Mostrando entradas con la etiqueta Bolao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bolao. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2014

62.- El zoo humano

 Algunos acontecimientos que hoy, con la perspectiva que nos da el paso de los años, me parecen hasta graciosos, en aquel momento me enturbiaron un poco la alegría con que acudía a las clases. Fueron algunos encontronazos con otros alumnos que al fin se resolvieron favorablemente, hasta el punto de no dejar el menor residuo de encono o enemistad con ninguno de ellos. Ya sea por adaptación a tales situaciones o por haber calado las claves de la conducta del zoo humano, como ya dije, ahora que los rememoro me hacen gracia.
Creo recordar que fue en los primeros días del comienzo de las clases que acabé metido en una refriega con uno de los alumnos de la clase Comercial, con el que nunca había tenido ocasión de hablar ni tener el mínimo roce. En contadas circunstancias como aquélla en el ámbito escolar, me había visto forzado a preservar mi integridad y respeto en el grupo, mostrándome belicoso en contra de mi carácter y forma de ser. Curiosamente, el mecanismo del inicio de las peleas seguía un mismo patrón: “Alguien le dijo que yo había dicho...” al que ocupa el vértice de la pirámide y es más que suficiente para iniciar todo el proceso. Los “padrinos”acuerdan el lugar y la hora del encuentro: A la salida de las clases al mediodía. El trayecto a casa era largo. Yo solía adelantarme al grupo de alumnos que íbamos del pueblo por llegar a casa y hacer algunas tareas que tenía ya asignadas. En unos prados que había ocultos de la vista del Colegio y de la carretera, me esperaba el séquito de mi dolido oponente y también el mío propio, ávido de espectáculo. El último en enterarme fui yo y no me pareció justo. He de confesar, no me importa decirlo, que sólo por el hecho de vérmelas contra uno de la sección Primera y el apoyo que tendría de todos sus compañeros y contando que yo no tendría apoyo de nadie, sentí un nudo en la garganta. Aunque no me apetecía pelear, tuve que mantener el tipo.
─Así que dijiste que me puedes ─ me espetó de buenas a primeras.
─Yo no dije tal cosa ─ le contesté tratando de aparentar seguridad.
Sin mediar más conversación se me vino encima y tuve que evitar con mis brazos estirados sus puñetazos. Tenía estilo, pero apenas me llegó uno de ellos a rozar una oreja.
He de decir aquí que mi constitución física y el uso que acostumbraba a hacer de ella en las tareas del campo, me habían proporcionado una fortaleza nada despreciable, aunque tampoco la de mi oponente me pareció menor por idénticas circunstancias.
Yo evitaba sus puños y evitaba usar los míos, a la espera de neutralizarlo con una simple trincha, sin heridas ni tan siquiera golpes que a la larga dejarían secuelas en nuestro trato. Él se dio cuenta de que en el cuerpo a cuerpo yo le dominaría y lo evitó de forma inteligente. De alguna forma cedimos los dos, sin ensañamientos, para decepción del “padrino” que nos azuzaba y del numeroso público que presenciaba la pelea. Así medidas y balanceadas nuestras fuerzas, no volvimos en lo sucesivo a tener otro enfrentamiento. Aquel episodio me mantuvo libre de las ínfulas de liderazgo de otros aspirantes a ser el alfa según las leyes de la manada.
Aquella pelea me sacó de la niñez en la que aún me encontraba, más si cabe, por el hecho de que no hubiera tenido ayuda de aquellos a quienes yo consideraba como mejores amigos. Me alejé por el camino sin esperar a nadie y cuando llegué al río eché agua a la cara y enderecé el peinado para no dejar ni una huella de la pelea. No quería que se disgustaran en casa. El barro de los pantalones y el verdín de la camisa los podría disculpar con un resbalón.
A veces, para ganarme la aceptación del grupo tuve que participar en algunas trastadas, que para nosotros resultaban verdaderas gestas. Había un vecino de la Portilla que guardaba su borrico dentro de la pomarada cerrada a cal y canto y con una portilla de madera, al lado mismo del camino que tomábamos para salir a La Vega. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero a mí me encantó: Tomaríamos prestado el animal para ir montado en él hasta la portilla del Pandiu y al regreso, después de la comida, volveríamos a dejarlo en su finca, pues era evidente que su dueño estaría también comiendo. Lo dejamos atado con el cordel cerca de la portilla, tras unos avellanos disfrutando del frondoso corte de hierba que había, como agradecimiento a su esfuerzo.
Llegado el otoño, las pomaradas estaban cargadas de manzanas. Por no dejar evidencia clara de nuestra rapacería, tomábamos la fruta alternativamente de varios plantíos para que sus dueños no se apercibieran de la falta. Mientras el grupo esperaba en silencio, el que le correspondía entrar tenía que abastecer con una manzana para cada uno. Una tarde me tocó a mí cumplir con el avituallamiento de la tropa. Me adentré en las entrañas de la pomarada para evitar ser visto desde el molino de La Vega, cuyos dueños lo eran asimismo de la finca. Con la caída del sol, era el momento mejor para segar y tenía el riesgo de que viniesen. No obstante, tampoco me parecía tan grave el hurto si recogía del suelo las mejores manzanas caídas. Noté la presencia del molinero, que me observaba en silencio apoyado en su guadaña cómo yo las seleccionaba y las ponía sobre mi jersey, improvisada bolsa. La peña ni gorgutía a la espera de un final que no llegó, como que no iba la cosa con ellos. Se quedaron de una pieza cuando oyeron decir a Pedro que así había que hacer; respetar las que quedaban madurando en el árbol.
No me extrañó su actitud, porque lo conocía de llevarle las moliendas del maíz y era una persona afable y buena. También de este hecho saqué mis propias conclusiones sobre la amistad.
Los hijos de los ferroviarios del Cantábrico acudían al Colegio en el tren. El maquinista, porque los conocía como hijos de sus compañeros de brigada y también a su cuenta y riesgo frenaba la unidad en la bajada de la Vega para que los chicos se tirasen a las fincas para amortiguar el salto. Algún maquinista frenaba junto al paso a nivel de Pancar y ellos tomaban el atajo por el molino de la Llavandera para tomar el camino de las Tejeras que enlaza con la carretera delante mismo de las verjas del Colegio. Traían su comida en un cesto de mimbres que dejaban en las cocinas para que “El Coci”, fraile dedicado a las labores de casa y de la huerta, lo calentase. Por la tarde los dejaban salir como media hora antes para darles tiempo a bajar a la Estación. Si no llegaban a tiempo se subían en las inmediaciones de la salida del túnel cuando aún el tren de vapor no había tomado excesiva velocidad, siempre con la prevención del maquinista que conocía la costumbre de los asiduos viajeros.

Justo cuando pasaba por donde el molino de La Vega, los de a pie, lo estábamos esperando, tenía su belleza verlo asomar por la zanja de piedra, pasadas las barreras de Pancar y escuchar sus resoplidos mientras expulsaba volutas de humo negro y nubes de vapor de agua, como un empedernido fumador. Asomados a las puertas viajaban los hermanos Mon de Vidiago, Tono y Martín de Pendueles, Piñera de Bustio, los hermanos Canal de Unquera y otros más de los que ahora no recuerdo sus nombres. El maquinista, para disuadirnos de que nos colgásemos de los vagones, abría las toberas del vapor que sirven para deshelar las vías. Con tal lentitud entraba en el túnel de las Mestas, que nos podría dar tiempo a subirnos en el vagón de cola y viajar en él hasta Bolao o el Puente las Harnias, como alguna vez hicimos para irnos a San Felipe. A su paso, Martín lanzó una patada al aire y yo que estaba tan cerca le agarré su alpargata y me quedé sin quererlo con ella en la mano. Sus amenazas e insultos se perdieron en la negrura del túnel. Le había hecho una buena faena y me lo imaginaba caminando desde la estación de Pendueles hasta su casa, a la pata coja, medio descalzo y no sabía cómo se lo tomaría el lunes siguiente cuando nos encontrásemos en el aula. Éramos buenos compañeros y recordé cuando le libré del golpe con la señal del Hno. Félix. No hizo falta que se lo recordara; saqué de mi maletu su alpargata y se la entregué. El buen humor del que hacía gala hizo que todo se quedase en una anécdota más que contar de nuestro paso por el colegio.  

jueves, 1 de mayo de 2014

38.- San Felipe en Soberrón


    Poco a poco se me fue abriendo el mundo ante mis ojos. Como es difícil aplicar el orden cronológico en que se fueron produciendo los acontecimientos y nuevas experiencias, seguiré el orden en que se me vengan a la memoria.
    Una de las salidas que mejor se grabaron en mí fue aquella primera por el camino de la Palaciana a salir en Bolao, creo que por los elementos paisajísticos tan singulares que tiene: El riu Vallanu, el de la cueva de las Herrerías y el Pozu la mina.
    Me había llevado mi padre un domingo por la mañana con él a cebar y soltar a beber al río, las dos parejas de tiro que usaba la empresa maderera para sacarla de los bosques talados. Mi padre trabajaba de carretero con la pareja de tudancas y el otro carretero, Segis, con la pareja de bueyes roxos, que por su gran alzada, en comparación con la de vacas de Tudanca, a mí me daban más miedo.
    Al finalizar las jornadas de trabajo, los domingos y festivos, los dejaban guardados en una cuadra perteneciente a Salva, tía materna de Valentín de la Llavandera que había ejercido de maestra en la Escuela de la Pereda. Cerca de la cuadra está la casa que hace esconce con la carretera en la que vivían Aurora y Arturo con sus hijos. Para que los bueyes no me llevaran por delante al volver del río con el ansia que traían por comer el pienso que mi padre les echaba, me izó en volandas hasta la peseblera y se fue a escontra de los bueyes. Al verlos yo perfilados con la escasa luz que entraba por la puerta del establo, me encogí y confieso que hasta lloré de miedo. Me calmaron las palabras de ánimo de mi padre y el cálido aliento de una de las enormes bestias que lamió mi pierna con su lijosa lengua.
    Otro domingo, por la tarde, me había llevado mi padre, montado de media cachera sobre la barra de la bicicleta hasta la bolera de “Las Mimosas”. Eran pareja al tiro Eduardo González González, “Pachu”, (primo carnal de mi padre, por el primer González y de mi abuela, por el segundo) y Ramón Vidal Sotres, “Pilón”. 
    Estos dos jugadores eran, y siguen siendo para quienes los conocimos, grandes ases del bolo palma y cuya fama traspasó los límites del concejo, sin los medios de comunicación de que hoy disponemos.
    Yo me quedé afuera de la bolera, al otro lado de la carretera, al cuidado de la bicicleta y jugando con mi amigo Ramón Gutiérrez García, “Tolino”. Recuerdo que Toño Cea Guitérrez, el hijo mayor de Hortensia y Antonio, nos llevó a que conociéramos el altar que había dispuesto en una cueva que existe en una finca de su propiedad, aprovechado el efecto de una columnata de estalactita y estalagmita.

    Pasados unos años, llegué con mucha expectativa y precauciones, por la peligrosidad que de ella me advertían, con toda razón, hasta el Pozu de la mina Bolao. Se habían reanudado los trabajos de explotación del pozo a cielo abierto. Las pequeñas lagunas azuladas del fondo reflejaban los alisos de la orilla norte. Las vagonetas permanecían en su estrecha vía sobre una pared que, de norte a sur, corta en dos el pozo. Al norte, estaban las casetas de los obreros hechas con ladrillo, en las que se podían ver las antiguas literas con colchones de borra. Al oeste, junto al camino, depositaban la tierra rojiza entre la que se hallaba la mena de pirita que con sus destellos dorados me parecían pepitas de oro. 
    A la pirita se la conoce como “el oro de los necios” y huelgo decir por qué. Guardé un trozo en mi mano y cerré el puño, como quien guarda un gran tesoro. Al abrirla, una vez alejado de la mina, noté en ella el olor acre del azufre. El sonido de la bomba que achicaba continuamente de agua el pozo, atronaba y añadía al ambiente más misterio si cabe mientras una gruesa manguera vertía en un canal el chorro de agua barrosa que anegaba el camino. Con la guerra se habían parado los trabajos y al reanudarlos fue necesario achicar el agua que aportaban múltiples venas y manantiales.
    En ella había trabajado de joven mi abuelo Santos González Cue.  Con una vaca de tiro movía las vagonetas por las estrechas vías. Un primo de mi abuelo, Perico “El Coxu” perdió una pierna tras un accidente con una de aquellas vagonetas que ahora serán un amasijo de hierros oxidados en el fondo de pozo.
    Ya abandonada la extracción por la poca rentabilidad que tenía, quedó mineral abandonado en las inmediaciones y que por oxidación su color fue virando del rojo al ocre. Y las vías y carrochas, bajo el agua. Las malezas acabaron por cubrir las orillas del Pozu la Mina a la vista de quienes por allí pasaban como queriendo ocultar el perpetuo caminar del tiempo. Pasados los años, unas veces en compañía de los amigos y otras como guía me llamaron la atención, en la fuente que mana cerca de la cueva de la H.errería, unos bloques de material de alta densidad como el manganeso, y con el aspecto de haber sido fundidos en algún horno cercano. Es sin duda, la referencia a esta actividad de la que proviene el nombre del sitio. Curiosamente, encontré parecido material formando parte de los muros de algunas fincas en Soberrón, bajo el Picu Castiellu, por lo que cabe tratarse de de antquísimas explotaciones del mineral que abrió una ruta parsimoniosa desde el neolítico hacia la cultura de los metales, cobre, bronce y hierro, con la que se favoreció los asentamientos estables y con ello al progreso en agricultura, transporte y comunicaciones. Por el camino que rodea el pozo, siempre en sentido Este, se llega al enclave de la capilla de San Felipe, pues desde entonces acá, recibió grandes atenciones para las mejoras de paso.
El camino más habitual de aquel tiempo era el que salía desde el molino las Mestas o por la Palaciana para tomar el andén derecho desde el cruce con la carretera hasta cerca del puente Las Arnias donde nos salíamos. Por el camino llegábamos hasta el lavadero, bebedero y fuente. Allí tomábamos por un sendero de atajo que salía a unos cuetos por encima de la capilla de San Felipe. 
Con mi abuela Araceli, tía Jandru y mi prima Tere fui la primera vez que recuerdo. Había costumbre de estrenar alpargatas de loneta blanca, por ser mayo, aunque como sigue ocurriendo ahora, es un mes que está muy lejos de ser verano. Al volver, si quedaba algo sano de ellas, tras las mojaduras en los pozos, en el prado embarrado o en la pesca de berros en el bebedero, se lavaban con cepillo y “Chimbo”, se ponían al calor de la chapa de la cocina y tratadas con una capa de “Blanco de España”, se guardaban para la próxima romería: la Hoguera de San Pedro en Pancar. 



Al lado de la capilla está la bolera, en la que se echaban importantes partidas de bolos y junto a ella, el puesto de la sidra. Los cohetes de la procesión ahuyentaban las impertinentes nubes que cubrían el Picu Soberrón. Acabados los actos litúrgicos, tenía lugar la comida detrás de la capilla, en el cuetu, donde la gente menuda jugábamos a pescar o al escondite. Por familias o grupos de amigos, se sentaban en torno a un mantel extendido sobre la hierba. Caliente el lugar ya con el sol por montera, vino a romper nuestro sopor, “Lisardo” que empujaba aquel carrito blanco con ruedas de radios de madera y llantas de hierro, adornado de colores a punta de pincel.
Salimos corriendo todos a su escontra para saborear el primer helado de temporada y ayudamos a tirar de aquel carro por el pedregoso camino con el ánimo de ganarnos una galleta o un cucurucho tostado extra. Nos izábamos ansiosos para olisquear dentro de los depósitos circulares la crema en el momento en que él abría las tapas que simulaban un gigantesco helado, quizás por comprobar si tendría para todos.
Matilde y Lolina ponían también, desde la mañana, sus respectivos tenderetes cargados de juguetes, globos, y avellanas de las que cargaban aquel cubilete que nos vaciaban en el bolsillo abierto en un gesto muy estudiado, con nuestro pulgar para que no nos cayese ni una al suelo. También, cacahuetes tostados, rosquillas adornadas de una nieve de azúcar de sabor anisado, chocolatinas, enormes cachabas rayadas de caramelo que devorábamos en un santiamén, manzanas acarameladas, orejones de melocotón, pasas y otras frutas confitadas. Y aquellos pitos que, una vez disueltos a lametones, dejaban libre, una bolita de anís, grato recuerdo de aquel primer día de mayo. Sarina, hacía un recorrido exhaustivo por las mesas de los clientes del puesto de sidra, la pandina de la bolera donde se sentaban los espectadores y por entre los manteles extendidos en el cueto, ofreciendo exclusivamente su “rica avellana”, de su lustrosa cesta de mimbres al brazo y con su faltriquera bajo el mandil donde metía la peseta y los dos reales que cobraba por cada cubilete.
Los “Panchinos”, a media tarde, probaban sus instrumentos en la cabecera de la bolera: Panchín tocaba el acordeón de forma maravillosa, siempre con una abierta sonrisa. La afición le vino cuando, en la guerra, encontró un acordeón abandonado. Formó la banda con un hermano de cuyo nombre no tengo recuerdo, a la batería, y que años después sería sustituido por Cosmín; con un cuñado suyo, Paco, además de ser un hábil orfebre, pues se dedicaba a convertir por encargo las monedas de plata y cobre en alianzas y anillos  y reparaba paraguas, tocaba con verdadera maestría el saxo moviéndose como podía con su pata de palo. Paquín, un hijo suyo había completado el grupo con la trompeta. Jordán, hijo del poeta llanisco Pin de Pría, era un maestro con el violín y mientras lo templaba antes de comenzar el grupo con el consabido pasodoble, nos deleitaba en una esquina del quiosco con piezas clásicas. Su instrumento tiene una historia que merece ser contada en otro momento. Aquellos sones perdidos entre los picos retornaban a capricho del viento y llenaban el valle bajo el Castiellu de nostálgica música, acompañada por los estallidos de cohetes, restallones, petardos y globos.
El tejado de la capilla completaba su atuendo de piedras distribuidas por el albañil para luchar contra el viento, con otro bien nutrido aporte de morrillos lanzados por la juventud, en la creencia de que al tirar una piedra al tejado de San Felipe se convertía en sortilegio para echarse novia o novio, en el transcurso del año.
El regreso se hacía al atardecer por el mismo sendero de la llegada, tanteando las piedras y los pozos hasta salir a la subida de la Velilla en la Arquera, donde tenía lugar la verbena, según me contaba mi padre, a la que acudió la única vez que le dieron permiso en el cuartel de Alicante, ya terminada la guerra, antes de pasar por casa.
Volvíamos por la vía hasta Bolao y el Molín de las Mestas a salir a Vallanu. 
Una anécdota contada por mi madre es que regresaban por la vía un grupo de rapazas y chavales y llovía tanto que la verbena se había aguado. Pasado el puente de las Arnias, oyeron los pitidos de la máquina del último tren que venía con bastante retraso, por lo que se tuvieron que echar literalmente al prado lindero hasta que pasase para retomar el andén.
Eran tiempos de mucha necesidad después de la guerra, el pan escaseaba y se racionaba su consumo. A la gente de los pueblos se les suponía con suficientes recursos, porque cultivaban maíz para la borona y las leyes del racionamiento sólo les permitía comprar pan cada dos o tres días. Algunos que se lo podían permitir, se las ingeniaban para traer el pan desde Unquera, Torrelavega o Santander donde lo conseguían sin tasa y a menor coste que en Llanes para luego revenderlo. El que lo estraperlaba, antes de llegar al túnel de las Mestas, lanzaba los sacos con el pan, aprovechando la curva para no ser visto por el maquinista y el fogonero o algún guardia o vigilante que por las ventanillas solían inspeccionar. 
Alguien se encargaba de recogerlo y llevarlo de noche sin ser visto ni levantar sospechas y el que lo lanzó por la puerta debió ver las siluetas de los jóvenes tendidos en el prado y pensó que estaban esperando la mercancía. 
Nano y Quico Quintana hijos de Lena, Araceli Sobrino Arenas del Jogu, Tere Sánchez de la Vega, la de David, Teresita Inguanzo de don Diego, Titi Sobrino Gutiérrez y mi madre Finu Noriega Sobrino, vieron caer en el prado donde estaban tumbados, un abultado saco de yute. 
    Es fácil comprender la sorpresa que se llevaron al abrirlo y encontrar las hermosas pantortas que había dentro. Se lo repartieron como mejor supieron de forma equitativa y caminando despacio, fueron golosineando las migas por las costuras, por preservar intacta la apariencia externa y repartirlo cada cual en su mesa. Al menos, en casa pasarían por alto la mojadura que llevaban y el estado de sus recién estrenadas alpargatas con suela de esparto.
Por el camino, junto al molín de las Mestas vieron a dos siluetas caminar bajo un paraguas, que con seguridad se preguntaban por qué no habían lanzado “el recado” aquella noche, el paquete como era costumbre. 
El arroyo que nace en la fuente de Las Herrerías aquí se encuentra con el Río Vallanu, pero con la lluvia, aquella noche sus aguas discurrían por el camino junto a la bolera del molín Las Mestas. Araceli resbaló y cayó al agua, pero no soltó la pantorta que llegó a la mesa intacta para repartirla con toda la extensa familia del H.ogu.

viernes, 27 de diciembre de 2013

9.- La llegada de la cigüeña


El nacimiento de mi hermano, exactamente el mismo día y el mismo mes que yo, pero seis años después, dio un cambio considerable a mi infancia.
Me llevaban con más frecuencia a estar con mis abuelos de Tamés y quedarme incluso a dormir con ellos. Me los imagino felices por tenerme a su vera y yo lo estaba tanto o más. Por los cálculos actuales, tenían cincuenta y dos años, pero yo los consideraba como “viejos”, en el mejor sentido del término. Decir viejo, entonces, en mi opinión, no le veía el sentido peyorativo; más bien quería decir, sabio, entendido de la vida, porque habían podido superar cuantas dificultades les habían aparecido a lo largo del camino.
Me veo jugando junto a la casa de Tamés con una plataforma parecida a la que usaba Clemente para llevar por los pueblos el pan de Sousa. Me la había hecho el abuelo a partir de un costero de castaño con aquella pesada azuela que aún conservo de su recuerdo. Para las ruedas, cortó con el serrucho en rodajas un tronco y de la misma madera sacó una astilla para el mástil del que yo tiraba con una cuerda y lo hacía rodar por el irregular empedrado de junto a la casa. Trasegaba en él materiales que encontraba hasta las lastras de junto al leñero, donde tenía intención de levantar una cabaña como la que había hecho el abuelo en la huerta del Colláu.
– Ven a desayunar – me dijo madre desde la ventana de la cocina y en cuanto entré por el estregal, añadió:
– Vamos a ir después a conocer al hermanín.
No recuerdo haber preguntado nada al respecto, por lo que estoy casi seguro que me llevé una sorpresa buena. Ya tenía un compañero de juegos, como los demás amigos. Se había confabulado todo mi mundo, es decir, los vecinos de los cuatro barrios que entonces lo componían y la extensa familia de abuelos, tíos y primos carnales y segundos que la componían.
En no sé qué reflexiones podrá andar un niño de seis años, de los de ahora, con todos los conocimientos que tienen a su alcance. De lo que estoy seguro es que lo que más me asombraba era la forma en que hacían su trabajo las cigüeñas para saber en qué casa había que dejar tanto niño como nacía en el pueblo. En esos pensamientos andaba yo, mientras daba cuenta del tazón de sopas de pan y leche que me había puesto mi abuela y me imaginaba cómo sería mi hermano.
Asido a la mano de la abuela recorrí el camino entre los dos barrios. Aquel día también lo recuerdo muy soleado, por tanto, mi ánimo estaba alegre con la noticia. Por entre las ramas de los nogales del Cuetu y del Campillín del Palaciu, miraba al cielo por si veía a la cigüeña pasar.
El Palaciu, en el barrio El Cuetu


No soy a describir objetivamente lo que sentí al ver aquel niño que ocupaba la cuna que yo había dejado de usar hacía tiempo, obra de mi bisabuelo Félix Gutiérrez de la Vega.
–Como eres ya un mozo, –me había dicho mi madre hacía mucho tiempo, –vas a dormir en la cama del otro cuarto.
Yo me sentía bien en ella, en cuya ventana llamaban las ramas del limonero sobre los cristales cuando soplaba fuerte el viento.
Desde hacía unos días, la cuna ocupaba un rincón de la sala. Ahora estaba vestida con sábanas bordadas de azul y una caperuza redonda protegía la pequeña almohada. Madre estaba en la cama y tenía en brazos a mi hermano. Me mandó subirme a su lado y me mostró, bajo la blanca toquilla de perlé, la cabeza del bebé y le cogí una de sus manos. No recuerdo ahora si el sentimiento que me embargó era similar o parecido al que tuve en el nacimiento de mis tres hijos.
Los vecinos y familiares que acudieron a conocer al neofito se sentían obligados a confortarme con alguna frase que les venía al apaño y los menos me felicitaban a mí por el cumpleaños.
Desde aquel día, mi pequeño mundo alrededor de la casa y del barrio se fue ensanchando de forma paulatina. Me consentían ir a pasar unos días con mis tíos, Jandru, Ramón y mi prima Tere, que ya había cumplido los nueve, a su casa de los Jorcaos en La Pereda. En otras ocasiones iba a Vallanu, a casa de mis tíos Teru y Quini. Ese mismo año nacería mi prima Marta María.
Me dejaban ir con mi tío Pepe, cuando pasaba por delante del huerto camino de la finca de Tresierra que limpiaba antes de llevar las vacas a pastar en la primavera. Mi recuerdo más indeleble es cuando, para limpiar las malezas, les prendió fuego y me llevó de la mano corriendo en vilo, a parapetarnos por unas grandes rocas. Al poco tiempo, se escucharon varias explosiones. Era tan común encontrar munición de la guerra al cavar o limpiar las fincas, que suponía un verdadero peligro y la gente lo sabía. Un joven del pueblo había muerto al desactivar un obús que encontró en el monte.
Comencé a llevar y traer solo las vacas a las Llastrucas, Nozalín o Mañanga. Echaba las horas muertas por el camino de regreso. Estaban talando el bosque de la Cotera del Toral. Sentado en el muro de Los Carriles, observaba los carros de bueyes que tenían los hermanos, Segis y Carlos   con que bajaban los puntales para cargar el GMC que los llevaría al embarque en la Estación de Llanes. Sentía las hachas y los tronzadores acompañar el ruido acompasado de la respiración de los madereros, el gemido de las brengas de la madera y el grito de ¡Árbol vaaaa! al poco seguido del golpe de la copa del árbol sobre el suelo. El aire se saturaba del característico olor de la savia de los eucaliptos.
Yo las encaminaba  agrupadas para evitar que se dispersaran, pero no siempre lo conseguía. La Turca, la más vieja de todas las vacas del pequeño rebaño, detentaba el mando cuando olía que no era mi padre el que llevaba la guiyada. Si sentía capricho, corría por entre los árboles de las Llastrucas en busca de un peyu de agua residual de las lluvias y era seguida de las más jóvenes, para las que no dejaba ni gota que beberse. A trescientos metros más adelante, volvía a escaparse hasta la fuente y bebederos de Patica. Yo las dejaba que volvieran y las guiaba hasta la finca donde las encerraba. Al volver por la tarde a por ellas, volvían a meterse en el bosque de Patica.
De esa mi primera etapa de la infancia, guardo un recuerdo muy celebrado que contaré.
Me había mandado madre a llevar por primera vez la comida a mi padre que trabajaba con una pareja de bueyes, a la madera en el bosque de Bolao. Conocía el camino de la Calzada que, partiendo del Jogu, nos lleva hasta el río de la Palaciana donde madre solía lavar la ropa y yo la había acompañado muchas veces antes del nacimiento de mi hermano. Me encantaba jugar en las pequeñas playas de arena fina que dejaba en el camino con las grandes crecidas. Sigue el camino, me explicaron, que sale a la carretera de Bolao, donde te esperará padre. Así lo hice después de atravesar el crecido cauce por las paseras que hay a un lado del camino.
De seguido, el camino se adentró bajo un arco continuo de avellanos y alisos que impedían la entrada del sol y adquiría un aspecto de misterio, más bien provocado por la manía que tenían los mayores de darnos miedo a los pequeños con seres mitológicos y de leyenda. Por ello apreté el paso hasta dar vista a la carretera, donde había de esperar a mi padre, sin salir. Como aún no estaba, por creerme mayor, costumbre habitual en esa edad, olvidé la promesa de la espera y di el salto para atravesar aquel regato que por las lluvias había un poco más caudal de lo común. Llevaba la comida en el carpanchu que sujetaba con una mano por las dos asas unidas. Dentro iba la tartera con el pote de fabada, el chusco de pan, una botella de café con leche y una tajada de queso de oveja curado que encargaba madre a Irundina la del Cotaxu.
Al saltar sobre la única piedra que sobresalía del agua se movió y perdí el equilibrio que recuperé al posar mis pies sobre la otra orilla, pero, al equilibrarme con los brazos, se salió el contenido de la tartera, una buena parte dentro del cesto y el resto al fondo del regato de agua, del que rescaté con premura de entre la arena y cantos rodados, las patatas y el chorizo que acomodé como pude dentro de la tartera donde venían.
Al poco de terminar el rescate, llegó padre y nos fuimos a sentar dentro de un cobertizo. Como notó a la primera el desorden del cestillo, me preguntó qué me había pasado. Yo no era a contárselo con palabras, pues las lágrimas afloraban y tampoco hizo falta pues sus dientes dieron en morder alguna dura piedrecilla que a buen seguro yo habría tomado por tierna patata. Me tranquilizó cuando  acarició mi cara con aquellas manos encallecidas y agrietadas del frío y la humedad.