martes, 31 de diciembre de 2013

11.- La avioneta del Bolugu

Era verano. Recuerdo el sol y la hierba a punto de ser segada. Mi padre me llevó a ver una avioneta que había aterrizado en una finca del Bolugu, en la Pereda.
Bajamos por las Pozonas a salir a la carretera junto al Carril. Subimos el picu La Concha y bajamos a Trescoba para continuar a la izquierda por el camino al bosque Gidio y allí, volver a desviarnos a la izquierda para seguir llegar a la margen izquierda del río Melendro. Llevaba agua en abundancia y para vadearlo mi padre me subió a sus hombros hasta posarme en la campera que hay al lado del puente Requexu.
Desde allí se veían algunos vehículos aparcados en la carretera de la Diputación, junto a las huertas del Bolugu. En el alto que hace la carretera, en dirección a La Pereda, en una finca rodeada de matas de avellanos que aún se pueden ver a la derecha, estaba el aeroplano. Ya tenía una de sus alas cargada sobre un furgón aparcado más adelante y la otra descansaba sobre la hierba sin segar. Los mecánicos estaban atareados con el resto del avión, desmontándolo como si de un rompecabezas se tratase y sus piezas las iban metiendo en el mismo vehículo o en otros que allí había.
Regresamos por la Vega San Roque, junto a la capilla de la Guadalupe y la Escuela para adentrarnos por la Caleya Reciu, una vez cruzado el riu Xixón, en Parres, que es este caudal uno de los límites entre los dos pueblos; pasamos Corisco y el Cuetu las Cerezales para salir al Picu la Concha.
Con el tiempo, me enteré que lo que yo pensaba que era un avión, no era sino un planeador de los que remolcaban las avionetas de la Escuela de Vuelo sin motor en la Cuesta El Cristo de Cue. En cuanto tomaban altura, los soltaban y la avioneta regresaba al aeródromo sin su pupilo que seguía volando por encima de los pueblos en tanto que tenía altura suficiente para regresar. Aquél que recuerdo en El Bolugu, debió de quedarse sin altura y fue a aterrizar en una finca, justo al límite con la carretera y algunas de las casas del pueblo. Por suerte y habilidad del currito que lo pilotaba, no hubo desgracias personales que lamentar y creo que tampoco las hubo materiales salvo algunos deterioros que un buen carpintero no pudiese reparar.
Es curioso que un suceso tan importante para un niño, con el tiempo acabe por ocupar la esfera del ensueño donde lo real queda reducido a borrosas imágenes. Si tuviera que describirlo, diría que estaba pintado de blanco con bandas de color rojo y azul, pero no apostaría nada en asegurarlo.
El piloto revisaba los daños sufridos en las alas y el fuselaje como haría un naturalista al recoger un ave caída y buscase entre el plumaje posibles heridas.
Siempre que paso por aquel lugar, echo un vistazo a la finca y recreo el escenario del hecho allí acaecido, hace ya seis décadas. Aún se conserva la señal de cemento que anuncia el pueblo y, justo encima de ella, a la derecha, fue el lugar del aterrizaje. Al lado izquierdo de la carretera, aún percibo las paredes de la capilla de Sant’Ilario, que en el lugar decimos San Tilar, en un alto. Tengo estado allí en alguna de las excursiones domingueras con compañeros de escuela, cuando andábamos al buscu de ablanes por las huertas del Bolugu. Entre los escombros de la capilla quedaban aún restos del estuco de alguna imagen que traíamos como un verdadero tesoro, para marcar con ellos trazos de los distintos juegos: canicas, chapas, peonza, tres en raya, el castro, cascayu o tuxa, en los portales de la Escuela y en el pórtico de la Iglesia.
Como ya adelanté, era habitual ver los cielos surcados por una avioneta y su planeador que salían de los hangares del aeródromo de la Cuesta el Cristo. Despegaban ambos como madre e hijo unidos por el cordón umbilical y, una vez alcanzada la altura y la térmica adecuada, el planeador se desprendía de su nodriza para seguir volando y regresar por sus propios medios al aeropuerto. La avioneta se alejaba ronroneando,  ligera, por encima de la Peña las Garmas hasta sobrevolar el extenso valle costero y enfilar la pista de aterrizaje. El planeador a expensas del viento dominante y las variantes térmicas ascendía y hacía recorridos largos, en silencio, nos lanzaba los destellos del sol reflejado sobre su nívea carcasa hasta que por fin, perdía altura y se ocultaba de nuestra vista en cuando pasaba por encima de la Cuesta el Cristo.
He oído contar que anteriormente a la llegada de las avionetas al campo de aviación, usaban para el adiestramiento de los "curritos", que así llamaban a los aprendices de piloto, unos aparatos hechos de madera conocidos como "esqueletos" que se lanzaban con grandes gomas estiradas por caballos. Una vez en el aire, planeaban bajo, hasta dar con sus "huesos", con buena suerte, en algún maizal por Andrín, y San Roque. En ese caso, subía a lomos de los caballos que Abelino Mijares, “El Fraile”, en Cue tenía para esa tarea dispuestos.

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