martes, 13 de julio de 2021

147.- Los fines de semana en el campamento

 

Los fines de semana, libres de toda actividad militar, quedábamos en cada compañía a lo sumo un par de docenas de reclutas, sin contar la tropa vikinga ocupada en realizar trabajos de mantenimiento por todo el campamento; a cambio, esta mano de obra gratuita para el ejército gozaba, como ya creo haber contado antes, de ciertos privilegios como estar exentos de la gimnasia, instrucción, desfiles, teórica, tiro, pista americana; que sin lugar a dudas habrían cumplido con creces durante los tres meses de instrucción como reclutas. 

Tras el toque de retreta, quedó a nuestro cargo un cabo primera, tres hornadas anteriores a la nuestra, que había sido destinado para cumplir los cuatro meses finales del servicio. Inflado temporalmente a comandante en cumplimiento de las normativas castrenses en ausencia de otro cargo superior, no encontró mejor ocasión para elevar su ego. Me había correspondido cubrir el primer turno de “imaginaria” durante las dos primeras horas, tras el toque de silencio por lo que me pareció haber tenido suerte al no tener que cortar el horario de sueño. 

La función del imaginaria consistía en mantener en la sala dormitorio un discreto silencio y vigilar la entrada a la misma. Con el primer cambio de sábanas que tuvimos que hacer ocurrió que a más de uno le faltaba alguna de las dos piezas o la funda de la almohada. La única solución que había consistía en echar mano de las piezas de alguna de las literas vacías cuyo usuario se encontrase fuera en ese momento. Cuando llegase y notara su falta, está claro que habría de tomar “prestadas” de otra nave o “negociarlas”  en la misma lavandería. Idéntico proceder que con las gorras de instrucción; de nada servía quejarse y que te tomasen por un chivato. Cuidado especial debíamos tener con las compañías de cabos rojos que, por ser del segundo verano de campamento, mostraban gran veteranía para todo. 

El imaginaria también tenía la curiosa misión de acercar el botijo de agua fresca hasta la litera de quien lo reclamase.

– “¡Imaginaria, agua! – voceaba alguien. Iba con el agua y echaba un rato charlando con él. 

En broma, berraban desde otros rincones a la vez. Con el paso del tiempo, hasta el imaginaria más timorato hacía caso omiso; quien la necesitase de verdad debería acercarse hasta la pila del agua. Solían escucharse algunas bromas contadas con tal gracia y salero de las que era imposible no reír y coger el sueño.

Por contra, en los siguientes relevos que, con posterioridad me tocaron hacer, no se escuchaba nada salvo algunos ronquidos que paraban al instante al chascar la lengua como hacía para arrear el caballo o hacer largar a un perro. Aprovechaba la amarillenta luz de la lámpara del exterior sentado en el quicio de la entrada para leer, envuelto en la   persistente y monótona sinfonía de las impertinentes cigarras. 

Una noche, a punto estaba de finalizarse la primera guardia, cuando el imaginaria notó al trasluz de la puerta el brillo dorado de dos estrellas. 

– ¡Compañía, el oficial de guardia! – advirtió. 

En menos que canta un gallo, todos estábamos firmes al pie de nuestras  respectivas camarillas. 

El supuesto teniente  mandó que bajásemos en silencio a formar en el patio. Así lo hicimos cada uno con lo puesto, las zapatillas de gimnasia y la gorra de instrucción.  

Al fresco de la noche nos tuvo en formación de firmes hasta que le pareció  prudente que regresáramos a recobrar el sueño perdido. En el primer momento, pensé que quizás formase parte del entrenamiento en el cumplimiento de las normas que nos habían ya explicado, pero después todos supimos que el supuesto teniente no era otro que un cabo primera que hacía el primer turno y que se trataba de una novatada para lo que había tomado la gorra del teniente que se encontraba libre de servicio.  

Si un mando que debe respetar y hacer respetar las buenas normas, aprovecha los galones para intimidarlos y reírse de ellos, pierde todo el respeto, abre la puerta al desprestigio ante los demás y tarde o temprano acaba recibiendo su merecido.  

En el intervalo como de media hora que allí nos tuvo, alguien se la estaba preparando a él. 

Mieres, aprovechando que su litera ocupaba el rincón más oscuro y alejado de la salida desde la que el falso teniente nos instaba a bajar, se hizo el rezagado y entró al dormitorio de los cabos que quedaba debajo de la terraza. Había tres camastros, tan solo uno de los cuales estaba deshecho, por lo que dedujo que le pertenecería al cabo primero que nos estaba "puteando". Los otros dos estaban sin usar; sus dueños estaban a punto de llegar para el relevo de la guardia.  

Cuando ya estábamos todos en nuestras respectivas literas, se escucharon las risas de los dos cabos primera que acababan de llegar y escucharon a su compañero lanzar improperios y exclamaciones de toda guisa, cuya escritura no creo procedente expresar aquí, mientras retiraba las meadas sábanas de su camastro.

Tardó un tiempo en molestarnos y de igual forma, le volvió a salir mal la jugada, como ya contaré en otro momento..  

Ese mismo fin de semana, el sonido de una gaita me emocionó tanto que no eché tiempo en acudir a su reclamo. A la sombra de unos almendros encontré a Mieres acompañado por un grupo musical que con sus voces, palmas y un par de guitarras, le hacían coros. Me uní a ellos, primero acompañando la letra del himno asturiano que salía del puntero de la gaita grillera y ya, cuando me sentí cómodo en aquel grupo, saqué la “Preciosa” de Honner y arranqué con el “Viva Parres”; como pareció ser agrado de todos, sin pausa alguna, continué con los sones del pericote llanisco. 

Cuando miré a la luna que en ese momento iluminaba la terraza, la vi borrosa que me sonreía y le sonreí también.  

viernes, 18 de junio de 2021

146.- Nuevas experiencias diacrónicas

Por resumir los hechos y no extender el desarrollo de la narración, me veo obligado a prescindir de la línea temporal en que acontecieron conservando a ser posible los límites temporales de los diversos períodos o cursos de la milicia universitaria. Estamos con el primer curso de reclutamiento de la IPS para salir del campamento el 31 de agosto como cabos “tomateros” sellado en la cartilla militar y los galones rojos cosidos en todas las hombreras de la indumentaria. Quedan por patear decenas de kilómetros en la pista y muchos toques de cornetín que escuchar, unos que semejan los puntos suspensivos … , seguidos de otro más seco y agudo como para romper la pereza, dar ánimo o empujarnos a salir. Tras él arrancan los golpes de las baquetas en las pieles curtidas de los tambores y en el peñascal que hay de fondo rebotan y se expanden valle abajo hasta las verdosas aguas del embalse de Tremp.

– ¡Un, dos; ún, dos; ún, …; ún, dos!

– ¡Alto, Ar! ¡Derecha … Ar! ¡Izquierda… Ar! ¡Media vuelta … Ar!

– ¡Descansen, Ar! ¡A discreción!

Momento en el que, sin mover el pie izquierdo que marcaría de nuevo la posición exacta del conjunto, nos quitábamos la gorra y el sudor de la frente; charlábamos con los compañeros más cercanos de temas tan importantes como las noticias de “Radio Macuto” que últimamente nos llegaban. Siempre había alguien dispuesto a aliviar nuestras penas con algún chascarrillo gracioso traído de cualquiera de las ocho provincias andaluzas, con diferenciaciones tan sutiles que ya hacía de cada una de ellas. Cada región, así se hablaba entonces, tenía sus chascarrillos, sus bromas, sus dichos, sus gestos y su talante. Creo haberlo expresado antes, me encantaba tal variedad de gente a mi alrededor, compartiendo las mismas tareas, inquietudes y aspiraciones.

De nuevo se organizaba el rebaño al toque de atención:

Compañía: atención ... ¡Firmes … Ar!

Y seguíamos pateando el cemento hasta la compañía para cambiarnos antes de ir a las duchas.

En un espacio apartado del resto de edificaciones, había una piscina, yo diría que reglamentaria, pero que siempre la usaban otras unidades que no la nuestra y sí en cambio nos ponían frente al pasadizo de las duchas que mediría algo así como veinticinco metros. En fila, íbamos pasando bajo los chorros fríos mientras nos echábamos el jabón de modo que al llegar al final ya llegásemos aclarados. Otros chorros a presión salían por los laterales de forma que no quedaba rincón de nuestro cuerpo que no recibiera el masaje del agua del pirineo.

Algunos, se hacían los remolones o se daban la vuelta dentro del mismo pasillo, pero como había otras compañías esperando su turno expuestos al fuerte sol del mediodía, debía verse a las claras que de ellas salían no a igual ritmo con que entraban. Un par de oficiales fueron mandados a vigilar lo que ocurría, pues ya conocían de sobrado tales artimañas soldadescas, y subidos a una paredilla que para tal motivo debió de ser construida nos fustigaba con palabras que algunas dolían casi igual que de un látigo se tratase. Como suele ocurrir siempre, a los menos culpables de aquel frenado nos tocó quitar parte de la espuma con la toalla.

Con la toalla al hombro y las chancletas de goma haciendo pedorretas llegué al pabellón con el bañador “Meiba” ya seco. Para entonces, ya tenía seco el pantalón y la camisa de instrucción que vestí para irnos al comedor que, al ser día en demasía caluroso, lo tenían abierto por los cuatro costados. Dentro se entremezclaban aromas a tomillo, lavanda, manzanillas, tojos y brezales venidos para mitigar el conocido olor de las perolas.

Aquella semana estaba otro oficial de cocina y se diferenciaba con la anterior en las cantidades servidas así como en el contenido y elaboración de los platos. Pudiera ser por la ducha, el cansancio o el hambre, a mí me pareció todo más rico.

Tras la comida, un par de horas de siesta y salida a las clases teóricas que versaron, una vez pasado por el área de tiro, sobre las características de las municiones de fogueo que empezaríamos a usar.

Un día cualquiera después, nos llevaron a un terreno rocoso y arisco de vericuetos en el que resultaría fácil ocultarse  del enemigo. Todo el pelotón sería enemigo de otro pelotón de la misma compañía, por lo que deberíamos controlar los disparos para no herirnos entre nosotros. Más que nada, me daba la sensación de ir a una guerra civil, entre amigos. Unos debíamos colocar la visera hacia atrás para ser los “contrarios”. Yo de aquélla no me daba mucha cuenta de ello; hoy, les preguntaría: 

– ¿Contrarios de quién? – oye!

Nos llenamos las dos cartucheras con balas denominadas de “fogueo” que, a diferencia de las “normales”, su balín estaba hecho con madera de chopo: tampoco es que las hiciese mucho menos peligrosas. Nos encomendaron dispararlas al aire sólo para intimidar al grupo oponente.

Con los nervios de usar el fuego real y herir o ser herido, alguien contó después cómo estuvo en un tris de apretar el gatillo en un ataque sorpresa que vino a sus espaldas.

Afortunadamente, no hubo ninguna baja; tan sólo alguna lesión debida al roce con las peñas y las ariscas cardenchas.

jueves, 3 de junio de 2021

145.- Un alto en el camino

  Por tomar un respiro al tema de las milicias y cambiar de aires, vuelvo página y de un salto de apenas mil kilómetros, nos plantamos mentalmente delante de la Escuela del Profesorado. 

Un nutrido grupo de futuros maestros esperan impacientes delante de las verjas de la escuela aneja donde iban a tener que pasar el examen de Prácticas de Magisterio. Para tantas pruebas en una misma mañana, me imagino que habría varios tribunales calificadores, porque llevarlas a cabo todas en la misma aula sería mortificante para los alumnos, aunque ya debían de estar curados de espanto. En el bloque colindante separado por una tapia del nuestro, hacían las prácticas las futuras maestras. 

En la misma aula entramos no sabría decir cuántos compañeros, de los que tan sólo recuerdo  a J. Antonio González Bode, por haber sido entrañable amigo también en el instituto llanisco. Él era residente del Colegio Menor y natural de Berbes. 

El aula de unos veinticinco alumnos de entre doce y trece años la conocíamos de haber hecho en ella las prácticas de oyente del curso primero y prácticas efectivas y semanales durante el segundo. 

Nos quedamos junto a la puerta y de pie apoyados en la pared del fondo esperando el turno de actuación. En la palestra, sendas mesas ocupadas por el tribunal calificador, uno de los cuales, por ser el profesor tutor de aquella aula, era bien conocido de todos. Tenía excelente opinión de él como tutor lo que contribuyó  mucho a recuperar mi aplomo. 

Por pasar cuanto antes aquel momento y como nadie se dio pronto ánimo en iniciar la tarea me acerqué al estrado, les entregué la ficha al jurado y me mandaron que comenzase. Cada uno de nosotros llevábamos la unidad didáctica que en la última clase de prácticas habíamos convenido con el tutor, de las que él nos había dado a elegir dentro de la programación que tenía hecha para el aula en el último trimestre. los componentes del grupo que habíamos sido asignado a ella, previamente nos reunimos para llegar a un acuerdo de la distribución de los temas a exponer, una semana antes, para poder preparar el material y el texto a exponer. 

Yo me había decidido por la Unidad Didáctica sobre la dentición, que por la profesional labor de D. Ramón Vega Escandón que había corregido a tiempo algunas caries, aún en su  totalidad conservaba y podría repasarla como “chuleta” y exponerla en amplia sonrisa a los alumnos. Les hablé de la importancia que tiene la higiene dental con un correcto cepillado después de cada comida. De un portafolio iba sacando una a una las siluetas de cartulina para ponerlas en un bastidor de cartón que simulaba las mandíbulas.  

Aún seguía entero y me había venido arriba, una vez perdido el miedo inicial. Miré a la mesa del tribunal dando a entender que había terminado por mi parte y me dieron permiso para retirarme.  

Después de mi intervención se animó a salir Bode. Yo lo conocía sobradamente desde el paso por el bachiller y me di cuenta de que no iba menos nervioso que yo. Había elegido el tema del oído y lo llevaba en varias láminas que había realizado con exquisita técnica en las que se mostraban con todo detalle cada parte del complejo órgano. En el encerado, con tizas de color escribía el nombre de cada una de ellas.

Totalmente relajado, me di cuenta de que uno de los alumnos que estaba delante de donde me encontraba levantaba la mano, pero sin aspavientos como los que suelen hacer quienes alardean de saberlo todo o por sobresalir del resto de compañeros. Afortunadamente no era para eso: cuando levantaba la mano, lo hacía con cuidado de que el presidente del tribunal, miraba para las ventanas, posiblemente tomando un respiro o recordando cualquier asunto que tenía pendiente. 

El rótulo que acababa de escribir mi amigo en el encerado tenía un error ortográfico, debido al estrés. Mirando de reojo a la mesa, aproveché el momento en que José Antonio levantó la vista al fondo donde estaba y le hice con los dos índices un aspa a la vez que los llevaba a tocar mi oreja.

El leve momento en el que los hados se pusieron de nuestra parte lo recuerdo aún tan vívido como la claridad de los ventanales que daban al sur y las barras de neón del aula; el ruido de los coches y el pitido del guardia de la rotonda; el olor a “humanidad”, como nuestro profesor de Química del 5º curso del instituto lo calificaba cuando entraba en el aula, al sudor mezclado con "Varón dandy", el olor de las gomas "Milán", la tinta de los  "Bic" y  las pinturas "Alpino".

Como un rayo el borrador que mi amigo llevaba en la mano izquierda abatió la S y la tiza en la otra mano la sustituyó por una X. 


Todo quedó en un susto y una gracia que celebramos después. Por la tarde tuvimos, nada más entrar, las pruebas de prácticas en grupo relacionadas con un deporte o juego. Debíamos ser capaces de captar la atención y colaboración de los alumnos de distintas edades. Por supuesto, que nuestras expresiones verbales, tonales y gestuales deberían ajustarse al grupo de edad de los chavales. Previamente, como en la prueba del aula, cada uno de nosotros expuso a los demás, el ejercicio que pensaba hacer.

A la hora de más calor, en la que el asfalto de la calle reverberaba emitiendo ondas del tóxico mineral, vimos que al cargo de nuestra práctica estaba nuestro profesor de Lengua D. Jesús Neira Martínez. 

Me preguntó por el juego que iba a dirigir y le expliqué que me había parecido interesante el tiro de cuerda, si es que él lo veía apropiado. Sin más comentario, me mandó dar comienzo. 

Todo fue bien, sin ninguna nota que resaltar. Habíamos pasado el mal trago y sólo faltaba conocer los resultados, pero tenía presentimiento de que no serían negativos. De ellos dependía alcanzar aquella  primera meta que me había marcado: el acceso directo, Aún quedaba el año de prácticas en un colegio de Oviedo, del que daré cuenta más adelante. Deshago el camino y me planto de nuevo en la 4ª Cía del Bon. 1º, Campamento Martín Alonso, Talarn, Lleida.

sábado, 29 de mayo de 2021

144.- El acre olor a pólvora

 

Las clases teóricas se recibían por las tardes. Solían impartirlas los tenientes, el alférez y, en ocasiones, alguno de los cabos primera. Después de dar por finalizado el tema de la normativa y reglamento militar, se centraron en lo relacionado con el armamento que teníamos que manejar aquel primer curso. De tal forma que no había pieza, ni escotadura del mauser que no conociésemos, así como del tamaño, peso, alcance, tipo de munición, mantenimiento, limpieza y uso adecuado. El día menos pensado iríamos al campo de tiro.

Las clases las daban en las escalinatas del pabellón en un principio, pero algunos oficiales preferían llevarnos campo a través, fuera de la sombra de los edificios, a sentarnos sobre los ariscos roquedales donde los rayos del sol de justicia nos diera en toda la testera. Menos mal que los pantalones de instrucción tenían unos refuerzos allí donde más se necesitaban. Tanto es así que, estando en una de esas clases, al cambiar de asiento por variar la postura, advertí que debajo de unas piedras que moví por acomodar mi culera había una pareja de negros escorpiones. Desde aquella holgué sentarme sin antes mirar bien dónde lo hacía.

En la instrucción diaria aprendimos a llevar el fusil, cambiarlo de hombro y todas las demás evoluciones dependiendo del tipo de movimiento, siempre sin munición, ni tan siquiera en las cartucheras que colgaban del cinturón de las cinchas.

Un día, de mañana, en lugar de instrucción nos llevaron al campo de tiro. Estaba detrás de una loma que atenuaba el sonido, en un pequeño valle donde había una pequeña explanada en la que tenía montado su taller ambulante el maestro armero. Un ciento de pasos estaba la zona desde donde debíamos disparar a las siluetas que aún estaban otros cientos de metros más lejos. La verdad sea dicha que era una experiencia novedosa de la que nadie le hubiese gustado prescindir.

Yo había practicado el tiro al blanco en las casetas de las fiestas con escopetas de perdigones y el afán de sacar algún premio no era mayor que el de demostrar la buen puntería ante los que nos observaban. Harto difícil cuando la mira y el alza del cañón estaban trucados. Pues con los mauser ocurría lo mismo. En el tiro había que ajustarlos si queríamos tener una buena calificación. Tras la primera tanda de prueba debíamos tener en cuenta la desviación de los impactos en las siluetas, de forma que se pudiera ajustar el alza; pero como no se controlase del todo, había que apuntar, según nos lo pidiese o más bajo o más alto y lo mismo a derecha o izquierda.

Tras las siluetas había unas trincheras donde se resguardaban los “parcheadores” de las que no deberían salir hasta una vez finalizados los disparos y escuchado el aviso de que el peligro había pasado..

Por pelotones, a la orden de “¡Fuego!”, cada cual lo hacía a la silueta que le correspondía las cinco balas de la recámara, una a una, como no hay otra posibilidad con el mosquetón mauser. Cada tirador, una vez agotados los cinco tiros previstos, debía dejar el fusil en el suelo y retirarse unos pasos atrás de él. Cuando el conjunto de los integrantes del pelotón habían terminado de tirar, se daba el aviso de estar fuera de peligro y los que valoraban los resultados en las distintas dianas, salían de la trinchera de seguridad. Un cabo primera colocaba una plantilla cuadrada sobre el centro marcado en la silueta y leía en alto los aciertos dentro de la plantilla y el grado de dispersión del resto para cada tirador. Otro cabo anotaba los resultados que servirían para ponernos nota. Una vez comprobado el resultado de cada panel, los parcheadores tapaban los huecos, dejándolos listos para la prueba del siguiente pelotón.

Después de pasar todos por el tiro a pie, se hacía el tiro con rodilla en tierra y más tarde el tiro desde cuerpo a tierra y para todos se seguía las mismas ceremonias que para la primera. De forma que aquella tarea nos ocupó toda la mañana.

Como no es para menos, en los ejercicios de tiro lo mismo que en otras actividades del campamento, se llevaban a cabo curiosas acciones muy propias de la mejor narración picaresca y que usaban con disimulo y discreción a favor de quien mejor les caía.

Yo que había necesitado el uso de gafas para corregir la incipiente “miopía escolar” de tan sólo 0,75 dioptrías que me impedían leer con corrección desde el fondo del aula lo escrito en las pizarras, decidí llevarlas conmigo y ponérmelas para el tiro en aquella primera ocasión. Lejos de favorecerme la visión a través del alza, la gruesa montura de pasta me aportaba incomodidad, por lo que acabé por echarlas al suelo y prescindí de ellas en las siguientes tandas de disparos que hicimos, al escuchar los buenos resultados que había conseguido, yo mismo quedé más sorprendido que el cabo que me felicitó por ellos.

Como estaba estipulado, teníamos que recoger todas las vainas extraídas por las uñas del cerrojo y algunas caían alejadas y las recogía otro tirador o se perdían entre la maleza y rocallas. Al entregarlas, el encargado de las municiones solía hacer la vista gorda siempre que no se viese vigilado por su superior. Es otro detalle más de la picaresca ya establecida a lo largo de los años, pues detalles como estos los conocía yo de ser oídos, tal que cual, a mi padre narrar de su largo período militar obligado de seis años y medio, entre 1937 y 1944 y que yo recojo en el libro A los Quintos del 40’ .

Una vez en la compañía, nos dedicamos a limpiar con escrúpulo todas las piezas del fusil para pasar la correspondiente inspección. Por azar, el parcheador que me había correspondido era un amigo de la 3ª compañía con la que compartíamos el pabellón “EBRO”. Me confesó días después, mientras esperábamos una vez que hacíamos el descanso, que había hundido la tapa de su “bic” para simular el impacto de aquellos tiros que se me habían ido a tomar vientos fuera del panel y a hundirse en el talud de tierra del fondo.


1º Pelotón, 1ª Sección, 4ª Compañía, 1º Batallón, pabellón "EBRO" 1971

Del pequeño valle llegaba el olor acre de la pólvora y en nuestros oídos los sonidos de las detonaciones y el eco de la montaña que los repetía.

martes, 11 de mayo de 2021

143.- La pista americana y otras diversiones militares

  Un ejercicio considerado como fundamental para el adiestramiento militar es la conocida como “Pista americana”, que se popularizó a través de las salas de cine y en la pequeña pantalla. Como en las demás actividades por conocer, la fama precedía a la práctica, explicaciones dadas por los veteranos, con añadidos no exentos de exageraciones con tal de asombrar al novel o subir su propio ego. No obstante, todo hay que decirlo, la realidad, en cierto modo, superaba la ficción, al menos para algunos de los novicios. 

Para quienes se paren a leer estos renglones, sin pretender dar una explicación exhaustiva, procuraré ser preciso en los detalles más relevantes, que aún puedo rescatar del progresivo olvido.   

La pista consistía en pasar distintos obstáculos en un supuesto campo de batalla, el primero de los cuales era un muro alto de hormigón. Había que trepar a la cumbre a la carrera por una pared inclinada con la ayuda de una cuerda que de la cimera colgaba y dejarse caer al otro lado flexionando todas las articulaciones para repartir el peso propio y el añadido con la impedimenta, que rematábamos con una voltereta para mitigar el impacto con el suelo de tierra. Esa primera prueba toda la compañía la pasó con mejor o peor elegancia, pues se dieron casos sin mayor importancia sanitaria como leves rasponazos con el cemento en la subida y alguna torceduras de tobillo en la caída. Menos mal que el enemigo era ficticio. 

El siguiente obstáculo consistía en trepar por un armazón completo todo él en madera, con tablas horizontalmente clavadas en sólidas pilastras. Una vez alcanzada la cumbre, había que bascular el tronco hasta alcanzar con la mano derecha la primera tabla del descenso por la otra cara y saltar de nuevo, pero esta vez evitando caer en un foso de agua y barro; más de uno llevó su bautizo de guerrillero con risas y coñas por parte de fatos, que en todas las artes existen, que quienes acostumbran a reírse de las desgracias ajenas. 

Hasta este punto, se puede ver que no doy noticia de la impedimenta de un soldado que teóricamente se entrena para una batalla, porque pasados los años mozos, me siento incapaz de haber llevado el casco, el fusil, las cartucheras y la mochila en tales pruebas ya que se vería acrecentado el peso sino también, a excepción del primero citado, el riesgo de importantes daños físicos. Vamos a suponer que todo lo citado lo recogimos para seguir la prueba siguiente, como así fue por recordarla mucho mejor. 

Consistía en atravesar un campo de alambradas y minado, para lo que había que tumbarse y meterse bajo el alambre de espinos y reptar con las puntas de las botas, las rodillas y los codos, portando el mosquetón entre las dos manos, de forma a no quedar enganchados por la culera del acerado espino.  

Al cabo del día,  en el grupo de compañeros más cercano, la conversación se centró en la reciente actividad llevada a cabo y cada cual, evitando narrar algún momento penoso vivido, hacía hincapié en algún detalle ajeno o narraba el propio del que había sabido salir airoso, aderezándolo con una pizca de humor con que olvidarlo y curtirse como buen soldado. No éramos conscientes de lo que aún habríamos de experimentar, aunque lo viésemos todo como un gran escenario al que de forma voluntaria habíamos subido, los más, por pura conveniencia y los menos, por gusto o anhelo de entrar en aquel engranaje que tenía visos de estar bien engrasado. 

Después del primer mes de estancia, percibí que la rebeldía que sentía  ante las ordenanzas absurdas y fuera de ética que había que acatar por el simple hecho de venir de un superior,  estaba haciéndome daño, pues no podíamos luchar contra ellas, por mucha camaradería que nos arropase. Cada cual libraba sus infiernos como podía.  

Les expliqué la idea a mis amigos que estuvieron de acuerdo conmigo en ponerse la misma máscara para subirse al escenario desde aquel momento. Así, confabulados a la par, pasaríamos desapercibidos, siempre que supiéramos interpretar nuestro papel sin exageraciones: fue como un juego de esos que ahora llaman de “rol” y lo ensayamos juntos, unos minutos después cuando dio en pasar a nuestro lado el cabo primera que aquella semana le correspondía comandar la compañía en ausencia de los oficiales. 

Como un resorte nos levantamos los confabulados al grito de “¡firmes, el cabo primera!”, como sacado del manual del buen soldado que en las clases de teórica ya nos habían explicado. Me pareció ver en la expresión sonriente del aludido pinceladas de asombro y orgullo a la vez, a no  ser que él también llevase su propia máscara.

Por la tarde, a la hora de la siesta, llegó el correo. El encargado de repartirlo, subido a un banco iba leyendo en alto el nombre de cada receptor que contestaba: ¡AQUÍ!  y los que estaban por medio se iban pasando la carta en alto hasta hacerla llegar a su destinatario. Algunos recibían el paquete que esperaban y con alborozo lo besaban y meneaban  como sonajas. Todos se quedaban hasta haber acabado el reparto, por si acaso llegaba otra más, por inesperada. Unos pocos se mantenían al margen, bien sea por haberla recibido recientemente o por no tener a nadie que les escribiese.

Cada cual elegía un “rinconcito” para leerla, soñar o imaginarse en su aldea, pueblo o ciudad. 

Envuelto en papel oscuro entre los pliegues de la carta, me mandaban mis padres dos billetes de 100 pesetas, uno de su parte y otro de la parte de mis abuelos, los padres de mi madre. Escrita mayormente por mi padre, con su letra tan peculiar, de haberla aprendido de las tareas de su hermano Jesús que le precedía con tres años, y al que habían mandado a hacer la Primaria en el colegio de La Salle de La Arquera. Él no había podido acudir, pues nada más salir de la escuela, sin haber cumplido los catorce, comenzó a trabajar como criado de cuadra. En la casona ya correteaban ocho hermanos más que le seguían en edad, prácticamente de dos en dos años de diferencia. Imitaba la caligrafía inglesa de su hermano mayor y la conservó hasta última hora. 

Varios renglones más le seguían, con la letra irregular de mi madre, a quien la guerra la pilló con diez años y anteriormente algunos procesos gripales que la privaron de los bancos de la escuela. Me había pedido que pasara por alto las faltas que cometiese, cuando me escribiera a la pensión de Oviedo y me mandaba besos de los “viejos”, dicho siempre con cariño, sus padres, pero a los que yo siempre les dije padre y madre por oírselo decir así a ella. No obstante la mejoría obtenida con las clases que de mí tomaba y el ánimo que los dos le dábamos, la hacía totalmente legible y con su caligrafía personalizada que nunca intenté ni por asomo cambiar. Únicamente me centré en la ortografía. En cambio, el proceso lector estaba bien definido y consolidado. Lectora incansable, tanto y más que mi padre, era capaz de rememorar los argumentos, nombres de personajes, de cualquier novela que por su mano pasase y si en casa no teníamos apenas una decena de libros aparte de las enciclopedias escolares mías y los libros de texto de mis bachilleratos, se servía de la biblioteca municipal por mi medio y de los que le prestaba una amiga suya, Teresa Junco, que después en mis manos paraban también.

Dicha carta y otras que le siguieron a esta, junto con unas fotos sacadas con mi Werlisa, se extraviaron, quiero creer, entre las páginas de los libros de mi biblioteca y que aún confío recuperar. 

Aún conservo la vieja cámara, propia de museo, arte retro o vintage, pero que quedó superada por otra posterior y en estas dos últimas décadas, con creces, por la cámara del móvil.  



lunes, 8 de marzo de 2021

142.- De excursión a Santa Engràcia

Habíamos sido informados, y a propósito mal, por unos veteranos que disfrutaban engañando a los novatos como seguramente a ellos también les habría ocurrido, del buen menú que nos esperaba allá arriba. Ante descripción tan detallada que nos dieron de los platos tan sencillos, pero a la vez suculentos y baratos que allí nos pondrían sobre mantel y bajo sombra de los almendros, decidí con tres de mis compañeros del mismo pelotón: el valenciano, el graciosero, y el ovetense, encumbrar la cima del enclave conocido como “las huellas del diablo” de la que sobresale una torre de castillo y la espadaña de la iglesia de Santa Engràcia; ambas edificaciones con alto valor histórico se vieron afectados con el avance de las tropas, hacía de ello tan solamente treinta y dos años. Nosotros, aprendices de militares, volveríamos a hollar con nuestras botas de media caña, aquel paraje, pero en nuestro ánimo no llevábamos sino la ventura de conocer a sus pobladores 

Caminamos en dirección norte desde el campamento. Al este pudimos calcular con mayor certeza las medidas que tenían las letras de los tres carteles realizados con regodones de arenisca, que no serían menos de diez metros de altura cada una. La pendiente que allí presenta el terreno llega a superar el 45%, por lo que suponía una hazaña para la compañía encargada de encalarlos cada año, sobre la falda sur del monte Costampla, al este del objetivo que nos habíamos marcado. Primeramente, debimos bajar siempre en dirección norte hasta dar con el paso sobre el “barranc dels Lleons”, desde donde se perdía la vista del pueblo, y donde se apreciaba la ruta de ascenso que no era otra que un pendio y zigzagueante sendero de mulas, usado para el abastecimiento de sus moradores.

La interminable vía de acceso al poblado presentaba dificultades de mucho cuidado con piedras sueltas y tierra argayada en la época de lluvia. Por ello, procuramos hacer juntos el mismo tramo antes de que cambiara de dirección y en el caso de que se moviese alguna roca, el que encabezaba la expedición debería dar aviso al resto.  

El sol ya había evaporado el rocío de la noche y casi vaciadas nuestras reservas de agua que para el camino llevábamos. Había metido en la mochila la fiambrera con unos dátiles y almendras que guardaba en mi taquilla, algunas frutas suculentas y dos chuscos de pan que había estado reservando de las comidas de los días precedentes. Además llevaba una lata de sardinillas, otra de mejillones escabeche, un trozo de queso y un palo de salchichón fuet que para la marcha merqué en la furgoneta, ambulante, tienda de los “buitres”, que así se les conocía y cuyo motivo conocí al tiempo de cobrarme, la tarde anterior nada más concertar entre los cuatro la aventura. 

Habíamos rellenado las cantimploras con la fresca agua que bajaba del deshielo desde el Pirineo en el barranco de los leones, que malgastamos para refrescar la gorra y la boca a la espera de rellenarla con alguna exquisitez que cada cual imaginaba pedir en la terraza del bar. Fui dando cuenta de las frutas suculentas y algún dátil para aportar glucosa a los músculos que ya amenazaban de calambre. 

Así ya afectados por la insolación, caminamos hacia la mítica “Arcadia” griega de la que se da cita en la obra cervantina y, como en la de Lope de Vega y otros afamados autores, esperábamos encontrarnos con gentes afables al cuidado de sus rebaños bajo la sombra de las encinas y robles que parecían sujetarse con sus garras a las agrietadas rocas. Para a continuación, sin demasiada demora mientras seguíamos conversando amigablemente, acabásemos siendo invitados a compartir con ellos un queso compangado con hogaza de pan recién sacada del horno. 

El pueblo pertenece al término Gurp en el municipio de Talarm, por lo que sé gracias a la tecnología de hoy; en aquel momento carecíamos de ella, tanto como de la noción de su existencia futura. 

Desde arriba, pudimos ver otros asentamientos por encima del campamento, que daban el aspecto de ser ruinas, posiblemente causadas por el motivo ya comentado. 

En cuanto encubramos, nos dimos cuenta, por el silencio que había en los estrechos caminos y el estado de la mayoría de las edificaciones, que nada concordaba con la expectativa que nos habíamos formado, bien es cierto, por gracia o desgracia de los troleros que nos habían desinformado al respecto del pueblo. 

Por detrás del derruido castillo, vimos pasar una señora con la que quisimos charlar, pero que no respondió a nuestro saludo y desapareció por una de las callejas.  Momentos después la vimos asomada al ventano de casa allegando la contraventana externa como quien previene la llegada del vendaval. No volvimos a verla en todo el tiempo que por allí estuvimos, el necesario para recorrer el pueblo sin encontrar ni un alma en pena con quien hablar. Por supuesto, tampoco dimos con una casa de comidas ni tasca tan siquiera que se le semejase, que con igual grado le hubiéramos dado aprecio con tal de que hubiese satisfecho nuestra bien entendida gula. 

Dimos con la pequeña iglesia. Cerca de ella, había un huerto cerrado con verja y portilla igualmente de forja, como las cruces de las tumbas que en él había sin dejar un hueco en que alojar otra más. En los rótulos de las cruces, algunos repasados recientemente  con purpurina, se podían leer los nombres y las dos fechas, que al restarlas se podía comprobar los pocos años de sus ocupantes. En la mayor parte de ellas, la última de las dos fechas eran coincidentes, entorno a los tres años de la contienda civil. 

De alguna forma, a poco que reflexioné sobre ello llegué a comprender la actitud de la señora al vernos merodear por allí y la justifiqué ante mis compañeros, mientras, sentados bajo un viejo acebuche, compartíamos las viandas que entre todos habíamos subido. 

Por no ser menos, quedamos en gastarle la misma “putada” a otros, pues realmente había sido del todo interesante como experiencia del camino, además de hacernos callo para soportar otras experiencias futuras a que estuvimos expuestos. 

– La mili, es eso, – me dijo mi padre, veintinueve quintas anteriores a la mía, que hubo de pasar por situaciones peores, durante seis años y medio y desde los dieciocho años a los veinticinco. 

         En sus verdosos ojos, no obstante, cuando lo narraba aparecía un pequeño rayo de luz en el atardecer del día. 

         Y yo le escuchaba atentamente repetir la historia desde niño. Nunca me pareció tiempo perdido. 

sábado, 27 de febrero de 2021

141.- La “secreta”

  Con el transcurrir de los años en que se produjeron estos acontecimientos, se van apoderando de ellos una espesa neblina que únicamente deja aflorar sino jirones con los que componer todo el rompecabezas. Puede que alguna de las piezas, sean mera invención o pertenezcan a otro tablero temporal, pero en todo caso procuro que sean leales al momento que intento describir. 

Por suerte, antes de continuar se me vino a la memoria el nombre de un sargento de complemento que hacía el tercer curso de milicias, adscrito a la 4ª Cía. al mando de la 1ª Sección. 

Norberto pertenecía a las milicias universitarias, pero no entraba en el cupo de tres mil excedentes como nosotros sino que, al finalizar este su tercer curso, podría prender de su atuendo militar una estrella de seis puntas, como alférez de complemento. 

Estaba a punto de licenciarse en Derecho en la facultad de Valladolid y era un suboficial de buen trato, por igual con los tres cabos primera de los tres pelotones, los seis cabos rojos que  eran mandos de las respectivas escuadras y con los treinta y tres soldados rasos que formábamos en su sección.  

En los desfiles se nos exigía mostrar interés, elegancia y hasta un toque de gallardía en los pasos y el braceo, pero sin estridencia alguna. “Tan mal estaba lo que se pasaba como lo que no llegaba”, se nos había advertido y el “chopo” sobre el hombro debía guardar un determinado grado de inclinación con respecto a la vertical. De esas mediciones se encargaba el teniente respectivo de cada sección y en nuestro caso, el sargento Norberto, pero no por ello se libró en una ocasión de que le llamase la atención uno de los dos tenientes que encabezaban las otras dos secciones, por llevar el fusil al hombro "como si fuera una escoba".

De este episodio bromeábamos con él "Uvieu" y yo sin por ello restarle respeto al galón de sargento ni tampoco que él cortase la amistad con nosotros, mientras tomábamos aliento tras el paseíllo de varios kilómetros pateando por la explanada de instrucción. 

En la revisión del uniforme de paseo también habría roto los esquemas militares, si no le hubiéramos advertido de llevar algún botón de la camisa extraviado del ojal  correspondiente o de los picos de la camisa del uniforme de “bonito” jugando al escondite uno del otro.  

Siguiendo el hilo del título, voy a narrar como mejor sepa, una situación que comenzamos a vivir ya aquel primer verano. Quizás fuese obra de la denominada en el argot de la soldadesca, “radio macuto”, pero lo cierto es que corrió como el fuego por un reguero de pólvora la posible existencia entre nuestras filas de ciertos "espías de la secreta", por el cual motivo, los grupos de confianza comenzaron a reducirse en número. La desconfianza fue en aumento ya que nadie quedaba libre de ser mirado de reojo por quienes no fueran sus más  allegados amigos. Entre los conocidos nos gastamos la broma de prevenirnos con mantener la boquita sellada y de no tratar temas políticos ni militares delante de algún extraño "infiltrado".

En una de esas charlas de “petit comité” entre algunos compañeros del mismo pelotón se me ocurrió dar mi opinión sobre el tema.    

   Minutos después, uno de los allí presente se me acercó aprovechando un aparte del resto que en ese momento se ocupaba de otro tema, y me espetó a media voz sin mover apenas los labios ya ocultos bajo un grande y arreglado mostacho:

– ¿Cómo podrías descartar que alguno de los aquí presentes lo fuésemos?

Aquella inesperada pregunta me abrió los ojos y desde entonces me dije que sería más prudente pasar del tema, a no ser con mi compañero en quien confiaba plenamente.  

Un fin de semana, domingo ya, el cabo primera que pasó lista, volvió a repetirla cuando se dio cuenta de que faltaban dos soldados que habían solicitado el pase de fin de semana. Por la alta responsabilidad que caía sobre él si no lo reflejaba como novedad en el estadillo que habría de entregar personalmente al teniente, que aquella semana entrante ejercía el cargo de oficial de guardia. 

Los dos ausentes se saltaron también el toque de diana del lunes, por lo cual, si tampoco se presentasen al de retreta,  caerían en un delito grave con arresto de calabozo. 

Extrañeza nos produjo a todos que nada les ocurrió por aquella falta tipificada en el librito verde que nos dieron con el código del soldado español ni aparecieron en la gimnasia, ni en la instrucción ni en las clases teóricas de la tarde.

Esa y otras “hazañas” de aquella pareja provocó que acabaran siendo la diana de algunas “putadas” que tuvieron que padecer del grupo de "contraespionaje", que supo obrar con igual sigilo que ellos. 

Una madrugada cuando me levanté al toque de diana, eché en falta la doble litera que ocupaban al otro lado de la puerta de entrada en el dormitorio. Cuando salí a contemplar el panorama desde el corredor,  la vi junto a la escalera de bajada y los dos aún dormían a pierna suelta. 

Todo inducía, por los comentarios que se oyeron durante todo el día, que en ello anduvo "Mieres" con otros tres de Bilbo para sacar en volandas la litera doble al relente por no aguantar los ronquidos de aquellos dos búhos. 

Tampoco se hizo indagación alguna sobre la trastada, por no dejar de tener bastante gracia. Nos pareció que aquellos dos no eran de buen agrado tampoco para los superiores. 

Pero andando los días, nos enteramos de otro suceso que viene a colación con lo hasta aquí expuesto:

Empezaba a surgir el movimiento de los “objetores de conciencia” por el cual algunos se negaban a cumplir con el  servicio militar obligatorio y, mucho menos, el uso de cualquier tipo de arma. Por supuesto que en aquellos años la objeción era "rara avis", poco menos que una utopía, pero tipificada como alto delito por el tribunal militar.

Se supo o mejor dicho se comentó que nuestro sargento mantenía correspondencia con un amigo que estaba en el calabozo, dándole ánimos para sobrellevarlo, pues era una decisión personal que había tomado con mucha valentía. 

Como era de esperar, el correo que iba al calabozo podría ser vigilado. El caso es que el sargento Norberto se expuso también a ser amonestado y castigado, cuando menos, con la finalización de su período de milicias y verse obligado a completar en un regimiento distinto sin oportunidad alguna de recibir el grado de alférez.

Todo esto formaba parte de las charlas de “corrillo” que había entorno al pabellón Ebro y, más en concreto, nuestra compañía, donde se sospechaba la actuación de los ya citados.

Como también desaparecieron por arte de magia de nuestra compañía, se decía que el capitán Pose de la 4ª Cía. como respuesta  a la inminente expulsión de las milicias universitarias del sargento Norberto, redactó el  pertinente informe para que ellos también la abandonaran. 

Este posicionamiento por parte del capitán y otras situaciones más que a lo largo de los tres períodos de mili conocí en algunos de los oficiales que llegué a tratar me convencieron de la existencia de un cambio de clima en el ámbito militar que produciría sus frutos apenas una década después. 

sábado, 9 de enero de 2021

140.- Peligrosas reivindicaciones laborales

  El alojamiento del 1er Bon. ocupaba dos pabellones para las cuatro compañías que lo formaban, por tanto, dos compañías en cada uno de esta forma, creo que general para todo el campamento de acuerdo al nivel de formación y primer apellido. 

Formaciones para el segundo curso, es decir, aquellos que ya habían recibido los galones rojos de cabo, por lo que se les conocía como “cabos rojos” como aspirantes a “cabos primera”.

1ª Cía. “SIMANCAS” 

Su capitán era D. Joaquín Imaz Martínez. La compañía ocupaba la planta alta del pabellón. En esta compañía estuve alistado el segundo verano, 1972.

2ª Cía. “GERONA”

Su capitán, tengo noticia de que se apellidaba (¿) Castruera (?)y  había estado en la División Azul en el frente ruso hecho por el cual había sido galardonado con la Cruz Negra que en los desfiles lucía en la guerrera. Destacaba entre los de su clase, además del porte atlético, por la forma de saludar y que sorprendía a los ajenos y provocaba la emulación en los propios. No obstante, tan exagerada pose de marcialidad no estaba reñida con el buen trato que dispensaba a sus pupilos que, a decir de ellos, era el adecuado. La compañía segunda ocupaba la planta baja del pabellón.

Formaciones para el primer curso, es decir, aquellos que llegaban como “reclutas/soldados rasos” y se preparaban para recibir al final del verano los galones de “cabos rojos”.

        3ª Cía. “BAILÉN”

Su capitán, (?)González(?). Esta compañía ocupaba la planta baja del edificio.

        4ª Cía. “EBRO”

Capitán (?)Pose(?). En esta compañía estuve inscrito el primer curso, 1971 y ocupábamos la planta alta de la edificación. 

Dentro de cada pabellón se mascaba un poco de “competencia”, como ya dejé caer en algún artículo anterior y se expresaba de diversas maneras entre las dos compañías que lo ocupaban.

En los desfiles que implicaban al batallón, las cuatro compañías lo hacían en estricto orden de conjunto, pero al marchar por libre, fuera de ese contexto, cada cual entonaba su propia canción. Era como el banderín de enganche para todo la unidad. 

En la nuestra se cantaba el “Bella ciao” de regreso al pabellón, al comienzo iniciada por una sola voz que al momento era coreada por el resto. Por lo menos a mí, la letra y la música me sedaban del cansancio y me liberaba en aquellas tórridas lomas expuestas al justiciero sol de Talarn, tan opuesto por el clima con el de las tierras del Cantábrico. Con total certeza, pudiera ser que para los compañeros que procedían de climas más parejos al que allí teníamos, no les afectaría tanto. En más de una ocasión buscaba en el cielo si Nuberu podía traernos, aunque solo fuera un simple orbayu.   

La canción de la 1ª Cía me parecía un tanto fuera de tono, pero pronto me daría cuenta que quienes podían censurarla usaban idéntico registro de lenguaje en las clases de teórica, como pobre recurso para atraer nuestra atención. No se daban cuenta que a cambio, también perdían nuestro respeto.  Parece ser que “La Lola” era el mote con que se conocía, desde varias promociones anteriores, a su capitán. De esto pude enterarme recientemente. En cambio, creí entonces que se referían al Tte. coronel del campamento, del que se decía que era bonachón y por el excesivo peso no estaba para muchos desfiles; por tal motivo, pude verlo en contadas ocasiones.  

A quien sí conocí fue a nuestro comandante. Se dejó caer a la hora de la comida para pasar revista al menú. Le llevaban los platos a que probara cada uno de ellos y los degustó de pie, entre los dos grupos centrales de mesas. Me parece recordar que era de origen asturiano o al menos guardaba alguna relación con nuestra región.  

Contaban de él que tenía gestos como el que a continuación voy a narrar:

 "Parece ser que habían pedido prácticos en albañilería para hacer unos trabajos que debieran terminarse con cierta premura, a cuya demanda se presentaron dos asturianos, nada menos que de las dos cuencas mineras, * “la buena y la mala”, a quienes apodaremos para salir del paso como Mieres y Llangreo. Se palpaba que la premura en el ámbito castrense no era precisamente una de sus características inherentes, por lo que a nadie se le hubiese ocurrido aplicarla en aquel trabajo, máxime cuando el resto de la cuadrilla, otros cuatro soldados “vikingos” que ya tenían las cejas peladas de tanta mili cumplida en aquel paraje durante el invierno precedente. Por no salirse del sabio refrán que aconseja aquello de que – “allá donde estés, haz lo que ves” –  Mieres y Llangreo se tuvieron que ajustar al ritmo de los cuatro peones. 

Habría pasado un par de días cuando recibieron la visita del comandante que los pilló en el momento justo que estaban los seis sentados al borde de las zanjas, tomando sendos bocadillos de salchichas y unos refrescos que uno de los peones había traído de la cantina. 

Al ver el jefe del batallón la dureza del terreno al que se estaban enfrentando con tan solo unos picos, palas, azadas y un par de carretillas, bien lejos de enfadarse y por el contrario así romper el espacio tan abismal que hay entre una estrella de cinco puntas y dos galones rojos, les preguntó de qué parte procedían. Pero ellos, queriendo mostrar al comandante su “pedigrí”, le abundaron en detalles añadiendo que cada cual se había criado cerca del pozo más sonado, en las cuencas del Caudal y del Nalón, como son respectivamente el P. “Figaredo” y el P, “María Luisa”. 

– ¿Cómo es posible que de tal origen sean, dada la fama extendida de laboriosidad y fortaleza que aquí se os echa en falta?

– Mi comandante, – dijo el del Caudal – en Asturias, para comer los seis tendríamos una fabada, unes patatines con carne y de postre una cuñina de quesu

– Y para mojarlo, una bota de vino tinto que con este combustible que nos dieron, – añadió el del Nalón, mientras mostraba la seca salchicha que andaba perdida dentro del chusco de pan, – no nos da para nada.

Al comandante le hizo mucha gracia aquellas explicaciones de los dos asturianos. Se despidió del grupo con el saludo miliar, por lo que todos quedaron un poco mosqueados. 

Al día siguiente, antes de la hora del almuerzo llegó un willys con el menú tal como lo habían pedido. Como por arte de magia, la obra se realizó con mayor premura de la que los aparejadores que la habían diseñado hubieran previsto. 




* (Esto de la cuenca buena y mala, no deja de ser un chascarrillo, dentro de la cordialidad y el respeto que existe entre sus gentes)    

domingo, 3 de enero de 2021

139.- El entrenamiento físico de madrugada

  Al cabo de la jornada militar nos hacían formar delante del pabellón o al lado del mismo en una acera que había bajo la terraza del piso superior, para cualquier actividad que hubiera que emprender, de forma que no había posibilidad alguna del “escaqueo”.  En el caso de que las listas no cuadrasen bien al hacer el “estadillo”, leían nuestros apellidos y debíamos contestar con el nombre, pero lo más habitual era que cada cual fuese cantando en orden el número que se nos había adjudicado.  Otras, en cambio, leían nuestros nombres y contestábamos con un “presente” seco y con cierta gallardía que pronto habíamos aprendido a mimetizar de los cabos ya veteranos adscritos a las cercanas compañías 1ª y 2ª.             Había otra forma aún más rápida de contarnos y era que cada cual, siguiendo el orden ascendente, fuese cantando su número. Si el recuento numérico se paraba, por la ausencia de alguien de la lista, al ser repetido el número, alguien conocido suyo daba noticia de la causa que fuera, como la de “enfermería” o “cuartelero”. No recuerdo si había alguna disculpa más para no formar. Las tareas destinadas a limpieza, cocina, obras y guardia estaban a cargo de las compañías de soldados de cumplimento de la mili en régimen normal, es decir los dieciocho meses.

        Las promociones anteriores a la nuestra los habían bautizado con el apelativo “vikingos” que aportaba un rasgo despectivo, no sé si debido a las tareas que se les encomendaba que, aparte de albañilería, fontanería, carpintería y cocina, también se ocupaban de otras nada gratas como el vaciado de los pozos negros de las letrinas para lo que usaban un tractor con extractor y una cuba. 

A cambio, no se les veía sujetos a demasiada norma marcial de saludos. Tenían asignados turnos para las tareas menos gratas como las de limpieza y guardia, pero también existían ciertos rangos superiores absorbidos por los más capacitados en cada profesión. El campamento militar funcionaba más por el sudor de aquellos jóvenes “vikingos” que por el conjunto de estrellas y galones que lo dirigían. 

Por la mañana el campo de ejercicios aún mantenía fría cancha de hormigón por lo que apetecía más realizar el calentamiento y pasar a la acción antes que escuchar las recomendaciones previas del monitor. Con el peso del madero que nos habían asignado, algunos ejercicios se volvían pesados, pues había que acompasarlos al ritmo que él nos marcaba a toque de silbato. Unas veces se usaban las dos manos para ejecutar las evoluciones; en otras, con una sola lo girábamos, lo llevábamos al frente, a los laterales y arriba en un alarde circense, más que militar.  

Así estuvimos practicando la gimnasia con el fusil durante el resto del mes hasta conseguir el total dominio y coordinación como para que viniese un mando de superior grado para evaluarnos.

Volviendo al tema de la formación, cabe aprovechar el momento para narrar lo que me ocurrió una noche. 

Se trataba de una formación para dar fin al día militar, antes del toque de retreta y que, por causas de una tormenta imprevista, la parte del campamento en la que se asentaba los cuatro pabellones del 1º Bon se vio afectada por una avería en el transformador que apenas sí podía iluminar los focos de seguridad con una luz mortecina. Coincidió también que faltaban dos soldados que no se habían presentado después del permiso para salir en el fin de semana. Así que, por darse mayor prisa en conocer quién faltaba en concreto, el teniente pasó lista siguiendo la numeración desde el primero. 

Como todos teníamos prisa por meternos a cobijo de la tormenta eléctrica que se cernía por los montes más cercanos, a partir de la centena, los que me precedían, dieron en omitirla y gritaban únicamente las decenas y las unidades, sin que a nadie le amonestasen por ello. 

Cuando me correspondió cantar el mío, por abreviar más, obvié también las decenas y dejé escuetamente la unidad. Hubiera pasado por alto si no fuera porque algún pendejo lo interpretó con mayor gracia de la que yo había querido hacer.

El teniente repitió mi número con las tres cifras y yo le contesté con mi nombre completo para a continuación ser apercibido con la primera y única sanción recibida. Consistió en que a las tres de la mañana me presentase en el puesto de guardia de entrada al campamento, allá abajo, en el quinto pino. 

Por otros motivos, había dos más que me acompañaron aquella madrugada. Hacía fresco y con el sueño roto se acentuaba. Por el camino nos encontramos con una pareja de soldados que nos enfocaron con sus potentes linternas y nos preguntaron por el santo seña. Uno de mis compañeros, el “Gaditano” sin saber tan siquiera de quienes se trataba, contestó con lo primero que se le vino a la cabeza y en total desorden. Por los focos de un Willys que allí estaba aparcado, me di cuenta de que se trataba de la PM, de haberla visto el mismo día de nuestra llegada a la estación de Tremp. 

        Después de escuchar su severa amonestación, al contarles cada uno el motivo de nuestra caminata nocturna, nos advirtieron que no jugáramos con el tema de las contraseñas, pues podrían meternos en el calabozo o lo que es mucho peor, expulsarnos del campamento para enviarnos a otro donde tendríamos que cumplir el período completo establecido de mili. 

Seguimos más derechos que velas hasta el puesto de guardia donde la barrera de entrada y después de fichar, al ver que nos habíamos pasado de hora, nos dijeron que debíamos volver a la hora marcada la noche siguiente.

Volvimos mohínos al pabellón, con harta ligereza para recuperar el sueño perdido, pues el toque de diana estaba ya pronto a darse. Quedamos los tres en volver juntos y con la prontitud marcada.  


sábado, 19 de diciembre de 2020

138.- La revisión médica.

Pasadas un par de semanas, más o menos, de haber llegado, nos llevaron hasta la enfermería,  donde unos profesionales sanitarios atendían a todo el personal que allí acudiese una vez recibido el permiso de la capitanía a la que se estaba adscrito. Entre tanta gente, siempre tenían trabajo. Muchos acudían por problemas digestivos, generalmente diarreas, pero la mayoría iban por dislocamientos, golpes o heridas que les impedían hacer la instrucción o la gimnasia. Alguno que otro se había hecho adicto a visitarla por libre, simulando algún malestar por el que pudiera evadir las actividades más tediosas bajo el sol de justicia que comenzaba a castigar los secarrales. Le mandaban quedarse de cuartelero, para vigilar la entrada y salida de personas ajenas al mismo y llevar a cabo una limpieza del pabellón, pero le quedaba tiempo sobrado para leer, fumar como un carretero o sestear hasta la hora de la comida. En ese momento, milagrosamente ya se notaba aliviado con la pastilla que le habían dado a tomar y además  sintió un apetito tremendo cuando, al leer en el tablón de anuncios el menú, recordó el plato principal de arroz con clamares y de postre, las peras en almíbar que habían leído en la formación antes del toque de retreta la pasada noche.

Ya he dicho que, la comida en general era buena, en especial el pan horneado en el mismo campamento y las frutas recientemente cosechadas para nuestro consumo, de cultivos frutales en el propio municipio de Talarn. En cuanto al menú, su calidad notamos que variaba, para mejor o para peor, coincidiendo con el cambio del oficial encargado esa semana para la intendencia. Todas las noches, en la formación que hacíamos delante del pabellón "EBRO", se nos leía las novedades para el día siguiente y una de ellas, era esa del menú que tendríamos para las tres comidas. Todo un detalle. 

El botiquín se encontraba algo alejado de los pabellones, pero más o menos equidistante de los extremos del campamento y por detrás de la loma, por lo cual, no llegaba a estar visible desde ninguno de los distintos asentamientos de la tropa. Una no muy vieja pineda, posiblemente plantada con el fin a que iba a ser destinada, perfumaba con las perlas doradas que manaban de entre sus abiertas cortezas y le daba al botiquín un añadido de confianza. 

El camino de acceso, en los últimos cincuenta metros, tenía una pendiente escalonada de hormigón, de tal forma que, a los últimos de la fila nos permitía ver como en un anfiteatro, lo que acontecía en la cabeza de la misma. 

Siempre nos habían contado quienes en el pueblo nos precedieron en hacer la mili en tal o cual cuartel, ya sea con los Regulares, con la Legión o como voluntario en la Marina, las pruebas y pasajes más duros por los que ellos habían pasado y nosotros también habríamos de pasar. Algunos quizás lo habían pasado tal cual lo contaban; otros, en cambio, preferían dar un toque personal al relato, por aquello de, “ a ver quién la mete más gorda” y no se quedaban cortos. 

El caso es que los unos y los otros sobre el tema de las vacunas coincidían en describir la aguja y la jeringuilla poco menos parecida a la que usan los veterinarios. 

Así es que cuando aún estaba lejos de llegar ante los dos sanitarios armados de sendas jeringuillas, a mi subconsciente llegó la imagen que había formado con tan manidas descripciones escuchadas en la terraza del bar de la aldea. Estaban adornadas con la descripción de una larga y gruesa aguja, como la de hacer calceta, que iba a ser hincada en mi espalda sin ningún miramiento. En esto, el que me pareció ser galeno, por el fonendoscopio que llevaba colgado al cuello, dijo alzando la voz para ser escuchado por todos: "Si alguno de ustedes tuviese algún tipo de enfermedad contagiosa como hepatitis, gripe u otra, haga el favor de salirse de la fila". 

En el comedor compartíamos mesa con un compañero que padecía de hepatitis, por la ración de pastillas que a la comida del mediodía se tomaba y que bien a las claras se manifestaba en su aspecto macilento. Sin embargo, nunca observé el más mínimo gesto de rechazo ni noté en la mesa que nadie le marcase distancias.  

Como ante el requerimiento hecho por el sanitario no hizo ni el más mínimo ademán tal que levantar la mano, quien le seguía en su fila le increpó, pero como tampoco reaccionó por ello, de un empujón lo sacó de la fila. 

Cuando le tocó la vez, usaron para él una aguja en exclusiva. Para los demás nos vacunaban con la misma jeringa cargada con varias dosis, pero la aguja la tomaban de una bandeja donde las metían cubiertas de alcohol para desinfectarlas.  

También volvimos en visitas posteriores para la determinación del grupo sanguíneo y un examen físico exhaustivo con el que detectarían cualquier impedimento para realizar los ejercicios gimnásticos, de la instrucción, de las marchas y en la pista americana, de la que todo el mundo exaltaba su dureza, aún antes de haberla experimentado.

jueves, 10 de diciembre de 2020

137.- Aprendemos la instrucción

 


Milicias universitarias. IPS. Campamento de Talarm, julio y agosto, 1971, 4ª Compañía, pabellón Ebro. (primero por la izquierda de la penúltima fila). Recuerdo cosas de algunos de mis compañeros (del 1º Pelotón, 1ªSección, 4ª Compañía, 1ª Batallón, ) su provincia de origen, pero no su nombre.


Comenzamos con la instrucción, primeramente en la explanada cercana al pabellón con la formación en filas y todos los movimientos básicos a tal fin. En un principio reíamos las confusiones que cometíamos pero las risas cesaron bien pronto ante las reprimendas de los mandos, a quienes maldita la gracia que les hacía, pues iba en detrimento de su calidad como instructores. Éramos parte de una cadena que no debía romperse, pues repercutía también en el que, a nosotros nos parecía ser el último eslabón, pero pronto observamos que no era así; siempre aparecía un eslabón más alto. Para mejor describirlo, conformábamos todos una estructura piramidal, cuyo vértice suponíamos quién era, pues aquí su fotografía presidía los despachos de cada unidad; la misma pose que la que colgaba en la escuela, en el instituto y en las aulas de la Escuela Normal. 

Su nombre, repetido tres veces, era visible desde todas las posiciones del campamento, en la loma de una montaña, escrito con regodones que una compañía, quizás por honores que desconocíamos, se encargaba de encalarlos cada año. 

Después de un tiempo, seguían produciéndose confusiones en cuanto a los giros y coordinación de los brazos con el paso. El paso y braceo a “piñón fijo” para algunos fue un sufrimiento, tanto por las reprimendas de los mandos que lo ridiculizaban en público y más por las enmascaradas risas de sus “compañeros”. Se decía que a quien titubeaba por problemas de lateralidad, se le hacía calzar una alpargata y una bota, de manera que en lugar de decirle, “izquierda, derecha; izquierda, derecha…” para el desfile, se le decía, “bota, alpargata; bota alpargata…” Si os soy sincero, no vi que se le hubiese aplicado a alguien en concreto, pero sí que más de uno, al comienzo, lo hubiese necesitado.

Una vez alcanzados los objetivos mínimos como para “presentarnos en sociedad”, con el capitán al mando de la compañía, los dos tenientes y el alférez al de las secciones y los cabos primera que iban a la cabeza de los pelotones, desfilamos y maniobramos por unas pistas preparadas a tal fin. Allí nos encontramos con las demás compañías que iban a lo mismo. Era evidente la competencia habida entre todas por llevar el grupo mejor adiestrado, que se hacía explicito por la arenga que los mandos intermedios nos daban antes de salir y al volver nos halagaban cuando todo había salido a pedir de boca. De todo esto, pareciera que los capitanes no se enteraban, porque sabían ser discretos mientras todos los objetivos se iban alcanzando.  

Por darnos un respiro después de numerosas vueltas, idas y venidas, nos mandaron “descanso” con el añadido “a discreción”, orden complementaria que permitía hablar y movernos sin perder la posición del pie izquierdo como referencia del orden para continuar. En ese momento desfilaban las cuatro compañías de otro batallón y a su paso algunos compañeros les jaleaban y hacían gracias que, por lo visto, debía ser costumbre muy arraigada y formaba ya parte del acervo militar.  

Por casualidad, entre tanto soldado desconocido, reconocí algunos rostros, que en el viaje de llegada iban ocultos bajo espesa barba. Compañeros de estudios, con los que también había coincidido en el verano de campamento, en especial que ahora pueda nombrar estaban los dos llaniscos, Ramón Maya y Manuel M. Amieva, a quienes mencioné con anterioridad. Aparte de ese momento, no hubo en este primer verano, alguna otra coincidencia con ellos que recuerde. Es comprensible en parte por ser muy extenso el campamento, pertenecer a batallones distintos y porque se fueron forjando amistades nuevas, que también es lo verdaderamente interesante de experiencias como éstas. Los llamé a entrambos por su nombre patronímico seguido del gentilicio cuando estaban a mi altura y los dos por igual, tan sólo me pudieron devolver una sonrisa. El sofocante sol leridano había dejado marcado tal que un mapa con manchas oscuras en sus recién estrenados atuendos caquis. 

Después de la comida y un par de horas de descanso y siesta, nos volvían a formar para darnos las enseñanzas logísticas y clases teóricas sobre orientación, acampada, vivaqueo, ordenanzas y leyes miliares en uso. En estas clases solía intervenir uno de los dos tenientes o el alférez. Los capitanes después de la comida se debían centrar en otras tareas administrativas en la oficina de que disponían en el mismo pabellón o en reuniones a que debían acudir en la comandancia del batallón. Los cabos primera también aportaban su granito de arena, pero siempre supeditados al tema que les hubiese encomendado iniciar cualquiera de los correspondientes oficiales. 

A la mañana siguiente, tras el toque de diana, en camiseta, pantalón corto y zapatillas nos llevaron a la cancha que había delante de la capilla del campamento donde se juntaban las cuatro compañías del batallón. Subido a una plataforma elevada el instructor dirigía todos los ejercicios usando un altavoz y controlaba los movimientos de cada ejercicio, así como la sincronía de las filas. Volvíamos al pabellón para asearnos,  poner el uniforme y desayunar en el comedor. 

Una vez en el cuartel, nos pusimos las trinchas por primera vez antes de bajar a la formación y tras el  protocolo de pasar lista nos encaminaron a recoger el mosquetón, fusil “mauser”, “chopo”, “novia” y otros términos polisémicos, popularizados, con toda seguridad, de una promoción a la siguiente a través de los instructores. Era muy común, para la mayoría de aquellos, intercalar estos y otros términos malsonantes con el objetivo de hacerse los “duros” ante aquella panda de novatos que nos consideraban. Sin embargo, con ello perdían nuestro respeto antes que ganarlo, al contrario de lo ocurrido con el trato recibido de otros mandos más liberales, a quienes mostrábamos atención y el respeto debido. Habrá ocasión de ejemplificar a lo largo de estas narraciones.

Los mosquetones se guardaban en posición vertical prendidos por unas varillas de acero que atravesaba las guardas de los gatillos. Los encargados de entregarlos comprobaban la numeración que leían en alto y otros lo iban anotando en la lista al lado de nuestros nombres. Nos encomendaron que lo aprendiésemos, pues deberíamos conservarlo hasta el final del curso. 

En las primeras clases teóricas, aprendimos cada una de las partes y formas de las piezas de que se compone, el peso, las medidas y distancias alcanzadas. Ni qué decir tiene, que los resultados obtenidos en los exámenes que nos harían, influiría en la continuidad en el ámbito de las milicias. Después del fusil, vendrían otras armas y con todas ellas surgirían apuntes teóricos y exámenes orales ante el conjunto de compañeros y escritos para los que nos llevaban a las mesas del comedor, para tenernos más cómodos y controlados. 

Nos instruyeron en el mantenimiento y limpieza del fusil, para pasar revista. Además debíamos también llevar las botas, las trinchas y el cinturón como salidos del taller del zapatero o del guarnicionero. Una caja de betún “Búfalo”, un cepillo y un trapo de lana, servían para hacerlos brillar. A las partes metálicas, como botones y hebillas, las tratábamos con “Sidol”, un conocido limpia metales. Así me viene a la memoria el conjunto de pertenencias que ocupaban el cajón de mi taquilla personal protegida por un candado, cuya llave llevaba asida por un bramante a un botón auxiliar que había añadido a uno de los grandes bolsillos del pantalón. Dicha taquilla parecía ser algo así como la “Ferretería de Antonio Alonso” y la “Droguería Buj” conjuntamente, pero en miniatura. Allí guardaba a buen recaudo del amante de lo ajeno, las herramientas más necesarias: la navaja suiza de varios usos, las agujas, los botones e hilos, un espejo, el peine y todo tipo de cepillos para: dientes, ropa y calzado con todo tipo de cremas: dentífrica, solar, en especial para los mosquitos zancudos que nos sobrevolaban como helicópteros kamikazes buscando su alimento.   

lunes, 30 de noviembre de 2020

136.- La transformación

Al toque de diana, ya estaba despierto y dispuesto a empezar una nueva etapa. El cabo de guardia nos dio las primeras normas que deberíamos aplicar cada día a la misma hora. En ese momento, es asearse, vestirse y dejar arreglada la litera. Además, era conveniente mirar alrededor de ella para retirar cualquier residuo de basura, pues de no ser así, los infractores tendrían que pasar la “mopa” a toda la nave. 

A continuación, la voz del cuartelero nos aulló para que bajásemos a formar. Abajo nos esperaba el cabo primera que nos mandó “¡A formar por la derecha!”, y tras las pertinentes maniobras de ajustar las distancias tomando por referencia el brazo, el antebrazo y la mano extendida sobre el hombro izquierdo de quien estaba a nuestra derecha y al hombro derecho de quien nos precedía, las nueve filas quedaban perfectamente alineadas y la compañía formada como manda el reglamento. 

Después del “¡Rompan filas!” nos dirigimos al comedor que a pocos metros nos pertenecía. En el extremo de la mesa nos esperaban las dos jarras de aluminio dispuestas a que las llevásemos a rellenar de la leche reconstruida. En una cestilla nos tenían puestos los doce bollos del rico pan pallarés, sobres de café y azúcar y varias tarrinas con mermelada de ciruela, arándano, naranja y mantequilla. 

La leche no tenía el sabor de la leche cruda, espumosa, recién ordeñada de la “Marquesa” ni de la “Serrana”, pero al ser reconstruida de la leche en polvo, su sabor me era muy familiar, pues me recordaba los “caramelos” que de niño mi padre me traía de la fábrica “LACTOSA” en la que trabajaba; no eran sino el producto de elaboración de la lactosa a partir del suero que le enviaba la contigua fábrica “SADI”, dedicada a hacer el queso de barra y bola recubierto de parafina roja y la mantequilla; ambas ubicadas en el barrio San Antón de la villa de Llanes.

Al salir, cuando pasaba al lado de las mesas vacías, en la que quedaban las tarrinas de mermeladas y mantequilla sin abrir, las ponía a buen recaudo por si necesitase un tentempié a media mañana, en previsión que algún día volviesen a ponernos las citadas lentejas de la llegada. Pero ya adelanto, que sí las pusieron, pero las encontraba bien ricas y caldosinas. 

La primera tarea que nos encomendaron aquel primer día fue pasar a recoger la ropa militar. El furriel encargado de  tomar nuestro nombre que iba anotando en una libreta , nos daba paso hasta el lugar de distribución de los distintos uniformes en el que varios soldados nos preguntaban tan solo por la estatura ya que el resto de medidas que cualquier sastre toma con la cinta, las sacaban a ojo de buen cubero; era evidente que no disponían de más tiempo, para atender a tanto cliente que en fila se les venía encima. 

Después de completar el atuendo, salimos de allí con el material necesario para transformar a un estudiante en aprendiz de militar y era así:

– Para las celebraciones especiales y las salidas domingueras: pantalón, camisa, guerrera, gorra, guantes blancos, corbata y cinturón para el traje de “bonito”.  

– Para la instrucción y faena diaria: pantalón, tres cuartos, camisa, cinturón y gorra.

– Pantalón corto, zapatillas y calcetines para la gimnasia mañanera.

– Las trinchas, las botas en media caña, una bandolera y el petate en el que embutí la ropa y con el que cargué al hombro hasta mi nueva residencia de veraneo.

La siguiente tarea fue hacer los ajustes, ante la disparidad de las medidas con la auténtica talla y también revisar los botones del vestuario, pues la mayoría colgaban cual marionetas de su hilo. Cuidado especial había que poner con los de la guerrera que, por ser dorados y con el aguilucho, su falta sería más tomada en cuenta en la revista. 

Aunque las medidas tomadas a ojo no fueron del todo exactas, se ajustaron bastante bien en todo el atavío, salvo en el pantalón de faena en el que no fui capaz de meterme, bien a pesar del buen efecto logrado con la dieta en el pensionado de los dos cursos en Oviedo.

Me pude arreglar gracias a que a mi compañero Uvieu, le quedaba sobrado de tela el suyo para su enteco cuerpo y le pareció mejor acomodado en el que a mí me había correspondido.  

Sin darnos el tiempo necesario para finalizar la tarea emprendida por todos, pues pareció transformarse el cuartel en un taller de costura, la voz desabrida del primera nos llamó a formar delante de la compañía. Esta vez, la revisión se centró en el corte del pelo, barbas y patillas. Curiosamente, todos los bigotes pasaron la prueba. 

Por comodidad más que por gusto, en los veranos, para el trabajo de la siega y de la construcción, solía llevarlo bastante corto y para el periodo de estudios, lo dejaba crecer de nuevo, por peinarlo hacia atrás y deshacerme de la raya lateral que venía usando, desde la más tierna infancia según dan prueba las primeras fotos que conservo. Además de esto, por los consejos recibidos de algunos de mis coetáneos que ya habían regresado al pueblo con la “blanca” en la boca y alguno más que continuaba en la mili, vi aconsejable pasar por la cuadrumeñera de Ramonín Melijosa, una semana antes de mi partida. 

Ante tanta tarea prevista para inmediato, preguntaron que si alguno de los allí formados, teníamos, aunque sólo fuera someros conocimientos y práctica de peluquería. Levantaron la mano unos cuantos y les dijeron que después de romper filas, se presentaran ante el oficial de cuartel. Después de la comida, se crearon en las inmediaciones de los respectivos módulos cuarteleros, diversos puestos de peluquería a los que acudían como ovejas aquellos que habían sido advertidos de ser esquilados. 

Un sargento, que hacía el recorrido por los puestos de los improvisados "peluqueros" e iba borrando de la lista a los soldados que daba por aptos hasta que dio con una cabeza adornada de "cabras" y "calveras", por lo que, visiblemente enfadado los llevó donde uno de los provisionales peluqueros de cuyo trabajo había quedado satisfecho y le encomendó que le arreglase como mejor pudiese la cabeza del afectado, en tanto que a la del fraudulento peluquero le aplicase un número menos en la escala de corte, como justo castigo. 

Era costumbre en las milicias normales, preguntar por el oficio civil de los reclutas y podía suponer una ventaja en el entonces largo servicio militar. Había destinos más cómodos para quienes no deseaban el manejo de las armas y se presentaban como cocineros, peluqueros, guarnicioneros, zapateros, mecánicos, conductores, electricistas, fontaneros, carpinteros, pintores, etc. Algunos, por el trabajo de oficio que dominaban, conseguían permisos especiales, dietas y otras prebendas que en aquella época se daban por legales y a nadie se le hubiese ocurrido cuestionarlas. 

Recuerdo una anécdota contada por un viejo amigo. Le habían preguntado qué oficio tenía en la vida civil y a él no se le ocurrió decir otra cosa que conductor. 

“Pues fui llevado al parque donde se guardaban los coches y camiones y me mandaron que me subiera en el único camión que quedaba sin conductor.

Me acomodé en el asiento y me agarré al volante, temblando como un niño ante un juguete en la noche de reyes. Cuando me dijeron que lo arrancase, como notaron que ya tardaba y estaba indeciso, el brigada se me acercó y me preguntó qué era lo que me pasaba. 

A mí no se me ocurrió más disculpa que decirle que aquel vehículo era de distinta marca.

        – Y ¿de qué marca es el tuyo? – me dijo. 

– Es un “Chevrolet”, mi brigada – le dije, trayendo a la memoria el primer modelo que me sonaba de haberlo visto en el puesto de recogida de la leche junto a la carretera cercana a mi aldea.

– ¡Y éste de qué marca cree que es! ¡Lárguese inmediatamente de mi vista!” [F.G.T.]