martes, 15 de julio de 2014

54.- Es fiesta en la aldea

"Es día de fiesta en el pueblo. Maximina desgrana albores por entre los brezos y helechos de la Mañanga. Ya hay trajín en las cuadras. 
El olor a leche mecida invade la corralada y los gatos siguen maulladores tras el caldero de cinc. Un cohete rompe su carcasa de humo y ahuyenta el orbayu que amenaza en la Muezca. En el penduz se refugia el perro, asustado. El roncón de una gaita inicia su ronroneo y tras él afina el puntero los sones del “Asturias, patria querida”.
 En ese momento, la vida del pueblo se acelera. Las mozas corren de casa en casa, para repicar el pañuelo. Existen mujeres especializadas en hacer las lorzas y darles ese toque magistral sobre el peinado. Los chiquillos corren por los prados, saltando muros, detrás de las varetas de los cohetes. Después exhiben su colección y conservan aquella que resultó más fuerte y grande, repartiendo las demás entre los menos afortunados.
 Los ramos engalanados de roscos de pan y hortensias desfilan desde los distintos barrios para concentrarse en “El Rosal”. Allí se va reuniendo la gente en grupos, en un incesante saludo entre los que permanecen en el pueblo y aquellos que regresan de vacaciones de los distintos lugares de trabajo. Es como el retorno de las golondrinas. La alegría se cierne por el pueblo. Son aproximadamente las once y media. Como si se tratase de una lección aprendida durante años y años, las aldeanas se van colocando por orden de veteranía y estatura. Los tres ramos son portados a hombro por los mozos de acuerdo también con los grupos de edad y estatura por aquello de equilibrar y repartir adecuadamente en peso. El gaitero hace una señal al tamboritero y comienzan a tocar en tanto que arranca la comitiva.
Hay gente que por algún motivo no puede seguir la comitiva como las mujeres que quedan al tanto de la cocina, en aquellas casas donde se reúne mucha familia. Es el ama de casa quien sacrifica año tras año ese día detrás del fogón de leña.
Es curioso que en Parres el paseo procesional de iniciación no se haga acompañando al objeto de culto religioso, Santa Marina. En todos los pueblos que conozco el motivo religioso preside el acto folclórico. Después de andar un kilómetro, con alguna parada donde se acomodan los portadores su dolorido hombro, se llega a la capilla. El sol lanza sus rayos sobre el campo por entre los calveros del pequeño bosque y los evita bajo el refugio de sus ramas. Comienza la liturgia y no cesa del todo el murmullo de los saludos ni el ruido de la carretera con la llegada de nuevos coches y el insistente estallido de petardos que los chiquillos lanzan detrás de la capilla. Los corderos esperan atados al quiosco del coro ramoneando las hiedras que trepan al roble mientras lanzan quejumbrosos balidos que aportan su valor al paisaje que rememora el pasado pastoril de la fiesta. El colorido se enriquece con los globos, los vestidos, los ramos y los trajes de las aldeanas.
Se produce a duras penas el silencio, nunca absoluto mientras transcurre la misa con el sermón. Los coches siguen llegando y entremezclan el ruido de sus motores con el Credo que en esos momentos canta El Coro.
La procesión rodea el campo en emotivo «culo atrás» hasta dejar la Santa presidiendo la oferta cual Ceres divina. Ríe la gente porque un cordero se niega a caminar y es cogido en brazos por la joven que lo ofrece. Se cruzan los fotógrafos buscando el punto clave para la mejor foto y plasmar el momento. Saltan las lágrimas en aquellos que, después de muchos años separados del terruño, reviven sus recuerdos, pasando las páginas de su biografía. Acabada la ofrenda se inician los bailes en la carretera, cortada en corro por los espectadores. Se baila el pericote ensayado por el grupo y acto seguido los sones de la jota abre el ánimo de los mayores a bailarla con espontaneidad y estilo. La gente aplaude sonriente y envidiosa quizás de no poder, no atreverse o no saber bailarla. En realidad, no deja de ser una romería como otra cualquiera de las que existen en el concejo, pero Santa Marina lleva el toque especial parragués, en el marco incomparable de la campiña. 
Es la hora de la comida, y los que no bajan a sus casas, extienden los manteles por los prados de los alrededores, bajo la sombra. El yantar une a familias que durante el resto del año se ven separadas por obligaciones inexcusables.
Por la tarde, los puestos de sidra ayudan a la nostalgia mientras los músicos afinan los instrumentos. Los jóvenes acuden al campo para bailar. Las avellaneras pregonan sus sabrosas mercancías en tanto que el heladero de “Revuelta” hiende su cucharón en la rica y fría nata: En las orillas del campo los que tiran al blanco llenan de chasquidos metálicos el ambiente. 
Sonido y color pincelan el paisanaje hasta que el sol deje a la luna su labor esquivando como puede las movidas nubes que toldan “El Texéu”.
Los chiquillos, en pequeños grupos, recorremos el campo tras las varetas de cohete caídas. La avellanera recorre el campo con su cesta colgada al brazo y ofrece la mercancía por los corrillos de la gente mayor que charla. Se escucha el estallido de un globo que explota arañado entre los dedos de algún niño al que sigue sin apenas pausa un llanto desconsolador. 
Las cámaras de fotos, notarios del tiempo, emiten destellos entre la sombra de los castaños para dejar constancia del acontecimiento en no sé qué álbum o revista. Las niñas, las mozas y las ya maduras haldean su vestido de llanisca llenando el ambiente del tintineo de los corales de su dengue."
Por un instante, me vi hacer de monaguillo, sentado junto al cura en el ofrecimiento de ramos para proseguir luego la procesión y dejar en la capilla la vestimenta. Al acabar la seria labor sagrada corríamos con el resto de niños a recoger por los prados de las inmediaciones, los palos de cohete y volvíamos con nuestro trofeo que recontábamos para ver quién había conseguido más. Las manos cubiertas del negro de la pólvora quemada buscaban en el fondo del bolsillo el duro de propina que el cura nos había dado de su colecta y se nos iba en humo y estruendo de los restallones, petardos y bombas. Por la tarde, tras volver de comer al campo, algún dinero de más, entre las dádivas de padres, abuelos, tíos y el resto ahorrado durante todo el año, ayudábamos a cubrir gastos y necesidades del heladero, del barquillero, del tío vivo que empujaba los columpios a manivela, del tiro al blanco, de Sarina la avellanera, y de los puestos de Matilde y Lolina que para todo daba ese día nuestra economía. 
Me veo por la noche en la Bolera y dentro de la Casa Concejo, repleta a rabiar y llena de humo de los cigarrillos, corriendo entre las parejas que bailaban. Siento aún la adrenalina producida al correr y saltar las pandinas, para ocultarme en la penumbra de los portales de la Escuela en el juego del escondite. Me veo en los bancos del salón subido para mirar absorto a “Los Panchinos”. Panchín con su acordeón y su eterna sonrisa; Paco con su saxo y su hijo, también Paco, a la trompeta; Jordán, el hijo de Pepín de Pría, con su magistral violín y el batería del grupo con sus redobles. 
Al día siguiente me recuerdo yendo de madrugada al campo, sin que se levantasen los que pernoctaban en él para rastrear entre papeles de cucuruchos y vasos rotos y volver a casa con alguna que otra moneda perdida, juguetes rotos, avellanas, caramelos y otras tonterías que de niño rellenan el tiempo infinitamente largo de nuestra inocencia. Nada es ya como fue antaño. 



lunes, 14 de julio de 2014

53.- Los ensayos de Santa Marina

 Como fue siempre costumbre, una vez finalizadas las fiestas de San Pedro de Pancar, dan comienzo los ensayos de Santa Marina de Parres en la bolera de la Escuela.

Allí acudimos a las diez de la noche, a dar fe de nuestra admiración, respeto y nostalgia al comienzo de los bailes que deleitan todos los años a los romeros que acuden a la campiña de Santa Marina, el día 18 de julio. Aunque los años pasan de forma vertiginosa, se mantienen imborrables los sentimientos primeros con sabor agridulce de la añoranza del tiempo perdido en el pasado. Recuerdo cómo jugábamos los más críos a corretear por la bolera, mientras las panderetas con sus sonajas bailaban al aire los sones marcados por la piel del tambor y el acompañamiento de gaita. El sonido rebotado por la fachada de la escuela revierte en las casas de Pedrujerrín y de la Piniella, haciendo un fuerte eco.

Afortunadamente, cambiaron muchos conceptos en comparación con los existentes en aquella época. Antaño, los ensayos trataban esencialmente de los cánticos religiosos, tanto de la salida de ramos, la misa, la procesión y el ofrecimiento, que siguen manteniéndose tal cual.
Hogaño, salen más reforzados los bailes tradicionales que se exhiben una vez terminado el ritual religioso. 

Los más pequeños aprenden desde corta edad a dar los primeros pasos de los bailes entrenados por los jóvenes en una cadena que se continúa año tras año con la ventaja del interés que despierta en ellos, lo que hace posible que la tradición continúe tan fresca.

Los bailes que se hacen en orden a las edades, lo que asegura la continuidad a través de los años:

A) Los más pequeños se inician con el “Xiringüelín”.

B) Los medianos bailan “La Jota del Cuera” y “El Quirosanu”.

C) Los mayores bailan que lo bordan “La Jota de Cadavedo”, “El Xiringüelu”, “El Fandango” y “El Pericote” cuyos vestigios de danza ancestral vienen en su orígenes, según se dice, del pueblo de Cue y que en su forma más simple se bailaba entre dos aldeanas y un pastor que saltaba delante de ellas, forma de requiebro que se expresaba con la agilidad y fortaleza del danzante.

Para dar oportunidad a mayor cantidad de danzantes, actualmente se baila el Pericote con múltiples tríos, lo que lo hace más complicado por la coordinación de todos los participantes, que cuando se logra lo hace, si cabe, más vistoso.

En épocas de guerras o de la trashumancia, el danzante era sustituido por una moza con vestimenta masculina que hacía de "perico", de ahí lo de pericote. "No seas perico" era una frase muy oída para recriminar a la chica que gustaba de jugar como los chicos, saltando los muros o esguilando a los árboles y aún no desapareció del todo, usado por inercia mientras exista la rémora del machismo. 

Hoy van ataviados con los respectivos trajes, “de llanisca” y “de porruano”, respectivamente, términos nacidos quizás del mal uso en los distintos medios, que acaban confundiendo a los foráneos, como bien he comprobado en múltiples ocasiones, que consideran el vocablo “de llanisca” atribuible únicamente a la Villa, aunque todos los pueblos son llaniscos por pertenecer al Concejo de Llanes.

jueves, 10 de julio de 2014

52.- Las fuentes del alma


Sólo con pensar en las fuentes de todos los lugares que conocí se me hace la boca agua y lo hago para mitigar la sed mientras conduzco por las áridas tierras de La Meseta.
Hubo un tiempo de mi infancia en el que escuchaba en casa la idea de irnos a vivir a una casería de la zona central de Asturias, creo que por Noreña, para la que necesitaban una familia que la atendiese. Las condiciones laborables que ofrecían no sé si superaban con creces los beneficios obtenidos en nuestro minifundio de escasa media hectárea en propiedad. Confieso que me apenaba sobremanera la pérdida de contacto con los abuelos y resto de familia, vecinos, amigos y compañeros de escuela, maestro incluido. Una tragedia para mí y dediqué unas semanas a correr la voz.
Cuando hube avisado a todo el mundo, me di cuenta que me quedaba algo más por hacer. Tenía que despedirme de los lugares de mis juegos, las rocas que representaban en mi imaginación barcos de piratas, máquinas del tren, aviones de combate y otras niñerías. También debía recorrer las fuentes, que algunas por distantes repasaba por orden en un imaginario recorrido.
Quien nunca haya bebido del chorro de una fuente, usando las palmas de las manos y dejar que el agua se vaya por entre los dedos, o bien hundiendo la boca en un manantial, no podrá comprender lo que me pasaba.
En la Noche de San Juan, pasadas las doce, no olvidaba acercarme a beber la flor del agua en mi fuente predilecta, la Jornica y recogía unas ramas de verbena para preservarme de la picadura de una culebra. Sobre el techado de la fuente había varios ramos de flores adornándola.
Las fuentes y manantiales ocupan un lugar especial en el recuerdo de la toponimia de las aldeas. Hago memoria y surgen veinticinco nombres, lugares y hasta el sabor diferenciador de sus aguas.  No sé si aún tienen agua en las fuentes de Las Melendreras, donde vivía mi bisabuela Lisa,  La Retuerta, El Sapu, La Churra el Llanucu, La Arenal, El picón de los Riucos, Fuenteberrosa, Santa Marina, donde bebíamos tras los partidos de fútbol en el campo, Rabugandín, Reburdión, La Puerca y alguna otra más que quedan ya en olvido.
En La fuente de la O desapareció la losa grabada con un círculo y el centro que le daba nombre y que es una incógnita para mí su origen, significado y época, aunque me parezca estar viéndola todavía.

La Jornica.
Su nombre deriva del término 'horno' que al aspirarse, según ocurre en el bable de la zona, se convierte en /h.ornu/ y por la apariencia de esta fuente con la de un horno pequeño, viene lo de  “jornica” al que se le puede sumar un matiz familiar y cariñoso.
De ella llevábamos agua para las casas de los barrios, que decíamos de 'arriba de la carretera' : Tamés, El Palaciu, El Cuetu, Coxiguero, Tresierra, La Veguca, La Caleyona, Cospechu, Campu'l Roble y La Piniella.
Es un afloramiento de agua protegido por una construcción en piedra y cubierta de mortero. Por una pequeña puerta abierta en la pared frontal, sacábamos el agua con la ayuda de un tanque que llevábamos de casa, aunque solía haber uno para uso comunitario. Cerca de ella estaba el bebedero, de factura similar y afloraban otros manantiales que convertían el lugar en una charca llena de berros y otras plantas acuáticas que mantenían las aguas claras de las que gustaba beber alguno de los animales, aunque la mayoría de ellos se iban directos al abrevadero en el que sobrenadaba una verdosa tela de algas y lentejas y bajo ella una rica fauna con renacuajos, tritones, sanguijuelas, zapateros, ditiscos, garapitos y mosquitos a los que ahuyentaban con el aire caliente de su respiración.
Siempre se decía que el agua de la Jornica, nace en las cuestas y pasa por La Ardina, donde se escuchaba el sonido de la corriente subterránea en una covacha.
Había un atajo desde La Piniella hacia la Iglesia, sobre unas paseras de piedra que sobresalían apenas entre los berros y las olorosas mentas de agua. ¡Cuántos de mis recuerdos infantiles se hundieron para siempre en aquel ensoñado paraje poblado de Xanas y Ondinas!
Por su cercanía al templo, con el agua de La Jornica se llenaba la pila bautismal y el calderín del hisopo con que se bendice a los animales que desfilan el día de San Antón y la última morada del Campo la Barrera. Mi vecina Rosi Sobrino Arenas me pasó estos versos que se cantaban por San Juan en el enrame de La Jornica, antiquísimo culto al agua, acompañados de pandero y panderetas:
I
Vamos a enramar la fuente,
la fuente de la Jornica
que con el agua que mana
se consagra y se bautiza.
II
Vamos a enramar la fuente,
la fuente de la Jornica,
donde todos los años crían
un papín y una cerica.
III
Los anabios del Cuera
bien haya quien los cortó.
Los cortó Rosa Sobrino
y un galán que le ayudó.
IV
Vamos a enramar la fuente,
la fuente del (*)Cañu nuevu,
con los anabios del Cuera,
y con la flor del romeru.
V
La fuente enramada está,
la fuente enramada queda.
La fuente enramada está
con dos arcos y banderas.

El Cañu la Viña.
Esta fuente, pudiera decirse que era para los barrios de “abajo”, aunque este término aquí carece de sentido espacial, pues de ella se servían tanto los barrios de Brañes, La Casona, La Concha, Ribaz, La Vega los Romeros, Pedrujerrín, y Recuestu, unos a nivel de la carretera y otros por encima o por debajo.
Esa diferenciación geográfica no obedecía a ningún otro criterio que el de dividir la población escolar en dos bandos a la salida de clase. Acudíamos a las tapineras con el fin de proveernos de material bélico para meternos en una batalla “campal”, nunca mejor dicho. No siempre quedaba clara la pertenencia a uno u otro bando pues los había que tenían igual querencia por ambos frentes, pues las casas de sus abuelos quedaban del otro lado. He de decir, ya sin ningún orgullo, que los de “arriba”, por cuestiones físicas gravitatorias llevábamos, casi siempre, las de ganar.
Muchos de nuestros juegos, eran así de brutos como la época que acababa de pasar y los términos usados dan fe de ello, así como: las partidas, los de arriba contra los de abajo, al soldado, al escondite por los barrios o por las cuevas, a fugados y guardias... También imitábamos a los héroes de los tebeos, con espadas y lanzas de madera como “El Capitán Trueno” y “El Jabato” o tirando de arco como “Robin Hood” y el tiragomas con el que no quedaba cristal entero de las casas en ruinas, ni tacilla aislante entera a lo largo del tendido eléctrico. Jugábamos también a “indios y vaqueros”, a “policías y ladrones” , pero los mejores juegos eran los de grupo donde se aprendía a colaborar con los demás, las interminables “partidas” de pillar y librar, a presos y carcelero en el pórtico de la iglesia o en los portales de la escuela, casi todos como dije con la misma temática bélica.
Junto a la fuente hay un bebedero y un hermoso lavadero donde los lunes, así era la costumbre entonces, las mujeres acudían con las bateas de cinc repletas de ropa. Si había sitio bastante en los dieciséis depósitos que existen, cada una elegía dos colindantes; uno para echar la ropa a remojar con un chorro de lejía y frotar, prenda por prenda, sobre la piedra finamente labrada con la pastilla del chimbo y el cepillo de cerdas, si era necesario, el otro para dar el aclarado y tomar el añil de una bolsa hundida en el agua, que les aportaba blancura y un característico olor a limpias. Si no llovía, las tendían  sobre los muros de la finca cercana para que recudieran el agua.
Los pequeños que las acompañábamos, como no puede esperar menos, jugábamos con el agua del bebedero y de un manantial a ras del suelo, La Churra, que mana de una roca de La Piniella, con un hervidero de renacuajos de sapo que llamábamos cabezones o cruzábamos de una parte a otra la pandina, sorteando las pilastras de madera que sostenían el tejado de lata.
En los recreos, antes de subir a las aulas, calmábamos la sed en esta fuente, deslizándonos por una basna bajo el nogal, que acababa haciendo añicos los pantalones y lo que es peor, nuestras piernas.
De los dos maestros que me dieron clase, el primero, D. Francisco Peláez, natural de Pechón, D. Paco,  me enviaba con el botijo a la fuente y lo subía lleno, por mandato suyo, al piso superior. He de aclarar que don Paco, seguramente por causa de la guerra, tenía un impedimento al andar y Dª Ramona, su esposa, bastantes kilos de más. Yo me beneficiaba de alguna onza de chocolate o caramelos, por mi servicio de aguador.
Con el segundo maestro, D. Manuel Fernández, de Andrín, íbamos a por agua para beber en las tardes cálidas de comienzo de verano o para llenar la botella con la que regaba el piso de madera los viernes, que me tocaba quedar a barrer. El presupuesto escolar no contemplaba la limpieza y los alumnos debíamos llevarla a cabo, por riguroso turno, asesorados por el maestro que también cogía la escoba o limpiaba el polvo de las mesas y ventanas.
La crisis de entonces era la herencia que nos había dejado la guerra. Hasta bien entrada la década de los ochenta, la limpieza de las escuelas era atendida, salvo casos excepcionales, por los propios niños, digo bien, y los maestros. No vea el lector en estas líneas apología de aquella crisis pasada para justificar lo que podamos llegar a ver con la actual. Antes bien, prefiero creer que ningún político consienta en dar pasos atrás en lo relacionado con la Escuela Pública, servicio que permite el acceso a una educación de calidad para todos, de la que como alumno guardo inmensa gratitud y como maestro defiendo.

Fuente La República
Es un testigo mudo que permaneció imborrable, a pesar de los hechos acaecidos y la represión que estos términos sufrieron.
Asentada en un cruce de caminos, servía sus aguas a los barrios Joucubil, El Jou, Calvu, La Xunca, La Campa, La Tinuta y Rupandiellu, El Cotaxu, La Bolera, Barrio Chino, El Colláu y Sabugosa.

Covarada es un manantial, justamente a la salida de la gran caverna que horada el Cueto Las Cerezales y viene de Corisco donde se aboluga una vez más el río Melendru, en la otra boca de la cavidad de piedra, conocida como Covarón servía a los vecinos de Vallanu.
En Covarada, lavaban las mujeres, de hinojos en la arena de la orilla y frotaban las prendas sobre las lastras inclinadas, medio hundidas en el agua del río. El sol no tardaba en acudir solícito a secar el rocío de la noche caído sobre la pequeña campera adornada de mentas y catasolas, ante aquella simulada oración, sacando del agua las empapadas sábanas las elevaban al sol y las volvían a hundir.
En el sitio y barrio de Cuetupuñu existe otro pequeño manantial que envía sus aguas al Río Vallanu entre una pequeña chopera.
A las aguas de los ríos, se llevaban las ropas de las familias en las que alguno de sus miembros padecía una afección pulmonar, que eran de tratamiento largo y mucho reposo. Había un excesivo cuidado con eso, pues las penicilinas no eran conocidas o no estaban al alcance de todo el mundo. Había pocas casas en las que no hubiese alguien afectado o en contacto con familiares que las padeciesen y eso suscitaba, dicho suavemente, un cierto recelo entre la población.
Había otros manantiales alejados del pueblo como las de La Palaciana, camino de Parres a Bolao o las de Golondrón y Jorimiga, Las Llastrucas, Patica,  perdidas todas ellas por la acción de la cantera.
 
De la fuente de Moscadoria, cercana a Santa Marina, guardo imborrables recuerdos por haber acompañado a mi madre. Lavaba al lado de un pozo que a mí me parecía profundo, a la sombra de un alloral. Cercano estaba el depósito de agua y aún puede verse la construcción hecha de cemento que debió de encauzar en un canal, de eso me di cuenta recientemente, el agua hasta Requexu, donde bien pudiera haber existido una pequeña aceña, pisa o herrería, pero sólo es una mera especulación mía.
Solían ponerse de acuerdo varias madres, para hacer más llevadero el camino y el trabajo, charlando de sus cosas y niños y problemas o amenizando el tiempo con cánticos, romances e historias. Los críos explorábamos la vecina cueva que lleva su nombre o hacíamos barcos con las cortezas de los arces que se desprendían. Al final del río lo cruza un camino de herradura y había unas paseras para vadearlo a pie enjuto. Nosotros, pequeños ingenieros aficionados al agua, la represábamos  con troncos, tapines, piedras y mollejas. Llevábamos las pequeñas balsas junto a la fuente para soltarlas y las íbamos a esperar junto a las paseras para recuperarlas con una caña de avellano. La mayoría de las veces, aquellas primitivas y liliputienses barquichuelas, quedaban atrapadas por alguna caña de laurel o acababan hundidas en el remolino central del negro pozo.
Antes de marchar para casa, teníamos que vaciar de arena nuestras playeras, casi deshecha la suela de esparto, y ponerlas a recudir al sol en un muro, en tanto dábamos fin a nuestra más excelsa merienda de garitu de pan y onza de chocolate.


miércoles, 2 de julio de 2014

51.- Barbaché, "El hombre foca"

Casi perdido en la neblina de mis años mozos, guardo un suceso que tuvo lugar en el parque de Porrúa, por la fiesta del Rosario, que se celebraba en el tardío, el primer domingo de octubre. Habíamos acudido mi amigo Ramón y yo por la tarde, a eso de las cinco, al tiempo que las avellaneras montaban su quiosco ambulante. No más de una docena de críos corrían a esconderse tras los arces del recinto circular.
Antes de proseguir con la narración, por el respeto que siento por mis lectores, y también por curarme en salud de no ser creído, diré que este suceso, con el paso del tiempo, a mí también me llegó a parecer una fábula de poca o ninguna credibilidad y, según lo iba narrando, confesaba mi propia duda. Parezca realidad o fábula, quiero compartirlo.
Habíamos llegado al pueblo y, como por el parque no veíamos más que chiquillos, acordamos andar los lugares del pueblo en los que solía concentrarse la mocedad: la bolera y los tres bares, “El Pizá”, “La Guaira” y “El Cuatro”, que en el pueblo había. Desde la terraza de éste último establecimiento, escuchamos grandes voces en El Parque y a él regresamos para ver qué ocurría. Sin llegar al final de la cuesta que baja de la carretera al recinto festivo, supimos del origen de aquellas voces.
Un hombre de mediana edad, complexión atlética, tez y cabello moreno, animaba con fuerte voz a cuantos pudieran oírle que acudieran a ver la actuación del sin par Barbaché, “El hombre foca” como a sí mismo se definía.
Había tomado una de las sillas de madera plegables que se usaban en los puestos de sidra que iban por las romerías. Tras armarla, la elevó por encima de su cabeza como pluma y la dejó al fin apoyada en equilibrio sobre una de las patas sobre el callo que tenía en la punta de su barbilla. Tuvo aplausos por parte del público infantil, menos exigente que el adulto que para entonces había empezado a llegar de los caminos radiales que abocan al parque, con aire poco expectante. Pero la función sólo había hecho más que empezar.
Acto seguido, invitó a que alguno de los chavales que se habían acercado, se animara a subirse en la silla, a la que le hizo una esmerada inspección para comprobar que las tablas y los ensamblajes estaban en perfectas condiciones.
Logró convencer a uno de los muchachos y tras aconsejarle que no se soltase de la silla ni que sintiese miedo alguno, los izó, muchacho y silla, hasta dejarla como la vez anterior en equilibrio sobre su prominente y encallecido mentón. Ante el asombro de los que allí estábamos, abrió en cruz los brazos para más ostentación de su arte circense. Los aplausos se intensificaron y con ellos también la afluencia del público.
La función continuó. Pidió a unos mozalbetes que le trajeran algún objeto más pesado. No tardaron en sacarle del interior de una cuadra cercana que allí había, una de las ruedas del carro de vacas, de radios de madera de roble, calabaza de acacia y ancha banda de grueso acero. Con la misma facilidad que en el anterior ejercicio la subió sobre el mentón y la mantuvo en equilibrio con los brazos en cruz. La expectante mirada de los que allí estábamos era en sí misma otro espectáculo, por lo que no reparé en los aplausos ni creo que hicieran maldita la falta. Después de tomarse una cerveza en el puesto de sidra “Parres”, servida por “Catanga”, mozo camarero que ayudaba al dueño en las romerías, volvió a pedirles a los mozos que le hacía falta algo aún de mayor peso. Pienso que, heridos en su amor propio, sacaron de una cuneta un brengoso poste que habían dejado los obreros de la “Electra Bedón”, al ser sustituido por uno nuevo, de la línea del suministro al pueblo.  Entre cuatro se lo dejaron allí tirado, entre muchas risas y comedias, dando por sentado que con aquel palo habrían de desbaratar la actuación.
Como si tal cosa, Barbaché,  lo enderezó al cielo levantándolo entre los brazos y el pecho hasta depositarlo sobre el firme mentón. Después lo dejó caer con la misma soltura y elegancia que las veces precedentes.
Nadie podía dar crédito a lo que acababa de ver y, pensando que con esta demostración ponía punto final al espectáculo, todo el mundo aplaudió a rabiar.
Tras un corto tiempo que aprovechó para respirar, rogó por favor a los chavales que  le trajeran algo más pesado.
Se pusieron de acuerdo en un instante y volvieron al tendejón de la cercana cuadra, de donde regresaron tirando de una máquina de arar que allí se guardaba.
Para quienes no conozcan tal máquina, les diré que existen varios modelos de distinto peso, pero aquélla no era de las más ligeras y como todas, con añadido peligro de las reyeras que cortan el tapín y los paletones que voltean la secha, a lo que se añaden las dos ruedas y el eje central, todo en hierro macizo.
Aquel hombre, con la misma soltura con que manejó las anteriores cosas, sin demostrar un esfuerzo extraordinario, la sostuvo sobre las callosa barbilla, apoyada por la maneta principal con la que se maneja el aladro.
El día siguiente de este acontecimiento en que fui a ver a mis abuelos, se lo conté con el mismo lujo de detalles que aquí empleo. Mi abuelo a quien nunca le vi fabular me dio una explicación al caso y me habló de la posibilidad de aplicar sin que nos diéramos cuenta una hipnosis colectiva. No sabría decir ahora si vivido por él o escuchándolo decir a alguien, me contó que un feriante había hecho ver al público congregado cómo una gallina llevaba en el pico un poste de la luz, pero que en realidad no podía ser otra cosa que una hierba seca.
No obstante mis dudas, el tal personaje existió. Mi amigo y yo nos quedamos apartados, algo más alejados que el resto, con el inconfesable objetivo de evitar echar moneda en la boina cuando al final de su actuación lógicamente, esperábamos que pasara para cobrar justamente por su actuación. Años más tarde, hablando del caso con la gente, me dieron fe de su actuación en dos sitios: en Panes, junto a “El Comportu” y en Parres, junto a “El Fresnu”.
Pero lo que rubrica con más fuerza la fidelidad de mi narración es el comentario que uno de mis lectores del blog me hace, más o menos con estas palabras:
1.- “El personaje parece mítico; es cierto, pero existió realmente. También anduvo por León y Castilla. Yo lo vi en el Bierzo, y en San Justo, un pueblo cercano a Astorga.
Era además un tipo alto, flaco y desgarbado, sin ningún aspecto de forzudo. Julio Llamazares tiene un cuento en su libro "Escenas de cine mudo", titulado "El mundo en la barbilla", en el que relata cómo se encontró la furgoneta de Barbache, abandonada en un pueblo de Soria. En su libro cuenta el trágico final de este hombre increíble, final que, como comprenderás, no debemos desvelar”.
En un segundo comentario, después de mi respuesta dándole las gracias, me añadió más datos dignos de compartir aquí, con su permiso:
2.- “No exageras nada en lo que cuentas de ese hombre extraordinario, yo le vi sostener en la barbilla pesos mayores, que no podía subir sólo y tenían que acercárselos entre dos o tres paisanos. En el número de la escalera, después colgó arriba una silla con un hombre sentado. La primera vez lo vi en Almagarinos, en el Bierzo, estaba con mi abuelo que pesaba unos 130 kilos y quiso sostenerlo también sobre la silla, mi abuelo rehusó. La segunda vez lo vi en mi pueblo, San Justo de la Vega, con alardes parecidos. ¡Había pasado el tiempo pero me reconoció como el niño que iba con aquel hombre tan fuerte!...
Tu descripción creo que coincide bastante con mis recuerdos. Tengo el vicio de las caras, del rostro, la gestualidad, la expresión no verbal. Diría que era un gascón, barbilla prominente, desde luego, nariz afilada y aguileña, además de las otras características que hemos apuntado. Julio Llamazares en su obra dice que era francés.
Visitaré tus páginas, en algunas ya entré. Y gracias a ti de nuevo por este guapo recuerdo.” R.R.P.

Confirma su existencia, una lectora del blog con este comentario que le agradezco.

3.-

(23 de abril de 2017)
Estherrible ha dejado un nuevo comentario en su entrada "51.- Barbache, "El hombre foca"": 

"Vivió sus últimos años en Sant Feliu de Guíxols (Girona), en una cabaña en el bosque. Cuando bajaba al pueblo, ya muy mayor, haraposo, sucio y me atrevería a decir que la mayoría de veces algo bebido, levantaba sillas, vallas de seguridad y lo que hiciese falta al grito de "Otro número!...". Los niños le amábamos (tengo 40 años). Se hacía llamar Barbacoa. Al final le acogieron las monjas del hospital del pueblo y allí acabó. Cuenta la leyenda que era un artista de circo y no se sabe por qué lo dejó. Siempre había querido saber más de él. Muchas gracias!"

4.- whitefalcon_64

Su nombre real era Casimiro Pascual Cruañas. Habia nacido en la calle Trafalgar de Sant Feliu de Guixols (Girona), vecino de mi padre. Despues de unas décadas fuera de la población, regresó a mediados de los 70 (yo debia tener 10-12 años).Se hacía llamar BARBACHÉ-BARBACOA "el hombre foca", y se ganaba la vida con sus
números circenses en los descansos de partidos de fútbol, verbenas u otros eventos locales. Solía explicar que habia estado ingresado en un hospital de Oviedo, y su compañero de habitación fué Mario César Jacquet, un futbolista sudamericano del Real Oviedo a principios de los 70. Barbacoa (o Barbaché) era un enamorado del futbol y le gustaba en los descansos de los partidos del equipo local ponerse de portero y que los crios le chutáramos penalties. Cuando paraba alguno, solia decir a gritos, con voz de radio.... HA PARADO RAMALLETS, SEÑORES !!. Aqui se le tiene un grandisimo recuerdo. Era una buena persona a la que todo el pueblo apreciaba, aunque tuvo algun episodio desagradable cuando cayó en el alcoholismo. Las monjas del hospital local lo apartaron de tal adicción, hasta el final de sus días.

Gracias!
Me agrada tener tantas referencias sobre aquel personaje que, por lo que le vi hacer tan extraordinario para un chavalín que yo era, llegué a pensar que pudiera ser un sueño, o como me contaba mi abuelo cuando se lo expliqué, pudiera ser que nos hubiera hipnotizado a todos los allí presentes. Gracias por vuestros datos que vienen a corroborar lo que vieron mis ojos. 

sábado, 28 de junio de 2014

50.- El Magüestu

Los amarillos frutos iluminan la verde oscura copa del castañar. Ya se encuentran los senderos del bosque tupidos con un manto ocre, anunciando la inminente entrada de la estación otoñal.
Las castañas calmaron el hambre de la posguerra en todas las familias del campo y también de la ciudad.
Mis abuelos las guardaban extendidas en la salona, de gruesos tablones de castaño, a la que se accedía desde el penúltimo peldaño de la escalera que desembocaba en el pasillo entre las dos únicas habitaciones. Separada apenas con un medio tabique del pajar de la cuadra colindante del que llegaba predominante el olor a heno guardaba para mí otras sensaciones olfativas que yo adjudicaba al viejo baúl y al armario ropero de luna piada que guardaba viejas gabardinas y chaquetas de lana, siendo no obstante un recinto bien ventilado por un ventanal sin cristales al sur, un ventano al norte y el tejado por el que se deslizaba el aire entre las tejas y las ripias.  De los pontones colgaban las ristras del maíz, ajos y cebollas. Extendidas sobre viejas colchas se secaban las castañas, las nueces y las avellanas. Sobre una tarima improvisada con tablas se extendían las habas blancas y de color antes de guardarlas en sacas. En la parte más oscura, tapadas con sacos, se guardaban las patatas . Una numerosa familia de gatos nacidos por el henal se encargaban de mantener la sala libre de indeseables inquilinos.
Las castañas se asaban en el horno de la cocina de leña o bien en la chapa cimera, junto al talo de maíz sobre hojas de castaño o de berza. Era la cena habitual que acompañaba al tazón de leche fresca. Otras veces se cocían en agua con una pizca de sal, peladas enteramente o a medio pelar, a las que llamábamos corbatas. Si sobraban, se hacían sopas con leche y azúcar del desayuno.
Pero las más sabrosas eran las magostadas, por la aventura que conllevaba hacerlas. Los domingos por la tarde nos juntábamos toda lo chavalería en la bolera, junto a la escuela para decidir el lugar del magüestu. Llegados al lugar elegido, nos organizábamos en grupos para recoger las castañas, para preparar la cama de helechos y recoger la leña de la fogata.  Se mozcaban las castañas para que no saltasen al calentar y se iban extendiendo sobre una cama de helechos frescos y se tapaban con más helechos. Así asaban en dulce antes de que se quedaran como carbonilla, incomibles.
La tarea más delicada era controlar el fuego de forma que no fuese demasiado intenso ni que faltase calor constante al magostal.  Nos servíamos de las árgomas secas de los gromos, tojo, tan abundante en la zona y de helechos secos principalmente. Elegíamos una campera libre donde las llamas no pusieran en peligro el bosque y rodeábamos la fogata con piedras. Mientras los improvisados cocineros, removían las castañas con varas de avellano, los demás jugábamos a pescar, es decir, a correr a pillar hasta que las primeras explosiones de las castañas testigo que se echaban sin moscar, nos avisaban de que estaban bien magostadas.
Se retiraba el fuego y se tapaban con la misma ceniza y algunos helechos por encima para que cocieran en dulce. Pasado un tiempo prudencial, se abría el montón y con una vara se arrastraban de entre las cenizas y se extendían por el verde, de donde cada uno las iba tomando a medida que se comían.
En mi etapa de maestro, prácticamente al cien por cien en el ámbito rural, me pareció importante trasmitirlo a mis alumnos, como un legado del pasado que encontró eco entre compañeros y padres. Aprovechábamos la actividad para inculcarles el respeto al medio ambiente, al bosque y a las tradiciones, siempre acompañada de juegos y estudio de la flora y fauna del bosque, con el que deben sentirse integrados. Así fue como se transmitieron las costumbres positivas para la humanidad.
Repartidas las castañas sobrantes entre todos, sólo quedaron entre las cenizas las que decíamos “cagalitos de la zorra”, las carbonizada y las cacabiellas.
        Hacíamos el camino de regreso charlando amigablemente, entizonados hasta las orejas y suficientemente cansados, pero contentos por aquel agradable domingo que acabábamos de pasar.


lunes, 23 de junio de 2014

49.- Al buscu

La vida en la aldea, estaba muy relacionada con el bosque. Los vientos huracanados y la tala para aprovechamiento del castaño en la construcción, había mermado el número de ejemplares de este árbol autóctono; en realidad, los que quedaban raramente formaban bosque. Tan sólo se conservaban los mayores, porque ya no eran tan aptos para madera y tampoco como combustible, aparte de los frutos para consumo en el invierno. Los castaños que se plantaron a partir de entonces, los llamadas japoneses, son de crecimiento más rápido y de tronco recto sin apenas cañas, que los hace más valiosos para la serrería, pero sus frutos son insípidos y la piel se desprende con dificultad. Coincidió también con el apogeo del eucalipto para las papeleras y las minas, pues su crecimiento rápido y además porque sólo basta con plantarlo una vez y él se va expandiendo, que a la larga es un defecto más que una virtud.  
Por los caminos de la aldea, en las pequeñas camperas y en los cuetos, existen aún numerosos nogales por mor de una ley que favorecía la plantación de esta especie frutal. Se les protegía de forma que los animales sueltos no los dañaran hasta su fortalecimiento. Pertenecía de por vida, del árbol, al vecino que lo hubiese plantado así como el terreno bajo su sombra y se le reconocía el derecho a sus herederos. Recuerdo uno cerca de mi casa, conocido como “el nogal del tío Félix”  que lo había plantado, quizás en vida de su padre  y de esto hará ya más del siglo. Las nueces caídas de forma natural podían ser recogidas por cualquier persona. Sólo su dueño las podía varear.  Los rapaces las echábamos abajo a pedrada limpia; los cuervos las llevaban a estrellarlas contra una roca. A estas aves se les debe la mayoría de nogales que nacen actualmente.
Los días de vientos racheados, eran los más apropiados para ir “al buscu”. Recorríamos el pueblo para buscar las nueces caídas de los numerosos nogales plantados de esa forma al lado de los caminos y en términos públicos o incluso los que estaban en abertal. Salíamos de la escuela y en casa tomábamos un saco ya preparado para tal efecto, bocadillo de merienda en ristre, algunas veces con una onza de chocolate, queso o chorizo, las menos, y nos adentrábamos por La Mañanga, o por La Boriza, hasta los mismos límites con el pueblo de Porrúa. No era solamente la nuez, el objetivo de nuestra salida. Algunos castaños más soleados ya dejaban caer algunos frutos maduros. Las higueras plantadas al lado de las cabañas aún conservaban algunos de sus melosos frutos, mientras íbamos llenando la saca de castañas y nueces.
A veces, bajo la oscura fronda del repentino anochecer otoñal, por un inexplicable mecanismo, presentía la cercanía de algún animal que posiblemente tenía tanto miedo de mí como yo de él y se me erizaban los pelos. Golpeaba con la guillada que llevaba conmigo las cañas y escuchaba sus carreras sobre la hojarasca.
Alguna vez, el susto me vino de una voz recia del dueño de la finca en la que me encontraba buscando y cambiaba inmediatamente de lugar. Sabía de oírlo contar en casa una ley tácita, no escrita, por la que, dado el caso de que el propietario del abertal llegase a recoger sus castañas, nunca podría exigirme la devolución de la mercancía, pero tampoco yo debía esmugar los oricios para sacar las castañas. Estos eran recogidos por el dueño para llevarlos a la cuerre, construcción circular con muro sin entrada para evitar la entrada del jabalí. Así protegidas bajo su piel espinosa se conservaban hasta su consumo en pleno invierno.
En aquel tiempo de mi niñez, los recursos familiares no andaban sobrados. Todo lo que se recogía servía para el consumo del año y había suficiente para todos los vecinos. Normalmente nadie se sentía molesto porque se buscase en sus propiedades en abertal, otra cosa bien distinta era si se entraba con descaro en las que había cerradas de muro.
Cuando me parecía que la noche se me echaba encima, aceleraba el paso de regreso. Las luces del anochecer jugaban malas pasadas con los rayos deshilachados a través de los zarzales y gromos de los caminos. Eran tiempos de oscuras historias de guardias y emboscados en las tertulias, de ánimas y demonios en los sermones y de leyendas de sacaúntos y hombres del saco como para tenernos a todos en el mismo saco de la servidumbre.
Las campanas en el campanario de la iglesia, llamando a oración, con sus badajos lanzaban al fresco aire de la boriza, tristes notas que me impelían a caminar aún más deprisa hasta que divisaba los tejados de la Veguca.
Al día siguiente las nueces ahornadas en la chapa de la cocina las llevaba en el bolsillo para el recreo de la mañana. El macio que quedaba en mis manos se resistía a borrarse. Sólo restregándolas en el verdín de las piedras junto a la fuente me lo quitaba, en parte.
Solíamos recoger las nueces caídas del nogal que aún existe junto a la escuela. A los maestros, por aquello de la urbanidad que también calificaban, no les hacía gracia que llevásemos las manos pintadas del verde del maciu, que con el tiempo se volvía del color de la nicotina y ni el chimbo ni la lejía podía con la nogalina. En los maizales de La Viña, buscaba otro remedio. Algunos maíces tenían un hongo parásito, el cornezuelo del centeno, conocido por nosotros como “la mona” , con el que nos restregábamos los dedos y al aclararlo en la fuente se atenuaba el tinte y podíamos evitar un disgusto mayor en el aula.
Aún se conserva, como dije, el nogal de mi infancia en la escuela y que fue también el de mis padres, sólo que ahora, con los años, ganó en belleza con su praxitélica figura que parece no estar sujeta a la ley de Newton, a la furia de Eolo ni a la clepsidra de Cronos.

viernes, 20 de junio de 2014

48.- El Fresnu

Da su nombre este legendario árbol al último de los establecimientos de Parres que se resistió al paso del tiempo, tanto por el empeño de sus dueños como por el encanto de su ubicación, perfecto mirador desde el que se puede contemplar la paré del Texéu que parece sostenida por las Cuestas, cual sólidos contrafuertes suyos y por detrás por las suaves crestas del Cuera, aunque por medio haya una masa caliza que va perdiendo altura hasta encontrarse con el verde valle de Viango.
Antes de convertirse en tienda y en bar, fue una casa con corredor, corralada, establo y huerto en el que brotó y desarrolló un fresno que le daría nombre al conjunto y ya inevitablemente al lugar, perteneciente al barrio de Brañes. La finca debió de ser cortada con la construcción de la caja de la carretera, pues al otro lado de la misma, tenía propiedad de un huerto en el que recuerdo una higuera y dos nogales, lo que hoy está destinado a aparcamiento del bar.

Desde la Casona de mis abuelos, por la galería, se veía el Fresnu. Todos los domingos, hacía el mismo camino después de comer: De la Caleyona a Tamés, para estar con mis abuelos maternos, Araceli Sobrino Tamés y Marcos Noriega González. Siempre me esperaban de sobremesa y me enteraba de las noticias que el abuelo había escuchado del parte en la radio o que había leído en el Mundo Obrero. Cuando veo que sus ojos se quieren cerrar por la costumbre de la siesta, me despido de ellos con un beso y corro al encuentro de mis amigos que suelen citarse en el poyu del Fresnu. Aún es temprano para salir; algunos aún no han llegado. Miro para la galería de la casa de mis abuelos paternos, María Gutiérrez González y Santos González Cué. El abuelo me saluda desde ella. Subo la empinada escalera y abro la puerta de la galería. A la izquierda, está mi abuelo con su pierna amputada, fantasma, de la que aún siente el dolor del pie por el que comenzó su mal, y a la que nunca llegó a sustituir por un palo. Distrae mi mirada en la pared una foto del barco “El Cano” en el que navegaba mi tío Pepe, un calendario de la Virgen de Covadonga y la vieja radio que yo sintonizaba en Onda Pesquera para sentir en otros idiomas quién sabe si transcendentales comunicados para el mundo inmerso en una guerra fría. Al otro lado de la galería, estrechaba el paso a la habitación la vieja Singer, en la que solía yo de crío pedalear. Una begonia y un espárrago que trepaba por la pared, con la ayuda claro está de los mimos y atenciones de la abuela, completaban la decoración. Allí sentado se pasaba los días. A su alcance tenía las dos muletas de madera que le esperaban inútiles en previsión de ser usadas, hasta la hora de ayudarle a ir a su cama. En el suelo, la solitaria zapatilla, separada de su compañera que calzaba Leocadio, un compañero de trabajo y habitación en el Hospital que había perdido la pierna contraria a la del abuelo. Con él hablaba de los trenes, de la estación donde trabajó y sus viajes y servicio en la Guardia Real de Alfonso XIII. Si alguien me preguntaba a qué familia pertenecía, decía ser nieto de Santos el de la Puerta la Estación y de María la de Félix o bien, de Marcos el de la tía Elisa de las Melendreras o de Araceli la de la tía Gloria en Porrúa, con el mismo postín de quien da cuenta de su alto linaje. A pesar de su invalidez, el abuelo conservaba el buen humor y llevaba perfecta cuenta de todo lo que ocurría y pasaba por delante del Fresnu, verdadero centro neurálgico de Parres.  Cuando los amigos arrancaban por fin, me despedía del abuelo y salía al encuentro de ellos, a su paso junto a la corralada.

El Fresnu fue y es el sitio de reunión de la juventud durante varias generaciones. Primero se conoció como Casa Amalia.
Después vivieron en ella un corto tiempo Covadonga González Romano, hija de Juaco y Kika de Vallanu y Joaquín Zamora Salamanca, recién casados.
Posteriormente pasó a pertenecer a Covadonga Fernández, una vez viuda, con sus hijos Loles, Otilia y Pedro Haces Fernández.
Se quedó con la casa Otilia, Tilia, casada con Laureano Quintana Sotres, Nano, que lo abrieron como tienda, allá por el año 1958, coexistiendo con El Chispún y El Rosal, en un radio de cincuenta metros, los tres. Se vinieron a vivir en la casa con sus hijos, Roberto y  Panchito, nacidos en La Caleyona, a los que no tardaron en sumarse Moisés, Nanín y Elenita nacidos ya en la casa del Fresnu.
Está ubicado en el barrio de Brañes, aunque puede que haya quien piense que lo está en el de La Casona, pero el caso es que es un sitio de referencia social donde la juventud de varias generaciones se viene juntando para encontrarse y disfrutar de la tertulia. Primero era en el "Poyu d'Amalia", luego en el "Poyu Covadonga", últimamente se decía el "Poyu d'Otilia y ahora debiera decirse para no romper la tradición, el "Poyu d'Elenita", se da cita la juventud para salir de fiesta, en el asiento de piedra que aún conserva la casa bajo el corredor.
En el verano, las tardes en la terraza del añejo bar se van sin sentirlo. Juan Manuel atiende con diligencia y amabilidad las mesas de la terraza en tanto que su padre Roberto atiende los pedidos en la barra y su tía Elenita prepara en la cocina los pedidos para las meriendas.
Con el sonido y el olor característicos de la sidra escanciada se animan las tertulias de los grupos de mesas, en tanto de forma imperceptible, la tarde va dando paso a la noche. El disco de plata asoma su cara tras el Jorcón de Morea y parece saltar a la pata coja sobre los riscos del Cuera.
En el verano desfilan sin pausa las festividades en los distintos pueblos del concejo y las gentes regresan de sus residencias habituales para venir a disfrutar de ellas, cada cual a la de su más particular devoción o a la que le permita el acuerdo laboral con su empresa.
Los clientes se sienten abrigados por el trato que reciben aquí. Los que tenemos la suerte de conocerlo desde antaño percibimos desde esta atalaya infinidad de notas de color y olor, apenas briznas del tiempo retenido en el paisaje que nos envuelve en viejos recuerdos.

Los bares dan vida a las aldeas, como también se la da, sin duda, la Escuela, la Casa del Pueblo, la Iglesia,  y cuantos servicios públicos y privados se instalen en ellas.
Hubo con anterioridad otros establecimientos en la aldea.
Así, el bar y tienda del Tío Venancio y de la tía Benina o el Estancu de Carmen y Pepa, hermanas de Venancio, que fue posteriormente traspasados a Wences Noriega González, con cuya licencia abrió "El Rosal".
Tuvo una Sidrería Félix Gutiérrez de la Fuente, en Calvu. Abrieron un puesto de pan las hermanas Treni que lo repartía con un caballo y Amelia en Coxiguero. Muy cerca estaba el Puesto de chucherías y material escolar de Isabel Cabrera Mendoza, que trasladaría posteriormente a Brañes donde abrió bar y tienda "El Chispún". Me viene a la memoria un juego de palabras que se le decía a alguien que acostumbraba a pedir de todo y no compartir nada. Se le contestaba: -"Pues di Pende" y cuando lo repetía, se le contestaba en pareado: -"En el Chispún se vende".
También estaba el Puesto de pan de Mercedes y Gloria, en El Recuestu, "El Resbalón"  de Regina y Ramón en el Campu'l Roble y "La Güeira" de Guillermo y Lola en la Concha, viejos nombres en el recuerdo ya de muy pocos.
Desaparecidos unos, abrieron sus puertas otros: El bar "La Peña" con bolera de Fernando González Romano y Fifi Fernández Gutiérrez, en el barrio del Colláu y "El Ranchito" de Félix Quintana Díaz y Encarnita en el Cuetu Las Cerezales, ambos cerrados ya.
En plena campiña, cerca de la capilla que le da su nombre, dentro de los límites del pueblo, abrió sus puertas al público el restaurante y sidrería "La Casería de Santa Marina" en un singular marco paisajístico, regentado por Aurora Fernández González y Toño Tárano.



miércoles, 18 de junio de 2014

47.- La cultura del maíz

En el mes de septiembre se comenzaba a recoger el maíz de las h.azas. Era grato ver todas las erías cubiertas por las doradas espigas. El cultivo del maíz llevaba duras labores desde la siembra hasta convertirlo en la exquisita harina.
En primer lugar, se araban los campos con las yuntas de bueyes o vacas. Recuerdo ir de candilón guiando las vacas con la guiyada mientras que Ignacio o Santos, que eran dos de los aradores que había en el pueblo, dirigían la secha dándole la cala necesaria. En ocasiones ellos solos dirigían las vacas ya bien adiestradas, desde atrás, a base de voces y la guiyada que llevaban siempre a punto.
Después de arado el terreno se echaba el maíz y las habas a la secha para no hacer riegos y a continuación se pasaba el rastro para desterronar y quitar las malas hierbas y raíces. En algunas casas, pocas, existía ya una elemental mecanización de tracción animal, por supuesto. Aparte de la máquina de arar y el rastro, existía la máquina de hacer riegos y la sembradora. Para el sayu se usaba la de hacer los riegos.
Al cabo de unas semanas, brotaban los maíces. Cuando levantaban poco más de una cuarta, era el momento de darles el primer sayu. Para esta labor era común ver en los peazos a varias mujeres en fila llevando por delante todo el ancho del sembrado. A mí me tocaba, antes de poder con la azada, ralear las filas, arrancando los maíces menos crecidos de los que salían juntos y dejando entre uno y otro aproximadamente un pie de distancia. Los que iba arrancando los amontonaba en la orilla para llevarlos como comida para el ganado.
Pasado un tiempo, se volvía a hacer el resayu para arrimarles más tierra y protegerlos de la sequía del verano. Si el tiempo venía bien, sin demasiado viento, con algo de lluvia y mucho sol, pronto salían las panojas y las espigas. Ya maduras las espigas y cumplida la función de polinización se cortaban a mano triscándolas por el nudo inmediato de encima de la última panoja hasta completar un brazado. Así se soleaba más y maduraba antes, aunque corría el riesgo del ataque de los cuervos y de las pegas. Ya secas las panojas, en septiembre, venía la labor de cortar el maíz con la joceta y apilarlo en gaviellas cuyo número dependía de la extensión del terreno.
Otro día se venía con el carro y se comenzaba a recoger las panojas que se echaban en los cunachos de madera y de éstos a los sacos hasta llenar el carro. Si se disponía de ayuda esta labor era para un día nada más, si no, había que volver cuantas veces fuera necesario hasta llevar todo el maíz a casa. Los tazones ya sin panoja se ataban en marreñas que conformaban entre todas una nueva gavilla que permanecería en la finca para la ceba del invierno. La paya, que así se llamaba, la llevábamos para cebar al ganado por la noche. A la mañana me tocaba recoger los tazones ya pelados por los animales y picarlos en un tayu con el h.achu y lo volvía a la cama de las vacas para formar el cuchu que abonaría la siembra del año siguiente en un continuo ciclo.
En las esbillas, se juntaba la gente, familiares, vecinos o amigos en el estregal de la casa. A los niños nos gustaba tumbarnos en las montañas de purreta o recoger las barbas de varios colores de las panojas para hacernos un mostacho. De las vigas se colgaban los alambres que casi llegaban al suelo. A mí me correspondía apurrir las panojas de dos en dos a mi padre que se subía a una banqueta para cerrarla antes de que tocase con la viga. En un descuido de mi padre, osaba también enrestrar.
Anteriormente se enrestraba con xuncos secos. Se iniciaba con tres juntos atados y se añadían las panojas una a una en cada vuelta. Antes de que se acabase un junco se añadía otro y se seguía la ristra hasta que midiese una o dos escobas, dependiendo del sitio de donde se fuese a colgar. Las xunqueras venían andando desde Pimiango y Unquera con sus cargas de juncos. En el pueblo las dejaban en una casa de confianza y desde ella los iban ofreciendo por las casas. Cada vecino compraba las que sabía necesarias para el número de riestras que consideraba tener.
En el bosque recogíamos las hojas secas de los castaños, aquellas que tenían el color amarillo por ser signo de estar ya suficientemente secas. Las atábamos en manojos que colgábamos de la viga de la cocina para guardarlas para todo el año. Se usaban para colocar sobre ellas la masa de la harina. La harina se piñeraba para quitarle la cascarilla, aunténtico alimento, pero que por desconocimiento siempre se les echaba a las gallinas amasado para que pusieran más. Al menos ellas nos daban los huevos más rojos y sabrosos y en el cambio no se perdía tanto.
En un barreño de madera se amasaba la harina suficiente con una pizca de sal y agua templada, la suficiente para que no se aguase demasiado. Así hecha una bola se dejaba tapada en la endesca por un paño de cocina para que yeldase y poder utilizarla por la noche.
En la sartén con aceite si lo había y si no con el unto del cerdo se freían los tortos. Para hacerlos bastaba tomar un poco de la masa y hacerla una bola entre las manos para aplanarla luego sobre el rodillo. Se azucaraban por las dos caras y se comían con la leche fresca con su superficie de nata. Con miel, con mermelada o con queso fresco representa todo un plato exquisito. "A la ranchera" se llaman si sobre ellos se fríen, en la última cara, un huevo. Otra veces por gusto o por ahorrar el aceite, se colocaba la masa sobre las hojas de castañar y se tapaba con otras antes de llevarla a la chapa de la cocina ya caldeada. Así se asaba por un lado y con el cuchillo se levantaba para darle la vuelta. Al fin con la hoja del cuchillo se le raspaban los restos de las hojas ya quemadas y así caliente aún acompañaba, a falta de pan, al plato de patatas cocidas, a las alubias, al queso fresco o leche. También se usaban las hojas de las berzas y entonces la casa se llenaba de un agradable olor. Esta forma se llamaba talo, palabra de origen vasco y que da el nombre también a una chapa que antes de existir las cocinas de chapa se colgaba sobre el llar para asar los tortos o las mismas castañas.
Excepcionalmente para festejar algo, se hacía la borona en una batea especial que se metía al horno o entre las cenizas del llar, una vez apagadas las llamas y así cocía toda la noche. Si dentro se le podía meter chorizo en trozos o tocino entreverado de jamón, se les decía borona preñada. Con los restos de la borona al cabo de los días, se hacía una especie de sopa caliente con leche que llamábamos mazcazón. Las pulientas o polendas se hacían cociendo la harina en agua y se revolvían con un palo para que no grumasen. Una vez cocidas se echaban calientes en el plato y sobre ellas, se abría un hueco para la miel o el azúcar. Se comían con la cuchara por la orilla llevándola a recoger un poco de la miel.
En el matacío del gochu, por San Martín, se usaba la harina del maíz en la elaboración de los boronos. Entonces se amasaba con la sangre del cerdo y una parte de cebolla y otra de tocino todo finamente troceado. Los boronos se comían especialmente en el día de la matanza, por todos los invitados a la cena que se llamaba "morcilla", que eran los vecinos, familiares y más allegados. Se tomaban recién sacados de la olla donde cocían en agua y se acompañaban de leche muy fría. Se guardaban para el año cubiertos del unto que los protegía de quedarse canos. Si eso ocurría, incluso se recuperaban volviéndolos a hervir, pero ya no era bueno su sabor, aunque muchos tampoco le podían hacer reparos. Otra forma de comerlos era fritos en rodajas. Hoy se expenden en los bares como acompañantes de los vinos en el tiempo frío y se consideran como verdadero manjar y un detalle para el local. Al menos así no se pierde la costumbre del todo. Todo un manjar heredado de los nativos del continente americano de donde llegó este rico producto. Curiosamente los mismos que lo usaron en tiempos de tanta necesidad, lo consideran ahora como alimento inferior al uso de las harinas del trigo que dan el plan blanco, pero desprovisto de lo mejor del cereal. Pasados los años y con ellos los gustos cambiados, se dejó de usar el maíz. La juventud prefiere comerlo tostado o en palomitas, costumbre que nos llegó de fuera y desconoce el uso del maíz tal como lo conocimos los mayores. Los molinos a los que yo iba están destruidos unos o restaurados como casas de aldea otros, pero por suerte se vende la harina en las tiendas de comestibles y puedo aún darme el gusto de recordar por el paladar los tiempos lejanos de mi niñez. En algunas panaderías aún fabrican las boronas y los panes mixtos de harinas que los hacen extremadamente ricos y nutritivos.

46.- Los frutos del otoño

        Aquel otoño había venido acompañado de días calurosos como si fuesen abandonados por el verano en su marcha. Los frecuentes e inesperados chubascos y las bocanadas de aire del sur maduraban los frutos ya de por sí adelantados. En las tardes de los sábados sin nada mejor que hacer, tomaba el camino empedrado que discurre desde mi casa hasta los confines del pueblo. Llevaba colgado al hombro un saco de yute con el que taparme en caso de lluvia y en la mano una saca hecha por madre de la cubierta azulada de un viejo colchón de purreta.
Había recorrido varias veces el camino acompañando a mi madre o a mi abuela, por lo que ya no suponía para mí ningún peligro de extravío. En mi memoria era capaz de dibujar cada rincón del camino, cada cuesta y cada entrada a las fincas y aún varias décadas después aún conservo hasta la imagen de sus propietarios haciendo labores de siega, aunque se me hayan, en cambio, borrado sus nombres. Sabía pues, dónde encontrar las castañas más adelantadas o las más tardías y dónde las daban dulces, otras abiertas de su piel y las cacabiellas y, entonces, ni perdía el tiempo buscando bajo ellas.
Calzado de botas chirucas, evitaba los charcos para no mancharlas si quería conservarlas para las demás ocasiones. Era mi mejor calzado, mi único calzado para ir a la escuela por semana o el domingo a misa. Eran más aptas para esconchar castañas o esmugar nueces que las madreñas. El camino se adentraba a trechos en una espesa fronda de avellanos y en otros se abría paso entre prados cercados por muros de piedra. A poca distancia del bosque de La Mata, debía desviarme a la derecha y subir por una pendiente donde enormes castaños sembraban por el suelo sus ariscos frutos. En uno de los troncos que el rayo había herido en el invierno anterior, observé con sorpresa el redondo nido labrado del picanoriu. En muchas ocasiones había escuchado el “toc toc” perdido en el fondo de los bosques de su acerado pico, pero nunca había tenido ocasión de encontrarme alguno.
Dejaba colgado el saco de un gromu, para verlo cuando me marchase e iniciaba la recogida de las castañas. Una vez llena la bolsa la volcaba al saco que corría de lugar para tenerlo más a mano. Doblando una caña de castaño la convertía en rudimentaria tenaza con la que sacaba las que quedaban enredadas al caer entre las bardas.
Aún con suficiente luz, me adentraba hasta el Requexáu donde había una cabaña con su higuera y algunos nogales más. Era territorio desconocido para mí y cualquier ruido en la hojarasca hacía contener el aliento hasta oír con claridad los latidos del corazón. Podría haber sido la caída de una pella de oricios como los pasos de alguien dedicado a la misma tarea o también la llegada del dueño o la presencia del jabalí: en cualquiera de estos dos últimos casos se aconsejaba la retirada. La frondosidad del lugar parecía comerse la tarde. Al salir de aquel estrecho y oscuro valle la tarde volvió a recobrar la luz perdida. El saco continuaba en su sitio oculto bajo unos helechos. Lo recargué para atarlo y llevarlo terciado en mis hombros. Otro día continuaría el camino hasta Jou’l Duque o seguiría primero hasta Jorada, pero para ello habría de salir antes de casa.
Había aprendido bien las normas transferidas oralmente de padres a hijos sobre la recogida de los frutos. En los comunales y lugares abiertos, nadie podía decirte nada porque entre todos se compartían escaseces y abundancia. Tratamiento aparte dábamos a los árboles, generalmente nogales, plantados por algún vecino en terreno un comunal. Árbol y terreno bajo la sombra de sus hojas pertenecía de por vida del árbol a quien lo plantó o a sus herederos. El usufructo hacía ley, podría decirse. Sólo la caída del árbol devolvía el comunal a todos en el caso de que no se plantase uno nuevo en su lugar. Estos árboles debieron de ser plantados bajo la tutela de alguna ley protectora para fomentar la forestación y quizás para enmendar la devastación producida por algún vientón, como se solía llamar a los huracanados. Así, por poner un ejemplo, recuerdo dos nogales en los esconces del camino a Tresierra, pertenecientes al tío Félix Hano de la Pereda. De ellos recogíamos al pasar lo que por el viento, la lluvia o la maduración se caía al suelo, pero nunca se dimían con varas, hecho reservado a su propietario. Día a día, al pasar bajo ellos íbamos recogiendo las caídas. En el caso de que llegase su dueño, cosa improbable, bastaba con dejar de pañarlas a no ser que él nos diese permiso. En ningún caso se le ocurría pedirte las que ya llevabas recogidas.
Las castañas eran el alimento más común entonces y constituían la reserva de alimento para el invierno, la estación más dura del año. Había toda una cultura entorno a este rico fruto. Las comíamos crudas, mientras las recogíamos, eligiendo siempre las más amarillas por resultar las más dulces. Nos aconsejaban no beber agua ni comer demasiadas si no queríamos que nos doliese la barriga. Después de secas al sol unos días, se les pelaba la primera capa para cocerlas en una tartera con agua y un poco de sal. Bien cocidas, tiernas, se les retiraba el agua y así calientes, en medio de la mesa, cada cual a su ritmo las pelaba de los restos del pulguín o segunda piel que es muy amarga, para acompañar a cortos sorbos de leche fría. En algunas partes las asadas de esta forma se las llama pulguines en referencia clara a esta segunda piel.
Menos trabajo que las cocidas daban las corbatas, a las que se quitaba, a punta de cuchillo, solamente una tira de la primera capa. Daban más trabajo, en cambio, al comerlas porque sudaban y la piel no despegaba bien. Para mí gusto, bien merecía ayudar a pelarlas del todo. Posiblemente con prisa y en el caso de familias numerosas, ― estoy hablando de entre ocho y catorce componentes ― es posible que se hubiese descubierto esta forma para no pelar tanta castaña, aunque también es cierto que con tal prole, se solían repartir muy bien todas las tareas y entre ellas, a alguien le tocaba la de pelar castañas o patatas, antes de llevar a cabo otras más duras.
Las asadas en la chapa o en el horno se llevan la palma, a mi gusto, en el sabor. Para asarlas les mozcábamos un trozo para que no reventaran en las narices de nadie. Se removían para darles la vuelta de vez en cuando con el hierro de la cocina. Al poco, un exquisito aroma dulzón invadía la casa. Solían ser el segundo plato de la cena, después de las patatas guisadas con pimentón y hoja de laurel que muchas noches tomábamos para irnos con los pies calientes a la cama.
Anteriormente, al no haber cocinas con chapa ni horno, se hacían tamboritadas en un tambor hecho con chapa agujereada y con asa para removerlas de vez en cuando colgadas de la cadena bajo la campana del llar. En este caso no era preciso mozcarlas. Cuando comenzaban a reventar era señal de que ya estaban asadas la gran mayoría.
Las que se quedaban demasiado secas con el tiempo, las mayucas, se comían crudas y de duras que resultaban había que rucarlas. Cocidas en leche con miel o azúcar estaban bien tiernas. Había quien las usaba también como base para una sopa.
El problema de conservación se resolvía evitando la humedad y los roedores. En casa, una vez secas se guardaban en el arcón o en el mismo desván, junto a las nueces, las alubias y las patatas. Los numerosos gatos que muraban por el barrio hacían su parte. No había gatos señoritos como ahora.
En los bosques se pueden ver pequeñas construcciones circulares de piedra, cuerras o cuerres, donde se guardaban las castañas con o sin oriciu y de esa forma se evitaba que los jabalíes o los tasugos las comiesen. A nadie se le ocurría allanar este primitivo recinto. A medida que se consumían en casa se volvía a la cuerre a por ellas. También se hacían cuerres cerca de la cabaña para tenerlas vigiladas y más a mano. Lo importante era alargar su consumo lo más posible hasta poder disponer del uso del maíz que era otra de las fuentes alimenticias que cubrían nuestras necesidades y del que daré cuenta de mis recuerdos en el próximo número.

45.- El bosque

Para calentarnos en invierno o cocinar todo el año, disponíamos única y exclusivamente del leñero amontonado bajo la higuera, junto a la pequeña portilla de entrada al huerto. Siempre debíamos tener a punto leña seca para prender el fuego. Así es que cualquier ramasco seco que encontrábamos en los bosques, nos seguía arrastrado por los caminos hasta casa.
Una de las primeras tareas que se me encomendó fue la de traer pequeñas cargas de justes y mollejas desde los bosques de Patica y las Llastrucas de regreso de llevar las vacas al pasto y así mantener abastecido el leñero. La leña más consistente, la única que podía mantener la voracidad del fuego, la traíamos de los bosques talados o de restos abatidos por el viento.
Los bosques contribuían a nuestra subsistencia, tanto si eran comunales, como privados y por eso se respetaba su equilibrio con un uso sostenible. En los bosques de eucalipto recogíamos las cañas caídas o cortábamos los serpollos secos y las cádabas quemadas de los gromos. En realidad con esta especie arbórea se tenía asegurado el mantenimiento del hogar. Los bosques autóctonos se prestaban más a ser rozados y recoger a la vez la hojarasca caída en el otoño para cubrir la cama del ganado. Había dos actividades muy relacionadas entre sí que suponían casi un ritual. Por una parte estaba el buscu. Ese contacto con el bosque desde época tan temprana me reporta infinidad de sensaciones tanto olfativas como cromáticas. Los olores de las hojas secas, del musgo, del helecho, del gromo florecido se juntan con los colores amarillos, ocres, rojos y esmeraldas de las hojas. Los sonidos de las pisadas en la hojarasca, el gemido de las cañas de los grandes eucaliptos al rozarse entre sí movidas por el viento y los distintos cantos de las aves, el ladrido de la zorra, el gruñido del jabalí, el roer de las ardillas en lo alto de las cañas o el roce de alguna culebra al esconderse entre las piedras del muro caído aceleraban fuertemente mi pulso.
Alguna tarde del otoño, bien entrado noviembre, acompañaba a mi madre hasta el bosques del Jogu’l Duque, lleno de viejos castañares. Me encantaba encontrar los frutos sueltos, de piel brillante y llenar mi pequeña bolsa colgada a la cintura. Pronto aprendí a distinguir las buenas castañas de las cacabiellas que mi madre retiraba cuando nos sentábamos a merendar y que dejaba en nada mi exigua recolección. Apretaba el pan para que no se saliese el azúcar y el aceite que formaba mi exquisita merienda y escuchaba a mi madre esmugar los oricios. Subíamos por las inclinadas cuestas del bosque hasta pasar a los eriales de Porrúa donde se encontraban las cabañas y las cuadras, en cuyos aledaños siempre había indefectiblemente alguna higuera o nogal que completaban cuando menos mi merienda.
La tarde caía, acelerada por los frondosos y repetidos boscajes que cerraban el cielo, así que cuando salíamos a ver La Quinta y Argandeñu era como si el día hubiese recuperado su luz y yo el ánimo por llegar a casa y quitar las húmedas katiuscas que comían como ratones mis calcetines de lana.
Uno de aquellos domingos, mi padre libraba de su trabajo. Por la tarde nos fuimos hasta el prado de las Llastrucas donde pastaban desde la mañana las vacas y la burra. Después de buscar las castañas en el pradón de Jorimiga, presencié por primera vez la forma de asarlas con los medios que el gran bosque nos proporciona. Mientras mi madre iba mozcando las castañas, padre, ayudado de su navaja, reunió una buena llanta de helechos verdes. Yo le ayudé a recoger cañas secas mientras él se dedicaba a triscar las cádabas con el pie. Aprovechando un recodo entre dos piedras, depositaron las castañas en él y tendieron los helechos verdes encima para así protegerlas del calor excesivo de las llamas. Una vez amontonadas las cañas cortadas y los gromos, prendió la hoguera que mantenía a raya con la guiyada de avellano de la que aprovechaba a la vez para remover las castañas y hacer regular su magüestu.
Yo, mientras se asaban, me había subido a la roca con aspecto de barco que había en el prado y recorría toda la borda vigilando el casco y mandaba largar amarras. Abajo en el prado, la xatina se había acercado al buque atraída quizás por las voces de mando que yo largaba a mis imaginarios marinos.
La tarde llegaba a su fin. Sentados los tres delante de la hoguera despachábamos las calientes castañas. Mi padre las retiraba del fuego con su palo y me las pelaba. Yo las recibía entre mis manos y las soplaba mientras las removía sin parar. Así las degustaba mientras miraba con asombro las ascuas que se animaban y dejaban brotar de ellas unas pequeñas lenguas de fuego al ser removidas por la vara de avellano. Siempre conviene apagar los fuegos, sobre todo si se hacen cerca de un bosque me había comentado padre. El viento puede llevar el fuego y quemar los árboles y a los miles de animalillos que viven en ellos.
El fuego es algo tan necesario y atrayente por el calor que nos proporciona, pero da vida o la quita, según se trate. Siempre hubo quemas en los bosques o en las cuestas, seguramente provocadas por intereses o causas variadas, desde el mórbido placer de destruir, hasta el deseo de limpieza de la maleza con el fin de que naciesen en primavera nuevos pastos.
Cuando ardía el bosque, los primeros en salir a dominarlo eran los vecinos del pueblo afectado. Recuerdo el sobresalto llevado cuando, estando ya en la cama, nos despertaban recios golpes de culata en la puerta. Mi padre se levantaba y se vestía deprisa para bajar a abrir. Yo escuchaba el ruido de la llave al girar en la cerradura y el gemido de los goznes resecos. Mi madre se asomaba a la galería para advertir a mi padre que tuviese mucho cuidado y quedábamos los dos en vilo mientras yo le preguntaba desde mi habitación si padre regresaría pronto. Pequeños fantasmas inventados en los nudos de las maderas de las contraventanas poblaban mi imaginación infantil. A la madrugada, padre había regresado. El fuego se había podido contener haciendo un cortafuego antes de que se pasara del Traveséu a Sopeña, según contó. Las llamas tomaban una altura considerable y alguien del pueblo estuvo a punto de perecer al quedar atrapado entre dos fuegos. Siempre mantuve ese miedo y respeto al fuego quizás por ver arder las cuestas en los días secos de sur y temer por la vida de quienes tenían que apagarlo con tan sólo unos ramascos y palos como herramientas y sin ningún tipo de protección, mientras, en las casas, quedábamos las familias con el alma en un puño.

miércoles, 4 de junio de 2014

44.- Carta al abuelo

Aquel año, mi padre habría de entrar a trabajar en la Fábrica LACTOSA de San Antón. En la  bici “Orbea” roja que había comprado a su hermano Pepe, bajaba todas las tardes después de comer y regresaba a las diez de la noche. El trabajo con jornada intensiva le permitía dejar atendida la alimentación de las cuatro vacas que teníamos.  Sólo algunos domingos debía acudir al turno de la mañana para mantener la caldera a presión para poder arrancar el concentrador. Los dueños eran catalanes como el Encargado al que llamaban por su gentilicio, “El Penedés”.
Los primeros obreros fueron Luis Buergo, vecino de Pancar, hermano de Pepe Buergo que estaba de encargado de la Sadi; Modesto, marinero de Llanes que hacía de fogonero pues lo había sido anteriormente en un barco de vapor y Ángelín Batalla, también de Llanes. De Parres trabajaban en la fábrica Antonio Sobrino Noriega y Santiago González Gutiérrez, mi padre. Cuando fue necesaria más mano de obra, “El Penedés” encargó a mi padre que buscase a alguien y avisó a José, “El Ché”, de Cué. Había otros dos chavales de Llanes trabajando con anterioridad a la entrada de mi padre: Eusebio, hermano de Cote, el municipal, y Gelu, de la familia los “Buzos”.
Posteriormente entrarían de fogoneros Ricardín Gómez Gutiérrez y Francisco Junco "Pancho" de San Roque para turnarse. Tiempo después también entraría a trabajar un chaval, Gregorio Cerezo Vidal, "Goyo", de Parres. Todos ellos bajaban en bicicleta, vehículo por excelencia de la época para la clase trabajadora.
En aquella fábrica se procesaba por secado y evaporación el suero recibido de la SADI, fábrica establecida con anterioridad y contigua que elaboraba mantequilla y unos característicos quesos de bola envueltos en parafina roja, tipo holandés. Los bidones de recogida de la leche, de hierro y por tanto pesados, de 40 litros, circulaban por toda la comarca en camiones o en carros de caballo a los pueblos más cercanos, entre los que figuraba Parres. El primer lechero que recuerdo es Felipe Concha, de Porrúa montado en el carro con su pata de palo rígida, sentado de medio lado para así poder atender a los clientes con su carromato, lloviese o hiciese sol. Primeramente la leche lo recogía Joaquina Romano, pero al dejarlo para ir a trabajar a Llanes, lo empezaron a recoger en la Tienda de Venancio, sus hijas Serafina y Lina Junco que a la vez atendían la pequeña tienda de comestibles, la venta del pan y el bar. Durante un tiempo la leche la bajaba hasta Llanes, Ramón Noriega Varela y al final, cuando Felipe lo dejó por no poder atenderlo, cogió el traspaso José Gutiérrez Noriega  que primeramente también había sido su ayudante. La leche se repartía a su paso por Pancar y en el Cotiellu donde tenía un pequeño despacho a donde acudía la clientela de la villa y la sobrante se entregaba en la SADI.
El día de El Bollu de La Guía, mi abuela Araceli, mi prima Tere y yo fuimos a llevar la comida a mi padre a la fábrica. Un olor a suero lo invadía todo mientras caminábamos por unos pasillos plagados de palanganas de acero y en cuyas paredes se había depositado una gruesa capa de polvo amarillento y una jungla de aceradas tuberías. Apenas recuerdo algo más aparte que la sala de caldera, por el calor que desprendía y el ruido que hacía su ventilador de admisión. Encima de la caldera unos relojes enormes marcaban la temperatura y la presión que debía mantenerse en seis atmósferas, so riesgo de explosión. Para evitarlo, disponía de una válvula de escape por la que echaba un hilo continuo de vapor que se perdía entre las viguetas del alto tejado. A la salida del edificio, cerca del portón de entrada, había un depósito donde vertía y tomaba agua el refrigerador del sistema.
Nos despedimos de mi padre que debía seguir su trabajo y de la mano de mi abuela fuimos a comer a la playa de Puertu Chicu. Allí jugué tímidamente por primera vez con la arena, temeroso de la marea que nos iba empujando poco a poco hacia las escaleras.
No es mi objetivo contar mi vida en estas narraciones, sino tan sólo situar a los lectores en un tiempo, desconocido para unos, en tanto para otros que lo vivieron, les aporte una perspectiva distinta desde la que no hayan podido contemplarlo.
Mi madre enfermaría aquel año de la pleura y por tanto entre curación y recaídas habría de estar siete largos meses en cama. A mí por alejarme de un posible contagio me llevaba mi abuela Araceli con ella y en muchas ocasiones me quedaba a dormir en su casa de Tamés. Madre, que así la llamaba imitando a mi propia madre, por las noches, me leía de su breviario viejas historias sagradas que me hacían sumir rápidamente en un sueño a la luz tenue y amarillenta de una palmatoria que aún conservo y que me lleva, cuando la miro, a aquellos mis tiernos años de infancia.
Alguna vez, me sentaba en el cuarto vacío de mi abuelo, sobre la cama turca, una mesita con el olor a tabaco de cuarterón que aún salía al abrir el cajón. Madre, sacaba de una gaveta la pluma de mango de hueso y un tintero “Pelicano” azul, papel y sobre “Par avión” de la misma textura y consistencia de las hojas del misal.
Solos, los dos, le comentaba mi comienzo de curso y los progresos que mi prima Marta María hacía al caminar y al hablar. Madre me pedía que para acabar le pidiese a Padre que tuviese a bien contestarnos con mayor frecuencia de la que usaba, pues queríamos saber cómo le iba por tierras venezolanas. Aquella carta adornada con paisajes hechos por mí del entorno del barrio y de la casa, rebozada de champlones que enmendaba con polvos talco, era para mí el mayor orgullo. Además era el único vínculo posible entre el abuelo y su familia y el pueblo al que habría de volver sin tardar, pero que a mí me llegó a parecer toda una eternidad.