lunes, 30 de diciembre de 2013

10.- Fantasías infantiles





10.- Fantasías infantiles.

 Al lado derecho de la cocina teníamos una pequeña caldera para el agua caliente, con una tapa latonada a la que madre hacía brillar frotando en ella con una piedra traída de La Arenal y un chorro de vinagre o zumo de limón. En la barra, también dorada, se colgaba el gancho de manejar las arandelas, el rodillo y alguna prenda recién lavada. La caldera se vaciaba por un grifo del mismo material que la tapa y la barra. Con aquellos cuatro litros de su capacidad, bastaba y sobraba para entibiar el agua de la palangana en nuestros lavatorios.
En mi fantasía, aquella humeante caldera me recordaba la máquina de vapor que hacía las maniobras en la estación, donde trabajaba mi abuelo Santos González Cue. Imaginándome ser el fogonero, la atizaba hasta poner incandescente la chapa y vigilaba el nivel de agua de la pequeña caldera. Había oído decir que si se quedaba sin agua podría llegar a estallar por los aires. No se andaban en miramientos los mayores con tal de prevenirnos de posibles peligros, lo que no me impedía que experimentase con el fuego. Con el hierro incandescente grababa los leños.
Mi abuela Araceli Sobrino Tamés me había llevado con ella un martes al mercado coincidiendo con el día de San Antonio, pero antes pasamos a dejar la comida a mi padre que trabajaba en la fábrica Lactosa. Tanto el ruido ensordecedor de las máquinas y el calor de la caldera como el olor del suero en polvo que en ella procesaban nunca jamás se me olvidarían. Sobre la fábrica había escuchado a mi padre narrar el funcionamiento completo y cuando entré en aquel pequeño espacio aislado donde estaba la caldera, a pesar de los manómetros, termómetros y demás mecanismos que la controlaban, aún me pareció más peligrosa. Desde aquel día, la caldera de nuestra cocina, me pareció de juguete.
El jerraderu es el lugar del que colgaban dos corvos de madera, por no haberlos de hierro, de sendos pontones de los que sostenían el piso superior. Del caldero esmaltado colgaba un canjilón blanco, usado exclusivamente para el agua de beber y cocinar. Los otros dos calderos eran de cinc y su agua, que también podía ser de los bistechos, se usaba para el aseo y la limpieza.

Todos los días había que ir a buscar el agua de La Jornica. Yo acompañaba a mi madre y me dedicaba, en tanto que ella rellenaba los calderos, tanque a tanque, a jugar en los pequeños manantiales que brotaban por el terreno junto a la fuente. La fuente en sí está construida con piedra y ladrillo revestido de cemento que cubre el manantial del que se escapa el agua por un aliviadero en cuanto supera un cierto nivel de carga. Por una abertura frontal se accede al agua con un cazo para cargar los calderos. Solía haber uno para uso comunitario sobre una repisa de la hornacina que también se usaba para beber por él cuando la sed nos acuciaba. Si no estaba el tanque en su sitio, arrodillados introducíamos la cabeza para beber del claro manantial con inmaculado fondo de arena blanca.
Era harto frecuente que varias mujeres coincidieran en la fuente, así como poco habitual que hubiera algún hombre, hecho que hoy en día no precisaría comentario alguno. Entonces se esperaban unas a otras, cosa que a mí me servía a propósito para alargar el tiempo de observación y recogida de berros, que así llamábamos a los renacuajos de rana. Aún recuerdo el gesto de izar desde el suelo el caldero sobre el mullido y colorido rueñu hecho de trapos viejos que ponían sobre la cabeza y cómo, sin perder la vertical y flexionando las rodillas, prendían las asas de otros dos calderos o latas. Tenían memorizada cada saliente de piedra y oquedad del camino y al llegar junto a la Rectoral se paraban con sus cargas encima a despachar la conversación iniciada y se despedían en aquella encrucijada camino hacía el Cuetu y Tamés, hacia Coxiguero y Tresierra, hacia el Campu el Roble o hacia la Caleyona y La Veguca.
Los primeros alejamientos que hice desde mi barrio, me llevaron a observar con detenimiento algunos edificios que producían en mí el ensueño de lo desconocido hasta que, pasado un tiempo, los fui visitando acompañado de algún amigo.
La casa Rectoral, camino de la Jornica.

Aparte del campanario de la Iglesia y el coro donde estaba el armonio, subíamos al Cuetu Mirador, perteneciente a la casa de Cospechu, en el que hay una casina o mirador al que se accede desde la casa, por un camino de piedra, residuo de una época de más esplendor económico anterior a la guerra. Desde una rendija de la vieja puerta pintada en negro, se adivinaba un arca y un par de sillas. Una ventana al norte permitía mirar la amplia banda azulada del cantábrico mar surcado con frecuencia por cargueros y barcos de pesca. Habrían de pasar unos años, para que rota la puerta y forzada la cerradura del arcón, una colección de fotografías y postales entretenían nuestra imaginación infantil.

En la huerta de Joaquina Romano, de la Caleyona había un pozo de agua que conservaba la cruceta de la que debió de colgar la polea, la cuerda y el caldero. Lo habían cubierto de tablones y grandes morrillos, por el peligro que suponía para cualquier niño intruso como nosotros, cuando la casa quedó deshabitada. Tenía allí unos cuantos manzanos, un par de perales sanjuaneras y un prunal a los que le dábamos continuos tientos con la pértiga. Los limoneros, ni por su conocida acidez, tampoco salían mejor parados. Era un acto de valentía para los críos entrar en aquel lugar mágico a cutir nidos de raitanes y cericos en las viejas paredes de la huertona, completamente tomadas de hiedra sobre las que revoloteaban verdaderos enjambres de abejas.

En la Casona de D. Fermín Gárgolas y Dª Paca Díaz, al morir estos, quedó viviendo unos años más Lola Díaz, asistida por una mujer hasta su fallecimiento. De esa manera le quedó el nombre de La Casona de Doña Lola y era otro de los centros de nuestro interés, aparte por el aspecto que tenía el edificio con sus enormes galerías acristaladas como por la dificultad que en sí tenía atravesar la alta verja, para acceder a las peras y a las naranjas. Pero como la herrumbre se había apoderado de la forja, nos colábamos por una entrada menor, en desuso que estaba ya tomada de bardas y ortigas. El ruido de los ventanales entreabiertos movidos por el viento y el crujido de las maderas al subir las escaleras de los dos pisos, junto con el aleteo de los murciélagos, añadían los detalles que les faltaba a nuestra imaginación calenturienta. Si llegaba la noche, no quiero ni contaros, pues a todo este misterio se añadía el canto de la lechuza desde una de las luceras abiertas sobre el tejado.
En la esbilla del maíz en nuestra casa, una noche otoñal en la que el viento había cortocircuitado el tendido, alumbrada la estancia del estregal por la mortecina luz del candil de aceite, escuché de crío una narración sobre el día que que murió la última moradora de la Casona doña Lola. Maximina Arenas, mi vecina, junto con otras vecinas más estaban acompañando a la mujer que agonizaba, y se habían ido a la cocina, pues a su lado bien poco podían ya hacer, más que rezar y eso ya lo habían hecho con toda la devoción exigible en tales momentos. Al poco, sintieron todas las del velatorio el golpe como de una silla al caerse en el suelo de madera, seguido de un aleteo de paloma que salía por la ventana entreabierta de la alcoba de la señora. Según sus creencias, se dijeron que con seguridad había sido el alma de la finada.
Desde esa noche en la que escuché dicho suceso, al pasar por junto a la alta muralla, miraba de reojo las grandes balconadas, y aceleraba el paso, hasta llegar al Cuetu desde donde ya divisaba los tejados de la casa y cuadra de mis abuelos en Tamés. De regreso, sobre todo si era atardecido, lo hacía a pura carrera, la vista puesta en la única luz del poste de la Rectoral, desde donde ya vería la Bolerina y la pequeña portilla del huerto de casa junto a la higuera.

La Casona Doña Lola.

El Palaciu de Gregorío García Fresno y Logia Díaz, a pesar de conocerlo por acudir en muchas ocasiones con mis padres a la esfueya del maíz o de tertulia, ocultó para mí rincones secretos, que sólo pude calibrar en su magnitud pasados los años, invitado por Logia, su última moradora, tras el fallecimiento de su segundo hijo, Javier.
No me extrañó la fantasía y misterio desatados hacia el lugar, en mi infancia y que aún mantengo. Siempre creeré, hasta que alguien me lo desmienta, que debió de ser algo así como un palacio del Temple, pues es mucha coincidencia que, a escasos cien metros, en el barrio de Tamés, hubo un convento monjil, como escuché contar entonces, a los más viejos del lugar y de cuya existencia da fe una inscripción sobre el cargadero de piedra de una de sus ventanas, junto a la entrada norte en la corralada de Fernanda Noriega Galguera. Es bastante común encontrar tan cercanas ambas construcciones. El Palacio tiene una gran galería bien orientada al sur. Se accedía a la parte habitada, por una escalera de piedra arenisca. Debajo está la bodega con altura considerable, con respecto al tamaño que suelen tener la mayor parte de las casas del pueblo. Enormes vigas están sostenidas por fuertes columnas prismáticas de roble, descansando sobre basas de piedra caliza.
Fuera, atado a una cadena, dormía Moro en una caseta, bajo uno de los muchos nogales del Campillín, y tenía por costumbre ladrar sin desesperación cuando alguien pasaba por el camino al otro lado del huerto.
En una noche de luna llena que yo regresaba de casa de mis abuelos, noté su negrura por entre las sombras de los nogales, saltó el muro y echó sobre mí sus dos manos, como saludándome y sentí sus ásperos y cálidos lametones en mi cara. Nunca más le tuve miedo y cuando pasaba por el camino lo llamaba y Moro me ladraba como lo hacen los perros a los que reconocen como amigos.


El Palaciu del Cuetu















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