de observar a los cuatro y medir cada uno de sus movimientos, de modo que aún perdura en mi mente aquel cuadro digno de ser pintado por Goya. Yo de pie ante ellos, me solazaba viéndoles acomodarse en el cuero labrado de los sillones de ediles que ocupaban. Noté la sonrisa que don Luis me dirigió al verme tan firme y locuaz, acompañada con el leve asentimiento de cabeza que hacía para animarme y confirmarme que mi discurso iba por buen camino. Había coincidido con él muchas veces por la carretera, en la avenida de La Paz, cuando yo iba hacia la Talá en bici a llevarle la comida a mi padre y me bajaba para saludarle y le seguía, paso quedo, al ritmo renqueante que llevaba con su pata de palo y que paraba a tomar aliento apoyando su peso sobre la inapreciable cachaba. Me animó a seguir como él lo había hecho por la senda del magisterio. Tenía ya en mi poder el título de bachiller elemental, único requisito exigido para
matricularme en la escuela Normal de Oviedo, pero según me dijo, desde ese año, entraba en vigor el nuevo “Plan del 67” para el que se exigía el bachiller superior. Tenía más que claro que en septiembre me matricularía de quinto y en casa me habían dado la conformidad si ese era mi anhelo.
Tan entusiasmado estaba metido en mi disertación y confiado en la continua aquiescencia de don Luis, no pude por menos de ampliar el tema para nota y les solté lo que al respecto conocía de los Sindicatos por el “Mundo Obrero” que llegaba a casa de mi abuelo Marcos de forma clandestina y les hablé sin ninguna preocupación ni sospecha, de la clasificación que se hacía de ellos en verticales y horizontales. Pareció entonces atravesar el estrado una descarga eléctrica. Todos se revolvieron en sus asientos despertando al unísono del sopor del mediodía que entraba por las vidrieras entreabiertas del salón de Plenos. El señor de Oviedo miró al alcalde y me pidió que le aclarase mejor qué distinguía yo entre un tipo y otro de sindicato. Tenía poco que perder a tenor del respe que le noté en su voz y me di el gusto de explicárselo por si acaso no lo tenía nada claro. 
Me dijo que bastaba y me retiré a sentarme en mi silla, más relajado que al comienzo, a escuchar a los otros dos compañeros.
La convocatoria fue declarada desierta, es decir que el puesto quedó ocupado de forma interina hasta la próxima convocatoria que se hiciera, pero por supuesto, no me preocupé más de revolver entre los oficios y bandos grapados en el amañado tablón de anuncios del consistorio, ni tuve noticia de que se volviese a convocar para aquella plaza.

miércoles, 20 de mayo de 2015

96.- Esbozo de primeras fiestas llaniscas

Cuando se hubo terminado el trabajo de cantera, como se acercaba el tiempo del trabajo en el campo, mi padre se quedó en casa mientras que a mí me admitieron como peón en la obra de “Los Girasoles”, realizada por la empresa ovetense “Los Álamos”. El encargado de la misma era un tal Primitivo, digo así por no tener más datos personales; tan sólo decir que era de buen carácter y llegaba en una potente moto que parecía imposible dejarse gobernar por aquel hombre de porte más bien pequeño. Me decidí a pedirle trabajo en cuanto se acabo el que allí me ocupaba, y al día siguiente ya estaba en la plantilla de la obra, en la primera semana de julio de 1987.
Los primeros días andaba por la obra un tanto perdido, tanto por sus dimensiones como por la diversidad de plantillas de obreros diseminadas por todo el edificio. Cuando se está en una obra así, en sus comienzos, es difícil  orientarse, porque los espacios abiertos se van reduciendo en habitaciones, cuartos de baño, armarios empotrados y pasillos, todos con el tono ocre de los ladrillos, sin identidad, a la vez que se pierde la luz natural del exterior, y se sustituye por grandes focos de luz artificial que acentúan la penumbra. Afuera, trabajaba Pepe “El Gallegu”, con el que había coincidido en el chalé de Santiuste de Buelna para Segura. el pintor.  Preparaba las piedras almohadilladas que iba numerando para formar los dinteles de las ventanas, balconadas y puertas de los distintos accesos al inmueble. Un equipo de oficiales caldereros colocaban las tuberías de la calefacción. Allí coincidí con compañeros de anteriores obras como Jesús Abad de San Roque, Ramón Noriega de El Jornu en Pancar, José Antonio Alea, vecino de Parres, Dámaso Marcos Fraile, del Barrio en San Antón y otros más; además de nuevos compañeros, como los hermanos Montoto de Buelna, Maxi y Carlos que llegaban juntos en la moto conducida por el primero y los Patiño, Ramón y Pepe de Llanes. Con ambas parejas estuve alternativamente como peón mientras tabicaban los primeros y embastaban los segundos. Yo me sentía a gusto tanto con unos como los otros, coincidentes en el mismo carácter afable y por los temas de los que hablábamos a la hora del bocadillo o en los momentos de descanso que podían tomarse, puesto que trabajaban por ajuste y eran “largos de paleta”, como se suele decir en el argot de la albañilería.  Además, mientras que tomaban el bocadillo de la mañana, me dejaban sus paletas y llanas tanto para tabicar como embastar. En muchas ocasiones, surgían charlas sobre los temas que yo había estudiado y sobre otros en los que ellos se habían informado. Muy buen recuerdo me quedó de ellos siempre y nos lo demostramos siempre que nos encontramos a  lo largo de la vida. También traté con Chucho de la Portilla, de muy buen trato, aparte por estar casado con una prima de mi madre, venida de México, por parte de la rama de Porrúa. Tono, Bielu, lo mismo que Novo, carpintero gallego, vecinos los tres de Pancar, el “Abuelo”, padre de Dámaso Marcos, el Municipal, Manolín Piñera de Purón  y muchos más que me vendrán a la memoria si sigo con el resto de los pueblos.  
Una de esas tormentas de verano, la recuerdo con nitidez por la angustia que pasé, cubrió de gris el cielo llanisco. Me habían mandado atender el montacargas de la última planchada con el que subía y descargaba los ladrillos para la construcción de los tabiques que sostendrían la planchada del tejado. Abajo, en el patio, a nivel del sótano se encontraba la hormigonera y las cargas de ladrillo que “El Abuelo” colocaba en la plataforma del montacargas. Mi trabajo consistía en subirla, aparcarla, descargarla y volverla a enviar a mi compañero. En tanto que la volvía a cargar, acercaba con un carretillo los ladrillos a los dos albañiles. La nube llegó con los primeros nubarrones, sin más aviso que un primer trueno que pareció desgarrar las peñas del Texéu, seguido de un rayo que debió de descargar sobre el campanario de la basílica, a escasos cien metros de donde me encontraba en aquel momento, con una mano sujeto al asa del winchi y con la otra al mando eléctrico, mientras miraba abajo para evitar que tropezase con los andamios por entre los que ascendía la carga. La cercana descarga del rayo hizo saltar el fusible diferencial del cuadro eléctrico de la obra, por lo que se callaron todos los motores y se apagaron los focos de las distintas plantas del edificio quedando un rato todo él en total silencio. El freno de seguridad funcionó, pero con el peso de la carga, que ya sobrepasaba el primer piso, hizo que algunos de los ladrillos que iban en exceso y sin atar entre los cuatro cables de la plataforma volvieran a bajar, dando uno de ellos sobre el casco de mi compañero. Por suerte, todo quedó en susto ya que su casco blanco que no quitaba ni para el bocadillo, le amortiguó el golpe. Después supimos, según se explicó, que en realidad fue la boina que siempre llevaba bajo el casco, la que le libró del golpe. El probe debió pensar que Taranis le echaba todo el cielo encima. Una vez que se restableció la corriente en el tablero de obra, pude subir la carga, pero cuando eché mano al brazo de la grúa para acercarla a la planchada, un nuevo rayo abrió el cielo y su descarga y la inercia del peso de la plataforma al chocar contra los ladrillos que allí había me llevó hasta el otro alero con el que formaba una escuadra las dos planchadas, a un tris del vacío. Estas cosas resultan difíciles de narrar en unas líneas, pero se olvidan mal, por lo desagradables que fueron, pero sirven para prevenir cuando se den situaciones similares.


Los veranos en Llanes, y me estoy refiriendo a todo el concejo, tuvieron siempre un calendario de romerías y verbenas que aún perduran, aunque las menos, respetan el día señalado y lo trasladan al fin de semana siguiente e incluso lo adelantan al que precede, con tal de llevarse el mayor público posible. Tan extenso era en celebraciones que cuando llegaba septiembre respirábamos hondo, deseando ya la llegada de la normalidad, del comienzo del curso y la vuelta a la cartelera del cine de sábado y domingo. Para mí, el chupinazo de las fiestas llaniscas lo daban el día de san Felipe, el 1 de mayo, que se hacía entonces la romería junto a la capilla de Soberrón y la verbena junto a la Escuela de la Galguera, aunque según dice el viejo cantar:
“Santa Marina en Parres,
Sant Hilar en la Pereda;
San Felipe en Soberrón
y Jobita en la Galguera”
Me dejé atrás a pura intención la fiesta de San Antón, el 17 de enero, en Parres porque, no sé por qué razón, siempre la sentí más unida a las fiestas navideñas que a las folclóricas. También para muchos lo era el santo Ángel de la Guarda en El Mazucu, el 1 de marzo. Año tras año, la fui posponiendo para el siguiente y así fue quedando por cumplir. Sin embargo, una vez conocido Pimiango de mi trabajo en la cantera para la obra de Santiuste, aquel verano mismo, con otros dos amigos de Parres, acudí el 3 de marzo a la fiesta de Santu Medé.
- “Santu Medé,  ¿co'l miu sayu qué jaré?”.
Le había ido a rezar una mujerina que llevaba atrasado el sayo de las patatas tempranas.
- Sayar y sayar y la vista nun llevantar; y muyer que pase, dexala pasar.
Le contestó el marido que se le había adelantado para ocultarse en el pórtico de la capilla. Estos cuatro arranques festivos sólo eran para calentar motores ya que lo intenso venía después.
A finales de junio, no dábamos abasto a tantas celebraciones de romerías, a pesar del pequeño radio de acción que entonces nos permitían los medios de comunicación de que disponíamos: la alpargata, el pedal y en contadas ocasiones, el autocar de Mento y el tren. Las tardes de los sábados y domingos nuestro destino cierto era las pandinas del viejo puente sobre el Riveru a ver pasar la gente y hacerse el encontradizo antes de recalar en el patio de butacas o en el anfiteatro del Cinemar. Tras la sesión, paseábamos calle arriba, calle abajo, para despabilarnos el mal sabor de boca que nos dejaban aquellas películas de indios, soldados, vaqueros y cuatreros donde se seguía siempre la misma temática que, de tantas haber visto, podíamos colegir su final sin ningún margen de error. Particularmente, me dejaban mejor las de “Cantinflas”, “El gordo y el flaco” o “Charlot” con las que reíamos, aún sin entender demasiado los diálogos, desde el “gallinero”, basándonos más en el gesto o por las expresiones graciosas que lanzaba algún espectador, amparado por la penumbra que ayudaba a romper la tensión de la escena. Aquellas risotadas en comunión nos unían y al salir por las puertas acristaladas abiertas de par en par, se veían los rostros risueños, felices que intercambiaban miradas de complicidad.
En Pancar recalábamos con la “Joguera” un día y a la semana siguiente con el día grande de San Pedro. Nos acercábamos también a Niembru para la fiesta de San Pablín con la que se quiere contrarrestar el liderazgo que ejerció siempre su compañero de santoral. A partir de esta fecha, hasta el día 18 de julio, nos tenían ocupados los ensayos en la bolera y el arreglo del tenderete y los arcos del campo de la ermita de santa Marina, mientras que los más píos hacían la novena en la capilla. Supongo yo que todo el mundo tenderá a sentir la fiesta de su lugar como el centro del año, pues para mí lo era y lo sigue siendo. Hasta esa fecha, los días discurrían lentamente y después de ella, parecían volar. Bien es cierto que los días se van acortando y el tiempo es una medida elástica de nuestra existencia.
No me olvido dentro de mi calendario la fiesta del Carmín de Celoriu ya que quedaba dentro de nuestro radio de acción fiesteril. Recuerdo con nostalgia aquella fiesta tan exultante de gente, tanto en la hoguera como en el día mayor, el 16 de julio a la que siempre que podíamos acudíamos, pero me explico: Celorio fue siempre centro de turismo y por ello, la fiesta siempre se ajustó al fin de semana lo que ocasionaba a mucha gente el conflicto de acudir a Parres o a Celoriu. Lo que está sobradamente claro es que, obligados a elegir, sin usar criterio religioso alguno, nosotros preferíamos la santa parraguesa por ser de casa, a la virgen celoriana.
El día anterior, diecisiete, íbamos al Cristo de la Portilla, por la mañana en la capilla de la Cuesta disfrutábamos por el robledal y, en la Vega ya de tarde con los bolos, endulzando nuestros sentidos entre los puestos de Lisardo el heladero, las avellaneras Matilde y Lolina de Llanes y Sarita de Niembru y Dorila la churrera de Villahormes, junto al puesto de sidra de Ramón “Parres” de la parroquia de Posada, ayudado por “Katanga”, joven camarero con el que pasábamos buenas juergas, antes de saltar a la bolera a movernos con los primeros aires musicales de “Los Panchines”.

lunes, 11 de mayo de 2015

95.- Mis primeras chapuzas

Estaba en construcción el depósito para el abastecimiento del agua a los barrios de Tresierra, La Caleyona, Campu'l Roble, La Piniella, Coxiguero, El Cuetu, Tamés y Brañes que quedaban por encima del nivel de la traída primitiva. Fue entonces cuando nos adelantamos a su terminación que dábamos por hecho y decidimos construir el cuarto de baño en un rincón del estregal, aprovechando el bajo de las escaleras y no disponer de gran superficie en la planta de la vivienda. Ya metidos en obra, pensamos adecuar a nuestras necesidades el resto del espacio habitable y, para ello, en el piso superior, reuní en una sola las dos habitaciones pequeñas de que disponíamos, ventilada con una ventana al norte y otra al este. En la sala logramos una segunda pieza con una ventana al este y otra al sur, en el espacio que había ocupado la desaparecida galería, desde hacía unos años, por escasez de dinero para adecentarla y de luces para conservar la obra de ebanistería que mi bisabuelo Félix Gutiérrez de la Vega había hecho hacia el año 1912, cuando su primera dueña la había mandado construir para su jubilación. Del otro ala de la galería hicimos una pequeña pieza que dimos en llamar la “salita de estar” y que hizo su servicio para leer, estudiar, coser o planchar.
De las viejas paredes pude reciclar todos los ladrillos macizos, por estar colocados con cal y arena. Cubrí de barrotillos y cemento los viejos pontones de chopo carolino, oscurecidos en la zona de la cocina por el sarro acumulado sobre ellos, tallados toscamente en la serrería movida por el agua del río Melendro, y que en las restauraciones de los años siguientes se conservarían para lograr en la obra un aspecto más cálido.
La planta baja tenía todo en pequeño, la cocina, comedor, un cuarto trastero, retrete y estregal. Tras la modificación quedó una cocina-comedor, un pequeño recibidor o sala de estar y el ya citado cuarto de baño.  El fontanero instaló las tuberías de los sanitarios y del calentador a gas que llevó por fuera de la casa hasta el fregadero de la cocina. Habría que esperar un tiempo a que se terminaran las obras del depósito y de la totalidad de la traída del agua y mientras tanto, seguimos transportándola en cubos desde la fuente de La Jornica como venía haciéndose desde tiempos inmemoriales.
Reparé el tejado y la agrietada chimenea por cuyas paredes se colaban goteras al desván. Todas estas obras propias de un oficial de la construcción las ejecuté gracias a mi corta estancia por las obras, pero en gran parte a la decisión y, por qué no, gracias también a mi capacidad de observación y afición por el oficio. La instalación eléctrica, que en sus orígenes conocí usando el antiguo cableado trenzado y aislado con hilo, había sido cambiada hacía tres años por Encio, un compañero de mi padre en la Talá, que era natural de Caldueñu. Pero al cambiar los tabiques y tillar los techos hubo que disponer de nuevos puntos de luz y tomas de fuerza para las nuevas dependencias de la casa, para cuyos esquemas aproveché los conocimientos de las clases de Física y, como dije, de mi curiosidad por fijarme en lo que veía hacer y, cómo no, de saber preguntar cuando dudaba de algo. Sustituí los viejos ladrillos del suelo asentados en arena de playa, por placas de terrazo y alicaté la cocina y el cuarto de baño. Estas obras las fui realizando sin prisas y con pausas, alternado con las tareas de la siembra y la siega de las que no podía sustraerme, en un corto período de tiempo que nos quedamos sin trabajo por haberse concluido la obra del tendido eléctrico desde el Barrio La Moría hasta San José, además de la reparación y ensanche de la bolera La Xunca que para el tiro no tenía las nuevas medidas reglamentarias exigidas; tras la cual, se estrenó con importantes partidas para las peñas federadas de la comarca en la liga bolística comarcal. Estuvimos trabajando en ella los mismos obreros que habíamos estado en la zanja de Llanes. Tras llevar a cabo dicha rehabilitación, volvimos a la villa para el desmonte de una finca donde se había iniciado la construcción de un bloque de pisos cercano al Consistorio llanisco. Mi tío Ramón González Gutiérrez, Ángel Sordo, mi padre y yo la emprendimos con el montículo que había en la parte norte de la finca. Bajo aquella mole de roca, pasados unos años, abriría sus puertas al público la discoteca “Matius”, en los bajos del edificio “Los Girasoles”. En tanto, un nutrido grupo de encofradores y albañiles  especialistas del hormigón armado a buen ritmo formaban el esqueleto del bloque de pisos en la llamada hasta entonces “Huerta de Labra”.
Comenzaban ya a aplicarse, si bien con poca rigurosidad, las normas de seguridad en el trabajo, al menos en aquella obra tan a la vista, por estar en el centro de una posible e imprevista inspección de trabajo. Nosotros, por no ser menos, pues así lo exigían las normas explicitadas en el cartel de entrada a la obra, tuvimos que llevar el casco que nos dieron allí mismo, aparte de las gafas de rejilla metálicas que ya usábamos para partir la roca. La mascarilla y los guantes eran más opcionales, a pesar de los graves daños que se llegaba a sufrir con el polvillo de la roca molida, acostumbrados a deshacernos de toda impedimenta cuando apretaba el sol, curtidos ya que estábamos desde tiempo, nos quitábamos progresivamente la camisa y la camiseta dejando la parte del cuerpo desde la cintura para arriba cubierta tan sólo por una simple gorra. Administrábamos nuestras fuerzas que habían de dar para toda la jornada de las ocho horas y aún en presencia de nuestro jefe que nunca le dolieron prendas ni le costó palabra alguna de desagrado por vernos descansar o apagar nuestra sed con el agua fresca de la jerrada que nos acompañaba a todas las obras. Su trato condescendiente con los obreros, le venía de haber sido también trabajador como peón junto con sus hermanos Ramón y Julián, cuando la empresa dirigida por Manuel “Vivo”, su padre, arreglaba la intricada red de carreteras del concejo. El toque de salida para comer en la obra, nos servía a nosotros también. Aquel tiempo que estuvimos mi padre y yo juntos, llevábamos la comida en el carpanchu que despachábamos allí mismo sobre unas rocas donde diese el sol o cubiertos a techo si amenazaba lluvia. Mi madre se daba arte y modo de acercarnos desde Parres la comida y si no llegaba a tiempo, salíamos a su escontra por la zona de Los Altares, San José o Camplengo, donde hubiéramos convenido antes de salir de casa, cuando a la vez mi padre segaba la ración de verde para las vacas, después de comer. Cargábamos el carro y nos despedíamos hasta la tarde; madre regresaba a casa guiando el burro por los caminos de enormes baches de Las Nieves y nosotros, en nuestras respectivas bicicletas corríamos para llegar a tiempo de la entrada al trabajo para continuar la media jornada restante. ¡Cuántos recuerdos se me vienen al redactar estos renglones! Nunca en mi vida renegué de nada y sí en cambio me sentí orgulloso de haberlo vivido en aquellos años mozos. No me faltó de nada, en serio, pues mi única ilusión era la de seguir mis estudios y al fin podía llevarlos a cabo.
Por las tardes, a mí que era el más joven de los cuatro obreros, Manolo Amieva me mandaba al estanco de junto al Casino a por el habitual “Farias” de las tardes. Yo, para conservar aquel privilegio que me brindaba el disfrute de unos minutos de descanso, hurgaba en la caja que me presentaba Juanina, la estanquera, y elegía aquel que mejor me apetecía por el color de la hoja y que no presentase roturas ni nervios y, por asegurarme, lo rodaba entre mis dedos pulgar e índice cerca del oído para percibir el sonido. Este ritual le encantaba a Juanina, que me miraba con aprecio, pero en realidad yo sólo lo había aprendido de observar a unos y otros y, como quería perfeccionar mi improvisada cata, luego lo pasaba por debajo de mi nariz y asentía antes de depositar en la mano hueca de la estanquera el precio exacto, con la misma prestancia que si de mercar un “Cohíbas” se tratara. Me lo envolvía en papel de estraza y así se lo entregaba al patrón al que, en tono un poco adulador inquiría por la elección que había hecho y si estaba de su agrado. Él se sonreía y asentía las más veces, con lo que me aseguré el recado diario que representaba un pequeño respiro para mí.
Otra anécdota que recuerdo está relacionada con los disparos de dinamita. Como ya conté, cuando mi tío Ramón tenía preparadas todas las mechas, los compañeros nos íbamos a poner con el banderín en las calles radiales a parar el tráfico, pero en aquel sitio, justo al lado de la pared de la huerta, entonces hecha con ladrillos, solían aparcar los pocos coches que entonces circulaban. Aparte de los cuatro taxis que había, solía aparcar por la zona cercana al Ayuntamiento, quien venía por hacer alguna gestión o para entrar al Casino y claro está, los usuarios del tal local no eran otros que la gente más pudiente, la que podía disponer de un coche, y que podían vigilar tan sólo con asomarse a las ventanas que daban a la calle, por lo que no era raro que dejasen en el volante las llaves del arranque, pues tan cerca estaba la policía que vigilaba delante del ayuntamiento, como los calabozos. El caso es que la ocasión la pintaron calva y en el momentos de dar los disparos, aproveché para encender el motor de algunas de aquellas máquinas y desplazarlas unos cuantos metros calle abajo con el pretexto de prevenirlas de los cascotes en las explosiones, aunque no fuera necesario, pues sobre ellas colocábamos unas gruesas chapas de acero. Eran pequeñas experiencias y creo que nunca llegué entonces a pensar en tener mi propio coche, cosa que no estaba al alcance de todo el mundo; mi único tesoro era aquella BH que me esperaba a la sombra de un saúco junto al torreón de la vieja muralla de la villa de Aguilar.

sábado, 18 de abril de 2015

94.- Las clases particulares

 De lunes, nada más salir del trabajo me encaminé a las clases particulares con Juanjo Llamazares, en su casa del Cotiellu. Aparqué la bicicleta en la estrecha calleja y le eché el candado por precaución: no quería sorpresas cuando saliese de las clases. Subí con ánimo la estrecha, oscura y crujiente escalera y di en la puerta un leve aldabazo. Abrió el mismo Juanjo que me invitó a pasar a la sala de clase, aún vacía, y a que ocupara el sitio que mejor me gustase. Lo hice a su lado de forma que al frente me quedaba el ventanal desde el que se veía el paisaje de Tieves y las vías del tren de la cercana estación.
 La dinámica de la clase consistía en realizar cuanto más ejercicios pudiese durante la hora de clase, tomados de los temarios para Ciencias que ya tenía adquiridos en la librería. Poco a poco, pero en un goteo constante, fueron llegando el resto de los alumnos que entraban a la misma hora, de los que pocos conocía por ser la mayoría de cursos anteriores al mío, aunque también lo hicieron otros de mi convocatoria y aproximada edad. También llegó la señora Antonia sofocada por la bolsa de la compra y las pindias escaleras y, ya que posó su carga, entró a saludarnos. Desde entonces amainaron las voces y cundió la responsabilidad entre los pupilos de su hijo. Era para todos como la jefa de estudios, pero además del orden, procuraba dar ánimo y buenos consejos para todo el mundo, como si de sus hijos se tratara. Es imposible saber con exactitud la influencia que tienen sobre nosotros las personas que comparten nuestro camino a lo largo de nuestra existencia. La cadena de conocidos, amigos y familiares nos aportan un cúmulo de influencias positivas o negativas de las que nos sería imposible sustraernos aunque nos lo propusiésemos. Están en nosotros como las piedras, la arena y la cal de un muro milenario.
 En torno a aquella extensa mesa que me imaginé subida en piezas por el carpintero a causa de la quebrada y estrecha escalera, hice nuevas amistades o reforcé otras ya iniciadas en las aulas. Pero el primer día me sentí observado por varios pares de ojos que no parecían entender demasiado qué hacía allí un chaval de mi edad, con el pelo cubierto del polvo de la roca, las manos limpias, pero ásperas y encallecidas que raspaban el fino papel del cuaderno de trabajo, vestido con camisa de cuadros, pantalón vaquero gastado y deshilachado, no por la moda, sino por el continuo refriegue del manejo de la pala y de los materiales y calzado de “Chirucas” moteadas de cemento. Era yo también dispuesto a “gastar los codos” y sacar adelante la prueba de Reválida que se me había atravesado.
 Aquellas clases particulares fueron en el futuro también un referente de buena praxis como docente. Desde el centro de uno de los laterales de aquella “mesa redonda” Juanjo atendía en un turno razonable todas las cuestiones que le planteábamos para las distintas materias de estudio que abarcaban todos los cursos del Bachiller hasta el mismo Preuniversitario. No era un ambiente silencioso, porque era una clase activa y personalizada donde las respuestas que daba a las preguntas de unos, servían para cubrir lagunas que bien nos hubiesen pasado desapercibidas al resto. En aquel ambiente tan singular experimenté por primera vez la coeducación, aún no permitida ni en las escuelas ni tampoco en el instituto para cuyo género existían no sólo aulas, sino también plantas del edificio distintas.
 Juanjo, desde su sitio, coordinaba los distintos trabajos durante toda la hora que duraba la clase, que podía alargarse todo lo que se desease, con discreción, para dejar la silla a los que entrasen en la siguiente hora. Ya lo dije, había ejercitado una atención distribuida que le facilitaba aportar soluciones a todos los problemas y además solía acompañarla con ejemplos didácticos para facilitarnos la memorización y el refuerzo del aprendizaje.
 Era para nosotros un compendio de cultura más que general a la que aderezaba siempre con el buen carácter y amistad que nos confió desde el primer momento. Cuando no recordaba algo, tampoco le dolían prendas consultar el manual de texto o prometernos la solución para el día siguiente si no nos apremiaba la respuesta.
 El poco tiempo que le quedaba libre, cuando todos estábamos centrados en nuestras tareas respectivas, lo dedicaba a reparar cualquier aparato de radio o amplificador de los que tenía amontonados por las estanterías. Era raro que algún día no llegase alguien con algo estropeado. Cuando sonaba el timbre de abajo, Antonia dejaba la costura, corría a abrir la puerta y esperaba en el rellano para ver de quién se trataba. Luego de escuchar los síntomas de la avería, como ya tenía aprendido cierto vocabulario de los componentes, osaba hacer un diagnóstico sencillo, que Juanjo rubricaba si era el caso o desmentía desde su sitio y marcaba el día y la semana para venir a recogerlo.
 Fueron los primeros contactos míos con el vocabulario propio de la electrónica que a mí siempre me pareció más del ámbito de la magia que de la ciencia. El olor que emanaba de la resina al contacto con el estañador me resultaba grato y aún hoy, cuando lo uso, me trae a la memoria aquellos días de finales de la primavera de 1967.
 Recuerdo las anécdotas que nos contaba y sobre todo su sostenida alegría. En momentos distendidos nos gustaba echar un pulso del que yo rara vez salía bien parado, a pesar del ejercicio continuo que hacía en la obra con el pico, la pala y el martillo rompedor, motivo por el que me dificultaba llevar a cabo los trazos finos del lápiz.

 Era el día 28 de junio, miércoles, cuando volvía a traspasar el dintel de las puertas del instituto. Un grupo grande de alumnos nos concentramos en el pequeño zaguán delante de Secretaría. Los profesores fueron entrando por el corredor de cortesía que les hacíamos. Tras la mampara de cristal, vi bajar por las escaleras la esbelta silueta de la profesora de Francés, Olga Rey, haciendo eco con sus tacones en el pasillo hacia la sala de profesores. Al poco, regresó con una carpeta y mandó que la siguiésemos los de Ciencias. Arriba en el rellano, esperaba también David Ruiz. Eran las dos personas que vigilarían nuestras pruebas.
 Me sentí preparado para sacar adelante el bachiller después de los ejercicios hechos a conciencia durante las clases particulares. 

martes, 14 de abril de 2015

93.- De vuelta a la cantera


En la empresa donde estaba, continuaron con el pago ya obsoleto de las dieciocho pesetas por hora e incluso, nos pedían que trabajásemos diez horas. A la oficialidad, me imagino, esto no les afectaba lo más mínimo, puesto que solían trabajar por ajuste a metros cuadrados realizados, bien sea para la colocación de ladrillo, embaste o planta de hormigón extendida. Para los peones no había incentivo por parte de la empresa, si bien algunos albañiles, por el bien de ellos, ofrecían algún emolumento, en razón con lo que ellos sacasen al final de semana. El peón, todo hay que decirlo, en general, estaba esclavizado por el patrón y también por el oficial, aunque había de todo como en botica. Dije que el sueldo era obsoleto, pues como ya conté, en la cantera, pagaban a cinco duros la hora y lo mismo ganaban en la nueva empresa “Feigón”, instalada en el campillín que limitaba al oeste con el paseo Posada Herrera. Pedían peones y muchos de mis compañeros emigraron a ella en cuanto se inició la edificación de “Santa María de Ordás”.
Cuántas veces no habría usado el sendero que lo cruzaba para ir y venir del Instituto, sorteando en bicicleta a los demás alumnos y profesores que por él pasaban. En aquellos años de que escribo, las calles del extrarradio de la villa se diferenciaban en poco de las pistas que ahora se hacen para las concentraciones parcelarias de cualquier lugar. Tanto el parque como el campo aquel era lugar de encuentro durante los recreos, en las entradas o en las salidas de las clases. También recuerdo del lugar la instalación de la carpa de los circos que llegaban a Llanes. Esta operación requería de fuertes brazos sincronizados. Siempre me produjeron lástima las gentes de los circos. Se afanaban en tener todo dispuesto para la función de la tarde, con sus buzos azules en cuyo peto figuraba el nombre de la empresa circense. Por las noches, sus caras desaparecían bajo la nívea sonrisa de un payaso, bajo la expresión heroica de un apuesto trapecista que recogía en una arriesgada cabriola las manos de su compañera, o en la expresión valiente del domador de fieras que chasqueaba el látigo en el aire para controlar las teatrales intenciones del león ya tan en el papel como el mismo domador. También me daban pena las supuestas fieras y los demás animales que ya habían renunciado a la libertad. Alrededor del campo, caravanas y camiones multicolores convertían el lugar en un pequeño barrio. Al lado de las caravanas, los tendales se llenaban de prendas para secar al sol y al aire. En las ventanas colgaban tiestos con geranios y petunias que resaltaban con el complementario verdor de la campera. Los chiquillos jugaban a sus anchas y los perros les seguían como ángeles custodios. En el aire fresco de primavera se diluían los sones surgidos de un transistor a pilas con las voces que daban los que montaban el toldo de la carpa.
Los circenses, tanto como los llamados comediantes que llegaban a los pueblos para actuar durante unos días, traían con ellos la nostalgia de su región. A los niños se les ocupaba en pequeñas tareas y jugaban con nosotros para ganar así nuestra amistad por unos días. En la foto de mi primera comunión hay un niño de traje negro, hijo de “Los comediantes” que por aquellos días habían aparcado el carromato de toldo junto a la fuente El Cañu y se quedaban en la Casa Concejo donde montaban el escenario para las actuaciones de las noches. El espectáculo era bien sencillo: una obra de teatro con los descansos entre actos que aprovechaban para llevar a cabo las rifas con las que suplementar la exigua caja de la venta de entradas. Envidiábamos en ellos la libertad de vida que llevaban yendo de pueblo en pueblo, eso nos parecía a nosotros, sin más obligaciones que la de subsistir día a día, que no es poco, aprendiendo la geografía fuera de un aula y sin otro libro que la propia experiencia. En mi recuerdo se pierde ya el destello de la mirada azul de una niña que recogía la fresca agua de la fuente en un cántaro de barro. Los chiquillos de la escuela se afanaban por mostrarle de lo que eran capaces en bruscos alardes para ganarse su admiración, unos saltando los muros que cierran la bolera por lo más alto y arriesgado que cabía, otros lanzando piedras “raxas” que eran capaces de llegarlas silbando hasta dar en el chopo que se erguía junto a la cuneta en La Viña. Yo creí lograrlo subido a una bicicleta de poco más de un palmo de altura, contorsionado para pedalear por entre las culas de la bolera.
A veces, las decisiones más sencillas pueden dar origen a importantes sucesos en nuestras vidas. Ocurrió que por aquella, mi padre, que había quitado de en medio las tareas más perentorias de la temporada, tuvo la opción de volver a trabajar con Manolo Amieva. A mí, que no me apetecía seguir trabajando con el exiguo sueldo que me volvían a dar en donde estaba, opté por el cambio y entré a formar parte de la cuadrilla en la que estaba mi padre, mi tío Ramón y Ángel Sordo, los mismos que la habíamos formado en la Vega la Portilla. El trabajo consistía en hacer unas zapatas para los cuatro pies de una columna del tendido eléctrico que pasaría la ría desde La Tejerina en San Antón hasta otra que se levantaría justamente al lado del bar La Marina, en el barrio de la Moría. Después de hechas las dos columnas, debíamos abrir una zanja desde la última columna por la orilla izquierda de las calles por la que pasaba, siguiendo las murallas del Cercáu, las del palacio de los Estrada y la torre cuadrada, a salir junto a los edificios de las SEDE, enfrente del “Rocamar”, paralela al parque, Santa María de Ordás que estaba en construcción y atravesar la calle enfrente del Colegio Divina Pastora, para llegar hasta el Borinquem y cruzar las vías del tren hasta la Serrería Perela en el camino a San José.
Descubrí con la zanja un gran cantidad de pequeños bufones que soplaban con el oleaje en el tramo de la Moría. Poco faltó para que me cayera todo el martillo rompedor por una oquedad que se formó de repente bajo su peso y vibraciones. Hasta mí llegaba el vaho salitroso y de algas tras aquel eructo de la mar encabritada. Al lado mismo de la acera por la que pasábamos la ronza, una casa albergaba en sus sótanos, eso me dijeron sus vecinos, una cetárea. En la acera opuesta, al lado mismo del muro que corta el mar, quedaban como muestra de la fuerza marina, los hierros retorcidos de los cimientos de hormigón armado, restos de tabiques de ladrillo y suelo embaldosado de la antigua fábrica de enlatados de la familia Llerandi, destruida por los terribles embates de las olas.
La mar, como suelen decir los marineros, en lugar de el mar, pues es sentida en femenino como madre que les da el sustento diario. Un año antes de esto que narro Creo que fue por esos años a los que dedico estos escritos, cuando un fuerte oleaje cortó como a cuchilla una roca del acantilado norte hacia el final del espigón contra la que se sujetaba la paredilla de hormigón y la dejó tumbada sobre el piso de la barra. Una pala, tiempos después, la empujó al mar. Esa misma galerna, junto a la cueva del Taleru en el paseo San Pedro, con la misma sencillez, derribó en bloque diez metros del muro y arrancó de cuajo la sólida verja que servía como balcón al acantilado, a una distancia al mar de más de veinte metros y otros tantos de altura sobre el nivel del agua. En las antiguas casas de la Moría al lado del fuerte donde ahora se exhiben dos lombardas, las olas baten con fuerza demoledora, pero en cambio, apenas logran descascarillar las paredes que, parece ser, están hechas a conciencia.

En la hora de los recreos, venían profesores y alumnos a tomar un pincho en la cafetería Rocamar, único edificio levantado en esa parte de la calle. El resto eran aún prados y huertas cultivadas y las únicas edificaciones en dirección al San Pedro, eran el Hostal México, el Asilo y las casas junto al paseo.
Hacia las once de la mañana era el momento en que tío Ramón detonaba los cartuchos de dinamita para romper las rocas con las que el martillo picador no había podido. Una de esas mañanas, bien recuerdo, me encargaba de tapar con chapas de acero las rocas donde ya estaban puestas las mechas, para evitar que saltasen los cristales de la cafetería en añicos. Los viandantes eran prevenidos con tiempo suficiente con los toques de corneta y las voces de “fuego”. Unos compañeros míos de clase que por allí pasaron nos dijeron que pusiésemos las mechas bien largas para alargar el recreo al quedar atrapados dentro del establecimiento algunos profesores suyos con los que tenían, nada más entrar, exámenes.
Un día de esos, yo me encontraba como los demás días, dentro de la zanja extrayendo a pico las piedras rotas por las explosiones, cuando dio en pasar por allí el profesor que había tenido el año anterior para Historia, el catedrático D. David Ruiz González quien al momento me reconoció y se acercó a hablar conmigo. Quiso saber la razón por la que no había seguido los estudios del Bachiller Superior y le conté mi fiasco en la convocatoria de septiembre, pero también le dije que mi idea era presentarme en junio a la reválida. A él le gustó mi actitud, pero me aconsejó que acudiese a tomar alguna clase particular para soslayar cualquier duda que tuviese y me habló de Juanjo Llamazares Martínez, que había terminado ya los estudios del PREU. Le prometí hacer eso que me decía y aquel mismo lunes, después de salir me fui a la casa de Juanjo que sabía estaba en el Cotiellu. Subí las angostas escaleras hasta que en una de las puertas escuché voces de alumnos que comentaban en alto los planteamientos de un problema y la voz clara de su profesor que les ayudaba a descubrir la solución. Golpeé con el picaporte y otra voz avisó de que abriría al momento. María Antonia, la madre del Juanjo era una mujer enérgica, sin ser severa, aunque tenía que aparentarlo para poner orden en la jauría que de todas las raleas pasaban por el aula de su hijo, mucho más blando de carácter que ella, pero el control lo basaba en su gran paciencia y bondad con todo el mundo. Ni la dura factura que le pasó de crío la enfermedad, le quitó un ápice de valentía y la fuerza que le había restado a sus piernas se la había puesto en compensación en sus brazos y manos. En la cabeza de Juanjo podían debatirse a la vez varios ejercicios de distintas materias, desde un problema de integrales a una reacción química, pasando por la traducción de un texto de Virgilio o el trazado de un problema de Geometría. Aparte de eso, al mismo tiempo y como aún le debían de quedar sobradas neuronas en descanso, reparaba los circuitos de los receptores superheterodinos sin restar atención a las cuestiones de sus alumnos.
La actuación que había tenido conmigo a pie de obra don David fue, a todas luces, una decisiva orientación educativa. En el pensamiento político, sin duda, fue para mí la excepción entre todos los que tuve con anterioridad y posterioridad que hablase en clase con claridad del periodo histórico que estábamos padeciendo, totalmente en sintonía con las charlas de mi abuelo. Ya sea por convicción o por miedo, sólo escucharía esos discursos con la entrada de la democracia salvo, claro está, en la escucha clandestina de la Radio Pirenaica. Este profesor debió de levantar ronchas en las mentes conservadoras de la villa, cuando las expuso en su primera publicación, “El movimiento obrero en Asturias”, aparecida un año después y que nos había hecho partícipes de forma abierta en sus clases de Historia.
Otro profesor que influyó decisivamente en mi recuperación como estudiante de bachiller fue D. Manuel Llanes Amor, profesor de Religión y párroco de Parres  con el que mantuve muy buena relación a pesar de los debates que teníamos en el portal de la iglesia y en las aulas. Ambos profesores de opuesta dialéctica, en el fondo no eran tan distintos: ambos defendían con vehemencia las ideas con las que estaban de acuerdo y eran estupendas personas y excelentes profesores cada uno en su materia.

viernes, 10 de abril de 2015

92.- Reivindicaciones laborales

De completar el desmonte del solar se encargó el palista y a mí me pidió el capataz que por la tarde le acompañara hasta la finca el Brau, en términos de la Portilla, donde se iba a construir un camping. Se había ya marcado el trayecto de una zanja por la que discurriría la conducción del agua desde el edificio principal, una casa solariega de aspecto colonial, hasta el enclave principal del nuevo complejo de veraneo donde otras edificaciones en su día dedicadas al ganado y a la labranza eran testigos de uno de los usos, entre otros, que había tenido aquella finca.
Al día siguiente, como se me había indicado, a las ocho en punto de la mañana estaba como un clavo en el Brau y comencé a limpiar de hierbas con la azada un tramo que me pareció más que suficiente hasta la hora del pequeño refrigerio matinal. Lo más difícil fue el alcanzar la profundidad que se requería, pero los metros siguientes se hicieron más cómodos para extraer a pala la tierra y la arcilla. Serían las diez de la mañana cuando dejé de lado la herramienta y me fui hasta la bicicleta donde aún tenía el carpanchu atado en el porta bultos. Saqué el envoltorio que madre me había hecho con papel de estraza y con las mismas me volví a la zanja en cuyo borde me senté dispuesto a dar cuenta de su contenido, no antes de olerlo a la vez que cerraba instintivamente los ojos como queriendo así interiorizar mejor el aroma de se desprendía y a cuyo concurso se me hizo la boca agua.
Cuando más tranquilo estaba dando ya fin a mi refrigerio, sentí motores y al poco entró el encargado de la obra que allí me había llevado al día anterior. Yo ni me inmuté, pues estaba convencido de que tenía ya hecho un tramo bien ajustado a las dos horas que llevaba trabajando y desde luego tampoco sospeché que tuviera que inquietarme por estar sentado tomando el tentempié, acto que ya le habíamos dejado bien claro en la obra de la Magdalena, dónde él mismo también había disfrutado al igual que los obreros.
_ En los trabajos no se sienta uno_ me dijo sin acritud.
Ya había escuchado decir que, a partir del lunes, nos volverían a pagar la hora a dieciocho pesetas. Si me callaba perdía la oportunidad de reivindicar nuestro derecho al tiempo del bocadillo de la media mañana; si protestaba podía verme en la calle, pero siempre contaba con el recurso de la cantera, así que me arriesgué y le expresé mi asombro por algo que con anterioridad había él mismo disfrutado tanto como sus obreros. Pareció resentirse por las razones que le di y que ni por asomo esperaba oír. Como anteriormente ya dije en su favor, dentro de aquella aparente dureza que trataba de mostrar, se encontraba un fondo de compresión, correcto trato y educación para con sus pupilos obreros.
_ Está al llegar Minón, el encargado general de la empresa..._ se explicó.
La misma persona a la que yo había pedido trabajo en la Moría y al que nunca más volví a encontrar por la obra. Estaba clara la piramidal jerarquía que había en todos los trabajos.
_Aparte de eso, aclaró, los tres peones que trabajan al lado de la casa querrán hacer lo mismo que tú y eso no procede _ me espetó.
Desde mi posición y por la inclinación del terreno, no podía verlos ni mucho menos reconocerlos. Había escuchado sus conversaciones y el ruido de las azadas, pero yo entregado al trabajo en el lugar que me había dicho, me despreocupé de conocer su identidad.
Se fue ya tranquilo cuando me vio continuar con mi trabajo y que no le debió parecer baladí.
Al mediodía nos juntamos los cuatro bajo el penduz para dar cuenta del almuerzo.  Uno de ellos era conocido y amigo mío de Andrín , Pancho Noriega, y otro Miguel Ángel Rodríguez Arenas, con el que desde entonces tuve buena amistad, vecino de Riegu y con ascendencia de Parres, por su abuelo Federico Arenas. Del tercero, ahora mismo no guardo ninguna referencia.
Les conté lo que me había pasado con el encargado y les advertí que esperaba de ellos que al día siguiente y los que posteriores, procurasen traerse el bocadillo o lo que fuera con tal de reivindicar aquel derecho al descanso que ya empezaba a disfrutarse en todas las obras.
Me viene al recuerdo ahora, el relativo silencio que se producía en las plantas de las obras, durante aquel breve compás de espera, tan sólo roto por los motores de la hormigonera y del montacargas, “Winche”, ya que sus operarios preferían tomar el refrigerio en los momentos siguientes.
A mis compañeros no les cayó de vacío mi advertencia. Al día siguiente, cuando llegó la hora convenida, les di una voz y nos juntamos todos en los bordes de la zanja, así zanjamos con sendos bocadillos de palmo y medio el breve, pero necesario tiempo de descanso matinal.
Para el sábado se había corrido la voz de una protesta a la hora del cobro, delante de la oficina de pago en la Moría. Los que más revolvieron e incitaban fueron los primeros en acudir como ovejas a por el sobre. Se pedía, además de la subida del precio de la hora trabajada, que figurase en la nómina el salario total de lo percibido puesto que un porcentaje importante del mismo figuraba como suplemento. Con este cambio, la empresa debería cotizar mayor cantidad a la Seguridad Social y con ello se beneficiarían los próximos a la jubilación. Yo no me preocupaba aún por ese tema, dada la edad, en la que nuestras mayores preocupaciones eran más bien otras. Ni entendía el mecanismo de la pensión, sólo de oírlo a mi abuela María que percibían cien duros que le quedó a mi abuelo Santos después de haber trabajado en la mina de Bolao, en el campo y en la estación del Cantábrico. Ni tan siquiera un duro cobraba mi abuelo Marcos como pastor, en la construcción de la carretera de Parres o en la obra del espigón del puerto de Llanes, como maderista o campesino y que ni tan siquiera tenía una cartilla sanitaria.
Mi primer cartilla médica me la solicitó Manuel Amieva Sánchez en el corto tiempo que estuve en su plantilla de la cantera que aún conservo. Mi médico asignado fue D. Antonio Celorio, pero en esta empresa como en la anterior, al no precisar de sus servicios, no puedo saber si estaba actualizada. Lo que sí recuerdo es que en alguna ocasión que se corrió la voz de que andaba por Llanes la Inspección de Trabajo, a varios peones, algunos no tan jóvenes como yo y padres de familia, nos mandaron subirnos a los desvanillos bajo el techo hasta que pasase el apuro. Realmente sólo me tocó en una ocasión en el tiempo que anduve por las distintas obras. Qué más queríamos, idiotas de nosotros, que evitar el curro durante unas horas. Acabada la inspección, empresarios e inspectores quedaban en irse juntos a dar cuenta de los exquisitos caldos y variados pinchos en la barra de algún bar. Eso se dijo y sería cierto.

domingo, 15 de marzo de 2015

91.- En la Plaza de la Magdalena



Después de las tres semanas que tardamos en derruir el edificio hasta el primer piso llegó una pala mecánica para cargar en camiones todos los escombros amontonados y continuó con el derrumbe de las paredes del sótano desde la plaza del muelle. Aún así el edificio se resistió a ser derruido por  los acerados dientes del cazo que sólo podían arrancarle pequeñas esquirlas de sus bien consolidados muros, como antes lo había hecho contra nuestros juguetones zapapicos.
Despejado el solar, a media mañana, Enrique, remolcó con su “EBRO” el compresor de aire “BÉTICO” que se usaba en la cantera de Julián Amieva Sánchez. Yo sabía cómo se arrancaba de tantas veces que lo había observado y conocía los preparativos previos: Se retiraban las pesadas chapas sujetas por un candado; se comprobaba el nivel del combustible, la llave de paso y filtro; se comprobaba que las manetas de entrada y salida del aire en el calderín estuvieran abiertas y por último se abría la válvula de compresión del motor antes de girar la manivela de arranque que había que cerrar en cuanto se viesen salir las primeras volutas de humo por la chimenea de escape. Si no estaba frío, bastaría con uno o dos intentos para calentar el combustible en las cámaras de los pistones, y aquel ruidoso monstruo resoplaba y tosía expeliendo una primera bocanada de negruzco humo que invadía el lugar del olor a petróleo.
Lo habían traído para barrenar las rocas vivas que ocupaban gran parte del sótano destinado con toda seguridad a establecimientos,bajos comerciales y garajes de las nuevas viviendas. El encargado, tal como nos enteramos, había sido también capataz en las minas de la Cuenca del Nalón. Y por lo que me demostró días después, tenía bien aprendido el tema de la dinamita. Julián me dejó a cargo del “Bético” en cuanto vio que daba sin dudar los pasos necesarios para ponerlo en marcha. De igual modo, el encargado debió de creer que sabría barrenar en las rocas y a ello me puso de inmediato, pero yo tan sólo había usado el martillo picador. No era difícil, pero sí se necesitaba un gran esfuerzo por el peso y la vibración que generaba en los brazos. A los dieciocho años todo nos parece un juego de niños porque confiamos en nuestra fuerza que los mayores sustituyen por la maña.
El minero no me dejó tranquilo. Como debió de notar al momento mi total inexperiencia, me aconsejó la forma de hacer los tacos para que al detonarlos no volase el barrio entero. Y luego noté que fenecerían mis fuerzas con la postura con que sujetaba el pesado martillo que  debía empujar hacia arriba en un ángulo de cuarenta y cinco grados para los tacos de corte, si no discurría alguna idea que me ayudase. Debía llegar entero al final de la jornada.
Después de varias horas de marcha, tenía que hacer verdaderas contorsiones para erguirme. No había modo de verme libre de la vigilancia de aquel celoso capataz, que disfrutaba por verme claudicar o se complacía en que hiciera cuanto me mandaba. Así que, al segundo día, sin importarme un pimiento lo que ocurriese, después de iniciado el taladro con la barrena corta, me dediqué a construir un plano inclinado con unas tablas del tillado que habían quedado por la obra. Para estar más cómodo, tras mis espaldas coloqué unos sacos rellenos de arena como respaldo, cambié a la barrena larga y la empujaba con los pies en las empuñaduras del martillo que se deslizaba por la tabla. Así pude aliviar un tanto y dar descanso a mis brazos y riñones, siempre bajo la mirada circunspecta del jefe. Una mañana quiso darme lecciones de cómo se cogía el martillo, durante tan sólo unos minutos hasta que dos rosetones de sudor aparecieron bajo los sobacos de su chaqueta azul y su cara de piel clara se había encendido, que me devolvió el artefacto. Sin pelos en la lengua le dije que lo complicado era continuar durante once horas. Se lo pensó bien, no me dijo nada y se fue al grifo del agua para calmar la sed y mojar la calva.
Puesto que era aún invierno, la noche se nos echaba pronto encima. Como primera medida, mandó que se instalaran dos focos que nos alumbraran a partir de las seis de la tarde de tal forma que no conformes con la jornada de diez hora, la hacíamos de once. Como me aclaró el capataz, había que amortizar las mil pesetas diarias del alquiler del compresor. Al menos me mantendrían el precio de la hora en veinticinco pesetas, en tanto que al resto de la peonada se les volvió a abonar a dieciocho, una vez desaparecido el riesgo del derribo. Tenía que mantener el tipo y a fe mía que puse todo el empeño en ello.
La voladura de aquel desmonte fue perfecta y dejamos el solar de piedra y la pared del fondo como el corte de un helado. El día que llevaron el compresor me pidió que fuese hasta la finca del Brau, en La Portilla donde se proyectaba la construcción de un camping.
       De regreso a casa, iba cansado, pero totalmente feliz. Mis manos, con las vibraciones del martillo barrenador apenas podían sujetar ya el manillar de la bicicleta de lo hinchadas que las tenía. Al día siguiente me quedaba solo en el Brau dispuesto a hacer una zanja para el agua que habíamos marcado con una cinta.

sábado, 14 de marzo de 2015

90.- Piedra a piedra

La destrucción de las paredes tuvo que ser piedra a piedra con maceta y puntero, hasta que las tuvimos a la altura del andamio, momento en el que nos subimos a ellas y utilizamos el zapapico y el efecto palanca. No se me hubiera ocurrido pensar que con tan sólo cal y arena de la playa se consolidasen los muros de aquel modo en que estaban, de parecidos resultados que con el cemento. Es posible que tuviese algo que ver el efecto del salitre del mar sobre la argamasa, convertida en cascarilla blanca muy similar a la de los moluscos marinos. En la segunda semana de haber comenzado, sería el mediodía, fue cuando se corrió la trágica noticia de la caída de un peón que estaba en idéntica labor que la nuestra demoliendo un muro del antiguo convento junto al paseo Posada Herrera, de la empresa constructora “Sedes”.
Había caído al palanquear con la herramienta en una piedra que al desprenderse, le desequilibró por completo. Fue este acontecimiento lo que me hizo sentir inseguro allí arriba y así se lo comuniqué al encargado. Si por ello me hubiese echado de allí, lo entendería, pero tampoco me hubiese importado, en cambio, comprensivo me dijo que hiciese lo que pudiera desde el andamio si me ofrecía mayor seguridad, y eso es lo que hice. Sin embargo, el oficial y Sevilla siguieron montados en el muro sin inmutarse.
Por las mañanas, los cuatro peones de común acuerdo, revindicábamos bocadillo en ristre, aquellos diez minutos de receso que en algunos trabajos ya gozaban. El encargado, al ver que lo hacíamos con toda normalidad delante de sus mismas narices, él mismo quiso secundar nuestra acción. Al día siguiente cuando me disponía a lavar las manos para dar cuenta del bocadillo de tortilla que llevaba, me mandó que fuese hasta la Fonda La Guía en la plaza a buscar su tentempié. Desde aquel día pude añadir otros diez minutos al tiempo del bocadillo, porque era el más joven y la tarea de recorrer las calles con un cesto de mimbre tapado con una servilleta a cuadros azules y blancos, no era trabajo para hombres “hechos y derechos” que eran mis tres compañeros. Los martes, día habitual en Llanes del mercado, me encontraba con los de la aldea. La dueña de la fonda ya me conocía y me hacía entrar mientras preparaba el cestillo del caballero: taza, tetera con el café con leche, cucharilla, cuchillo, mantequilla, mermelada y bollo suizo, que me hacía ensalivar de verlo tan puesto. De buena gana hubiese hecho una ratera en el bollo como lo hizo Lázaro en los bodigos del clérigo, pero la cordura imperó sobre los sentidos. A cambio, ya dije, gozaba de mi bocadillo, mientras los demás estaban ya al pitillo. Aquellos días, mi piel antes morena por el hollín se veía aclarada por el polvo de la cal a pesar de que la continua exposición al sol le había dado un tono moreno albañil.
Como se trataba de una casa que había estado tiempo deshabitada, nos asaltaba la idea de dar con alguna ayalga sobre las ripias del tejado, en alguna hornacina en el muro o bajo las escaleras, oculta bajo una capa de polvo y telarañas; al demoler las paredes esperábamos escuchar el sonido metálico de una olla repleta con monedas de oro golpeada por el pico.
Anécdotas como ésta pincelaban con resplandecientes colores el rudo trabajo de peonada en las obras. En mi fugaz paso por ellas, sin embargo llegué a ver por sótanos, desvanes y tejados, objetos abandonados que hoy tendrían, cuando menos, un valor de coleccionista.  En una ocasión bajo las tejas encontré una navaja barbera mango con cachas nacaradas de la marca “Solingen”, con la codicia del albañil al que atendía por mi hallazgo que en aquellos momentos permanecía sentado al sol sobre las tejas a la espera de que yo le subiese las pesadas calderetas de hierro desde la calle. Fue al sujetarme en una madera cuando mi mano empujó un objeto que cayó al piso. Pasé la mano por toda la viga y entre polvo y hollín encontré el asentador de cuero. La hoja de la navaja acabó convertida en una gubia y el asentador aún lo conservo, pero a su vez perdido por alguna viga de nuestra casa, quizás hasta que dentro de muchos años más, otro peón que lo encuentre se lleve su parte de alegría.
Otro de los hallazgos, y del que tal recuerdo me queda, era una caja de violín, cubierta por el polvo y las telarañas, en el ángulo más oscuro del desván, de cierres metálicos que trataron de resistirse a mi curiosidad. Cuando pude doblegar oposición de la herrumbre de los cierres, me mostró en su aterciopelado nicho rojo, yacía un hermoso violín. El arco que le acompañaba, dócil esclavo que al liberarlo de la traba se le deshicieron sus crines cual momia profanada por arqueólogo. Me sugirió todo aquello los hermosos y tristes a la vez versos que Bécquer, le dedicó al arpa abandonada:
«¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!»
Imaginé a alguien de la casa que hubiese tañido aquel violín y repasé todas las posibles razones para que ahora estuviese allí abandonado. Cada vez que subía y bajaba con los materiales desde el portal al tejado, le echaba una mirada de inconfesable anhelo, pero pudo más en mí la conciencia y el respeto a lo ajeno. No fue óbice para que recordándolo pensase si no habría acabo como otras antigüedades en el basurero municipal de la cuesta “El Cristo”.
«¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga “Levántate y anda»!” »
¿Fue quizás el recuerdo de aquel hallazgo lo que me llevó a insistir para que mi hijo asistiera a las clases que Lisardo Prieto, considerado vigulinista pixueto, impartía en las aulas del conservatorio llanisco con la promoción del Centro cultural “El Llacín” de Porrúa? O ¿será por ese afán de los padres por dar a los hijos lo que a ellos les fue negado?
El caso es que cuando me encontraba desmontando el tillado del desván, en un hueco de la pared tapado con una piedra, di con un viejo pistolón de avancarga que al ser llamado por el capataz en aquel momento no me dio tiempo a contemplarlo y bajé con él a esconderlo junto a la hormigonera entre unos sacos vacíos de cemento. Al salir lo recogería en el momento de cambiarnos de ropa, me dije y corrí a ver a qué se me llamaba.
Era sábado. Una vez cambiados de ropa, acudíamos los obreros a las oficinas de la empresa en la obra principal de la Moría para recibir el sueldo semanal. Fui sin demorarme  para evitar hacer cola ante la ventanilla del listero que nos pagaba. Una vez con el sobre en el pecho, en lugar de volver por la obra nuestra, bajé por un camino hasta la misma barra sin acordarme para nada del trabuco. Cuando estaba en casa lo recordé y me dije que lo recogería de domingo que bajaba al cine. Cuando al día siguiente fui a buscarlo encontré que habían retirado los sacos y con ellos mi ayalga.
Pasados unos años, recordando aquel hallazgo con mi compañero Ramón Noriega, me confesó algo que nunca le había escuchado decir antes: "Mientras yo me encontraba en la siguiente obra, en el Brau, los peones encontraron algunas monedas, no sé cuántas, conocidas como “Luises de oro”, que se repartieron".
Aunque esto es mejor tomarlo como leyenda urbana, se decía que quien la adquirió había encontrado una olla con tales monedas. Y que el
dueño del edificio había pagado parte de la obra con el valor de ellas. 
Tengo escuchado algo parecido a unos obreros que un tiempo después solaron las calles con piedras y disponían de un detector de metales. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

89.- La obra de La Moría

Acostumbrado a obras con poco personal y recursos, me perdía por aquel bosque de postes de metal que sostenían las aún frescas planchadas superiores a las que se accedía por rampas de tablones tachonado de barrotes que hacían las veces de peldaños. Aún tengo el recuerdo fotográfico en mi memoria de las extensas fachadas andamiadas del edificio.
Era el segundo día de trabajo en La Moría. A escasos minutos del toque de entrada, llegaba de la Calle Mayor un personaje al que no había visto por la obra y, al verle atravesar por la desaparecida muralla, en lo que fuera la Puerta de San Nicolás de entrada a la Plazuela de  Santa Ana que en tiempos del medioevo quedaba extramuros como capilla de la Moría y de sus marineros, me imaginé la llegada de un caballero con el yelmo y guanteletes en la mano, tras dejar al cuidado del su escudero la montura. No era para menos aquella ilusión en aquel real escenario de fondo con paredes blasonadas del palacio de Gastañaga enfrente del  convento que recientemente también fuera cárcel.
Al poco tiempo de frecuentar un trabajo, si se es buen observador, se conoce el percal del personal. Aquel hombre que frisaría los cincuenta vestía de manera singular a como lo hacíamos, por lo general, el resto de operarios: pantalón de mahón los peones mayores, blanco los albañiles y de “vaqueros” los peones más jóvenes. Él vestía todo en azul claro, chaquetilla como las que llevaban los comerciantes, con cuatro bolsillos, de uno de ellos se prendía la tapa azul de un “bic”, un metro extensible y la funda de unas lentes. Al caminar llevaba las manos detrás sujetando el inmaculado casco blanco y unos guantes de badana también sin estrenar que me imaginé acababa de comprar en cualquiera de las tres ferreterías que había entonces en un radio de treinta metros: la de Antonio Alonso en la Plaza Parres Sobrino, al de Ramonín Sobrado junto al puente y la de Fernando Delgado, haciendo esquina en la Calle Mayor. En lugar de las socorridas “Chirucas” que la mayoría de peones llevábamos, aquel castellano calzaba lustrosas botas de suela de tocino tan sin usar como el resto de su atuendo. No podía ser otro que el encargado nuevo del que se hablaba, aparte de Minón que así se llamaba el que llevaba la obra, destinado a la que estaba a punto de iniciarse en la Plaza de La Madalena, para el dueño del Bar Colón. Cuando pasó a mi lado yo me dedicaba a atar en el porta bultos de la bicicleta el impermeable tapando el costal en el que traía el almuerzo. Le di los buenos días y me los devolvió con el idéntico ritual de cortesía. Es curioso que ciertos detalles nos produzcan prejuicios hacia las personas que todavía no conocemos. Nadie parecía conocerle y se notó porque se acallaron las charlas que a esas horas el bromista de turno, que en todo grupo existe,  salpimentaba con chanzas la penosa hora del inicio de la jornada laboral. El supuesto encargado sacó su reloj del bolsillo del interior de su chaquetilla y levantó la tapa del mismo con un gesto del pulgar un instante y que al cerrarse un metálico clic coincidió con la primera de las campanadas del reloj del Ayuntamiento. Sin que hubiesen sonados las otras siete restantes, el peón encargado tañó con una cachaba de tetracero la viga metálica que hacía las veces de campana de la obra, tanto para la entrada como para la salida. Como si de un nido de hormigas se tratase los obreros reaccionamos al unísono camino cada cual a nuestro trabajo. Antes de que me metiera dentro del edificio, el nuevo encargado me pidió que me quedase junto a otros tres peones que ya había seleccionado para sí. Entre ellos estaba Ramón Noriega, de los del “Jornu Pancar”, con el que me sentaba a comer en los soportales de la capilla, mismo enfrente de la obra donde dejábamos a buen recaudo las bicicletas, la comida y la ropa de repuesto. Cogí el casco y la bicicleta y les di alcance cuando ya iban entrando en la calle Mayor que continuamos hasta desviarnos a la izquierda hacia la plazuela de La Magdalena, junto a la “Sidrería Culetu”. El encargado abrió la puerta de una vieja casa de dos pisos. Desde allí no me pareció tan grande como cuando días más tarde pude contemplar con el tejado descubierto la altura de dos pisos más que daban al nivel del muelle. Era un caserón de paredes recias y bien alineadas, cuyo único defecto era el de haber cumplido varios centenarios, pero que no se ajustaba al destino como vivienda multifamiliar, fórmula que ya empezaba a arraigar en el concepto de restauración. Estoy convencido que hoy ni el promotor ni el arquitecto hubiesen consentido ni proyectado tal aberración: baste con ver, pasados apenas cincuenta años, el estado y aspecto de la edificación que la sustituyó. Me temo que las piedras de sillería de los frontales y cortavientos, los dinteles de las puertas, balcones y ventanales hayan ido a parar como relleno en cualquier finca disponible de igual forma a la especulación.
Ramón, que por ser el más viejo y de más antigüedad en la empresa de los cuatro, desde el primer momento parecía llevar la voz cantante. Cuando marchó el encargado, nos explicó que a los cuatro nos pagarían a razón de veinticinco pesetas la hora, en lugar de las dieciocho que cobraban el resto de peones. Seguirían siendo las diez horas, de ocho a una y de dos a siete. A cambio, nadie nos apuraría, porque se trataba de hacer las cosas con calma y de forma ordenada. A mí me contó mientras comíamos en una de las mesas de la sidrería que él me había propuesto al encargado para formar el equipo de demolición.
Uno de los obreros que a lo que resultó tenía más decisión en las alturas se abrió paso por entre las ripias y se izó al tejado desde el desván. Le siguió Sevilla, un peón de media edad que solía dedicarse en temporada buena a las labores de la mar y que quizás por eso tampoco parecía marearse en las alturas. Ramón por ser mayor y yo el más joven nos quedamos en firme ya que alguien debía recoger las tejas que nos iban pasando los que estaban arriba y las fuimos bajando desde el desván hasta el piso de abajo resbalando por unos tablones que a tal fin colocamos. Las tablas del ático no ofrecían tal seguridad para acumular el gran peso de las tejas.
Así estuvimos aquella media semana y la que siguió mientras echábamos abajo el tejado y el maderamen que lo sostenía. Al mediodía cuando bajábamos a comer bajo las acacias de la sidrería, la clientela nos miraba con una mal disimulada risa. Cuando fui a la barra a buscar la bebida y me vi reflejado en el espejo que había tras el botellero, no pude por menos de reírme en mis propias narices, nunca mejor dicho, pues las llevaba más hollinadas que la chimenea de una locomotora. Me vino a recuerdo el episodio que narra en El Lazarillo, el susto que se llevó su hermanico cuando se percata del color de la piel de su padre, por no verse la propia. Yo había visto la de mi compañero y creía que las risas de la ociosa clientela del vermú eran a su costa, por no ver la mía; desde allí mismo, comencé a darle al refranero el justo valor didáctico que tiene. Yo así veía a mi compañero negro como el carbón y no le decía nada por no molestarle y a él le debió pasar tres cuartas de lo mismo, como riéndonos me comentó después, ante las risas de su esposa Teresa Martínez que le llevaba la comida todos los días y se sentaba con nosotros a charlar. Son detalles que siempre recordé y aún hoy no tengo por menos de reírme con ellos. Así fue que tuve desde entonces una gran amistad con aquella pareja, pues como contaré en otros episodios coincidimos en siguientes destinos.

martes, 3 de marzo de 2015

88.- La Vega la Portilla

 A la siguiente semana Manolo nos mandó ir para comenzar con el desmonte de una finca y preparar la explanada en la que se construiría una granja de cerdos, en la Vega la Portilla.
En esa tarea estuve durante una semana junto a mi padre y mi tío Ramón, “Puertas”. A la siguiente semana llegó Ángel Sordo, “Goli” de Pendueles, casado con Teresa Sobrino Romano, vecinos del barrio de Pedrujerrín en Parres, que manejó el compresor, el martillo rompedor y el de barrenar, cuando fue necesario dinamitar la roca.
El trabajo era sin duda más duro que el que conocí en la construcción por el peso de la pala de dientes y el pico que utilizábamos para el guijo. Sin embargo se me hizo llevadero por la camaradería y familiaridad que nos unía a todo el grupo. Aprendí con ellos a llevar el ritmo adecuado que me permitiese rendir las ocho horas de la jornada; pude disfrutar de sus conversaciones con las que me sentí tan a gusto y me hicieron menos duro el trabajo.
La cantera fue la primera empresa que cotizó por mí a la Seguridad Social, además de abonarme veinticinco pesetas a la hora, que era sueldo más alto que llegó a cobrar un peón en algunas de las empresas que en aquel año llegaron a Llanes para edificar, que no en todas. Aún conservo la cartilla donde viene el nombre de D. Antonio Celorio, mi médico de cabecera cuando niño y del que ya di razón en textos anteriores.
Justo daban las diez, parábamos unos minutos para tomar un bocadillo, aún estando presente el patrón y jamás nos dijo nada por ello, aunque esta costumbre aún no estaba generalizada ni figuraba en algún convenio laboral, que yo sepa. Aparte de este receso que, como ya contaré, no se recogía en otras empresas, los que eran fumadores podían liar un pitillo sin que nadie osase decirles nada, pues echaban mano de una frase socorrida para el caso: “en todos los trabajos se fuma”.
Calmábamos la sed con el agua del barrilete de madera que siempre se llevaba junto al resto de herramientas hasta el punto de trabajo. La iba a recargar en la fuente que hubo en el cruce de los caminos con la carretera, bajo unos castaños, hasta que con las reformas viales se la cargaron para hacer la actual rotonda.
Como anécdota curiosa que aún recuerdo diré que allí cerca vivía Evaristo Sobrino, persona ya mayor, o a mí me lo parecía, como joven que yo era. Charlaba amigablemente con mi padre y mi tío, pues parece ser que había tenido mucha amistad con mi abuelo Santos. Una mañana, para la comida nos llevó unas cuantas botellas de la sidra que él hacía en el propio llagar. A decir de mis tres compañeros, pues yo aún no conocía para la comida otra bebida que la leche con café, bien azucarada, espalmaba bien en el vaso y se dejaba beber muy bien. Según nos contó el sidrero aquellas botellas habían guardado el dorado néctar de la pomarada sobre los anaqueles de su bodega durante dieciséis años, tiempo que a todos nos llenó de asombro, pero que no por ello dejamos de creer que fuese cierto.
Una vez acabada aquella tarea de desmonte, había que volver para la cantera. Me apetecía más regresar a la construcción, pues tendría la posibilidad de aprender algunos de los oficios relacionados con ella, como albañilería, fontanería o electricidad.
Una tarde, de las últimas que allí estuvimos, se me ocurrió nada más salir acercarme en bicicleta hasta el barrio de La Moría, donde sabía que había una obra nueva ejecutada por la empresa "Vallina", de Oviedo. El edificio estaba ya formado con los pilares y las tres planchadas de hormigón y los albañiles comenzaban a cerrar con ladrillo las paredes exteriores. Era el bloque de edificios que hoy existe frente al pórtico de Santa Ana, construido en una finca que administraba Laureano Cabrera vecino de Parres y en la que había una oquedad, especie de soplao marino. Había oído decir que la empresa buscaba más obreros, porque tenía en cartera otra obra nueva en la plaza de La Magdalena. Pude hablar con el encargado, porque Dámaso, peón de construcción y guardia municipal a tiempo parcial, a quien yo conocía y que a la sazón estaba cribando arena frente a la entrada, me lo presentó en cuanto bajó de uno de los pisos. Me envió a las oficinas que estaban al otro extremo del edificio para que allí diera mis datos personales al listero de la obra y que él me informaría de todo. Allá fui. El sueldo estaba a dieciocho pesetas la hora, bastante por debajo de lo que percibía en la cantera e incluso en la anterior empresa con la que trabajé, pero no había más que hablar. El lunes, me dijo el listero, puedes venir: trabajamos de ocho a una y de dos a siete; los sábados de ocho a dos.
Aquel domingo, cuando bajé con mis amigos al cine, los llevé a ver mi nuevo destino de trabajo, más alegre que unas pascuas.
De lunes, después de ayudar en la cuadra a mi padre y desayunar , cogí mi bicicleta y bajé todo ilusionado y hasta un poco nervioso por la novedad de trabajar en una obra tan grande y de tantos obreros, tan acostumbrado que estaba a las pequeñas plantillas de las dos obras precedentes. Si bien, poco tardé en trabar nuevas amistades que me hicieron sentirme como se suele decir, como en mi propia casa.