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domingo, 13 de septiembre de 2015

105.- El espíritu de los viejos caminos

El trayecto, desde Parres a Llanes, había aumentado desde los 3 km. a los 3,7 km a causa del desvío hecho en la bajada de Las Castañares por el puente construido entre los cuetos de Carcobiu y Resielles, sobre la nueva carretera bajo la que se soterró el antiguo Camino Real y a la que, sin ningún conocimiento de causa, todos dimos en llamarla autopista, por la diferencia con la N.634 que desde La Arquera se desviaba por Llanes en sentido Oviedo.
El nuevo trazado abierto a mediados de los 60, entre La Arquera y Llovio, supondría, en principio, una considerable ventaja para el transporte con vehículos "longos" y, de alto tonelaje, que comenzaban a llegar con creciente frecuencia, portando enormes vigas y piezas especiales de las siderúrgicas de Avilés a Bilbao y viceversa. Más que un cuello de botella se diría mejor que en Llanes evitarían el angosto y sinuoso tirabuzón entre El Puente y El Casino, con los atascos consiguientes y el deterioro y retirada de más de una balconada.
Muchos negocios, abiertos a pie de carretera, derivados de la alimentación, de la hostelería y de la mecánica del automóvil, fueron los más perjudicados con la apertura de los nuevos viales. Con la previa ampliación del tramo Unquera-La Arquera, llevada a cabo a finales de la anterior década de los 50, sólo le había afectado, en cierto sentido, al pueblo de Pendueles que quedó apartado de la circulación de los cada vez mayores camiones y el aumento en general del tráfico rodado, pero se benefició, por otra parte, de la tranquilidad con el nuevo trazado. En cambio, el siguiente tramo La Arquera-Llovio desfavorecería al comercio de Llanes, Posada y Nueva por citar las villas de mayor población.
En términos de Parres, los materiales de "La autopista" sepultaron bajo ella el viejo Camino Real que daba acceso a las tierras de cultivo de pequeñas vegas como El Matu, Valladal y Llagu y con él un pequeño humilladero que conocí bajo el amparo de un centenario roble, justo cuando el camino se encontraba con el que, desde Pancar, se accedía a las fincas de dichas vegas y a los molinos de La Vega y Las Mestas y el paso hasta Bolao.
Con la apertura de la caja a su paso sobre la carretera de Parres, se transformó para siempre el paisaje circundante. En los años que duraron los trabajos, nos desplazábamos por ella hasta la Arquera o hasta Celorio. Cuando parecían terminarse todos los trabajos, una máquina abrió una profunda zanja paralela al arcén del sur, con el fin de recoger las escorrentías e impedir el paso de animales y humanos a la nueva calzada que también fue vallada. Para ir hasta algunas fincas había que desviarse hasta el puente de Resielles por fuertes subidas que los animales de tiro trepaban con dificultad cuando llevaban carga y había que andar otro tanto al otro lado de la pista, en casi un kilómetro de más. La gente se obstinaba en rehabilitar los viejos vados rellenando con piedras y tierra, pero volvían a ser profundizados aún más por la maquinaria de la obra y sólo cuando les colocaron las vallas metálicas se resignó a perder los viejos caminos.
Pero el espíritu de la vieja carretera de Las Castañares tardaría en borrarse del todo y los peatones, poco convencidos en hacer el recorrido suplementario con la fuerte pendiente añadida, continuamos cruzando las vallas metálicas. Camino del instituto, pasábamos la bicicleta en vilo sobre la zanja y las dos vallas metálicas. Los más fuertes y de myor edad ayudábamos a los más pequeños, algunos apenas cumplidos los diez años, cuyo peso era en algunos casos inferior al conjunto de bicicleta y maletu atado al porta bultos.
No había demasiada circulación y el cruce lo hacíamos en un tramo recto de la nueva carretera, por lo que no recuerdo haber tenido algún percance. En cambio, al regreso, bien por tener las pendientes más a nuestro favor, o bien por seguir la charla con los amigos que iban para Porrúa, usábamos el puente y en él echábamos "la arrancadera" sentados sobre los sillines y apoyados sobre las barandillas, bajo la metálica mirada del Toru Resielles, emblema de un tiempo abocado al progreso con las "Torrot" y "Mobilette" que algunos ya comenzaban a usar para desplazarse.
Echaba de menos los años anteriores, sin aquel trastorno de la pista, de atrás en los que, subido en mi "BH" al pie de casa, bajaba hasta la Piniella, y me plantaba en La Viña sin usar los pedales. Con cuatro pedaladas que daba para tomar en la bajada de Las Castañares la inercia suficiente, atravesaba La Arena y Llagu. Con un poco de esfuerzo más superaba la Concha de Jaces y llegaba hasta la cantera de Collamera. A continuación, la bajada de Calderón que impulsaba para pasar por delante de El Retiro hasta el Paso a nivel si la barrera estaba en alto, me permitía llegar hasta el barrio donde vivía mi pariente y compañera Merche de la Fuente Noriega, hija de Pepe de la Fuente y Gloria Noriega Romano, la casa de Pedro Sobrino, La zapatería de Ramón y Rosalía, la de Andrés Núñez y Lolina de la Vega, la pequeña plazoleta donde vivía la familia que atendía “El Pasu”: Eva, Angelina, Lito, Mª José Díaz Romano. En la misma esquina la familia de Ricardo Sánchez Noriega, “Rico”, y a la derecha, la bolera de la vieja Escuela de Pancar, con los críos jugando antes de entrar a su aula. Venía después una pequeña bajada en curva y la casa de Eca y José Enrique Sotres Hano, a la derecha; enfrente, la casa de Pedro Cerezo González, primo de mi padre, y la de mi amiga y también compañera, Conchi Quintana. Otra vez a la derecha, la de Tono Martín, la de Bielu y Maribel, la de Clara, Ramón y Marisa. Después al final del llano, el taller de Pedrito Sobrino, “Cagata” y la casa de Pancho Martín, el guitarrista; abajo, en un pequeño taller, Los herreros de Pancar, padre e hijos, José Antonio, Chus y Manolín, ayudando y aprendiendo el oficio que les uniría en empresa familiar años después y la vieja serrería y molino. Subía junto a la casa de Ramón Noriega, el del “Jornu”, mi compañero inseparable por las obras y su mujer Teresa, oriunda de Buelna. Un repecho hasta donde estaba el bar y tienda de “Las Delicias”. Un pequeño rellano, la casa de Santos "El Chaparru" y entraba en el barrio de La Carúa, la fuente, la huerta de "El Gallo", algo de bajada hasta la capilla de la Salud y en la subida bordeada de plátano, echaba los últimos resuellos hasta encumbrar los Altares y deslizarme con la brisa del Carrocedo, por delante de la Cocina Económica, bordear en toda la pendiente la bajada de Cagalín hasta llegar a la casa de Celedonio Torres. Terminado el asfalto, quedaba la calle que iba del Cotiellu, donde se daban cita los lecheros y abastecían a este sector de la villa a los vecinos que acudían con sus recipientes, la olorosa “Panadería Muñiz”, el Almacén de Antonio Alonso, la huerta y cuadra de la familia Vega Escandón, la Estación, “La Gloria” de Alfredo, Josefina y Pepín, “Bedón” y el paseo Posada Herrera. Recuperaba el aliento si veía caminar con parsimonia a los chicos de la villa, o las filas de alumnas del Colegio Divina Pastora hacia el Instituto.
Las gentes con las que me tropezaba en el recorrido, eran mi reloj de arena, cuando me fallaba el de pulsera. Es increíble la cantidad de personas que pasan por nuestra vida y cómo quedan grabadas con sus particulares gestos, su voz, su forma de vestir, andar y sus tareas más comunes, su sonrisa, enfado y muchos más detalles.
Tenía yo bien aprendido el trayecto diario al instituto. Cierro los ojos y lo veo igual. A pesar de los desvíos nuevos y las rotondas, sigue existiendo en la memoria, el espíritu de los viejos caminos que hollamos con nuestros pies calzados en botas y zapatos de piel y goma, y los que antes nuestros mayores sufrían con las suelas de esparto y la loneta de lino de sus alpargatas. Hoy, desaparecido el viejo puente se yergue uno nuevo más flexible y razonable que recobra el trayecto primitivo en el paso por Las Castañares con el que se gana mayor inercia, pero ya no hay edad para andar en tales pruebas de esas, ni el mayor tránsito de vehículos las permitirían. Tampoco me atrevo a repetir lo que para mí había sido toda una hazaña que comento.
Había aprendido a montar sobre el manillar y guiar la bicicleta pedaleando hacia atrás, de mi amigo y compañero de instituto, Ángel Borbolla, vecino de San Roque, que fue al primero que vi hacer tal equilibrio, en el campo de la Encarnación y aledaños del centro. Poco a poco, fui agrandando el trayecto así cabalgando sobre el manillar e incluso sujeto al sillín. Sólo necesitaba que alguien me avisase con tiempo si veía venir un vehículo y entonces me apartaba y paraba. Así llegué a hacer trayectos cada vez más largos entre los Altares y las Castañares, siempre seguido por mis habituales compañeros, Luis Antonio, Carlitos, Ana, Marta, Marisol, Loli... en el trayecto de regreso de las clases.

lunes, 11 de mayo de 2015

95.- Mis primeras chapuzas

Estaba en construcción el depósito para el abastecimiento del agua a los barrios de Tresierra, La Caleyona, Campu'l Roble, La Piniella, Coxiguero, El Cuetu, Tamés y Brañes que quedaban por encima del nivel de la traída primitiva. Fue entonces cuando nos adelantamos a su terminación que dábamos por hecho y decidimos construir el cuarto de baño en un rincón del estregal, aprovechando el bajo de las escaleras y no disponer de gran superficie en la planta de la vivienda. Ya metidos en obra, pensamos adecuar a nuestras necesidades el resto del espacio habitable y, para ello, en el piso superior, reuní en una sola las dos habitaciones pequeñas de que disponíamos, ventilada con una ventana al norte y otra al este. En la sala logramos una segunda pieza con una ventana al este y otra al sur, en el espacio que había ocupado la desaparecida galería, desde hacía unos años, por escasez de dinero para adecentarla y de luces para conservar la obra de ebanistería que mi bisabuelo Félix Gutiérrez de la Vega había hecho hacia el año 1912, cuando su primera dueña la había mandado construir para su jubilación. Del otro ala de la galería hicimos una pequeña pieza que dimos en llamar la “salita de estar” y que hizo su servicio para leer, estudiar, coser o planchar.
De las viejas paredes pude reciclar todos los ladrillos macizos, por estar colocados con cal y arena. Cubrí de barrotillos y cemento los viejos pontones de chopo carolino, oscurecidos en la zona de la cocina por el sarro acumulado sobre ellos, tallados toscamente en la serrería movida por el agua del río Melendro, y que en las restauraciones de los años siguientes se conservarían para lograr en la obra un aspecto más cálido.
La planta baja tenía todo en pequeño, la cocina, comedor, un cuarto trastero, retrete y estregal. Tras la modificación quedó una cocina-comedor, un pequeño recibidor o sala de estar y el ya citado cuarto de baño.  El fontanero instaló las tuberías de los sanitarios y del calentador a gas que llevó por fuera de la casa hasta el fregadero de la cocina. Habría que esperar un tiempo a que se terminaran las obras del depósito y de la totalidad de la traída del agua y mientras tanto, seguimos transportándola en cubos desde la fuente de La Jornica como venía haciéndose desde tiempos inmemoriales.
Reparé el tejado y la agrietada chimenea por cuyas paredes se colaban goteras al desván. Todas estas obras propias de un oficial de la construcción las ejecuté gracias a mi corta estancia por las obras, pero en gran parte a la decisión y, por qué no, gracias también a mi capacidad de observación y afición por el oficio. La instalación eléctrica, que en sus orígenes conocí usando el antiguo cableado trenzado y aislado con hilo, había sido cambiada hacía tres años por Encio, un compañero de mi padre en la Talá, que era natural de Caldueñu. Pero al cambiar los tabiques y tillar los techos hubo que disponer de nuevos puntos de luz y tomas de fuerza para las nuevas dependencias de la casa, para cuyos esquemas aproveché los conocimientos de las clases de Física y, como dije, de mi curiosidad por fijarme en lo que veía hacer y, cómo no, de saber preguntar cuando dudaba de algo. Sustituí los viejos ladrillos del suelo asentados en arena de playa, por placas de terrazo y alicaté la cocina y el cuarto de baño. Estas obras las fui realizando sin prisas y con pausas, alternado con las tareas de la siembra y la siega de las que no podía sustraerme, en un corto período de tiempo que nos quedamos sin trabajo por haberse concluido la obra del tendido eléctrico desde el Barrio La Moría hasta San José, además de la reparación y ensanche de la bolera La Xunca que para el tiro no tenía las nuevas medidas reglamentarias exigidas; tras la cual, se estrenó con importantes partidas para las peñas federadas de la comarca en la liga bolística comarcal. Estuvimos trabajando en ella los mismos obreros que habíamos estado en la zanja de Llanes. Tras llevar a cabo dicha rehabilitación, volvimos a la villa para el desmonte de una finca donde se había iniciado la construcción de un bloque de pisos cercano al Consistorio llanisco. Mi tío Ramón González Gutiérrez, Ángel Sordo, mi padre y yo la emprendimos con el montículo que había en la parte norte de la finca. Bajo aquella mole de roca, pasados unos años, abriría sus puertas al público la discoteca “Matius”, en los bajos del edificio “Los Girasoles”. En tanto, un nutrido grupo de encofradores y albañiles  especialistas del hormigón armado a buen ritmo formaban el esqueleto del bloque de pisos en la llamada hasta entonces “Huerta de Labra”.
Comenzaban ya a aplicarse, si bien con poca rigurosidad, las normas de seguridad en el trabajo, al menos en aquella obra tan a la vista, por estar en el centro de una posible e imprevista inspección de trabajo. Nosotros, por no ser menos, pues así lo exigían las normas explicitadas en el cartel de entrada a la obra, tuvimos que llevar el casco que nos dieron allí mismo, aparte de las gafas de rejilla metálicas que ya usábamos para partir la roca. La mascarilla y los guantes eran más opcionales, a pesar de los graves daños que se llegaba a sufrir con el polvillo de la roca molida, acostumbrados a deshacernos de toda impedimenta cuando apretaba el sol, curtidos ya que estábamos desde tiempo, nos quitábamos progresivamente la camisa y la camiseta dejando la parte del cuerpo desde la cintura para arriba cubierta tan sólo por una simple gorra. Administrábamos nuestras fuerzas que habían de dar para toda la jornada de las ocho horas y aún en presencia de nuestro jefe que nunca le dolieron prendas ni le costó palabra alguna de desagrado por vernos descansar o apagar nuestra sed con el agua fresca de la jerrada que nos acompañaba a todas las obras. Su trato condescendiente con los obreros, le venía de haber sido también trabajador como peón junto con sus hermanos Ramón y Julián, cuando la empresa dirigida por Manuel “Vivo”, su padre, arreglaba la intricada red de carreteras del concejo. El toque de salida para comer en la obra, nos servía a nosotros también. Aquel tiempo que estuvimos mi padre y yo juntos, llevábamos la comida en el carpanchu que despachábamos allí mismo sobre unas rocas donde diese el sol o cubiertos a techo si amenazaba lluvia. Mi madre se daba arte y modo de acercarnos desde Parres la comida y si no llegaba a tiempo, salíamos a su escontra por la zona de Los Altares, San José o Camplengo, donde hubiéramos convenido antes de salir de casa, cuando a la vez mi padre segaba la ración de verde para las vacas, después de comer. Cargábamos el carro y nos despedíamos hasta la tarde; madre regresaba a casa guiando el burro por los caminos de enormes baches de Las Nieves y nosotros, en nuestras respectivas bicicletas corríamos para llegar a tiempo de la entrada al trabajo para continuar la media jornada restante. ¡Cuántos recuerdos se me vienen al redactar estos renglones! Nunca en mi vida renegué de nada y sí en cambio me sentí orgulloso de haberlo vivido en aquellos años mozos. No me faltó de nada, en serio, pues mi única ilusión era la de seguir mis estudios y al fin podía llevarlos a cabo.
Por las tardes, a mí que era el más joven de los cuatro obreros, Manolo Amieva me mandaba al estanco de junto al Casino a por el habitual “Farias” de las tardes. Yo, para conservar aquel privilegio que me brindaba el disfrute de unos minutos de descanso, hurgaba en la caja que me presentaba Juanina, la estanquera, y elegía aquel que mejor me apetecía por el color de la hoja y que no presentase roturas ni nervios y, por asegurarme, lo rodaba entre mis dedos pulgar e índice cerca del oído para percibir el sonido. Este ritual le encantaba a Juanina, que me miraba con aprecio, pero en realidad yo sólo lo había aprendido de observar a unos y otros y, como quería perfeccionar mi improvisada cata, luego lo pasaba por debajo de mi nariz y asentía antes de depositar en la mano hueca de la estanquera el precio exacto, con la misma prestancia que si de mercar un “Cohíbas” se tratara. Me lo envolvía en papel de estraza y así se lo entregaba al patrón al que, en tono un poco adulador inquiría por la elección que había hecho y si estaba de su agrado. Él se sonreía y asentía las más veces, con lo que me aseguré el recado diario que representaba un pequeño respiro para mí.
Otra anécdota que recuerdo está relacionada con los disparos de dinamita. Como ya conté, cuando mi tío Ramón tenía preparadas todas las mechas, los compañeros nos íbamos a poner con el banderín en las calles radiales a parar el tráfico, pero en aquel sitio, justo al lado de la pared de la huerta, entonces hecha con ladrillos, solían aparcar los pocos coches que entonces circulaban. Aparte de los cuatro taxis que había, solía aparcar por la zona cercana al Ayuntamiento, quien venía por hacer alguna gestión o para entrar al Casino y claro está, los usuarios del tal local no eran otros que la gente más pudiente, la que podía disponer de un coche, y que podían vigilar tan sólo con asomarse a las ventanas que daban a la calle, por lo que no era raro que dejasen en el volante las llaves del arranque, pues tan cerca estaba la policía que vigilaba delante del ayuntamiento, como los calabozos. El caso es que la ocasión la pintaron calva y en el momentos de dar los disparos, aproveché para encender el motor de algunas de aquellas máquinas y desplazarlas unos cuantos metros calle abajo con el pretexto de prevenirlas de los cascotes en las explosiones, aunque no fuera necesario, pues sobre ellas colocábamos unas gruesas chapas de acero. Eran pequeñas experiencias y creo que nunca llegué entonces a pensar en tener mi propio coche, cosa que no estaba al alcance de todo el mundo; mi único tesoro era aquella BH que me esperaba a la sombra de un saúco junto al torreón de la vieja muralla de la villa de Aguilar.

jueves, 11 de diciembre de 2014

74.- La siega



En el verano de 1965, faltando tres meses para cumplir los diecisiete años comencé a ir con mi padre a segar la hierba para los vecinos que nos llamaban del pueblo como de otros colindantes.
Me hubiera ilusionado ir de camarero, como mis amigos Juan Armando Alles Tamés y Ramón Enrique Vidal Quintana, pues había una plaza sin cubrir en el “Bar Palacios” de Jesús. Ensayaba en la bandeja de madera que usábamos únicamente para subir las comidas a la cama en las frecuentes gripes y correspondientes convalecencias, la versátil botella de anís “La Asturiana”, que madre usaba tanto para frayar el maíz para los pitos como en las nochebuenas de acompañamiento instrumental junto con la cuchara de alpaca, resto de no sé qué cubertería de la abuela.
La llenaba del agua que teníamos en los calderos de cinc colgados del jerradero sobre el albañal y a su lado llevaba unos vasos vacíos y dos tazas a rebosar de agua, como si de café se tratase con el fin de entrenar el pulso y el equilibrio. Salía con el pedido al huerto y hacía que sorteaba imaginarias mesas de la terraza en la bolera. La clientela no eran sino unas gallinas que se desparasitaban en el polvo seco y el gato rayón que dormitaba insolente bajo las ramas retorcidas de la higuera. Por entre aquellos selectos figurinistas de mi escasa clientela, imitaba como podía la elegancia y soltura que había observado en profesionales como Félix y Bernabé Segura y que ya tenían también mis dos amigos y vecinos, Juan Armando e Ike.
Pero no hubo suerte; me enteré que ya estaba cubiertas las plazas del “Bar Palacios” y del “Café Pinín” y tampoco me molesté en llamar a más puertas.
Aquella botella llegó a formar parte del ajuar de la cocina, ocupando siempre el mismo rincón del aparador. Servía también para rayar el pan tostado en la chapa de la cocina de leña y acabó siendo la palmatoria cuando llegó del “Chispún” otra compañera llena del dulce licor para hacer las torrijas y buñuelos del Carnaval.
Una tarde, llegó mi padre del trabajo con un envoltorio sujeto con cuerdas a la barra de la bicicleta. Me había comprado mi primera guadaña “Bellota”, el asta y el cachapu en el que también venía envuelta en papel estraza una “Lombarda” de arenisca rojiza. Seguí con atención, paso a paso todo el trabajo de adaptar el dalle al asta por medio de la vera con sujeción de tornillo y la conveniente cuña.
Nunca olvidé el primer día que fuimos de jornal. Echaba todo mi esfuerzo en seguir el ritmo de mis compañeros de siega. Quería así demostrarle al patrón que nos observaba apoyado en su cachaba de empuñadura dorada, que merecía el sueldo que habría de pagarme: ¡cinco duros a la hora! La hierba estaba alta y pesada en un terreno irregular de una finca en “La Arenal”.
Abría la siega el maraño de Lorenzo Junco, “El Mineru”, avezado segador. Mi padre me pidió que fuera detrás de Lorenzo y que él me seguiría. Arranqué con un buen maraño, haciendo una amplia brazada con mucho brío, aún desoyendo los sabios consejos que mi padre me susurraba para que ahorrase energía si quería aguantar las cuatro horas de la media jornada. Mi padre me seguía a ritmo más lento, pero regular, y afeitaba las “cabras” que yo iba dejando atrás. Yo corregía cada poco el filo de mi guadaña que resultó ser más blando de lo que se esperaba y se gastaba con los abundantes hormigueros y toperas que me empeñaba en llevar por delante. Al cabo de dos horas, serían las diez, cuando ya comenzaba a sentirse el calor en aquella hondonada entre bosques de eucaliptos y los tábanos se cebaban en nuestra piel sudada, apareció Francisca, con la cesta del desayuno.
Bajo unos castaños, dimos buena cuenta del queso curado y del pan tierno que nos había traído Kika. La bota de vino colgada al fresco de una rama baja de un castaño restalló en chorros el rojo elemento en la boca de mis dos compañeros, en tanto que a la mía llegó tan sólo el fresca agua de la cercana fuente de La Arenal. En el tiempo muerto que ellos dedicaron a dar cuenta de un pitillo, yo exento de esos quehaceres de mayores, me senté a cabruñar la guadaña y, mientras ellos hicieron lo mismo, aproveché para tumbarme y soñar con los ojos abiertos mientras los rayos del sol se colaban por entre las hojas del castaño y un halo dulzón de sus espigas invadía mis pulmones.
- Chingao-, dijo el patrón a mi padre - ¡vaya cómo siega mi sobrino! 
Tío Saturno Gutiérrez González era hermano de mi abuela María, la madre de mi padre. Había emigrado a México y, cuando le llegó la edad del retiro, se vino con su esposa, María Luchana a vivir en una casa de la Plaza de Llanes. Con la fortuna que trajo, que tampoco era tanta, adquirió varias fincas y bosques, en uno de los cuales, “El Gidio” mandó construir una cuadra para vacas lecheras que lo traían distraído y ocupado.
Después de aquel jornal vinieron otros más y nos llovían siegas de todos los sitios, que teníamos que alternar con la siega propia para nuestras vacas y de la hierba seca para el invierno que había también que recogerla en el henal. Así estuvimos ocupados los meses de julio y agosto. Y como respondía bien al trabajo, en casa me abrieron la veda de las verbenas que creí no dar abasto a tantas como se hacen en Llanes y sus pueblos.

Con el verano se acabó la siega, las romerías y las verbenas y volví a mediados de septiembre a las clases del Instituto. Después de tanto trajín, inicié el cuarto curso con bastante sosiego y disfrutando a la vez del conocimiento y trato con nuevos amigos y profesores. 

sábado, 8 de noviembre de 2014

67.- La bicicleta

En 2º tuvimos a Mª Teresa Carriles en las clases de Lengua y su forma de enseñar y su dulce voz nunca salida de tono hizo que me atrajera especialmente esta disciplina desde entonces. Años después, estando de profesor en Panes, me enteré de que pasaba temporadas en Narganes y allí fui a saludarla.
No recuerdo ya la fecha, pero fue al final del segundo curso, primer año de asistencia al centro, cuando logré tener la primera bicicleta. Era una BH negra de barra y frenos de varillas que fui a buscar al taller de José Ramón “El Moli” en el barrio del Cotiellu. Con ella los trayectos se me hicieron más cortos y se ampliaron considerablemente los límites geográficos de mi entorno.
Las 1.275 ptas que costó supusieron, a buen seguro, un desajuste en la economía familiar si pensamos que mi padre ganaba entonces alrededor de las cien pesetas diarias de jornal, habría de estar dos semanas completas trabajando ciento cuarenta horas. Antes de guardarla en el estregal de la casa, la limpiaba con un paño sin dejar ni la menor mota de barro en los radios. Era el mejor regalo que en mi vida me habían hecho. Por eso todo, en el comienzo del nuevo curso, el mayor terror mío era dejarla al alcance de cualquiera que pasase. Los primeros días la dejaba debajo de los cobertizos que tenía la Escuela Graduada de Llanes, por detrás junto al campo abierto que rodeaba el instituto.
Eso sí, desde las ventanas de mi aula, la vigilaba. Le echaba alguna mirada en los cambios de clase o cuando me levantaba por algún motivo del pupitre. Pronto, pasada la primera semana, encontré un sitio totalmente seguro para el resto de mi estancia en el centro. Mi prima Tere, venía desde la Pereda en una motocicleta y como conocía a mucha gente de llevarles la leche a casa, tenía amistad con el dueño de la vecina fábrica de dulce. Agustín Rozas, dueño y artesano de la misma, le daba permiso para dejarla en el patio cerrado con una portilla. Fue por mediación de ella que me dieran también permiso a mí para dejar dentro la bicicleta; al poco tiempo, acabaron por dar permiso a los demás compañeros que venían de Parres y Porrúa.
Los tres kilómetros de carretera que une Parres con Llanes, en aquellos años dejaba mucho que desear. Una vez o dos al año el caminero, Graciano de la Pereda, limpiaba las cunetas y arreglaba los baches con las herramientas manuales más comunes. Aunque la circulación no era muy abundante, pronto se volvía a llenar de numerosos baches que se iban agrandando hasta unirse unos con otros. Bajar a Llanes era fácil, salvando el caso de algunos repechos sin importancia y la subida de Los Altares. Aprovechando el impulso de la bajada de Las Castañares, se podía rebasar bien a gusto la primera curva de Jaces e incluso podía llegar hasta el portón de la Huerta de Arturo con viento de espalda. Al regreso teníamos la cuesta de la Cocina Económica, la del Retiro y la de Navariegu. En el desvío de la carretera de las Cruces, nos despedíamos de Loli, Otero y demás compañeros de Porrúa antes de iniciar como remate la subida a Las Castañares, verdadero Angliru de nuestro recorrido. En la fuente del Cañu, me separaba del grupo en el que iban Luis Antonio, Ana, Carlitos, mi prima Marta y su prima Mari Sol; acometía en solitario la subida de La Piniella antes de llegar a mi barrio de la Caleyona. Venía casi todos los días a esperarme junto a la Rectoral la gata guiada por el timbre de la bicicleta que solía tocar en el trayecto del camino.
Después me seguía mimosa maullando porque sabía que comería conmigo. Aquella gata me seguía muchas veces cuando iba a llevar las vacas a pastar, en un paseo bastante largo. En una ocasión que en el Campu “El Diablu” nos tropezamos con un perro, trepó por uno de los nogales que hacían linde en una finca próxima al camino. Yo seguí preocupado por ella todo el camino hasta los Carriles y cuando hube encerrado las vacas en el prado regresé a todo correr hasta donde la había dejado. El perro ya no estaba y ella me esperaba abrazada con miedo, como un niño, a una de las ramas.
La llamé y se descolgó. Me siguió saltando de piedra en piedra para no ensuciar en las pozas de cotrina su suave piel atigrada.
Lo dificultoso para los ciclistas, eran los días de lluvia; prácticamente todo el tiempo que dura el curso. Primeramente, iba enfundado en un traje de aguas, rígido con el que aparentaba un viajero del espacio más que un estudiante. Además de ofrecer gran resistencia al viento, aquel traje me impedía pedalear con gusto y, a pesar suyo, llegaba a las clases empapado del sudor por la nula transpiración que adolecía. Os aseguro que prefería llegar mojado que vestido de esa guisa, pero embutido en él me libraba de que, a causa de los numerosos charcos imposible de sortear, me salpicase con el guardabarros delantero las perneras de los pantalones.
Carmen Rosa de la Hera, nuestra profesora de Matemáticas en tercero y Ciencias en cuarto, fue para mí el modelo de enseñante por excelencia. Era exigente, pero tenía buen método y explicaba muy bien los temas. Siempre tenía a punto alguna regla, algún recurso didáctico, para facilitarnos la memorización de las reglas de formulación de la Química. No se puede decir que fuese absolutamente estricta en sus exigencias, porque llegado el caso, sabía atender individualmente a quienes se trabasen en el aprendizaje. Valoraba, casi desmedidamente, la pulcritud y claridad del cuaderno de clase. Atendiendo a sus explicaciones y llevando la tarea, no había ninguna complicación en su asignatura, ni abusaba de los exámenes como medio coercitivo para que la estudiáramos. En sus clases escuché por primera vez los nombres científicos de algunas especies animales y vegetales que aún sigo recordando. Me infundió antes el gusto por las Ciencias Naturales y posteriormente en mi docencia en cuanto a la forma de dar el contenido de esta disciplina. En diversas salidas de campo nos llevó a observar el entorno en busca de plantas que aprendimos a reconocer ayudados por una guía de clasificación Linneana. Formaba pequeños grupos para que discutiéramos entre nosotros los resultados observados en las muestras tomadas una vez llegados al aula o laboratorio.
Usábamos con frecuencia el microscopio para estudiar los restos de algún insecto encontrados en cualquier rincón de la clase o una gota de agua tomada de una infusión de hierbas secas. Vorticelas, hidras de agua dulce y otros seres que veíamos en ella, las pasábamos a dibujo sobre papel vegetal y las pegábamos como ilustración en el cuaderno de la asignatura. En una de esas salidas de campo, bajamos por los acantilados de La Talá en marea baja para recoger mejillones, bígaros, lapas y algas de todo tipo. En otra de las salidas nos llevó hasta la playa del Sablón donde, con el fuerte oleaje y marejada habidos, la mar se había llevado la arena y quedaban las rocas libres tomando la hermosa playa un aspecto desolador. El sol cegador de la mañana sembró ante el asombro nuestro, áureos reflejos en las rocas descubiertas.
─Son minerales de sulfuro de hierro, conocidos como piritas, ─nos dijo─, y si os fijáis bien, cristalizan en el sistema cúbico, vulgarmente conocidas como “el oro de los locos”.
Por nuestra cuenta, aprovechando algún recreo y tiempo libre, revisábamos las inmediaciones de la cueva El Taleru donde había abundantes fósiles junto a restos de metralla del buque “Cervera” que, una vez en poder de las tropas nacionales durante la guerra civil, asolaba con sus cañones la costa y el interior de la comarca.
Esta enseñanza de campo nos indujo inquietud por descubrir e investigar a la vez que hacía mucho más amena su asignatura.
Una mañana fría y lluviosa de invierno, llegué completamente empapado a clase. En las aulas y en los pasillos del centro había instalados radiadores de hierro por los que circulaba el agua caliente proveniente de la caldera de carbón que Ramonín, el bedel, se encargaba de mantener a temperatura. Carmen Rosa me pidió que dejase los libros en el pupitre y que me fuese a sentar junto a uno de aquellos radiadores hasta que se secase mi pantalón. Jamás olvidaré aquel detalle suyo.
No me gustó tanto que nos pusiese como ejemplo de sufridos alumnos a los que veníamos de lejos luchando con las inclemencias del tiempo, aunque tuviese toda la razón del mundo. Había otros, que aunque llegados en los autocares de Mento, venían de pueblos más lejanos en los que tenían que caminar bastante y madrugar para cogerlos.
Una tarde que le tocaba guardia, como me vio llegar a lo lejos en mi bicicleta, me esperó antes de cerrar la puerta. Llegaba unos cinco minutos tarde. Cuando llegué a casa para comer me encontré una nota en la mesa de la cocina junto al carpanchu cargado y cubierto por un pequeño mantel a cuadros. Debía llevar la comida a mi padre y comer con él. Até el cesto en el porta bultos de la bicicleta y emprendí el viaje por los caminos de las Cruces a Las Nieves y Camplengu donde me esperaba. Si la carretera era mala, huelga decir cómo eran los caminos. Tuve que sacar la cadena que se había quedado atorado entre la catalina y el guardacadena, al rozar contra uno de los ribazos. Nos sentamos un poco apartados de la carretera para despachar con tranquilidad el cocido, la tortilla y el botellón de leche con café azucarado. Era martes y por ella circulaba la gente que regresaba de la plaza en dirección a Porrúa. Un chiquillo se dejaba arrastrar de la mano de su abuela, absorto en contemplar a todo detalle las dos bicicletas aparcadas sobre el pedal al pie del camino. Una de ellas, era mi reluciente bicicleta negra.
Cuando acabamos de comer, seguimos juntos hasta La Paz y yo tiré en dirección al Instituto. Las filas de entrada ya estaban dentro y la profesora de guardia estaba con su cuaderno de notas en el alto de la escalinata a punto de cerrar la entrada. Aceleré cuanto pude dar a los pedales y guardé la bicicleta en el huerto de la fábrica de dulce. No me dio tiempo a explicarle a la profesora, el conjunto de circunstancias ocurridas de lo agitado que llegaba. Sólo le mostré mis manos llenas de la grasa de la cadena.
Al recibir el cuaderno de notas trimestrales, observé que había registrado aquella falta de puntualidad y explicaba así como no dando mucho crédito a mis mudas explicaciones: “Dice llegar tarde a causa de la cadena de la bicicleta”. 

lunes, 23 de junio de 2014

49.- Al buscu

La vida en la aldea, estaba muy relacionada con el bosque. Los vientos huracanados y la tala para aprovechamiento del castaño en la construcción, había mermado el número de ejemplares de este árbol autóctono; en realidad, los que quedaban raramente formaban bosque. Tan sólo se conservaban los mayores, porque ya no eran tan aptos para madera y tampoco como combustible, aparte de los frutos para consumo en el invierno. Los castaños que se plantaron a partir de entonces, los llamadas japoneses, son de crecimiento más rápido y de tronco recto sin apenas cañas, que los hace más valiosos para la serrería, pero sus frutos son insípidos y la piel se desprende con dificultad. Coincidió también con el apogeo del eucalipto para las papeleras y las minas, pues su crecimiento rápido y además porque sólo basta con plantarlo una vez y él se va expandiendo, que a la larga es un defecto más que una virtud.  
Por los caminos de la aldea, en las pequeñas camperas y en los cuetos, existen aún numerosos nogales por mor de una ley que favorecía la plantación de esta especie frutal. Se les protegía de forma que los animales sueltos no los dañaran hasta su fortalecimiento. Pertenecía de por vida, del árbol, al vecino que lo hubiese plantado así como el terreno bajo su sombra y se le reconocía el derecho a sus herederos. Recuerdo uno cerca de mi casa, conocido como “el nogal del tío Félix”  que lo había plantado, quizás en vida de su padre  y de esto hará ya más del siglo. Las nueces caídas de forma natural podían ser recogidas por cualquier persona. Sólo su dueño las podía varear.  Los rapaces las echábamos abajo a pedrada limpia; los cuervos las llevaban a estrellarlas contra una roca. A estas aves se les debe la mayoría de nogales que nacen actualmente.
Los días de vientos racheados, eran los más apropiados para ir “al buscu”. Recorríamos el pueblo para buscar las nueces caídas de los numerosos nogales plantados de esa forma al lado de los caminos y en términos públicos o incluso los que estaban en abertal. Salíamos de la escuela y en casa tomábamos un saco ya preparado para tal efecto, bocadillo de merienda en ristre, algunas veces con una onza de chocolate, queso o chorizo, las menos, y nos adentrábamos por La Mañanga, o por La Boriza, hasta los mismos límites con el pueblo de Porrúa. No era solamente la nuez, el objetivo de nuestra salida. Algunos castaños más soleados ya dejaban caer algunos frutos maduros. Las higueras plantadas al lado de las cabañas aún conservaban algunos de sus melosos frutos, mientras íbamos llenando la saca de castañas y nueces.
A veces, bajo la oscura fronda del repentino anochecer otoñal, por un inexplicable mecanismo, presentía la cercanía de algún animal que posiblemente tenía tanto miedo de mí como yo de él y se me erizaban los pelos. Golpeaba con la guillada que llevaba conmigo las cañas y escuchaba sus carreras sobre la hojarasca.
Alguna vez, el susto me vino de una voz recia del dueño de la finca en la que me encontraba buscando y cambiaba inmediatamente de lugar. Sabía de oírlo contar en casa una ley tácita, no escrita, por la que, dado el caso de que el propietario del abertal llegase a recoger sus castañas, nunca podría exigirme la devolución de la mercancía, pero tampoco yo debía esmugar los oricios para sacar las castañas. Estos eran recogidos por el dueño para llevarlos a la cuerre, construcción circular con muro sin entrada para evitar la entrada del jabalí. Así protegidas bajo su piel espinosa se conservaban hasta su consumo en pleno invierno.
En aquel tiempo de mi niñez, los recursos familiares no andaban sobrados. Todo lo que se recogía servía para el consumo del año y había suficiente para todos los vecinos. Normalmente nadie se sentía molesto porque se buscase en sus propiedades en abertal, otra cosa bien distinta era si se entraba con descaro en las que había cerradas de muro.
Cuando me parecía que la noche se me echaba encima, aceleraba el paso de regreso. Las luces del anochecer jugaban malas pasadas con los rayos deshilachados a través de los zarzales y gromos de los caminos. Eran tiempos de oscuras historias de guardias y emboscados en las tertulias, de ánimas y demonios en los sermones y de leyendas de sacaúntos y hombres del saco como para tenernos a todos en el mismo saco de la servidumbre.
Las campanas en el campanario de la iglesia, llamando a oración, con sus badajos lanzaban al fresco aire de la boriza, tristes notas que me impelían a caminar aún más deprisa hasta que divisaba los tejados de la Veguca.
Al día siguiente las nueces ahornadas en la chapa de la cocina las llevaba en el bolsillo para el recreo de la mañana. El macio que quedaba en mis manos se resistía a borrarse. Sólo restregándolas en el verdín de las piedras junto a la fuente me lo quitaba, en parte.
Solíamos recoger las nueces caídas del nogal que aún existe junto a la escuela. A los maestros, por aquello de la urbanidad que también calificaban, no les hacía gracia que llevásemos las manos pintadas del verde del maciu, que con el tiempo se volvía del color de la nicotina y ni el chimbo ni la lejía podía con la nogalina. En los maizales de La Viña, buscaba otro remedio. Algunos maíces tenían un hongo parásito, el cornezuelo del centeno, conocido por nosotros como “la mona” , con el que nos restregábamos los dedos y al aclararlo en la fuente se atenuaba el tinte y podíamos evitar un disgusto mayor en el aula.
Aún se conserva, como dije, el nogal de mi infancia en la escuela y que fue también el de mis padres, sólo que ahora, con los años, ganó en belleza con su praxitélica figura que parece no estar sujeta a la ley de Newton, a la furia de Eolo ni a la clepsidra de Cronos.

jueves, 15 de mayo de 2014

43.- El Rosal

Había en el pueblo un bar de gran solera, “El Rosal”, nombre que mantiene el sitio, aún cuando el establecimiento hace ya años que cerró sus puertas. Formaba parte de la casa de Ramón Bustillo, primer dueño al que yo no llegué a conocer. El establecimiento, tal como yo lo recuerdo de más niño, lo atendía su hija Serafina Bustillo Varela, casada con Wences Noriega González, tío abuelo mío. Tiempo después, quedó en la casa y bar Serafina y su hijo Diego quien lo seguiría regentando tras la muerte de su madre. Cines, Siti, Ramón y Fini, los demás hermanos de Diego, salieron del pueblo con la emigración los dos últimos y a otros lugares de Asturias los dos primeros.
Los vecinos de Parres se repartían entre el “Chispún” y el “Rosal”, quienes para las compras, quienes para la tertulia diaria en la que se compartía alguna media botella de vino.
Aún se puede apreciar el rincón dentro del pequeño huerto que separa la entrada al edificio con la carretera, en el que había una pesada mesa de forja al amparo de una enredadera de pasionaria, embebido del olor dulzón de un heliotropo.  Nada más traspasar el dintel, estaba a la izquierda la escalera a la zona privada de la vivienda. El bar ocupaba el resto de la planta baja del edificio, en el estregal, a cuyos lados tenía a lo sumo unas cinco mesas que dejaban paso hasta la barra.
El conjunto lo recuerdo como un ambiente cálido, con su olor característico, el de todos los bares, a vinagre y a tabaco, pobremente iluminado por una ventana además del cuarterón de la puerta de entrada, cuando el tiempo lo permitía. Al otro lado del mostrador, estaba el fogón de la cocina en un cuarto pequeño desde el que emanaban al mediodía y la noche los olores del guiso o de la sartén en la que se freían unos torreznos, daque chorizo o borono para tentar al más santo varón aún en época de cuaresma.
Sobre las mesas, ya digo, las medias de vino y los pequeños vasos a su alrededor, también algún porrón y el paquete mugriento de cartas que daban mano y pie a interminables partidas bajo una bombilla que apenas iluminaba las caras y ocultaba las señas prohibidas del tute y el subastao así como también las permitidas en la brisca. Al otro lado, lugar privilegiado junto a la pequeña ventana desde la que se veía el paso de los vehículos por la carretera, estaba por estar junto al ventano, la mesa de los lectores. Camilo Fernández Mendoza anotaba a pluma en un cuaderno las ideas que se le venían a la cabeza para preparar la crónica en el semanario “El Oriente de Asturias” del cual era corresponsal. En tanto, Ricardín Gómez Gutiérrez, el alcalde, leía del periódico una noticia a todos los allí presentes. Antonio Sobrino Noriega acabado de rellenar la última casilla del crucigrama, del que era asiduo, plegó el papel antes de dejarlo en
la estantería y comentó la noticia leída por Ricardo, abriendo así entre los tres un foro de discusión a la que por inercia se fueron incorporando el resto de tertulianos con la boca caliente con el vino peleón.
En tanto, yo esperaba gustoso a que Serafina me llenase la media botella de vino que fue a cargar de la damajuana en una esquina del local. Hubiese preferido continuar escuchándolos por más tiempo y seguir el hilo de aquel improvisado debate, pero debía llegar pronto a casa que me esperaban para comer.
Salí fuera con el encargo. Aparcados junto a la pandina estaban dos caballos sujetos a sus respectivos carros y espantaban como podían las moscas que chupaban el sudor de su piel, mientras esperaban a que sus dueños, aliviasen la sed a la sombra dentro del bar.
El tiempo que todo lo borra, acabará borrando los nombres y los recuerdos. Sólo las labradas piedras de la noble construcción permanecerán testimoniales durante muchos más años.¡Ah, si las piedras hablaran! Cuántas tertulias, anécdotas e historias no quedarían retenidas entre sus juntas. Cuántas citas cumplidas, cuántas otras fallidas de las acordadas en la pandina, junto al Rosal. Enfrente está la Vega los Romeros, donde se dan cita, año tras año, desde tiempo inmemorial, los romeros en la salida de ramos hacia el campo de Santa Marina.  

sábado, 15 de marzo de 2014

33.- La gran nevada

Fue en el mes de marzo la que recuerdo como la mayor de las nevadas caídas en este enclave geográfico, donde la mar influye en la creación de un micro clima que lo preserva de temperaturas extremas y donde la nieve sólo ocasionalmente se acerca a la misma costa.
La siguiente gran nevada que me impactó ocurrió entre los meses de diciembre y enero del curso 1962-63 de la que ahora mismo no puedo aseverar con exactitud. Iba yo entonces al Colegio de la Arquera. De mañana, al salir de la portilla del Pandiu, se veía un extenso manto de nieve que cubría los caminos y senderos que llevaban al colegio. Ni una huella ni indicio de que alguien más la hubiese pisado, de casi la quincena de alumnos que la usábamos a diario para ir al colegio. Cuando me adentré en La Vega, una vez pasada la vía del tren, el río y el molino al que daba nombre, vi abierta una ruta sobre la capa de nieve y la seguí absorto, quizás por el destello que producían los rayos del sol y quizás también por lo insólito del paisaje. Alguien se me había adelantado. Una vez atravesada la Vega, volví atrás la vista y me percaté de las curvas y contra curvas que mi predecesor caminante había hecho y yo había seguido a tontas y a locas. En el colegio, las clases se redujeron a las más atrayentes: el dibujo, la mecanografía sin límite de tiempo y el juego del frontón en el abundante recreo. A la vuelta, Pedrín González Sobrino y yo recorrimos el ondulante sendero abierto por la mañana y me confesó que ocurrió así por no haber levantado la vista del suelo. Llegados al Cueto la Taberna tuvimos que socorrer a Josefa Abad, vecina de Cuetupuñu, que regresaba de llevar maíz a moler y había quedado atrapada entre unas rocas ocultas por la nieve.

Pero la que de verdad se reconoce como la gran nevada del siglo cayó el día 10 de marzo de 1955.
Un vecino de Parres, Lorenzo Romano Rozada, ya había subido con el ganado al sitio de su propiedad conocido como El Pradón de la Llosa Viango donde tenía la cabaña y la cuadra del ganado.
Fue tal la nieve caída que dejó cubiertas ambas edificaciones hasta los mismos tejados. En la cuadra tenía un rebaño de ovejas y las vacas del pasto. No se imaginó que iba a ser tan grande la nevada, y si lo pensó, no llegó a darle tiempo a reaccionar, antes de que todo el valle quedase cubierto por una espesa capa de nieve. El aislamiento que en aquellos años había en extremas circunstancias era total incluso para la vida en la aldea, cuanto si más para la del monte. Quien conozca el terreno y los senderos habilitados por el propio ganado para transitar de la cabaña al pueblo se dará cuenta de la dificultad de tal empresa. Con una capa tan grande de nieve, se pierden las referencias y el peligro es grande por la abundancia de profundas dolinas, torcas, que existen a lo largo del trayecto, incluso para los mismos pastores habituales.
En la aldea se corrió la voz de alarma y los vecinos se movilizaron en el acto. No había tiempo que perder. La noche se echaría pronto encima y las Cuestas que se estriban contra el Texéu estaban también cubiertas y el sendero quedaba oculto. La ruta más rápida a seguir era la que asciende por la Cuesta el Caballo tomado al pie de la misma en La Vega Quintana de la Pereda y que llega hasta el portillo de La Muezca, donde la altitud se pone en torno a los setecientos metros.
No soy a precisar la totalidad de personas que se congregaron para socorrer a Lorenzo, de los pueblos de La Pereda, Porrúa y Parres, pero debieron ser muchos los valientes y generosos héroes que expusieron su vida por la del convecino. Así los veía yo, como niño que era. Entonces no me daba cuenta perfecta del hecho pero debió de ser algo grandioso para mí por lo que me impactó y aún ahora sigue siendo toda una hazaña, por las escasez de medios que disponían. Un traje de aguas y el que no lo tenía una gabardina, guantes,  pasamontañas, gruesos calcetines de lana y las katiuscas bien forradas de hierba seca. Eso era toda la indumentaria que sospecho llevaban. Los utensilios, azada o pala para quitar la nieve, y el imprescindible palo de monte con el que saltar y a la vez tantear el camino para no dar un paso en falso y caerse al vacío.

En la foto que muestro, sacada de la página: http://www.tierraljelechu.com  donde su autor subió las dos que aquí muestro, son un testigo de la cuadrilla de abnegados voluntarios en la que podemos reconocer a: Manuel Gutiérrez Noriega, Francisco González Romano, Vitoriano Quintana Mier, Manolo Sobrino Guitérrez, Paco Gutiérrez Rodríguez con su perra "Leona", Chicho Junco Noriega, Marcos Noriega Gutiérrez, Ramón Junco Hano, Ramón Hano Fernández, Joaquín González Romano, entre los que pude recordar de los muchos que acudieron. Dejo la lista abierta para continuarla a medida que tenga más noticias de otros participantes en tan destacada intervención. Desconozco también el nombre de otros canes que con seguridad les acompañaron que no dejarían de ser parte importante en el evento.
(En la foto, "Paco el Diablu" con su perra "Leona")

La bajada, tanto del vecino como de los animales fue considerada como éxito total.
Era el día 11 de marzo de 1955. En la casa del Cotaxu le esperaban con ansias su esposa, Irundina, y sus hijos: Loles, Fifi, Fernando, Enci, Mini y la última de la extensa prole hasta aquella fecha, Noelia, que se había adelantado a nacer justamente el día 10 de marzo, inicio de la gran nevada.
Omito narrar la alegría que vivimos todos los vecinos y familiares de los citados pueblos y otros limítrofes que compartían con Lorenzo los pastos de Viango así como la familia por parte de Irundina en el pueblo de Porrúa de donde también partió otra cuadrilla de rescate.

martes, 25 de febrero de 2014

30.- Con otra mirada

"Mi amiga de la infancia, era muy buena. Recuerdo con claridad el día que llegó con sus padres y hermanos para vivir en la casería de Los Carriles, a kilómetro y medio aproximadamente de Parres.
Como todos los días, subíamos mi madre y yo del pueblo al sitio "Las Melendreras", medio kilómetro más adelante, donde teníamos el ganado. Al llegar justo al lado de la casa, se asomaron por entre los barrotes de la portilla a saludarnos una niña como de mi misma edad y un niño, algo más pequeño. Ambos llevaban parecidos abrigos de color azul marino.
Mi madre les dijo que saliesen para que viéramos lo guapos que eran.
Aurorita, que así se llamaba la niña, nos aclaró sin que nadie se lo pidiese que venían de Tornín, un pueblo de Cangas de Onís y que ella tenía seis años y su hermano José Manuel, tan sólo cuatro.
-Tienes la misma edad de Angelines - le dijo mi madre señalándome. - Estoy segura que llegaréis a ser grandes amigas.
Así recuerdo que fue nuestro primer encuentro. Éramos aún muy pequeñas para andar al libre albedrío por aquel entorno aislado y alejado del pueblo. Pasado un tiempo, de tanto encontrarnos por los caminos de la Mañanga, fuimos fortaleciendo una gran amistad.


1.- Los inicios en la escuela
Cuando comenzamos a la escuela, a ella, por quedarle más cerca, la matricularon en la Escuela de la Pereda y a mí en la de Parres, pero de esto hablaré renglón aparte.
Yo fui, para eso de la escolarización, un caso serio. Cuando llegó el día de comenzar las clases me llevó mi madre a la escuela, casi tirando de mí, como corderina que llevan al ofrecimiento de Santa Marina. Pero fue en vano, esa vez y otras más que lo volvió a intentar. Siempre regresaba conmigo para casa.
Cuando ya hube cumplido los ocho, convencida más bien por la envidia que me daba ver a las otras niñas acudir tan alegres y contentas camino de la escuela, con  cierto aire de suficiencia llevando su maletu de cartón, consentí en tomar las primeras lecciones.
En realidad, las primeras y más importantes lecciones me las había dado mi padre. Con toda la paciencia del mundo me enseñó a leer a la perfección, a escribir, además de sumar y restar.
El primer día, cuando la señorita me hizo una prueba para ubicarme en la sección adecuada, me dijo:
-A partir de mañana, leerás con la Primera Sección.
Para lo demás me dejó con las alumnas de la Tercera, pero fue sólo durante un par de meses, pasado los cuales, me llevó con las de la Segunda definitivamente y en el curso siguiente, para todo me puso en la sección de las mayores.
No asistía con regularidad a la escuela, en la mayor parte del curso. Subíamos para el sitio de Las Melendreras en el mes de marzo por el pastoreo de  las ovejas, la cría de los corderinos y la elaboración del queso.
Bajaba al pueblo para las clases de la mañana, pero de tarde, raro era el día que acudiese, por lo que mi cartilla está repleta de faltas de asistencia.
2.- Los trabajos
Así fui creciendo y asistiendo a clase siempre que podía, porque de verdad era mi ilusión estudiar y aprender cosas nuevas. Debía madrugar para llevar el agua desde la fuente a la cabaña y, aunque no era muy larga la distancia, lo hacía con desgana cuando orbayaba o si había caído la rosada por la noche. Era un sendero estrecho cuyas orillas estaban cubiertas de argaña, y helechos que me empapaban el vestido. Acabada la faena, me lavaba con los pocos medios de que disponíamos y también limpiaba la ropa y el calzado.
Después de desayunar recorría los casi dos kilómetros, a pura carrera, por un camino de herradura repleto de charcos cuando llovía y de firme irregular, cargada con el maletu. No había nada que me impidiera ser feliz. Aparte de estudiar y aprender deseaba jugar con otras niñas de mi edad en los recreos. De niña viví con muchas carencias, de eso me doy cuenta ahora que lo tenemos todo, pero tremendamente feliz.
A la salida de clases al mediodía, pasaba por "El Rosal", bar y tienda que tenían al lado de la escuela mis tíos Wences y Serafina, a por el pan del día que tenía que llevarlo de vuelta, justo para la hora de comer.
Como ya dije, era raro que volviese de tarde a las clases, porque siempre me quedaba en la braña a lo que me mandasen y nunca me faltaron cosas que hacer. Ya le había tomado gusto a la escuela y cuando no podía ir por lo menos, de mañana, me rebotaba y acababa llorando por ello.
Según fui creciendo, las faltas a clase también crecieron, porque mi ayuda no sólo era necesaria, sino imprescindible en el cuidado del rebaño de ovejas y de las vacas que teníamos. Aparte del pastoreo, me ocupaba de la leña para atizar la cocina con la que preparábamos las comidas y calentábamos la fría y rústica estancia en la que vivíamos.
Tendría a lo sumo, diez u once años cuando comencé a bajar con madre al mercado de los martes en Llanes, donde vendíamos el queso fresco del día anterior y el curado que íbamos apartando a medida que maduraba durante el resto de la semana. De camino, lo repartíamos por algunas casas de Parres y Pancar, de forma que se había aliviado el peso cuando llegábamos a la villa.
El regreso del mercado era estupendo, porque subíamos con la triguera llena de comestible y nunca me faltaba alguna que otra llambionada para mí.
3.- Los juegos
En Las Melendreras tenía mis juegos y aficiones con las que disfrutaba.
Con la llegada del buen tiempo, a final de la primavera y comienzos del verano, los prados comenzaban a cubrirse de un manto amarillo por abundancia flores del diente de león y las del  botón de oro, a la que decíamos la flor del grillo. Cuando el sol dominaba las pendientes de las fincas, una explosión monótona de estridulaciones alegraba la braña. Buscaba el hoyo que creía estar habitado y me paraba a prudente distancia a esperar que saliera su cantarín morador y no tardaba, atraído por el canto de los demás grillos que no habían percibido mis pasos. Contenía la respiración hasta verlo salir y levantaba un pie, pero cuando lo posaba, con todo el cuidado, escuchaba el chasquido al plegar sus alas y volvía a meterse en su cueva.
Corrí decepcionada donde padre y le pedí que me ayudase a capturar tan sólo uno. Dotado de una gran paciencia conmigo, como ya dije, me acompañó en aquella aventura. Me enseñó cómo debía acercarme a la covacha de forma que el viento viniese desde esa dirección, para que no llegasen antes noticias de mis pasos sobre la hierba ni los latidos de mi corazón ansioso por llegar.
Padre eligió una hierba muy fina y se tumbó por detrás de la cueva. La hizo girar rítmicamente con lento vaivén entre las yemas de sus dedos índice y pulgar. Al poco tiempo, con el cosquilleo de la hierba, padre lo sacó y me lo dejó en el hueco de mis manos.
Por marzo, los pájaros hacen sus nidos. Mi padre, que previamente los tenía localizados, me daba pistas para que yo los cutiera, pero sólo los que quedaban en alto, no a mi alcance, pues opinaba que había que dejarlos tranquilos para que hicieran la puesta en abril. Ni se les debían quitar los huevos ni molestarlos para que güeraran y saliesen del huevo a primeros de mayo. En junio estaban preparados para iniciar el vuelo.
Me lo decía así:
- "Por marzu, niarzu;
n'abril, güeveril;
en mayu, pajarayu
y per San Xuan,
cóxelos pel rau
que te se van".

Mi padre, no me cansaré de repetirlo, tenía mucha paciencia y todo lo que yo le pedía, si estaba de su mano, con muy buena cara me lo concedía. Por la noche, me ayudaba con los deberes de la escuela, alumbrados por el candil de aceite y una vela. Años después, compramos un carburo que alumbraba mucho mejor y nos daba la sensación de que fuese luz eléctrica como la que teníamos en el  pueblo.
Tenía mi propio jardín donde ponía todo tipo de plantas que conseguía de aquí y de allá y un pequeño huerto en el que plantaba maíz, alubias, garbanzos y lentejas. Eran tan sólo unas plantas de cada especie con las que yo disfrutaba viéndolas cómo se desarrollaban y sufría si las veía comidas por los caracoles.
Estaba deseando que ladrara el Churchil, porque era señal de que pasaba alguien de Parres o de Porrúa con el ganado, pues solían pararse a hablar con mi padre y así teníamos un rato de buena compañía.
Todos los días, subía tío Wences el del Rosal a contarle las noticias escuchadas en el "Parte de la Radio" de la noche anterior. Tío Wences era muy cariñoso conmigo y me quería mucho.
Me crié en ese ambiente idílico en el disfrute de la naturaleza y la compañía de mi padre.
Pasé pena cuando, con trece años, me dieron el Certificado de Estudios Primarios. Había obtenido muy buena nota, pero con él, se me cerraron para siempre las puertas la Escuela.
Me hubiese gustado continuar estudiando, pero no siempre se puede. La maestra habló al respecto con mis padres y les dijo que era buena pena que no siguiese estudios. Se ofreció a darme gratuitamente clases particulares en su casa, los días que pudiese acudir para prepararme para el examen del Ingreso de Bachillerato, que abría sus aulas en el nuevo Instituto, aquel mismo año de 1962, en Llanes.
Sabía sobradamente que tampoco iba a poder bajar con regularidad al Instituto, pues ya entonces mi padre no gozaba de buena salud y nuestro hermano, unos años mayor que yo, se había ido a trabajar fuera con lo que yo me quedé sola en casa para ayudar a los padres.
Padre me repitió la mucha pena que sentía de no poder hacer algo por mí, tanto más porque valía para estudiar. Mi gran ilusión hubiese sido hacerme Maestra, pero por estas cosas, nunca se me llegó a cumplir."
                                                                                                                               (L. Noriega Quintana. De su libro, "Las Melendreras")

domingo, 9 de febrero de 2014

24.- Las cuevas

En invierno cuando no llovía, algún domingo por la tarde, íbamos en alegre desbandada a Covajornu, cuyo nombre compuesto se adelanta a toda descripción mía. Aunque en  principio parece referirse al pequeño hoyo que hace la finca delante de la entrada principal de la cueva, pero no las tengo todas conmigo. Los nombres topónimos guardan, en la mayoría de los casos, una rica información que con el paso del tiempo, parece perder sentido. Había otras cuevas en Parres como eran las de Patica, Jorimiga, Golondrón, La Inxerta y un sinfín más cavernas de angostos accesos por los que no nos atrevíamos a meternos con los escasos  medios de que disponíamos. Desaparecidas por la acción de la dinamita no sabremos de tesoros y ayalgas que guardasen en su vientre calizo, y no me refiero a monedas o bolas de oro, a que se hace referencia en diversas leyendas moriscas de la zona.
Covarón, Covarada, la Cueva don Xuan, Taravirón, Cuetu la Mina, Santa Marina, Moscadoria, El Borizu, Jou el Duque, La Boriza, Rabugandín son las más populares y reconocidas por el vecindario a partir de una cierta edad, pero a medida que se sucedieron las generaciones, se fueron quedando en el olvido algunas, ocultas por la maleza con el deterioro de la actividad ganadera. Los de nuestra generación heredamos, no solamente su ubicación exacta, sino también la experiencia por ellos tenida como refugios familiares de los obuses y la metralla con que se "limpiaba" el terreno, de todo vestigio de oposición a los nuevos sembrados ideológicos que habrían de germinar sobre tierra quemada.
Covajornu fue el refugio de los vecinos de los barrios más cercanos, entre ellos mis abuelos de Tamés con sus tres hijas de entre diez y catorce años. La bocina de la rula anunciaba la llegada de la aviación.  La gente corría presurosa a la cueva donde tenían preparados los colchones, las mantas y el resto de enseres más necesarios para pasar aquellos momentos tan angustiosos, cuando llegaban los "Junkers" con sus cargas mortíferas que lanzaban sobre objetivos civiles. Por esas cosas que había oído contar tantas veces en casa, la negrura de la cueva no me daba miedo alguno, como si la conociese a la perfección. Desconozco el sentimiento del resto de compañeros de aventura si sería del mismo aprecio hacia aquel boquete de la tierra. Tiene una entrada principal al Sur, aislada por unos cuetos que la protegen del viento y de las visitas inesperadas. La entrada secundaria, casi como gatera por el Este, desde El Carril, da una visión de la carretera y del pueblo, por lo que es, a mi entender dos aspectos favorables como refugio antiaéreo que espero no se haya de utilizar nunca jamás.
Para nuestro primer bautizo como espeleólogos, era la prueba que nos ponían los avezados mayores, a costa de acabar con los pantalones llenos de rotos, las piernas embarradas y algún que otro chichón, lo que añadía valor a la hazaña.
Afuera, preparábamos las cerillas y las velas para cuando fueran necesarias, porque en aquel angosto pasadizo las corrientes de aire las apagaban al instante. Así es que la entrada la hacíamos como topos, palpando con las manos las paredes y el suelo hasta que ya se veía un punto de claridad de la entrada mayor. Era poco común que alguien llevase linterna, aunque recuerdo una que me habían regalado en la Pereda mis tíos Jandru y Ramón, con una dinamo movida por el dedo pulgar sobre un gatillo. La tenue luz duraba, al no disponer de batería de carga, el momento mismo que movía la palanca y, a pesar de su poca utilidad, para mí no dejaba de ser un gran invento. La llevaba atada del cinturón para no perderla y por si acaso se me acababan las cerillas. Aquella cueva entonces, de niño, me parecía enorme, pero pasados los años, cuando volvía a recorrerla, la percepción fue bien distinta, como si hubiese encogido.
En una de aquellas visitas, los mayores encontraron en una no muy profunda torca huesos que nuestra imaginación pensó serían restos humanos. Pronto llegó la noticia a la máxima autoridad y Ricardín Gómez que era el Alcalde descartó esa procedencia, porque se trataba de los huesos de los animales malogrados que solían echarlos allí para comida de carroñeros.
Dentro de la cueva organizábamos partidas al escondite; en tanto que unos se quedaban afuera contando, los otros nos escondíamos como podíamos en los recovecos, salas, hornacinas y pasadizos que abundaban en ella. Aguantábamos la respiración para escuchar los pasos. Sólo oíamos el goteo de los pimplones en su lento y rítmico chapoteo. Las pupilas se acababan por adaptar a la oscuridad. A pesar del frío que había afuera, dentro de la gruta sentíamos una agradable temperatura. El característico olor de la humedad lo invadía todo.
En otra ocasión encontraron un "Coll 45" y un sable militar de mando por los que con más hierros que juntaron, el chatarrero les había dado unas pesetas que sirvieron para pagarnos a los más pequeños la subida a los columpios en el día de Santa Marina.

jueves, 6 de febrero de 2014

23.- Los antroxos por el Carnaval

Por Carnaval, la chavalería del pueblo nos habíamos congregado en la bolera de la Escuela para salir juntos a escorrer antroxos.
―—¡Están dos en el poyu Covadonga!— avisó uno de nosotros que se había adelantado corriendo hasta Brañes.
Bajamos corriendo cuanto podíamos por el camino de la Casona del Curru a salir a la carretera, pero cuando llegamos a la esquina de la casa de Covadonga, otro vigía nos avisó que habían marchado hacia Tamés. Sólo fui a ver los faldones y los palos de dos antroxos que acababan de subir las escalerinas del caleyín la Vega Teresuca.
El caleyu estaba completamente encharcado por la lluvia de la noche anterior, motivo éste y el de su estrechez que, cuando los últimos lo acabamos de pasar, ya se escuchaba por el Cuetu gritar:
«Antroxu juera,
calderas llenas,
patatas y nabos
y buenos tragos.»
Los que seguíamos habían entrado en la corralada de Ramón el de Rosario y Adelina y estaban ante la puerta de la casa. Quisimos pasar también, pero uno de ellos, amenazante, nos escorrió a nosotros en retirada hacia el caleyín de las Pozonas y cuando ya nos vio cuesta abajo, se dio la vuelta y desaparecieron los dos, perdidos por el intrincado callejero de Tamés. Pasamos a la carrera la corralada hasta salir por donde la entrada de la casa de Fernanda en dirección al Cuetu atraídos por los cánticos y el bullicio que de allí llegaban. Nuestros perseguidos se encontraban formando parte de un nutrido grupo de antroxos a cual más estrafalario. 
La comitiva de seguidores también creció al agregarse toda la chavalería de Tamés, el Cuetu y Coxigero que allí se había dado cita. Los antroxos cuchicheaban entre sí, tratando de ponerse de acuerdo qué camino tomar, pero sin que percibiéramos ni por asomo su identidad, tal era la habilidad que desplegaban en el cambio de voz.  
Llegados a un acuerdo en cuanto al camino que habrían de tomar, salieron dando largos saltos apoyados en sus palos. Detrás de ellos y a una distancia más que prudencial de un par de palos, los seguimos como imanes, atraídos por una fuerza entre alegría y miedo, hacia Tresierra les cantábamos aquello de, “Antroxos juera, calderas llenas, patatas y nabos y buenos tragos” que habíamos aprendido de memoria sin saber tan siquiera el porqué de la letra, y aún hoy sigue siendo un misterio para mí, nada fácil de descifrar.
La última luz del atardecer, dio paso a la penumbra, sólo rota por momentos, cuando la luna se escapaba del abrigo de alguna nube. Desde Tresierra pasamos por la Veguca de Concha a la Caleyona. Yo aproveché para entrar en mi huerto a coger un palo de avellano de junto al leñero, mientras la comitiva se detenía en la casa de Clemente y Máxima, en la Bolerina.
Junto a la Rectoral nos esperaban dos antroxos nuevos con el rostro oculto por media de cristal y la cabeza por un raído sombrero de espantapájaros que pasaron a engrosar el  grupo de mascaritos en cuanto fueron reconocidos por los que parecían dominar el cotarro. Caminaron a paso normal, lo que el mal estado de los caminos de entonces lo permitían, sin espavientos ni palos, cogido uno del brazo del otro, eso sí, moviendo ambos con gracia y salero sus voluminosos traseros repletos de cojines de paja. Los más atrevidos les propinaban distraídos palos en el mullido equipaje de popa que, cuando se volvían aquéllos, molestos para protestar, esquivaban la mirada, por lo que, en más de una ocasión, las culpas recaían sobre los que íbamos a la zaga más tranquilos. Prosiguió la marcha por la Piniella abajo hasta el Rosal y Vega de los Romeros antes de subir hasta Pedrujerrín.
No dejaban casa atrás en la que no llamasen mas, en algunas, les aguardaba la dueña para invitarles a pasar, y el último en entrar, nos cerraba el cuarterón contra nuestras narices. Según fuese la familiaridad y el trato con que les acogiesen, nos aportaba alguna pista para conocer la identidad de alguno de los antroxos. Pegábamos la oreja a la vieja madera y mirábamos por las rendijas, cual "paparachis" a la caza de un sabroso reportaje, pues solían quitarse las máscaras para probar los buñuelos de calabaza o las rosquillas de anís que les brindaban. En algunas casas, las menos, salían con lo que quedaba en la tartera para nosotros que esperábamos al frío, pero sólo nos dejaban el olor y el azúcar aceitoso en el culo de la tartera.
Así recorrimos, incansables, los barrios de la Concha, Ribaz, Jou Cubil, Calvu, Vallanu, Sabugosa, la Covaya, don Diego, la Campa, Ropandiellu, el Colláu, la Bolera, el Cotaxu y Picu la Concha. Allí en medio de la carretera se detuvo la comitiva discutiendo si ir hasta Corisco, por el cueto de las Cerezales, pero, algunos ya cansados y otros con el disfraz en ruinoso estado, votaron por cerrar la vuelta donde se había iniciado.
Las trémulas luces de las casas, vistas desde el Cotaxu, daban a la noche un ambiente misterioso. Los perros se hablaban desde todos los barrios con sus ladridos de porcelana. Otro grupo comenzaba el recorrido con cántico monocorde:
Antroxu juera,
calderas llenas,
patatas y nabos
y buenos tragos.»
Corrimos hasta donde procedían las voces y nos encontramos con un nuevo grupo de antroxos, peor encarados que iban escorridos por mozos mayores. Las horas habían pasado raudas y era la hora prometida de regresar a casa los más pequeños.
Por las Castañares un camión dio vista a la recta de la Viña y con sus potentes faros proyectó dos jinetes encapotados sobre la pared de la escuela. Alguien dio el aviso en voz queda y el grupo carnavalesco se esfumó por los caminos.
 La luna cómplice carnavalesca se desprendió de su capa de nubes y mostró la vacía bolera  a la vez que cubrió de plata la charca de junto al lavadero..
Se callaron los perros, se bajaron las aldabas, se cerraron los cuarterones, se encendieron las candelas y quedó como dormida la aldea.

domingo, 19 de enero de 2014

18.- La vida en el monte


(II/3)

"En el monte comíamos miruéndanos, arbellátanos, maguyas, moras y de todo cuanto pillábamos. El sitio de Valdespadañas está en una llosa atravesada por un riachuelo de aguas cristalinas que mana allí mismo, al lado de la finca. Además de la cabaña, había una cuerre para las ovejas y una cuadra para las vacas. Tanto la cabaña nuestra como las de los animales, se mantenían limpias barriéndolas con escobas de terenos.
El suelo de la cabaña tenía el piso de barro endurecido y alisado por el uso y cuando se estropeaba se reparaba con un pegote de barro fresco. En aquel riachuelo nos aseábamos, lavábamos la ropa, y disponíamos del agua suficiente para abrevar los animales y la preparación de la comida. En el monte había muchas culebras y raro era el día que no nos tropezásemos con alguna, hecha un rueñu, tomando el sol sobre una camada de argaña. Jugábamos, en cambio, con los alagüezos que terminaban por agradecer estoicamente nuestras caricias y cerraban sus párpados, lo que nosotras interpretábamos que sería por cariño. Aparecían bajo los pequeños gurullos de hierba donde buscaban calor y humedad y escapaban al esparcer la hierba al sol.

Pero donde yo me sentía más feliz era en el sitio de La Raíz. Desde el Asomu se tiene una vista increíble de Llanes, Parres y otros pueblos. Curiosamente, la línea azulada del mar parecía elevarse a medida que subíamos.
Adorábamos al abuelo y con él lo pasábamos muy bien. A mí me gustaba aquel orden de vida que él traía, todo a su tiempo, todo en su punto. Era más complaciente con nosotras que nadie.

Mi hermana y yo teníamos unos vestidos de “Vichy” que mi madre nos había confeccionado a mano con sobrepuestos, todo ello sacado de una tela que había comprado en “El Siglo”. Los habíamos estrenado un año por la fiesta de Santa Marina. Mi abuelo los lavaba y los tendía de un espino blanco al sol. Arrimaba un cascote de teja a la lumbre y, cuando ya estaba suficientemente caliente, lo envolvía en un paño para plancharlos sobre el banco cubierto con la manta del catre; en tanto enfriaba, dejaba otro calentando cerca del llar para usarlo después. En La Raíz había muchas avellanales y, a principios de agosto, comíamos los frutos aún en leche, como forma de entretener el hambre.
Bajábamos del monte coloradas, por el sol y el aire de las alturas. De aquélla se consideraba un signo de buena salud y lujo, si a la vez se tenía el flequillo bien cortado y el calzado sano y limpio. Me habían comprado en “La Sirena” unos zapatos algo abundantes, porque estaba en edad de crecer y me tuvieron que ajustar las punteras con relleno de algodón para evitar perderlos en la primera zancada que diese. Cumplido el año, me quedaban a medida y comenzaba realmente a disfrutarlos. Al tercer año, me estaban escasos y comenzaban a molestarme. No era aún el momento de que pasasen a mi hermana, casi nuevos, del poco uso que yo les había dado y entonces les recortaban las punteras para que asomaran por ellas los dedos con lo que se prolongaba un año más su vida para mi uso. De cualquier forma, siempre quedaban para mi hermana, unos años más joven que yo, por lo que la pobre, con aquel sistema de aprovechamiento, nunca llegaba a estrenar unos propios. A ella, en cambio, le habían confeccionado un abrigo gris con el género que sacaron de una manta que habían dejado los soldados de la guerra en la casa de mis abuelos que habían requisado las tropas "nacionales" cuando tomaron el pueblo, como hicieron con otras muchas más en septiembre de 1937. Entonces, mis abuelos con mi madre y mis tíos se fueron al resguardo de la cueva de Taravirón, que daba una de sus bocas a una de las fincas que teníamos en propiedad en el cuetu de Las Cerezales. En ella nació una tía mía y, cuando pudieron regresar a la casa, porque las tropas ya la habían abandonado en su avance hacia la Tornería, se encontraron con unas mantas, olvidadas o abandonadas por dejar atrás en ellas, bien acomodadas una buena carga de pulgas y piojos.
Como bien dice el refrán que el que guarda halla, aquellas mantas servirían, un par de décadas después, para hacer de una de ellas el abrigo gris de mi hermana.
En el monte jugábamos mucho a lo que se nos ocurría; como era, por ejemplo, dar patadas a la tierra seca. Así fue que un día descubrimos un montón de balas abandonadas. Desconociendo el peligro que suponían, jugábamos con ellas y las pinábamos en filas sobre una losa de piedra, como si se tratase de un batallón de soldados. Mucha gente se dedicaba a buscar metralla por el monte y por el pueblo, para venderla a los chatarreros, pero las balas, obuses y armas debían ser entregadas en el cuartel.

Había varias covachas algo apartadas de la cabaña por las que nos metíamos a explorar. Jugábamos a que eran nuestras casas y las limpiábamos de piedra y tierra, tanto, que fue como un día encontramos en una de ellas aquellos huesos de que ya conté con anterioridad."  
        Un día de Santa Marina, en la campera, después de finalizados los actos de la mañana.La abuela Gaudiosa con sus hijos: Quini, Antonio, Argentina, Rosa; mi madre, Margarita, con el tambor y Pepe, el benjamín de los ocho hermanos. Faltan en la foto Alicia y Santos, los dos primeros.