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lunes, 12 de octubre de 2015

107.- Último curso del Bachiller

Un curso más en las aulas del instituto, el último para completar el Bachiller Sperior, condición exigida para acceder según el Plan de 1967 a las Escuelas de Magisterio, que era la meta que me había propuesto ya hacía un año, en la que me ratifiqué por los ánimos que al respecto me dio mi amigo Armando Romano Gutiérrez. Ese curso, 1968/69, él iniciaba el primer curso de Magisterio en la Escuela Normal de Oviedo y, en los períodos de vacaciones que coincidíamos por Llanes, me hablaba largo y tendido tanto de las asignaturas como del ambiente de estudios en la capital.   En septiembre, más o menos con el inicio del sexto curso, cumplí los veinte años. Me sentía mayor con respecto al resto de compañeros, aunque no era el único, pues muchos que habían pasado por las mismas circunstancias que las mías habían iniciado estudios, ya cumplidos los dieciséis, en tanto que la mayor parte del alumnado entraba con once como se podía observar en las infantiles filas de los primeros cursos. Por otra parte, en el curso de preparación universitaria conocido entonces como Preu, había quien me superaba en edad, con lo que yo solo me consolaba, pues la entrada en la mayoría de edad se hacía cumplidos los veintiuno. Para las cuestiones laborales bastaba con cumplir catorce y en posesión del certificado de estudios primarios, se podía acceder a un puesto de trabajo tanto en la mina como en cualquier oficina privada o pública. Justo cuando se acababan los ochos años de escolarización, la casi totalidad de mis compañeros de escuela se había enrolados en la marina mercante unos, otros de albañiles, de camareros, de mecánicos, de carpinteros, algunos también en la emigración a Europa que así se decía por parecernos lejana y que no nos incluía, por cuestiones del aislamiento tras la guerra y el régimen que nos atenazó y que en ese momento sus aceradas garras empezaban a flaquearle.  

Dirigía el claustro de profesores del Instituto, D. Rodrigo Grossi que además impartía las clases de Literatura en alguno de las aulas de sexto, que no la mía. En aquel curso tres nuevas figuras se añadieron al elenco de mis profesores, de los que como del resto aproveché las particularidades que me parecieron positivas, obviando las negativas en el supuesto que las hubiese que ya no recuerdo, porque solemos guardar en paño fino las experiencias buenas en tanto que se oscurece y borra por completo de nuestra memoria las malas. Eran estos profesores apreciados por mí tanto por el trato que nos daban como por el carisma de docentes que demostraron en su asignatura, Teófilo Rodríguez Neira, para la Filosofía; Andrés Álvarez Posada para la Física y Venancio en Literatura del cual no soy a recordar los apellidos.  Del primero aprendí no tanto los conceptos filosóficos y de la Historia del conocimiento, como de la forma de enseñar. Hubiera tenido dificultad para escucharle desde el fondo de la clase donde me correspondió sentarme ese curso, si no fuera por el silencio que se producía en el aula desde que entraba cargado con su maletín de piel y varios libros en la otra mano, y el tono bajo de voz, a veces imperceptible, que usaba. Ya el primer día, la ilusión con que nos explicó la etimología del título del libro que teníamos delante, comenzó a labrar en una zona aún sin cultivar de nuestro cerebro ocupado esencialmente por dogmas de fe y gobierno, descubriendo en cada uno de nosotros al pequeño filósofo que llevábamos dentro. Estas clases originaron no pocas discusiones dialécticas entre los compañeros que nos juntábamos para estudiar durante los recreos y en las horas libres por ausencia de algún profesor, yendo y viniendo todo lo largo del paseo San Pedro. D. Teófilo en ocasiones caminaba entre las filas de nuestros pupitres, explicando la lección como lo habían hecho los peripatéticos del viejo Liceo de Atenas, o nos leía en los párrafos más significativos de su lectura, con los que acrecentaba nuestro gusto por la materia. Siempre lo recordé leyendo y sus gestos los haría míos por parecerme positivos tanto para la marcha de la clase como para la formación de mis propios alumnos en la lectura y en la dialéctica.  Con todo este nuevo contenido filosófico, en las clases de D. Manuel Llanes Amor, echábamos un pulso entre la  razón y la fe. Los resultados, por supuesto, no siempre quedaban claros, tal era la inercia con que la religión caminaba por delante y enseñaba que el indispensable requisito para acceder a la primera comunión era el estar en posesión del uso de razón, don que recibíamos con tan sólo cumplir los siete años, pero a pesar de ello, se nos quería guiar hacia el conocimiento exclusivamente por los senderos de la fe, gracia divina, a la que todo el mundo tenía acceso con tal de ser creyente. Evidentemente estas premisas no nos encajaban con los recursos lógicos aprendidos en las clases de Filosofía y suscitaban frecuentes discusiones en las clases del bueno y paciente D. Manuel, quien defendía su tesis con las argumentaciones que le era permitido dar como sacerdote. Aparte de este momento en clase de dura tensión dialéctica, nuestro cura fue una persona cercana a las gentes de la parroquia a la que servía con su ministerio y en sus homilías no escamoteaba tratar también de los temas mundanos, reflexiva y razonadamente. Pienso si se sentía más confiado en su púlpito donde intentaba conciliar las creencias religiosas con las luchas obreras de las Cuencas donde había ejercido en los primeros años de su sacerdocio que en cátedra del instituto, donde estaba más expuesto a la vigilancia del sistema. Yo que lo conocía  primero como feligrés, también como alumno y al final de su tiempo como amigo, puedo decir que era una persona consecuente, íntegra y digna de recordar, como aquí hago. Don Teófilo y D. Manuel, pues, eran dos polos opuestos que, lejos de anularse como dos cargas eléctricas, el arco voltaico entre ellos originado, sirvió para encauzar nuestra forma de ver el mundo al que había que salir una vez abandonado el cascarón. D. Venancio, profesor de Literatura, nos daría todavía otro enfoque, el de la poesía, con lo que tendríamos ya una visión tridimensional del mundo. Un nuevo ojo para andar por la vida, el camino de la belleza; no de la belleza escénica ni escultórica sino la que poseen las cosas más pequeñas e insignificantes, enaltecidas en los textos de don Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca a los que encaminé mis lecturas, tras el comentario en clase de uno de los poemas más trágicos del granadino que es “El llanto por la muerte de Sánchez Mejías”.<<Alma ausente>>:No te conoce el toro ni la higuera, ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce el niño ni la tarde porque te has muerto para siempre. (…) Así fue como alunicé en la parte oculta de la luna, la cara más oscura de nuestra reciente historia de la que, en los libros de texto únicamente se reseñaba a bombo y platillo las gloriosas hazañas bélicas de quien nos gobernaba ad libitum, suyo, con mano férrea y por la gracia de su propio dios. Aparte de las dimensiones cognitiva, religiosa y estética, la cuarta, la del medio físico que nos materializa, nos la mostró D. Andrés con sus amenas clases de Física, que solía adornar magistralmente con el rico anecdotario que tenía dispuesto y que no era sino producto de su vasta experiencia como docente. Hace un tiempo ya cuando sintonizaba en el dial de la radio, el programa “La buena tarde” de la RPA, me llevé la gran sorpresa de escuchar al filósofo en una corta colaboración de quince minutos, los martes. De inmediato, bajo esta misma publicación en mi blog, hice este comentario al que añadí: “Su voz sigue tan suave y tierna, como de algodón e irradia la misma tranquilidad que entonces, la de mi apreciado profesor de Filosofía, D. Teófilo Rodríguez Neira.  Al martes siguiente, cuál sería mi sorpresa cuando la presentadora pregunta por los recuerdos que tiene de su paso por el instituto de Llanes y él responde con la lectura del comentario final que sobre él había yo incluido la semana anterior.  

martes, 14 de abril de 2015

93.- De vuelta a la cantera


En la empresa donde estaba, continuaron con el pago ya obsoleto de las dieciocho pesetas por hora e incluso, nos pedían que trabajásemos diez horas. A la oficialidad, me imagino, esto no les afectaba lo más mínimo, puesto que solían trabajar por ajuste a metros cuadrados realizados, bien sea para la colocación de ladrillo, embaste o planta de hormigón extendida. Para los peones no había incentivo por parte de la empresa, si bien algunos albañiles, por el bien de ellos, ofrecían algún emolumento, en razón con lo que ellos sacasen al final de semana. El peón, todo hay que decirlo, en general, estaba esclavizado por el patrón y también por el oficial, aunque había de todo como en botica. Dije que el sueldo era obsoleto, pues como ya conté, en la cantera, pagaban a cinco duros la hora y lo mismo ganaban en la nueva empresa “Feigón”, instalada en el campillín que limitaba al oeste con el paseo Posada Herrera. Pedían peones y muchos de mis compañeros emigraron a ella en cuanto se inició la edificación de “Santa María de Ordás”.
Cuántas veces no habría usado el sendero que lo cruzaba para ir y venir del Instituto, sorteando en bicicleta a los demás alumnos y profesores que por él pasaban. En aquellos años de que escribo, las calles del extrarradio de la villa se diferenciaban en poco de las pistas que ahora se hacen para las concentraciones parcelarias de cualquier lugar. Tanto el parque como el campo aquel era lugar de encuentro durante los recreos, en las entradas o en las salidas de las clases. También recuerdo del lugar la instalación de la carpa de los circos que llegaban a Llanes. Esta operación requería de fuertes brazos sincronizados. Siempre me produjeron lástima las gentes de los circos. Se afanaban en tener todo dispuesto para la función de la tarde, con sus buzos azules en cuyo peto figuraba el nombre de la empresa circense. Por las noches, sus caras desaparecían bajo la nívea sonrisa de un payaso, bajo la expresión heroica de un apuesto trapecista que recogía en una arriesgada cabriola las manos de su compañera, o en la expresión valiente del domador de fieras que chasqueaba el látigo en el aire para controlar las teatrales intenciones del león ya tan en el papel como el mismo domador. También me daban pena las supuestas fieras y los demás animales que ya habían renunciado a la libertad. Alrededor del campo, caravanas y camiones multicolores convertían el lugar en un pequeño barrio. Al lado de las caravanas, los tendales se llenaban de prendas para secar al sol y al aire. En las ventanas colgaban tiestos con geranios y petunias que resaltaban con el complementario verdor de la campera. Los chiquillos jugaban a sus anchas y los perros les seguían como ángeles custodios. En el aire fresco de primavera se diluían los sones surgidos de un transistor a pilas con las voces que daban los que montaban el toldo de la carpa.
Los circenses, tanto como los llamados comediantes que llegaban a los pueblos para actuar durante unos días, traían con ellos la nostalgia de su región. A los niños se les ocupaba en pequeñas tareas y jugaban con nosotros para ganar así nuestra amistad por unos días. En la foto de mi primera comunión hay un niño de traje negro, hijo de “Los comediantes” que por aquellos días habían aparcado el carromato de toldo junto a la fuente El Cañu y se quedaban en la Casa Concejo donde montaban el escenario para las actuaciones de las noches. El espectáculo era bien sencillo: una obra de teatro con los descansos entre actos que aprovechaban para llevar a cabo las rifas con las que suplementar la exigua caja de la venta de entradas. Envidiábamos en ellos la libertad de vida que llevaban yendo de pueblo en pueblo, eso nos parecía a nosotros, sin más obligaciones que la de subsistir día a día, que no es poco, aprendiendo la geografía fuera de un aula y sin otro libro que la propia experiencia. En mi recuerdo se pierde ya el destello de la mirada azul de una niña que recogía la fresca agua de la fuente en un cántaro de barro. Los chiquillos de la escuela se afanaban por mostrarle de lo que eran capaces en bruscos alardes para ganarse su admiración, unos saltando los muros que cierran la bolera por lo más alto y arriesgado que cabía, otros lanzando piedras “raxas” que eran capaces de llegarlas silbando hasta dar en el chopo que se erguía junto a la cuneta en La Viña. Yo creí lograrlo subido a una bicicleta de poco más de un palmo de altura, contorsionado para pedalear por entre las culas de la bolera.
A veces, las decisiones más sencillas pueden dar origen a importantes sucesos en nuestras vidas. Ocurrió que por aquella, mi padre, que había quitado de en medio las tareas más perentorias de la temporada, tuvo la opción de volver a trabajar con Manolo Amieva. A mí, que no me apetecía seguir trabajando con el exiguo sueldo que me volvían a dar en donde estaba, opté por el cambio y entré a formar parte de la cuadrilla en la que estaba mi padre, mi tío Ramón y Ángel Sordo, los mismos que la habíamos formado en la Vega la Portilla. El trabajo consistía en hacer unas zapatas para los cuatro pies de una columna del tendido eléctrico que pasaría la ría desde La Tejerina en San Antón hasta otra que se levantaría justamente al lado del bar La Marina, en el barrio de la Moría. Después de hechas las dos columnas, debíamos abrir una zanja desde la última columna por la orilla izquierda de las calles por la que pasaba, siguiendo las murallas del Cercáu, las del palacio de los Estrada y la torre cuadrada, a salir junto a los edificios de las SEDE, enfrente del “Rocamar”, paralela al parque, Santa María de Ordás que estaba en construcción y atravesar la calle enfrente del Colegio Divina Pastora, para llegar hasta el Borinquem y cruzar las vías del tren hasta la Serrería Perela en el camino a San José.
Descubrí con la zanja un gran cantidad de pequeños bufones que soplaban con el oleaje en el tramo de la Moría. Poco faltó para que me cayera todo el martillo rompedor por una oquedad que se formó de repente bajo su peso y vibraciones. Hasta mí llegaba el vaho salitroso y de algas tras aquel eructo de la mar encabritada. Al lado mismo de la acera por la que pasábamos la ronza, una casa albergaba en sus sótanos, eso me dijeron sus vecinos, una cetárea. En la acera opuesta, al lado mismo del muro que corta el mar, quedaban como muestra de la fuerza marina, los hierros retorcidos de los cimientos de hormigón armado, restos de tabiques de ladrillo y suelo embaldosado de la antigua fábrica de enlatados de la familia Llerandi, destruida por los terribles embates de las olas.
La mar, como suelen decir los marineros, en lugar de el mar, pues es sentida en femenino como madre que les da el sustento diario. Un año antes de esto que narro Creo que fue por esos años a los que dedico estos escritos, cuando un fuerte oleaje cortó como a cuchilla una roca del acantilado norte hacia el final del espigón contra la que se sujetaba la paredilla de hormigón y la dejó tumbada sobre el piso de la barra. Una pala, tiempos después, la empujó al mar. Esa misma galerna, junto a la cueva del Taleru en el paseo San Pedro, con la misma sencillez, derribó en bloque diez metros del muro y arrancó de cuajo la sólida verja que servía como balcón al acantilado, a una distancia al mar de más de veinte metros y otros tantos de altura sobre el nivel del agua. En las antiguas casas de la Moría al lado del fuerte donde ahora se exhiben dos lombardas, las olas baten con fuerza demoledora, pero en cambio, apenas logran descascarillar las paredes que, parece ser, están hechas a conciencia.

En la hora de los recreos, venían profesores y alumnos a tomar un pincho en la cafetería Rocamar, único edificio levantado en esa parte de la calle. El resto eran aún prados y huertas cultivadas y las únicas edificaciones en dirección al San Pedro, eran el Hostal México, el Asilo y las casas junto al paseo.
Hacia las once de la mañana era el momento en que tío Ramón detonaba los cartuchos de dinamita para romper las rocas con las que el martillo picador no había podido. Una de esas mañanas, bien recuerdo, me encargaba de tapar con chapas de acero las rocas donde ya estaban puestas las mechas, para evitar que saltasen los cristales de la cafetería en añicos. Los viandantes eran prevenidos con tiempo suficiente con los toques de corneta y las voces de “fuego”. Unos compañeros míos de clase que por allí pasaron nos dijeron que pusiésemos las mechas bien largas para alargar el recreo al quedar atrapados dentro del establecimiento algunos profesores suyos con los que tenían, nada más entrar, exámenes.
Un día de esos, yo me encontraba como los demás días, dentro de la zanja extrayendo a pico las piedras rotas por las explosiones, cuando dio en pasar por allí el profesor que había tenido el año anterior para Historia, el catedrático D. David Ruiz González quien al momento me reconoció y se acercó a hablar conmigo. Quiso saber la razón por la que no había seguido los estudios del Bachiller Superior y le conté mi fiasco en la convocatoria de septiembre, pero también le dije que mi idea era presentarme en junio a la reválida. A él le gustó mi actitud, pero me aconsejó que acudiese a tomar alguna clase particular para soslayar cualquier duda que tuviese y me habló de Juanjo Llamazares Martínez, que había terminado ya los estudios del PREU. Le prometí hacer eso que me decía y aquel mismo lunes, después de salir me fui a la casa de Juanjo que sabía estaba en el Cotiellu. Subí las angostas escaleras hasta que en una de las puertas escuché voces de alumnos que comentaban en alto los planteamientos de un problema y la voz clara de su profesor que les ayudaba a descubrir la solución. Golpeé con el picaporte y otra voz avisó de que abriría al momento. María Antonia, la madre del Juanjo era una mujer enérgica, sin ser severa, aunque tenía que aparentarlo para poner orden en la jauría que de todas las raleas pasaban por el aula de su hijo, mucho más blando de carácter que ella, pero el control lo basaba en su gran paciencia y bondad con todo el mundo. Ni la dura factura que le pasó de crío la enfermedad, le quitó un ápice de valentía y la fuerza que le había restado a sus piernas se la había puesto en compensación en sus brazos y manos. En la cabeza de Juanjo podían debatirse a la vez varios ejercicios de distintas materias, desde un problema de integrales a una reacción química, pasando por la traducción de un texto de Virgilio o el trazado de un problema de Geometría. Aparte de eso, al mismo tiempo y como aún le debían de quedar sobradas neuronas en descanso, reparaba los circuitos de los receptores superheterodinos sin restar atención a las cuestiones de sus alumnos.
La actuación que había tenido conmigo a pie de obra don David fue, a todas luces, una decisiva orientación educativa. En el pensamiento político, sin duda, fue para mí la excepción entre todos los que tuve con anterioridad y posterioridad que hablase en clase con claridad del periodo histórico que estábamos padeciendo, totalmente en sintonía con las charlas de mi abuelo. Ya sea por convicción o por miedo, sólo escucharía esos discursos con la entrada de la democracia salvo, claro está, en la escucha clandestina de la Radio Pirenaica. Este profesor debió de levantar ronchas en las mentes conservadoras de la villa, cuando las expuso en su primera publicación, “El movimiento obrero en Asturias”, aparecida un año después y que nos había hecho partícipes de forma abierta en sus clases de Historia.
Otro profesor que influyó decisivamente en mi recuperación como estudiante de bachiller fue D. Manuel Llanes Amor, profesor de Religión y párroco de Parres  con el que mantuve muy buena relación a pesar de los debates que teníamos en el portal de la iglesia y en las aulas. Ambos profesores de opuesta dialéctica, en el fondo no eran tan distintos: ambos defendían con vehemencia las ideas con las que estaban de acuerdo y eran estupendas personas y excelentes profesores cada uno en su materia.

domingo, 16 de noviembre de 2014

69.- Primeros profesores

 Revisando la documentación académica de estos años de bachiller, encuentro que Bartolomé Taltavull fue Director en el curso inicial 1962/63; dejó estampada su firma en mi libro de expediente académico en la diligencia de matrícula, exámenes de Ingreso y 1º a los que me presenté por libre en septiembre. Ocupaba la Secretaría D. Eduardo Peralta, además de ser el profesor de Lengua y Latín.
Para el examen de Ingreso tuve a D. Ricardo Ruiz Rabre para el aspecto lingüístico; D. Andrés Álvarez Posada en el área de Ciencias y Matemáticas y D. Manuel Llanes Amor para lo relacionado con el aspecto de la Religión, que había llegado de la parroquia de Langreo a la de Llanes como sacerdote para las parroquias de Parres y Porrúa.
Me resulta complicado desentrañar y menos expresar en estas líneas la cantidad de recuerdos que aún conservo de cada uno de los profesores con quienes estudié tantas horas de mi etapa de la adolescencia. Mucho más complicado resultaría definir las aportaciones particulares de cada uno de ellos que hayan influido, tanto en la personalidad como en la dedicación que elegí en la función docente. Intentaré plasmar aquellos recuerdos que en mí dejaron con leves pinceladas en las que se muestre la parte más humana de cada uno de ellos y con las limitaciones de mi torpe verbo.
De D. José Purón Sotres sólo lo recuerdo en el examen de primero. Me pidió que le dibujara una manzana y yo, con los nervios y las prisas que daba el corto tiempo de que disponíamos para ejecutar el dibujo a lápiz, me parecieron que los resultados se inclinaban más al parecido con una pera, al mostrársela me la jugué al todo o nada y le aclaré que había querido dibujar una mingana.



                                                                D. José Purón Sotres

Pasados tan sólo seis años desde este único encuentro con Purón, casualmente al regreso de la Escuela de Magisterio por la Calle Asturias, me fijo que en el escaparate de una tienda de muebles se anuncia en un caballete uno de sus óleos. Porque estaba cerrado, decido volver de tarde. Me quedaba de pensión en un piso de la prolongación Fray Ceferino, en el piso de Josefina la hermana de Pepín el del Bar “La Gloria”. Me quedaba lejos, pero merecía la pena si tenía la oportunidad de saludar al artista paisano de La Llavandera, en Pancar. Entré y la chica encargada del establecimiento me indicó la escalera que daba al bajo donde se ubicaba la “Sala Nogal”. Allí estaba D. José Purón leyendo. Cuando sintió que alguien bajaba, levantó la vista y contestó a mi saludo. Me presenté como antiguo alumno suyo del dibujo de 1º en el Instituto. Dejó el libro que leía sobre la silla y me siguió en el corto recorrido por la sala mientras me iba explicando los detalles más significativos de cada cuadro. De uno resaltaba la técnica de la pincelada; de otro el paisaje llanisco representado, de todos abundaba en sus recuerdos de juventud por las pomaradas y parajes de Pancar y de la Portilla que tanto le complacían. Con el trato tan amable dispensado me animó a visitar otras salas habituales por la capital. Cerca de allí visitaba periódicamente la sala “Juan Gris”, junto a la Comisaría de la Policía Nacional. Resultaba más interesante aprender del arte pictórico si a la vez tenía la ocasión de charlar con el autor a pie de obra.

En el siguiente curso, primero de mi matrícula oficial, 1963/64 tomaría las riendas de la Dirección del Centro D. Ricardo Ruiz Rabre que continuaría en el cargo hasta el curso 1966/67 cuando hizo el traslado al Instituto Alfonso IX de Oviedo y sería sustituido por D. Francisco Sanz, profesor de Griego, ocupando la Secretaría D. David Ruiz González, además de la plaza como Profesor de Historia. En mi último curso, 68/69, firma como Secretario del Instituto D. Teófilo Rodríguez Neira, profesor de Filosofía.
D. Ángel Boue, fue nuestro profesor de dibujo en tercero. Era otro artista y no lo supe hasta años después que encontré alguna referencia de su obra. Nos hacía gracia su enteca figura que a duras penas soportaba la larga gabardina que le protegía del crudo invierno. Lo recuerdo llegando al instituto en desigual lucha por su poco peso con el vendaval que se había desatado. A su paso por entre las mesas dejaba tras de sí un olor acre a nicotina que sus huesudos y amarillentos dedos delataban a las claras. En clase, como hacían algunos otros profesores, que no digo todos, fumaba y la humareda de los “Ideales” encubría otra que desde los últimos bancos del aula producían dos compañeros que apuraban a medias un “Celta”. El resquicio dejado en el cierre de la ventana hubiera servido para pasar desapercibida la fumata, pero al expeler la saliva que el tabaco les producía lo hicieron a la calle, cerca de la subida lateral por las escalinata. En los pocos segundos necesarios para la caída de un cuerpo sujeto a la Ley de Gravitación Universal, a los que se debe añadir los segundos de asombro y reacción en cualquier persona cuando comprueba indignado que lo que acaba de caer en su calva no es precisamente agua de los canalones, llegaron hasta nuestros oídos los exabruptos del afectado y añadiendo los que se tarda en subir las escalinatas de entrada, cruzar el zaguán y subir de dos en dos los peldaños hasta el segundo piso donde nos encontrábamos, fue lo que tardó en escucharse como el estruendo de un tornado que dejó en nuestra memoria la impronta de un rostro alterado; el del Sr. Plaza, enmarcado en el dintel de la puerta.
D. Ángel que no entendía en un principio la situación, acabó comprendiendo cuando le explicó con detalles desde el principio lo ocurrido al profesor de Gimnasia. Él mismo se percató de la apertura dejada en la única ventana abierta de la clase por la que, a manotazos, los dos alumnos habían intentado reconducir los últimos vestigios del humo y colilla. Sin dudarlo, para evitar que el castigo recayese en otro compañero, pues el afectado amenazó con sacar a sorteo de lista a cuatro posibles culpables si alguien no cantaba. Angelín Cue se levantó y confesó haber escupido para deshacerse de los fluidos provocados por el catarro que padecía, mientras emitía sonoros carraspeos y toses que no convencieron demasiado, pues creo recordar que le privaron de las clases varios días y la consiguiente pérdida de puntos de la cartilla de notas. Lo recuerdo con el afecto que todos sentíamos por él y por gestos como este que cuento, que lo hacían ser un buen compañero.
D. Ángel nos había mandado hacer con las pinturas “Dacs” un trabajo para después de las Navidades en el que debíamos plasmar alguna actividad del entorno. Me puse a la tarea con verdadero entusiasmo y sobre una hoja del cuaderno de dibujo representé el torso de un campesino con chaleco y barba de varios días.
Nos lo recogió en la primera clase de enero. Me llamó a la salida de la clase para decirme que le había gustado la plasticidad y el cromatismo tan en consonancia con la adusta figura de “El campesino” como así lo había yo titulado. Me comentó la posibilidad de ir a estudiar a la Academia de S. Fernando, para lo que él se preocuparía de ayudarme con la solicitud de beca y matrícula. Me pidió que lo comentase en casa, como así hice, pero el desconocimiento y la falta de medios, hizo que todo quedase en una anécdota y en un camino por el que no quise andar.