martes, 26 de agosto de 2014

57.- Organización escolar en La Arquera

2º.- El edificio.
Desde el Colegio de la Arquera se abastecían los puestos de trabajo mejor considerados que requerían un cierto nivel de conocimientos comerciales con los alumnos de mejor rendimiento académico que habían completado los cursos en la Clase Primera o Comercial. Posiblemente serían también por ello los mejor remunerados de la Villa, empleados en el Ayuntamiento, Juzgado, Arbitrios, Banca, Estación, Electra Bedón, Sadi, y demás Comercios de la villa, habían pasado por los pupitres de La Arquera. Otros con destino a la emigración a América, con la preparación para llevar por sí mismos un negocio, que les aportaba el estudio del Cálculo y de la Contabilidad, Álgebra, Francés, asía también por la calidad de la letra manuscrita para los libros de asiento y registro, característica singular de este colegio, tanto que llegó a ser una marca y distintivo digno del elogio el dibujo, y la caligrafía en letra inglesa, redondilla y gótica, hasta el punto de decirse: “¡Cómo se nota que fue a la Arquera!”.
Cuando paso por delante del Colegio, no tengo por menos de acordarme de aquel mes del verano del 62 cuando asistía por primera vez a sus clases. Nos formaron delante de las escalinatas y el director leyó la lista de todos los alumnos y la sección a la que debíamos acudir. A mí me tocó en la Segunda con el Hno. Arsenio, un tipo, a decir de antiguos alumnos suyos, duro de pelar.
El colegio, está construido en dirección Norte-Sur y las secciones iban así: Segunda, Primera y Tercera. Después venía la Capilla que cuando se usaba para todo el colegio utilizaba la Tercera, porque se valía de las mamparas que se corrían con facilidad dependiendo del evento que se diese. Otras veces se abría la mampara que separaban la Tercera y la Primera para acoger al teatro o festival navideño. Para dar las notas trimestrales, se unían la Segunda y la Comercial. El director nos llamaba, uno a uno, en orden descendente de puntuación para entregarnos la cartilla. A los diez primeros, los agasajaba con un regaliz “ZARA”; a los diez siguientes les daba un anís de bola, tamaño pequeño. El resto podía estar contento si no le dirigía algún reproche o le allegaba algún coscorrón, si se le ocurría hacerse el gracioso por haber suspendido.
Al Sur, se levanta la parte del edificio que acogía a la comunidad de Hermanos de La Salle. Por la parte del Este, entraba la luz suficiente para las aulas y quedaba la huerta que plantaban para su consumo y el pozo del agua.
Al Oeste y al Sur estaba rodeado por el patio de grava fina donde formábamos y jugábamos en los recreos. Una fila de plátanos cerca de la pared que cerraba el ámbito cerca de la carretera, daba sombra y hojas y algún golpe que otro cuando tropezábamos con sus troncos en las competiciones de fútbol. Coronaba el patio al norte, un pequeño jardín donde se levanta la estatua del prócer, D. MANUEL CUE al que rindo agradecimiento por haber dispuesto en su testamento que acogiese a los niños de los pueblos. Las niñas, no contaban en sus objetivos, pero sería por la ausencia de la coeducación en las aulas en la época que nos tocó vivir: En las escuelas, un muro separaba los dos patios; en las iglesias, los hombres y las mujeres ocupaban lugares distintos.



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