lunes, 16 de diciembre de 2013

4.- La llegada del segundo maestro

El invierno había llegado formalmente puntual. Una espesa capa de nieve cubría, aquella mañana, los prados, caminos y tejados. En los portales de la escuela esperábamos, pertrechados de pasamontañas, bufandas, madreñas y guantes de lana, la llegada del Maestro montado en su motocicleta, cual guerreros medievales de una ciudadela liliputiense que esperasen a su Cid.
La voz cortada por el frío del vigía avanzado en la pandina de la bolera desde cuyo puesto podía ver hasta el final de La Viña, en la curva de Las Castañares, nos alertó:
¡ El Maestru!
Todos acudimos a la bolera para verlo llegar, tirando de su Lambretta, porque la carretera había amanecido con una espesa capa de hielo. En más de una ocasión, para venir a dar clase, recorría andando los cinco kilómetros que hay desde Andrín a causa del mal tiempo. Traía el almuerzo en una pequeña cesta atada con dos gomas al porta bultos y cuando al mediodía salíamos a comer a casa, él se quedaba en el aula y despachaba el guiso que calentaba en hornillo de alcohol.
Don Manuel Fernández era en su forma de ser, persona amable. En escasas ocasiones, pero obligado por la insistente impertinencia de alguno o varios de nosotros, estallaba en ira y la descargaba, bien a su pesar, con el que la originaba, al ver que podía perder el control de toda la clase. Inmediatamente pasado el nubarrón, se disculpaba con los demás por el furor desencadenado y sin dejar pasar demasiado tiempo, acababa indultando del castigo a los causantes. Recuerdo el rubor que cubría cara y calva y, en ocasiones, el agua en sus ojos.
Había perdido, nunca supimos por qué motivo, dos falanges del índice derecho y me llamó la atención al principio de conocerle por la forma que tenía de sujetar la estilográfica entre los dedos pulgar y medio, en tanto el muñón del índice quedaba atrás y descasaba sobre el casquillo de la Parker. Siempre recordaré la pose con que enroscaba el capuchón, antes de guardarla en el bolsillo interior de la chaqueta.
Había llegado la nieve, cumpliendo el dicho de que “Por Todos los Santos, la nieve por los campos”, pero se había quedado rezagada por el Cuera y la esperábamos inocentemente en el pueblo, con la cercanía de las Navidades, como nos habían hecho creer asociada al belén que todos los años se hacía en la iglesia. Esas fechas navideñas cercanas y frías servían mucho para variar el programa escolar y reforzar otros aspectos como la lectura, el dibujo y la redacción. De la escasa biblioteca de aula guardada bajo llave, sacaba varios tomos que repartía para leer agrupados de tres en tres. Después, nos pedía que copiáramos el dibujo hecho por él en la pizarra que servía de cabecera para adornar el dictado que seguía a la lectura. Cada cuál, según su capacidad gráfica, dábamos el toque personal al bosquejo en creta. Al lado copió estos villancicos, con una exquisita caligrafía que tratábamos de igualar y que nadie de nosotros debimos entender, pero sí aprender a recitar.
"Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son rosas y flores,
mañana serán hiel."
Antes de salir al recreo le mostrábamos el trabajo para que con su pluma y tinta azul nos lo calificara. Aquel día no recuerdo que a nadie le hubiese puesto menos de un Bien.
Durante el recreo, los líderes de la escuela hacían rodar bolas de nieve con las que compusieron el cuerpo; los demás aportábamos otros materiales: un saco colgado por el viento de unas bardas sirvió para la bufanda; una escoba olvidada en el cuarto bajo las escaleras; alambre que sirvió para hacer unas gafas y que alguien completó con dos culos de botella verde. Lo más gracioso fue cuando José Manuel trajo unos cagajones secos de burro a modo de botones. En un abrir y cerrar de ojos, aquel montón de nieve se convirtió en una esmerada escultura.
– ¡Pobre de quien lo destruya! – amenazó Petaca.
Que se encarguen de destruirlo el agua y el sol, añadió Angelines a voz en grito desde una de las ventanas del aula de niñas.
Teníamos mojada la culera y las rodillas de las caídas y el arrastre que habíamos hecho por provisionales pistas de esquí en el huerto escolar. Nos ardían del frío y sabañones las manos, la punta de la nariz y las orejas, después de la incruenta boleada de nieve con que cerramos el recreo. Bajo la sonriente mirada de Dª Carmina y D. Manuel, por ser fechas tan especiales, habían pasado por alto la normativa impuesta desde las “alturas” y niños y niñas habíamos disfrutado juntos en la batalla de bolas desencadenada como cierre del recreo.
Las palmas del maestro y las voces de la maestra pusieron fin a tan divertido recreo.
Como os cuento, el voceras de turno repitió para los más despistados:
– ¡Arribaaaa!






Primera Comunión en La Iglesia Mª Magdalena de Parres. 
Por la izquierda:
Fernando, Panchín, Manolo, Pili, Olguita, Josefina, Angelines, el hijo de una compañía del teatro que actuaba en Parres y Juan Armando en la primera fila.  
Por la derecha: 
Enci, Yoli, Ramón, FeFu, Mini, Carmelina, Amalina, Rosi y Vicente, en la segunda fila.
 D. José Suárez, párroco de Parres, La Pereda y Porrúa.




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