miércoles, 29 de octubre de 2014

65.- Estudios del Bachiller

3.- Camino del Instituto
Entré al Instituto en el curso 63/64, en el segundo de su existencia. Pronto cumpliría los quince años y tenía claro que apostaba por el estudio antes que seguir otros derroteros tras la guadaña o la paleta, aunque eso no quiere decir que habría de evitarlas. Antes bien, su uso me habría de solucionar no pocas economías. La mayoría de mis amigos con esa edad ya estaban ocupados en el trabajo del campo o en el aprendizaje, en el mejor de los casos, de un oficio como mecánicos, carpinteros, albañiles o camareros. Resulta curioso, visto desde la perspectiva actual, que a los catorce años ya fuese posible trabajar y sin embargo, no era hasta los veintiuno cuando se nos otorgaba la mayoría de edad.
La apertura del Instituto en Llanes marcó un antes y un después en la vida de la juventud de la comarca. Entonces, la enseñanza secundaria estaba restringida a las rentas familiares más saneadas que permitían pagar el internado a sus hijos en la capital donde hubiera plazas para bachilleres. Para las menos pudientes, la enseñanza terminaba en la escuela y ya era extraordinario que acudieran a completarla en clases particulares o complementarias en centros como el de La Arquera. Es más y me atrevo a decir que se veía mal a un muchacho de catorce años “perdiendo el tiempo” en un pupitre y cuando podía aportar, aunque fuese a costa de ser explotado, el sobre con la paga, al apoyo de la economía familiar. Así se lo quisieron hacer ver a mi padre, pero tuve la suerte de que confiase y apostase por unos resultados que parecían tan lejanos y aún gravosos para nuestros medios dinerarios.
Por eso cuando se abrieron las puertas del Instituto y ya en pleno funcionamiento en aquel segundo curso, entrarían en tercero o cuarto algunos alumnos procedentes como dije de otros institutos. Yo, por la inocencia que en esas edades se tiene en casi todo, no dejaba de admirarlos y hasta envidiarlos cuando les escuchaba comentar la solución a problemas matemáticos o físicos que les habían puesto en un examen de los cursos superiores.
El hecho de ser estudiante, no me libraría de participar en los trabajos propios del campo y sé que esto no era algo que me hubiese ocurrido exclusivamente a mí, ni mucho menos. Por la mañana, mi padre me desperezaba cuando apenas el sol no había dado señales de aparecer y aún las sombras de la noche quedaban atrapadas por las contraventanas del pequeño cuarto. Me ponía el pantalón y bajaba en camiseta a lavarme ojos y cara como lo hacía mi padre, vieja costumbre no olvidada de su servicio militar, en el palanganero que teníamos al lado de la ventana del estregal. Era más un ritual para empezar el día que propiamente limpieza. Me servía, eso sí, para arrancar dolorosamente el último sueño que quería mantener atrapado, por bello, y enfrentarme a la diríase, exagerando, cruel realidad. Acabado de vestir, me calzaba las viejas chirucas que apenas aguantarían las inclemencias del próximo invierno. En su caja nueva me aguardaba el nuevo par que pondría para ir a clase.
Mientras mi padre cebaba con hierba al ganado, y apartaba las boñigas hasta el riego, yo me esforzaba en aparejar el burro que se obstinaba en hacer las cosas a su manera si no le daba una pequeña panoja que mi padre guardaba para las vacas de leche. Pensaba que así, con la panoja acrecentaría sus flacas fuerzas y me ayudase a tirar más del carro camino de la finca. Los caminos hacia el prado eran sinuosos, llenos de charcos, baches y piedras sueltas. Las ruedas del viejo carro eran de llantas de hierro con lo que al menor obstáculo hacía que el pobre burro llevara una sacudida que lo mandaba contra los bardales. Había que pasar dos intensas pendientes por las que padre y yo, no es que tuviéramos que ayudar con el peso del carro, sino que incluso habíamos de mover al renco rocín que tan poca energía se gastaba. Mi padre, pasado lo peor del trayecto se nos adelantaba con la guadaña y el gachapu y me quedaba solo a cargo de la conducción, lo que os juro me hacía sentirme bien por la confianza que en mí depositaba. Era imposible entrar en la finca por la inclinación insalvable para el medio de tiro de que disponíamos. Entonces, mi tarea consistía en atropar el verde y cargarlo a brazados en el sábanu y cargar con él a cuestas amarrarlo hasta depositarlo en el carro. Había aprendido a hacerlo sin ayuda y para ello me tumbaba bajo la carga aprovechando la altura sobre una roca. Cuatro cargas eran las que llevaba el carro y otra más, de la que se encargaba mi padre ayudado por mí que montaba encima de todo el verde y que servía, junto con los cordeles, para evitar perderlo en el regreso con tanta trancada y espinos que bordeaban los caminos. La vuelta no era ni mucho menos liviana a pesar de las bajadas. Si en la ida de vacío había que empujar el carro, en la vuelta cada uno tenía que sujetar una vara del carro para que el peso no diese con el burro en el suelo. Mi padre se ocupaba de la vara derecha cercana a la manija del freno y yo de la izquierda a la vez que dirigía al asno por el lugar correcto del camino, tirando de la cabezada. No sé hoy de quién sentiría más pena si contemplase tal escena, si del pobre animal al que se le mandaba más de los que sus fuerzas le permitían, si del rapaz o si del padre al que aún le esperaban otras diez horas de jornal.
Aparcado el carro al pie de cuadra y desaparejado el rocín, me lavaba como podía para ponerme la ropa y las botas para ir a clase. Mi madre ya tenía preparado el desayuno: un buen plato de patatas fritas con huevo y chorizo que aún quedaba de los que se conservaban en latas metidos en unto desde el matacíu con un tazón de leche recién ordeñada, cumplían satisfactoriamente al mantenimiento de mis fuerzas. Mi padre cogía la vieja “Orbea” y se marchaba hasta La Talá donde le esperaban para ser atendidas otras cuarenta vacas. Yo cogía el maletu y me marchaba andando los tres kilómetros hasta Llanes. Bajaba a la carrera el caleyón de la Magdalena y ya en Las Castañares podía ver si por Llagu adelante iban los demás compañeros y aceleraba el paso por ir de ellos acompañado. En aquel primer año, compartiría camino con los hermanos Luis Antonio y Ana Sobrino González y Carlitos Díaz de los que guardo no pocos gratos recuerdos. Nos metíamos por un atajo, por los senderos que desde H.aces nos llevaban por la ería de Pancar a su salida a la Carúa. Por hacer más corto el camino si llevábamos retraso, nos aventurábamos por el túnel, pues no era horario de salida de trenes. A veces escuchábamos el ruido de las máquinas haciendo maniobras y entonces rodeábamos la huerta del Palacio de Los Altares.
La entrada era a las nueve y la salida para comer a la una de la tarde. De nuevo el camino hasta casa con la pereza del calor del mediodía y la subida Las Castañares y el Caleyón de la Magdalena. Media hora después había que volver de nuevo a recorrer los tres kilómetros y otros tres de regreso por la tarde. Aquellos doce kilómetros diarios nos mantenían la línea estética, pero yo tenía, además del recorrido del amanecer, otras tareas. Algunas días madre después de hacer la comida al ritmo de la cocina de leña únicamente nos acercaba la comida a padre y a mí hasta la finca que llevábamos en la Paz o hasta las mismas fincas de la Talá donde trabajaba de criado padre y a donde yo acudía al salir a la una del instituto. Mi padre segaba antes de comer el verde que crecía en terrenos comunales al lado del acantilado y de los caminos. Después de comer lo cargábamos en el carro y madre regresaba con ello sola hasta casa. Era entonces cuando yo corría de vuelta al instituto para aprovechar el poco tiempo que quedaba para la entrada y relacionarme con mis compañeros que usaban el comedor del centro.
Otros compañeros, de pueblos más lejanos y que no podían permitirse el lujo de pagar el comedor, abrían sus friamberas, tranquilamente sentados en el campo de la Encarnación o en el paseo de San Pedro si el tiempo lo permitía.
Por la tarde, nada más regresar a casa, solía ir a buscar las vacas al pasto y ayudaba a madre en el ordeño, la limpieza y la ceba del ganado. Me ponía con las tareas que me duraban hasta la hora de la cena cuando padre regresaba del trabajo.
Aquellos años de bachiller, a pesar de todo, me resultaron cortos y agradables porque me daba perfecta cuenta de que era un privilegiado si podía asistir a las clases y atender a tantos conocimientos nuevos con los que me asombraba y que me pagaban con creces mi gran esfuerzo.


lunes, 13 de octubre de 2014

64.- Cambio decisivo

RECUERDOS DEL INSTITUTO (I)

1.- Las obras

En un Consejo de Ministros de un jueves de primeros de año, se establece la creación del Instituto. Las obras no tardan en dar comienzo bajo la dirección y ejecución de la empresa Toriello, con tal alarde de rapidez que permitieron el inicio de las clases para el próximo curso 62/63. Aunque parezca insólito, “los contratistas de obra tuvieron sus inconvenientes para completar la plantilla de obreros fijos, por corresponder las fechas con la marcha a las tejeras y el comienzo de las labores del campo y otros trabajos”.
Fue en la mañana del 26 de noviembre de 1962 cuando tuvo lugar la inauguración del Instituto Nacional de Enseñanza Media en Llanes, pero de esas cosas me entero ahora que estoy leyendo en el volumen II: “Llanes , siglo XX”, donde se resumen los acontecimientos reflejados en este semanario en el período que va desde 1951 a 2000.
Mientras tanto, yo voy a la Arquera, desde el cursillo de agosto hasta junio de 1963. Un mes de inactividad académica y en agosto continúo, pero esta vez, ya en la clase Comercial con el hermano Pedro. No me creerá nadie si digo que el hecho de subir ese escalón fue para mí poco menos que alcanzar la cima del Everest. Allí en ese cursillo de apenas un mes entré en contacto con nuevas disciplinas como el Álgebra que suponía para mí una nueva forma de calcular bastante más sosegada con la que, mira por dónde, podía ya calcular el número de palomas que componía la bandada con la que se encontró el gavilán.
El enunciado era así de enrevesado: “Un gavilán le pregunta a la guía de una bandada de palomas por el número de sus integrantes a lo que le contesta ésta:
─Si se nos unieran la mitad más de las que somos y tú, seríamos en total un ciento”
El gavilán debió quedarse bastante rato cavilando la solución por la cuenta de la vieya con lo que, cuando se dio cuenta, la presa había desaparecido.
Además, escuché por primera vez la lengua de Voltaire. Aquellos nuevos fonemas me parecían del todo difíciles de emitir, sobremanera en lo concerniente al uso del fonema /r/, ¡con lo que me había costado de pequeño discernir entre /caro/ y /carro/ o entre /pero/ y /perro/!
Un día, a pie del puesto de materiales y regalices, aún no se me olvidó, aquel buen hermano me habló del Instituto y de las posibilidades que abría para quienes estudiásemos el Bachillerato. Me explicó con todo detalle los cursos que lo conformaban y prometió enterarse para el lunes, de las fechas de exámenes de Ingreso.
Yo estaba deseando llegar a casa y explicarles a mis padres el proyecto que me había dibujado el hermano Pedro.

2.- La Matrícula y el Ingreso

No hubo falta de mucha reflexión. Acordaron que podía empezar a tramitar la matrícula de Ingreso. Así es como el 22 de agosto de 1963 me abrió en ventanilla Blanca, la secretaria administrativa, el Libro de Calificación Escolar, donde tuve que firmar como alumno y pagar las tasas académicas que quedaron reflejadas por un timbre móvil pegado en la hoja correspondiente del citado libro. El examen sería a los pocos días.
El día 7 de septiembre de 1963, víspera de la Guía figura como fecha de haber pasado con suficiencia la prueba de Ingreso, requisito imprescindible para iniciar estudios de bachillerato. La prueba era ante un tribunal formado por D. Andrés en lo que respecta a conocimientos de ciencias y matemáticas; D. Manuel exclusivamente para el tema de la Religión y D. Ricardo, el nuevo director que había sustituido a Bartolomé Taltavull, para las nociones de Gramática y Ortografía.
Las pruebas duraron toda la mañana. Estábamos esperando en la misma aula hasta ser llamados por el tribunal. Las preguntas eran elegidas por orden según la asignatura, de una batería de ellas, por lo que escuchar las respuestas de los que nos precedían no suponía ninguna ventaja para los que proseguíamos.

Aún me quedaba el trago de pasar las pruebas de las distintas asignaturas del primer curso a las que el hermano Pedro creyó verme convenientemente preparado. Yo había conseguido los libros por medio de trueque por los de La Arquera con un amigo que volvía al colegio. Así que con el material de texto necesario junto con una lista en verso de los pueblos más importantes por provincias, fue como aprendí y repasé de geografía de España todo lo referente a comarcas, pueblos, ríos, costas, climas y cultivos. Eché en ello los últimos días de agosto y primeros de septiembre aprendiendo aquella lista de estrofas mientras dábamos la vuelta a la hierba. Mi madre, mientras descansábamos al pie de la cabaña y en tanto esperábamos a empezar el ordeño, me tomaba las lecciones. Creo que ella, a quien la guerra le había impedido una correcta escolarización, se vio satisfecha por aprender conmigo aquellas retahílas y que a buen seguro, de presentarse al examen, lo hubiese pasado con nota dada su buena memoria.
No podría recordar ya con exactitud el día del examen, pero en cambio sí recuerdo que era al día siguiente de la Guía, por lo que buscando en un calendario perpetuo me sale lunes. El día del examen de primero, lo mismo que en el de Ingreso, no quise ni mal ni bien que me acompañaran mis padres como hacían otros. Pensaba que me pondría aún más nervioso y me sirvió para ir perdiendo mi natural timidez, al enfrentarme solo a las situaciones novedosas.
Estos nervios, sólo me duraban hasta que leía el ejercicio y me daba cuenta de que no era tan difícil como me esperaba. Me seguiría pasando a lo largo de los exámenes que tuve que hacer y en situaciones estresantes. A los exámenes concurríamos tantos los libres como los oficiales que habían suspendido en junio alguna asignatura. Se presentaban conmigo Manuel Espina, de Andrín, animado seguramente también por el fraile que se preocupaba por nuestro futuro y J. A. Cantero, de Balmori con los que a partir de entonces tuve gran amistad. Compartí con ellos esos instantes de tensión que se producen entre examen y examen donde se cotejan los resultados.
La lectura incorrecta de una cifra puesta en el encerado me costó el suspenso en Matemáticas. Nunca sabré si fue causa de una miopía escolar sin detectar, que sólo años después me diagnosticaron en Oviedo y me corrigieron con gafas. También dejé por hacer el examen de Gimnasia sueca porque no tenía ni idea en qué consistía tal asignatura.
El examen final correspondía a la asignatura de dibujo artístico. En la escuela primero y en el colegio después había aprendido a dibujar con cierta soltura y a usar tanto el lápiz como el carboncillo y la pluma de tinta china, por lo que pensaba que sería una prueba relajante. Recuerdo que D. José Purón Sotres, de quien yo no sospechaba ni por lo más remoto que era un consumado artista, se acercó a mí y me dijo:

─Tú, parraguesu, pinta una manzana. Yo eché todo el empeño en ello.   

miércoles, 8 de octubre de 2014

63.- Regalos más recordados

Arriba, en el piso de mi casa desde la sala central se abrían cuatro puertas que comunicaba con dos habitaciones al norte del edificio, otra a la galería al sur y la puerta de acceso al desván, así como el hueco de la escalera de bajada. En esa misma sala en la que me recogió Titas, la comadrona que había ido a buscar mi padre a Pancar, era el lugar preferido, junto con la galería con la que compartía tabique y ventana. Aquella sala con tantas puertas haría pensar en cualquier mansión, pero nada más lejos de ello. Los cuarenta metros cuadrados en la perspectiva de un niño dan para mucho. Allí veo un armario grande con luna en una de las puertas y un cajón a todo lo largo en la parte baja que no podía yo abrir por el desnivel de sus maderas. En este armario se guardaban las cosas más variadas como las aspirinas y la caja de la jeringuilla con su racor y aguja, los recibos de los pagos a la iguala médica, los de las mensualidades de la compra de la casa y una caja metálica con fotos, recordatorios de Primera Comunión y otras de defunción.
La parte superior del armario era el hangar de un hermoso y reluciente avión con el que sólo se me permitía jugar en escasas ocasiones en que como se suele decir, "en los días en que se visten los curas", domingos y días festivos. No maltrataba los juguetes, pero debieron descubrir en mí una precoz inclinación a revolver las tripas de los juguetes para desentrañar su funcionamiento, y lo qaue es peor, con tan solo la vieja tijera del cesto de la costura y el cuchillo de pelar patatas, por falta de destornillador u otra herramienta. Con tal previsión de mis padres, fue la forma de que me durase bastantes años. Al rodarlo por las maderas de la sala, rugía su ficticio motor que consistía en una rueda rasposa que friccionaba un pedernal con lo que producía una cascada de chispas que hacían lucir el interior de la tobera, Una rueda, volante de inercia lo hacía avanzar recto si colocaba la rueda de cola por el carril que formaban la deteriorada machambra de dos tablas. Me lo había regalado mi tía Piadosa cuando vino la primera vez de Caracas, junto con una bolsa de canicas cristalinas que llamábamos "mejicanas", que desde entonces, se generalizaron y sustituyeron poco a poco a las de barro y piedra. Fue uno de los regalos más bonitos que me hicieron nunca, sin olvidar, las dos muñecas, Fernanda y Luisa que tío Paco me compró para Santa Marina cuando regresó por primera vez de México de "indianu". El Rubio era un caballo de cartón con ruedas y de mi mismo tamaño con el que jugué varios años, hasta que se rompió y entonces lo usaba para transportar los gatinos dentro de su vientre, como Ulises en la toma de Troya, bajo la atenta mirada de su madre, la gata Rayona que tomaba el sol en el huerto. El autocar de Mento, era una verdadera réplica de aquellos vehículos que llegaban al pueblo de Pascuas a Ramos. Con igual cariño recuerdo el saxofón que me regalaron mis padrinos Ramón e Hilda o la primera armónica “Preciosa” de la marca Honner que tuve para Reyes. Y de todos ellos, es curioso, me vienen recuerdos de sus olores característicos al caucho de los balones, de las ruedas del autobús y de la pistola de agua; a pintura negra del saxofón, a pintura del caballo de cartón y el olor a piedra de lumbre del avión. Al sur, había una gran galería, toda cerrada de cristal, con ventanas de guillotina cuya buena orientación le proporcionaba sol todo el día.
Desde esa galería contemplaba la actividad del barrio y el paso de las gentes a las fincas de Argandeñu, La Ardina, La Collada, Jorada y la Boriza. Conocía todos los rebaños antes de que pasaran por delante de mi galería por el sonido singular de sus campanillas, todas en perfecto acorde. Entonces dejaba las canicas o el caballo de cartón y me asomaba a las pequeñas ventanas a mi alcance, protegidas por barrotes. ¡Cuántas cosas vi desde mi galería! Era ¿cómo decirlo?…mi primer televisor con una perfecta programación diaria y de temporada. Empujando su pesada rueda, se anunciaba primero con un arpegio de flauta y después con voces el afilador- paragüero. El mielero con una alforja al hombro de la que colgaban unas barricas de madera anunciaba la rica miel de Alcarria. Otro día, las lienceras abrían sus grandes sacos de tela para mostrarlo en medio de la Bolerina. Llegaba el herrador para arreglar las cazas de los animales de tiro. Otras veces llegaba el capador o el matador con su macabra tarea. Entonces yo cerraba la programación por no oír los alaridos de los animales ni percibir el olor de la chamusquina mientras los rasuraban. Olvido, la gitana, solía venir con sus blancos cestos de mimbre. Salud y Carmen, anunciaban a gritos la frescura de sus sardinas los martes. Y también Hipólito desde la Arquera para comprar crines; el chatarrero, el que compraba lana, los tratantes de ganado que se acercaban hasta la misma puerta de las cuadras para ver si podían llevarse algún animal para la feria del viernes en Posada. Desde las ventanas de esta sala que daban a la galería recuerdo el cielo encendido por las llamas que carbonizaron la cuadra de una hermana de mi abuelo paterno Santos, tía Lola, en el barrio de Tresierra.  Era casi de madrugada cuando Dora, que vivía enfrente de nuestra casa, dio los gritos de alerta en el barrio. Mis padres me dejaron dormido mientras ellos acudieron a apagar el fuego como todos los vecinos llegados desde todos los barrios. Máximina se encargó de tocar las campanas a rebato. Primero se llevó el agua del depósito de la tarazana de la casa de Doña Lola y cuando aquella se agotó, acudieron a los bebederos de la fuente de la H.ornica y del Cañu. Los calderos de cinc volaban de mano en mano como eslabones de una cadena humana, sin descanso. La casa colindante a la siniestrada era de tío Juan, hermano de mi abuelo materno, Marcos, y corría peligro de quemarse con la viga que ardía en la siniestrada. Mi abuelo, sin decir nada a nadie, se subió al tejado y con un hacha cortó la viga evitando así que el fuego entrase por ella a la casa de su hermano. Había un cálido viento del sur. A escasos metros peligraba el henal de hierba de Narciso, también hermano de mi abuelo. Tuvieron que mantenerlo húmedo para evitar que el fuego pasase la calleja con alguna ascua. El calor generado impedía acceder con el agua por el norte así que tuvieron que acercarla por el camino del sur. Yo quedé solo en casa. Con el sonido cercano de las campanas doblando a fuego, desperté y me levanté asustado para buscar a mis padres en su habitación, pero al comprobar que estaba solo abrí las contraventanas y el cielo enrojecido iluminó la sala. Esa misma noche aumentaría la población del barrio con el nacimiento de Ramonín, un primo mío, por lo que es la clave para saber el día exacto de este suceso y confirmar la edad de tres años que yo tenía.

lunes, 8 de septiembre de 2014

62.- El zoo humano

 Algunos acontecimientos que hoy, con la perspectiva que nos da el paso de los años, me parecen hasta graciosos, en aquel momento me enturbiaron un poco la alegría con que acudía a las clases. Fueron algunos encontronazos con otros alumnos que al fin se resolvieron favorablemente, hasta el punto de no dejar el menor residuo de encono o enemistad con ninguno de ellos. Ya sea por adaptación a tales situaciones o por haber calado las claves de la conducta del zoo humano, como ya dije, ahora que los rememoro me hacen gracia.
Creo recordar que fue en los primeros días del comienzo de las clases que acabé metido en una refriega con uno de los alumnos de la clase Comercial, con el que nunca había tenido ocasión de hablar ni tener el mínimo roce. En contadas circunstancias como aquélla en el ámbito escolar, me había visto forzado a preservar mi integridad y respeto en el grupo, mostrándome belicoso en contra de mi carácter y forma de ser. Curiosamente, el mecanismo del inicio de las peleas seguía un mismo patrón: “Alguien le dijo que yo había dicho...” al que ocupa el vértice de la pirámide y es más que suficiente para iniciar todo el proceso. Los “padrinos”acuerdan el lugar y la hora del encuentro: A la salida de las clases al mediodía. El trayecto a casa era largo. Yo solía adelantarme al grupo de alumnos que íbamos del pueblo por llegar a casa y hacer algunas tareas que tenía ya asignadas. En unos prados que había ocultos de la vista del Colegio y de la carretera, me esperaba el séquito de mi dolido oponente y también el mío propio, ávido de espectáculo. El último en enterarme fui yo y no me pareció justo. He de confesar, no me importa decirlo, que sólo por el hecho de vérmelas contra uno de la sección Primera y el apoyo que tendría de todos sus compañeros y contando que yo no tendría apoyo de nadie, sentí un nudo en la garganta. Aunque no me apetecía pelear, tuve que mantener el tipo.
─Así que dijiste que me puedes ─ me espetó de buenas a primeras.
─Yo no dije tal cosa ─ le contesté tratando de aparentar seguridad.
Sin mediar más conversación se me vino encima y tuve que evitar con mis brazos estirados sus puñetazos. Tenía estilo, pero apenas me llegó uno de ellos a rozar una oreja.
He de decir aquí que mi constitución física y el uso que acostumbraba a hacer de ella en las tareas del campo, me habían proporcionado una fortaleza nada despreciable, aunque tampoco la de mi oponente me pareció menor por idénticas circunstancias.
Yo evitaba sus puños y evitaba usar los míos, a la espera de neutralizarlo con una simple trincha, sin heridas ni tan siquiera golpes que a la larga dejarían secuelas en nuestro trato. Él se dio cuenta de que en el cuerpo a cuerpo yo le dominaría y lo evitó de forma inteligente. De alguna forma cedimos los dos, sin ensañamientos, para decepción del “padrino” que nos azuzaba y del numeroso público que presenciaba la pelea. Así medidas y balanceadas nuestras fuerzas, no volvimos en lo sucesivo a tener otro enfrentamiento. Aquel episodio me mantuvo libre de las ínfulas de liderazgo de otros aspirantes a ser el alfa según las leyes de la manada.
Aquella pelea me sacó de la niñez en la que aún me encontraba, más si cabe, por el hecho de que no hubiera tenido ayuda de aquellos a quienes yo consideraba como mejores amigos. Me alejé por el camino sin esperar a nadie y cuando llegué al río eché agua a la cara y enderecé el peinado para no dejar ni una huella de la pelea. No quería que se disgustaran en casa. El barro de los pantalones y el verdín de la camisa los podría disculpar con un resbalón.
A veces, para ganarme la aceptación del grupo tuve que participar en algunas trastadas, que para nosotros resultaban verdaderas gestas. Había un vecino de la Portilla que guardaba su borrico dentro de la pomarada cerrada a cal y canto y con una portilla de madera, al lado mismo del camino que tomábamos para salir a La Vega. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero a mí me encantó: Tomaríamos prestado el animal para ir montado en él hasta la portilla del Pandiu y al regreso, después de la comida, volveríamos a dejarlo en su finca, pues era evidente que su dueño estaría también comiendo. Lo dejamos atado con el cordel cerca de la portilla, tras unos avellanos disfrutando del frondoso corte de hierba que había, como agradecimiento a su esfuerzo.
Llegado el otoño, las pomaradas estaban cargadas de manzanas. Por no dejar evidencia clara de nuestra rapacería, tomábamos la fruta alternativamente de varios plantíos para que sus dueños no se apercibieran de la falta. Mientras el grupo esperaba en silencio, el que le correspondía entrar tenía que abastecer con una manzana para cada uno. Una tarde me tocó a mí cumplir con el avituallamiento de la tropa. Me adentré en las entrañas de la pomarada para evitar ser visto desde el molino de La Vega, cuyos dueños lo eran asimismo de la finca. Con la caída del sol, era el momento mejor para segar y tenía el riesgo de que viniesen. No obstante, tampoco me parecía tan grave el hurto si recogía del suelo las mejores manzanas caídas. Noté la presencia del molinero, que me observaba en silencio apoyado en su guadaña cómo yo las seleccionaba y las ponía sobre mi jersey, improvisada bolsa. La peña ni gorgutía a la espera de un final que no llegó, como que no iba la cosa con ellos. Se quedaron de una pieza cuando oyeron decir a Pedro que así había que hacer; respetar las que quedaban madurando en el árbol.
No me extrañó su actitud, porque lo conocía de llevarle las moliendas del maíz y era una persona afable y buena. También de este hecho saqué mis propias conclusiones sobre la amistad.
Los hijos de los ferroviarios del Cantábrico acudían al Colegio en el tren. El maquinista, porque los conocía como hijos de sus compañeros de brigada y también a su cuenta y riesgo frenaba la unidad en la bajada de la Vega para que los chicos se tirasen a las fincas para amortiguar el salto. Algún maquinista frenaba junto al paso a nivel de Pancar y ellos tomaban el atajo por el molino de la Llavandera para tomar el camino de las Tejeras que enlaza con la carretera delante mismo de las verjas del Colegio. Traían su comida en un cesto de mimbres que dejaban en las cocinas para que “El Coci”, fraile dedicado a las labores de casa y de la huerta, lo calentase. Por la tarde los dejaban salir como media hora antes para darles tiempo a bajar a la Estación. Si no llegaban a tiempo se subían en las inmediaciones de la salida del túnel cuando aún el tren de vapor no había tomado excesiva velocidad, siempre con la prevención del maquinista que conocía la costumbre de los asiduos viajeros.

Justo cuando pasaba por donde el molino de La Vega, los de a pie, lo estábamos esperando, tenía su belleza verlo asomar por la zanja de piedra, pasadas las barreras de Pancar y escuchar sus resoplidos mientras expulsaba volutas de humo negro y nubes de vapor de agua, como un empedernido fumador. Asomados a las puertas viajaban los hermanos Mon de Vidiago, Tono y Martín de Pendueles, Piñera de Bustio, los hermanos Canal de Unquera y otros más de los que ahora no recuerdo sus nombres. El maquinista, para disuadirnos de que nos colgásemos de los vagones, abría las toberas del vapor que sirven para deshelar las vías. Con tal lentitud entraba en el túnel de las Mestas, que nos podría dar tiempo a subirnos en el vagón de cola y viajar en él hasta Bolao o el Puente las Harnias, como alguna vez hicimos para irnos a San Felipe. A su paso, Martín lanzó una patada al aire y yo que estaba tan cerca le agarré su alpargata y me quedé sin quererlo con ella en la mano. Sus amenazas e insultos se perdieron en la negrura del túnel. Le había hecho una buena faena y me lo imaginaba caminando desde la estación de Pendueles hasta su casa, a la pata coja, medio descalzo y no sabía cómo se lo tomaría el lunes siguiente cuando nos encontrásemos en el aula. Éramos buenos compañeros y recordé cuando le libré del golpe con la señal del Hno. Félix. No hizo falta que se lo recordara; saqué de mi maletu su alpargata y se la entregué. El buen humor del que hacía gala hizo que todo se quedase en una anécdota más que contar de nuestro paso por el colegio.  

domingo, 7 de septiembre de 2014

61.- Paisajes cambiantes

6º.- Paisajes cambiantes

Poco a poco, el paisaje fue cambiando por los alrededores. Aún así, el edificio se conserva, yo diría con aspecto más jovial. La solidez de sus muros y el buen juicio de quienes gobernaron la nave municipal, en las últimas décadas, y por qué no, quizá la nostalgia de más de un concejal, por haber pisado sus aulas, hizo que ahora lo podamos ver con el mismo, o como ya dije, mejor aspecto que tuvo nunca.
Cuando yo pasé por sus aulas, el entorno no era otra cosa que fincas en las que pastaba el ganado por el otoño y se vestían de verde de nuevo en primavera, donde hoy son edificios, pistas de aparcamiento y jardines que intentan con cuatro arbustos enclenques sostener un panorama rural. Los caminos que llegaban a la carretera, empedrados y llenos de charcos en invierno, hoy no van a ningún sitio, porque a ningún sitio queremos ir por ellos, y tan sólo nos llevarían a estrellarnos con una mata de bardas junto al río. Sólo esperan a ser alquitranados cuando la especulación del ladrillo llegue a las fincas a las que dan servicio.
En aquellos años de mis recuerdos, la carretera entraba en Llanes para seguir a Oviedo por la curva de la Arquera, frente a unas casas, junto al camino de arena y grava de camino a Bolao, Las Mimosas y la Pereda.
Cuántos accidentes pudimos ver durante aquel curso, por culpa de aquella curva. Una mañana, al llegar al colegio, nos encontramos con un camión volcado y toda su carga de loza cernida por el prado, en cajas de madera protegida de virutas y papeles del traquetreo de los baches. Aquel año darían comienzo las obras del segundo tramo de la autovía, que habíamos bautizado ingenuamente de autopista los lugareños, creyendo que buena es gorda. Cuando se terminasen las obras, la curva desaparecería y con ella los graves accidentes. El cruce ya no sería un problema para el tráfico, pensamos también con ingenuidad, pero antes, un camión se habría de empotrar contra el muro de la casa de Hipólito en la misma curva.
Llegó por fin la potente maquinaria que habría de hacer la trinchera de la nueva carretera. Un domingo sin tener otra cosa mejor que hacer, nos acercamos a verlas en la zanja de la nueva carretera y nos montarnos en una de ellas. A quién se le ocurre dejar la llave de contacto puesta. El bufido de aquél monstruo de hierros nos aceleró el pulso por la adrenalina. No había modo de pararla ni estábamos duchos en tales ingenios, que hoy cualquier niño sería capaz de hacerlo, por lo que quedó en funcionamiento hasta que consumió la última gota de gasolina del depósito.
También recuerdo de aquel final de invierno la gran nevada que cayó, creo que fue por marzo. Había amanecido todo el campo cubierto de un velo blanco, pero no era disculpa ni la necesité para evitar el colegio. Acabé el desayuno y bien enfundado de lana, con guantes, bufanda y pasamontañas, emprendí el camino hacia La Arquera. Esta vez nadie me avisó de que los demás ya habían salido, porque nadie debió de ir aquella mañana al colegio o hubiera visto sus huellas, pero todo estaba intacto, apenas se veían las pisadas de los miruellos y algunas más profundas de zorra que se perdían en alguna cueva bajo el cueto de La Taberna. Desde él, en la lejanía vi un sendero ondulante atravesando La Vega. Posiblemente las huellas de mi amigo Pedrín que desde el barrio de Vallanu salía al paso a los que veníamos desde el resto de barrios. Pasadas las vías y el río junto al molino de la Vega, se abría el pequeño valle de prados por entre los que discurría el camino de carro, oculto completamente por la capa de nieve. Tan absorto iba haciendo crujir la nieve bajo las suelas de mis botas que no me di cuenta, hasta que no miré atrás, de las curvas que había dado siguiendo siempre los pasos de quien me había precedido.
Las aulas estuvieron casi vacías aquella mañana, además, el Hermano Félix tenía gripe, nos dijo el director, y nos dio permiso para hacer lo que nos viniera en ganas, vigilados por él desde su aula comercial a través de la entreabierta mampara. Al recreo en el patio, no tardó en organizarse la marimorena con bolas de nieve. El lugar más seguro estaba al abrigo de los troncos de los arces, desde donde un grupo controlábamos a nuestro antojo la línea de tiro. En la tejavana del patio trasero se disputaba una partida de frontón por parejas de los mayores, arbitrada por el Hno. Pedro. Los más pequeños, con la participación del Hno. Nicolás, crecían una bola de nieve rodada por el patio. Se hizo una tregua que aproveché para irme hasta la clase a guardar los guantes y el pasamontañas que ya salían sobrando. Las puertas de la sala de máquinas estaban abiertas por lo que me quedé a escribir el tiempo que quise hasta llenar una cuartilla por las dos caras con mi máquina preferida, la “Underwood” de los años veinte que era la más conocida por mí. La Royal, y la Olivetti, más modernas, estaban siendo usadas en aquel momento.

Sonó la campana de salida y no nos mandaron tarea alguna por lo que dejé en clase todos los libros dentro del pupitre. Así caminaría más holgado y tampoco teníamos prisa, porque no habría clase de tarde. De vuelta a casa Pedrín me acompañó hasta el camino que tras el paso del cueto, lo tomaba para llegar a Cuetu Puñu, bien cerca de su casa. Cuando llegamos a lo alto del cueto la Taberna, nos encontramos a una vecina que venía del molino, hundida en un hueco entre las piedras, oculto por una espesa manta de nieve sobre los brezos. Tirando como pudimos por sus brazos la rescatamos. Nos sentimos como los héroes de las “Hazañas bélicas”, Roberto Alcázar y Pedrín.  

lunes, 1 de septiembre de 2014

60.- Un puzle de recuerdos

Aquel curso pasado en La Arquera, 1962/63, fue como un paréntesis, un hermoso paréntesis en el que habría de decidir mi futuro. Con la expectativa de poder llevar a cabo estudios que me posibilitaran algún trabajo fuera del campo; creo que fue un curso bien aprovechado. Los doce duros del jornal de mi padre, más lo poco que se podía sacar de las ubres de las vacas, no daba para mucho, pero el sacrificio que representaba no hacer uso de la mano de obra de un chaval a punto de cumplir los catorce me libró de seguir los pasos de tantos coetáneos míos. Tampoco es que me diese demasiada cuenta, entonces, de los ímprobos sacrificios familiares para darme aquellos diez duros mensuales de la matrícula y los tres complementarios de las clases de mecanografía. Uno acaba por acostumbrarse a lo bueno y no tiende a mirar atrás a quien peor le van las cosas, así somos los humanos.
La enseñanza se basaba en la memorización de los contenidos a la que el conductivismo imperante en la época la incentivaba positivamente por los resultados mensuales dados a conocer de forma pública todos los viernes final de mes, en la tarde. Para despejar las telarañas de la mañana, nos poníamos de pie alrededor de las mesas, cubriendo las dos paredes laterales y el fondo de la clase, y el fraile iba dictando a toda prisa un sinfín de números y operaciones hasta que cerraba aquella retahíla con una inflexión de voz y dábamos el resultado. Tras unos segundos de espera, si no habíamos dado el resultado correcto, restallaba en la clase el chasquido de la señal que daba paso al siguiente de la línea, en orden descendente. El que acertaba con el resultado, adelantaba a todos los que habían fallado en la respuesta. El orden en el que quedábamos al final de todo el cálculo se respetaba estrictamente para el día siguiente. La señal era un ingenio en madera de boj, a modo de caja de resonancia, en el que se golpeaba con una pieza de caña sometida a un resorte y que permitía pulsarla con el pulgar. Se usaba también para señalar en las lecturas en alto, un cambio de lector que seguía normalmente la numeración que se nos había dado dentro de la lista de alumnos por apellidos y nombre. Alguna vez, no sé si por harto ya el Hno. Félix de nuestras indisciplinas, la señal acababa estrellándose en el charlatán o por escasos centímetros en la testa del vecino. En una ocasión que venía el proyectil hacia la última fila, tuve el reflejo de apartar la cabeza a mi compañero Martín. La señal fue a estrellarse contra la pared del fondo. Creo que mi movimiento no fue percibido por el fraile o lo pasó por alto previniendo las consecuencias fatales que habría tenido si le hubiese acertado. Los frailes eran duros y exigentes a veces, cuando ya perdían el aguante necesario, supongo, pero nadie reclamaba nada si se pasaban, porque encima llevaríamos las de perder en casa. Claro que para este tema habría historias para todos los gustos.
Recuerdo especialmente, el uso de las láminas de dibujo que llevábamos a casa para terminar a carboncillo así como otras que hacíamos a tinta china con todos los colores primarios y secundarios aparte del clásico negro para orlas y grecas. Los cuadernos de caligrafía los adquiríamos al fondo del pasillo- El hermano Pedro tenía un armario de puertas correderas que ocupaba todo el ancho de la pared. Ver el contenido de aquel armario era un goce de ilusión: allí las cajas de gomas y aquellas otras de los lapiceros con sus puntas afiladas como lanzas; más en alto montones de cuadernos de distinta numeración para el cálculo o la caligrafía inglesa, redondilla y gótica; los tarros con mangos de plumieres de madera rojiza, con sus ferretes dispuestos a enfundar las plumas que no eran tales, sino de latón, numeradas para los distintos gruesos de letra, otras de punta roma y el plumín para los dibujos artísticos y lineales. Aprovechábamos los recreos para ir a gastar las pocas “perronas” y “perrinas” como llamábamos a las monedas de diez y de cinco céntimos, respectivamente, en regalices y en anisinos. Al paso por la vía del tren, se me ocurrió dejar sobre el raíl del tren la única “perrina” que encontré perdida en el fondo del bolsillo. A la mañana siguiente la busqué por entre las traviesas de encina. El peso del tren la había estirado tanto que sobrepasada el tamaño de la perrona a costa del perfil. Sabía de sobra que no daría el pego y al recreo, se me ocurrió ponerme en cola para comprar en el improvisado quisco del pasillo una barra de regaliz “Zara” al que me había acostumbrado, está mal que yo lo diga, por los buenos puestos que obtenía con las calificaciones. Al Hno. Pedro al que no le faltaba su pizca de buen humor, si le dábamos tregua, me miró de soslayo cuando puse en su mano la moneda aplastada.
―¡Parres, Parres!― me dijo, pero debió hacerle gracia la ocurrencia y me dio a cambio un medio regaliz que le quedaba en el fondo de la caja. No salí mal en el trato.
A veces, una indisciplina, o tardanza en la llegada al colegio, la pagábamos con la realización de un cuaderno de caligrafía para la semana o para el día siguiente, caso de ser más grave la cosa. Otras veces, nos mandaban copiar de un libro decenas de cuentas de cálculo que teníamos que llevar hechas para el día siguiente. Muchos se quedaban por el camino a realizarlas en grupo si tenían a alguien del mismo curso antes de ir a comer.

Abad, Abello, Amieva, Amuarbe, Anca, Armas, Cantero, de la Granda, del Arroz, Espadas, Espina, Galguera, García, Gracia, Gutiérrez, Herrero, Iglesias, Pintado, Piñera, Puente, Riegas, Rozas, Maya, Martín, Mon, Muñiz, Noriega, Obeso, Sordo, Tamés, Vidal... son apellidos que se me vienen ahora a la cabeza, muchos desgajados de sus nombres, otros nombres sin apellidos, motes, gestos o simples detalles como despieces de un taller. Basta un encuentro con un ex alumno de la Arquera para que todo vuelva a encajar, aunque venga observando que los recuerdos de los demás no coinciden siempre con los míos.  

viernes, 29 de agosto de 2014

59.- El sueño de su fundador

4º.- D. MANUEL CUE FERNÁNDEZ

Antes de continuar con los recuerdos adolescentes me parece adecuado hacer una reseña histórica de este centro escolar.
Su fundador, D. Manuel Cue Fernández, nació en el caserío de La Arquera el 9 de junio de 1834, hijo de Francisco Cue Somohano y María Fernández Abarca, labradores acomodados y apreciados por todos. Pasó su niñez junto a su abuelo D. Juan Fernández García, uno de los primeros comerciantes llaniscos con quien adquiriría, las primeras nociones comerciales, fundamentadas sobre los conocimientos primarios recibidos en la Escuela Pública. Animado por el abuelo emigra a Cuba y en la Habana trabaja como dependiente en el comercio propiedad de José Caridad Junco. Una vez aprendido y adquiridos crédito y medios, se asocia con otros comerciantes y fundan una sociedad mercantil de nombre “Cue, Gutiérrez y Cía” que con el buen funcionamiento que tuvo le permitiría regresar a Llanes por primera vez en el año 1865.
Quizás sintiéndose agradecido de la fortuna que le sonreía, fraguó pronto la idea de mejorar la instrucción de los jóvenes de la zona, preparándoles para trabajar en el comercio de la Villa como para ahorrarles las penurias y sufrimientos de la emigración que era el destino de tantos llaniscos. Así surgió la idea de construir un colegio donde se enseñase a los niños entre los diez y los catorce años de edad los conocimientos de 1ª Enseñanza y además las enseñanzas complementarias de idioma Francés y Comercial. En un principio estaría destinado a dar cabida a unos ciento cuarenta alumnos de las familias más necesitadas que no pagarían nada y de entre ellos, aquellos que fuesen de solemnidad, es decir, claramente pobre, también recibirían gratis los libros y los materiales de uso necesario. Se estableció también, no de forma rigurosa, el número aproximado de matrículas por localidad de esta guisa: La Carúa, Pancar de Arriba y Pancar de Abajo, 15; La Portilla, 5; Parres, 10; La Pereda, 5, Soberrón y La Galguera, 10; El Acebal, Cobielles y Purón 17; Andrín, 6; Cue, 15; La Villa, 55. Otros diez alumnos serían admitidos de pago, como mantenimiento de las instalaciones.
Volvería de Cuba por segunda vez en el año 1874, fecha en que se casó en Santander con María Abarca Junco, y donde fijaría residencia y centro neurálgico de sus gestiones comerciales con ultramar y de otras empresas que le aportaron pingües beneficios. La muerte, a la temprana edad de cincuenta y cinco años le sorprenderá el 31 de marzo de 1889, tras previa enfermedad, cuando la ejecución de su proyecto educativo estaba aún sin finalizar, pero que doña María Abarca Junco, su viuda, tío D. Manuel Junco, y D. Benigno Pola Varela, hermano político suyo al estar casado con su hermana doña Ana Cue Fernández, como ejecutores albaceas se encargaron en cumplir al pie de la letra sus designios testamentarios.
Aquí he de hacer un inciso rectificador a lo escrito por mí en un anterior capítulo sobre esta noble fundación llanisca cuando hice un anacronismo al decir que “Las niñas, no contaban en sus objetivos,” (…) ─lo que seguramente no era cierto ─ con la segunda observación mía que lo achacaba a “la falta de coeducación de la época que nos tocó vivir, en la que se empeñaban en separar los géneros para todo” de la que no es preciso que me desdiga. Esta explicación la hago porque un estimado amigo y asiduo lector al que tanto por su conocimiento de la Arquera de donde es vecino, como por la edad y experiencia, le presupongo fiable, me dice que la finca colindante al norte con la originaria donde se levantó la obra, fue adquirida para anexarla con el fin de construir otro edificio destinado igualmente a las niñas de las familias más necesitadas de la zona.
Este dato me resulta válido al menos para confirmarme en el aprecio que siempre me inculcaron hacia el prócer y filántropo señor que a buen seguro hizo que la vida de muchas personas cambiase totalmente.
No es un caso aparte, ni mucho menos, entre los indianos llaniscos. Faustino, Nemesio y Sinforiano Sobrino Díaz, hijos llaniscos fueron los fundadores a sus costas de la institución de enseñanza libre del Colegio de la Encarnación de Primera y Segunda Enseñanza.
La Escuela Santa María de Cardoso, en la parroquia de Hontoria, fue el sueño hecho realidad de D. Francisco Hoyo Junco al crearla tanto para las niñas como para los niños pobres del Valle de San Jorge. En ella se impartía la Enseñanza Primaria y además en La Comercial se les preparaba con el mismo fin de la emigración.


miércoles, 27 de agosto de 2014

58.- Las clases en la Sección 2ª de la Arquera

3º.- Comienzo del curso

Volvía septiembre y daba comienzo el nuevo curso, esta vez fuera de la Escuela del pueblo. Estrenaba pantalón mahón azul marino y botas “Chirucas” que se ajustaban a mis pies como guantes y sentía su lona sujetar mis tobillos. Mi madre me tenía ya preparado el desayuno para cuando regresaba de ayudar a mi padre en la siega matutina por los cados de las Llastrucas. El maletu había quedado preparado desde la noche: un cuaderno, los “Alpino” de colores, el “BIC” tinta azul, una MILAN 430 blanca, una regla de madera ribeteada de metal y un tajador de cuchilla abierta en forma de arco. Los libros llegarían dentro de la primera semana, nos habían avisado el último día del cursillo. Estaba ilusionado porque tenerlos y serían los primeros en formar mi exigua biblioteca de consulta junto con la Enciclopedia “ALVAREZ”, sobre el alféizar de la ventana al lado de mi cama.
Al bajar la Piniella, el viejo e inclinado nogal no sé si tanto por el peso de tantos niños como soportó en los recreos como por la acción del viento o del terreno, me dejó pasar no sin un sentimiento de pena. Miré con nostalgia los cristales de las ventanas del aula de niños donde había estado ocho años de mi infancia y sentí el vacío provocado por el paso inexorable del tiempo que nos transforma, etapa a etapa, sin borrarnos nunca la mirada interior de niño. Creí percibir el guirigay de los juegos a las canicas en los soportales, pero eran tan solo fantasmas. Cuántas veces, años después de aquella marcha, al pasar por los portales, creí percibir el olor acre a tinta, el olor dulce de la goma de borrar o simplemente el verdín de las rocas que cierran el entorno. Los amigos con los que había compartido bancada, Pancho, Juan Armando, Panchín, Benjamín, Fernando, Manolo, Pepín… unos primero, otros ahora, habían abandonado la escuela, como yo, para siempre. Esto pensaba, al menos en aquella mañana, camino del colegio de la Arquera, pero qué poco de cierto tendría. Me sentía orgullosamente mayor de completar estudios en aquel colegio que tan bien había preparado a otras generaciones anteriores de parragueses. Debía apretar el paso para no llegar tarde; el resto de alumnos ya habían pasado, me dijeron en Pedrujerrín. Unas sensaciones agradables a madrugada percibieron mis sentidos, en tanto los rayos del sol acariciaban tímidamente las crestas del Texéu. Dejé atrás la Jorna de la tía María y abrí la portilla del Pandiu que volví a cerrar para que el ganado no pasase a las fincas. Se abría a mi vista Valle la Mier y Valladar sembrados de maíz y en la lejanía el Colegio, bajo la cuesta de Cué. El camino engañosamente me quería llevar a la derecha hacia Cuetupuñu, pero tomé el sendero que cruza el Cuetu la Taberna. Desde él tuve tiempo para contemplar el recio roble que se levantaba a la vera del Camino Real y, bajo él, el humilladero. Todo aquel paisaje entrañable, dejó de existir en dos intentos de modernización de las vías públicas y apenas tengo otra imagen que la del recuerdo, no siempre fiel del paisaje cambiante. Bajé el cuetu y me acerqué a la vía del tren. A la derecha, el molín “Las Mestas” con su presa de caliza por donde salta el agua del Melendro, tantas veces rebautizada desde su nacimiento. Evitadas las oscuras fauces del ingenio y los canales que la pudieran llevar al molino de La Vega, discurre cantarina río abajo, en busca de la mar y no sabe que a unos centenares de metros intentarán hacerla suya en el molín de La Llavandera, en la Serrería del Nino, en el molín de Rico o en el de Cagalín, después del cual, en el lavadero municipal ahogarán con vapores de cloro y jabón “Chimbo” sus exiguas fuerzas tomadas al pie de las cuestas.
Retomo el sentido. Cruzada la vía, saludo a Pedro el molinero que lleva una macona con verde a cuestas y cruzo el valle de la Vega hasta perderme por entre los negrillos guardaban el camino antes de abocar a la carretera. La portilla del patio está abierta. Algunos niños juegan al balón; otros, los nuevos, esperamos observantes el momento de entrada. Vienen los más pequeños de Llanes acompañados por sus padres, o de la mano de sus hermanos mayores, responsables de ellos, como un río humano, a contracorriente hacia las fuentes del saber. No hay apenas tráfico en la carretera en aquellos años. Era más corriente ver pasar un carro de caballo que un coche, una bicicleta que una moto. En bicicleta llegan desde Vidiago y hacen su entrada por la estrecha portilla de forja, Toño González, “El Trisqui”, de Puertas, Juan Martínez, de Riegu, y García, de La Galguera, midiendo con exactitud el estrecho paso con toda la fuerza de inercia que les daba la bajada de la carretera.
Suena la campana y se abren las puertas del colegio. Delante de las escalinatas se hacen filas, costumbre adquirida de la vieja instrucción, supongo, acentuada por el espíritu militar que en los últimos años había imperado en todas las esferas sociales. Pero de eso yo no me daba entonces cuenta. Mi única preocupación era la relación con los compañeros nuevos. De aquel curso habrían de surgir no pocas amistades.


martes, 26 de agosto de 2014

57.- Organización escolar en La Arquera

2º.- El edificio.
Desde el Colegio de la Arquera se abastecían los puestos de trabajo mejor considerados que requerían un cierto nivel de conocimientos comerciales con los alumnos de mejor rendimiento académico que habían completado los cursos en la Clase Primera o Comercial. Posiblemente serían también por ello los mejor remunerados de la Villa, empleados en el Ayuntamiento, Juzgado, Arbitrios, Banca, Estación, Electra Bedón, Sadi, y demás Comercios de la villa, habían pasado por los pupitres de La Arquera. Otros con destino a la emigración a América, con la preparación para llevar por sí mismos un negocio, que les aportaba el estudio del Cálculo y de la Contabilidad, Álgebra, Francés, asía también por la calidad de la letra manuscrita para los libros de asiento y registro, característica singular de este colegio, tanto que llegó a ser una marca y distintivo digno del elogio el dibujo, y la caligrafía en letra inglesa, redondilla y gótica, hasta el punto de decirse: “¡Cómo se nota que fue a la Arquera!”.
Cuando paso por delante del Colegio, no tengo por menos de acordarme de aquel mes del verano del 62 cuando asistía por primera vez a sus clases. Nos formaron delante de las escalinatas y el director leyó la lista de todos los alumnos y la sección a la que debíamos acudir. A mí me tocó en la Segunda con el Hno. Arsenio, un tipo, a decir de antiguos alumnos suyos, duro de pelar.
El colegio, está construido en dirección Norte-Sur y las secciones iban así: Segunda, Primera y Tercera. Después venía la Capilla que cuando se usaba para todo el colegio utilizaba la Tercera, porque se valía de las mamparas que se corrían con facilidad dependiendo del evento que se diese. Otras veces se abría la mampara que separaban la Tercera y la Primera para acoger al teatro o festival navideño. Para dar las notas trimestrales, se unían la Segunda y la Comercial. El director nos llamaba, uno a uno, en orden descendente de puntuación para entregarnos la cartilla. A los diez primeros, los agasajaba con un regaliz “ZARA”; a los diez siguientes les daba un anís de bola, tamaño pequeño. El resto podía estar contento si no le dirigía algún reproche o le allegaba algún coscorrón, si se le ocurría hacerse el gracioso por haber suspendido.
Al Sur, se levanta la parte del edificio que acogía a la comunidad de Hermanos de La Salle. Por la parte del Este, entraba la luz suficiente para las aulas y quedaba la huerta que plantaban para su consumo y el pozo del agua.
Al Oeste y al Sur estaba rodeado por el patio de grava fina donde formábamos y jugábamos en los recreos. Una fila de plátanos cerca de la pared que cerraba el ámbito cerca de la carretera, daba sombra y hojas y algún golpe que otro cuando tropezábamos con sus troncos en las competiciones de fútbol. Coronaba el patio al norte, un pequeño jardín donde se levanta la estatua del prócer, D. MANUEL CUE al que rindo agradecimiento por haber dispuesto en su testamento que acogiese a los niños de los pueblos. Las niñas, no contaban en sus objetivos, pero sería por la ausencia de la coeducación en las aulas en la época que nos tocó vivir: En las escuelas, un muro separaba los dos patios; en las iglesias, los hombres y las mujeres ocupaban lugares distintos.



56.- La salida de la Escuela Primaria

Corría el año 1962 y el periodo escolar había dado fin. Treinta años atrás, a la edad de catorce años, mi padre ya se ganaba el jornal sin haber pasado un período de prueba como ayudante, aprendiz o peón; claro está, él era el segundo de diez hermanos y yo era solo. De todos modos, la perspectiva de futuro, dentro de la penuria en la que nos movíamos, aunque sin ser percibida, era amplia como para satisfacer nuestra ilusión de aportar a la economía de la familia.
Se me abría un abanico de posibilidades: Podría irme de aprendiz de mecánica. Lo intenté en el “Garaje América”, pero en aquel preciso momento no necesitaban de nadie. ─Dentro de unos meses, vuelve ─, me dijeron, por darme largas.
Pregunté en la Serrería “Perela” y ─Como acabamos de admitir varios obreros, la plantilla está completa.
Otra posibilidad no más factible era la de dar con un albañil que precisase de pinche. Esta idea me gustaba más que las anteriores. Solían cobrar más, aunque el trabajo tuviese momentos duros, pero daba la posibilidad de aprender del oficio y acabar como oficial y ponerse uno por su cuenta o fichar en la plantilla de alguna empresa de las muchas que se prodigaban en el ramo de la construcción.
Era verano y el trabajo en casa no faltaba: la hierba, el sallo, la cosecha y la atención al ganado que teníamos en la cuadra.
Pero hay que ver las vueltas que da la vida y cómo nos va dirigiendo a cada cual por su camino. Quedaba otra manera de enfrentarse a la vida por otros derroteros distintos a los de la esclavitud del campo. He de aclarar antes de que nadie se altere, que muchas de las personas que se dedicaron al campo, vivieron felices e incluso lo hicieron con cierta holgura. Claro está que no partieron de cero porque habían heredado fincas suficientes. Aparte de eso, el tiempo me habría de enseñar que la felicidad no siempre va unida a la prosperidad económica y social de las personas.
¿Estudias o trabajas? Era la pregunta comodín cuando se quería iniciar una conversación con alguien que refleja bien a las claras las dos vías aparentemente opuestas de la vida. La respuesta dada situaba en la escala social al cuestionado. Los padres, cuando podían, intentaban que sus hijos no llevasen la vida que ellos habían tenido exclusivamente con el trabajo. Obviamente, dependiendo de qué trabajo desempeñaban, les animaban a seguir con el de ellos. Pero para el entorno en el que me movía las contestaciones más habituales habrían de ser las dos a la vez: estudio y trabajo.
A veces, no es suficiente querer, sino estar en el momento adecuado en el sitio preciso.
Mi prima Tere, tres años mayor que yo, habló conmigo y con mis padres y los animó a que me enviasen al cursillo del mes de agosto que se hacía en el Colegio de la Arquera dirigido por los Hnos. de La Salle. Normalmente, los niños a la edad de siete años ya comenzaban en el colegio, aunque era también costumbre hacerlo en edades posteriores, dependiendo de múltiples factores familiares, ambientales y educacionales. Yo había permanecido en la escuela de Parres toda la etapa de Primaria, porque todo hay que decirlo, D. Manuel era un buen maestro y no había disculpas para cambiar de centro.

Así que, un domingo, después de la misa que daba D. Remigio, el cura de Pancar, en la capilla de la Arquera, fuimos recibidos, mi prima y yo por el Hno. Pedro González. En un pequeño salón, sentados los dos delante de la mesa del director, pasé una prueba de preguntas sobre cultura general que abarcaba tanto nociones gramaticales como cálculo mental, pasando por el conocimiento de geografía y catecismo. Quedaba admitido. Había tres secciones: la Tercera para los más pequeños hasta los once años aproximadamente; la Segunda y la Primera, en las que la clasificación iba más en consonancia con los aprendizajes que con la edad.  

miércoles, 6 de agosto de 2014

55.- El Teatro Benavente

Vagamente recuerdo, hacia el año 1954, la primera proyección de cine a la que me llevaron mis padres. El argumento estaba desarrollado en un circo donde dos famosos trapecistas con sus habilidades intentaban ganarse la admiración de la chica que les acompañaba en el trapecio, cuando el desenlace final fue trágico por la caída de uno de ellos, al ser manipulada previamente la escala con tal fin. Creo que me impresionó bastante.
Escasos diez años después, cuando cuatro "melenudos" de Liverpool daban gritos en las salas de fiestas de su ciudad, en Llanes no había salas de fiestas. La única posibilidad de socializarse a la vez que divertirse la juventud estaba en las gradas de El Benavente. Las dos de la tarde de un domingo cualquiera. Los jóvenes nos reuníamos en La Pandina, confluencia de caminos junto a la carretera para bajar a Llanes. Con aires de mocitos, el pelo hacia atrás que no acaba de doblegar el trazado de la raya a la izquierda, más propia para niños, olor a jabón de "La Toja" y a masaje mentolado confirmaba con creces nuestra pubertad lo que el cabello se esforzaba en desmentir.
En el bolsillo trasero del pantalón de tergal, tan bien planchado a la raya, asomaban los tres picos del pañuelo con el olor característico del hierro de planchar, difícil de explicar con palabras para el que no lo haya conocido. En uno de los bolsillos laterales, tintineaban algunas monedas de peseta, otras de doble real con varias perrinas y perronas, que eran las de cinco y diez céntimos respectivamente, más abundantes y que por su sonido apagado desdecían del conjunto monetario, pero contribuían a hacer bulto. Toda la pecunia en conjunto rara vez sobrepasada el duro, pero era más que suficiente para entrar al cine y golosinear al descanso en el ambigú.
Aquella concentración sentados sobre la pandina cerca de El Rosal, ahora me recuerda la entrada del otoño cuando las golondrinas se juntan sobre la comba que hacen los cables de la luz entre dos postes para emprender el viaje.
Había sido construido, apenas cuarenta años atrás, tras la eliminación de las Marismas y la canalización del río Carrocedo. Parecer ser que, a pesar de haber donado el Ayuntamiento los terrenos, aquella ubicación resultó altamente costosa por la construcción a caballo sobre las dos orillas del río y la plataforma en pequeña rampa que la unía al puente. Desde entonces no pudieron pasar las embarcaciones de cierta altura como lo hacían antes. Su inauguración tuvo lugar el 24 de agosto de 1924. Curiosamente un mes antes, concretamente el día de la Magdalena, Llanes estrenaba también el campo de fútbol del Brao, en La Portilla.
Las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera, de los años ochenta. Un viento frío que viene del Cuera, gélido de lamer la nieve, enfoca por la calle principal y se desliza en hilos para recorrer el resto de calles hasta calentarse e impregnarse del aroma de café que sale de las cafeterías. Después sube al paseo San Pedro por entre los tamarindos. En El Puente, los mocitos de pelo erizado a colores, desfilan hasta el lugar de encuentro junto al muelle. Al otro lado de la ría con los prados de Tieves de fondo y un bosque de eucaliptos moteando el horizonte se levanta aquel magnífico Teatro Benavente que aguanta orgulloso el embate, a duras penas, del tiempo y del abandono. En el tejado del viejo Teatro, "las gallinas del contramaestre" , como les llamaba Remigio, viejo lobo de mar y compañero mío en las obras, a las gaviotas, engrasan con el pico su plumaje y lo secan al trémulo sol de mayo. Las hierbas también ascendieron al tejado, por ver la mar.
Es difícil para los que lo conocimos en su esplendor girar la cabeza y no tropezar con su silueta recortada sobre los cuetos de Tieves. Abajo, la puerta enrejada es como un rayado en el paisaje. Entorno los ojos para mejor recordar y aún veo la gente salir ya de noche comentando las escenas, abrochándose la gabardina y subiendo el cuello al estilo del hampa o abriendo el paraguas.
La rampa de bajada al cine, siempre será para mí el arquetipo de todos los teatros del mundo cuando leo un relato. El teatro y dos farolas que custodian la entrada desde el puente dan al lugar un halo de ensueño y misterio a la vez.
Parpadeo. Se me fue el santo al cielo. Ahora, una tarde cualquiera del mes de agosto, mediada la segunda década del siglo XXI la gente se agolpa en el puente y en todas las calles o se sienta en las cafeterías de la vieja plaza de abastos, bajo las sombrillas a dejar pasar las horas. A pesar del gentío no se oye más de un murmullo, los coches no pitan, los niños no chillan, no hay remaqueras que cacareen sus productos. Desaparecieron las viejas tiendas y surgieron otras donde venden otros géneros. Las gentes no son las mismas. Apenas se ven caras conocidas, las pocas que encuentro el paso del tiempo las desfiguró como lo está seguramente la mía, pero que no se da uno cuenta por especular, es decir, verse en el espejo como nos ven los demás, pero sin fallos, tan jóvenes como siempre. Los edificios ahora están arreglados y ganó en belleza la villa, pero le falta el Benavente y también el viejo puente, el Sablín, el Palacio de la Guía, la dársena, la plaza, la compuerta y hay otros nuevos que salen sobrando de feos y fuera de estética.
El puente, es cierto, perdió la peligrosidad de antaño y la gente que pasa puede sentarse un rato sobre los bancos metálicos en lugar de hacerlo sobre la panda de piedra del antiguo y se dedica a sacar fotos para mandarlas al instante a cualquier parte del mundo, donde seguramente las reciben algunos nostálgicos llaniscos. Siguen siendo el centro de atención las barcas atadas a los muelles flotantes, pero no traen pescado, sólo sirven para recreo de las clases más acomodadas y contaminar el mar de todos. Sin embargo, sigue habiendo pobres por culpa de la crisis de moral de quienes saben escaquearse de la ley que no mendigan; únicamente rebuscan en los cubos de la basura junto a los supermercados para ver si hay algo que rescatar y llevar a la boca.
Uno de aquellos domingos de verano, como dije, acabada la tarea de la hierba, me encontré en la pandina a mi amigo Ike. Le pregunté si pensaba bajar al cine. Ganas no le faltaban, me dijo, pero solamente disponía de una peseta. Acaricié el duro que llevaba en el bolsillo del pantalón y sin pensarlo mucho decidí compartirlo a cambio de su compañía. Seis pesetas eran suficientes para las dos entradas. Tendríamos que andar a buena marcha los tres kilómetros si queríamos llegar para la sesión de la tarde. Cuando llegamos al Benavente, las últimas personas entraban por la puerta. Aprovechando la distracción de la taquillera, Pomposa Neira y la distracción del portero que guiaba a patio de butacas a los que nos precedían, subimos a la carrera de dos en dos los pasos de las escaleras. Arriba, Modesto “El Santanderín”, nos alumbró con su linterna de pila de petaca, el paso a gallinero. Lalo, el operador de cámara, encendía en esos momentos la lámpara dejando pasar por el ventano los primeros haces de luz de la linterna mágica que proyectaron en la pantalla las imágenes acompañadas en los altavoces por la entrada del Nodo. La voz característica del narrador explicaba que el señor ministro de industria, inauguraba a golpe de tijera un hermoso pantano. A la salida, con las seis pesetas nos fuimos al bar La Covadonga, regentado por Hortensia y Herminio donde pedimos dos bocadillos de mejillones en escabeche y sendos botellines de cerveza.
Por aquel entonces acababa de llegar al pueblo el primer televisor y con ello le llegó la decadencia a aquel majestuoso edificio que se levantaba sobre la ría del Riveru. Había sido sustituido por otro más moderno, el Cinemar en la calle Los Romanos al que arrinconarían de igual forma que a su predecesor los nuevos medios audiovisuales.

La primera experiencia televisiva la tuve en el comedor de la casa del Curru, una tarde de domingo, viendo embobado la actuación de la perrita Marylin, del grupo de artistas Vieneses y así mismo “Rin tin tin” y “Bonanza” , las series más recordadas. Teresa nos acomodaba como podía sentados en el suelo a falta de tanta silla para la pandilla de niños y niñas que nos arracimábamos bajo el Corredorón a la espera de que comenzara el programa. Posteriormente tendríamos la posibilidad de verla en la Campa, en casa de mi tía abuela Gloria Gutiérrez, en La Covaya, pero pronto daríamos preferencia a verla en el cuarto del Fresnu donde el tercer televisor hacía su estreno en los inicios de la década de los sesenta. Fueron llegando paulatinamente a otros hogares donde también se prestaban a compartir con el vecindario, según los barrios, pero aún habrían de pasar otra larga década para que la pudiese disfrutar en mi propia casa. Había otras mejoras prioritarias como la instalación eléctrica en todas las dependencias de la casa, el uso de la cocina de gas, la acometida del agua corriente o la construcción del cuarto de baño y en ese mismo orden.

martes, 15 de julio de 2014

54.- Es fiesta en la aldea

"Es día de fiesta en el pueblo. Maximina desgrana albores por entre los brezos y helechos de la Mañanga. Ya hay trajín en las cuadras. 
El olor a leche mecida invade la corralada y los gatos siguen maulladores tras el caldero de cinc. Un cohete rompe su carcasa de humo y ahuyenta el orbayu que amenaza en la Muezca. En el penduz se refugia el perro, asustado. El roncón de una gaita inicia su ronroneo y tras él afina el puntero los sones del “Asturias, patria querida”.
 En ese momento, la vida del pueblo se acelera. Las mozas corren de casa en casa, para repicar el pañuelo. Existen mujeres especializadas en hacer las lorzas y darles ese toque magistral sobre el peinado. Los chiquillos corren por los prados, saltando muros, detrás de las varetas de los cohetes. Después exhiben su colección y conservan aquella que resultó más fuerte y grande, repartiendo las demás entre los menos afortunados.
 Los ramos engalanados de roscos de pan y hortensias desfilan desde los distintos barrios para concentrarse en “El Rosal”. Allí se va reuniendo la gente en grupos, en un incesante saludo entre los que permanecen en el pueblo y aquellos que regresan de vacaciones de los distintos lugares de trabajo. Es como el retorno de las golondrinas. La alegría se cierne por el pueblo. Son aproximadamente las once y media. Como si se tratase de una lección aprendida durante años y años, las aldeanas se van colocando por orden de veteranía y estatura. Los tres ramos son portados a hombro por los mozos de acuerdo también con los grupos de edad y estatura por aquello de equilibrar y repartir adecuadamente en peso. El gaitero hace una señal al tamboritero y comienzan a tocar en tanto que arranca la comitiva.
Hay gente que por algún motivo no puede seguir la comitiva como las mujeres que quedan al tanto de la cocina, en aquellas casas donde se reúne mucha familia. Es el ama de casa quien sacrifica año tras año ese día detrás del fogón de leña.
Es curioso que en Parres el paseo procesional de iniciación no se haga acompañando al objeto de culto religioso, Santa Marina. En todos los pueblos que conozco el motivo religioso preside el acto folclórico. Después de andar un kilómetro, con alguna parada donde se acomodan los portadores su dolorido hombro, se llega a la capilla. El sol lanza sus rayos sobre el campo por entre los calveros del pequeño bosque y los evita bajo el refugio de sus ramas. Comienza la liturgia y no cesa del todo el murmullo de los saludos ni el ruido de la carretera con la llegada de nuevos coches y el insistente estallido de petardos que los chiquillos lanzan detrás de la capilla. Los corderos esperan atados al quiosco del coro ramoneando las hiedras que trepan al roble mientras lanzan quejumbrosos balidos que aportan su valor al paisaje que rememora el pasado pastoril de la fiesta. El colorido se enriquece con los globos, los vestidos, los ramos y los trajes de las aldeanas.
Se produce a duras penas el silencio, nunca absoluto mientras transcurre la misa con el sermón. Los coches siguen llegando y entremezclan el ruido de sus motores con el Credo que en esos momentos canta El Coro.
La procesión rodea el campo en emotivo «culo atrás» hasta dejar la Santa presidiendo la oferta cual Ceres divina. Ríe la gente porque un cordero se niega a caminar y es cogido en brazos por la joven que lo ofrece. Se cruzan los fotógrafos buscando el punto clave para la mejor foto y plasmar el momento. Saltan las lágrimas en aquellos que, después de muchos años separados del terruño, reviven sus recuerdos, pasando las páginas de su biografía. Acabada la ofrenda se inician los bailes en la carretera, cortada en corro por los espectadores. Se baila el pericote ensayado por el grupo y acto seguido los sones de la jota abre el ánimo de los mayores a bailarla con espontaneidad y estilo. La gente aplaude sonriente y envidiosa quizás de no poder, no atreverse o no saber bailarla. En realidad, no deja de ser una romería como otra cualquiera de las que existen en el concejo, pero Santa Marina lleva el toque especial parragués, en el marco incomparable de la campiña. 
Es la hora de la comida, y los que no bajan a sus casas, extienden los manteles por los prados de los alrededores, bajo la sombra. El yantar une a familias que durante el resto del año se ven separadas por obligaciones inexcusables.
Por la tarde, los puestos de sidra ayudan a la nostalgia mientras los músicos afinan los instrumentos. Los jóvenes acuden al campo para bailar. Las avellaneras pregonan sus sabrosas mercancías en tanto que el heladero de “Revuelta” hiende su cucharón en la rica y fría nata: En las orillas del campo los que tiran al blanco llenan de chasquidos metálicos el ambiente. 
Sonido y color pincelan el paisanaje hasta que el sol deje a la luna su labor esquivando como puede las movidas nubes que toldan “El Texéu”.
Los chiquillos, en pequeños grupos, recorremos el campo tras las varetas de cohete caídas. La avellanera recorre el campo con su cesta colgada al brazo y ofrece la mercancía por los corrillos de la gente mayor que charla. Se escucha el estallido de un globo que explota arañado entre los dedos de algún niño al que sigue sin apenas pausa un llanto desconsolador. 
Las cámaras de fotos, notarios del tiempo, emiten destellos entre la sombra de los castaños para dejar constancia del acontecimiento en no sé qué álbum o revista. Las niñas, las mozas y las ya maduras haldean su vestido de llanisca llenando el ambiente del tintineo de los corales de su dengue."
Por un instante, me vi hacer de monaguillo, sentado junto al cura en el ofrecimiento de ramos para proseguir luego la procesión y dejar en la capilla la vestimenta. Al acabar la seria labor sagrada corríamos con el resto de niños a recoger por los prados de las inmediaciones, los palos de cohete y volvíamos con nuestro trofeo que recontábamos para ver quién había conseguido más. Las manos cubiertas del negro de la pólvora quemada buscaban en el fondo del bolsillo el duro de propina que el cura nos había dado de su colecta y se nos iba en humo y estruendo de los restallones, petardos y bombas. Por la tarde, tras volver de comer al campo, algún dinero de más, entre las dádivas de padres, abuelos, tíos y el resto ahorrado durante todo el año, ayudábamos a cubrir gastos y necesidades del heladero, del barquillero, del tío vivo que empujaba los columpios a manivela, del tiro al blanco, de Sarina la avellanera, y de los puestos de Matilde y Lolina que para todo daba ese día nuestra economía. 
Me veo por la noche en la Bolera y dentro de la Casa Concejo, repleta a rabiar y llena de humo de los cigarrillos, corriendo entre las parejas que bailaban. Siento aún la adrenalina producida al correr y saltar las pandinas, para ocultarme en la penumbra de los portales de la Escuela en el juego del escondite. Me veo en los bancos del salón subido para mirar absorto a “Los Panchinos”. Panchín con su acordeón y su eterna sonrisa; Paco con su saxo y su hijo, también Paco, a la trompeta; Jordán, el hijo de Pepín de Pría, con su magistral violín y el batería del grupo con sus redobles. 
Al día siguiente me recuerdo yendo de madrugada al campo, sin que se levantasen los que pernoctaban en él para rastrear entre papeles de cucuruchos y vasos rotos y volver a casa con alguna que otra moneda perdida, juguetes rotos, avellanas, caramelos y otras tonterías que de niño rellenan el tiempo infinitamente largo de nuestra inocencia. Nada es ya como fue antaño.