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viernes, 27 de septiembre de 2024

29.- Viaje a Vetusta


Aún recuerdo el día de mi primer viaje en tren a Oviedo. En tanto que mi madre se hacía cargo de atender el ganado, padre y yo madrugamos para bajar al viajeros de las siete.
Mis abuelos paternos, Santos y María, aprovechando el viaje, nos mandaban un recado para unas amistades suyas. La ilusión mía, aparte del viaje en tren, era conocer la ciudad, el parque San Francisco, incluida la osa parda, Petra y su hijo. En el largo y sinuoso trayecto de ciento diez kilómetros, olvidé la consulta que tendría con el traumatólogo del Ambulatorio, en la calle La Lila. Una molestia que sentía en el tendón derecho del pie me impedía correr e incluso caminar.
Algunos viajeros madrugadores ya ocupaban los asientos con ventanillas al andén principal cuando nosotros sacábamos billete. Cuando subimos aún había dos asientos libres junto a la puerta.
El engrasador revisaba a pie de vía los niveles de los bujes de las ruedas de los vagones con su aceitera en la mano y el cotón metido en el bolsillo posterior de su funda azulada de trabajo. Con un gancho comprobaba que en los cajetines del engrase no faltasen las mechas y de paso aprovechó para revisar que los vagones estuviesen bien enganchados y puestas las cadenas de seguridad.
Un mozo de andén empujaba una carretilla de plataforma cargada de paquetes con destino al vagón de alta velocidad en la cola de la unidad. El olor a café de la cantina se colaba por las puertas abiertas del vagón. El jefe de estación salió de la oficina con el gorro bajo el brazo, el silbato y el banderín de salida, acompañando al maquinista Ramón Sánchez de la Vega, vecino nuestro, hasta la máquina donde ya le esperaba el fogonero. Cuando el maquinista subió los dos peldaños, el jefe se caló la gorra, levantó la banderola y dio un pitido largo, protocolo necesario antes de que Ramón iniciase todas las operaciones de arranque. Un corto silbido de la máquina confirmó la salida, justo cuando el minutero del viejo reloj de junto a la entrada marcase las siete y cinco, hora estricta de salida.   Primero sentí el ruido que producen al aflojarse los frenos y los vagones, cual niños jugando,  comenzaron a moverse a trompicones, como si se negaran a emprender la marcha cogidos firmemente de la mano de su madre. Poco a poco veía moverse las casas cada vez a mayor velocidad y sentí el traqueteo en el paso a nivel de San José. Mi padre subió la ventanilla para que no entrase por ella la fina niebla ni la carbonilla que se desprendía de la chimenea y tuve que conformarme con pegar la nariz al cristal. Delante de mí desfilaron el campo de fútbol de Malzapatu, donde había aterrizado una avioneta. De la Panadería Sousa me llegó el olor del pan recién ahornado cuando se abrió la puerta del fondo del vagón para dar paso al revisor. Las últimas casas de la carretera en la Avenida de la Paz antes del paso a nivel en la vieja carretera a Camplengo, las Nieves, Póo, Parres y Porrúa. Pitidos previos anunciaban cada paso a nivel y el saludo de la guardesa de la garita de Póo, junto a las barreras bajadas. Ya en Celorio, subieron varias personas y el revisor amablemente ayudó a una mujer con su cesta de mimbres donde yo adiviné, bajo una cama de helechos verdes y hojas de berzas, por su característico olor, ricos quesos de Porrúa. Siguieron Balmori, Piedra y Posada que ya se preparaba para la feria del ganado en el campo de las Escuelas y en la Plaza los vendedores armaban los tenderetes del mercado de abastos.
Una niña con largas trenzas rubias se subió con su madre que llevaba un bebé en brazos. Ambas ocuparon el asiento diagonal al nuestro. El traqueteo sobre los cortes de raíl y el movimiento de las traviesas sobre el balastro, me proporcionaban una pista de la velocidad que tomábamos y en las curvas, me daba la sensación de que se fuese a salir por el chirrido y el roce de las ruedas. Me daba cuenta de la cercanía de otra estación por el chirrido de los frenos, el largo silbido de la máquina y consiguiente choque de vagones antes de parar. Los nombres de la mayor parte de las estaciones que siguieron a Posada eran desconocidos para mí.
En cada estación, por pequeña que fuera, había el mismo reloj, la misma estructura del edificio, la misma pintura e igual protocolo del jefe en la salida del tren.
La niña volvía para otro lado la cabeza cuando yo la miraba y a hurtadillas comprobé que también ella me miraba. Padre entabló conversación con un señor que se había subido en una de aquellas paradas y después de darle razón del motivo de nuestro viaje pasaron a hablar de las labores del campo.
Nuevos viajeros fueron completando el vagón y enfrente de mí acabó sentándose un anciano tras hacer ímprobos esfuerzos para mantenerse en equilibrio y no caerse sobre nosotros en cada curva de la vía. Una vez que logró sentarse, sacó de uno de los bolsillos de la chaqueta, el paquete de “cuarterón” y el librito de “Jean” y, como si se recreara en el arte de los malabares lo lió sin quitar la mirada de la ventanilla. Lo colgó apenas de la comisura de los labios. Tomó el chisquero cuya mecha colgaba del bolsillo interior del chaleco negro a rayas y después de girar la rueda con la palma de la mano, tomó el pitillo y le acercó el ascua avivada con un soplido. Todo ese ritual lo había visto mil veces hacer a mi abuelo intercalado en las pausas de sus amenas charlas, cuando iba a visitarle y se despertaba de sus imprescindibles siestas. De bien crío debí asombrarme de esas dos habilidades, la narrativa y la de liar los cigarrillos, que seguía sin pestañear todo el proceso cuando me dijo en una ocasión que el que estaba haciendo sería para mí, si lo quería, y se dispuso a hacer otro para él. Me imagino la cara de sorpresa e ilusión que yo pondría, pero no se me olvidó el asco que sentí al dar la única calada que me hizo toser y que hizo que faltara bien poco para echar al traste la ropa que la abuela tenía plegada para planchar sobre el arcón del estregal.
En estos u otros pensamientos estaría tanto rato que me olvidé del viaje, de la niña de grandes coletas y de los que compartían sus impertinentes y antisociales humos. Limpié con el torso de la mano el vaho del cristal de la ventanilla y divisé a lo lejos la aguja de la torre de la Catedral destacando airosa por encima del resto de edificaciones. Al poco rato entrábamos lentamente en la estación de los FF. Económicos de Oviedo. Comprendí en el momento de bajarme la diferencia existente entre una capital y una villa por la cantidad de vías y trenes en comparación con las que tenía la de Llanes.
La niña de las rubias trenzas caminaba cogida de la falda de su madre y me dirigió una última mirada, como de despedida, mientras tomaba la calle empedrada paralela a la estación. Padre y yo seguimos de frente todo lo rápido que me permitía mi dolor, pues ya casi era la hora de nuestra consulta en el Ambulatorio de Calle La Lila. Padre conocía sobradamente el trayecto más corto por haber estado en Oviedo más veces. La visita al doctor fue rápida, y no tardó en darnos el diagnóstico: -Está en la edad del crecimiento y necesita tomar más calcio - dijo.
Así que la receta consistió en unos gránulos de calcio con sabor azucarado que tenía a pasto en un platillo sobre la mesita. Además me mandó hacer reposo durante tres meses.
Nada más salir del Ambulatorio nos dirigimos con el recado de los abuelos para Arcadio, el amigo que mi abuelo echó en el hospital cuando le amputaron la pierna. Habían convenido los dos en compartir el calzado cuando comprasen uno nuevo, pues a cada uno le habían privado de una pierna distinta. Mi abuela le mandaba por nosotros la zapatilla izquierda.
Mis recuerdos de esta primera visita a Vetusta se resumen a la torre de la Catedral, la estación de Económicos y el empedrado de la calle Covadonga donde jugué una partida a las canicas con un niño que al llegar lo vimos  sentado en el portal de la casa colindante cuando subíamos para hacer el encargo. Después de los saludos de rigor, me dejaron bajar a la calle. Era una calle ciega, creo recordar, y en la acera de frente a la casa, había una vinatería donde varios parroquianos charlaban en torno a unas tinajas de roble y bebían por sendos porrones.
Como el tren de regreso salía a las cuatro, nos dio tiempo a pasar por el Campo San Francisco donde compartí los barquillos y la torta de miel que había sacado en la ruleta del barquillero con los patos del estanque. Después observamos largo rato los movimientos repetitivos de la osa Petra que recorría con aire de hastío el contorno de su exigua prisión.
Los recuerdos fotográficos que mantengo en mi mente son en color gris y sepia como los daguerrotipos, de una ciudad aún herida por la guerra, de calles empedradas, con los tejados oscuros del hollín que caía de aquel bosque de humeantes chimeneas.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

103. Cancian los ruiseñores



A la hora de la comida, me reuní con mi compañero y amigo Ramón Noriega, de los del “Jornu” en Pancar, con el que había coincidido con la empresa “Vallina” en la obra de la Moría, del Brau y de la plaza de la Magdalena y posteriormente con “Los Álamos”, en el edificio de Los Girasoles. Gil de Cue y J. Antonio Alea Fernández vecino de Parres con quienes coincidí en aquella última. Con ellos tres compartía los descansos del bocadillo y de la comida que hacíamos normalmente dentro, protegidos del sol y de la lluvia si era el caso, y donde depicuábamos un rato en el silencio de la obra en la húmeda calima del verano.
Conocí nuevos compañeros, como el bueno de Remigio, viejo lobo de mar reconvertido a la construcción cuando ya se le acercaba el momento de la jubilación y le pesaba la edad para navegar sobre la cubierta de los pequeños pesqueros que hacían cala en el pequeño puerto llanisco, atestado de arena y restos en la dársena de las continuas riadas del Carrocedo. Tampoco su esposa Carolina tenía edad como para arrastrar el carrito de mano cargado de sardinas y bocartes frescos y coleando por los pueblos de los alrededores.
Julián se miraba muy bien de chacotear en presencia del “Gran Remigio”, que así se refería a él a sus espaldas, por no arriesgarse a que le corrigiera e incluso le superase en el tamaño de las capturas, eso sí, mar adentro.
A colación con este tema de la exageración generalizada de los pescadores, me viene a mente un pequeño cartel hecho con cuatro azulejos que había visto en un edificio construido por aquella época, en la avenida de Celorio. Viene como anillo al dedo para ilustrar la tendencia natural de mis dos viejos compañeros por agrandar sus respectivas presas marinas; sobre todo las que acababan por soltarse de sus sedales por la medida y el peso yendo libres al mar, por lo que nunca se pudieron medir ni pesar, más que con el gesto de los dos brazos extendidos, que por ambos tenerlos grandes, os podéis dar cuenta del tamaño que tendrían. El que diseñó el dibujo del mural aquel había logrado muy bien representar ese momento en una tertulia tenida ante la barra de un bar cualquiera de cualquier pueblo costero. En él se representa a pescadores hablando de sus hazañas en la pesca con distintos gestos reconocibles. En primer plano, aparece un parroquiano narrando su hazaña, con las muñecas unidas y abriendo únicamente las palmas, temeroso de caer en pecado de soberbia y mentira ante el cura del pueblo.
Hace un tiempo ya que saludé a David Llorente, al que recuerdo en aquella obra haciendo los encofrados por las alturas, con la agilidad de un gato, para colocar las primeras piezas del artesonado sobre las columnas que soportaría la nueva planchada. Le hablé de los gratos recuerdos que yo guardaba de su tío Panchín y me reavivó un curioso suceso que yo tenía ya olvidado.
Se celebraba un festival de la tonada asturiana en el recinto de“La Bombilla”, al atardecer de un viernes de aquel verano que les hablo. Los compañeros de la obra, tanto le insistimos en que se presentara a él, por el dominio de voz que tenía y los registros que lograba, que al fin lo conseguimos y ni corto ni perezoso a él se fue luego de lavarse como pudo en el grifo que teníamos para la manguera del bidón de agua para la hormigonera. Atusó sus canas con agua y las peinó; sacudió el cemento de sus botas y se cepilló el pantalón que tenía colgado en el almacén de los sacos de cemento. Arrancó su motocicleta y se fue hacia el ferial dispuesto a hacer tablas, sin haberse inscrito tan siquiera. Se subió al escenario en cuanto se hizo un hueco en la lista de participantes y desde allá arriba, saludó al respetable con la cortesía y espontaneidad que le eran propias, boina en mano. La extrañeza que causó su improvisada aparición en el escenario, luego que cantó la primera tonada con primor, se tornó en aplausos, dada la popularidad de Panchín entre los numerosos asistentes compañeros suyos y de otras obras que allí estábamos y lo mismo del resto de espectadores. En su desaliñado atuendo destacaban, por efectos de los focos, algunos pegotes de cemento que se habían resistido a las cerdas del cepillo, todo lo cual no fue óbice para llevar el primer premio en su categoría de senior en la que participó.

El lunes siguiente, los ruiseñores alegraban con sus trinos las primeras horas de la jornada laboral en los cipreses de la finca contigua, cuando los obreros esperábamos a que sonaran las ocho en el reloj del campanario, y por la calle sin asfaltar de la hoy calle Celso Amieva, runcía el motor de la vieja motocicleta de Panchín.

lunes, 11 de mayo de 2015

95.- Mis primeras chapuzas

Estaba en construcción el depósito para el abastecimiento del agua a los barrios de Tresierra, La Caleyona, Campu'l Roble, La Piniella, Coxiguero, El Cuetu, Tamés y Brañes que quedaban por encima del nivel de la traída primitiva. Fue entonces cuando nos adelantamos a su terminación que dábamos por hecho y decidimos construir el cuarto de baño en un rincón del estregal, aprovechando el bajo de las escaleras y no disponer de gran superficie en la planta de la vivienda. Ya metidos en obra, pensamos adecuar a nuestras necesidades el resto del espacio habitable y, para ello, en el piso superior, reuní en una sola las dos habitaciones pequeñas de que disponíamos, ventilada con una ventana al norte y otra al este. En la sala logramos una segunda pieza con una ventana al este y otra al sur, en el espacio que había ocupado la desaparecida galería, desde hacía unos años, por escasez de dinero para adecentarla y de luces para conservar la obra de ebanistería que mi bisabuelo Félix Gutiérrez de la Vega había hecho hacia el año 1912, cuando su primera dueña la había mandado construir para su jubilación. Del otro ala de la galería hicimos una pequeña pieza que dimos en llamar la “salita de estar” y que hizo su servicio para leer, estudiar, coser o planchar.
De las viejas paredes pude reciclar todos los ladrillos macizos, por estar colocados con cal y arena. Cubrí de barrotillos y cemento los viejos pontones de chopo carolino, oscurecidos en la zona de la cocina por el sarro acumulado sobre ellos, tallados toscamente en la serrería movida por el agua del río Melendro, y que en las restauraciones de los años siguientes se conservarían para lograr en la obra un aspecto más cálido.
La planta baja tenía todo en pequeño, la cocina, comedor, un cuarto trastero, retrete y estregal. Tras la modificación quedó una cocina-comedor, un pequeño recibidor o sala de estar y el ya citado cuarto de baño.  El fontanero instaló las tuberías de los sanitarios y del calentador a gas que llevó por fuera de la casa hasta el fregadero de la cocina. Habría que esperar un tiempo a que se terminaran las obras del depósito y de la totalidad de la traída del agua y mientras tanto, seguimos transportándola en cubos desde la fuente de La Jornica como venía haciéndose desde tiempos inmemoriales.
Reparé el tejado y la agrietada chimenea por cuyas paredes se colaban goteras al desván. Todas estas obras propias de un oficial de la construcción las ejecuté gracias a mi corta estancia por las obras, pero en gran parte a la decisión y, por qué no, gracias también a mi capacidad de observación y afición por el oficio. La instalación eléctrica, que en sus orígenes conocí usando el antiguo cableado trenzado y aislado con hilo, había sido cambiada hacía tres años por Encio, un compañero de mi padre en la Talá, que era natural de Caldueñu. Pero al cambiar los tabiques y tillar los techos hubo que disponer de nuevos puntos de luz y tomas de fuerza para las nuevas dependencias de la casa, para cuyos esquemas aproveché los conocimientos de las clases de Física y, como dije, de mi curiosidad por fijarme en lo que veía hacer y, cómo no, de saber preguntar cuando dudaba de algo. Sustituí los viejos ladrillos del suelo asentados en arena de playa, por placas de terrazo y alicaté la cocina y el cuarto de baño. Estas obras las fui realizando sin prisas y con pausas, alternado con las tareas de la siembra y la siega de las que no podía sustraerme, en un corto período de tiempo que nos quedamos sin trabajo por haberse concluido la obra del tendido eléctrico desde el Barrio La Moría hasta San José, además de la reparación y ensanche de la bolera La Xunca que para el tiro no tenía las nuevas medidas reglamentarias exigidas; tras la cual, se estrenó con importantes partidas para las peñas federadas de la comarca en la liga bolística comarcal. Estuvimos trabajando en ella los mismos obreros que habíamos estado en la zanja de Llanes. Tras llevar a cabo dicha rehabilitación, volvimos a la villa para el desmonte de una finca donde se había iniciado la construcción de un bloque de pisos cercano al Consistorio llanisco. Mi tío Ramón González Gutiérrez, Ángel Sordo, mi padre y yo la emprendimos con el montículo que había en la parte norte de la finca. Bajo aquella mole de roca, pasados unos años, abriría sus puertas al público la discoteca “Matius”, en los bajos del edificio “Los Girasoles”. En tanto, un nutrido grupo de encofradores y albañiles  especialistas del hormigón armado a buen ritmo formaban el esqueleto del bloque de pisos en la llamada hasta entonces “Huerta de Labra”.
Comenzaban ya a aplicarse, si bien con poca rigurosidad, las normas de seguridad en el trabajo, al menos en aquella obra tan a la vista, por estar en el centro de una posible e imprevista inspección de trabajo. Nosotros, por no ser menos, pues así lo exigían las normas explicitadas en el cartel de entrada a la obra, tuvimos que llevar el casco que nos dieron allí mismo, aparte de las gafas de rejilla metálicas que ya usábamos para partir la roca. La mascarilla y los guantes eran más opcionales, a pesar de los graves daños que se llegaba a sufrir con el polvillo de la roca molida, acostumbrados a deshacernos de toda impedimenta cuando apretaba el sol, curtidos ya que estábamos desde tiempo, nos quitábamos progresivamente la camisa y la camiseta dejando la parte del cuerpo desde la cintura para arriba cubierta tan sólo por una simple gorra. Administrábamos nuestras fuerzas que habían de dar para toda la jornada de las ocho horas y aún en presencia de nuestro jefe que nunca le dolieron prendas ni le costó palabra alguna de desagrado por vernos descansar o apagar nuestra sed con el agua fresca de la jerrada que nos acompañaba a todas las obras. Su trato condescendiente con los obreros, le venía de haber sido también trabajador como peón junto con sus hermanos Ramón y Julián, cuando la empresa dirigida por Manuel “Vivo”, su padre, arreglaba la intricada red de carreteras del concejo. El toque de salida para comer en la obra, nos servía a nosotros también. Aquel tiempo que estuvimos mi padre y yo juntos, llevábamos la comida en el carpanchu que despachábamos allí mismo sobre unas rocas donde diese el sol o cubiertos a techo si amenazaba lluvia. Mi madre se daba arte y modo de acercarnos desde Parres la comida y si no llegaba a tiempo, salíamos a su escontra por la zona de Los Altares, San José o Camplengo, donde hubiéramos convenido antes de salir de casa, cuando a la vez mi padre segaba la ración de verde para las vacas, después de comer. Cargábamos el carro y nos despedíamos hasta la tarde; madre regresaba a casa guiando el burro por los caminos de enormes baches de Las Nieves y nosotros, en nuestras respectivas bicicletas corríamos para llegar a tiempo de la entrada al trabajo para continuar la media jornada restante. ¡Cuántos recuerdos se me vienen al redactar estos renglones! Nunca en mi vida renegué de nada y sí en cambio me sentí orgulloso de haberlo vivido en aquellos años mozos. No me faltó de nada, en serio, pues mi única ilusión era la de seguir mis estudios y al fin podía llevarlos a cabo.
Por las tardes, a mí que era el más joven de los cuatro obreros, Manolo Amieva me mandaba al estanco de junto al Casino a por el habitual “Farias” de las tardes. Yo, para conservar aquel privilegio que me brindaba el disfrute de unos minutos de descanso, hurgaba en la caja que me presentaba Juanina, la estanquera, y elegía aquel que mejor me apetecía por el color de la hoja y que no presentase roturas ni nervios y, por asegurarme, lo rodaba entre mis dedos pulgar e índice cerca del oído para percibir el sonido. Este ritual le encantaba a Juanina, que me miraba con aprecio, pero en realidad yo sólo lo había aprendido de observar a unos y otros y, como quería perfeccionar mi improvisada cata, luego lo pasaba por debajo de mi nariz y asentía antes de depositar en la mano hueca de la estanquera el precio exacto, con la misma prestancia que si de mercar un “Cohíbas” se tratara. Me lo envolvía en papel de estraza y así se lo entregaba al patrón al que, en tono un poco adulador inquiría por la elección que había hecho y si estaba de su agrado. Él se sonreía y asentía las más veces, con lo que me aseguré el recado diario que representaba un pequeño respiro para mí.
Otra anécdota que recuerdo está relacionada con los disparos de dinamita. Como ya conté, cuando mi tío Ramón tenía preparadas todas las mechas, los compañeros nos íbamos a poner con el banderín en las calles radiales a parar el tráfico, pero en aquel sitio, justo al lado de la pared de la huerta, entonces hecha con ladrillos, solían aparcar los pocos coches que entonces circulaban. Aparte de los cuatro taxis que había, solía aparcar por la zona cercana al Ayuntamiento, quien venía por hacer alguna gestión o para entrar al Casino y claro está, los usuarios del tal local no eran otros que la gente más pudiente, la que podía disponer de un coche, y que podían vigilar tan sólo con asomarse a las ventanas que daban a la calle, por lo que no era raro que dejasen en el volante las llaves del arranque, pues tan cerca estaba la policía que vigilaba delante del ayuntamiento, como los calabozos. El caso es que la ocasión la pintaron calva y en el momentos de dar los disparos, aproveché para encender el motor de algunas de aquellas máquinas y desplazarlas unos cuantos metros calle abajo con el pretexto de prevenirlas de los cascotes en las explosiones, aunque no fuera necesario, pues sobre ellas colocábamos unas gruesas chapas de acero. Eran pequeñas experiencias y creo que nunca llegué entonces a pensar en tener mi propio coche, cosa que no estaba al alcance de todo el mundo; mi único tesoro era aquella BH que me esperaba a la sombra de un saúco junto al torreón de la vieja muralla de la villa de Aguilar.

martes, 3 de marzo de 2015

88.- La Vega la Portilla

 A la siguiente semana Manolo nos mandó ir para comenzar con el desmonte de una finca y preparar la explanada en la que se construiría una granja de cerdos, en la Vega la Portilla.
En esa tarea estuve durante una semana junto a mi padre y mi tío Ramón, “Puertas”. A la siguiente semana llegó Ángel Sordo, “Goli” de Pendueles, casado con Teresa Sobrino Romano, vecinos del barrio de Pedrujerrín en Parres, que manejó el compresor, el martillo rompedor y el de barrenar, cuando fue necesario dinamitar la roca.
El trabajo era sin duda más duro que el que conocí en la construcción por el peso de la pala de dientes y el pico que utilizábamos para el guijo. Sin embargo se me hizo llevadero por la camaradería y familiaridad que nos unía a todo el grupo. Aprendí con ellos a llevar el ritmo adecuado que me permitiese rendir las ocho horas de la jornada; pude disfrutar de sus conversaciones con las que me sentí tan a gusto y me hicieron menos duro el trabajo.
La cantera fue la primera empresa que cotizó por mí a la Seguridad Social, además de abonarme veinticinco pesetas a la hora, que era sueldo más alto que llegó a cobrar un peón en algunas de las empresas que en aquel año llegaron a Llanes para edificar, que no en todas. Aún conservo la cartilla donde viene el nombre de D. Antonio Celorio, mi médico de cabecera cuando niño y del que ya di razón en textos anteriores.
Justo daban las diez, parábamos unos minutos para tomar un bocadillo, aún estando presente el patrón y jamás nos dijo nada por ello, aunque esta costumbre aún no estaba generalizada ni figuraba en algún convenio laboral, que yo sepa. Aparte de este receso que, como ya contaré, no se recogía en otras empresas, los que eran fumadores podían liar un pitillo sin que nadie osase decirles nada, pues echaban mano de una frase socorrida para el caso: “en todos los trabajos se fuma”.
Calmábamos la sed con el agua del barrilete de madera que siempre se llevaba junto al resto de herramientas hasta el punto de trabajo. La iba a recargar en la fuente que hubo en el cruce de los caminos con la carretera, bajo unos castaños, hasta que con las reformas viales se la cargaron para hacer la actual rotonda.
Como anécdota curiosa que aún recuerdo diré que allí cerca vivía Evaristo Sobrino, persona ya mayor, o a mí me lo parecía, como joven que yo era. Charlaba amigablemente con mi padre y mi tío, pues parece ser que había tenido mucha amistad con mi abuelo Santos. Una mañana, para la comida nos llevó unas cuantas botellas de la sidra que él hacía en el propio llagar. A decir de mis tres compañeros, pues yo aún no conocía para la comida otra bebida que la leche con café, bien azucarada, espalmaba bien en el vaso y se dejaba beber muy bien. Según nos contó el sidrero aquellas botellas habían guardado el dorado néctar de la pomarada sobre los anaqueles de su bodega durante dieciséis años, tiempo que a todos nos llenó de asombro, pero que no por ello dejamos de creer que fuese cierto.
Una vez acabada aquella tarea de desmonte, había que volver para la cantera. Me apetecía más regresar a la construcción, pues tendría la posibilidad de aprender algunos de los oficios relacionados con ella, como albañilería, fontanería o electricidad.
Una tarde, de las últimas que allí estuvimos, se me ocurrió nada más salir acercarme en bicicleta hasta el barrio de La Moría, donde sabía que había una obra nueva ejecutada por la empresa "Vallina", de Oviedo. El edificio estaba ya formado con los pilares y las tres planchadas de hormigón y los albañiles comenzaban a cerrar con ladrillo las paredes exteriores. Era el bloque de edificios que hoy existe frente al pórtico de Santa Ana, construido en una finca que administraba Laureano Cabrera vecino de Parres y en la que había una oquedad, especie de soplao marino. Había oído decir que la empresa buscaba más obreros, porque tenía en cartera otra obra nueva en la plaza de La Magdalena. Pude hablar con el encargado, porque Dámaso, peón de construcción y guardia municipal a tiempo parcial, a quien yo conocía y que a la sazón estaba cribando arena frente a la entrada, me lo presentó en cuanto bajó de uno de los pisos. Me envió a las oficinas que estaban al otro extremo del edificio para que allí diera mis datos personales al listero de la obra y que él me informaría de todo. Allá fui. El sueldo estaba a dieciocho pesetas la hora, bastante por debajo de lo que percibía en la cantera e incluso en la anterior empresa con la que trabajé, pero no había más que hablar. El lunes, me dijo el listero, puedes venir: trabajamos de ocho a una y de dos a siete; los sábados de ocho a dos.
Aquel domingo, cuando bajé con mis amigos al cine, los llevé a ver mi nuevo destino de trabajo, más alegre que unas pascuas.
De lunes, después de ayudar en la cuadra a mi padre y desayunar , cogí mi bicicleta y bajé todo ilusionado y hasta un poco nervioso por la novedad de trabajar en una obra tan grande y de tantos obreros, tan acostumbrado que estaba a las pequeñas plantillas de las dos obras precedentes. Si bien, poco tardé en trabar nuevas amistades que me hicieron sentirme como se suele decir, como en mi propia casa.



jueves, 22 de enero de 2015

82.- Leves pinceladas

 Pasado el mes de octubre, llegó de súbito el invierno, invadiendo el espacio del otoño recién estrenado. Sin contravenir al refranero, la nieve bajó hasta las cabezas de las cuestas y el paisaje parecía posar para fotógrafos y pintores. Había llegado noviembre y tras varios días soleados llegaban otros cada vez más fríos pasando así sin darse cuenta el veranín de San Martín.
Se habían iniciado las clases del instituto. Desde la zanja que estaba abriendo a pico y pala para pasar la tubería del agua, observaba con nostalgia la llegada de los autobuses de "Mento", uno cargado de alumnos de los municipios más orientales como Peñamellera, Unquera, Ribadedeva y de los pueblos llaniscos que se subían a pie de carretera. La afluencia de alumnos era continua, unos en bicicleta, desde los pueblos a los que no accedía el autobús, otros andando desde Pancar, La Portilla y de la misma villa. También los alumnos de la zona occidental llegaban desde Ribadesella y Nueva con sus correspondientes pedanías llegaban en otro autobús. Un tercero, creo recordar, que hacía el recorrido recogiendo a los alumnos de Meré, Puente Nuevu, Vibaño, Posada y los pueblos de sus alrededores. Yo conocía compañeros de aldeas alejadas de la carretera principal por la que pasaba la línea de autobuses que tenían que andar a pie o en bicicleta hasta la parada. Ahora me doy perfecta cuenta que el sacrificio desplegado por aquellos compañeros era superior al que yo había pasado, pero con los pocos años, no se piensan las cosas en profundidad. Creo que hasta les envidiaba por llegar en bus, sin mojarse, pero todos los que se bajaban de él no gozaban de idénticas ventajas. Los profesores iban también llegando, algunos, bien pocos que se contaban con los dedos de una mano, se bajaban de sus coches que aparcaban delante de la fachada principal; la mayoría a pie por vivir en Llanes. Algunos que se incorporaban en el presente curso eran totalmente desconocidos para mí.
Cuando al recreo se me acercaron algunos compañeros de los cursos anteriores, sentimientos diametralmente opuestos me asaltaban. Por un lado, sentía la euforia de no verme sujeto a la disciplina del centro y por el hecho de estar ganando un sueldo; por otro me apenaba el hecho de no haber superado en septiembre aquel bache académico que frenaba mis propósitos de estudios posteriores.
También vinieron a saludarme algunos de los profesores, precisamente aquellos a los que yo tenía por las nubes como Manuel Llanes, Consuelo Escalera, David Ruiz y Carmen Rosa de la Hera, que yo recuerde ahora. Coincidieron los cuatro en animarme a que no lo dejara pasar del próximo junio.
Según los alumnos fueron entrando disminuyó el jolgorio de la calle, pero quedó dueño de ella el ruido de la hormigonera y de las herramientas en las dos obras cercanas al Instituto.

A medida que iban finalizando las tareas del chalé, los obreros eran destinados a otras obras que Froilán tenía ubicadas en otras localidades. Ike, Tolino y yo quedamos en Llanes sacando los escombros del vaciado de un local sito en la Calle San Agustín. El mismo en el que los hermanos Robredo, naturales de Soberrón, habían tenido una bodega de vinos que todos conocían como la de "Los Hombrinos".
En esa tarea estuvimos algo más de la semana dedicados a demoler los tabiques y limpiar los ladrillos macizos y apilarlos para un uso posterior. El local se iluminaba únicamente por la luz solar que por ser otoño no era mucha la que únicamente se colaba por el hueco de la puerta. A mí me correspondía sacar en un carretillo los escombros y los subía por un tablón a la caja de un carro aparcado en la plazuela de la capilla San Roque, en la que estaba atado el animal a unas rejas.
El transporte de materiales desde el almacén a las distintas obras se hacía por medio de aquel carro tirado por "la mula", a quien nadie había tenido la deferencia de ponerle un nombre propio como a cualquier mascota, máxime cuando aquel infeliz ser viviente hacía los trabajos más esforzados en las obras.
"La Mula" no se dejaba querer por nadie más que de su habitual conductor, Dámaso. Nunca conocí, ni llegaré a conocer, animal con más zunas y mañas que aquél, que bien pareciera haberlas aprendido en un cuartel o en una mina, antes que en los más tranquilos trabajos del campo, tanta era la veteranía con que obraba. Sólo obedecía a las voces de Dámaso, compañero inseparable suyo, a quien a ciegas obedecía. Normalmente bastaban tres vocablos, "so", "arre" y "atrás", para dirigirla incluso a distancia sin sujetarla tan siquiera por las bridas, como si de una palanca de cambios se tratase. Pero si no obedecía, el genio que tenía que aparentar Dámaso con ella, se sustentaba en una sarta de maldiciones, alusiones a su madre asnal y hasta exageradas amenazas de muerte, porque el carácter de su dueño no pasaba de ahí. Nunca lo vi castigarla con la vara de avellano que siempre llevaba con él, creo que por aparentar autoridad como vi usar a los alcaldes y hasta los obispos.
"La Mula" traía en sus genes, como mula asnal que era, el coraje y vigor de su padre caballo, y la obstinación y elasticidad de su asna madre. Prefería herniarse a dejar atascada la carga en un camino.
En uno de esos días, porque Dámaso no llegaba a la obra para retirar el carro cargado hasta los topes con el escombro, se me ocurrió por mi cuenta y riesgo allegarme a ella y tomarla de la cabezada. Antes de soltar las riendas que la sujetaban a la reja, imitando la voz de su amo le dije "atrás". Fue como si hubiera metido la marcha sin pisar el embrague a fondo y a punto estuvo de llevar con la trasera del carro el lustroso y negro coche de Ramonín el de “La Bolera cubierta” que tenía en la plazuela aparcado y el moto carro de Félix, “El Riojano”, que en ese preciso instante abocaba en ella cargado de garrafas de vino si no fuera que, cual personaje de teatro, hiciese su entrada en escena Dámaso. El “so", "Mula”, de Dámaso evitó el desastre. Jamás se me volvió a ocurrir, por la experiencia vivida y las pertinentes advertencias de Dámaso al respecto, ocuparme de aquel animal que convertía en dóciles mascotas a los que yo tenía en el establo.
La Mula, como desde ahora conoceremos así a dicho animal de tiro, entraba sola al carro, con un solo gesto de su amo, aunque siempre acompañaba la acción con la posición amenazante de todos los equinos de echar las orejas atrás y enseñar sus enormes y amarillentos dientes. Nadie sabía calcularle la edad que debía ser grande. Es posible que ya llegase domado a manos de Dámaso y que el entendimiento que se demostraba entre los dos, viniese de largos periodos de tiempo juntos. Caminaban compasadamente compartiendo entre ellos con respeto mutuo las impedimentas que los años traen. Estaban unidos por el trabajo y uno de dependía del otro por igual. Llegué a pensar si no tendría también conciencia del horario, pues cuando sentía acercarse el fin de la jornada, se apresuraba a recorrer el trayecto que hubiere hasta llegar a su establo en la calle "El Llegar" donde la esperaba una ración de fresca hierba en la que se colaba alguna panoja de maíz o los zoquetes de pan que Herminio le guardaba del Bar “La Covadonga”, calle abajo. Nunca conocí animal que recibiera tanto mimo de su dueño que ni el mismo Bavieca hubiese llegado a recibir del Cid.
Cada animal tiene su grado de inteligencia y aquella mula, tenía el suyo. El domingo, único día de descanso en que gozaba de libertad plena, sin soportar los aparejos sobre su maltrecho lomo, ramoneaba en el frescor del cauce del molino en Las Bárcenas, por detrás del barrio El Cuetu, donde tenía la vivienda familiar Dámaso. Después de pasar unas horas en el olor de las mentas y los berros del río, salía por Cagalín y se ponía a triscar los cardos y las catasolas que crecían en la campiña del Matadero, junto a la ría y bebía en el entrante del agua al lavadero.
Una tarde de domingo que matábamos el tiempo sentados en la paredilla del puente, antes de irnos a ver la proyección en el "Cinemar", vimos subir a Mula, con aire de nobleza equina los peldaños de las escaleras por el lado norte del viejo teatro “Benavente”. Sobre la rampa que hacía puente sobre la ría, retumbaron sonoros los cascos enfundados de sus herraduras. Me recordó, salvando las diferencias, a una dama de alto copete taconeando a la salida del viejo teatro en noche de estreno. Llegada a la acera, se paró, miró, dejó que pasara un coche que se acercaba por delante de “El Siglo” y cruzó hacia "La Rula", rodeó el muelle y subió la empinada cuesta en dirección a las saladas camperas de junto al Faro en San Antón.
Los lunes, de madrugada, esperaba a su amo en el campo de La Guía, con denodado estoicismo para empezar otra dura semana de trabajo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

74.- La siega



En el verano de 1965, faltando tres meses para cumplir los diecisiete años comencé a ir con mi padre a segar la hierba para los vecinos que nos llamaban del pueblo como de otros colindantes.
Me hubiera ilusionado ir de camarero, como mis amigos Juan Armando Alles Tamés y Ramón Enrique Vidal Quintana, pues había una plaza sin cubrir en el “Bar Palacios” de Jesús. Ensayaba en la bandeja de madera que usábamos únicamente para subir las comidas a la cama en las frecuentes gripes y correspondientes convalecencias, la versátil botella de anís “La Asturiana”, que madre usaba tanto para frayar el maíz para los pitos como en las nochebuenas de acompañamiento instrumental junto con la cuchara de alpaca, resto de no sé qué cubertería de la abuela.
La llenaba del agua que teníamos en los calderos de cinc colgados del jerradero sobre el albañal y a su lado llevaba unos vasos vacíos y dos tazas a rebosar de agua, como si de café se tratase con el fin de entrenar el pulso y el equilibrio. Salía con el pedido al huerto y hacía que sorteaba imaginarias mesas de la terraza en la bolera. La clientela no eran sino unas gallinas que se desparasitaban en el polvo seco y el gato rayón que dormitaba insolente bajo las ramas retorcidas de la higuera. Por entre aquellos selectos figurinistas de mi escasa clientela, imitaba como podía la elegancia y soltura que había observado en profesionales como Félix y Bernabé Segura y que ya tenían también mis dos amigos y vecinos, Juan Armando e Ike.
Pero no hubo suerte; me enteré que ya estaba cubiertas las plazas del “Bar Palacios” y del “Café Pinín” y tampoco me molesté en llamar a más puertas.
Aquella botella llegó a formar parte del ajuar de la cocina, ocupando siempre el mismo rincón del aparador. Servía también para rayar el pan tostado en la chapa de la cocina de leña y acabó siendo la palmatoria cuando llegó del “Chispún” otra compañera llena del dulce licor para hacer las torrijas y buñuelos del Carnaval.
Una tarde, llegó mi padre del trabajo con un envoltorio sujeto con cuerdas a la barra de la bicicleta. Me había comprado mi primera guadaña “Bellota”, el asta y el cachapu en el que también venía envuelta en papel estraza una “Lombarda” de arenisca rojiza. Seguí con atención, paso a paso todo el trabajo de adaptar el dalle al asta por medio de la vera con sujeción de tornillo y la conveniente cuña.
Nunca olvidé el primer día que fuimos de jornal. Echaba todo mi esfuerzo en seguir el ritmo de mis compañeros de siega. Quería así demostrarle al patrón que nos observaba apoyado en su cachaba de empuñadura dorada, que merecía el sueldo que habría de pagarme: ¡cinco duros a la hora! La hierba estaba alta y pesada en un terreno irregular de una finca en “La Arenal”.
Abría la siega el maraño de Lorenzo Junco, “El Mineru”, avezado segador. Mi padre me pidió que fuera detrás de Lorenzo y que él me seguiría. Arranqué con un buen maraño, haciendo una amplia brazada con mucho brío, aún desoyendo los sabios consejos que mi padre me susurraba para que ahorrase energía si quería aguantar las cuatro horas de la media jornada. Mi padre me seguía a ritmo más lento, pero regular, y afeitaba las “cabras” que yo iba dejando atrás. Yo corregía cada poco el filo de mi guadaña que resultó ser más blando de lo que se esperaba y se gastaba con los abundantes hormigueros y toperas que me empeñaba en llevar por delante. Al cabo de dos horas, serían las diez, cuando ya comenzaba a sentirse el calor en aquella hondonada entre bosques de eucaliptos y los tábanos se cebaban en nuestra piel sudada, apareció Francisca, con la cesta del desayuno.
Bajo unos castaños, dimos buena cuenta del queso curado y del pan tierno que nos había traído Kika. La bota de vino colgada al fresco de una rama baja de un castaño restalló en chorros el rojo elemento en la boca de mis dos compañeros, en tanto que a la mía llegó tan sólo el fresca agua de la cercana fuente de La Arenal. En el tiempo muerto que ellos dedicaron a dar cuenta de un pitillo, yo exento de esos quehaceres de mayores, me senté a cabruñar la guadaña y, mientras ellos hicieron lo mismo, aproveché para tumbarme y soñar con los ojos abiertos mientras los rayos del sol se colaban por entre las hojas del castaño y un halo dulzón de sus espigas invadía mis pulmones.
- Chingao-, dijo el patrón a mi padre - ¡vaya cómo siega mi sobrino! 
Tío Saturno Gutiérrez González era hermano de mi abuela María, la madre de mi padre. Había emigrado a México y, cuando le llegó la edad del retiro, se vino con su esposa, María Luchana a vivir en una casa de la Plaza de Llanes. Con la fortuna que trajo, que tampoco era tanta, adquirió varias fincas y bosques, en uno de los cuales, “El Gidio” mandó construir una cuadra para vacas lecheras que lo traían distraído y ocupado.
Después de aquel jornal vinieron otros más y nos llovían siegas de todos los sitios, que teníamos que alternar con la siega propia para nuestras vacas y de la hierba seca para el invierno que había también que recogerla en el henal. Así estuvimos ocupados los meses de julio y agosto. Y como respondía bien al trabajo, en casa me abrieron la veda de las verbenas que creí no dar abasto a tantas como se hacen en Llanes y sus pueblos.

Con el verano se acabó la siega, las romerías y las verbenas y volví a mediados de septiembre a las clases del Instituto. Después de tanto trajín, inicié el cuarto curso con bastante sosiego y disfrutando a la vez del conocimiento y trato con nuevos amigos y profesores. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

55.- El Teatro Benavente

Vagamente recuerdo, hacia el año 1954, la primera proyección de cine a la que me llevaron mis padres. El argumento estaba desarrollado en un circo donde dos famosos trapecistas con sus habilidades intentaban ganarse la admiración de la chica que les acompañaba en el trapecio, cuando el desenlace final fue trágico por la caída de uno de ellos, al ser manipulada previamente la escala con tal fin. Creo que me impresionó bastante.
Escasos diez años después, cuando cuatro "melenudos" de Liverpool daban gritos en las salas de fiestas de su ciudad, en Llanes no había salas de fiestas. La única posibilidad de socializarse a la vez que divertirse la juventud estaba en las gradas de El Benavente. Las dos de la tarde de un domingo cualquiera. Los jóvenes nos reuníamos en La Pandina, confluencia de caminos junto a la carretera para bajar a Llanes. Con aires de mocitos, el pelo hacia atrás que no acaba de doblegar el trazado de la raya a la izquierda, más propia para niños, olor a jabón de "La Toja" y a masaje mentolado confirmaba con creces nuestra pubertad lo que el cabello se esforzaba en desmentir.
En el bolsillo trasero del pantalón de tergal, tan bien planchado a la raya, asomaban los tres picos del pañuelo con el olor característico del hierro de planchar, difícil de explicar con palabras para el que no lo haya conocido. En uno de los bolsillos laterales, tintineaban algunas monedas de peseta, otras de doble real con varias perrinas y perronas, que eran las de cinco y diez céntimos respectivamente, más abundantes y que por su sonido apagado desdecían del conjunto monetario, pero contribuían a hacer bulto. Toda la pecunia en conjunto rara vez sobrepasada el duro, pero era más que suficiente para entrar al cine y golosinear al descanso en el ambigú.
Aquella concentración sentados sobre la pandina cerca de El Rosal, ahora me recuerda la entrada del otoño cuando las golondrinas se juntan sobre la comba que hacen los cables de la luz entre dos postes para emprender el viaje.
Había sido construido, apenas cuarenta años atrás, tras la eliminación de las Marismas y la canalización del río Carrocedo. Parecer ser que, a pesar de haber donado el Ayuntamiento los terrenos, aquella ubicación resultó altamente costosa por la construcción a caballo sobre las dos orillas del río y la plataforma en pequeña rampa que la unía al puente. Desde entonces no pudieron pasar las embarcaciones de cierta altura como lo hacían antes. Su inauguración tuvo lugar el 24 de agosto de 1924. Curiosamente un mes antes, concretamente el día de la Magdalena, Llanes estrenaba también el campo de fútbol del Brao, en La Portilla.
Las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera, de los años ochenta. Un viento frío que viene del Cuera, gélido de lamer la nieve, enfoca por la calle principal y se desliza en hilos para recorrer el resto de calles hasta calentarse e impregnarse del aroma de café que sale de las cafeterías. Después sube al paseo San Pedro por entre los tamarindos. En El Puente, los mocitos de pelo erizado a colores, desfilan hasta el lugar de encuentro junto al muelle. Al otro lado de la ría con los prados de Tieves de fondo y un bosque de eucaliptos moteando el horizonte se levanta aquel magnífico Teatro Benavente que aguanta orgulloso el embate, a duras penas, del tiempo y del abandono. En el tejado del viejo Teatro, "las gallinas del contramaestre" , como les llamaba Remigio, viejo lobo de mar y compañero mío en las obras, a las gaviotas, engrasan con el pico su plumaje y lo secan al trémulo sol de mayo. Las hierbas también ascendieron al tejado, por ver la mar.
Es difícil para los que lo conocimos en su esplendor girar la cabeza y no tropezar con su silueta recortada sobre los cuetos de Tieves. Abajo, la puerta enrejada es como un rayado en el paisaje. Entorno los ojos para mejor recordar y aún veo la gente salir ya de noche comentando las escenas, abrochándose la gabardina y subiendo el cuello al estilo del hampa o abriendo el paraguas.
La rampa de bajada al cine, siempre será para mí el arquetipo de todos los teatros del mundo cuando leo un relato. El teatro y dos farolas que custodian la entrada desde el puente dan al lugar un halo de ensueño y misterio a la vez.
Parpadeo. Se me fue el santo al cielo. Ahora, una tarde cualquiera del mes de agosto, mediada la segunda década del siglo XXI la gente se agolpa en el puente y en todas las calles o se sienta en las cafeterías de la vieja plaza de abastos, bajo las sombrillas a dejar pasar las horas. A pesar del gentío no se oye más de un murmullo, los coches no pitan, los niños no chillan, no hay remaqueras que cacareen sus productos. Desaparecieron las viejas tiendas y surgieron otras donde venden otros géneros. Las gentes no son las mismas. Apenas se ven caras conocidas, las pocas que encuentro el paso del tiempo las desfiguró como lo está seguramente la mía, pero que no se da uno cuenta por especular, es decir, verse en el espejo como nos ven los demás, pero sin fallos, tan jóvenes como siempre. Los edificios ahora están arreglados y ganó en belleza la villa, pero le falta el Benavente y también el viejo puente, el Sablín, el Palacio de la Guía, la dársena, la plaza, la compuerta y hay otros nuevos que salen sobrando de feos y fuera de estética.
El puente, es cierto, perdió la peligrosidad de antaño y la gente que pasa puede sentarse un rato sobre los bancos metálicos en lugar de hacerlo sobre la panda de piedra del antiguo y se dedica a sacar fotos para mandarlas al instante a cualquier parte del mundo, donde seguramente las reciben algunos nostálgicos llaniscos. Siguen siendo el centro de atención las barcas atadas a los muelles flotantes, pero no traen pescado, sólo sirven para recreo de las clases más acomodadas y contaminar el mar de todos. Sin embargo, sigue habiendo pobres por culpa de la crisis de moral de quienes saben escaquearse de la ley que no mendigan; únicamente rebuscan en los cubos de la basura junto a los supermercados para ver si hay algo que rescatar y llevar a la boca.
Uno de aquellos domingos de verano, como dije, acabada la tarea de la hierba, me encontré en la pandina a mi amigo Ike. Le pregunté si pensaba bajar al cine. Ganas no le faltaban, me dijo, pero solamente disponía de una peseta. Acaricié el duro que llevaba en el bolsillo del pantalón y sin pensarlo mucho decidí compartirlo a cambio de su compañía. Seis pesetas eran suficientes para las dos entradas. Tendríamos que andar a buena marcha los tres kilómetros si queríamos llegar para la sesión de la tarde. Cuando llegamos al Benavente, las últimas personas entraban por la puerta. Aprovechando la distracción de la taquillera, Pomposa Neira y la distracción del portero que guiaba a patio de butacas a los que nos precedían, subimos a la carrera de dos en dos los pasos de las escaleras. Arriba, Modesto “El Santanderín”, nos alumbró con su linterna de pila de petaca, el paso a gallinero. Lalo, el operador de cámara, encendía en esos momentos la lámpara dejando pasar por el ventano los primeros haces de luz de la linterna mágica que proyectaron en la pantalla las imágenes acompañadas en los altavoces por la entrada del Nodo. La voz característica del narrador explicaba que el señor ministro de industria, inauguraba a golpe de tijera un hermoso pantano. A la salida, con las seis pesetas nos fuimos al bar La Covadonga, regentado por Hortensia y Herminio donde pedimos dos bocadillos de mejillones en escabeche y sendos botellines de cerveza.
Por aquel entonces acababa de llegar al pueblo el primer televisor y con ello le llegó la decadencia a aquel majestuoso edificio que se levantaba sobre la ría del Riveru. Había sido sustituido por otro más moderno, el Cinemar en la calle Los Romanos al que arrinconarían de igual forma que a su predecesor los nuevos medios audiovisuales.

La primera experiencia televisiva la tuve en el comedor de la casa del Curru, una tarde de domingo, viendo embobado la actuación de la perrita Marylin, del grupo de artistas Vieneses y así mismo “Rin tin tin” y “Bonanza” , las series más recordadas. Teresa nos acomodaba como podía sentados en el suelo a falta de tanta silla para la pandilla de niños y niñas que nos arracimábamos bajo el Corredorón a la espera de que comenzara el programa. Posteriormente tendríamos la posibilidad de verla en la Campa, en casa de mi tía abuela Gloria Gutiérrez, en La Covaya, pero pronto daríamos preferencia a verla en el cuarto del Fresnu donde el tercer televisor hacía su estreno en los inicios de la década de los sesenta. Fueron llegando paulatinamente a otros hogares donde también se prestaban a compartir con el vecindario, según los barrios, pero aún habrían de pasar otra larga década para que la pudiese disfrutar en mi propia casa. Había otras mejoras prioritarias como la instalación eléctrica en todas las dependencias de la casa, el uso de la cocina de gas, la acometida del agua corriente o la construcción del cuarto de baño y en ese mismo orden.

miércoles, 4 de junio de 2014

44.- Carta al abuelo

Aquel año, mi padre habría de entrar a trabajar en la Fábrica LACTOSA de San Antón. En la  bici “Orbea” roja que había comprado a su hermano Pepe, bajaba todas las tardes después de comer y regresaba a las diez de la noche. El trabajo con jornada intensiva le permitía dejar atendida la alimentación de las cuatro vacas que teníamos.  Sólo algunos domingos debía acudir al turno de la mañana para mantener la caldera a presión para poder arrancar el concentrador. Los dueños eran catalanes como el Encargado al que llamaban por su gentilicio, “El Penedés”.
Los primeros obreros fueron Luis Buergo, vecino de Pancar, hermano de Pepe Buergo que estaba de encargado de la Sadi; Modesto, marinero de Llanes que hacía de fogonero pues lo había sido anteriormente en un barco de vapor y Ángelín Batalla, también de Llanes. De Parres trabajaban en la fábrica Antonio Sobrino Noriega y Santiago González Gutiérrez, mi padre. Cuando fue necesaria más mano de obra, “El Penedés” encargó a mi padre que buscase a alguien y avisó a José, “El Ché”, de Cué. Había otros dos chavales de Llanes trabajando con anterioridad a la entrada de mi padre: Eusebio, hermano de Cote, el municipal, y Gelu, de la familia los “Buzos”.
Posteriormente entrarían de fogoneros Ricardín Gómez Gutiérrez y Francisco Junco "Pancho" de San Roque para turnarse. Tiempo después también entraría a trabajar un chaval, Gregorio Cerezo Vidal, "Goyo", de Parres. Todos ellos bajaban en bicicleta, vehículo por excelencia de la época para la clase trabajadora.
En aquella fábrica se procesaba por secado y evaporación el suero recibido de la SADI, fábrica establecida con anterioridad y contigua que elaboraba mantequilla y unos característicos quesos de bola envueltos en parafina roja, tipo holandés. Los bidones de recogida de la leche, de hierro y por tanto pesados, de 40 litros, circulaban por toda la comarca en camiones o en carros de caballo a los pueblos más cercanos, entre los que figuraba Parres. El primer lechero que recuerdo es Felipe Concha, de Porrúa montado en el carro con su pata de palo rígida, sentado de medio lado para así poder atender a los clientes con su carromato, lloviese o hiciese sol. Primeramente la leche lo recogía Joaquina Romano, pero al dejarlo para ir a trabajar a Llanes, lo empezaron a recoger en la Tienda de Venancio, sus hijas Serafina y Lina Junco que a la vez atendían la pequeña tienda de comestibles, la venta del pan y el bar. Durante un tiempo la leche la bajaba hasta Llanes, Ramón Noriega Varela y al final, cuando Felipe lo dejó por no poder atenderlo, cogió el traspaso José Gutiérrez Noriega  que primeramente también había sido su ayudante. La leche se repartía a su paso por Pancar y en el Cotiellu donde tenía un pequeño despacho a donde acudía la clientela de la villa y la sobrante se entregaba en la SADI.
El día de El Bollu de La Guía, mi abuela Araceli, mi prima Tere y yo fuimos a llevar la comida a mi padre a la fábrica. Un olor a suero lo invadía todo mientras caminábamos por unos pasillos plagados de palanganas de acero y en cuyas paredes se había depositado una gruesa capa de polvo amarillento y una jungla de aceradas tuberías. Apenas recuerdo algo más aparte que la sala de caldera, por el calor que desprendía y el ruido que hacía su ventilador de admisión. Encima de la caldera unos relojes enormes marcaban la temperatura y la presión que debía mantenerse en seis atmósferas, so riesgo de explosión. Para evitarlo, disponía de una válvula de escape por la que echaba un hilo continuo de vapor que se perdía entre las viguetas del alto tejado. A la salida del edificio, cerca del portón de entrada, había un depósito donde vertía y tomaba agua el refrigerador del sistema.
Nos despedimos de mi padre que debía seguir su trabajo y de la mano de mi abuela fuimos a comer a la playa de Puertu Chicu. Allí jugué tímidamente por primera vez con la arena, temeroso de la marea que nos iba empujando poco a poco hacia las escaleras.
No es mi objetivo contar mi vida en estas narraciones, sino tan sólo situar a los lectores en un tiempo, desconocido para unos, en tanto para otros que lo vivieron, les aporte una perspectiva distinta desde la que no hayan podido contemplarlo.
Mi madre enfermaría aquel año de la pleura y por tanto entre curación y recaídas habría de estar siete largos meses en cama. A mí por alejarme de un posible contagio me llevaba mi abuela Araceli con ella y en muchas ocasiones me quedaba a dormir en su casa de Tamés. Madre, que así la llamaba imitando a mi propia madre, por las noches, me leía de su breviario viejas historias sagradas que me hacían sumir rápidamente en un sueño a la luz tenue y amarillenta de una palmatoria que aún conservo y que me lleva, cuando la miro, a aquellos mis tiernos años de infancia.
Alguna vez, me sentaba en el cuarto vacío de mi abuelo, sobre la cama turca, una mesita con el olor a tabaco de cuarterón que aún salía al abrir el cajón. Madre, sacaba de una gaveta la pluma de mango de hueso y un tintero “Pelicano” azul, papel y sobre “Par avión” de la misma textura y consistencia de las hojas del misal.
Solos, los dos, le comentaba mi comienzo de curso y los progresos que mi prima Marta María hacía al caminar y al hablar. Madre me pedía que para acabar le pidiese a Padre que tuviese a bien contestarnos con mayor frecuencia de la que usaba, pues queríamos saber cómo le iba por tierras venezolanas. Aquella carta adornada con paisajes hechos por mí del entorno del barrio y de la casa, rebozada de champlones que enmendaba con polvos talco, era para mí el mayor orgullo. Además era el único vínculo posible entre el abuelo y su familia y el pueblo al que habría de volver sin tardar, pero que a mí me llegó a parecer toda una eternidad.