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sábado, 8 de noviembre de 2014

67.- La bicicleta

En 2º tuvimos a Mª Teresa Carriles en las clases de Lengua y su forma de enseñar y su dulce voz nunca salida de tono hizo que me atrajera especialmente esta disciplina desde entonces. Años después, estando de profesor en Panes, me enteré de que pasaba temporadas en Narganes y allí fui a saludarla.
No recuerdo ya la fecha, pero fue al final del segundo curso, primer año de asistencia al centro, cuando logré tener la primera bicicleta. Era una BH negra de barra y frenos de varillas que fui a buscar al taller de José Ramón “El Moli” en el barrio del Cotiellu. Con ella los trayectos se me hicieron más cortos y se ampliaron considerablemente los límites geográficos de mi entorno.
Las 1.275 ptas que costó supusieron, a buen seguro, un desajuste en la economía familiar si pensamos que mi padre ganaba entonces alrededor de las cien pesetas diarias de jornal, habría de estar dos semanas completas trabajando ciento cuarenta horas. Antes de guardarla en el estregal de la casa, la limpiaba con un paño sin dejar ni la menor mota de barro en los radios. Era el mejor regalo que en mi vida me habían hecho. Por eso todo, en el comienzo del nuevo curso, el mayor terror mío era dejarla al alcance de cualquiera que pasase. Los primeros días la dejaba debajo de los cobertizos que tenía la Escuela Graduada de Llanes, por detrás junto al campo abierto que rodeaba el instituto.
Eso sí, desde las ventanas de mi aula, la vigilaba. Le echaba alguna mirada en los cambios de clase o cuando me levantaba por algún motivo del pupitre. Pronto, pasada la primera semana, encontré un sitio totalmente seguro para el resto de mi estancia en el centro. Mi prima Tere, venía desde la Pereda en una motocicleta y como conocía a mucha gente de llevarles la leche a casa, tenía amistad con el dueño de la vecina fábrica de dulce. Agustín Rozas, dueño y artesano de la misma, le daba permiso para dejarla en el patio cerrado con una portilla. Fue por mediación de ella que me dieran también permiso a mí para dejar dentro la bicicleta; al poco tiempo, acabaron por dar permiso a los demás compañeros que venían de Parres y Porrúa.
Los tres kilómetros de carretera que une Parres con Llanes, en aquellos años dejaba mucho que desear. Una vez o dos al año el caminero, Graciano de la Pereda, limpiaba las cunetas y arreglaba los baches con las herramientas manuales más comunes. Aunque la circulación no era muy abundante, pronto se volvía a llenar de numerosos baches que se iban agrandando hasta unirse unos con otros. Bajar a Llanes era fácil, salvando el caso de algunos repechos sin importancia y la subida de Los Altares. Aprovechando el impulso de la bajada de Las Castañares, se podía rebasar bien a gusto la primera curva de Jaces e incluso podía llegar hasta el portón de la Huerta de Arturo con viento de espalda. Al regreso teníamos la cuesta de la Cocina Económica, la del Retiro y la de Navariegu. En el desvío de la carretera de las Cruces, nos despedíamos de Loli, Otero y demás compañeros de Porrúa antes de iniciar como remate la subida a Las Castañares, verdadero Angliru de nuestro recorrido. En la fuente del Cañu, me separaba del grupo en el que iban Luis Antonio, Ana, Carlitos, mi prima Marta y su prima Mari Sol; acometía en solitario la subida de La Piniella antes de llegar a mi barrio de la Caleyona. Venía casi todos los días a esperarme junto a la Rectoral la gata guiada por el timbre de la bicicleta que solía tocar en el trayecto del camino.
Después me seguía mimosa maullando porque sabía que comería conmigo. Aquella gata me seguía muchas veces cuando iba a llevar las vacas a pastar, en un paseo bastante largo. En una ocasión que en el Campu “El Diablu” nos tropezamos con un perro, trepó por uno de los nogales que hacían linde en una finca próxima al camino. Yo seguí preocupado por ella todo el camino hasta los Carriles y cuando hube encerrado las vacas en el prado regresé a todo correr hasta donde la había dejado. El perro ya no estaba y ella me esperaba abrazada con miedo, como un niño, a una de las ramas.
La llamé y se descolgó. Me siguió saltando de piedra en piedra para no ensuciar en las pozas de cotrina su suave piel atigrada.
Lo dificultoso para los ciclistas, eran los días de lluvia; prácticamente todo el tiempo que dura el curso. Primeramente, iba enfundado en un traje de aguas, rígido con el que aparentaba un viajero del espacio más que un estudiante. Además de ofrecer gran resistencia al viento, aquel traje me impedía pedalear con gusto y, a pesar suyo, llegaba a las clases empapado del sudor por la nula transpiración que adolecía. Os aseguro que prefería llegar mojado que vestido de esa guisa, pero embutido en él me libraba de que, a causa de los numerosos charcos imposible de sortear, me salpicase con el guardabarros delantero las perneras de los pantalones.
Carmen Rosa de la Hera, nuestra profesora de Matemáticas en tercero y Ciencias en cuarto, fue para mí el modelo de enseñante por excelencia. Era exigente, pero tenía buen método y explicaba muy bien los temas. Siempre tenía a punto alguna regla, algún recurso didáctico, para facilitarnos la memorización de las reglas de formulación de la Química. No se puede decir que fuese absolutamente estricta en sus exigencias, porque llegado el caso, sabía atender individualmente a quienes se trabasen en el aprendizaje. Valoraba, casi desmedidamente, la pulcritud y claridad del cuaderno de clase. Atendiendo a sus explicaciones y llevando la tarea, no había ninguna complicación en su asignatura, ni abusaba de los exámenes como medio coercitivo para que la estudiáramos. En sus clases escuché por primera vez los nombres científicos de algunas especies animales y vegetales que aún sigo recordando. Me infundió antes el gusto por las Ciencias Naturales y posteriormente en mi docencia en cuanto a la forma de dar el contenido de esta disciplina. En diversas salidas de campo nos llevó a observar el entorno en busca de plantas que aprendimos a reconocer ayudados por una guía de clasificación Linneana. Formaba pequeños grupos para que discutiéramos entre nosotros los resultados observados en las muestras tomadas una vez llegados al aula o laboratorio.
Usábamos con frecuencia el microscopio para estudiar los restos de algún insecto encontrados en cualquier rincón de la clase o una gota de agua tomada de una infusión de hierbas secas. Vorticelas, hidras de agua dulce y otros seres que veíamos en ella, las pasábamos a dibujo sobre papel vegetal y las pegábamos como ilustración en el cuaderno de la asignatura. En una de esas salidas de campo, bajamos por los acantilados de La Talá en marea baja para recoger mejillones, bígaros, lapas y algas de todo tipo. En otra de las salidas nos llevó hasta la playa del Sablón donde, con el fuerte oleaje y marejada habidos, la mar se había llevado la arena y quedaban las rocas libres tomando la hermosa playa un aspecto desolador. El sol cegador de la mañana sembró ante el asombro nuestro, áureos reflejos en las rocas descubiertas.
Son minerales de sulfuro de hierro, conocidos como piritas, ─nos dijo─, y si os fijáis bien, cristalizan en el sistema cúbico, vulgarmente conocidas como “el oro de los locos”.
Por nuestra cuenta, aprovechando algún recreo y tiempo libre, revisábamos las inmediaciones de la cueva El Taleru donde había abundantes fósiles junto a restos de metralla del buque “Cervera” que, una vez en poder de las tropas nacionales durante la guerra civil, asolaba con sus cañones la costa y el interior de la comarca.
Esta enseñanza de campo nos indujo inquietud por descubrir e investigar a la vez que hacía mucho más amena su asignatura.
Una mañana fría y lluviosa de invierno, llegué completamente empapado a clase. En las aulas y en los pasillos del centro había instalados radiadores de hierro por los que circulaba el agua caliente proveniente de la caldera de carbón que Ramonín, el bedel, se encargaba de mantener a temperatura. Carmen Rosa me pidió que dejase los libros en el pupitre y que me fuese a sentar junto a uno de aquellos radiadores hasta que se secase mi pantalón. Jamás olvidaré aquel detalle suyo.
No me gustó tanto que nos pusiese como ejemplo de sufridos alumnos a los que veníamos de lejos luchando con las inclemencias del tiempo, aunque tuviese toda la razón del mundo. Había otros, que aunque llegados en los autocares de Mento, venían de pueblos más lejanos en los que tenían que caminar bastante y madrugar para cogerlos.
Una tarde que le tocaba guardia, como me vio llegar a lo lejos en mi bicicleta, me esperó antes de cerrar la puerta. Llegaba unos cinco minutos tarde. Cuando llegué a casa para comer me encontré una nota en la mesa de la cocina junto al carpanchu cargado y cubierto por un pequeño mantel a cuadros. Debía llevar la comida a mi padre y comer con él. Até el cesto en el porta bultos de la bicicleta y emprendí el viaje por los caminos de las Cruces a Las Nieves y Camplengu donde me esperaba. Si la carretera era mala, huelga decir cómo eran los caminos. Tuve que sacar la cadena que se había quedado atorado entre la catalina y el guardacadena, al rozar contra uno de los ribazos. Nos sentamos un poco apartados de la carretera para despachar con tranquilidad el cocido, la tortilla y el botellón de leche con café azucarado. Era martes y por ella circulaba la gente que regresaba de la plaza en dirección a Porrúa. Un chiquillo se dejaba arrastrar de la mano de su abuela, absorto en contemplar a todo detalle las dos bicicletas aparcadas sobre el pedal al pie del camino. Una de ellas, era mi reluciente bicicleta negra.
Cuando acabamos de comer, seguimos juntos hasta La Paz y yo tiré en dirección al Instituto. Las filas de entrada ya estaban dentro y la profesora de guardia estaba con su cuaderno de notas en el alto de la escalinata a punto de cerrar la entrada. Aceleré cuanto pude dar a los pedales y guardé la bicicleta en el huerto de la fábrica de dulce. No me dio tiempo a explicarle a la profesora, el conjunto de circunstancias ocurridas de lo agitado que llegaba. Sólo le mostré mis manos llenas de la grasa de la cadena.
Al recibir el cuaderno de notas trimestrales, observé que había registrado aquella falta de puntualidad y explicaba así como no dando mucho crédito a mis mudas explicaciones: “Dice llegar tarde a causa de la cadena de la bicicleta”. 

miércoles, 2 de julio de 2014

51.- Barbaché, "El hombre foca"

Casi perdido en la neblina de mis años mozos, guardo un suceso que tuvo lugar en el parque de Porrúa, por la fiesta del Rosario, que se celebraba en el tardío, el primer domingo de octubre. Habíamos acudido mi amigo Ramón y yo por la tarde, a eso de las cinco, al tiempo que las avellaneras montaban su quiosco ambulante. No más de una docena de críos corrían a esconderse tras los arces del recinto circular.
Antes de proseguir con la narración, por el respeto que siento por mis lectores, y también por curarme en salud de no ser creído, diré que este suceso, con el paso del tiempo, a mí también me llegó a parecer una fábula de poca o ninguna credibilidad y, según lo iba narrando, confesaba mi propia duda. Parezca realidad o fábula, quiero compartirlo.
Habíamos llegado al pueblo y, como por el parque no veíamos más que chiquillos, acordamos andar los lugares del pueblo en los que solía concentrarse la mocedad: la bolera y los tres bares, “El Pizá”, “La Guaira” y “El Cuatro”, que en el pueblo había. Desde la terraza de éste último establecimiento, escuchamos grandes voces en El Parque y a él regresamos para ver qué ocurría. Sin llegar al final de la cuesta que baja de la carretera al recinto festivo, supimos del origen de aquellas voces.
Un hombre de mediana edad, complexión atlética, tez y cabello moreno, animaba con fuerte voz a cuantos pudieran oírle que acudieran a ver la actuación del sin par Barbaché, “El hombre foca” como a sí mismo se definía.
Había tomado una de las sillas de madera plegables que se usaban en los puestos de sidra que iban por las romerías. Tras armarla, la elevó por encima de su cabeza como pluma y la dejó al fin apoyada en equilibrio sobre una de las patas sobre el callo que tenía en la punta de su barbilla. Tuvo aplausos por parte del público infantil, menos exigente que el adulto que para entonces había empezado a llegar de los caminos radiales que abocan al parque, con aire poco expectante. Pero la función sólo había hecho más que empezar.
Acto seguido, invitó a que alguno de los chavales que se habían acercado, se animara a subirse en la silla, a la que le hizo una esmerada inspección para comprobar que las tablas y los ensamblajes estaban en perfectas condiciones.
Logró convencer a uno de los muchachos y tras aconsejarle que no se soltase de la silla ni que sintiese miedo alguno, los izó, muchacho y silla, hasta dejarla como la vez anterior en equilibrio sobre su prominente y encallecido mentón. Ante el asombro de los que allí estábamos, abrió en cruz los brazos para más ostentación de su arte circense. Los aplausos se intensificaron y con ellos también la afluencia del público.
La función continuó. Pidió a unos mozalbetes que le trajeran algún objeto más pesado. No tardaron en sacarle del interior de una cuadra cercana que allí había, una de las ruedas del carro de vacas, de radios de madera de roble, calabaza de acacia y ancha banda de grueso acero. Con la misma facilidad que en el anterior ejercicio la subió sobre el mentón y la mantuvo en equilibrio con los brazos en cruz. La expectante mirada de los que allí estábamos era en sí misma otro espectáculo, por lo que no reparé en los aplausos ni creo que hicieran maldita la falta. Después de tomarse una cerveza en el puesto de sidra “Parres”, servida por “Catanga”, mozo camarero que ayudaba al dueño en las romerías, volvió a pedirles a los mozos que le hacía falta algo aún de mayor peso. Pienso que, heridos en su amor propio, sacaron de una cuneta un brengoso poste que habían dejado los obreros de la “Electra Bedón”, al ser sustituido por uno nuevo, de la línea del suministro al pueblo.  Entre cuatro se lo dejaron allí tirado, entre muchas risas y comedias, dando por sentado que con aquel palo habrían de desbaratar la actuación.
Como si tal cosa, Barbaché,  lo enderezó al cielo levantándolo entre los brazos y el pecho hasta depositarlo sobre el firme mentón. Después lo dejó caer con la misma soltura y elegancia que las veces precedentes.
Nadie podía dar crédito a lo que acababa de ver y, pensando que con esta demostración ponía punto final al espectáculo, todo el mundo aplaudió a rabiar.
Tras un corto tiempo que aprovechó para respirar, rogó por favor a los chavales que  le trajeran algo más pesado.
Se pusieron de acuerdo en un instante y volvieron al tendejón de la cercana cuadra, de donde regresaron tirando de una máquina de arar que allí se guardaba.
Para quienes no conozcan tal máquina, les diré que existen varios modelos de distinto peso, pero aquélla no era de las más ligeras y como todas, con añadido peligro de las reyeras que cortan el tapín y los paletones que voltean la secha, a lo que se añaden las dos ruedas y el eje central, todo en hierro macizo.
Aquel hombre, con la misma soltura con que manejó las anteriores cosas, sin demostrar un esfuerzo extraordinario, la sostuvo sobre las callosa barbilla, apoyada por la maneta principal con la que se maneja el aladro.
El día siguiente de este acontecimiento en que fui a ver a mis abuelos, se lo conté con el mismo lujo de detalles que aquí empleo. Mi abuelo a quien nunca le vi fabular me dio una explicación al caso y me habló de la posibilidad de aplicar sin que nos diéramos cuenta una hipnosis colectiva. No sabría decir ahora si vivido por él o escuchándolo decir a alguien, me contó que un feriante había hecho ver al público congregado cómo una gallina llevaba en el pico un poste de la luz, pero que en realidad no podía ser otra cosa que una hierba seca.
No obstante mis dudas, el tal personaje existió. Mi amigo y yo nos quedamos apartados, algo más alejados que el resto, con el inconfesable objetivo de evitar echar moneda en la boina cuando al final de su actuación lógicamente, esperábamos que pasara para cobrar justamente por su actuación. Años más tarde, hablando del caso con la gente, me dieron fe de su actuación en dos sitios: en Panes, junto a “El Comportu” y en Parres, junto a “El Fresnu”.
Pero lo que rubrica con más fuerza la fidelidad de mi narración es el comentario que uno de mis lectores del blog me hace, más o menos con estas palabras:
1.- “El personaje parece mítico; es cierto, pero existió realmente. También anduvo por León y Castilla. Yo lo vi en el Bierzo, y en San Justo, un pueblo cercano a Astorga.
Era además un tipo alto, flaco y desgarbado, sin ningún aspecto de forzudo. Julio Llamazares tiene un cuento en su libro "Escenas de cine mudo", titulado "El mundo en la barbilla", en el que relata cómo se encontró la furgoneta de Barbache, abandonada en un pueblo de Soria. En su libro cuenta el trágico final de este hombre increíble, final que, como comprenderás, no debemos desvelar”.
En un segundo comentario, después de mi respuesta dándole las gracias, me añadió más datos dignos de compartir aquí, con su permiso:
2.- “No exageras nada en lo que cuentas de ese hombre extraordinario, yo le vi sostener en la barbilla pesos mayores, que no podía subir sólo y tenían que acercárselos entre dos o tres paisanos. En el número de la escalera, después colgó arriba una silla con un hombre sentado. La primera vez lo vi en Almagarinos, en el Bierzo, estaba con mi abuelo que pesaba unos 130 kilos y quiso sostenerlo también sobre la silla, mi abuelo rehusó. La segunda vez lo vi en mi pueblo, San Justo de la Vega, con alardes parecidos. ¡Había pasado el tiempo pero me reconoció como el niño que iba con aquel hombre tan fuerte!...
Tu descripción creo que coincide bastante con mis recuerdos. Tengo el vicio de las caras, del rostro, la gestualidad, la expresión no verbal. Diría que era un gascón, barbilla prominente, desde luego, nariz afilada y aguileña, además de las otras características que hemos apuntado. Julio Llamazares en su obra dice que era francés.
Visitaré tus páginas, en algunas ya entré. Y gracias a ti de nuevo por este guapo recuerdo.” R.R.P.

Confirma su existencia, una lectora del blog con este comentario que le agradezco.

3.-

(23 de abril de 2017)
Estherrible ha dejado un nuevo comentario en su entrada "51.- Barbache, "El hombre foca"": 

"Vivió sus últimos años en Sant Feliu de Guíxols (Girona), en una cabaña en el bosque. Cuando bajaba al pueblo, ya muy mayor, haraposo, sucio y me atrevería a decir que la mayoría de veces algo bebido, levantaba sillas, vallas de seguridad y lo que hiciese falta al grito de "Otro número!...". Los niños le amábamos (tengo 40 años). Se hacía llamar Barbacoa. Al final le acogieron las monjas del hospital del pueblo y allí acabó. Cuenta la leyenda que era un artista de circo y no se sabe por qué lo dejó. Siempre había querido saber más de él. Muchas gracias!"

4.- whitefalcon_64

Su nombre real era Casimiro Pascual Cruañas. Habia nacido en la calle Trafalgar de Sant Feliu de Guixols (Girona), vecino de mi padre. Despues de unas décadas fuera de la población, regresó a mediados de los 70 (yo debia tener 10-12 años).Se hacía llamar BARBACHÉ-BARBACOA "el hombre foca", y se ganaba la vida con sus
números circenses en los descansos de partidos de fútbol, verbenas u otros eventos locales. Solía explicar que habia estado ingresado en un hospital de Oviedo, y su compañero de habitación fué Mario César Jacquet, un futbolista sudamericano del Real Oviedo a principios de los 70. Barbacoa (o Barbaché) era un enamorado del futbol y le gustaba en los descansos de los partidos del equipo local ponerse de portero y que los crios le chutáramos penalties. Cuando paraba alguno, solia decir a gritos, con voz de radio.... HA PARADO RAMALLETS, SEÑORES !!. Aqui se le tiene un grandisimo recuerdo. Era una buena persona a la que todo el pueblo apreciaba, aunque tuvo algun episodio desagradable cuando cayó en el alcoholismo. Las monjas del hospital local lo apartaron de tal adicción, hasta el final de sus días.

Gracias!
Me agrada tener tantas referencias sobre aquel personaje que, por lo que le vi hacer tan extraordinario para un chavalín que yo era, llegué a pensar que pudiera ser un sueño, o como me contaba mi abuelo cuando se lo expliqué, pudiera ser que nos hubiera hipnotizado a todos los allí presentes. Gracias por vuestros datos que vienen a corroborar lo que vieron mis ojos. 

sábado, 15 de marzo de 2014

33.- La gran nevada

Fue en el mes de marzo la que recuerdo como la mayor de las nevadas caídas en este enclave geográfico, donde la mar influye en la creación de un micro clima que lo preserva de temperaturas extremas y donde la nieve sólo ocasionalmente se acerca a la misma costa.
La siguiente gran nevada que me impactó ocurrió entre los meses de diciembre y enero del curso 1962-63 de la que ahora mismo no puedo aseverar con exactitud. Iba yo entonces al Colegio de la Arquera. De mañana, al salir de la portilla del Pandiu, se veía un extenso manto de nieve que cubría los caminos y senderos que llevaban al colegio. Ni una huella ni indicio de que alguien más la hubiese pisado, de casi la quincena de alumnos que la usábamos a diario para ir al colegio. Cuando me adentré en La Vega, una vez pasada la vía del tren, el río y el molino al que daba nombre, vi abierta una ruta sobre la capa de nieve y la seguí absorto, quizás por el destello que producían los rayos del sol y quizás también por lo insólito del paisaje. Alguien se me había adelantado. Una vez atravesada la Vega, volví atrás la vista y me percaté de las curvas y contra curvas que mi predecesor caminante había hecho y yo había seguido a tontas y a locas. En el colegio, las clases se redujeron a las más atrayentes: el dibujo, la mecanografía sin límite de tiempo y el juego del frontón en el abundante recreo. A la vuelta, Pedrín González Sobrino y yo recorrimos el ondulante sendero abierto por la mañana y me confesó que ocurrió así por no haber levantado la vista del suelo. Llegados al Cueto la Taberna tuvimos que socorrer a Josefa Abad, vecina de Cuetupuñu, que regresaba de llevar maíz a moler y había quedado atrapada entre unas rocas ocultas por la nieve.

Pero la que de verdad se reconoce como la gran nevada del siglo cayó el día 10 de marzo de 1955.
Un vecino de Parres, Lorenzo Romano Rozada, ya había subido con el ganado al sitio de su propiedad conocido como El Pradón de la Llosa Viango donde tenía la cabaña y la cuadra del ganado.
Fue tal la nieve caída que dejó cubiertas ambas edificaciones hasta los mismos tejados. En la cuadra tenía un rebaño de ovejas y las vacas del pasto. No se imaginó que iba a ser tan grande la nevada, y si lo pensó, no llegó a darle tiempo a reaccionar, antes de que todo el valle quedase cubierto por una espesa capa de nieve. El aislamiento que en aquellos años había en extremas circunstancias era total incluso para la vida en la aldea, cuanto si más para la del monte. Quien conozca el terreno y los senderos habilitados por el propio ganado para transitar de la cabaña al pueblo se dará cuenta de la dificultad de tal empresa. Con una capa tan grande de nieve, se pierden las referencias y el peligro es grande por la abundancia de profundas dolinas, torcas, que existen a lo largo del trayecto, incluso para los mismos pastores habituales.
En la aldea se corrió la voz de alarma y los vecinos se movilizaron en el acto. No había tiempo que perder. La noche se echaría pronto encima y las Cuestas que se estriban contra el Texéu estaban también cubiertas y el sendero quedaba oculto. La ruta más rápida a seguir era la que asciende por la Cuesta el Caballo tomado al pie de la misma en La Vega Quintana de la Pereda y que llega hasta el portillo de La Muezca, donde la altitud se pone en torno a los setecientos metros.
No soy a precisar la totalidad de personas que se congregaron para socorrer a Lorenzo, de los pueblos de La Pereda, Porrúa y Parres, pero debieron ser muchos los valientes y generosos héroes que expusieron su vida por la del convecino. Así los veía yo, como niño que era. Entonces no me daba cuenta perfecta del hecho pero debió de ser algo grandioso para mí por lo que me impactó y aún ahora sigue siendo toda una hazaña, por las escasez de medios que disponían. Un traje de aguas y el que no lo tenía una gabardina, guantes,  pasamontañas, gruesos calcetines de lana y las katiuscas bien forradas de hierba seca. Eso era toda la indumentaria que sospecho llevaban. Los utensilios, azada o pala para quitar la nieve, y el imprescindible palo de monte con el que saltar y a la vez tantear el camino para no dar un paso en falso y caerse al vacío.

En la foto que muestro, sacada de la página: http://www.tierraljelechu.com  donde su autor subió las dos que aquí muestro, son un testigo de la cuadrilla de abnegados voluntarios en la que podemos reconocer a: Manuel Gutiérrez Noriega, Francisco González Romano, Vitoriano Quintana Mier, Manolo Sobrino Guitérrez, Paco Gutiérrez Rodríguez con su perra "Leona", Chicho Junco Noriega, Marcos Noriega Gutiérrez, Ramón Junco Hano, Ramón Hano Fernández, Joaquín González Romano, entre los que pude recordar de los muchos que acudieron. Dejo la lista abierta para continuarla a medida que tenga más noticias de otros participantes en tan destacada intervención. Desconozco también el nombre de otros canes que con seguridad les acompañaron que no dejarían de ser parte importante en el evento.
(En la foto, "Paco el Diablu" con su perra "Leona")

La bajada, tanto del vecino como de los animales fue considerada como éxito total.
Era el día 11 de marzo de 1955. En la casa del Cotaxu le esperaban con ansias su esposa, Irundina, y sus hijos: Loles, Fifi, Fernando, Enci, Mini y la última de la extensa prole hasta aquella fecha, Noelia, que se había adelantado a nacer justamente el día 10 de marzo, inicio de la gran nevada.
Omito narrar la alegría que vivimos todos los vecinos y familiares de los citados pueblos y otros limítrofes que compartían con Lorenzo los pastos de Viango así como la familia por parte de Irundina en el pueblo de Porrúa de donde también partió otra cuadrilla de rescate.