martes, 26 de agosto de 2014

56.- La salida de la Escuela Primaria

Corría el año 1962 y el periodo escolar había dado fin. Treinta años atrás, a la edad de catorce años, mi padre ya se ganaba el jornal sin haber pasado un período de prueba como ayudante, aprendiz o peón; claro está, él era el segundo de diez hermanos y yo era solo. De todos modos, la perspectiva de futuro, dentro de la penuria en la que nos movíamos, aunque sin ser percibida, era amplia como para satisfacer nuestra ilusión de aportar a la economía de la familia.
Se me abría un abanico de posibilidades: Podría irme de aprendiz de mecánica. Lo intenté en el “Garaje América”, pero en aquel preciso momento no necesitaban de nadie. ─Dentro de unos meses, vuelve ─, me dijeron, por darme largas.
Pregunté en la Serrería “Perela” y ─Como acabamos de admitir varios obreros, la plantilla está completa.
Otra posibilidad no más factible era la de dar con un albañil que precisase de pinche. Esta idea me gustaba más que las anteriores. Solían cobrar más, aunque el trabajo tuviese momentos duros, pero daba la posibilidad de aprender del oficio y acabar como oficial y ponerse uno por su cuenta o fichar en la plantilla de alguna empresa de las muchas que se prodigaban en el ramo de la construcción.
Era verano y el trabajo en casa no faltaba: la hierba, el sallo, la cosecha y la atención al ganado que teníamos en la cuadra.
Pero hay que ver las vueltas que da la vida y cómo nos va dirigiendo a cada cual por su camino. Quedaba otra manera de enfrentarse a la vida por otros derroteros distintos a los de la esclavitud del campo. He de aclarar antes de que nadie se altere, que muchas de las personas que se dedicaron al campo, vivieron felices e incluso lo hicieron con cierta holgura. Claro está que no partieron de cero porque habían heredado fincas suficientes. Aparte de eso, el tiempo me habría de enseñar que la felicidad no siempre va unida a la prosperidad económica y social de las personas.
¿Estudias o trabajas? Era la pregunta comodín cuando se quería iniciar una conversación con alguien que refleja bien a las claras las dos vías aparentemente opuestas de la vida. La respuesta dada situaba en la escala social al cuestionado. Los padres, cuando podían, intentaban que sus hijos no llevasen la vida que ellos habían tenido exclusivamente con el trabajo. Obviamente, dependiendo de qué trabajo desempeñaban, les animaban a seguir con el de ellos. Pero para el entorno en el que me movía las contestaciones más habituales habrían de ser las dos a la vez: estudio y trabajo.
A veces, no es suficiente querer, sino estar en el momento adecuado en el sitio preciso.
Mi prima Tere, tres años mayor que yo, habló conmigo y con mis padres y los animó a que me enviasen al cursillo del mes de agosto que se hacía en el Colegio de la Arquera dirigido por los Hnos. de La Salle. Normalmente, los niños a la edad de siete años ya comenzaban en el colegio, aunque era también costumbre hacerlo en edades posteriores, dependiendo de múltiples factores familiares, ambientales y educacionales. Yo había permanecido en la escuela de Parres toda la etapa de Primaria, porque todo hay que decirlo, D. Manuel era un buen maestro y no había disculpas para cambiar de centro.

Así que, un domingo, después de la misa que daba D. Remigio, el cura de Pancar, en la capilla de la Arquera, fuimos recibidos, mi prima y yo por el Hno. Pedro González. En un pequeño salón, sentados los dos delante de la mesa del director, pasé una prueba de preguntas sobre cultura general que abarcaba tanto nociones gramaticales como cálculo mental, pasando por el conocimiento de geografía y catecismo. Quedaba admitido. Había tres secciones: la Tercera para los más pequeños hasta los once años aproximadamente; la Segunda y la Primera, en las que la clasificación iba más en consonancia con los aprendizajes que con la edad.  

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