domingo, 15 de noviembre de 2020

135.- Investigamos el entorno

Es una forma de decirlo que a medida que pasaban las horas del domingo día 4, la colmena se fue repoblando de los mandos suboficiales y clase de tropa, algunos de ellos veteranos; otros, los más, llegados para realizar el último campamento de los tres que tendríamos que hacer nosotros, recién sacados de la última hornada de cadetes del IPS. 

Uno de ellos, cabo primera se dispuso a tomar el relevo, por lo que debía conocer las novedades ocurridas y comprobar por sí mismo que estaban delante de él todos los reclutas de la lista que le había entregado el sargento de Mayoría. Tendría que dar las novedades al oficial que se hiciera cargo de la compañía el lunes, para a su vez presentarla ante el capitán. Ese era el ritual militar que se seguía en todas las formaciones que se hacían a diario con nosotros. Que faltase alguien a una de ellas, no representaba ningún problema para los mandos. Pero si por cualquier causa se llegase a conocer la ausencia de alguien sin haberla consignado a tiempo, incurrían en falta muy grave. 

           Por las calles del campamento, a medida que se echaba la tarde encima, nos fuimos encontrando con mandos a los que habría que saludar, en el supuesto de que vistiésemos de uniforme y puesta la gorra militar. Como aún no habíamos recibido el equipo, el saludo quedaba reducido a un gesto de disciplina con los brazos en actitud de firmes, poco antes de pasar a su altura a la vez que se decía “A sus órdenes mi… (seguido del cargo): sargento, alférez, teniente, capitán…” Normalmente nos respondían, aunque también se daban las excepciones, sobre todo, con los de menor grado del escalafón.

Como aún nos consideraban unos novatos, y está claro que lo éramos en toda la regla, ante la ignorancia para poder descifrar el título que venía aparejado con los galones y las estrellas, tendíamos a subir un grado en el escalafón, porque nos parecía más llevadero tender al alza que a la baja. 

Como ejemplo, intercalo lo que contaba un hermano de mi abuelo paterno, repetido y narrado por un hijo suyo, al calor de la lumbre en las Nocheviejas en que la familia nos juntábamos:

“Me correspondía cumplir por primera vez la guardia y fui destinado a la garita de entrada y salida del cuartel. Debía pedirle el justificante identificativo a cualquier persona sin excepción. 

Después de varios accesos sin ninguna incidencia complicada, se me acercó un tipo cubierto de gabán que llevaba un abultado maletín y que, sin contestarme al saludo militar que le dediqué, ni tan siquiera mirarme, continuó andando por un sendero que evitaba la barrera.     

Como yo me obstiné en cortarle el paso, tal como nos había mandado el sargento, a aquel hombre no se le ocurrió otra cosa que retirar una de los pliegues del gabán para que yo le viera el uniforme que bajo él se ocultaba y así mostrarme la autoridad que representaba, a quien yo, un soldado, me había emperrado en no dejarle pasar. 

Al ver la línea de color que adornaba la pernera del pantalón, así como las borlas colgantes del fajín y la vaina del sable, se me ocurrió decir por salir del charco en el que me vi metido:  

– ¡Ni toreros ni circenses!

Tuvo que intervenir el oficial de guardia que no muy lejos observaba. Dedicó al coronel un impecable saludo y a continuación, cuando ya se disponía a reprocharme y dar castigo, oí que le decía:  

– ¡Cálmese, teniente! Y usted, soldado, preséntese en mi despacho en cuanto finalice la guardia.

Mientras me dirigía a la oficina del coronel, iba pensando en el castigo que recibiría, por lo que antes de llamar a la puerta hice un repaso de la compostura del uniforme y limpié las puntas de las botas contra las perneras del pantalón para darles brillo.  

– ¿Da usted su permiso, mi coronel? – dije después de llamar con los nudillos a la puerta y la entreabría para hacerme ver, como era norma.  

– Sí, entre, soldado. Por el celo con que cumplió su cometido, le entrego un pase para que se vaya este fin de semana a disfrutarlo con sus padres.”

Por la tarde, continuamos explorando aquella alejada parte del campamento y llegamos hasta la valla de entrada, por si nos estaba permitido salir. No llegamos a preguntarlo, al ver la negativa que les dieron a otro grupo que nos precedía.  

Nos conformamos con ver desde allí las pétreas edificaciones de la Pobla de Talarn. Una semana después, con el uniforme de “bonito”, nos subirían la barrera sin ningún requisito más y bajamos hasta Tremp, porque alguien nos informó que en ella encontraríamos sobrado abastecimiento a nuestras necesidades. A la vuelta, por tomar un respiro, paramos en la fuente de los caños, a la sombra de unos almendros, donde unos paisanos quisieron saber de dónde éramos cada uno de los cinco cadetes que nos habíamos juntado. Por ellos supe que Talarn era capital del concejo, en tanto que el crecimiento de Tremp se había debido al paso del tren, la mejora de la carretera y la construcción del embalse. 

– “Algo tendría que ver también la instalación del campamento” – pensé para mí. Aunque tan sólo fuera por las pequeñas compras en un continuo goteo que hacíamos los cientos de soldados que allí acudíamos, primordialmente los fines de semana, a los que habría de sumarse los gastos realizados por un avispero de mandos que diariamente bajaban.  

Cuesta arriba, diseminados se encontraban los demás pabellones, todos de igual arquitectura, aunque de apariencia más recientes si se toma en consideración la tierra de sus jardines a los que se habían trasplantado jóvenes acacias, tutoradas por varillas de acero corrugado, aún desprovistas del ramaje necesario para dar algo de sombra ni aun cobijo a la adusta cigarra. 

Hacia el oeste, en la lejanía, se veían las masías, en alguna de las cuales, según oímos contar a uno de los “abuelos”, que así decíamos a los veteranos del curso anterior: “– En ellas sirven ricos y abundantes platos de patatas al alioli o bravas, con huevos y picadillo. Sin olvidarnos de la ensalada mixta con productos de su huerta, en la que nunca se echa a faltar jugosos tomates, corazones de alcachofas y pimientos hechos a la brasa, lechuga hoja de roble, pepinillos en vinagreta, adornada con las sabrosas aceitunas arbequina.”

Y mientras nos lo contaba, el abuelo babeaba y nosotros pasábamos saliva. Nos había dado otra pista más para poder mantener el ánimo, ya algo resentido cuando apenas no había comenzado nada, cuatro días nada más desde que habíamos salido de casa. 

La cara y el aspecto de este informante no se me desfiguró a pesar de los años transcurridos, pues lo recordaba también de la manifestación que hicimos delante de la Normal en apoyo del director, D. Manuel Álvarez Prada, cuando le sustituyó la terna directiva. Sin embargo, ya no recuerdo su nombre, por lo que voy a adelantar otra gestión por él realizada y fue traer desde Sama un autobús de la empresa “Zapico”, con la bandera de Asturias en la luna posterior y varias cajas de sidra para celebrarlo. Con ello nos evitó otras treinta y seis tediosas horas de tren, al regreso del campamento. 

       Algunos compañeros habían venido en su propio o prestado utilitario que usaban para bajar a Tremp o largarse a Andorra, por lo que como se suele decir, “habrá que echarles de comer aparte”.  

domingo, 25 de octubre de 2020

134.- Los primeros amigos

  El sábado, 3 de julio de 1971 fue el primer día completo que pasamos en el campamento de Talarn. 

Al toque de diana, la primera tarea fue ir  con la toalla al hombro y el neceser a la pila “bautismal” para limpiar las telarañas del sueño. Había pasado la noche de cháchara con los más cercanos y compartido con risas las bromas y chistes que nos llegaban del otro extremo, cuando ya parecía logrado el silencio. 

Es curioso cómo se mantienen en el recuerdo aquellas sensaciones tan alejadas en el tiempo, como el aire pirenaico que venía por las noche a contrarrestar el tórrido calor del pasado día y el perfume de las hierbas de las rocallas o el constante chirrido de las chicharras camufladas en las ramas de los almendros, de repente acalladas por el lejano ronroneo de un  “jeep Wilys” de la policía militar que hacía la ronda. 

Del interior de la nave dormitorio, creo aún escuchar el sonido continuo del agua en los aseos junto con los ronquidos, de los demás, que no recuerdo a nadie que admitiese fuesen propios. 

El único fiable testigo de lo que cuento sería el desconocido compañero que le había correspondido estar de imaginaria aquella primera noche. Su misión era taparnos o traernos el botijo al grito: 

– “Imaginaria: ¡AGUA!

Agrupados como corderinos en la explanada del pabellón, observé que el rebaño había crecido, por lo cual, el ritual de la formación aplicado por el cabo primera, se ajustó a la normativa militar. Para mí, y supongo que para todos los compañeros de Magisterio, aquellas órdenes me resultaron conocidas del curso obligatorio que había hecho en julio del año precedente, en el “Colegio Menor del Cristo” en Oviedo, regido por la OJE, de clara querencia paramilitar.

Por la ausencia de la indumentaria de soldado, vestido cada cual según nuestro criterio y gusto, estábamos más identificados. Podía incluso identificar a algunos compañeros de la compañía con nombre y apellidos, al cabo de los primeros pases de lista en la formación de la explanada del pabellón.  Antes de ir al comedor, el cabo primera nos mandó romper filas para que regresáramos al pabellón con el fin de dejar ordenada la litera y recoger cualquier resto cercano a ella y, aunque aquellas tareas ya las dejé hechas antes del toque de diana, volví a subir, más por dejar  pasar el tiempo y esperar a los compañeros de las cercanas literas con quienes había ya compartido mesa en la pasada cena.

Mi litera se encontraba la primera a partir de la puerta y la de mi derecha pertenecía a uno de Oviedo, Mino, dos años o tres menor que yo, pero que ejercía ya como maestro, por haber iniciado magisterio por el plan del 57, a partir del bachillerato elemental terminado a los quince años. Pronto nos haríamos buenos amigos. 

 Sin embargo, por más que intento recordar su nombre completo, soy incapaz de conseguirlo ya que por ser tan común le llamaba por su apellido o más frecuentemente por el apócope de Mino y "Uviéu", que van a ser desde ahora los apelativos más usados en estas historias. En consecuencia, yo acabé siendo para él "Llanes" así como para el resto de la compañía, cosa que a mí me hacía sentir orgulloso al saberme algo así como el embajador de mi tierrina

Por no tener mucho más que hacer, en cuanto daban un tiempo exentos de formación y otras tareas, dimos en reconocer el entorno los dos amigos asturianos junto con otros dos más, llegados desde Valencia y Cáceres. No lejos de allí estaban las letrinas que eran unas casetas con un tejado que dejaba un espacio abierto por encima de las paredes y con puertas batientes, provistas de un simple sanitario de suelo y la cadena que accionaba una oculta cisterna de la que salía un chorro de agua que barría de un soplido toda la inmundicia dejada allí por más de un desaprensivo predecesor. 

        También quedaban por allí cercanos los lavaderos en los que restregamos con jabón tan sólo la ropa personal, pues las de las camas nos las recogían y a cambio nos entregaban las limpias, cada fin de semana. Por esto, había que estar pendiente del camastro, pues había desaprensivos que las mangaban para sustituir las suyas rotas a fin de  que les entregasen las limpias.  Como en más cosas que iré recordando, no se podía contar con todos. El primer año seríamos sujetos de las más insospechadas novatadas, que era mejor reírlas que llorarlas y, por supuesto callarlas. Formaban parte del entrenamiento en aquel tiempo, aunque pasadas más de tres décadas las reconocí, incluso más denigrantes y de peor gusto en el Colegio Mayor donde se alojó mi hijo.

Por el calor del clima de Lérida, procuramos lavar el pantalón, las camisas, los calcetines y demás prendas los fines de semana, pero por estar muy solicitados y no guardar vez aquel fin de semana, caminamos unos cientos de metros hasta encontrar la orilla de un torrente que desde allí se escuchaba. Había grabado un profundo surco por el arrastre de los cantos rodados traídos de una morrena glaciar sobre la roca arenisca que corría.  Después de lavarla, la tendíamos sobre las ardientes rocas y aprovechamos para ducharnos en una cascada de la fría agua del Pirineo.  

Desde allí observamos la existencia de un sendero que ascendía como una sierpe por las colinas hasta el pueblo que había visto la primera tarde de la llegada al campamento. En el cielo se perfilaban algunos tejados y muros junto con la torre de la iglesia de Santa Engràcia, que da nombre a la pequeña aldea. Acordamos visitarla en cuanto se nos brindara la primera ocasión. 

viernes, 16 de octubre de 2020

133.- De Tremp a Talarn

        En Tremp nos subieron a camiones del ejército para llevarnos hasta Talarn y dejarnos en el campamento Gral. Martín Alonso, treinta y seis horas después de la salida de Oviedo. 

Sería en torno a las cuatro de la tarde, no lo puedo decir con total precisión, pero sí recuerdo  que se habían cerrado los comedores que habían usado con soldados provenientes de otras Regiones Militares, pues no descarto que el día de nuestro embarque en Oviedo, ya hubiesen llegado las restantes tropas y tampoco soy consciente de que otros hubiesen llegado detrás nuestro. A nosotros nos dejaron en la parte más alta del campamento y habría de pasar una semana, para darme cuenta de su verdadera extensión. 

Lo que nunca olvidé fue el pegote de lentejas que cayó en mi escudilla, cuando fui servido por el chaval que fue a buscar la comida del “Restaurante”, que así dimos en llamar desde ese día con sorna al comedor. La verdad sea dicha, estaba limpio, bien iluminado y aireado. Daba la sensación de que lo íbamos a estrenar nosotros y lo mejor de todo, era que nos quedaba a dos pasos del pabellón.

Visto desde la cabecera de la nave, había cuatro columnas de mesas de a doce comensales, con un pasillo central más amplio, por el que se paseaban los oficiales y otros mandos a los que les correspondía estar de guardia aquella semana. De fondo calculo que había una docena de líneas de mesas y quizás me quede corto. 

En cada cabecera de mesa más cercana al pasillo central, había dos jarras metálicas de aluminio, una para agua y otra para leche. Yo y el que tenía de frente al otro lado de la mesa cogimos una cada uno y nos fuimos a llenarlas en la cabecera de la nave donde la servían los destinados a cocina. Desde ese primer día siempre procuré ocupar un sitio similar, porque la leche había sido la principal fuente proteínica, junto con el huevo y el queso, por tenerla a pasto. Otro, del extremo opuesto de la mesa, cogió la caldereta que a su lado tenía y corrió a que se la llenasen. A los tres se nos dijo que se podía repetir, pero aquella primera vez no nos hizo falta.

  El que había traído el cocido, sirvió a todos empezando por su escudilla con tan buen tino en el cálculo que no hubo falta de regresar a cocina para rellenar la perola. 

Tareas comunitarias como la descrita ayudaron a consolidar las relaciones dentro del grupo. Con el paso de los días se contagió a otras agrupaciones mayores que a su vez influyeron en la aceptación de todos los componentes. Cada elemento se adjudicaría un rol vacante que utilizó como refuerzo para ser aceptado y protegido, cuando llegase la ocasión. Y por supuesto que llegaría. 

Con la primera cucharada que llevé a la boca, dieron mis muelas en rucar con lo que imaginé que serían trozos de algún tallo seco, semillas del barbecho o arena de las eras donde secaban al sol  para ser envasadas en los sacos de yute. 

Una de mis tareas obligadas desde bien niño, era “escoyer” un tazón de ellas, por la noche para ponerlas a remojo. Omito aquí volver a describir los “tropiezos” retirados, que se pueden leer en el primer episodio de esta historia. Justifiqué todo por la cantidad de lentejas que habrían tenido que escoger. 

– Esto es la mili, no un hotel tres estrellas –, me dije. 

Pero al analizar concienzudamente el contenido de la segunda cucharada, descubrí que se trataba de restos de ladrillo y otros materiales de construcción que hubieran dado al traste con la herramienta que por adecentarla tanto sufrimiento me habían infligido con el torno, sin anestesia, en sus consultas los doctores Estefanía y Vega, pues compartían el criterio médico de no ser muy aconsejable aplicarla a los niños. 

Rememoré las lentejas caldosinas con el huevo duro y el chorizo que dejaba a recudir en la orilla del plato para hacerle los honores como postre, embutido dentro del pico crujiente de pan ahuecado y vuelto a tapar con la miga extraída, costumbre o manía que aún tengo.

Con esas reflexiones, comí las porciones analizadas con el rico pan que allí sin tasa nos dieron, mientras que envolvía el resto en un trozo de servilleta para echarlo al cubo de la basura, me levanté y tercié la bandolera colgada al hombro, mientras con el dorso de la mano, imitando la dignidad del buen escudero, sacudía las migajas prendidas en el niqui. 

A partir de aquí el orden de los acontecimientos, salvo algunos de más relevancia, pueden andar desordenados en el tiempo, pero no creo que desmerezcan, pues en lo esencial serán una descripción fidedigna, al menos bajo la perspectiva del narrador, como ocurre en la totalidad de ellas, vengan de quien vengan. 

El campamento estaba constituido por diversos pabellones, sede cada cual de una determinada Cía. Eran edificios de dos plantas, la superior con una terraza abalaustrada a la que abocaba la escalera de acceso. Todos los pabellones guardaban idéntico proyecto de obra, visto desde afuera, pero pudieran tener alguna diferencia dependiendo del año de ejecución. Se me ocurre ahora, pero entonces lo que menos me preocupaba era eso; simplemente me parecían idénticos. Nuestro pabellón denominado "EBRO" albergaba la 4ª compañía y disponían como todos, por delante, de una franja de terreno árido como el resto del campamento, convertido en parterre, gracias a la dedicación de algunos compañeros que volcaron su interés en que fuera el mejor de las cuatro compañías del primer batallón. Actitud que llenó de entusiasmo al capitán. A cambio, gozarían de alguna aparejada exención, la que me parece bien merecida. Había una “pica” un tanto consentida y provocada por la misma oficialidad con la 3ª, compañía llamada “BAILÉN” que quedaba paralela con la nuestra. Me doy cuenta ahora, de que aquella estrategia motivadora nos ayudó psicológicamente a sobrellevar con dignidad las situaciones más estresantes que se dieron.  “A ver cuál de las dos compañías es la mejor”, era la idea que rondaba por la cabeza de todos, ya sea en jardinería, en el desfilar o en la pista americana. 

Cada pabellón disponía de una explanada para formación de la compañía. Habíamos salido de Oviedo el jueves día 1 de julio, así que estoy contando lo que percibí el viernes y aún nos faltaba la vestimenta para pasar desapercibidos. En la compañía quedaba al mando tan sólo un cabo primera, el cabo furriel y un cuartelero de cada planta. Según el listado que tenía en sus manos, me correspondía la segunda planta. Desde su corredor se divisaba al norte un pueblo perdido en la montaña, Santa Engracia y al este el embalse Sant Antoni de Tremp. El cuartelero distribuyó las literas según un número que se nos adjudicó en orden a los apellidos.  

Nos dieron a cada uno las dos sábanas, el almohadón y un cobertor de algodón, cuyas franjas debían quedar a una medida que nos fijó para que todas las literas guardasen uniformidad en la revista que habría de hacerse de lunes. Aquel detalle era tan sólo un atisbo de lo que estaba por venir.  

El dormitorio era una nave larga de norte a sur con dos filas de literas metálicas adosadas por el cabecero a las paredes. A mí me correspondió la pared del este, al lado de la puerta de salida al corredor. Había un pasillo amplio central por todo lo largo donde nos pasaban revista al lado de las literas. No era muy común que lo hiciera algún oficial, sino más bien la clase de tropa, pero por motivos muy concretos. Al norte de la nave, había una pila redonda de metal con grifos a su alrededor y los urinarios constantemente irrigados y unas bolas higiénicas que perfumaban el ambiente. Además, unas pequeñas ventanas abiertas constantemente a lo largo de la pared hacían más soportable el pegajoso calor estival del día. Por la noche, en cambio, el fresco aire de la montaña nos envolvía con los perfumes de la lavanda, el tomillo, la manzanilla y del hinojo.   

Daba gracia vernos cada cuál con su personal indumentaria veraniega, cuando el sábado y domingo siguientes a nuestra llegada, nos sacaron a la explanada para formarnos para todo. Algunos aún conservaban las barbas, patillas y melenas que se habían convertido en signos revolucionarios o al menos, contestatarios. 

Aparte de los tres toques del día militar como son a diana, a fajina y a retreta conocimos ese  fin de semana el toque a formación, mandado por el cabo primera para darnos más órdenes que cumplir en el acuartelamiento. En ausencia de otro mando de rango superior, se convertía automáticamente en comandante en funciones con la entera  responsabilidad de llevarlo todo bajo su control.   


sábado, 10 de octubre de 2020

132.- Trayecto en ferrocarril de Oviedo a Tremp

  Para ser justo, el trayecto recorrido en tren lo completé con mapas de la época, al haber extraviado el bloc de notas en que había anotado los nombres de las estaciones por las que pasaba. Los más importantes me eran conocidos de haberlos aprendido para el examen libre de Geografía en el 1º del Bachiller, así como las Comarcas de las que eran capital. Por la noche, debido al cansancio y a la escasa iluminación en las estaciones menores por las que el tren pasó de largo, comencé a perder el interés inicial, adormecido con el desfile fugaz de las macilentas luces en los apeaderos de las aldeas y el sonido de la campana automáticamente accionada y desactivada con las cuchillas instaladas sobre determinadas traviesas. 

Por la ventanilla entreabierta me entraba el olor característico de la paja del trigo, sujeta en pacas que como enormes ladrillos formaban grandes castilletes en los áridos campos. 

Me vino al recuerdo cuando escribo, la de veces que no habría ido con el carro tirado por el burro hasta “El Almacén” que tenía en Llanes, junto a la torre, Pepe Mier, "El Zapateru", vecino de mi aldea, casado con Isa, prima de mi madre. En el almacén, Pepe vendía las pacas de paja que traía por camiones y cuando en pleno invierno ya se había terminado con las gavillas de la paya de maíz, para mantener la producción lechera, se recurría a la paja del trigo y la harina del maíz híbrido que allí en un molino eléctrico producía. En una ocasión en que yo llevaba el dinero muy justo, tenía que calcular a partir del precio del saco, el resto dedicado a la compra restante de la paja, por lo que le pedí que me dijera el precio de ambas. Como percibió el gesto en mi cara cuando me lo dijo, metió su manaza dentro de un saco de harina y dejó caer un puñado desde lo alto, a la vez que me decía:

– “Taro, esto es oro molido”. Y mientras reía, dejó entrever su dentadura parcialmente coronada con el preciado metal, signo de distinción y éxito de un indiano.   

Pasamos por Mieres, Pola de Lena, Puente los Fierros, Busdongo y León, donde paró el tren para recoger a los reclutas de la provincia, con el mismo destino que el nuestro. Ninguna cara conocida entonces, pero en algún caso coincidiríamos sin saberlo entonces, en el mismo pabellón de la 4ª Cía. del 1er Bon. o si no en la explanada de la gimnasia frente a la capilla, todas las mañanas o acaso en los desfiles por compañías, banda militar incluida para ensayar la jura de bandera. 

En el pabellón de mi compañía predominaban vascos, catalanes, andaluces y canarios. En cambio, de Asturias éramos sólo tres: Mieres, Oviedo y Llanes. 

Seguimos por El Burgo, Palencia, hasta llegar a Venta de Baños, donde el jefe de estación nos advirtió que podríamos bajarnos como mucho media hora. La cantina de la estación en un momento quedó desabastecida. Yo aún conservaba intacta la tortilla, porque para la merienda consentí en echarle el diente al primer bocadillo de carne, dura como suela de zapato, por lo que disfruté más del segundo plato, los dos huevos duros y alguno más que dentro del compartimento se nos había  colado.  

Algunos compañeros del vagón hacían señales con los brazos mientras voceaban, porque se creyeron olvidados en el andén, cuando el convoy inició maniobras para enganchar nuevas unidades. Se había hecho de noche. Con el ruido de los topes, las cadenas de enganche y los saltos producidos en los cambios de vía, todo cubierto ahora por una espesa niebla, me hizo perder la orientación; nunca mejor dicho, perdí el norte. Acostumbrado a tener siempre al norte la mar cantábrica y al sur la sierra del Cuera, no sabía en qué sentido marchábamos. Por el lento traqueteo de los cortes del carril y de las macilentas luces de los postes, supuse que estaríamos haciendo maniobras para un cambio de vía y tomar nueva dirección. 

Sabía por las clases de Geografía que aquella estación resultaba ser un importante nudo de comunicaciones con dos desvíos: uno proveniente de Valladolid, Burgos y Santander y el otro por el que seguiríamos a Burgos, Briviesca y Miranda. 

En esta última parada se hicieron diversas maniobras que nos alejaron de la estación a los que íbamos montados en los vagones de cabecera, para recomponer todo el conjunto del convoy militar, en total de dieciséis, si por el tiempo transcurrido no me engaño.

La tropa, perdida la euforia del inicio, ahora, quien no dormitaba estroncado en el asiento propio, ocupaba el contiguo sin ningún miramiento, cuan largo era. En consecuencia, alguien viajaba de pie, en el pasillo de acceso a los compartimentos. En las curvas y contra curvas, bocadillos, huevos y fruta del menú militar que nos habían entregado para el viaje, rodaban al antojo de la aceleración, hasta ser pisados por azar o a propósito. Aquí en nuestra Llingua, decimos que alguien tiene “bayura” cuándo desprecia lo humilde por pensar que se merece algo mucho mejor. Es el término más expresivo que encuentro para definir lo que les pasaba a muchos de mis compañeros de viaje.  Por esta actitud observada, cuando determiné echar mano de mis reservas particulares, lo hice con sigilo, para que no acabase en fauces tan escogidas. Cuando les entró la gazuza, tras haber dado cuenta de la golosinería comprada en la cantina, salieron a la “gueta” por los pasillos de las viandas que primero habían repudiado y arramplaban con cuanto en su camino se topaban. 

Enfrente mío viajaba uno que se había unido en Venta de Baños, procedente del País Vasco, pero que había tomado el tren en Santander con otros más que iban en otro vagón. Al igual que yo, también se interesaba por los nombres de las estaciones y el repetido paisaje tan distinto al que estábamos acostumbrados en nuestras respectivas regiones. 

Aprovechando que la basca dormitaba, creí conveniente hacerle los honores al contenido de la fiambrera que ofrecí a Iñaqui, quien aceptó gustoso y sin remilgos, a la vez que echó mano de la mochila y sacó una cazoleta a rebosar de pinchos de carne con piparras picantes y txakolí de Bizkaia, cosecha familiar, que no desdijo de la merecida fama, aunque guardada en una bota pequeña “ZZZ” en que lo mantuvo durante el trayecto.  

Después, ya metidos en la noche, me quedé dormido y así debí de pasar por Logroño, Castejón, Tudela y Casetas en la que existe un nudo de comunicaciones con dos enlaces: uno a Guadalajara y Madrid; otro por el que tomamos a Huesca, Zaragoza, Tardienta, Sariñena y en Selgua, un tercero a Barbastro, en cada una de las estaciones, es posible que se hubieran añadido más tropa, ni tampoco descarto que uno o más vagones de cola fuesen de uso civil.

La mañana había llegado y el sol anaranjado en la lejanía daba una pincelada al paisaje que era tan nuevo y alucinante para mí. A lo lejos había divisado un castillo y más tarde vi otros, en parte o totalmente demolidos por las bombas y cañonazos al ser hitos defensivos para las tropas de la reciente contienda civil. 

Me desperecé y después de comprobar que el improvisado petate seguía intacto, le advertí al compañero que mirara por él, y que lo dejaba como reserva del asiento, mientras iba al escusado. Omitiendo el detalle de lo que en él me encontré, queda para la imaginación de quien esto lea, por sus propias experiencias en recintos públicos y también en los privados de bares, tiendas y otros negocios, diré tan sólo que estaban más cercanos a ser pocilgas que escusados, con respeto para los cerdos, pues bien es sabido que cuando se les da un espacio amplio, lo mantienen más limpio que aquel hediondo cuchitril para humanos, mal llamado váter, sin gota de agua, que al abrirlo dejaba ver las traviesas de la vía correr bajo los pies. 

Ya cercano el mediodía entramos en la estación de Lleida cuya ruta principal continúa hasta Tarragona, pero después de algunas maniobras para dar descanso a las dos locomotoras y sustituirlas por otras, a mi juicio más antiguas, ruidosas y contaminantes, seguimos ruta. 

Como reseña importante, diré que la impresión primera que tuve de Lleida fue desastrosa, con las casas semiderruidas, las piedras de sillería negruzcas por las bombas, las paredes del interior de las viviendas que dejaban ver los azulejos de baño y cocina así como las escaleras, buhardillas y las vigas de madera en pedazos hechas carbón. 

Veintisiete años después volví con mi familia para mostrarles la zona y Lérida y otras poblaciones que había visto tan derruidas, ya no las reconocía de tanto como habían cambiado de aspecto. 

  Tomamos el desvío hacia Balaguer, y Tremp por la línea Lleida-Pirineus, pasando por Alcoletge, Villanova de la Barca, Térmens, Vallfogona de Balaguer, Gerb, Santllorenç de Montgai, Santa Linya, Àger, Cellers-Llimiana, Guardia de Tremp, y Palau de Tremp.

Tan sólo recuerdo de este último trayecto la cantidad de túneles que atravesamos, por la humareda de las máquinas de gasoil que nos entraba por las ventanillas abiertas a causa del extremo calor sufrido. En especial, el agobio fue mayor en dos de ellos que parecían no tener fin y, por la velocidad de la marcha, pensé que íbamos en subida y que los motores no podrían con todo. [1]


[1] 

Ahora, mirando en los mapas encuentro un enlace de la Wikipedia donde se lee que entre Lleida y La Pobla de Segur existen nada más ni menos que 41 túneles, 17 estaciones y 31 puentes. 

Por curiosidad, los dos túnel que recuerdo, son el de Sant Llorensç de Montgai de 3074 m. y el de Palau de Noguera-Talarn, el más largo de todos con 3499 m. Y la totalidad de los cuarenta y  uno hacen 14571 m.


// https://es.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADnea_L%C3%A9rida-Puebla_de_Segur // 

domingo, 27 de septiembre de 2020

131.- Caja de reclutamiento en Rubín

El lunes último de junio, Arturo Gutiérrez, a la sazón cartero del pueblo, llegó con la carta esperada. Salté del carro en que me encontraba en esos momentos paliando la hierba y salí a por ella. La leí en alto para que mi padre que desde el cargaderu del pajar continuaba subiendo con las trencas una manta de hierba que conformaba las teleras y mi madre junto a la higuera preparaba unos justes para avivar la lumbre. Venía a decir el corto texto del comunicado oficial, que “Con fecha, jueves 1 de julio de 1971, a las 12h debe personarse en la Caja de reclutamiento de Rubín…”  

Llevaba ya por casa varias semanas ayudando en las tareas de la hierba por las fincas más difíciles de trajinar y en dos ocasiones había cogido el tren para recoger las últimas papeletas de las notas. Al final, había pasado también el curso segundo con todo aprobado. Así que la siega y el resto de tareas campestres no eran sino meros ejercicios lúdicos que combiné como pude con el disfrute de las numerosas fiestas que por los pueblos se producían sin descanso. 

Debido a la orografía, nuestras fincas no todas eran accesibles para la máquina de segar, a las que se accedía por unas paseras, por la ventaja que suponía usarla frente al uso exclusivo de las guadañas, aunque sólo fuese en zonas libres de rocas, abrimos en los muros unos portillos para pasar la “Bucher” que manejaba mi padre, en tanto yo iba apartando la hierba cortada que entorpecía el corte. Era el caso de las Llastrucas y Nozalín y la Bacallora, en las que la hierba una vez seca había que sacarla en cargas hasta el carro que dejábamos aparcado en el camino junto al muro de la finca. La yerba del pradón de Mañanga, la de la Cuesta, la de Jaces y la de Bárganu solíamos meterla al jenal antes de la festividad de San Pedro y las segábamos con la máquina. Al ser inamovibles los santorales, se utilizaban como calendario agrícola, tanto para la hierba, las siembras y cosechas. Aparte de las fincas nuestras de Arduengu y de Reburdión que sembrábamos, llevábamos otras cuatro fincas más, la una en el sitio de la Payota, la otra en la Paz, ambas dedicadas tanto a la siembra como a la siega, otra pequeña en Trescoba, cerrada de pared baja y la de Tieves, prestadas a mi padre por su tío materno, Saturno. La siembra la rotábamos cada año y en casi todas las citadas se plantó algo. Algunas, de difícil entrada había que cavarlas a palote y azada, en el resto se llamaba a los aradores del pueblo: Manuel el de Melia, Ignacio Sobrino o Santos el de Juanito, con los que me tocó "andar de candilón", es decir, guiar la yunta con la guiyada, en tanto que ellos llevaban el manejo de la máquina de arar. 

El tiempo atmosférico de aquel verano estuvo de nuestra parte y pudimos cumplir con el calendario.

La víspera de la partida mi madre acomodó como pudo en una bolsa de tela recia con fondo plastificado que se colgaba del hombro a modo de “bandolera” y que había resistido valientemente los avatares de las obras y del instituto, la friambera en la que entibó una tortilla y unos chorizos de los que milagrosamente quedaban colgados de la pértiga del último matacío, fritos y con cuyo aroma, estoy seguro, se despertaron los pasajeros de mi vagón en el tren que me monté a las siete en punto de la mañana. 

En la ferretería de Miguelín, de la plazuela de San Roque, había comprado una cuchara, un tenedor y un cuchillo que se sujetaban con un resorte y siempre iba con mi comida dentro de la bolsa al trabajo. Una maquinilla con hojas “Filomatic” de las que promocionaba entonces, el gran Gila, una pastilla del oloroso jabón “Palmolive”, una barra de jabón de afeitar “La Toja”, un frasco de colonia “Floid” eran los excesos permitidos mínimos y únicos, diría yo, para nuestra juventud. Porque no olvides, lector, que en aquella edad teníamos las mismas querencias que tienen los jóvenes de ahora, cuando se van de viaje de estudios. Ellos aparte llevan: el móvil con el cargador, los cascos y la tarjeta bancaria, gran variedad de ropa de vestir dependiendo si es para la playa, las terrazas o la discoteca y, por supuesto el abono a Internet, para poder comunicarse con sus amigos y no perderse. Nosotros éramos más de sobre sellado y papel o tarjeta postal y para llamar a casa, por carta se quedaba en una hora aproximada de cierto día que podíamos intentarlo desde la centralita del cuartel. Aunque antes de la guerra, en dos casonas de indianos ya disponían de agua y teléfono, no fue hasta bien entrados los setenta que se generalizó para todas. Mi madre bajaba al Rosal donde su madrina Serafina para hablar conmigo unos minutos de la que aprovechaba para hacer algo de compra.

De ropa de vestir, llevaba poco más que lo puesto: un vaquero, una camisa manga corta y un polo o niqui, un jersey de más bien entretiempo, porque a decir de mi padre, las noches en tren por tierras de Castilla y Aragón resultaban ser más bien frescas, una gorra con visera y, tanto para el sol como para “fardar”, gafas de sol con cristales que reflejaban como espejos, en una fina montura dorada que habían puesto de moda los vocalistas de las orquestas, con las que a su vez imitaban a otros artistas de la pequeña o grande pantalla. 

Además, aisladas por una bolsa de plástico, llevaba un par de mudas, dos pares de calcetines, varios pañuelos y una toalla. Íbamos de fonda completa por dos meses y allí nos darían la indumentaria, el rancho y una litera.

En mi petate aún hice hueco para mi armónica “Preciosa” de “Hohner” y la cámara “Werlisa” que había comprado en “Casa Rozas” enfrente de la Plaza del mercado en Llanes hacía poco tiempo. 

De Llanes íbamos tres milicianos con el mismo destino de la Quinta del ‘69: Ramón, el primogénito de la “Librería Maya”, Manuel Miguel Amieva, que ya había terminado las prácticas de Magisterio y yo, pero no recuerdo haberlos visto en la salida de Llanes, ni por el Centro de Reclutas de Rubín donde nos presentamos, ni tampoco en la salida de la Estación del Norte en Oviedo. Sí me encontré con muchos compañeros de estudios en la Normal y otros de los que me sonaban sus caras, de verlos a la entrada de la Escuela. 

Creo que fue en Rubín, no lo sé con certeza, en cuanto nos identificábamos, recibimos una bolsa con un par de bocadillos de carne, unos huevos duros y alguna fruta resistente al calor del vagón tal que naranjas y melocotones. Yo, por la sed, compré una botella de gaseosa de limón que embutí como pude entre la ropa del macuto, unos paquetes de chicle, caramelos mentolados y regaliz, en un quiosco de camino a la estación. 

Después de estar en la sala de espera y en los andenes ya agrupados por amistades y conocimientos de las clases, llegó un Cabo 1ª que, a no ser por el atavío de ropas que llevaba, la gorra de guerrillero medio caída que dejaba entrever una prematura calvicie, el corto bigotillo, único adorno permitido en la mili, las antes dichas gafas de sol pijas que todos llevábamos, pero que habíamos quitado bajo los techos de los andenes que lo hacían todo más oscuro, y las voces que pegaba, nadie lo hubiera visto, si no se encarama a un banco. No me extraña, pues éramos ciento y la madre. Sólo recuerdo que tras recoger en diversas paradas en el trayecto hasta Lérida a los reclutas y a los que ya tenían hecho el primer campamento, se formó un convoy de dieciséis unidades con dos máquinas de gasoil tirando de ellos. 

Los ya veteranos corrieron la voz de que se trataba del Cabo “Picurri”, chusquero del CIR N.º 12, “Ferral de Bernesga” en León. Él nos acompañaría hasta León donde se unieron más unidades al convoy.  

Había, por supuesto, otros mandos militares como oficiales, pero a los que no volvimos a ver en todo el viaje,  que pertenecían al CIR El Milán. 

viernes, 18 de septiembre de 2020

130.- Nos vamos a la mili

          En  la entrada anterior dejé aparcado el tema estudiantil para relatar otra etapa de la vida por la que la mayoría de los chavales debíamos pasar. 

Hablo del período militar con carácter obligatorio para todos varones salvo que se diesen estas circunstancias especiales: Padecer alguna enfermedad, traumatismo o minusvalía  que impida el desarrollo de la actividad militar. Lo más curioso eran estos dos eximentes: Tener los pies planos o ser estrecho de pecho. También la estatura por debajo de 1,60. Sin embargo, conocí a un compañero que pasó en el primer verano  una larga temporada sin salir del acuartelamiento, por no haber para él botas del tamaño adecuado y como se acercaba el día de la jura de bandera, le permitieron calzar sus playeras para entrenar el desfile. Al final, el guarnicionero del batallón le tomó las medidas y ya no pudo escaquearse. Desde ese momento pasó de hacer de cuartelero a “pisahormigas”, pateando día sí y día también los áridos terrenos donde se asentaba el campamento militar. 

La mayoría de edad estaba fijada en los 21 años, aunque de forma voluntaria se podía acceder antes, con 18 años. Los que accedían por llamamiento de Quintas tenían 16 meses de servicio, en tanto que los voluntarios tenían que hacer 20 meses, pero con la ventaja de poder elegir destino y arma, es decir, dentro de su Provincia o, si le convenía más conocer mundo, pedir otras provincias y modalidad de ejército: Tierra, Mar o Aire, siempre ajustándose a la disponibilidad de las plazas. 

Para quienes pasaban las pruebas de acceso a las “Milicias universitarias”, el tiempo de servicio se veía reducido a la mitad en períodos vacacionales distribuidos en tres veranos consecutivos de 2, 2 y 4 meses respectivamente. El primero y el segundo se dedicaba al adiestramiento militar y clases teóricas y prácticas del uso de distintos armamentos, logística, mando, etc. En ellos se iban sucediendo los grados, desde el “simple recluta” que se “dignificaba” tras la jura de bandera y se convertía en soldado y a llevar delante de su nombre el don en la correspondencia oficial. 

El segundo verano ya le daban los galones de cabo rojo que colocaba en las hombreras de las camisas, guerrera y gorros; lo mismo que en el tercer verano, era ascendido a cabo primera. Al final del segundo verano, tras un período complementario en un acuartelamiento recibía el nombramiento de alférez de complemento. En el tercer período estival de 4 meses, haría el servicio como oficial de la compañía al mando de una sección, en el acuartelamiento de su provincia o de la más cercana, si llegase el caso y así lo prefiriese. 

Aunque de todo eso se hablaba, particularmente a mí me interesaba más el hecho de terminar los estudios sin que fueran interrumpidos por el servicio militar. La inauguración del instituto me había pillado ya con los catorce años, finalizados los ocho cursos de la Enseñanza Primaria y matriculado en el Colegio “La Arquera” en el curso 1962/63. Inicié el bachiller el curso siguiente tras pasar la prueba de Ingreso y los exámenes de 1º a los que me presenté por libre con quince años, cuando lo normal era comenzar con los diez u once, aunque también coincidí con otros bastante mayores que yo. 

Algunos que iniciaban Magisterio a partir del Bachiller Elemental de cuatro cursos, con dieciocho años ya estaban dando clases en una escuela. 

El año en el que reinicié los estudios del bachiller, después de un año de pausa “logística”, dedicado al servicio de honorables oficiales de la paleta, la plomada y el nivel, me encontraba de compañero al hijo de nuestro profesor de Gimnasia, don Andrés  Moral que estaba de maestro en la escuela de Poo; había terminado estudios de Magisterio a que había accedido con bachillerato elemental y, como aún no tenía plaza ni se convocaban oposiciones, se matriculó en 5° del bachillerato Superior. Recuerdo que me parecía extraño estar de compañero con un maestro, pero supongo que encontraría alguna plaza por sustitución en alguna escuela, porque no estuvo el trimestre completo. 

¿De qué me hubiera servido terminar el bachiller con dieciocho y magisterio con veintiuno? Nunca se sabe qué puede ocurrir cuando se modifica lo más mínimo alguna de las variables de la vida. 

sábado, 29 de agosto de 2020

129.- Otras anécdotas más para contar

      Un día que recuerdo de fuertes calores se había concentrado una multitud de gente en torno a la calle Santa Susana a la que acudí con mi compañero. Nos situamos, como no iba a ser menos, en las balaustradas de las escaleras que acceden a la Plaza España, donde se encontraban establecidos el Gobierno Militar y el Gobierno Civil de la provincia. En lo más alto del muro de losas labradas, sujeto a una farola se encaramó mi tocayo, viejo compañero de instituto, ahora de fondas, posadas y clases de magisterio. No le hubiera costado mucho más encabritarse a lomos de una de las estatuas allí erigidas en blancos mármoles que más me recuerdan a los mascarones de proa de una carabela, si no fuera la mirada disuasoria que le echó uno de tantos guardias, mano en el tolete que colgaba en el cinturón de su traje gris.

El motivo de aquella concentración de gente, a la que no faltó estudiante ni obrero, me huele que estaba orquestada para figurar en los titulares de la prensa como propaganda del sindicalismo vertical. El pretexto, el recibimiento a los emigrados a Cuba que, hasta el momento no habían podido regresar a su patria chica, tras la Revolución de Fidel, si no fuera por la buena gestión del gobierno en ciernes.

– ¡Ahí llegan! – anunció el “Poícu”, señalando hacia el inicio de la calle Santa Susana donde hace confluencia con la Conde Toreno.

Todas las cabezas, se volvían para esa dirección, y resultaban decepcionadas al ver llegar dos abuelitas en un “Seat-600”. Tras varias falsas advertencias que el improvisado vigía, “Mártínez de Poo”, hacía encaramado en el trinquete junto al mascarón de proa.

Después de varios avisos falsos que en nada concordaban con lo esperado y como se percataran de la sorna del citado, dieron muchos en aplaudirle la broma y reían sus ocurrencias.

– “¡Probinos huérfanos!”, – intercalaba en sus comentarios, modelando su voz a grave que nadie diría salida de aquel imberbe vocero. 

Efectivamente que llevaba toda la razón, pues cuando por fin llegó la comitiva de autobuses, se pudo comprobar que la edad de quienes se asomaban a las ventanillas para saludar al respetable habían ya cumplido algo más que la niñez y la mayoría eran ya ancianos que rondaban los noventa, si no los pasaban.

Otro caso de parecida índole que vivimos, ocurrió en una tarde que subíamos por la acera de la calle Marqués de Santa Cruz, a la altura del puesto de periódicos “El Escorialín”, cuando nos adelantaron dos motoristas de la Guardia Civil que abrían paso a un coche negro oficial con dos banderolas. Dentro pudimos ver la enjuta cara de la “Gran Dama” que saludaba con su mano enguantada a quienes la vitoreaban desde el parque “San Francisco”.

– “¡Adiós, Menchu!” – saludó mi tocayo a la vez que movía en alto el pañuelo como si la tratase de toda la vida.

A punto estuvo de parar uno de los motoristas que abrían la comitiva y que se nos quedó mirando un rato para comprobar si era preciso parar o no, pero al fin aceleró y decidió seguir con el cortejo.

Omito otros momentos tan cómicos o más que estos narrados, que viví junto a mi inseparable compañero, que de alguna manera contribuyó a aliviar el estrés que suponían los exámenes más que las propias clases que por lo general resultaban atrayentes.

Desearía recordar el nombre de otro de los personajes que conocí en aquella vieja posada de la calle Argüelles, pero sólo puedo describirlo por la amistad y confianza que nos ofreció a los dos estudiantes que allí nos hospedábamos.

Solíamos coincidir con él en las cenas. Era tan sólo, a decir de él, "un humilde bedel" en la Delegación de Educación y Ciencia, ubicada en la calle “Río San Pedro”. Pero tan humilde cargo que ejercía se dignificaba por encima de los demás al encaminar por los laberínticos pasillos, despachos y ventanillas burocráticas del "vuelva usted mañana" a quien le solicitase ayuda.

Su forma de hablar era totalmente pulcra y libre de palabras malsonantes que tan mal habrían ajustado a su manera de ser. Sí, por el contrario, insertaba frases del protocolo en los documentos oficiales que el profesor de Prácticas nos había dictado como esenciales para el desarrollo de nuestra futura profesión de maestros.

– No dudéis en acudir a mí “si ha menester”, que yo os orientaré por la Delegación de Educación – nos dijo la última noche que coincidimos con él en la mesa de la “Pensión Pravia”.

No haré más que aparcar aquí esta narración que será continuada en su preciso momento, para centrarme en otros acontecimientos que piden abrirse paso, en otro escenario bien distinto.


sábado, 9 de mayo de 2020

128.- Nuevos profesores en el curso segundo y otras consideraciones

En este curso se produjeron algunos cambios estructurales en el propio edificio, como ya narré con anterioridad. La caída del muro que separaba las dos alas del edificio fue bien recibido por el alumnado y es posible que también por parte del profesorado. Sin embargo, salvo para Rosario Piñero Peleteiro, profesora de Geografía e Historia, que nos organizó en seminarios mixtos para tratar algunas unidades didácticas, para el resto del profesorado no supuso cambio alguno.

Desconozco si todo aquel movimiento de reforma fuera a originar algún conflicto interno del claustro, porque andaba más ocupado con los temarios que con la política docente a la que no teníamos acceso. Recuerdo a compañeros del tercer curso, que ya apuntaban rasgos de más veteranía, manifestarse en la calle una mañana en el recreo. Cuando nos unimos a ellos pude ver en medio del grupo a D. Manuel Álvarez Prada que advertía del hecho de haberse producido una moción de censura contra la Dirección que él presidía. Se había formado para ello una terna en la que estaba la Fraga, profesora de Matemáticas, el profesor de Música, Manuel J. González de la Vega, y la profesora de Pedagogía.

Prada aconsejaba aquietar los ánimos, sin voces, calmo; de la misma forma como explicaba, pues tanto interés desataba en nosotros que no se escuchaba en clase otro sonido, tanto es así, que su voz apenas llegaba a los que ocupábamos la última bancada. Sin embargo, me dio la sensación de verlo un tanto afectado, a pesar de estar arropado por los alumnos que a su alrededor nos apiñamos.

En este segundo curso, nuevos profesores habían formado la plantilla docente de las aulas, pero por olvido no puedo dar sus nombres, sino reseñar algunas de sus características docentes y humanas.

A la Sociología, ya de por sí atrayente y novedosa, se le añadió el buen arte de explicarla y el afable carácter de una joven profesora que debutaba en la palestra. En sus clases, nos motivaba el hecho de tenernos al tanto del estudio sociológico que para su tesis doctoral se había marcado sobre el chabolismo generado en las inmediaciones de la Térmica "Las Segadas", en la que además prestaba ayuda a la población infantil allí marginada.

Por entonces llegó también otro joven profesor que rompía los moldes con su espesa barba al estilo Ché o Castro y que por más cavilaciones que hice no recuerdo habérsela visto a ninguno de los muchos profesores que desde la entrada en el instituto la llevasen. 
[Únicamente recuerdo con barba a un antiguo compañero de obra, en el verano de 1965 que además lucía una larga cabellera, pantalones de pernera de elefante, guitarra y canciones francesas que se ganó a pulso el mote despectivo para quienes lo calificaron como "El Yeyé", pero para él no dejaba de ser un gran elogio. Su temprana emigración a Francia le había hecho diferente para los que seguíamos aquí aguantando carros y carretas.]
Al nuevo profesor le conocíamos como “El Etólogo”, rama para nosotros desconocida dentro de la Psicología Aplicada, popularizada y extendida, años después, por Félix Rodríguez de la Fuente en sus programas televisivos. Este profesor nuevo en La Normal habilitó el patio interno que veíamos desde las ventanas del segundo piso donde teníamos las clases y formaba parte de las instalaciones deportivas que jamás en los dos cursos habíamos pisado. En su patio, cubierto de hierbajos, tenía para sus observaciones experimentales un canoso y famélico asno y un no menos viejo y vocinglero cuervo. Fue un detalle que a mí no me cayó en saco roto. Cinco cursos posteriores, apasionado seguidor de los programas televisivos del citado naturalista burgalés y profesor de Ciencias Naturales, llevé conmigo a las aulas y laboratorio un cuervo y una culebra que un alumno a quien le motivaba la Biología, me había prestado. Mi intención era desmitificar para los alumnos las viejas creencias negativas de esas dos especies.

En cuanto a lo relacionado con la Educación Física, es bien triste que esta asignatura la diésemos únicamente de forma teórica, llegando a resultar tediosa y estresante. Las pruebas consistían en dibujar todos los pasos y ejercicios de la llamada Gimnasia sueca que era la misma que habíamos practicado en el instituto y que tanto se parecía a la practicada durante la mili. Por tanto también la usé siendo profesor como fase de calentamiento, si bien, la combinaba a mí manera con variados juegos y deportes y, por supuesto, practicando con el ejemplo.Los apuntes consistían en dibujos, simples garabatos que marcaban las posiciones y movimientos continuados. En eso, al menos, nos imaginábamos todos ser un poco “Forges”. Para colmo, aquel año se hizo una selección de alumnos para asistir al Campeonato “Magister” que tendría lugar en una provincia castellana, pero como coincidía con los exámenes de Matemáticas, no me decidí a participar en ellos en la especialidad de lanzamiento de peso. Además exigía una serie de gastos de vestuario que no me podía permitir. El ganador de aquel torneo logró peor marca que la que yo había tenido en las pruebas físicas finales que hicimos la primera y única vez que pisamos el recinto deportivo. Como consecuencia de mi renuncia, al recibir la papeleta me encontré con un suficiente que produjo una reducción de la media esperada. Me había dado clases en el Instituto y era natural de Bricia.

Por el momento, de las dieciséis asignaturas que teníamos, conocía la nota de la mayor parte de ellas más de la mitad y con la media en torno al notable. De seguir así, no me sería difícil entrar en la bolsa del acceso directo. Llegados los exámenes finales, había asignaturas en las que por la nota media obtenida estaba seguro poder pasarlas incluso con nota alta, en tanto que en otras tenía cierta desconfianza, más por la falta de seguridad en mí cuando contrastábamos dentro de la pandilla de compañeros y amigos las soluciones o respuestas a que habíamos llegado. Puede decirse que confiaba en alcanzar la media exigible para el acceso directo, meta que me había marcado desde el inicio de los estudios, pero en ocasiones, me entraban mis dudas.

La última prueba realizada fue la de Didáctica de la Historia y consistió en el análisis y comentario de un texto antiguo sobre el que tuve que aplicar las técnicas aprendidas con la Sra. Montero en la asignatura de Didáctica de la Literatura y de David Ruiz González en el Instituto de Llanes, donde sentó cátedra, nunca mejor dicho. Procuré organizar la redacción primero, para evitar repeticiones o redundancias y hacerla fácil de leer, cosa que debió de agradecer la profesora, Rosario Piñeiro Peleteiro, con un notable de media.

Las pruebas de música fueron prácticas de acompañamiento con la flauta dulce y partitura con el profesor al piano. No sé cómo pudieron mis dedos acertar a tapar los agujeros debidos, de los nervios que entraban, pero la mayoría estábamos igual. Recuerdo el sarcasmo en la cara sonriente de D. Manuel y también la de satisfacción cuando me vio tranquilo ya a media sonata. Como dato curioso, el curso anterior, primero, fue el de inicio suyo como profesor y recuerdo a decir de los que entonces cursaban segundo, el choque que supuso para ellos iniciarse con la flauta y la lectura por solfeo de una partitura. Parece ser, eso contaban, que hasta entonces, la titular de Música era una profesora con acentuada sordera que les mandaba cantar una canción asturiana y, podemos imaginar cuál era la más repetida. Pero daba igual cómo se entonase; ella únicamente debía de escucharse a sí misma, y algunos que otros, por hacerse los graciosos, se limitaban a abrir la boca y mover los labios, pero acababan recibiendo el consabido parabién de la profesora.

En resumen, que no se podía hablar de asignaturas “marías” , término escuchado por mí con bastante posteridad. Aparte de las dieciséis asignaturas, alguna de ellas, como Música, estaba dividida en parte práctica y parte de audición y reconocimiento de obras clásicas de la Historia de la Música; para Trabajos Manuales con la Srta. Chefi, Mª Josefa López Lebe, se encargaba de explicar la teoría y otra profesora nos dirigía en los trabajos prácticos; en la clase de Dibujo, se dividió la materia en parte plástica de dibujo lineal centrado en los distintos tipos de perspectiva y otra parte dedicada al estudio y comentario de obras clásicas de pintura, escultura y arquitectura; las clases de Prácticas, por último, se basaban en las prácticas propias en las aulas anejas y el aprendizaje de la redacción de distintos documentos oficiales, que algún día podríamos necesitar en el transcurso de nuestra docencia. Os aseguro, que me fueron de mucha importancia dado el mundo burocrático en el que nos movíamos, tanto para mí como para los propios alumnos y familiares a la hora de solicitudes, certificaciones, currículos, actas, registros, concursos de traslados, copias literales de documentos y hasta peritajes de firmas dubitadas, llegado el caso.

No es de extrañar, para aquel tiempo, no tan lejano, que la presencia de un maestro en el pueblo venía a aportar algo más que la enseñanza. Se decía que en los pueblos había tres autoridades importante aparte del alcalde: el cura, el médico y el maestro. Puedo asegurar, que existen otras muchas personas no menos importantes, imprescindibles, con otra perspectiva que la de aquel momento.

Pero el sentir de la generalidad de mis compañeros más habituales por lo que comentábamos se centraba en la prueba de Prácticas en el Colegio de la Gesta, ante un tribunal desconocido y unos niños resabiados de tantos aprendices de maestro que habían pasado por las aulas a lo largo de su vida escolar. Esta primera prueba se completaría con otra segunda desarrollada en el patio.

Otros profesores aparte de los citados eran nuevos:
El profesor de Matemáticas modernas era de Mieres, pero no recuerdo su nombre. Nos enseñó de forma agradable la Didáctica de las Matemáticas Modernas y fue un alivio no tener que depender de la profesora Fraga, verdadero hueso difícil de roer para los que fueron sus alumnos, no tanto por la forma de explicar, como por el carácter y trato que daba a los alumnos.

“Carrito” fue profesor de Didáctica de la Física y Química, nombre que se le aplicó por repetir esa palabra-comodín en sus explicaciones de Dinámica de la Física. Tuvo la novedad de poner el énfasis de la asignatura en lo que decía el título, al sacarnos uno por uno a explicar en el encerado las Unidades Didácticas. El contenido ya nos era conocido, por lo menos, a quienes habíamos elegido el Bachiller de Ciencias.

Fraga, profesor de Organización Escolar y en el curso anterior de Didáctica General, era director del Colegio de Ventanielles, nos puso al día en la nueva Ley de Educación que nos tocaría aplicar en nuestras aulas.

La señora Concepción Pérez Montero nos dio las clases de Didáctica de la Literatura con mucha calidad, de modo que, a pesar del exceso de datos de obras y autores, nos resultó comprensible y útil.

La profesora de Pedagogía, que el curso primero nos dio la Historia de la Pedagogía y supo estar al día en didáctica aplicada. Había ejercido con anterioridad en una universidad de América del Sur.

La profesora de Francés, María Petra Medrano era una joven, no sé ahora si nacida o simplemente estudiante en Francia que, a pesar de dar la clase en francés, con su carácter y orden fue capaz de hacer la clase atrayente.

La “Chefi”, nos dio de nuevo las clases por el mismo libro que teníamos en el curso anterior. Se trataba de un ladrillo intitulado: “Trabajos manuales y Labores del hogar” en el que por igual te explicaba cómo se hacía una vidriera, un sobre de correos o una paella valenciana. Era un libro de folios encolados por el lomo que al abrirlo se escapaban, circunstancia que más de uno aprovechó para copiar en el examen, sentados sobre ellas, cosa fácil ya que la Chefi no tenía costumbre de levantarse de su cátedra en toda la hora. Era fácil presa de la adulación por algún mozarro que la ensalzaba tanto en cuanto al saber como al físico, por supuesto con delicadeza, y con esa industria lograba que redujera el temario de examen o que lo aplazara. El resto la vitoreábamos hasta el punto exacto, antes de que se cayese del guindal y explotara en una ira de difícil contención; entonces, no solo no reducía temario, sino que añadía páginas y sin sonar el timbre salía toda alterada. Pero al día siguiente llegaba sin odios ni reparos y hasta era posible reducirla con buen tacto para no caer en el mismo torco.

Tenía otra profesora tan joven como alguno de nosotros, algo así como profesora en prácticas, que se encargó de enseñarnos distintas tareas manuales que apliqué en mis clases de papiroflexia, barro, cestería, impresión, encuadernación, marquetería, pirografía, repujado de cuero y estaño, entre otras muchas más.

Recuerdo al profesor de Política como “Makarenko”, por las continuas relaciones que en sus explicaciones hacía del pedagogo ruso, Antón Makarenko y porque era un tanto chocante para la época que vivíamos, tan siquiera mencionarlo como modelo pedagógico. Por las referencias que hacía de sus teorías noté un cierto corte con la ideología hasta entonces ensalzada en la formación del espíritu nacional del instituto.

El profesor de Religión era un cura joven del Seminario que vestía de paisano. Le llamaban el “Samaritano” y se contaba que estaba volcado en ayudar a las personas necesitadas, hasta el punto de visitarlos en sus humildes hogares y regalarles sus ropas de invierno y hasta volver al seminario descalzo. Eso se decía en su favor y por ello le aprecié.

El paso inexorable del tiempo y el extravío de mis cuadernos hace que no recuerde el nombre de la mayor parte de los profesores ni de compañeros incluso de los que compartía momentos de estudio, de recreos o clases libres en las que salíamos al parque a repasar para la siguiente o para los exámenes.



miércoles, 18 de diciembre de 2019

127.- ¡Las doce en punto y Sereno, va!



A la calle Argüelles se la podía considerar como una de las arterias entre las más transitadas de la ciudad. Un rosario de establecimientos alineados en ambas aceras estaban dedicados al buen beber y comer, aparte de ser tránsito rodado entre Uría y el cruce del “Campo los patos”, por el que se salía hacia las dos cuencas del Nalón y el Caudal, Avilés, Gijón y la zona oriental. Gozaba de la cercanía de puntos importantes como el Teatro Campoamor y el Filarmónica, la Biblioteca Pública, la Plaza de la Catedral, museo Arqueológico, Universidad, estación “El Vasco”, autobuses Alvargonzález en la calle Víctor Chávarri y ALSA, en la calle Caveda.
A partir de las doce de la noche, la puerta de la Pensión Pravia, normalmente abierta de par en par durante el día, echaba la cancela para propios y extraños. Cuando esto ocurría, generalmente, algún día del fin de semana, tuvimos que esperar sentados en la escalerilla de entrada, después de vocear como se acostumbraba: ¡Sereno! Y se dejaba sentir a lo lejos la cachaba en las baldosas sueltas de la acera, a ritmo de su cojera. Lad salidas laborales para los mutilados de la guerra civil eran muy diversas, como la de guardas forestales, guardarríos, alguaciles en los ayuntamientos, conserjes de instituto, serenos o de vigilantes nocturnos en empresas y otros cargos parecidos. Fue una forma de pagarles por los años de fidelidad al régimen que detentaba el gobierno de la nación desde hacía tres décadas.
Cuando llegó ante la puerta eligió, con la precisión que da la veteranía en cualquier oficio, la llave adecuada de un conjunto de ellas que colgaba de un aro. Con su gorra y traje gris, parecido al de la policía nacional, ya daba un mucho de respeto y cierta seguridad perfilada en la seriedad de su rostro y reforzada por el báculo que le ayudaba en su ranqueante callejear y que colgaba de su brazo izquierdo cuando se disponía a abrír la reja que precedía a la puerta. Se ponía a un lado para dejarnos pasar mientras sostenía la puerta con una mano y dejaba la otra abierta a la espera de nuestra gratitud. Yo lo tenía ya acostumbrado a la propina, de darle toda la calderilla que guardaba apartada para él, procurando que no llegase al duro, moneda unidad que había sustituido a la "rubia", ya de por sí devaluada,  en todas las transacciones populares como mercados y ferias. Sólo los ricos hablaban de la peseta, con tal de poder codearse con los millonarios. Un duro era  de bastante valor convertible en un pincho de tortilla en los sitios que yo solía frecuentar como "El Peña Tú"  regentado por Ramonín Guerra, natural de Puertas, cuando esperaba la salida del tren los viernes o me bajaba de él los domingos.  
Le daba las buenas noches, al sereno que volvía a cerrar la puerta de la pensión.
Una noche de tantas otras que coincidí en la espera con mi tocayo y compañero, como le vi a él rebuscar en el bolsillo para darle la propina, pasé delante y me despedí del sereno con un “muy buenas noches”. Como era habitual, ya su mano derecha esperaba en forma de garciella, nos dio también las buenas noches, momento antes de que el poícu depositara en el huesudo cepo la poca calderilla que se topó por el bolsillo faltriquera de su traje de tergal. 
La recia y pesada puerta se cerró sola por el resorte, con un quejido quizás aprendido varios  siglos atrás junto al carbayón con cuyo gentilicio se denominan a los habitantes de Vetusta, pero a través de las gruesas tablas de roble dejó pasar una sarta de improperios suavizados por el acento de Tineo del funcionario.
– ¿Cuánto le diste? – le pregunté.
– ¡Una peseta, entre perras gordas y perrinas!
– La próxima noche que lo llamemos, vamos a tener que dormir al relente, me parece a mí – dije socarrón.
Al doblar la última esquina del pasillo, vimos que la misteriosa habitación que había vecina a la nuestra tenía el cuarterón entreabierto. No pudimos aguantar nuestra curiosidad; con la luz amarillenta de una pequeña linterna que llevaba, enfoqué al fondo del cuartucho y nuestra vista descubrió un tonel de madera como de unos cien litros de capacidad, puesto de pie y nuestro olfato nos regaló con el aroma de las flores convertidas en rica miel.
A la hora del desayuno, me llevaría una gran sorpresa. Justo tenía enfrente mío al melero que recorría las aldeas con periodicidad anual. Se anunciaba con los acordes de una flauta de tubos, de sonido parecido al que usaban los afiladores y a los cuatro vientos promocionaba su dorado producto: “Melero, miel. La rica miel de la Alcarria”
Yo recordé cuando crío de salir a la Bolerina, a comprarle un jarrón de miel que teníamos para tal menester. Lo veía, como niño que era, grande, amable, o quizás lo asociaba a los picos de pan rellenos de miel de la merienda. Llevaba colgado al hombro de una alforja de cuero un par de cuencos y una garcilla de madera de olivo con la que llenaba mi jarra.
Ahora, unos años después, me pareció mayor, con la barba entrecana, pero no me corté en decirle de cuándo y dónde yo le recordaba. Terminamos el desayuno, y le pregunté si podría venderme un tarro de los que consigo llevaba para vender por los pisos. Me dijo que si no me importaba, a la mañana siguiente me lo traería en el momento del desayuno. Por la mañana partiría – me dijo – a su tierra para regresar bien entrado el verano y hacer los recorridos por las aldeas. 
Fue la última vez que lo vi. Por la mañana, cuando pregunté por él, me dijo la patrona que había madrugado, pero que le había dejado un tarro de miel para mí y que no había querido cobrárselo de ninguna manera.



martes, 12 de noviembre de 2019

126.- Las prácticas de Magisterio en la Escuela Aneja.



Habíamos comenzado las prácticas rotativas por los distintos niveles de Primaria y en 1970 estrenábamos la nueva Ley General de Educación, del Ministro José Luis Villar Palasí.

En las clases de la asignatura Organización Escolar, el Sr. Fraga que también nos había dado en primero la asignatura de Didáctica nos ponía al día en lo referente al nuevo decreto. Era buen profesor y nos daba la impresión, al menos a mí, que ponía en práctica lo que explicaba: una excelente didáctica y no menos buena organización. Bastaba con escucharle para entender y asimilar el contenido del par de libros que tuvimos de apoyo; además de profesor nuestro era director en el Colegio Ventanielles.

En las aulas del Colegio “La Gesta” había muchas cosas que no nos gustaban; pero era impensable hacer una crítica de las mismas. Con las cosas negativas también se aprende si te propones no aplicarlas en tus clases.

Como en la Escuela Normal, institutos, escuelas unitarias o colegios del país, la escuela aneja de la Gesta estaba escrupulosamente dividida según género: “Niñas-Niños”; maestras-maestros; directora-director, lo mismos con los conserjes o bedeles: los separaba una gruesa pared de piedra a prueba de cañonazos. Es evidente que no habían puesto en práctica las normativas al respecto aparecidas en la Ley “Villar Palasí” del 1967 en Educación. Justo ese mismo año, pero ya en el segundo o tercer trimestre, no lo recuerdo bien, cuando llegamos de las vacaciones, nos encontramos con el muro de la Normal abierto el paso hacia la zona de las maestras, en cuya entrada se encontraba la Secretaría del centro para los papeleos oficiales, las notas, etc, y la mítica cancerbera Dª Julia que, salvo que supieras adularla con el equipo de fútbol de su querencia, te cerraba el paso a cal y canto y vigilaba a sus pupilas con exageración.

Mientras que en el primer curso nuestra asistencia a las aulas de la Aneja había consistido en ser “oyentes” y observar, tomar apuntes y comentar lo aprendido en el “Diario” que el profesor de Prácticas nos exigía, en el segundo debíamos preparar la Unidad didáctica que nos indicase el maestro tutor, para calificarnos y pasar la nota al Sr. Fidalgo que, además de ser el director del Colegio de "La Gesta", sección Niños, nos daba clases como profesor de Prácticas.

Si la imagen de la moderna E.G.B. que nos había hecho el Sr. Fraga en las clases de Didáctica y Organización Escolar era atractiva para nosotros, que ya soñábamos con aplicarla, la que percibí en aquel Colegio que debería ser un modelo andaba muy lejos de serlo, pues los maestros seguían una pedagogía rancia y pasada, pero evitábamos reflejarlo en el diario de Prácticas.
Hay que aclarar que para tomar plaza como definitivo en aquel colegio, resultaba muy difícil, pues aparte de exigir un número excesivo de puntos acumulados desde el último destino, en el Concurso General de Traslados, era preciso otras componendas aparte. Las plazas de matrícula para los alumnos estaban muy determinadas, según categorías sociales, militares o políticas.

Había varios maestros con carácter interino, de promociones anteriores al “Plan de 1967”, que era el nuestro, y que habían entrado en Magisterio con el Bachillerato Elemental. Haciendo un cálculo aproximado de la edad que tenían, habrían entrado con catorce años, añadimos tres más en la Escuela Normal y otros tres que llevaba en marcha el nuevo plan, se les puede calcular, aproximadamente, veintiuno o veintidós años. Prácticamente, de mi misma edad. Recuerdo especialmente a uno de ellos al que ya habían apodado las promociones anteriores como “Condesito”. La verdad sea dicha, iba impecablemente vestido de traje y corbata, abrigo, bufanda y guantes, en su época, que hacía gala de su apodo.

Tres cursos posteriores, el segundo de mi experiencia como maestro, escuché su nombre en una anécdota relatada por una compañera, maestra en Cabrales, cuando nos juntábamos allí también los maestros de las dos Peñamelleras.
Tras su paso por la Gesta como Interino, donde lo conocí el segundo año, fue destinado a cubrir la plaza libre que había quedado, no sé decir si como definitivo o provisional, al pueblo de Sotres, un destino de los de más altura de la provincia. He de aclarar, para que no haya lugar a malos entendidos, que entre la cantera de los maestros en ciernes para salir por la puerta grande con el título bajo el brazo, se escuchaba decir esto:
– “A mí no me importaría un destino como el de Ibias, Taramundi, Bulnes o Sotres” – a sabiendas de que en algunos de ellos habríamos de echar mano de una caballeriza para acceder a los mismos, aunque también los había más exquisitos que apuntaban a otros destinos más fáciles de cumplir.

Contaba la maestra que el “Condesito” solía bajar todos los viernes hasta Arenas para tomar el autobús de “Mento” que le llevase a su casa. Los vecinos de Sotres confiaban en él y le entregaban las ganancias para que las ingresara en la ventanilla de la sucursal bancaria correspondiente, motivo por lo que apreciaban y respetaban al maestro.
Con las fuertes nevadas de diciembre, se había convertido el paisaje en una clásica estampa navideña y quedaba borrado el trazado de la sinuosa y estrecha carretera desde Sotres hasta Poncebos. El maestro no quería perder aquel fin de semana sin poder ir a casa, a pesar de la advertencia del peligro que le habían hecho muchos vecinos. Quienes le habían entregado el dinero para ingresarlo en su cuenta, lo vigilaban en todo el trayecto que les permitió la orografía, y en no pocas ocasiones se llevaron un buen susto al verlo rodar o hundirse entre la nieve.
Las nieves continuaron la semana siguiente y la posterior con mayor intensidad, si cabe, pues quedó también cortada de los argayos el tramo de Arenas a Poncebos. De ahí que las aulas de Sotres, Tielve, Bulnes y Camarmeña decretaron unas vacaciones blancas unas semanas antes de la llegada de la Navidad.

Pasado el día de Reyes y despejada en buena parte la pista de subida a Sotres, un nuevo maestro abrió las puertas del aula. Se presentó a los padres que habían llevado a sus hijos pequeños, como el sustituto del maestro titular y las clases comenzaron con total normalidad. Todo hubiera ido sobre ruedas, a no ser por el nuevo palabrero que los niños mayores y los pequeños, por no andar a la zaga, comenzaban a usar en sus juegos y también en sus casas.
Los más pequeños confesaron escucharlas decir al maestru cuando se enfadaba con alguno de los mayores.

Alguien se encargó de dar el chivatazo desde Arenas a la Inspección de Educación sita en Cangas de Onís, desde la que se llevaba el control educativo de toda la vertiente oriental del Principado. Como en la Delegación de Educación de la calle Río San Pedro, María Antonia, la Jefa de Personal, que era como el disco duro de un ordenador actual, conocía y recordaba el nombre de los maestros más destacados de cualquier zona de Asturias y su situación administrativa y lugar de trabajo no recordaba haber firmado el cambio de docente para la escuela de Sotres, entendieron que pudiera tratarse de una simple sustitución por asuntos propios, que estaba contemplada como legal.
La sustitución podía realizarse por persona adulta con estudios medios o superiores y, lo más importante, ser poseedor de “valores morales, católicos y acordes al Régimen, sin antecedentes penales. Que no padeciese enfermedades infecto contagiosas ni físicas” El pago de emolumentos corría a cargo del contratante.

Pasada la invernada, el “Condesito” regresó y el sustituto después de aquel período tranquilo de vacaciones vividas en uno de los pueblos más emblemáticos de los Picos de Europa, se despidió con pena de sus alumnos y de los amigos que ya había echado.
En Santander tomó un barco de la naviera en la que estaba enrolado como oficial y con el que partiría en una nueva singladura. Prometió volver pronto, pues había quedado prendado del paisanaje, costumbres y, sin duda, del famoso queso “Cabrales”, del cual llevaba bien envuelto una buena muestra en la mochila.



lunes, 11 de noviembre de 2019

125.- Anécdotas y curiosidades de la ciudad



Para quien sale de la aldea y llega a cualquier ciudad, por pequeña que se catalogue, se enfrenta ante un cúmulo de sensaciones y emociones diversas que van modificando su vida y actitudes.
Sin dejar de visitar a la familia primera que me dio pensión y a mi tía abuela María y su sobrina Rosa en el mismo barrio de Vallobín, me encontré por la calle con
Mis padres habían alquilado a Filomena la casa en la que nací y a los pocos años, se la compraron junto con dos fincas en las que iniciaron su actividad agrícola y ganadera. Corrían malos tiempos, ocho años después de acabada la guerra y el sueldo de mi padre eran veinticinco pesetas en las oficinas de Arbitrios, por lo que debía hacer otras tareas para el pago de los “premios” anuales, que así se llamaban a los intereses del capital que quedase por amortizar al final del año, como habían acordado con la vendedora. De las cuarenta y cinco mil pesetas de la cantidad inicial se irían descontando los pagos anuales hasta desaparecer la deuda monetaria, que no la afectiva con Filomena, que jamás se perdió. Hubo años en los que la balanza económica había sido negativa por causas debidas tanto a la salud de la familia como a la del ganado y otras circunstancias aparejadas a los años de posguerra que tocó vivir. Conocían muy bien las dificultades por las que estaba pasando Filomena y para ayudarla, acudieron a Rosaurina, hermana de mi abuela Araceli, que les prestó la cantidad que restaba para el pago completo de la deuda, al mismo interés anual.
Mi padre entró a trabajar en la fábrica “Lactosa” del barrio San Antón en 1955 con un sueldo de cincuenta pesetas hasta que en 1959 en que se cerró, pasó a trabajar en la ganadería de “La Talá” de Fernando Vega Escandón, para la siega del verano, cobrando sesenta y cinco pesetas y quedando fijo a partir del verano con el salario de cien pesetas.
Crucé la calle para saludarla. Le conté todo lo relacionado con mi estancia en Oviedo y me dijo que si necesitaba algo ya sabía dónde residía. Al despedirnos puso en mi mano una moneda de cincuenta pesetas que yo me negaba a tomar, pero ante su insistencia y por no parecer descortés acabé aceptándola. En otras ocasiones, la vi tras el ventanal de la vivienda y la saludaba. Es el último recuerdo que de ella guardo.
Solía pasar por la plaza de la Catedral y me gustaba entrar cuando escuchaba los sones del órgano o bien por contemplar las vidrieras y la cantería buscando en los arcos, ménsulas y capiteles el “argot” del que trata Fulcanelli en “El misterio de las catedrales” del que nos dio noticia el profesor de Química en el instituto, mientras se tomaba un descanso sentado en el pico de la mesa echando unas caladinas. Al ser un tema tan interesante para nosotros como para el mismo narrador, lanzó la pava sin apagar a la papelera y continuó explicando la tabla periódica de Mendeléyev. Una gran humareda seguida de llamas nos despertó del letargo del mediodía que algunos atribuyeron al relato de misterio con que nos regaló el bueno de D. Claudio.

En la entrada de la catedral me encontré con
Un fin de semana me enteré por una vecina que estaba ingresado en el Hospital Militar

Poco antes de que se finalizase el primer trimestre del curso, mi compañero y yo dimos con una pensión en la calle Argüelles, la “Pensión Pravia”, a pocos metros del “Bar Niza” y de “El Mesón del labrador” en los que podría cubrir, llegado el caso, alguna carestía. Quedaba muy cerca la Biblioteca Municipal, el Museo de Arqueología, varias salas de cine y otras de exposición, el Parque San Francisco, el Fontán, estaciones de autobuses, Estación del Vasco y otros servicios más, pero lo más importante era que el trayecto hasta las clases se acortaba en un tercio de la distancia con respecto a las anteriores pensiones en las que estuve. Estaba deseando hacer el cambio, pero antes me acercaría a conocerla y apalabrar el alquiler.

La sensación primera fue muy positiva, en lo que respecta al trato de las dos mujeres que regentaban las ollas y en ese momento, me parecía lo más importante de todo. Una de ellas que me pareció ser la que gobernaba aquel negocio, nos enseñó las dos únicas habitaciones que le quedaban libres, perdidas en un laberinto de pasillos cuyas maderas crujían a nuestro paso, en los que se percibía un abanico de olores a humedad, hongos y carcoma propios de las casonas viejas. Elegimos una en la que había dos camastros, una mesita compartida sobre una alfombra y un armario viejo que conservaba el estilo del ebanista por algunas piezas torneadas y otros detalles tallados; además había un lavabo con un solo grifo, que más parecía una clepsidra, con un goteo continuo que marcaba los segundos. Quedaba cerca el único escusado, de aquella ala del edificio con el que compartía tabique. Al otro lado lindaba con otra habitación que aún parecía más vieja que la elegida por nosotros, cuyo inquilino tardaríamos en conocer.

Al pasar frente a la sala comedor nos explicó los horarios convenientes para los tres refrigerios y el cierre del portón de entrada del que tendríamos acceso pasadas las doce, por medio del sereno de la zona. El ambiente que se respiraba en aquel momento entre los comensales a la hora de la cena me pareció muy tranquilo y el olor que emanaba de las humeantes fuentes me recordó la propia casa.

Faltaban unos días para que finalizase el mes que ya había pagado por adelantado a la última casera. Mientras tanto, las comidas y cenas las hacía en la Cocina Económica. Me encantaba por la limpieza, orden y variedad de platos que había a lo largo de la semana así como el sabor y la cantidad que iban parejos.

Solía coincidir con algún compañero y tenía por norma elegir los asientos de cualquier mesa que quedase incompleta, con el fin de que quedasen libres las demás mesas para tres o cuatro comensales y con ello no dar más trabajo a las chicas que cumplían con el obligado Servicio Social femenino. Unas monjas llevaban la administración y atendían en el acceso al establecimiento. Había otra entrada por la que pasaban en fila los usuarios habituales de la institución exentos de pagar y que, por supuesto, disfrutaban del mismo menú del día que los de pago y por ese detalle me agradó y animé a seguir utilizando aquel local con preferencia a otros ya conocidos. Al terminar de comer, recogía la mesa, costumbre que ya llevaba aprendida de casa y de las tres pensiones anteriores, lo que me granjeó el aprecio de las monjas que hasta se interesaban por mis exámenes y calificaciones.

Un día que llegué el primero, elegí una mesa que había libre por ser aún la hora de apertura y, al poco tiempo, entraron dos estudiantes que me preguntaron si quedaban libres dos de las tres sillas. Les dije que sí y coloqué mis libros sobre la silla restante en previsión de que llegase mi compañero. 
Los dos chicos charlaban de sus cosas y yo, siempre abierto a los dialectos y variaciones fonéticas desde mis clases con el Sr. Neira, les escuchaba con suma atención y deleite. 
El que tenía de frente me pareció cubano, por el deje de sus expresiones que me recordó a Madeo, compañero de obra con quien trabajé en la restauración del Palacio de Meré. 
El otro, sentado a mi derecha era evidente, tanto por los rasgos fisonómicos como por la neutralización fónica de las erres en eles, tener procedencia asiática. Permanecí en silencio por el desconocimiento del tema, pero resultaba difícil pasar de ellos en un espacio tan reducido como el de aquellas mesas. 
En aquel curso, se había abierto la Facultad de Medicina y en sus aulas se habían matriculado alumnos procedentes de otros países, dato que ahora resultaría extraño consignarlo en esta narración, pero entonces sí que lo era para mí. La Facultad de Medicina estaba justo detrás de la Escuela Normal.
Ya estaba yo disfrutando de la conversación de los dos comensales lo mismo que del plato de lentejas caldosinas que aquel día servían, cuando llegó mi compañero. 
Saludó y mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba en el respaldo de la silla, comenzó a hablarme de sus cosas, pero sin perder la atención a lo que los demás decían. En aquel momento, el chico “cubano” mencionó a un tal “Madaleno”, con un deje que me resultaba harto gracioso. 
Hice por centrarme en el exquisito sabor y olor del plato de lentejas que tanto me recordaban a las preparadas por mi abuela María y que yo iba a recoger a su casa, cuando madre tuvo que guardar reposo en cama, durante siete meses, por una pleuresía.
No se le ocurrió otra cosa que darme un leve toque con su pie derecho en el izquierdo mío, justo en el preciso momento en el que la cuchara cargada hasta los bordes estaba ya a medio camino sobre la lengua, por querer controlar la risa, el aire catapultó su contenido y una granizada que alcanzó a mi oponente. Me levanté como un resorte, en verdad dolido, y a la vez que le pedía disculpas le limpié con mi servilleta como mejor pude algunas lentejuelas que le habían alcanzado. Volví a disculparme de la víctima que le quitó importancia, terminé con el postre, me despedí de ellos y salí a la calle.
Tardaría tiempo en volver a disfrutar de aquel comedor; me las fui apañando como pude por los sitios que ya conocía y otro nuevo que encontré en la Plaza del Fontán.

[Nota: ¿Se trataría de Enrique Magdaleno? Según datos encontrados en la Web nació en 1955, por lo que en aquel año que yo escuché su nombre, tenía tan sólo quince.]