sábado, 29 de agosto de 2020

129.- Otras anécdotas más para contar

      Un día que recuerdo de fuertes calores se había concentrado una multitud de gente en torno a la calle Santa Susana a la que acudí con mi compañero. Nos situamos, como no iba a ser menos, en las balaustradas de las escaleras que acceden a la Plaza España, donde se encontraban establecidos el Gobierno Militar y el Gobierno Civil de la provincia. En lo más alto del muro de losas labradas, sujeto a una farola se encaramó mi tocayo, viejo compañero de instituto, ahora de fondas, posadas y clases de magisterio. No le hubiera costado mucho más encabritarse a lomos de una de las estatuas allí erigidas en blancos mármoles que más me recuerdan a los mascarones de proa de una carabela, si no fuera la mirada disuasoria que le echó uno de tantos guardias, mano en el tolete que colgaba en el cinturón de su traje gris.

El motivo de aquella concentración de gente, a la que no faltó estudiante ni obrero, me huele que estaba orquestada para figurar en los titulares de la prensa como propaganda del sindicalismo vertical. El pretexto, el recibimiento a los emigrados a Cuba que, hasta el momento no habían podido regresar a su patria chica, tras la Revolución de Fidel, si no fuera por la buena gestión del gobierno en ciernes.

– ¡Ahí llegan! – anunció el “Poícu”, señalando hacia el inicio de la calle Santa Susana donde hace confluencia con la Conde Toreno.

Todas las cabezas, se volvían para esa dirección, y resultaban decepcionadas al ver llegar dos abuelitas en un “Seat-600”. Tras varias falsas advertencias que el improvisado vigía, “Mártínez de Poo”, hacía encaramado en el trinquete junto al mascarón de proa.

Después de varios avisos falsos que en nada concordaban con lo esperado y como se percataran de la sorna del citado, dieron muchos en aplaudirle la broma y reían sus ocurrencias.

– “¡Probinos huérfanos!”, – intercalaba en sus comentarios, modelando su voz a grave que nadie diría salida de aquel imberbe vocero. 

Efectivamente que llevaba toda la razón, pues cuando por fin llegó la comitiva de autobuses, se pudo comprobar que la edad de quienes se asomaban a las ventanillas para saludar al respetable habían ya cumplido algo más que la niñez y la mayoría eran ya ancianos que rondaban los noventa, si no los pasaban.

Otro caso de parecida índole que vivimos, ocurrió en una tarde que subíamos por la acera de la calle Marqués de Santa Cruz, a la altura del puesto de periódicos “El Escorialín”, cuando nos adelantaron dos motoristas de la Guardia Civil que abrían paso a un coche negro oficial con dos banderolas. Dentro pudimos ver la enjuta cara de la “Gran Dama” que saludaba con su mano enguantada a quienes la vitoreaban desde el parque “San Francisco”.

– “¡Adiós, Menchu!” – saludó mi tocayo a la vez que movía en alto el pañuelo como si la tratase de toda la vida.

A punto estuvo de parar uno de los motoristas que abrían la comitiva y que se nos quedó mirando un rato para comprobar si era preciso parar o no, pero al fin aceleró y decidió seguir con el cortejo.

Omito otros momentos tan cómicos o más que estos narrados, que viví junto a mi inseparable compañero, que de alguna manera contribuyó a aliviar el estrés que suponían los exámenes más que las propias clases que por lo general resultaban atrayentes.

Desearía recordar el nombre de otro de los personajes que conocí en aquella vieja posada de la calle Argüelles, pero sólo puedo describirlo por la amistad y confianza que nos ofreció a los dos estudiantes que allí nos hospedábamos.

Solíamos coincidir con él en las cenas. Era tan sólo, a decir de él, "un humilde bedel" en la Delegación de Educación y Ciencia, ubicada en la calle “Río San Pedro”. Pero tan humilde cargo que ejercía se dignificaba por encima de los demás al encaminar por los laberínticos pasillos, despachos y ventanillas burocráticas del "vuelva usted mañana" a quien le solicitase ayuda.

Su forma de hablar era totalmente pulcra y libre de palabras malsonantes que tan mal habrían ajustado a su manera de ser. Sí, por el contrario, insertaba frases del protocolo en los documentos oficiales que el profesor de Prácticas nos había dictado como esenciales para el desarrollo de nuestra futura profesión de maestros.

– No dudéis en acudir a mí “si ha menester”, que yo os orientaré por la Delegación de Educación – nos dijo la última noche que coincidimos con él en la mesa de la “Pensión Pravia”.

No haré más que aparcar aquí esta narración que será continuada en su preciso momento, para centrarme en otros acontecimientos que piden abrirse paso, en otro escenario bien distinto.


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