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sábado, 18 de abril de 2015

94.- Las clases particulares

 De lunes, nada más salir del trabajo me encaminé a las clases particulares con Juanjo Llamazares, en su casa del Cotiellu. Aparqué la bicicleta en la estrecha calleja y le eché el candado por precaución: no quería sorpresas cuando saliese de las clases. Subí con ánimo la estrecha, oscura y crujiente escalera y di en la puerta un leve aldabazo. Abrió el mismo Juanjo que me invitó a pasar a la sala de clase, aún vacía, y a que ocupara el sitio que mejor me gustase. Lo hice a su lado de forma que al frente me quedaba el ventanal desde el que se veía el paisaje de Tieves y las vías del tren de la cercana estación.
 La dinámica de la clase consistía en realizar cuanto más ejercicios pudiese durante la hora de clase, tomados de los temarios para Ciencias que ya tenía adquiridos en la librería. Poco a poco, pero en un goteo constante, fueron llegando el resto de los alumnos que entraban a la misma hora, de los que pocos conocía por ser la mayoría de cursos anteriores al mío, aunque también lo hicieron otros de mi convocatoria y aproximada edad. También llegó la señora Antonia sofocada por la bolsa de la compra y las pindias escaleras y, ya que posó su carga, entró a saludarnos. Desde entonces amainaron las voces y cundió la responsabilidad entre los pupilos de su hijo. Era para todos como la jefa de estudios, pero además del orden, procuraba dar ánimo y buenos consejos para todo el mundo, como si de sus hijos se tratara. Es imposible saber con exactitud la influencia que tienen sobre nosotros las personas que comparten nuestro camino a lo largo de nuestra existencia. La cadena de conocidos, amigos y familiares nos aportan un cúmulo de influencias positivas o negativas de las que nos sería imposible sustraernos aunque nos lo propusiésemos. Están en nosotros como las piedras, la arena y la cal de un muro milenario.
 En torno a aquella extensa mesa que me imaginé subida en piezas por el carpintero a causa de la quebrada y estrecha escalera, hice nuevas amistades o reforcé otras ya iniciadas en las aulas. Pero el primer día me sentí observado por varios pares de ojos que no parecían entender demasiado qué hacía allí un chaval de mi edad, con el pelo cubierto del polvo de la roca, las manos limpias, pero ásperas y encallecidas que raspaban el fino papel del cuaderno de trabajo, vestido con camisa de cuadros, pantalón vaquero gastado y deshilachado, no por la moda, sino por el continuo refriegue del manejo de la pala y de los materiales y calzado de “Chirucas” moteadas de cemento. Era yo también dispuesto a “gastar los codos” y sacar adelante la prueba de Reválida que se me había atravesado.
 Aquellas clases particulares fueron en el futuro también un referente de buena praxis como docente. Desde el centro de uno de los laterales de aquella “mesa redonda” Juanjo atendía en un turno razonable todas las cuestiones que le planteábamos para las distintas materias de estudio que abarcaban todos los cursos del Bachiller hasta el mismo Preuniversitario. No era un ambiente silencioso, porque era una clase activa y personalizada donde las respuestas que daba a las preguntas de unos, servían para cubrir lagunas que bien nos hubiesen pasado desapercibidas al resto. En aquel ambiente tan singular experimenté por primera vez la coeducación, aún no permitida ni en las escuelas ni tampoco en el instituto para cuyo género existían no sólo aulas, sino también plantas del edificio distintas.
 Juanjo, desde su sitio, coordinaba los distintos trabajos durante toda la hora que duraba la clase, que podía alargarse todo lo que se desease, con discreción, para dejar la silla a los que entrasen en la siguiente hora. Ya lo dije, había ejercitado una atención distribuida que le facilitaba aportar soluciones a todos los problemas y además solía acompañarla con ejemplos didácticos para facilitarnos la memorización y el refuerzo del aprendizaje.
 Era para nosotros un compendio de cultura más que general a la que aderezaba siempre con el buen carácter y amistad que nos confió desde el primer momento. Cuando no recordaba algo, tampoco le dolían prendas consultar el manual de texto o prometernos la solución para el día siguiente si no nos apremiaba la respuesta.
 El poco tiempo que le quedaba libre, cuando todos estábamos centrados en nuestras tareas respectivas, lo dedicaba a reparar cualquier aparato de radio o amplificador de los que tenía amontonados por las estanterías. Era raro que algún día no llegase alguien con algo estropeado. Cuando sonaba el timbre de abajo, Antonia dejaba la costura, corría a abrir la puerta y esperaba en el rellano para ver de quién se trataba. Luego de escuchar los síntomas de la avería, como ya tenía aprendido cierto vocabulario de los componentes, osaba hacer un diagnóstico sencillo, que Juanjo rubricaba si era el caso o desmentía desde su sitio y marcaba el día y la semana para venir a recogerlo.
 Fueron los primeros contactos míos con el vocabulario propio de la electrónica que a mí siempre me pareció más del ámbito de la magia que de la ciencia. El olor que emanaba de la resina al contacto con el estañador me resultaba grato y aún hoy, cuando lo uso, me trae a la memoria aquellos días de finales de la primavera de 1967.
 Recuerdo las anécdotas que nos contaba y sobre todo su sostenida alegría. En momentos distendidos nos gustaba echar un pulso del que yo rara vez salía bien parado, a pesar del ejercicio continuo que hacía en la obra con el pico, la pala y el martillo rompedor, motivo por el que me dificultaba llevar a cabo los trazos finos del lápiz.

 Era el día 28 de junio, miércoles, cuando volvía a traspasar el dintel de las puertas del instituto. Un grupo grande de alumnos nos concentramos en el pequeño zaguán delante de Secretaría. Los profesores fueron entrando por el corredor de cortesía que les hacíamos. Tras la mampara de cristal, vi bajar por las escaleras la esbelta silueta de la profesora de Francés, Olga Rey, haciendo eco con sus tacones en el pasillo hacia la sala de profesores. Al poco, regresó con una carpeta y mandó que la siguiésemos los de Ciencias. Arriba en el rellano, esperaba también David Ruiz. Eran las dos personas que vigilarían nuestras pruebas.
 Me sentí preparado para sacar adelante el bachiller después de los ejercicios hechos a conciencia durante las clases particulares. 

martes, 14 de abril de 2015

93.- De vuelta a la cantera


En la empresa donde estaba, continuaron con el pago ya obsoleto de las dieciocho pesetas por hora e incluso, nos pedían que trabajásemos diez horas. A la oficialidad, me imagino, esto no les afectaba lo más mínimo, puesto que solían trabajar por ajuste a metros cuadrados realizados, bien sea para la colocación de ladrillo, embaste o planta de hormigón extendida. Para los peones no había incentivo por parte de la empresa, si bien algunos albañiles, por el bien de ellos, ofrecían algún emolumento, en razón con lo que ellos sacasen al final de semana. El peón, todo hay que decirlo, en general, estaba esclavizado por el patrón y también por el oficial, aunque había de todo como en botica. Dije que el sueldo era obsoleto, pues como ya conté, en la cantera, pagaban a cinco duros la hora y lo mismo ganaban en la nueva empresa “Feigón”, instalada en el campillín que limitaba al oeste con el paseo Posada Herrera. Pedían peones y muchos de mis compañeros emigraron a ella en cuanto se inició la edificación de “Santa María de Ordás”.
Cuántas veces no habría usado el sendero que lo cruzaba para ir y venir del Instituto, sorteando en bicicleta a los demás alumnos y profesores que por él pasaban. En aquellos años de que escribo, las calles del extrarradio de la villa se diferenciaban en poco de las pistas que ahora se hacen para las concentraciones parcelarias de cualquier lugar. Tanto el parque como el campo aquel era lugar de encuentro durante los recreos, en las entradas o en las salidas de las clases. También recuerdo del lugar la instalación de la carpa de los circos que llegaban a Llanes. Esta operación requería de fuertes brazos sincronizados. Siempre me produjeron lástima las gentes de los circos. Se afanaban en tener todo dispuesto para la función de la tarde, con sus buzos azules en cuyo peto figuraba el nombre de la empresa circense. Por las noches, sus caras desaparecían bajo la nívea sonrisa de un payaso, bajo la expresión heroica de un apuesto trapecista que recogía en una arriesgada cabriola las manos de su compañera, o en la expresión valiente del domador de fieras que chasqueaba el látigo en el aire para controlar las teatrales intenciones del león ya tan en el papel como el mismo domador. También me daban pena las supuestas fieras y los demás animales que ya habían renunciado a la libertad. Alrededor del campo, caravanas y camiones multicolores convertían el lugar en un pequeño barrio. Al lado de las caravanas, los tendales se llenaban de prendas para secar al sol y al aire. En las ventanas colgaban tiestos con geranios y petunias que resaltaban con el complementario verdor de la campera. Los chiquillos jugaban a sus anchas y los perros les seguían como ángeles custodios. En el aire fresco de primavera se diluían los sones surgidos de un transistor a pilas con las voces que daban los que montaban el toldo de la carpa.
Los circenses, tanto como los llamados comediantes que llegaban a los pueblos para actuar durante unos días, traían con ellos la nostalgia de su región. A los niños se les ocupaba en pequeñas tareas y jugaban con nosotros para ganar así nuestra amistad por unos días. En la foto de mi primera comunión hay un niño de traje negro, hijo de “Los comediantes” que por aquellos días habían aparcado el carromato de toldo junto a la fuente El Cañu y se quedaban en la Casa Concejo donde montaban el escenario para las actuaciones de las noches. El espectáculo era bien sencillo: una obra de teatro con los descansos entre actos que aprovechaban para llevar a cabo las rifas con las que suplementar la exigua caja de la venta de entradas. Envidiábamos en ellos la libertad de vida que llevaban yendo de pueblo en pueblo, eso nos parecía a nosotros, sin más obligaciones que la de subsistir día a día, que no es poco, aprendiendo la geografía fuera de un aula y sin otro libro que la propia experiencia. En mi recuerdo se pierde ya el destello de la mirada azul de una niña que recogía la fresca agua de la fuente en un cántaro de barro. Los chiquillos de la escuela se afanaban por mostrarle de lo que eran capaces en bruscos alardes para ganarse su admiración, unos saltando los muros que cierran la bolera por lo más alto y arriesgado que cabía, otros lanzando piedras “raxas” que eran capaces de llegarlas silbando hasta dar en el chopo que se erguía junto a la cuneta en La Viña. Yo creí lograrlo subido a una bicicleta de poco más de un palmo de altura, contorsionado para pedalear por entre las culas de la bolera.
A veces, las decisiones más sencillas pueden dar origen a importantes sucesos en nuestras vidas. Ocurrió que por aquella, mi padre, que había quitado de en medio las tareas más perentorias de la temporada, tuvo la opción de volver a trabajar con Manolo Amieva. A mí, que no me apetecía seguir trabajando con el exiguo sueldo que me volvían a dar en donde estaba, opté por el cambio y entré a formar parte de la cuadrilla en la que estaba mi padre, mi tío Ramón y Ángel Sordo, los mismos que la habíamos formado en la Vega la Portilla. El trabajo consistía en hacer unas zapatas para los cuatro pies de una columna del tendido eléctrico que pasaría la ría desde La Tejerina en San Antón hasta otra que se levantaría justamente al lado del bar La Marina, en el barrio de la Moría. Después de hechas las dos columnas, debíamos abrir una zanja desde la última columna por la orilla izquierda de las calles por la que pasaba, siguiendo las murallas del Cercáu, las del palacio de los Estrada y la torre cuadrada, a salir junto a los edificios de las SEDE, enfrente del “Rocamar”, paralela al parque, Santa María de Ordás que estaba en construcción y atravesar la calle enfrente del Colegio Divina Pastora, para llegar hasta el Borinquem y cruzar las vías del tren hasta la Serrería Perela en el camino a San José.
Descubrí con la zanja un gran cantidad de pequeños bufones que soplaban con el oleaje en el tramo de la Moría. Poco faltó para que me cayera todo el martillo rompedor por una oquedad que se formó de repente bajo su peso y vibraciones. Hasta mí llegaba el vaho salitroso y de algas tras aquel eructo de la mar encabritada. Al lado mismo de la acera por la que pasábamos la ronza, una casa albergaba en sus sótanos, eso me dijeron sus vecinos, una cetárea. En la acera opuesta, al lado mismo del muro que corta el mar, quedaban como muestra de la fuerza marina, los hierros retorcidos de los cimientos de hormigón armado, restos de tabiques de ladrillo y suelo embaldosado de la antigua fábrica de enlatados de la familia Llerandi, destruida por los terribles embates de las olas.
La mar, como suelen decir los marineros, en lugar de el mar, pues es sentida en femenino como madre que les da el sustento diario. Un año antes de esto que narro Creo que fue por esos años a los que dedico estos escritos, cuando un fuerte oleaje cortó como a cuchilla una roca del acantilado norte hacia el final del espigón contra la que se sujetaba la paredilla de hormigón y la dejó tumbada sobre el piso de la barra. Una pala, tiempos después, la empujó al mar. Esa misma galerna, junto a la cueva del Taleru en el paseo San Pedro, con la misma sencillez, derribó en bloque diez metros del muro y arrancó de cuajo la sólida verja que servía como balcón al acantilado, a una distancia al mar de más de veinte metros y otros tantos de altura sobre el nivel del agua. En las antiguas casas de la Moría al lado del fuerte donde ahora se exhiben dos lombardas, las olas baten con fuerza demoledora, pero en cambio, apenas logran descascarillar las paredes que, parece ser, están hechas a conciencia.

En la hora de los recreos, venían profesores y alumnos a tomar un pincho en la cafetería Rocamar, único edificio levantado en esa parte de la calle. El resto eran aún prados y huertas cultivadas y las únicas edificaciones en dirección al San Pedro, eran el Hostal México, el Asilo y las casas junto al paseo.
Hacia las once de la mañana era el momento en que tío Ramón detonaba los cartuchos de dinamita para romper las rocas con las que el martillo picador no había podido. Una de esas mañanas, bien recuerdo, me encargaba de tapar con chapas de acero las rocas donde ya estaban puestas las mechas, para evitar que saltasen los cristales de la cafetería en añicos. Los viandantes eran prevenidos con tiempo suficiente con los toques de corneta y las voces de “fuego”. Unos compañeros míos de clase que por allí pasaron nos dijeron que pusiésemos las mechas bien largas para alargar el recreo al quedar atrapados dentro del establecimiento algunos profesores suyos con los que tenían, nada más entrar, exámenes.
Un día de esos, yo me encontraba como los demás días, dentro de la zanja extrayendo a pico las piedras rotas por las explosiones, cuando dio en pasar por allí el profesor que había tenido el año anterior para Historia, el catedrático D. David Ruiz González quien al momento me reconoció y se acercó a hablar conmigo. Quiso saber la razón por la que no había seguido los estudios del Bachiller Superior y le conté mi fiasco en la convocatoria de septiembre, pero también le dije que mi idea era presentarme en junio a la reválida. A él le gustó mi actitud, pero me aconsejó que acudiese a tomar alguna clase particular para soslayar cualquier duda que tuviese y me habló de Juanjo Llamazares Martínez, que había terminado ya los estudios del PREU. Le prometí hacer eso que me decía y aquel mismo lunes, después de salir me fui a la casa de Juanjo que sabía estaba en el Cotiellu. Subí las angostas escaleras hasta que en una de las puertas escuché voces de alumnos que comentaban en alto los planteamientos de un problema y la voz clara de su profesor que les ayudaba a descubrir la solución. Golpeé con el picaporte y otra voz avisó de que abriría al momento. María Antonia, la madre del Juanjo era una mujer enérgica, sin ser severa, aunque tenía que aparentarlo para poner orden en la jauría que de todas las raleas pasaban por el aula de su hijo, mucho más blando de carácter que ella, pero el control lo basaba en su gran paciencia y bondad con todo el mundo. Ni la dura factura que le pasó de crío la enfermedad, le quitó un ápice de valentía y la fuerza que le había restado a sus piernas se la había puesto en compensación en sus brazos y manos. En la cabeza de Juanjo podían debatirse a la vez varios ejercicios de distintas materias, desde un problema de integrales a una reacción química, pasando por la traducción de un texto de Virgilio o el trazado de un problema de Geometría. Aparte de eso, al mismo tiempo y como aún le debían de quedar sobradas neuronas en descanso, reparaba los circuitos de los receptores superheterodinos sin restar atención a las cuestiones de sus alumnos.
La actuación que había tenido conmigo a pie de obra don David fue, a todas luces, una decisiva orientación educativa. En el pensamiento político, sin duda, fue para mí la excepción entre todos los que tuve con anterioridad y posterioridad que hablase en clase con claridad del periodo histórico que estábamos padeciendo, totalmente en sintonía con las charlas de mi abuelo. Ya sea por convicción o por miedo, sólo escucharía esos discursos con la entrada de la democracia salvo, claro está, en la escucha clandestina de la Radio Pirenaica. Este profesor debió de levantar ronchas en las mentes conservadoras de la villa, cuando las expuso en su primera publicación, “El movimiento obrero en Asturias”, aparecida un año después y que nos había hecho partícipes de forma abierta en sus clases de Historia.
Otro profesor que influyó decisivamente en mi recuperación como estudiante de bachiller fue D. Manuel Llanes Amor, profesor de Religión y párroco de Parres  con el que mantuve muy buena relación a pesar de los debates que teníamos en el portal de la iglesia y en las aulas. Ambos profesores de opuesta dialéctica, en el fondo no eran tan distintos: ambos defendían con vehemencia las ideas con las que estaban de acuerdo y eran estupendas personas y excelentes profesores cada uno en su materia.

viernes, 12 de diciembre de 2014

75.- La emigración a Europa

 En el curso 1965/66 hice en el Instituto el cuarto y último curso del Bachiller Elemental. En aquellos años, la emigración era la elección más común entre la juventud a partir de la salida de la escuela. Lo más común era que siguieran a sus hermanos mayores y a sus padres que habían marchado delante para abrir camino. La creación del instituto en Llanes fue sin dudas, el revulsivo que produjo el inicio de la transformación económica y social en el municipio, como ya se había realizado en otras poblaciones con anterioridad. Pues con la existencia de un centro en el que se pudiese prolongar la edad de estudio, se abrió mucho más allá el horizonte y el nivel de expectativas creció. Bien es cierto que muchos alumnos se conformaron con acabar la primera etapa educativa del bachiller, porque era más que suficiente para cubrir los nuevos puestos creados en las centrales bancarias que habían instalado en la villa sucursales ante la llegada del dinero de Europa y el que comenzaba a generar el cemento y el ladrillo. Los pueblos, como la villa, también se fueron transformando, pues con el trabajo y el sudor de los emigrados, se construyeron los primeros chalés y se remozaron las ganaderías, se adquirieron los primeros tractores y maquinaria agrícola que sustituiría poco a poco los antiguos medios de cultivo.
Aquel curso tuve como profesor a uno de los que más habrían de influir en mí, tanto para los estudios como para la concepción del criterio político de la Historia de España, sobre todo en los cruentos acontecimientos de la contienda civil, de cuyo verdadero conocimiento tenía únicamente como fiables las palabras del abuelo y de pocas personas más.
Claro está, en contraste con las que solían contarnos en las aulas, siempre a favor del bando ganador, reforzado por las clases obligadas de la asignatura denominada FEN. De este adoctrinamiento, que no se puede llamar de otra forma, se encargaba el bueno de D. Jesús García-Fernández Llerandi. Prefiero creer que para él aquello que predicaba era su verdad y por tanto, sería necio ahora pasado el tiempo, echarle en cara nada y ser desconsiderado con el afecto que en vida manifestó por sus antiguos alumnos.
En cambio, D. David Ruiz González fue capaz de contarnos sin miedo y claramente las causas, los hechos y las consecuencias de aquella guerra de nuestros padres y abuelos. Había compañeros que discutían con él bajo el otro prisma las aseveraciones documentadas que daba, pero con toda seriedad y respeto, no exento de momentos de irónica crítica les planteaba el razonamiento histórico. Prefería el debate a encontrarse con alumnos apolíticos, nos dijo, que era la respuesta más repetida para obviar problemas. Aquellos improvisados debates atraía mi atención sin esfuerzo alguno. En sus clases obviamos por primera vez el estudio de la Historia sin el tedio de fechas y árboles genealógicos de las casas reinantes. Nos enseñó a esquematizar las épocas históricas en el binomio causas-consecuencias, con lo que nos daba mayor criterio histórico y mejores resultados en los exámenes.
D. David fue para mí el mejor referente político que tuve para contrastar las aportaciones que me hacía mi abuelo en las tertulias políticas que con él tenía los domingo. El me esperaba y tras el beso que le daba, me pedía que le leyese en alto el artículo marcado por la página doblada de “Mundo Obrero”. Él ya lo tenía desmenuzado con suficiente antelación y lo había contrastado con los comentarios surgidos en la onda corta del dial de su vieja “Philips”. Pretendía que de buenas a primeras yo se lo resumiese y se desilusionaba de mí si le decía que no entendía mucho sobre el tema. Yo le contaba las charlas de D. David en clase.
Por este tiempo, conocí y tuve el gusto de compartir pupitre con un compañero de gran talla, y no hago ironía de ello, por el respeto que siempre le demostré y por el afecto que siempre supe tener de él y que aún presumo gozar. Unos años mayor que yo, Pablo Ardisana fue otro referente académico y vital con el que tuve el honor de contar. Sus razonamientos escapaban frecuentemente de mis capacidades en lo que respecta al menos en asuntos de Historia, Literatura y Filosofía que no es poco. Era y es un hombre, aunque de pequeña estatura, de gran talla intelectual y moral que con toda seguridad debió de influir bastante en nuestra formación, casi en competencia con los propios profesores a los que hacía profundizar en temas que de otra forma hubiesen pasado por alto.
De esos debates improvisados no se podía escapar ni D. Jesús en las clases de Política ni D. Manuel Llanes Amor en las de Religión. Los dos profesores, antes que claudicar en los debates abiertos en clase por Pablo Ardisana y seguidos acaloradamente por el resto de nosotros, recurrían cada cual a una dialéctica bien ensayada, D. Jesús fundamentándose en las consignas del régimen en el poder y D. Manuel amparándose en el criterio suficiente de la Fe. No me duelen prendas decir que ambos creían a pies juntillas en lo que predicaban. Por supuesto, así con esos bastiones por delante no podíamos llegar muy lejos en la discusión y con más pena que gloria se daba por concluida; eso sí, al menos nos evitábamos el sopor de nuevas lecciones.
La emigración a Europa estaba entrando en máximos. Atraídos por los sueldos, la seguridad en el trabajo y la posibilidad de una digna jubilación, muchos llaniscos emprendieron el viaje a la aventura con la ilusión de poder mandar dinero fresco con que construir una vivienda, arreglar la existente o hacerse con una hacienda que les permitiera a ellos o a sus hijos continuar con la labor del campo, eso sí, más modernizada. Unos dejaban a los hijos con los abuelos mientras que otros los llevaban consigo. De una u otra forma, generalmente, pudieron tanto aquí como allá seguir estudios. La matrícula del centro, por aquellos años, creció considerablemente.
Se adquirieron modernos equipos de producción y los primeros tractores vinieron a sustituir a las viejas rejas tiradas por bueyes y las primeras moto segadoras dejaron, en parte, colgadas las guadañas. Se pasó del cultivo para el consumo familiar en un huerto cavado a palote y azada por el cultivo extensivo dentro de los límites que la orografía de la zona permite.
Llanes y sus dirigentes, habían cerrado las puertas de la villa a la ubicación de empresas por el bien del paisaje, preservándolo así para disfrute de los veraneantes que asiduamente nos visitaban. Imaginar cómo sería hoy Llanes si hubiese seguido el derrotero de la industrialización, es fácil, pero no podemos saber si de esa forma se hubiese evitado la emigración. Llanes, es hoy el resultado de cuantos sufrimientos debieron pasar por dejar su terruño y tener que adaptarse a una nueva cultura.

Aquella emigración también había dejado una carencia de mano de obra en las faenas primordiales del campo. Nadie sabía ni confiaba en que aquello resultase fiable y, por tanto, nadie se deshacía de las fincas ni del ganado que había que mantener a toda costa incluso de sus escasos rendimientos. Con el desfase existente entre la peseta y la moneda del país de emigración, se podía mantener en la previsión de que aún hiciese falta echar mano de ella. El fantasma de la guerra aún estaba presente. Aparte de eso, muchos de los emigrados, no pudiendo adaptarse al trabajo que se les asignaba o a la dificultad de la lengua, regresaban a sus viejas tareas y, en el mejor de los casos, se acogieron al sector de la construcción emergente.

domingo, 16 de noviembre de 2014

69.- Primeros profesores

 Revisando la documentación académica de estos años de bachiller, encuentro que Bartolomé Taltavull fue Director en el curso inicial 1962/63; dejó estampada su firma en mi libro de expediente académico en la diligencia de matrícula, exámenes de Ingreso y 1º a los que me presenté por libre en septiembre. Ocupaba la Secretaría D. Eduardo Peralta, además de ser el profesor de Lengua y Latín.
Para el examen de Ingreso tuve a D. Ricardo Ruiz Rabre para el aspecto lingüístico; D. Andrés Álvarez Posada en el área de Ciencias y Matemáticas y D. Manuel Llanes Amor para lo relacionado con el aspecto de la Religión, que había llegado de la parroquia de Langreo a la de Llanes como sacerdote para las parroquias de Parres y Porrúa.
Me resulta complicado desentrañar y menos expresar en estas líneas la cantidad de recuerdos que aún conservo de cada uno de los profesores con quienes estudié tantas horas de mi etapa de la adolescencia. Mucho más complicado resultaría definir las aportaciones particulares de cada uno de ellos que hayan influido, tanto en la personalidad como en la dedicación que elegí en la función docente. Intentaré plasmar aquellos recuerdos que en mí dejaron con leves pinceladas en las que se muestre la parte más humana de cada uno de ellos y con las limitaciones de mi torpe verbo.
De D. José Purón Sotres sólo lo recuerdo en el examen de primero. Me pidió que le dibujara una manzana y yo, con los nervios y las prisas que daba el corto tiempo de que disponíamos para ejecutar el dibujo a lápiz, me parecieron que los resultados se inclinaban más al parecido con una pera, al mostrársela me la jugué al todo o nada y le aclaré que había querido dibujar una mingana.



                                                                D. José Purón Sotres

Pasados tan sólo seis años desde este único encuentro con Purón, casualmente al regreso de la Escuela de Magisterio por la Calle Asturias, me fijo que en el escaparate de una tienda de muebles se anuncia en un caballete uno de sus óleos. Porque estaba cerrado, decido volver de tarde. Me quedaba de pensión en un piso de la prolongación Fray Ceferino, en el piso de Josefina la hermana de Pepín el del Bar “La Gloria”. Me quedaba lejos, pero merecía la pena si tenía la oportunidad de saludar al artista paisano de La Llavandera, en Pancar. Entré y la chica encargada del establecimiento me indicó la escalera que daba al bajo donde se ubicaba la “Sala Nogal”. Allí estaba D. José Purón leyendo. Cuando sintió que alguien bajaba, levantó la vista y contestó a mi saludo. Me presenté como antiguo alumno suyo del dibujo de 1º en el Instituto. Dejó el libro que leía sobre la silla y me siguió en el corto recorrido por la sala mientras me iba explicando los detalles más significativos de cada cuadro. De uno resaltaba la técnica de la pincelada; de otro el paisaje llanisco representado, de todos abundaba en sus recuerdos de juventud por las pomaradas y parajes de Pancar y de la Portilla que tanto le complacían. Con el trato tan amable dispensado me animó a visitar otras salas habituales por la capital. Cerca de allí visitaba periódicamente la sala “Juan Gris”, junto a la Comisaría de la Policía Nacional. Resultaba más interesante aprender del arte pictórico si a la vez tenía la ocasión de charlar con el autor a pie de obra.

En el siguiente curso, primero de mi matrícula oficial, 1963/64 tomaría las riendas de la Dirección del Centro D. Ricardo Ruiz Rabre que continuaría en el cargo hasta el curso 1966/67 cuando hizo el traslado al Instituto Alfonso IX de Oviedo y sería sustituido por D. Francisco Sanz, profesor de Griego, ocupando la Secretaría D. David Ruiz González, además de la plaza como Profesor de Historia. En mi último curso, 68/69, firma como Secretario del Instituto D. Teófilo Rodríguez Neira, profesor de Filosofía.
D. Ángel Boue, fue nuestro profesor de dibujo en tercero. Era otro artista y no lo supe hasta años después que encontré alguna referencia de su obra. Nos hacía gracia su enteca figura que a duras penas soportaba la larga gabardina que le protegía del crudo invierno. Lo recuerdo llegando al instituto en desigual lucha por su poco peso con el vendaval que se había desatado. A su paso por entre las mesas dejaba tras de sí un olor acre a nicotina que sus huesudos y amarillentos dedos delataban a las claras. En clase, como hacían algunos otros profesores, que no digo todos, fumaba y la humareda de los “Ideales” encubría otra que desde los últimos bancos del aula producían dos compañeros que apuraban a medias un “Celta”. El resquicio dejado en el cierre de la ventana hubiera servido para pasar desapercibida la fumata, pero al expeler la saliva que el tabaco les producía lo hicieron a la calle, cerca de la subida lateral por las escalinata. En los pocos segundos necesarios para la caída de un cuerpo sujeto a la Ley de Gravitación Universal, a los que se debe añadir los segundos de asombro y reacción en cualquier persona cuando comprueba indignado que lo que acaba de caer en su calva no es precisamente agua de los canalones, llegaron hasta nuestros oídos los exabruptos del afectado y añadiendo los que se tarda en subir las escalinatas de entrada, cruzar el zaguán y subir de dos en dos los peldaños hasta el segundo piso donde nos encontrábamos, fue lo que tardó en escucharse como el estruendo de un tornado que dejó en nuestra memoria la impronta de un rostro alterado; el del Sr. Plaza, enmarcado en el dintel de la puerta.
D. Ángel que no entendía en un principio la situación, acabó comprendiendo cuando le explicó con detalles desde el principio lo ocurrido al profesor de Gimnasia. Él mismo se percató de la apertura dejada en la única ventana abierta de la clase por la que, a manotazos, los dos alumnos habían intentado reconducir los últimos vestigios del humo y colilla. Sin dudarlo, para evitar que el castigo recayese en otro compañero, pues el afectado amenazó con sacar a sorteo de lista a cuatro posibles culpables si alguien no cantaba. Angelín Cue se levantó y confesó haber escupido para deshacerse de los fluidos provocados por el catarro que padecía, mientras emitía sonoros carraspeos y toses que no convencieron demasiado, pues creo recordar que le privaron de las clases varios días y la consiguiente pérdida de puntos de la cartilla de notas. Lo recuerdo con el afecto que todos sentíamos por él y por gestos como este que cuento, que lo hacían ser un buen compañero.
D. Ángel nos había mandado hacer con las pinturas “Dacs” un trabajo para después de las Navidades en el que debíamos plasmar alguna actividad del entorno. Me puse a la tarea con verdadero entusiasmo y sobre una hoja del cuaderno de dibujo representé el torso de un campesino con chaleco y barba de varios días.
Nos lo recogió en la primera clase de enero. Me llamó a la salida de la clase para decirme que le había gustado la plasticidad y el cromatismo tan en consonancia con la adusta figura de “El campesino” como así lo había yo titulado. Me comentó la posibilidad de ir a estudiar a la Academia de S. Fernando, para lo que él se preocuparía de ayudarme con la solicitud de beca y matrícula. Me pidió que lo comentase en casa, como así hice, pero el desconocimiento y la falta de medios, hizo que todo quedase en una anécdota y en un camino por el que no quise andar.