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miércoles, 4 de octubre de 2023

83.- La barra del Muelle

Cuando hubimos acabado con el desescombro de aquella casa en la Calle San Agustín que había pertenecido como bien dije a los hermanos Robredo, oriundos de Soberrón, Froilán se aventuró a mandarnos embarrotar los techos del bajo con el fin de lucirlos con argamasa. Se había puesto de moda ocultar la madera natural, por muy noble que fuera ya en castaño como en roble de los viejos edificios para imitar en la restauración el acabado de los nuevos. Nadie sospechaba que pasada la moda, se volvería a restaurar el acabado primitivo, incluso resaltando la acción de las polillas con gubias en las maderas que no las tenían. Bien es cierto que aparecieron en el mercado productos nuevos que acaban con los intrusos y permitían mantener a la vista el trabajo de los carpinteros. Había caído en desuso la cal y el yeso, generalizándose para todo el uso del cemento gris mezclado con una arena de gran ligue de color ocre amarillento, que se servía desde su punto de extracción en la Arenera de Colombres. No obstante, también usábamos la arena sacada de las playas para hacer las aceras haciendo una mezcla medio seca con cemento que se humedecía por riego una vez nivelada en el suelo. En varias ocasiones estuvimos sacando arena en la desaparecida playa de "El Sablín" con el carro y la mula para parchear los numerosos desconchados que el temporal había dejado en la Barra del Espigón. Allí se pudo ver hasta varios años después cuando se la arregló con una capa de hormigón, las firmas que nosotros, noveles albañiles, habíamos impreso sobre la aún fresca capa de cemento y arena, mucho tiempo antes de que un artista dejase la suya en "Los cubos de la Memoria". Pues con el paso del tiempo, el sitio ganó en belleza y seguridad para los que quieren contemplar el paisaje marítimo, con la mar en calma, pues sigue siendo un punto peligroso si se encabrita y bajo todo aquel bloque de hormigón armado permanecen ocultas nuestras huellas y firmas fosilizadas.
De igual manera fueron borrados los fortines antiaéreos, vestigios de la última barbarie.
Aquel invierno se había levantado un fuerte temporal que en la costa dejó varadas montañas de ocle. Mi padre y yo fuimos en plena noche hasta La Talá con unas trencas y sendas palas de dientes con las que sacar de las cuevas del acantilado las algas. Apenas sí serían las cuatro de la madrugada y el estrellado manto del cielo y la luna crecida iluminaban el estrecho y peligroso sendero por el que debíamos bajar. A medida que nos acercábamos al pedrero, el ruido del mar y las sombras producidas por las nubes empeñadas en ocultar a ratos la luna me asustaban. Preferí subir las cargas soportando los gelatinosos rizos con aspecto de tentáculos pegados a mi cuello y brazos que permanecer por más tiempo allí bajo aquel bastión de bloques calcáreos sujetos por fuerzas impredecibles que nadie podía saber cuándo dejarían de actuar. Bajo las enormes rocas caídas del buzado techo se cobijaba una miriada de minúsculos y luminiscentes seres, cual diminutas estrellas que añadían al paisaje un toque de misterio. Quizás fuesen los efectos en mis ojos cansados por tratar de ver en las sombras de la noche. Con la retirada de las olas, tras el atronador ruido de cantos rodados sentía cerrarse las charnelas de los mejillones y los artejos de las pequeñas sapas que corrían a esconderse.
Cuando fue amaneciendo, en uno de los descansos que hicimos, me dediqué a contemplar aquel nicho de vida lleno de erizos, percebes, llámpares, bígaros, estrellas de mar y variedad de actinias que movían sus múltiples brazos sedosos al compás del agua que las lamía.
Era domingo. Mi amigo Fonsi y otros amigos suyos llegaron cuando nosotros nos marchábamos con la idea de sacarle unos duros al mar. Mi padre y yo seleccionábamos las algas y las adecuadas para la venta, las tendimos a que les diera el sol por el prado. Varios días después, cuando estuvieron secas, las llevé con el carro y el caballo hasta el almacén que había enfrente de la playa El Sablín, donde las recogía Antonio Maya Conde. Se pagaban a diez pesetas el kilogramo, si estaban bien escogidas.
De la barra del muelle, pasamos al otro lado, junto al viejo cuartel de la Guardia Civil. Era un local que había formado parte de la desaparecida empresa "SADI". Concretamente, esta vez nos tocó destruir los depósitos donde se fermentaba la leche con el cuajo para obtener la cuajada que acabaría siendo aquellos ricos quesos de bola, envueltos de parafina roja, especialidad traída de los Países Bajos por su dueño, conocido en Llanes, por el patronímico, Holandés.
Me viene al recuerdo alguna anécdota que no es muy prudente contar aquí, por el asco que sentimos todos los peones que intervenimos en la demolición de las paredillas de ladrillo machetón, de solidez y peso parecido al macizo, al que debió sustituir, pero ya con dos o tres agujeros, no lo sé exactamente. Precisamente en esos canalillos aún conservaban restos del suero fosilizado que al ser rotos a golpes de maza nos salpicábamos los unos a los otros y del olor que se desenterró allí nadie se libró de sentir las más compulsivas arcadas que para algunos se convirtieron en vómito.
Cuando no hubo más que hacer en aquellos garajes, por no mandarnos para casa, Froilán nos encargó partir para la cocina de leña, los restos de madera vieja que tenía en la plazoleta al lado de su almacén de materiales, donde guardaba la mula y el carro, en la calle El Llegar.
Aquella edificación dentro de las murallas de la Villa, que se pueden ver desde allí, guardaba en los arcos de puerta y ventanales los últimos vestigios de su antigua nobleza.
Hacia el año mil novecientos veintitantos, Francisco Saro había instalado en ella una desnatadora de leche surtida por los ganaderos de los pueblos y aldeas, con la ventaja de que, tras un tiempo de espera, volvían con el suero extraído que aprovechaban para la alimentación de sus cerdos de engorde.
Llegado el sábado, a la hora de cobrar como era habitual nos reuníamos todos los obreros en el bar de Pepe el de "Los Arcos", junto a la farmacia de Mariano Buj. Cuando fue mi turno de recoger el sobre con el dinero, Froilán me dijo que el lunes tendría que asistir  como peón nuevo albañil que tenía en plantilla, a Luis, mejor conocido por el apodo "El Madrileño". 
Con Luis recorrí nuevos tejados de los ya conocidos anteriormente con mi oficial y amigo Fernando Baranda y al poco tiempo marchamos los dos para La Carúa, propiedad de una prima carnal de mi padre, Consuelo González Romano, de Calvu, que había emigrado con su hijo Ramón Sánchez González a Suiza.
Luis trabajaba los fines de semana como acomodador en el "Cinemar", lo que en más de una ocasión me permitió bajar del "Gallinero" a las butacas de "Patio" desde donde parecía que uno se metía en la misma escena.
Y de la Carúa nos fuimos a reparar el tejado, los baños y la cocina del chalé que había en una finca al lado del Instituto, donde también yo tenía que ayudar a "Tanis", hojalatero y fontanero que trabajaba en un taller que tenía justo en la entrada desde el puente a la calle El Llegar, con la terraja y la sierra de cortar los tubos de zinc para el agua. 
En ese edificio vivió el secretario primero que tuvo el instituto, don Eduardo Peralta, profesor de latín. El primer director fue Bartolomé Taltavull. Ambos nombres figuran en los documentos que conservo del instituto. 
Había una curiosidad referida a este edificio. Lo atendía la dueña del chalet en el que yo había iniciado mi experiencia por las obras. Había mucha ignorancia alimentada por la mismas creencias religiosas de la época sobre apariciones y fantasmas y que se usaban también para meternos miedo a los pequeños para que nos portásemos bien: que si viene el coco como no seas bueno; lo mismo con el hombre del saco y el Sacahuntos, cuando no el mismo diablo bajo la imagen de santa Marina que hizo dar la vuelta al más valiente pastor que de noche osaba por allí pasar o la paloma que salía del cuerpo de alguna persona fallecida. 

Había muchos otros hábitos del mismo catálogo que los castigos morales y físicos usados en las escuelas y colegios. El objetivo era tener bajo el control a la población desde la más tierna infancia. 
El caso es que se llegó a hablar del fantasma del "ubre", que así le decíamos quienes ya habíamos escuchado en las clases de francés, en lugar del Louvre, por broma. Parece ser que alguien vestido de fantasma salía de noche del huerto con el objetivo de evitar la compra o demolición del edificio. El estallido de la especulación inmobiliaria se había producido en Llanes. 


domingo, 13 de septiembre de 2015

105.- El espíritu de los viejos caminos

El trayecto, desde Parres a Llanes, había aumentado desde los 3 km. a los 3,7 km a causa del desvío hecho en la bajada de Las Castañares por el puente construido entre los cuetos de Carcobiu y Resielles, sobre la nueva carretera bajo la que se soterró el antiguo Camino Real y a la que, sin ningún conocimiento de causa, todos dimos en llamarla autopista, por la diferencia con la N.634 que desde La Arquera se desviaba por Llanes en sentido Oviedo.
El nuevo trazado abierto a mediados de los 60, entre La Arquera y Llovio, supondría, en principio, una considerable ventaja para el transporte con vehículos "longos" y, de alto tonelaje, que comenzaban a llegar con creciente frecuencia, portando enormes vigas y piezas especiales de las siderúrgicas de Avilés a Bilbao y viceversa. Más que un cuello de botella se diría mejor que en Llanes evitarían el angosto y sinuoso tirabuzón entre El Puente y El Casino, con los atascos consiguientes y el deterioro y retirada de más de una balconada.
Muchos negocios, abiertos a pie de carretera, derivados de la alimentación, de la hostelería y de la mecánica del automóvil, fueron los más perjudicados con la apertura de los nuevos viales. Con la previa ampliación del tramo Unquera-La Arquera, llevada a cabo a finales de la anterior década de los 50, sólo le había afectado, en cierto sentido, al pueblo de Pendueles que quedó apartado de la circulación de los cada vez mayores camiones y el aumento en general del tráfico rodado, pero se benefició, por otra parte, de la tranquilidad con el nuevo trazado. En cambio, el siguiente tramo La Arquera-Llovio desfavorecería al comercio de Llanes, Posada y Nueva por citar las villas de mayor población.
En términos de Parres, los materiales de "La autopista" sepultaron bajo ella el viejo Camino Real que daba acceso a las tierras de cultivo de pequeñas vegas como El Matu, Valladal y Llagu y con él un pequeño humilladero que conocí bajo el amparo de un centenario roble, justo cuando el camino se encontraba con el que, desde Pancar, se accedía a las fincas de dichas vegas y a los molinos de La Vega y Las Mestas y el paso hasta Bolao.
Con la apertura de la caja a su paso sobre la carretera de Parres, se transformó para siempre el paisaje circundante. En los años que duraron los trabajos, nos desplazábamos por ella hasta la Arquera o hasta Celorio. Cuando parecían terminarse todos los trabajos, una máquina abrió una profunda zanja paralela al arcén del sur, con el fin de recoger las escorrentías e impedir el paso de animales y humanos a la nueva calzada que también fue vallada. Para ir hasta algunas fincas había que desviarse hasta el puente de Resielles por fuertes subidas que los animales de tiro trepaban con dificultad cuando llevaban carga y había que andar otro tanto al otro lado de la pista, en casi un kilómetro de más. La gente se obstinaba en rehabilitar los viejos vados rellenando con piedras y tierra, pero volvían a ser profundizados aún más por la maquinaria de la obra y sólo cuando les colocaron las vallas metálicas se resignó a perder los viejos caminos.
Pero el espíritu de la vieja carretera de Las Castañares tardaría en borrarse del todo y los peatones, poco convencidos en hacer el recorrido suplementario con la fuerte pendiente añadida, continuamos cruzando las vallas metálicas. Camino del instituto, pasábamos la bicicleta en vilo sobre la zanja y las dos vallas metálicas. Los más fuertes y de myor edad ayudábamos a los más pequeños, algunos apenas cumplidos los diez años, cuyo peso era en algunos casos inferior al conjunto de bicicleta y maletu atado al porta bultos.
No había demasiada circulación y el cruce lo hacíamos en un tramo recto de la nueva carretera, por lo que no recuerdo haber tenido algún percance. En cambio, al regreso, bien por tener las pendientes más a nuestro favor, o bien por seguir la charla con los amigos que iban para Porrúa, usábamos el puente y en él echábamos "la arrancadera" sentados sobre los sillines y apoyados sobre las barandillas, bajo la metálica mirada del Toru Resielles, emblema de un tiempo abocado al progreso con las "Torrot" y "Mobilette" que algunos ya comenzaban a usar para desplazarse.
Echaba de menos los años anteriores, sin aquel trastorno de la pista, de atrás en los que, subido en mi "BH" al pie de casa, bajaba hasta la Piniella, y me plantaba en La Viña sin usar los pedales. Con cuatro pedaladas que daba para tomar en la bajada de Las Castañares la inercia suficiente, atravesaba La Arena y Llagu. Con un poco de esfuerzo más superaba la Concha de Jaces y llegaba hasta la cantera de Collamera. A continuación, la bajada de Calderón que impulsaba para pasar por delante de El Retiro hasta el Paso a nivel si la barrera estaba en alto, me permitía llegar hasta el barrio donde vivía mi pariente y compañera Merche de la Fuente Noriega, hija de Pepe de la Fuente y Gloria Noriega Romano, la casa de Pedro Sobrino, La zapatería de Ramón y Rosalía, la de Andrés Núñez y Lolina de la Vega, la pequeña plazoleta donde vivía la familia que atendía “El Pasu”: Eva, Angelina, Lito, Mª José Díaz Romano. En la misma esquina la familia de Ricardo Sánchez Noriega, “Rico”, y a la derecha, la bolera de la vieja Escuela de Pancar, con los críos jugando antes de entrar a su aula. Venía después una pequeña bajada en curva y la casa de Eca y José Enrique Sotres Hano, a la derecha; enfrente, la casa de Pedro Cerezo González, primo de mi padre, y la de mi amiga y también compañera, Conchi Quintana. Otra vez a la derecha, la de Tono Martín, la de Bielu y Maribel, la de Clara, Ramón y Marisa. Después al final del llano, el taller de Pedrito Sobrino, “Cagata” y la casa de Pancho Martín, el guitarrista; abajo, en un pequeño taller, Los herreros de Pancar, padre e hijos, José Antonio, Chus y Manolín, ayudando y aprendiendo el oficio que les uniría en empresa familiar años después y la vieja serrería y molino. Subía junto a la casa de Ramón Noriega, el del “Jornu”, mi compañero inseparable por las obras y su mujer Teresa, oriunda de Buelna. Un repecho hasta donde estaba el bar y tienda de “Las Delicias”. Un pequeño rellano, la casa de Santos "El Chaparru" y entraba en el barrio de La Carúa, la fuente, la huerta de "El Gallo", algo de bajada hasta la capilla de la Salud y en la subida bordeada de plátano, echaba los últimos resuellos hasta encumbrar los Altares y deslizarme con la brisa del Carrocedo, por delante de la Cocina Económica, bordear en toda la pendiente la bajada de Cagalín hasta llegar a la casa de Celedonio Torres. Terminado el asfalto, quedaba la calle que iba del Cotiellu, donde se daban cita los lecheros y abastecían a este sector de la villa a los vecinos que acudían con sus recipientes, la olorosa “Panadería Muñiz”, el Almacén de Antonio Alonso, la huerta y cuadra de la familia Vega Escandón, la Estación, “La Gloria” de Alfredo, Josefina y Pepín, “Bedón” y el paseo Posada Herrera. Recuperaba el aliento si veía caminar con parsimonia a los chicos de la villa, o las filas de alumnas del Colegio Divina Pastora hacia el Instituto.
Las gentes con las que me tropezaba en el recorrido, eran mi reloj de arena, cuando me fallaba el de pulsera. Es increíble la cantidad de personas que pasan por nuestra vida y cómo quedan grabadas con sus particulares gestos, su voz, su forma de vestir, andar y sus tareas más comunes, su sonrisa, enfado y muchos más detalles.
Tenía yo bien aprendido el trayecto diario al instituto. Cierro los ojos y lo veo igual. A pesar de los desvíos nuevos y las rotondas, sigue existiendo en la memoria, el espíritu de los viejos caminos que hollamos con nuestros pies calzados en botas y zapatos de piel y goma, y los que antes nuestros mayores sufrían con las suelas de esparto y la loneta de lino de sus alpargatas. Hoy, desaparecido el viejo puente se yergue uno nuevo más flexible y razonable que recobra el trayecto primitivo en el paso por Las Castañares con el que se gana mayor inercia, pero ya no hay edad para andar en tales pruebas de esas, ni el mayor tránsito de vehículos las permitirían. Tampoco me atrevo a repetir lo que para mí había sido toda una hazaña que comento.
Había aprendido a montar sobre el manillar y guiar la bicicleta pedaleando hacia atrás, de mi amigo y compañero de instituto, Ángel Borbolla, vecino de San Roque, que fue al primero que vi hacer tal equilibrio, en el campo de la Encarnación y aledaños del centro. Poco a poco, fui agrandando el trayecto así cabalgando sobre el manillar e incluso sujeto al sillín. Sólo necesitaba que alguien me avisase con tiempo si veía venir un vehículo y entonces me apartaba y paraba. Así llegué a hacer trayectos cada vez más largos entre los Altares y las Castañares, siempre seguido por mis habituales compañeros, Luis Antonio, Carlitos, Ana, Marta, Marisol, Loli... en el trayecto de regreso de las clases.

lunes, 5 de enero de 2015

79.- Aprendiz de mason

Se acercaban las fechas de los exámenes de la Reválida. Había repasado prácticamente todos los ejercicios y problemas propuestos en convocatorias precedentes para el Grupo de Ciencias que venían recogidos en una publicación, como también los tenían los otros dos grupos de asignaturas, las de Letras y las de Ciencias Sociales.
Me presenté al examen con entera tranquilidad y los problemas del Álgebra no presentaron dificultad alguna. Esta vez el muro insoslayable estaría en la parte de la Geometría con un famoso teorema que en el segundo curso no había comprendido, ni pedido al profesor que nos lo volviera a explicar, por cobardía seguramente. Si al menos me compensara la media con la prueba de Física y Química en las que realicé todos los ejercicios en los que Mª Rosa de la Hera había insistido todo el curso, pero como ya dije, cada asignatura era independiente del resto, aunque fuesen del mismo grupo.
Creí haber dado al traste con la continuidad en mis estudios de bachiller y de los posteriores. La gatera por la que uno se podía colar para cambiar de modo de vida se me había cerrado delante de mis narices. Al otro lado de aquella alta tapia se encontraba un mundo aparentemente más atractivo.
          No obstante mi amor propio, me olvidé poco a poco del fracaso que suponía aquel bache en mis estudios y acabé aceptándolo. Analizado pocos años después, me di cuenta del valor que tuvo para mí las experiencias positivas que me proporcionaron aquellos fallos académicos. Me entristecía perder la ocasión que me había brindado el esfuerzo de mis padres y las expectativas del resto de la familia que habían depositado en mí. Sé que todos deseaban para mí lo que a ellos, por circunstancias que les había tocado en suerte vivir, se les había negado: escapar del trabajo mal considerado y peor pagado. Qué mejor herencia que los estudios, me decían, para dejarte y no les faltaría razón alguna.
          Por los pueblos hasta donde mi corto conocimiento alcanzaba, me sonaban nombres de constructores, algunos de ellos con varios obreros fijos y otros que de forma individual como albañiles precisaban de un peón.
           Lo hablé en casa. Hicimos un repaso de todos los posibles en la zona y de cierto prestigio: Celedonio Torre de Llanes; Froilán García y Pedro Tudela de Cue; Mone Núñez y Juan Sotres de la Jorcada de Pancar y León Fervienza de San Roque. Había otros más en la construcción de los nuevos edificios de pisos en Llanes, pero no eran aún conocidos para nosotros. Como peón particular de albañil podía preguntarle a Manuel Amieva Romano de Poo, Baranda de Pancar, Pelayo de Cue. Otra posibilidad era entrar en la Serrería José Perela, junto a la Estación de Llanes, en la que trabajaban un grupo de vecinos de Parres. Había también disponible otros oficios, que no los del ladrillo, que no dejaban de ilusionarme, como los pintores Arriarán de la Portilla; el oficio de carpintería con Baranda de Cue, Pando de la Galguera o Pedro Sobrino en Pancar, carpinteros de obra; y como no, el de fontanería y calefacción con Tanis o Antolín Cuevas, de Llanes que llevaban los trabajos en los nuevos pisos. La construcción en cualquiera de sus modalidades me atraía singularmente por encima de otros oficios.
         Ya veremos lo que encontramos, me dijo padre que prometió indagar entre sus conocidos. Los resultados no se dejaron esperar. Aquel mismo martes habló con Froilán García de Cue con el que tenía amistad desde que nos había construido la cuadra cuando yo tenía doce años. Sabía que estaría a la caída de la tarde en su particular despacho, una mesa en el Bar de los Arcos, desde el que distribuía las tareas del día siguiente, entre porrón y porrón. Froilán era una persona afable, de hablar pausado a la vez que con mucha sorna, pero nada falso. Eso lo pude comprobar tiempo después, pues mi padre, seguramente elogiando mi disposición física al trabajo en el campo logró que me admitiera en la plantilla de obreros diseminados por varias de sus obras. El jornal que cobraría iba a depender de la disposición con que me viese en el trabajo a lo largo de aquellos cuatro días de prueba.
         Al día siguiente, miércoles, justo el día de mi santo, me tenía que presentar en el chalet, el único de la zona, cerca del Instituto, pues el resto de edificaciones que hay a su alrededor son de varios pisos y no se habían construido, por aquellos años.
         Aquella noche, creo que me quedé dormido mientras soñaba con ser albañil como los que conocía y a los que admiraba sinceramente.
         Me levanté temprano y ayudé como siempre a mi padre en la cuadra. Desayuné y me fui a la obra en bicicleta, más alegre que unas castañuelas. Colgado del hombro llevaba la bolsa con la comida del mediodía, una fiambrera con una tortilla de patatas, un chorizo frito y una botella de las de medio litro, con leche y café y un chusco de pan que compré yo mismo al panadero de “Las Delicias” en la Carúa, al pasar por allí.  Colgada del alma llevaba la ilusión de sentirme mayor y útil a mis padres, de encontrar nuevos amigos y de aprender el oficio de la construcción. Era un recurso de vida que comenzaba a ofrecer enormes expectativas. Fue el mejor regalo por el santo que hasta ese momento había recibido y con toda seguridad el más imperecedero de mi memoria.
           Para las ocho de la mañana ya habíamos llegado todos los obreros delante del edificio en construcción. Ferruchu de Cue, Tomé, Tolino y Tato de Parres, todos llegados en bicicleta como yo.
           De mano, me sentí perdido como pez fuera del agua, pues no sabía cómo ayudar ni en qué. Todos los demás tenían asumidos sus roles: Ferruchu y Tomé se subieron a los andamios de la fachada que cargaban de cemento; Ramón y Fernando arrancaron la hormigonera y prepararon la masa que llevaron en pesadas calderetas de hierro, andamio arriba por el que trepaban como gatos hasta vaciarlas en las maseras de madera de los albañiles. Yo contribuí a palear la arena hasta la boca de la hormigonera pero desconocía las proporciones de arena y cemento y tampoco sabía descifrarlo como ellos por el color y la textura que prácticamente, al final de todo, era lo que primaba. Una vez subida al andamio, serían los albañiles los que darían la aprobación o caso contrario, podía retornar abajo de una patada, masera y pasta, más rápido que había subido, sobre todo, si no estaba bien cribada, nos gritaban con bastante mala sorna:
           _“Pinche, a ver si cribas el agua”.
           La verdad que en aquel tiempo, no sé ahora, el oficial era toda una autoridad dentro de la obra al que los peones no osaban contravenir y pobres del que lo hiciera. Había que saber dar con el punto de la masa, como hacen los cocineros, para que no saltase por los aires con todo y caldereta después de echar los hígados en subirla a hombros por los andamios. No obstante, salvados los primeros días, en que te dedicaban las más pesadas bromas, si lograbas encajar en su personalidad, tenías asegurada la felicidad en el trabajo. 
           Como era costumbre entre soldados o estudiantes, los albañiles no se andaban a la zaga. Podían hacerte arrastrar con un saco cuyo contenido desconocías totalmente. Sólo sabías que allí iba la máquina de enderechar tablones, de extremada fragilidad que te hacía cuidar de no chocarla con las esquinas. Al final, comprobabas consternado que con tal mimo habías transportado un pesado trozo de hierro que se usaba, colgado de una cuerda, como campana para comienzo y final de la jornada. 
           Otro día, olvidada la anterior broma de mal gusto, te pedían la escuadra de vueltas o el nivel de rincones que no sospechabas fueran otras de sus acostumbradas bromas a los novatos de turno. Acababa uno por reírse como ellos de sí mismo, pues tenía su gracia. Ya habría ocasión de pasar la broma al primero que llegase.
          Un poco más tarde, llegó andando Fernando Baranda, de Pancar, el oficial de más rango, la veteranía tenía su grado, a quien las riñas del jefe nunca llegaban ni hacían mella. Salió por la estrecha lucera al tejado para continuar colocando la teja, ataviado con unos pantalones de azul Mahón, una camisa a cuadros arremangada, y blandiendo su inseparable paleta catalana. En el bolsillo trasero, esgrimía el doble metro de carpintero en llamativo color limón.
            ─Pasta, ─ pidió, sin dirigirse a nadie en concreto. 
          Yo, que me encontraba cribando la pila de arena para las siguientes masas, con el ronroneo de la hormigonera, no escuché la llegada del “Man”, que así llamaban al jefe en las obras, vocablo tomado de la Xíriga, jerigonza de los tamargos llaniscos, montado en su “Lambreta”. 
           Me indicó que me pusiera al servicio del albañil subido al tejado. 
           Así fue el comienzo de una nueva etapa de mi aprendizaje.