lunes, 3 de junio de 2019

123.- "Prórroga por estudios del Servicio Militar y pruebas para las Milicias Universitarias"


Un guardia civil al que mi padre y yo solíamos tratar durante las obras que llevábamos a cabo en el Barrio La Moría, donde aquél vivía, me animaba a que me presentase para las próximas pruebas que para la Benemérita se harían en breve.
Pasé por el nuevo Cuartel, pero para tramitar la prórroga por estudios. Si me la concedían podría disponer de los tres años necesarios para terminar mis estudios de Magisterio que ya estaba dispuesto a iniciar.
Recuerdo cuando me atendieron en las oficinas del cuartel, que uno de los dos guardias que allí cubrían los expedientes, después de recogerme los certificados de matrícula en Oviedo y el expedido por D. Antonio Celorio, mi médico de cabecera, para completar el expediente de la solicitud habría de cubrir la trayectoria política de mis ascendientes durante la guerra civil.
La pregunta más o menos literalmente la recuerdo así:
– “¿Su padre en qué bando sirvió?
Yo me vine un poco arriba y sin miramiento ni reparo al momento ni al lugar en que estaba, le contesté que mirase bien en los registros a que comprobara cómo mi padre había sido movilizado con dieciochos años para echar obligatoriamente seis y medio por distintos cuarteles militares.
Unos meses después, recibimos en casa una notificación de la prórroga al servicio militar por un período de un año y renovable siempre que justificase la matrícula y continuación de los estudios. La única especificación decía algo así:
“No haber participado en ninguna algarada estudiantil ni tener algún dato negativo en el registro de Penales.”

Fue a inicios del curso académico 70/71 cuando me enteré por otros compañeros de la posibilidad de hacer las Milicias Universitarias, si bien, tras muchos papeleos previos, prueba física y psicotécnica para seleccionar a los aspirantes. Hube de acudir al Acuartelamiento de Rubín donde se solicitaban. Allí me tomaron los datos y entregué el certificado de prórroga por estudios. En un folio que me dieron, venía expresado el lugar y fecha de las pruebas de aptitud y actitud para el desempeño militar, pues después de los dos primeros cursos de campamento, seríamos ascendidos a Alféreces de Complemento, grado con el que cumpliríamos el tercer período como oficiales en el mismo acuartelamiento de El Milán, en Oviedo.
Las pruebas psicotécnicas consistieron en contestar a cuestiones que ponían de manifiesto a las claras, nuestra idea sobre el ejército y lo que representaba en aquel momento, como servicio al régimen tanto o más que como a la defensa patria. Había una batería de pruebas de todo tipo visual, cognitivo, razonamiento numérico, lingüístico, etc. en las que echamos varias horas.
Una vez conocido el resultado de quiénes habían pasado el listón, anunciaron la fecha de las pruebas físicas que tendrían lugar en las instalaciones deportivas del CAU, pertenecientes a los Colegios Mayores “América” y “San Gregorio”.

Las pruebas físicas venían a ser más o menos como las que habíamos tenido que pasar en las clases de Ed. Física y Deportes durante mi período de bachiller en el Instituto de Llanes y muy similares a las realizadas en el campamento obligatorio que tuvimos en el Colegio Menor de “El Cristo”, a excepción de la trepa por cuerda que jamás yo había practicado: Carrera de 100m./14s. ; salto altura: 1,10m. ; salto longitud: 3,75m. ; Salto caballo: 1,25m. con trampolín a 0,75m.
Un amigo y compañero de clase, Jesús Izquierdo, muy aficionado al deporte, tenía la entrada abierta al Gimnasio del Seminario y allá fuimos con él varios aspirantes a las milicias. En este local practicamos todo tipo de pruebas que tendríamos que pasar.
Otra curiosidad de la vida, fue encontrarme con D. Raúl, párroco de Poo que me había bautizado en Parres y con el que hice de monaguillo en las fiestas y celebraciones a las que acudían dos curas más, para oficiar la misa junto con el titular del pueblo. Estaba a cargo de la Biblioteca del Seminario y como lo reconocí de inmediato, me presenté y le recordé su paso por la iglesia de Parres, a la que acudía en su "Guzzi" y cómo tras el “Ite missa est” los monaguillos nos desprendíamos de los hábitos de monagos y bajábamos a la carrera el Caleyón de la Magdalena hasta Las Castañares donde la aparcaba contra el ribazo de la finca de tía Gloria, mientras tanto los tres tonsurados se quitaban los hábitos del ceremonial, y rompían el ayuno con la suculenta mesa que Modestina Sobrino Noriega les tenía preparada en la sacristía.
Al bueno de D. Raúl se le iluminó la cara, por el cúmulo de recuerdos que le llegaban de su actividad pasada y me regaló una mueca conspiratoria. Cuando nos despedimos me invitó a que hiciera uso de la Biblioteca cuanto la necesitase.

Así con todo, la trepa por cuerda no se me daba nada bien y me pude llegar a desanimar si no fuera porque mi padre que subía por ella como un gato puso todo el empeño. De la viga cumbre del h.enal colgó la cuerda de amarrar la hierba al carro y la pasó por un hueco que hizo entre los zardos que hacían de sollado. Hasta el suelo, habría una altura muy cercana a los cinco metros.
Según las normas que nos dijeron los veteranos que ya la habían realizado en los cursos anteriores, se podía subir a pulso o ayudado con los pies.
Una vez bien sujetas las manos a lo más alto que se pudiese en la cuerda bastaba con tomarla con la parte externa de la bota derecha para, acto seguido, recogerla con la parte externa de la bota izquierda y pasarla por debajo de la derecha y aprovechar esa especie de escalón que hace la rigidez de la gruesa cuerda para subir las manos un nuevo tramo. Después de varios intentos el primer día y en los sucesivos fines de semana lograba subir y bajar sin ningún esfuerzo por la del gimnasio que estaba a más altura.
De la prueba recuerdo hoy, la tensión y los nervios al verme en aquel ambiente tan recargado de gorras, estrellas, distintivos, botas y correajes.
Los saltos de altura, longitud, pértiga, plinto y potro con trampolín, supusieron para algunos de los aspirantes, la imposibilidad de hacer las milicias universitarias, lo que acarreaba duplicar el tiempo de servicio militar y lo que sería peor, la pausa de los estudios en la carrera.

Afortunadamente, no tuve ningún fallo en las marcas estipuladas como mínimas para pasar la prueba. Al finalizar los ejercicios, supimos quiénes los habíamos superado, no obstante debimos esperar a comprobar los resultados definitivos en el panel expuesto en el Gobierno Militar sito en la Plaza España.

Pertenezco por el año de nacimiento a la Quinta del 69’, es decir, al año en que cumplía los 21 años, edad en la que se comenzaba el servicio militar obligatorio. Se hacía un sorteo cuatrimestral por apellidos para adjudicarnos el destino del campamento inicial antes de la jura de bandera, así como el del destino final del servicio. Éste podía ser dentro o fuera de la península. El campamento de instrucción de reclutas era generalmente para el Ejército de Tierra, el CIR 12 de El Ferral de Bernesga, León; (7ª Región Militar para Asturias, León, Zamora, Salamanca y Valladolid).
El aviso nos lo entregó en mano, el entonces a la sazón, nuestro cartero, Arturo Gutiérrez. Bajamos de los pueblos de Parres los nuevos quintos para presentarnos al ritual del tallaje llevado a cabo en una de las estancias del Ayuntamiento, por un guardia municipal. Todo se resumió en ponernos con la espalda, nuca y talones pegados a una regleta graduada por la que se deslizaría el tope para señalar la estatura. Recuerdo lo que podría llamarse la primera “novatada”, muy propias del ámbito militar, de la que fuimos objeto por pare de los “veteranos” que ya habían pasado por el mismo trance. Y era que tenían por costumbre dejar caer sobre la cabeza del neófito, el pesado índice de medida.


viernes, 4 de mayo de 2018

122.- Campamento en Luarca

Al inicio de la segunda quincena de julio, nos fuimos a Luarca. La indumentaria que nos pidieron era una copia de la que usaban los boy scouts americanos, pero a mí me recordaba más la de una determinada militancia. Era una condición impuesta para obtener la titulación como profesores, aceptar las normas establecidas. Me parecía que estábamos pasando bajo las "Horcas caudinas" si queríamos sacar adelante los estudios de Magisterio.
Lo más recordado por mí de aquella quincena, además del bello encuadre de la villa valdesana con sus calles y puerto atravesadas por el río Negro, fue la actividad de acampada libre que experimentamos en Otur.

Después de las pertinentes explicaciones de montaje y recogida de la tienda canadiense compartida entre cinco, nos repartimos las piezas y las provisiones para el transporte.
Tuvimos en cuenta tanto el peso como la capacidad física de los componentes, pues nos separaba del asentamiento, unos cinco kilómetros. No recuerdo exactamente los nombres de los que formábamos el grupo, pero me vienen a la memoria los de Angel Luis González CañedoJosé Manuel Fernández MéndezJesús IzquierdoMiguel Caviedes de Cos... al menos les hago un guiño en esta narración, pues aún recuerdo sus caras, su forma de ser y su personalidad, en una neblina con que el tiempo trata de ocultar.

Salimos de Luarca, ya pasada la una de la tarde. Perdidos por las calles empinadas, pero rebosantes de alegría nos cruzábamos con las gentes que habían bajado al mercado semanal y otros del turismo playero, cargados con la pesada mochila ayudados por la ilusión de vivir la aventura.
En grupos de cinco habíamos ido a recoger de la cocina del campamento los víveres: un pollo, un kilo de arroz, azafrán o pimentón, sal, café y azúcar. En los puestos del mercado, cada cual añadió lo que más le apetecía: melón, naranjas, chocolate, higos y uvas pasas, plátanos, chorizos, jamón, queso, leche y pan que pagamos a escote para compartirlo después entre los cinco entre la merienda, cena y desayuno. Alguien de los cuatro compañeros compró una botella de tinto. Subiendo por la carretera, cargamos las cantimploras en una fuente. La niebla había desaparecido cuando llegamos a lo alto y un sol de justicia reflejaba en el asfalto el calor sobre nuestro cuerpo.  
Llegamos a Otur ya pasadas las tres de la tarde. Tomamos algo en el bar de junto a la carretera donde nos indicaron el camino de entrada a la playa. La recuerdo llena de hoyos debido a las fuertes mareas. Echamos las mochilas al suelo y repartimos las tareas. Mientras dos levantaban la tienda, los demás nos dispersamos por los alrededores para hacernos con leña y agua.
Cuando comenzamos a repartir la paella en las escudillas, eran las cinco de la tarde. Nos sentamos en círculo entorno a la paella. Al poco, llegó el equipo de evaluación de la actividad. Uno de los tres profesores, el que nos había indicado cómo prepararla, saboreando un bocado, hizo un gesto de agrado. Se despidieron y desaparecieron en el Seat-600 por el camino que les había traído. Dimos buena cuenta del grano y de los demás ingredientes y dejamos la paella tan limpia como una patena.
Una guitarra, tres flautas y mi armónica, en desventaja con el bramido del rompiente de la mar en el pedrero, dieron el toque de romanticismo que era imprescindible para una acampada tal que así.
Por la mañana, antes de que calentase el sol, debíamos emprender la vuelta al campamento de Luarca. Fichamos en el campamento a la hora de la comida y como era domingo tuvimos la tarde libre para los paseos de rutina por sus callejuelas, interminables partidas de futbolín y acabando en la pista de baile. 

domingo, 14 de enero de 2018

121.- Colegio Menor del Cristo

 Acabadas las clases en la Normal del primer curso, era obligado e ineludible para obtener el título de maestro, la asistencia a un cursillo durante el mes de julio, repartido así: la primera quincena, en el Colegio Menor del Cristo; la segunda, en el Campamento de Luarca.
Aquellos quince días en el Colegio Menor los recuerdo con alegría por la diversidad de clases encaminadas a proveernos de mecanismos y técnicas que llevar a las clases:
Clases de dramatización y guiñol; redacción de los textos y las técnicas del movimiento en el escenario; la preparación de una revista escolar; uso de la multicopista y la imprenta; clases prácticas de encuadernación; prácticas de orientación con uso e interpretación de las escalas de los mapas; elección del terreno y asentamiento de la tienda de acampada.
En la pista deportiva conocí por primera vez las zonas destinadas a las distintas actividades: piscina, saltos, carreras de fondo y velocidad, lanzamientos, baloncesto y balonmano.
Aprendimos las normas y reglas de juego y arbitraje para poder aplicarlas en el patio escolar. Yo, que había practicado en el instituto el lanzamiento de peso, me decanté por esa modalidad.
Sin embargo, aquel ambiente dentro del colegio, me di cuenta un año después, era una imagen del que viví en los acuartelamientos militares, en cuanto al uso de consignas, encuadramientos, desfiles y otros signos de que se valían algunos profesores, que no todos.
La O.J.E. corría a cargo de estos campamentos y estaba dirigida por el personal que en los sesenta aún estaba en pleno vigor. Bastaba con ver en las fachadas de los Colegios Menores de la época el escudo. Se notaba también en la vestimenta que nos pidieron: pantalón gris y chaqueta azul, corbata, bota crema de suela blanca, obligada y uniformada, a la vez que cómoda y elegante, la que conocía por mis compañeros del instituto de Llanes, residentes en el Colegio Menor anexo. Además, en cuanto a los himnos y canciones que nos enseñaban, coincidían bastante con la instrucción militar, pero de eso me percaté un verano después. A ver quién era el guapo que se resistía a cumplir las normas. Lo comentábamos entre los más íntimos, pues tampoco se podía uno fiar de nadie.
Fueron quince días de "Cara al sol", "Bella chao", piscina, cancha, clases teóricas, rancho y alguna salida por la ciudad y marcha hasta el Naranco.
Un día me llegó noticia que las notas finales del primer curso de Magisterio se recogían en la conserjería. Bajé con otros compañeros a buscarlas. El bedel no estaba en esos momentos y tuvimos que esperar un largo tiempo sentados en la escalinata de entrada. Enfrente, varios maestros vigilaban el patio de la Escuela Aneja, donde yo habría de hacer las prácticas en el curso siguiente.
Me senté en los escalones a revisar las dieciséis papeletas que me entregó el bedel y respiré hondo al comprobar el buen resultado de todas, pero tampoco expresé una alegría desmedida al ver la cara de algunos compañeros. El primer objetivo había sido alcanzado. Como aún en casa no teníamos teléfono, por la noche escribiría para darles la noticia.


120.- Primer cambio de pensión

Acabado el primer trimestre, la patrona me dio el aviso de que no podría continuar con ellos, pues con la cocina del bar y los dos niños, ya tenía más que suficiente para ella.
Sentí mucho salir de aquel entorno familiar y de amistad del que disfrutaba en Vallobín. Había conocido a varios clientes del bar, con los que tenía muy buen trato y compartíamos mesa al mediodía. Además perdería el contacto con mi tía abuela, María Sobrino TamésTambién echaría de menos la ruta hasta la Normal que la tenía más que medida y, aunque me pareciese bastante larga, no sabía que la nueva habría de ser aún mayor en longitud y desnivel.
En ese trimestre que pasé en Vallobín, tuve la ocasión de entablar amistad con un vecino de Posada que conocía de verlo por las fiestas de los pueblos con el puesto de sidra de Ramón Parres.
"Katanga" estaba cumpliendo el servicio militar en el Ferral de León, por lo que creo que era de mi misma edad, pues yo que tenía cumplidos los veintiuno, gozaba de prórroga por estudios y era la edad en que nos llamaban a filas.
Unos cuantos domingos que vino de permiso, se pasó por el bar "La Cueva" a saludar a los dueños con quienes tenía buen trato y amistad y por la tarde, me llevó con él a recorrer algunas callejas y rincones oscuros de la movida por el Oviedo antiguo. Yo le seguía prudencialmente con refrescos a sus cubas libres, por falta de costumbre y aficción, hasta que llegada la hora del tren, le acompañaba hasta la estación del Norte. Él seguía para El Ferral y yo para Vallobín. Siempre que nos vemos, hablamos de aquellos recuerdos compartidos que para mí fueron pura aventura, ya tan lejana.
La vuelta en enero, estrené fonda, patrona, amigos, barrio y ruta.
En la calle Fray Ceferino, cerca del Hospital Militar, habían edificado recientemente una línea de bloques de bajo y primer piso destinados exclusivamente a los empleados de la línea ferroviaria de "Económicos" y a los nuevos conductores de los autobuses con el mismo timbre.
La ruta hasta la Escuela de Magisterio era más del doble que la que tenía desde Vallobín, por lo que me exigía más tiempo de regreso. A los alumnos del primer curso nos adjudicaron el horario matutino, de 9h a 15h; a los de segundo, el vespertino: de 15h a 21h. Por las tardes, después de acabar las tareas, asistí a dos alumnos, en clases particulares a domicilio, que vivían también en los mismos bloques de viviendas, de siete a nueve. Este complemento mensual me vino muy bien como extra para libros, ropa y otros gastos. Suponía el equivalente de la pensión para diez días. Me llovieron otras clases, pero no debía quitar más horas del estudio. Teníamos dieciséis asignaturas, seis diarias y de todas nos mandaban tareas y estudios. Aparte de eso, algún día a la semana lo dedicaba a la Biblioteca Municipal que me quedaba cerca de la Catedral, a unos dos kilómetros aproximadamente de distancia. Después de la comida, pasaba los apuntes del día a máquina y así tenerlos ordenados en carpetas por asignaturas y más legibles para el repaso.
La vivienda pertenecía a Josefina Sánchez Inclán, hermana de mi amigo Pepín del "Bar La Gloria" a quien había conocido de mi trabajo en las obras estivales, cuando en días de invierno acudía al mediodía para comer en su establecimiento y en los domingos cuando bajábamos al Cinemar, nos acercábamos para tomar algún refresco con unos cacahuetes bien tostados que nos ponía de regalo. Por referencia de Pepín, fue como encontré mi nuevo alojamiento y también el afecto y confianza que recibí desde un principio. 
Josefina y su marido, Quinu, que era empleado de Económicos, vivían en aquel piso con sus dos hijas, de unos ocho y seis años respectivamente, Mª Sol y Mª José.
Además de mi compañero de habitación, Ramón Martínez Sobrino, "el Poícu", que estudiaba también primero de Magisterio, alquilaban otra habitación Marujina Balmori, de Bricia, que estaba haciendo un curso en Oviedo y Solita, otra chica que trabajaba en la fábrica de cartonajes en Lugones.
Los cuatro nos juntábamos, al menos en la cena y algunos de los pocos fines de semana que yo no venía a casa, en la mesa del comedor-sala-cocina, también al mediodía.
El trato que nos daba Josefina era irreprochable y más que patrona parecía una madre que miraba por nosotros y se reía de nuestras conversaciones, mientras tejía y repasaba la ropa. Era una mujer muy trabajadora y además de la casa, llevaba la limpieza de alguna vivienda.
El cuarto de "Los Ramones", como le llamaban ya en casa, era pequeño, pero siempre estaba bien recaldado, por lo poco que teníamos que guardar. Las maletas posaban bajo la cama y en el pequeño armario compartíamos espacio los dos para colocar la ropa. En sendas cajas guardábamos nuestros apuntes. La mesita era compartida entre las dos camas, una alfombra y una lámpara medio araña, medio luciérnaga que nosotros habíamos convertido en el faro de Alejandría con unas bombillas de mayor wataje que mi compañero había adquirido en "Botas" y que antes de salir las desenroscábamos para que pasasen desapercibidas. De todos modos, la energía creo que la pagaba la empresa y tampoco derrochábamos, si bien, nos quedábamos hasta la madrugada estudiando o pasando apuntes con las máquinas.
Ramonín Sobrino, unos años menor que yo, era inteligente y memorión, pero sobre todo, un cómico con una sorna muy propia de todos los poícos, que yo entonces conocía del instituto. En los próximos capítulos contaré alguna de las hazañas, con su permiso, por hacer más divertidas estas narraciones costumbristas. De esta pensión, me viene a la cabeza siempre esta:
Habíamos emprendido el aprendizaje de la flauta dulce justo en enero, cuando D. Manuel el profe de música nos había exigido comprarla o pedirla para Reyes. Yo creo haber contado que antes de marchar de vacaciones de Navidad, me pasé por la tienda de música que había al lado de la plaza de El Fresno, junto a la iglesia de San Francisco. Cuando comenzamos en enero, ya tenía aprendida la escala por el panfleto que venía en la caja de la Honner de madera. Recuerdo que el precio había sido de 100 pesetas, las mismas que pagaba de pensión completa diaria. Nunca mejor empleado vi aquel dinero, por la satisfacción de hacerla sonar, de aprobar la asignatura, que era condición sine qua non. Además de formar grupos que dábamos la turra en los parques mientras preparábamos las clases de música, de igual forma, en el piso, en el barrio, debían ya de conocernos como los soplaflautas,  por algunas quejas que nos trasmitía Josefina, y tuvimos que tocar con sordina, bajo la manta. Guardo para mí algunas otras anécdotas curiosas que nos ocurrieron.
Una, más bien mía, fue el viaje en tren cuando les llevé para las crías de la pensión un gatín rayón que había nacido por marzo de la camada de "Dolores", la gata de nuestra casa. Iba bien embalado en una caja de galletas "Maria", en cama de hierba seca, con agujeros para respirar y una cuerda para sujetarla por los seis costados. En la estación de Llanes, coloqué la caja junto a mi asiento y el costal donde iba la comida extra para la semana, una ristra de chorizos del último sanmartín y una cuña de quesu picón "Rumoru" procuraban inquietud en los vecinos del vagón donde iba. Pero al llegar a Las Arriondas, el tren ya se llenó y por dejar libre el asiento colindante, subí caja y mochila al maletero que estaba por encima de mi asiento. Con el calor de las calefacción que llevaban aquellos vagones de madera y máquina de vapor los olores que emanaron de la bolsa, desataron el apetito del minino que comenzó a miagar, lo que provocó la intriga en los nuevos pasajeros. En una de las paradas que hizo el tren, creo que fue en la de Pintueles, que dejaba el vagón medio inclinado en la curva, me levanté con pretexto de dejarle el sitio a una persona mayor que había subido me fui alejando del sitio, como quien no quiere la cosa, para que no me creyeran el dueño del animal. Pero tampoco le quitaba ojo a la caja en las paradas, para mi tranquilidad, hasta que al llegar ya de noche a Oviedo, esperé a que se bajasen todos los usuarios, antes de recoger mis pertenencias. El camino hasta los bloques no estaba asfaltado, había llovido y tuve que esquivar los baches por el reflejo de la luna. Estaba frío y en un santiamén llegué a la pensión que estaba como a quinientos metros. La alegría que les di a las dos niñas fue enorme, cuando abrieron la caja. Los chorizos pasaron a la despensa, bajo la cama, dentro de mi maleta de cartón, pero el queso, por su perfumado cante se lo di a Josefina para ser compartido con todos en la mesa, que lo sacó al relente en la fresquera que tenía en la ventana que daba al norte. 

viernes, 31 de marzo de 2017

119.- Mª Rosario Piñeiro Peleteiro.





Mi profesora de Didáctica de la Geografía e Historia
Otra profesora que recordé siempre, tanto por los curiosos apellidos gallegos, como por la aportación de datos novedosos de esta disciplina que era más que la mera descripción geográfica a la que me había acostumbrado en estudios anteriores de la Escuela y del Instituto. Ponía el enfoque sobre los aspectos humanos, económicos y sociales, con lo que hacía sus explicaciones mucho más enriquecedoras, sin lugar a dudas. Hablo con orgullo de M.ª Rosario Piñeiro Peleteiro.
Podría decir sin ánimo de criticar que era una profesora muy estricta a la hora de evaluar y su entrada en el aula hacía bajar el volumen de las voces como por arte de magia. Cuando te dabas cuenta de que el silencio se había adueñado de la sala, era porque “La Piñeiro”, nombre con el que la conocíamos todos, había atravesado el dintel de la entrada y caminaba por el pasillo lateral hacia el estrado.
“Mª del Rosario Piñeiro Peleteiro es una figura relevante en el panorama actual de la Didáctica de la Geografía y la Educación Geográfica, por su trabajo docente e investigador sobre el mapa, diseño y aplicación de juegos de simulación y del trabajo de campo y procesos de conceptualización en la Geografía escolar”.
Currículum breve:
Charo Piñeiro nació en Cotobad (Pontevedra) el 8 de septiembre de 1935. Finalizados los estudios de Bachillerato en Pontevedra, estudió Geografía e Historia por la Universidad de Santiago de Compostela; completado con la diplomatura de Psicología en la Universidad Central de Madrid.
En 1960 se obtuvo por oposición el grado de profesor numerario para Escuelas Normales de Magisterio. Con 24 años dejó atrás su Galicia natal y se vino a Asturias para tomar posesión de su plaza en la Escuela Normal de Oviedo. Charo Piñeiro se supo integrar perfectamente y aquí se estableció definitivamente.
En los primeros años, Charo Piñeiro impartió clases tanto de Historia como de Geografía en la que posteriormente habría de especializarse.
En el curso 1970/71, estando yo en el segundo de la carrera, nos impartió clases de Didáctica de la Historia.
Creo recordar que fue el mismo curso en el que se une sentimentalmente a Jesús Neira Martínez. Sinceramente, el cambio que percibimos los alumnos de ambos profesores fue notable. Nos parecieron más asequibles, quizás por la sonrisa reflejada en sus rostros que nos daban ánimo a consultarles.
Recuerdo que en las clases de M.ª Rosario Piñeiro comenzaron a hacerse grupos de trabajo, mucho más integradores y animados.
Fue un momento vivido muy especial, en toda la Escuela. Para agradable sorpresa de todos los alumnos, después de las vacaciones de las Navidades, encontramos derribado el muro medianero entre las dos secciones del edificio, pudiéndose pasar de una a otra.
En sus grupos de clase de Historia compartíamos los trabajos entre alumnos y alumnas. Hoy puede parecer algo baladí, pero para quienes habíamos sufrido la segregación en el ámbito estudiantil desde la escuela pública, el instituto y el primer curso de Magisterio, fue un gran paso.
Durante algún tiempo compatibilizó su trabajo en la Escuela de Magisterio con algunas horas de docencia en la Facultad de Geografía e Historia de Oviedo. Finalmente, se orientó hacia la didáctica de la Geografía, coincidiendo con su incorporación al Departamento de Ciencias de la Educación.
En 1991 presentó su tesis doctoral -dirigida por el Dr. Rafael Puyol- en la Universidad Complutense de Madrid. En este trabajo llevó a cabo un análisis poblacional del alumnado de la Escuela de Magisterio de Oviedo desde 1931 hasta 1980, teniendo en cuenta fundamentalmente variables sociológicas, económicas y geográficas.
Tras su orientación hacia la didáctica de la geografía, desarrolló varias líneas de investigación: los juegos de simulación en la enseñanza primaria y secundaria, la comprensión del mapa y su didáctica desde educación infantil hasta secundaria, la enseñanza de los conceptos geográficos, etc. Esta labor investigadora dio lugar a diversos trabajos ligados a la enseñanza de la geografía y a publicaciones de resultados de experiencias realizadas en el aula con niños de diversas edades, así como a su participación en cursos impartidos en universidades españolas y en CEPs de diferentes localidades españolas.
Profesora exigente y rigurosa e intensamente dedicada a su trabajo, Charo Piñeiro dio clase a numerosas generaciones de maestros a lo largo de 45 años. Con su jubilación en 2005, deja detrás una larga trayectoria profesional, vinculada estrechamente a la Escuela de Magisterio de Oviedo. A ella le unen no sólo su trabajo sino también los lazos personales con compañeros y antiguos alumnos, las amistades forjadas y todos los recuerdos de tantos años aquí vividos.
La nueva pareja pedagógica tuvo pronto sus primeros frutos. En plena colaboración, me imagino, Jesús Neira Martínez preparó el Diccionario de los bables de Asturias, participó en la elaboración de “El mapa lingüístico de la España actual” editado por la Fundación Juan March, en un número extraordinario de la Revista de Occidente dedicado al bilingüismo, en la Enciclopedia Temática de Asturias y en La Gran Enciclopedia Asturiana. Además, dentro del campo de los estudios lingüísticos, realizó también publicaciones sobre otras lenguas y dialectos de la Península e Hispanoamérica y sobre temas lingüísticos de carácter más general.
Pasados unos años, sería aproximadamente el décimo sexto de mi trabajo como maestro, por entonces con destino en la Escuela de Pendueles, vi aparcar en Unquera un coche, cerca de donde me encontraba con mi hijo. Reconocí a Rosario Piñeiro al volante acompañada por Jesús Neira y en los asientos posteriores venía su hija.
No pude por menos que adelantarme por la acera hasta la puerta por la que habría de salir Neira y, haciendo gala de mi atrevimiento, venciendo antes mi timidez, le abrí la portezuela ante el asombro de los viajeros, que duró, lo que yo tardé en llamarles por su nombre y explicarles de qué los conocía.
– Aunque ustedes no me recuerden, es comprensible, les dije, pues fueron muchas las generaciones de maestros que nos formamos en sus aulas, – pero mi atrevimiento se debe al agradecimiento que les guardo a ambos.
Se interesaron por mi situación familiar y profesional y me dieron las gracias por mi detalle al saludarles sin formalidades.
A veces la vida nos da esas gratas sorpresas que nunca se olvidan.


El fruto de los dos, el más querido por ellos, con toda seguridad, fue el nacimiento de su hija, M.ª del Rosario Neira Piñeiro.
<<Licenciada en Filología por la Universidad de Oviedo, se doctoró en Filología Hispánica en la misma universidad. Especializada en literatura y en guiones, ha sido profesora en La Escuela de Cine del Campus de Ponferrada de la Universidad de León, así como en el máster sobre guiones de cine y televisión de la Universidad Carlos III de Madrid.
En la actualidad (2015), es profesora ayudante en la Facultad de Educación de la Universidad ovetense.
Como investigadora del lenguaje cinematográfico, además de artículos en revistas especializadas y ponencias en seminarios, ha publicado Introducción al discurso narrativo fílmico (2003), dentro de la Colección Perspectivas de Arco/Libro (ISBN 8476355432) y que trata el lenguaje de ficción en el cine y su relación y diferencias narrativas con otros.
Rosario Neira es, además, poeta. Con “No somos ángeles”, ganó el Premio Adonáis de poesía en 1996, obra sobre la que el poeta Claudio Rodríguez resaltó la emoción, imaginación y las sorpresas que ofrecía el estilo de la autora. A esta obra han seguido “Poemas del tránsito y de la espera” (2002), “Las tierras que atraviesas” y “De memorias y pérdidas” (2013).>>
[https://es.wikipedia.org/wiki/Rosario_Neira]

Vaya aquí en conjunto esta sencilla reseña de los tres. 

domingo, 19 de marzo de 2017

118.- "Las clases de Lengua con D. Jesús Neira Martínez





Jesús Neira Martínez nació en el Valle (Pola de Lena) el 10 de abril de 1916. Cursó estudios de magisterio en la entonces denominada Escuela Normal, dentro del plan profesional de 1931. Durante dieciséis años ejerció como maestro en varias escuelas del concejo de Lena, compatibilizando su trabajo con la realización de la carrera de Filosofía y Letras, que finalizó en 1942. Posteriormente completó su formación doctorándose en la Universidad Central de Madrid con una tesis sobre el bable de Lena, dirigida por Dámaso Alonso. En 1957 obtuvo una plaza de profesor en la escuela Normal de Lugo, trasladándose el año siguiente a la de Oviedo.”
Esta es en resumen la biografía de uno de los profesores de la Escuela Normal que tuve la suerte de conocer como alumno de Lengua en el primer curso de 1969/1970.
Por supuesto, estos datos sobre su historial eran desconocidos, al menos para la mayoría de sus alumnos. Neira no contaba su vida en clase ni teníamos la bibliografía para poder acceder a sus trabajos. Lo poco que sabíamos era por los comentarios que hacía con respecto al habla de Pola de Lena.
Vestía un traje gris con corbata, a tono con los tiempos. Su pelo que comenzaba a escasear también había virado al grisáceo. Todo allí lo recuerdo gris: las paredes del aula, los retratos obligados sobre el gran tablero negro encerado, los libros sin color, la chaqueta del bedel, gallego de buena cachaza y guardia retirado que tenía por misión vigilar la entrada y salida de los alumnos, los servicios y proveer de tiza a las aulas. En la parte simétrica de las alumnas, la Sra. Julia, también con su bata gris, de peor humor que su colega, vigilaba el recinto, ya lo dije, como el cancerbero a la puerta de su caverna.
“Jesús Neira fue catedrático de Lengua y Literatura en la Escuela Normal de Oviedo durante quince años, aunque a partir de 1963 comenzó a impartir clases en la Facultad de Letras, a la que se dedicó plenamente a partir de 1973. Aquí impartió Historia del Español, Comentarios de Texto y Dialectología, primero como profesor adjunto, luego como agregado y finalmente como catedrático. En 1967 ingresó en el RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos) y a partir de 1983 fue miembro correspondiente de la RAE (Real Academia Española).
Durante toda su vida, su vocación por la docencia, que ejercitó en casi todas las etapas educativas, se unió al amor por la lengua y la literatura. Trabajador incansable, Jesús Neira dedicó muchos años a la investigación en temas lingüísticos y literarios. Especializado en dialectología, su interés por los bables de Asturias le llevó a realizar numerosas publicaciones, como “El habla de Lena”, “El bable, estructura e historia” y “Bables y castellano en Asturias”, además de numerosos artículos sobre el estudio de las hablas asturianas.”
El aula era larga y con tantos alumnos, que se perdía su bajo tono de voz a pesar de que guardábamos estricto silencio. Su corta visión le impedía ver las caras de quienes ocupábamos las últimas filas, por lo que cuando se producía algún barullo, suponía que venía del fondo y hacía sus anotaciones en el cuaderno.
A partir de enero, se produjeron numerosas bajas en la matrícula, o al menos en la asistencia a las clases en general de todas las asignaturas. Fue entonces cuando varios de los del fondo optamos por avanzar. Yo me conformé con ocupar un sitio libre hacia el centro y cerca del pasillo, al lado de uno de mis primeros amigos, persona alegre, pero que se tomaba como yo los estudios en serio. Veintiún años ya marcan más que los diecisiete que tenían otros que nos parecían unos críos.
Recuerdo que D. Jesús nos leyó los versos de Antonio Machado, en el poema “La encina”, con la idea de hacer el comentario de texto.
¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas
humildad y fortaleza! […]
Al llegar a las estrofas siguientes:
[…] Las hayas son la leyenda.
Alguien, en las viejas hayas,
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas.
¿Quién ha visto sin temblar
un hayedo en un pinar?[…]”
Paró la lectura por ver la atención que habíamos puesto y preguntó:
– ¿Alguien sabría decirnos qué es un hayedo?
Nadie contestaba y yo pensé que era una oportunidad para que me tomase en cuenta, porque me encantaba la poesía, Machado, el tema de los árboles y además era una pregunta sencilla. Levanté la mano y le contesté con otra pregunta:
– ¿Un jayéu?… ¡Un bosque de jayas!
Pareció hacerle gracia a alguno de los compañeros, pero no era mi idea entretener a nadie.
“El Neira”, como todos decíamos para referirnos a él, aparentaba ser un tipo serio además de gris, pero sin embargo sonrió y me dijo que por la fonética de la /h./ aspirada, muy extendida por la comarca llanisca.
Desde entonces dejé de ser un número del final de la lista con la “G” por mi primer apellido y me aplicaban el gentilicio, “llanisco”. Era costumbre llamarnos por el nombre del concejo y eso me agradaba. Me hacía sentir como un embajador o algo así de mi tierra chica, dentro del caos de la ciudad, aunque Oviedo pronto me habría de parecer más pequeña.
“Jesús Neira completó su trabajo con estudios sobre la Literatura. Los resultados quedaron reflejados sobre temas relacionados con autores clásicos de nuestra literatura española: Quevedo, Fray Luis de León, Garcilaso de la Vega, Clarín y Antonio Machado. Contribuyó también en prologar la edición de “Obras Escogidas” de otro lenense como él, el poeta y dramaturgo Vital Aza.
Su última obra publicada, “Reflexiones sobre la Lengua”, con la recopilación de varios artículos lingüísticos y literarios.
Tras una vida dedicada a la docencia y la investigación, dos de sus grandes pasiones, Jesús Neira falleció en Oviedo el 2 de febrero de 2011. En palabras de su admirado poeta Machado podríamos decir:
"¿Murió? … Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas".
De su paso por la Escuela de Magisterio y por otros centros de enseñanza, queda hoy, aparte de su labor lingüística y el recuerdo cariñoso, con los conocimientos y enseñanzas que nos transmitió a las distintas generaciones de alumnos.



jueves, 2 de febrero de 2017

117.- "Las primeras clases de prácticas"

Por fin, llegó la ocasión de hacer nuestras prácticas en la Escuela Aneja, cuyo edificio está al otro lado de la calle, enfrente de La Normal. Aunque en un principio asistíamos en grupo como observadores, ya nos sentíamos encaminados a nuestra profesión futura y creo que en general nos hacía mucha ilusión a todos. En el primer curso, teníamos una clase teórica de Prácticas en el aula que nos impartía Francisco Fidalgo que era también, por requisito establecido, el director de la Escuela Aneja-niños; en tanto que la directora de la Aneja-niñas, era la profesora de Prácticas para las futuras maestras. Otro día de la semana acudíamos a una de las sesiones de aula del citado centro anejo, como oyentes, observadores o como se quiera decir. Tomábamos nota de las observaciones que nos parecían de interés en un diario que se nos exigía llevar actualizado.
Normalmente se hacía rotación por todos los ciclos y niveles, aunque el grupo que formábamos estaba previamente determinado en las clases de Fidalgo. Así es que los cuatro compañeros acabamos teniendo una buena colaboración y comentábamos los resultados de nuestras observaciones para presentarlas con una cierta solidez en la clase de Prácticas.
Realmente, el temario de clase se centró este primer curso en la gestión más bien burocrática del maestro de Escuela Unitaria. No nos aportaba nada nuevo que no hubiésemos ya conocido a través de las clases de Pedagogía y Didáctica, pero acostumbro a decir que no hay algo que no sirva para nada, si se quiere sacar la parte positiva de las cosas. Gracias al conocimiento que nos aportó el profesor sobre la redacción y presentación de los documentos administrativos, pude salir del paso muchas veces, bien fuera en un Colegio, Graduada o Escuela Unitaria.
Nos exigió que tuviésemos al final del primer trimestre una carpeta con una docena de modelos de documentación tales como: El oficio, la instancia, el acta, la declaración jurada, la copia literal, el inventario de aula, el informe, la solicitud, la recomendación, el cómputo de dedicación, el archivo de libros y el libro de visitas de la inspección. El conocimiento de estos aspectos de oficina, sin duda que me sirvieron para la escuela, y como no, para ayudar en muchas ocasiones a padres de alumnos y vecinos en general que acudían a mí. Ya se sabe que en aquel tiempo el cura, el médico y el maestro, en este orden, eran considerados en los pueblos como sabedores de todo, en proporción a los años de estudios dedicados en su carrera. A los curas les computaban los doce años que pasaban en el seminario donde hacían también los cuatro o seis años de bachiller; sin embargo a los médicos sólo les tenían en cuenta los cinco o seis años de la carrera y a los maestros, tan sólo los tres, dejando de lado los seis años de bachilleres. También es normal esa creencia popular si se tiene en cuenta la jerarquía de las profesiones, encabezada por la religión, seguida de la sanidad y por último, como la menos importante, la enseñanza.
Teníamos, como creo haber dicho, un total de dieciséis asignaturas, sin contar los desdobles siguientes como ocurrió en:
Manualidades y prácticas de hogar, (tal como suena) donde la profesora titular nos examinaba de la parte teórica y una profesora de apoyo nos dirigía en los trabajos manuales.
Dibujo, por el profesor titular y la Historia del Arte por una profesora de apoyo.
Eso hacía un total de dieciocho exámenes, en el estricto significado que tenían, pues la nota dependía exclusivamente del resultado obtenido en ellos. Aunque en caso de tener el resultado positivo, se subía nota con las salidas a la palestra, los trabajos presentados, la asistencia y la conducta.
Curiosamente, en la clase de Religión, el cura que nos la impartía, comunicó al principio del curso, que la nota obtenida en el primer examen sería definitiva, salvo que se quisiera subir; con la conveniencia de atender en clase y asistir a las mismas. Yo me acogí a esas dos condiciones y me pareció más que suficiente el 8,2 del primer examen, porque me dejaba más tiempo para dedicarlo al resto de asignaturas. Cosa que le agradecí, demostrando siempre en clase, lo mínimo, que es la atención y la toma de notas de cuanto explicaba.
Otra novedad para mí fueron las clases de Música y el estudio del Solfeo. Estrenamos un profesor nuevo de la Escuela, Manuel Jesús González de Mendoza, que había llegado aquel año. Hasta entonces las clases las daba una profesora que padecía una profunda sordera. Según nos contaban los alumnos de los cursos superiores, los exámenes prácticos consistían en cantar acompañados por ella al piano, la canción que cada cual eligiese; generalmente, el “Asturias, patria querida” era la más recurrente. Entre el piano, la sordera y el carácter afable que dan los años los resultados siempre eran favorables para todos sus alumnos.
Los nervios nos superaban a todos, cuando nos sacaba para solfear acompañados por el piano. Las clases eran interesantes por la historia de la música, no tanto por la memorización y reconocimiento que teníamos que hacer de melodías tocadas por él al piano o en el tocadiscos.
Cuando ya se acercaba el final del primer trimestre, nos recomendó que para Reyes les pidiésemos una flauta dulce, que la mayoría no teníamos ni idea de cómo era ni sonaba. Yo no esperé a Reyes; una tarde, después de comer, me acerqué a la plaza de la Gesta, donde aún hoy existe una tienda musical y pedí una flauta dulce. El dependiente me mostró varios modelos, entre los que reconocí una de la marca “Honner”. Fueron 110 pesetas, las mismas que hacía trece años había costado mi primera armónica, “Preciosa”, de la misma marca alemana.

Llevaba en ello una ventaja con la mayoría de compañeros. En poco menos de una semana, ya controlaba la escala melódica de la flauta, que me pareció muy similar a la de la armónica. En los bancos que había en el pasillo, por fuera del aula de música, daba clases a los compañeros de digitación con las canciones tradicionales. En esa tarea me pilló el profesor que me hizo un gesto de aprobación; tenía su punto gracioso, aparte de la dureza que trataba de demostrar para no perder el control de la clase. Cuando en la clase pasó de la parte teórica a la práctica, me pidió que tocase alguna canción popular. Yo, muy tensionado, toqué a mi manera la de “Viva Parres, viva Parres”.  

sábado, 21 de enero de 2017

116.- "El período de adaptación"

Aunque en un principio todo me parecía tan distinto, pronto me adapté a la ciudad. Era algo que venía madurando desde casi los comienzos del instituto, porque conocía a otros que habían tomado el mismo camino. Pero con pleno convencimiento, puede decirse que fue en los dos últimos cursos del bachiller.
Había solicitado una beca, con lo que, de concedérmela, se aminorarían los gastos de mis estudios. Fue como jugarlo todo a una única baza. Siempre en nuestro camino intervienen personas que nos ayudan; creo que son más que las que nos ponen los palos entre los radios de la rueda.
En el caso de la beca, le debo el interés que puso para solicitarla mi profesor de Educación Física, Don Andrés Moral, maestro en la escuela de Póo, donde residía con su familia. Tal ayuda consistió en avisarme de la fecha de solicitud, rellenar los apartados que, para mí y para mis padres, suponía un verdadero galimatías, así como los documentos que tuvimos que acompañar. No era fácil, os lo advierto; de aquella no teníamos los medios que ahora existen a nuestro alcance.
Creo recordar que hasta diciembre, no supe nada de la concesión, ni mucho menos la cantidad que iban a concederme.
También tenía pendiente la concesión de la prórroga para la prestación del Servicio Militar, por estudios universitarios. Y por la misma fecha me llegó el aviso por correo de que estaba libre de él, al menos por un año, si continuaba con los estudios. Ya tendría ocasión de alargarla otros dos años más, hasta acabar la carrera.
El caso es que me había planteado dar alguna clase particular por las tardes, para compensar los gastos. Había en el barrio donde me quedaba de pensión varias familias interesadas en ello.
Sin embargo, comprobé que las seis sesiones diarias en las clases, no me permitirían dedicarle demasiado tiempo a; en realidad, no tenía ni para visitar lugares que conocer ni calles que patear. En todas las materias nos marcaban tareas, incluso para el día siguiente. Había ido dispuesto a por todas; en aquel tiempo nadie se planteaba asistir a unas sí y a otras no, como se hace ahora, ni te daban una segunda oportunidad para junio. Para empezar tendría que inventarme una estrategia de estudio y no tardé en dar con ella. Consisten atender a las explicaciones del aula sin ambages, aunque algunas resultaban cansinas por faltas de motivación. A la vez que escuchaba aprendí a escribir en el cuaderno de folios que llevaba en común para todas las materias, que numeraba y fechaba para después en la pensión clasificar los ordenadamente en carpetas de anillas. Para podeer atender en las explicaciones y escribir al mismo tiempo, me inventé un código de taquigrafía, a partir de un libro de ocasión que compré por diez pesetas en la librería Santa Teresa y que aún debe de estar por algún estante de la biblioteca. Al cabo de un mes, había trocado la bella letra caligráfica aprendida a mi paso por el Colegio La Salle de la Arquera, por una mezcla de grafías cuyo significado a veces ni yo mismo llegaba a interpretar. Para que esto no ocurriera, recurrí al uso de mi “Letera 32” de Olivetti que había adquirido en la “Librería Maya” por cuatro mil pesetas.
Después de la comida, me dedicaba a pasar los apuntes a limpio en nuevos folios a máquina. Así, entre las explicaciones de clase, la toma de apuntes y la revisión de los mismos y su mecanografiado, me sobraba para recordar lo tratado. A parte de eso, tenía la costumbre de leer el tema siguiente de las asignaturas más fuertes. Pero todo no iba a ser tan fácil.
Como ya dije, me sentaba al fondo de la clase, desde donde, bien sea por la luz del sol de la mañana que reflejaba en el encerado, bien por la mala caligrafía de algunos de los profesores y la mala acústica, los apuntes que tomaba del encerado tenían frecuentes lagunas. Lo pude comprobar cuando, en los recreos, en lugar de ir a tomar el pincho, me quedaba con otros compañeros a poner en común los apuntes. He de decir que la edad de los más jóvenes rondaba los diecisiete años, contando desde los diez años con los que se comenzaba el bachiller, y añadiendo los seis cursos del mismo. Pero, como dice el refrán, “cada oveja con su pareja”, sin quererlo me fui uniendo a los de mi edad, que como yo, habían iniciado el bachiller al menos después de acabada la Primaria cumplidos los catorce. Incluso, me animé al saber de otros que me superaban en una década y puede que en más.
Una mañana que estábamos en espera de la entrada del profesor siguiente, uno de mis compañeros que tenía al lado, quitó sus lentes y los posó sobre la mesa. Yo, por curiosidad, me los puse y ahí me encontré con la sorpresa: las líneas que la profesora de Geografía, Rosario Piñeiro Peleteiro, había dejado sin borrar para que las copiáramos, cobraban vida y se volvieron totalmente legibles para mí. Estaba claro que tendría que pasar por la óptica, a que me graduaran la vista.
Creo que a causa de ese inconveniente, principalmente, en algunas de las pruebas de exámenes que nos pusieron, las notas no fueron lo esperado. Estaba mal acostumbrado a suspender, va en serio, sin vanagloria alguna. Sentía miedo al fracaso sin haber acabado el curso. De las dieciséis materias, cuatro no fueron positivas en el primer trimestre.
Recuerdo cuando di la noticia en casa, de la advertencia que me hizo mi padre, tal que ésta:
– Ya sabes lo que te espera aquí, pero no pierdo la confianza en ti.
Cerca de la pensión en la que estaba en el barrio Vallobín, vivían una tía abuela mía, María Sobrino Tamés con una sobrina suya, Rosa, que tenía el taller de peluquería en el salón del piso. Me enteré por mi abuela y por el rótulo de la ventana del salón, comprendí que era el de ellas, en la esquina misma de la calle Máximo Arboleya. Me sentía más seguro sabiendo como me dijeron ellas que, para cualquier cosa que necesitara, allí las tenía a ellas.
Recuerdo que el piso era nuevo, pero estaba en obras lo que es el baño y el salón contiguo. El fontanero había sacado las tuberías del baño hasta el salón para dar servicio los lavabos de la peluquería. Según me dijeron, no habían encontrado a nadie que les colocara los azulejos y las piezas del terrazo rotas. Yo solía venir a casa todos los viernes, por ayudar a las tareas del campo que siempre estaban ahí pendientes. Y ellas también se venían al pueblo los sábados. Les conté que yo había trabajado en las obras y que ya había hecho mis reformas en casa y me ofrecí a remendar aquel estropicio. Accedieron a mi propuesta. No tenía ningún interés económico por mi parte, a pesar de su insistencia en que les cobrara.
Al sábado siguiente que me quedé en Oviedo, la comencé. Mis familiares me habían dejado las llaves del piso antes de marcharse para Porrúa. Ya tenían allí el cemento, la arena y las piezas que debía colocar. Mi casero Ramón me dejó sus herramientas y me puse con la labor.

En la mesa de la cocina, me dejaron un bocadillo de jamón para la merienda, una moneda de las de diez duros. Me cambié de ropa y salí con idea de dar una vuelta para conocer Vetusta. 

miércoles, 11 de enero de 2017

115.- "Las clases en La Normal"

Una vez que se llevaron a cabo los ajustes necesarios sobre el horario de las distintas asignaturas, la cosa se fue sosegando. Al menos ya había hecho amistad con un el grupo de compañeros que se sentaban más o menos cerca de las dos filas últimas. En los períodos de recreo o momentos en los que tardaba en llegar el profesor, nos fuimos enterando unos por otros de muchos detalles que concernían a la clase. Algunos alumnos, ya por ser repetidores o tener conocidos en los cursos posteriores, conocían a los profesores que nos habían asignado, sabían de sus formas de dar las clases y las exigencias que reclamaban del alumnado y otros detalles de suprema importancia referidos a los exámenes, la forma de corregir y cosas así.
Lo que nadie comentó sobre ellos, era el tono de voz, la caligrafía de su letra en el encerado, la mejor o peor dicción con que se expresaban. Me di cuenta en seguida de la dificultad añadida que teníamos, los que en el primer apellido llevábamos la G, que en el aula era la que hacía el corte con la siguiente. Justamente me correspondía la última fila, siguiendo el riguroso orden alfabético de matrícula con el número 114.
Por una parte, al estar en la última fila, me libré de varias salidas a la palestra en el primer trimestre. El profesor al que le correspondía dar la primera sesión pasaba lista y anotaba las faltas en un estadillo que dejaba en la mesa como referencia los que le sucedían. Como las líneas de mesas eran también uniformes, de un vistazo podían ver los huecos si se correspondían con las ausencias que ellos detectaban en sus respectivas clases y si les quedaba la duda, repetían el listado. No todos eran tan controladores, también hay que decirlo. Con algunos profesores, el problema no era la asistencia, sino las tareas que mandaban para la semana siguiente, a las que había que añadir los postulados de los que ellos habían tratado en la clase.
Teníamos un libro para cada materia del curso, pero en algunos casos, era tan importante, cuando no más, los apuntes que se tomasen en sus clases sobre los que acababa tratando el examen. A pesar de que perteneciéramos a un nuevo plan de estudios, las costumbres y vicios del profesorado, eran tan arcaicos como hasta entonces. Tampoco se puede generalizar. Conocí una mayoría de ellos que estaba en la vanguardia de la metodología y la didáctica que tratábamos de asimilar para nuestro posterior ejercicio en la escuela pública. Iré contando en cada caso.
No recuerdo los nombres de muchos profesores en aquellos dos años de la Escuela de Magisterio. Lo siento de verdad, pues de todos ellos saqué alguna enseñanza en la práctica, lo mismo que de mis profesores de instituto y maestros de escuela. Soy partidario de creer que, incluso de los malos, se puede aprender algo positivo; no haciendo lo que ellos hacían, es suficiente aprendizaje. Creo que bastantes de ellos nos marcaron su impronta positiva, hasta el punto del mimetismo que nos valió al menos hasta formar nuestro criterio como educandos y más tarde también como educadores. De los que no se implicaron en la materia, sólo puedo decir: Ellos se lo ganaron.
Desde el sitio donde me correspondió sentarme, a algunos profesores no les oía muy bien del todo. Me pasaba especialmente con el profesor de Psicología, Don Manuel Álvarez Prada. Y eso creo que lo hacía, como buen psicólogo, para que agudizáramos más el oído si queríamos enterarnos de sus explicaciones ex-cátedra.
Lo cierto es que su método le daba buen resultado. Se hacía el silencio total. Y si alguien hablaba, había otros que le mandaban callar. Los más pequeños de estatura, se sentaban sobre los talones para alcanzar a ver su mímica tan característica, cuando adornaba las teorías con pasajes por él vivido. La Psicología era una asignatura nueva en los estudios de Magisterio y teníamos muchas expectativas entorno a su aprendizaje. Hasta entonces, la Psicología venía en el temario del libro de Filosofía, para sexto de Bachiller, un breve apéndice junto con la Ética, la Lógica, Metafísica, Estética y otras materias.
Prada, aparte de psicólogo lo considerábamos también un filósofo, en los amplios sentidos de los dos términos. El tópico tan conocido del despiste que suelen acarrear sabios, científicos, filósofos y gente así se cumplía en su caso. Él mismo nos lo hacía ver, contando anécdotas que le habían ocurrido, cuando por ejemplo no recordaba la calle donde había aparcado su 600 D o cuando buscaba sus gafas que llevaba metidas en el bolsillo de la chaqueta. Creo que muchas de aquellas insignificancias que intercalaba en su sitio adecuado, nos servían a todos para dar un poco de colorido al mamotreto de Psicología General que nos habían pedido. Todavía lo conservo con muchos apuntes a lápiz en sus amarillentas hojas.
Para todas las asignaturas tuvimos que adquirir el correspondiente libro. Entre Librería Cervantes y Librería Santa Teresa, se volatilizaron en el primer trimestre la tercera parte de la beca que me habían ingresado en la cartilla de la Caja de Ahorros, abierta a mi nombre cuando había alcanzado el “uso de la razón”, creo que eso se solía alcanzar a los siete años, tras la Primera Comunión y la entrada en la Primaria.
A los libros hubo que añadir otros materiales para las clases como, cuadernos, papel, bolígrafos, atlas, material de dibujo y plástica; yo que tenía querencia por las plumas estilográficas, compré una de fabricación alemana con carga de tintero a pistón por giro, que me hacía guiños desde el escaparate de otra papelería que hacía esquina en el edificio de la Caja de Ahorros, enfrente de la plaza del Teatro Campoamor. Aún la conservo, en color verde; veintidós duros de los de entonces y varias camisas tintadas por su culpa. Me daba igual, por lo bien que se deslizaba en el papel a la hora de tomar los apuntes en clase. El “bic” aún no estaba perfeccionado y si no lo dejabas enfriar, vomitaba su pegajosa tinta por el agujero de respiración.



lunes, 2 de enero de 2017

114.- "Las asignaturas"

Siempre recordé haber escuchado que en aquel curso, el número de la matrícula se había disparado. En las papeletas de las notas finales de curso compruebo que me correspondió el nº 141 del total que están firmadas por la secretaria de la Escuela, Mª Ángela de Fraga Alonso. Por tal motivo y debido a la modificación de horarios, se tardó más tiempo en ajustarlo, a decir de mi amigo Armando que comenzaba el segundo curso.

Al fin, pasada la primera semana de cierto descontrol, el horario quedó en seis sesiones diarias, entre las 9 h. y las 15 h. con un intervalo de media hora al mediodía, una especie de recreo. Sentí que la organización del instituto era mucho más perfecta que la que allí me encontré, lo que en cierto modo me causaba asombro y problemas añadidos al de la lógica adaptación al medio donde comenzaba a moverme. Los alumnos de segundo entraban a las 15 h. y salían a las 21 h.

Entre los grupos de entrada, pronto descubrí la cara de compañeros de los últimos cursos del Bachiller en Llanes. En las aulas escolares y por lo mismo en las de la Escuela Normal de Magisterio, para no perder costumbre, se hacía segregación de género; separación que extremaba la Sra. Julia, la bedela de la zona de alumnas, con idéntico celo al de un cancerbero.

Pasadas las tres primeras horas y para caltener el ánimo y la atención en las siguientes clases, me uní a un grupo de compañeros que me invitaron a ir con ellos a tomar un tentempié. Sabían de un lugar donde ponían generosos pinchos de tortilla, a cuatro pesetas. Un rótulo sobre el vidrio del escaparate anunciaba con barras de neón con la sabia intención de acaparar todo el sector de la clientela, “El rincón del Estudiante”

Dentro se veían unas cuantas mesas cuyas sillas ya estaban acaparadas y en el mostrador que ocupaba prácticamente todo el fondo, apenas quedaba espacio para un cliente más. Nos abrirnos paso como pudimos hasta poder alcanzar la barra y, tras el consabido tiempo de espera, logré que el camarero me sirviese uno de aquellos cortes triangulares de tortilla de patata que procuré despachar con lentitud por saborearlo bien y que me durase más. Y a pesar de que no andaba muy abundante de peculio, repetí con un segundo, a cambio de privarme de la bebida por compensar el excesivo gasto.

La pensión diaria que pagaría a mis caseros sería de cien pesetas; justo la mitad de lo que habría cobrado en la última empresa para la que trabajé en el verano. La verdad sea dicha, jamás había reservado nada para mí. Todo lo de la semana lo pagaban los sábados y llegaba íntegro en su sobre a casa. Había pagos que hacer y las ganancias con la ganadería y el cultivo no daban para poder permitirnos gastarlo en caprichos.

Apenas conservo en la memoria el nombre de algunos compañeros dentro del conjunto de los que llegué a tratar y tener buena amistad a lo largo de la vida como alumno y como maestro. Tanto sea del instituto como de Magisterio, de los centros escolares en los que estuve de maestro. Me arrepiento de no haber guardado las lista enteras y en el orden que las leían en clase, tantas veces para comprobar la asistencia y que yo memorizaba. Sin embargo, a medida que escribo voy recordando las caras de algunos, las anécdotas de otros y particularidades que tampoco tienen interés especial; poco a poco se van cubriendo de una tenue borrina y desdibujándose.

Con el conjunto de profesores de la Normal, me ocurre lo mismo; no así con los maestros de Primaria, los profesores del Colegio, del Instituto, por haber tenido mayor roce con ellos y durante más tiempo.

Puede que haya entre mis lectores, quienes me puedan dar información sobre ellos. La iré añadiendo al presente texto en cuanto me vayan llegando. Sería de agradecer.

El número de asignaturas a las que me enfrenté eran demasiadas, como acabé conociendo a medida que aparecían por clase los profesores y profesoras que las impartían, por no ponerse de acuerdo a la hora de mandarnos los trabajos como tarea. La cantidad no puedo decir que me sorprendiese, pues ya sabía antes de elegir estudios las que iba a tener con el nuevo “Plan del 67”. Llevaba en vigor dos cursos, puesto que yo iniciaba el 1969/70, por tanto pertenezco a la tercera promoción de dicho plan de estudios, para profesores de la E.G.B. que había sido puesta en marcha también aquel mismo año. Lo que me extrañaba era que las nuevas tendencias de enseñanza que aprendíamos en Didáctica y Pedagogía, no se pusieran en práctica en el resto de asignaturas.

A continuación, van las asignaturas y los nombres o datos que conservo de los profesores que las impartían:

1.- Didáctica de la Lengua española y Literatura
Jesús Neira Martínez, natural de Pola de Lena.
2.- Didáctica de la Geografía
Mª Rosario Piñeiro Peleteiro, de Galicia
3.- Psicología general y evolutiva
Manuel Álvarez Prada,  de Oviedo; Director de la Normal.
4.- Pedagogía
Profesora que vino de América del Sur; era Jefa de Estudios.
5.- Didáctica de las Matemáticas
Profesor (¿?) cuyo apelativo cariñoso le dábamos “Carrito”, por una costumbre suya que ya explicaré.
6.- Didáctica de las Ciencias Naturales
Profesora, 
7.- Idioma Francés y su didáctica
María Petra Medrano
8.- Música
Manuel J. González de Mendoza
9.- Dibujo e Historia del Arte
Profesor (¿?)
10.- Didáctica de la F.E.N.
Profesor (¿?) Makarenko” a quien solía citar con frecuencia.
11.- Prácticas de Enseñanza
Francisco Fidalgo, además el director de la Escuela LaGesta, niños.
12.- Manualidades y enseñanzas del hogar
Mª Josefa López Lebe? “Chefa”
13.- Educación Física
Profesor oriundo de Bricia y que conocí en el Instituto de Llanes.
14.- Didáctica de la Religión. D. Celso Martínez Fernández, cura del Seminario.

El que no conozca sus nombres es más culpa de ellos que mía, pues en las certificaciones de las notas que nos fueron entregando como con cuentagotas, sólo estamparon la rúbrica.