martes, 15 de julio de 2014

54.- Es fiesta en la aldea

"Es día de fiesta en el pueblo. Maximina desgrana albores por entre los brezos y helechos de la Mañanga. Ya hay trajín en las cuadras. 
El olor a leche mecida invade la corralada y los gatos siguen maulladores tras el caldero de cinc. Un cohete rompe su carcasa de humo y ahuyenta el orbayu que amenaza en la Muezca. En el penduz se refugia el perro, asustado. El roncón de una gaita inicia su ronroneo y tras él afina el puntero los sones del “Asturias, patria querida”.
 En ese momento, la vida del pueblo se acelera. Las mozas corren de casa en casa, para repicar el pañuelo. Existen mujeres especializadas en hacer las lorzas y darles ese toque magistral sobre el peinado. Los chiquillos corren por los prados, saltando muros, detrás de las varetas de los cohetes. Después exhiben su colección y conservan aquella que resultó más fuerte y grande, repartiendo las demás entre los menos afortunados.
 Los ramos engalanados de roscos de pan y hortensias desfilan desde los distintos barrios para concentrarse en “El Rosal”. Allí se va reuniendo la gente en grupos, en un incesante saludo entre los que permanecen en el pueblo y aquellos que regresan de vacaciones de los distintos lugares de trabajo. Es como el retorno de las golondrinas. La alegría se cierne por el pueblo. Son aproximadamente las once y media. Como si se tratase de una lección aprendida durante años y años, las aldeanas se van colocando por orden de veteranía y estatura. Los tres ramos son portados a hombro por los mozos de acuerdo también con los grupos de edad y estatura por aquello de equilibrar y repartir adecuadamente en peso. El gaitero hace una señal al tamboritero y comienzan a tocar en tanto que arranca la comitiva.
Hay gente que por algún motivo no puede seguir la comitiva como las mujeres que quedan al tanto de la cocina, en aquellas casas donde se reúne mucha familia. Es el ama de casa quien sacrifica año tras año ese día detrás del fogón de leña.
Es curioso que en Parres el paseo procesional de iniciación no se haga acompañando al objeto de culto religioso, Santa Marina. En todos los pueblos que conozco el motivo religioso preside el acto folclórico. Después de andar un kilómetro, con alguna parada donde se acomodan los portadores su dolorido hombro, se llega a la capilla. El sol lanza sus rayos sobre el campo por entre los calveros del pequeño bosque y los evita bajo el refugio de sus ramas. Comienza la liturgia y no cesa del todo el murmullo de los saludos ni el ruido de la carretera con la llegada de nuevos coches y el insistente estallido de petardos que los chiquillos lanzan detrás de la capilla. Los corderos esperan atados al quiosco del coro ramoneando las hiedras que trepan al roble mientras lanzan quejumbrosos balidos que aportan su valor al paisaje que rememora el pasado pastoril de la fiesta. El colorido se enriquece con los globos, los vestidos, los ramos y los trajes de las aldeanas.
Se produce a duras penas el silencio, nunca absoluto mientras transcurre la misa con el sermón. Los coches siguen llegando y entremezclan el ruido de sus motores con el Credo que en esos momentos canta El Coro.
La procesión rodea el campo en emotivo «culo atrás» hasta dejar la Santa presidiendo la oferta cual Ceres divina. Ríe la gente porque un cordero se niega a caminar y es cogido en brazos por la joven que lo ofrece. Se cruzan los fotógrafos buscando el punto clave para la mejor foto y plasmar el momento. Saltan las lágrimas en aquellos que, después de muchos años separados del terruño, reviven sus recuerdos, pasando las páginas de su biografía. Acabada la ofrenda se inician los bailes en la carretera, cortada en corro por los espectadores. Se baila el pericote ensayado por el grupo y acto seguido los sones de la jota abre el ánimo de los mayores a bailarla con espontaneidad y estilo. La gente aplaude sonriente y envidiosa quizás de no poder, no atreverse o no saber bailarla. En realidad, no deja de ser una romería como otra cualquiera de las que existen en el concejo, pero Santa Marina lleva el toque especial parragués, en el marco incomparable de la campiña. 
Es la hora de la comida, y los que no bajan a sus casas, extienden los manteles por los prados de los alrededores, bajo la sombra. El yantar une a familias que durante el resto del año se ven separadas por obligaciones inexcusables.
Por la tarde, los puestos de sidra ayudan a la nostalgia mientras los músicos afinan los instrumentos. Los jóvenes acuden al campo para bailar. Las avellaneras pregonan sus sabrosas mercancías en tanto que el heladero de “Revuelta” hiende su cucharón en la rica y fría nata: En las orillas del campo los que tiran al blanco llenan de chasquidos metálicos el ambiente. 
Sonido y color pincelan el paisanaje hasta que el sol deje a la luna su labor esquivando como puede las movidas nubes que toldan “El Texéu”.
Los chiquillos, en pequeños grupos, recorremos el campo tras las varetas de cohete caídas. La avellanera recorre el campo con su cesta colgada al brazo y ofrece la mercancía por los corrillos de la gente mayor que charla. Se escucha el estallido de un globo que explota arañado entre los dedos de algún niño al que sigue sin apenas pausa un llanto desconsolador. 
Las cámaras de fotos, notarios del tiempo, emiten destellos entre la sombra de los castaños para dejar constancia del acontecimiento en no sé qué álbum o revista. Las niñas, las mozas y las ya maduras haldean su vestido de llanisca llenando el ambiente del tintineo de los corales de su dengue."
Por un instante, me vi hacer de monaguillo, sentado junto al cura en el ofrecimiento de ramos para proseguir luego la procesión y dejar en la capilla la vestimenta. Al acabar la seria labor sagrada corríamos con el resto de niños a recoger por los prados de las inmediaciones, los palos de cohete y volvíamos con nuestro trofeo que recontábamos para ver quién había conseguido más. Las manos cubiertas del negro de la pólvora quemada buscaban en el fondo del bolsillo el duro de propina que el cura nos había dado de su colecta y se nos iba en humo y estruendo de los restallones, petardos y bombas. Por la tarde, tras volver de comer al campo, algún dinero de más, entre las dádivas de padres, abuelos, tíos y el resto ahorrado durante todo el año, ayudábamos a cubrir gastos y necesidades del heladero, del barquillero, del tío vivo que empujaba los columpios a manivela, del tiro al blanco, de Sarina la avellanera, y de los puestos de Matilde y Lolina que para todo daba ese día nuestra economía. 
Me veo por la noche en la Bolera y dentro de la Casa Concejo, repleta a rabiar y llena de humo de los cigarrillos, corriendo entre las parejas que bailaban. Siento aún la adrenalina producida al correr y saltar las pandinas, para ocultarme en la penumbra de los portales de la Escuela en el juego del escondite. Me veo en los bancos del salón subido para mirar absorto a “Los Panchinos”. Panchín con su acordeón y su eterna sonrisa; Paco con su saxo y su hijo, también Paco, a la trompeta; Jordán, el hijo de Pepín de Pría, con su magistral violín y el batería del grupo con sus redobles. 
Al día siguiente me recuerdo yendo de madrugada al campo, sin que se levantasen los que pernoctaban en él para rastrear entre papeles de cucuruchos y vasos rotos y volver a casa con alguna que otra moneda perdida, juguetes rotos, avellanas, caramelos y otras tonterías que de niño rellenan el tiempo infinitamente largo de nuestra inocencia. Nada es ya como fue antaño. 



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