miércoles, 25 de diciembre de 2013

8.- La magia de la electricidad



Mis abuelos paternos: Santos González Cué y María Jesús Martina Gutiérrez González

Vivíamos en un mundo mágico, cuando niños, aunque nos correspondió también vivir la magia de la electricidad y de la electrónica en sus inicios. Habíamos estado sumidos en un cenote, donde la luz del progreso sólo se dejaba ver por la estrecha mirilla de la censura. Fueron los emigrantes quienes nos aportaron la información que corroboraba lo que ya se empezaba a intuir: España se había quedado a la cola de Europa, en comparación con los países a los que ellos conocían: Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Suiza, principalmente. No hay más que dar un repaso por las carteleras del cine y de los dibujos animados en color de los años cincuenta, que a nosotros nos habrían de llegar con dos décadas de retraso y en gris, salpicados por la “nieve” de las interferencias de las primeras antenas. A pesar de todas las desventajas, descubrimos por los cómics “adelantos” que aún tardarían en estar a nuestro alcance otra década más. Hablo desde mi propia experiencia, que no tiene que ser la del lector.
En la mayoría de las casas no se disponía de instalación eléctrica. En la nuestra, Zapico de Las Delicias de Pancar, electricista de la “Electra Bedón”, recorrió, con aquel característico cableado trenzado y protegido de algodón, alguna de las vigas, pontones y marcos de las puertas, aislándolo del contacto con la madera por tacillas. La electricidad entró por fin en las dependencias principales de la casa: los dos cuartos, la sala, la cocina, el comedor y el estregal. Así puedo decir que, como siempre conocí la luz eléctrica, el invento de la electricidad para mí no tuvo nada de asombroso. Pero para las personas de las generaciones precedentes que comenzaron a disfrutar de ella con más edad, debió de abrirles la puerta a futuros avances que nunca les dejaría de asombrar.
La corriente circulaba desde el poste más próximo a la casa por dos cables de cobre pelado sin aislar, hasta dos tacillas cerámicas que os aislaban de un soporte de hierro anclado a la pared o alero de la casa. Ni un único enchufe había sido colocado, porque no se echaba en falta para aparato alguno que enchufar.
Los caminos y las caleyas se iluminaban con la luna llena, si las nubes no la ocultaban. Nos guiábamos en ellos por sus reflejos en los charcos de agua. En algunos postes, los más cercanos a la carretera, colgaba una bombilla protegida por un casco blanco, de poca vida útil, pues era diana de desaprensivos tiradores con tiragomas.
La traída de la luz, como así la llamaban, era muy peligrosa. Los dos hilos de cobre recorrían los barrios, de poste en poste, aislados por las citadas tacillas de cerámica o vidrio. Por las noches de viento fuerte, era conveniente por seguridad, fijarse en que los dos cables llegasen a los postes del recorrido. Contaba mi abuelo en una ocasión, de un golpe firme con el palo pudo soltar el cable en el que había quedado atrapada una ternera que traía de abrevar en la fuente la Jornica.
En el poste que derivaba los cables a la casa, se colocaba un artefacto de cerámica, conocido como el campanu, que no era otra cosa que un porta fusible que cortaba el cable activo y se puenteaba con varios cables en su conjunto más finos que el cable cortado. Cuando se empezaron a popularizar las primeras planchas eléctricas, al conectarlas, como se sobrepasaba la resistencia de los fusibles del campanu, los fundían y había que bajar a Llanes para comunicarlo en Bedón. Desde los talleres de la Bedón, junto al histórico “Restaurante Bar La Gloria” se cortaba por medio de unas enormes cuchillas el suministro eléctrico a los pueblos, mas, en cada uno de ellos había una caseta con el correspondiente transformador con interruptor de cuchilla para el caso de las reparaciones.
Cuando se juntaban varios avisos de avería, era Zapico quien acudía en su bicicleta, con el material preciso para cada caso de avería y, habitualmente el cinturón de las herramientas y los trepadores. Dejaba su bicicleta apoyada en el muro del huerto y se colocaba aquellos ganchos que me recordaban a los artejos de los vacalloros o pilla dedos. Se sujetaba arriba con un grueso cinto de cuero y los trepadores mientras hacía su labor. Ya reparado el fusible con otros cables nuevos, con el buen carácter que le caracterizaba, sonreía cuando madre se disculpaba echando la culpa a la última tormenta eléctrica, porque también era cierto en algunas ocasiones. El caso era que, justo el día anterior que padre había cobrado el salario mensual en la “Fábrica Lactosa” de San Antón, se había pasado por el establecimiento de Jayo Estefanía Rodríguez para comprar a plazos la primera plancha que yo conocí. Tenía el asa de madera estriada para sujetarla bien y un apoyo de cerámica blanca para posar el dedo pulgar. Como no había instalado un solo enchufe en casa, ni tampoco idea de colocarlo, Jayo le puso en la caja un ladrón para enroscar en el casquillo portalámparas.
Para poder usar la plancha, había que ampliar el contrato con Bedón y abonar, por supuesto, un complemento bimensual para que retirasen del poste de acometida, el chivato.
Yo, por el nombre común que se le daba, esperaba que aquel dispositivo sonase, pero a lo sumo, observaba desde la galería, en los días de lluvia, los chisporroteos que hacía. Me entretenía con las carreras de gotas que se deslizaban por los cables hasta formar una más gruesa y al caer se perdían en los charcos del camino.
No obstante, siguió usándose la vieja plancha de hierro que posada siempre en la chapa era usada para calentar las frías y húmedas sábanas, a nuestros pies.
Otro de los primeros aparatos eléctricos de que tuve conocimiento, fue la radio. En un armario de la salona de la casa de mis abuelos en Tamés, que servía más bien de desván de la casa, guardaban la primera radio que conocí con Onda Corta, Pesquera y Media. Tenían gran alcance de recepción, pues tanto se podía escuchar la BBC de Londres como La Pirenaica, emisiones que las convertía en una ventana al resto del mundo por la que el Estado prohibía asomarse.
Mi abuelo materno, Marcos Noriega González, la había comprado a un técnico en radios, de apellido Preciados que las componía en el barrio de la Moría, según me contó mi madre, antes de la primera vez que el abuelo había emigrado a México. Recordaba que, en una ocasión en la que fueron mis padres, ya casados, al Teatro Benavente para escuchar al “Coro Santiaguín”, volvieron a ver al citado técnico entre los componentes del grupo coral. Esa radio alimentó al abuelo las esperanzas del cambio político, en un plazo breve que, por cierto, no tuvo la ocasión de ver en vida. Por las noches, subía a escuchar con unos cascos por que nadie oyera desde el camino el característico ruido de fondo ni la música de su emisión predilecta.
Giraba el mando de encendido hasta escucharse un clic y a zócalo descubierto, se podían observar las válvulas que se calentaban y emitían una extraña luz entre otros componentes, entonces desconocidos para mí y, supongo que para el abuelo. Los distintos componentes me sugerían las casas de una imaginaria ciudad por las que circulaba aquello que llamaban electricidad. Con el otro botón se movía la aguja tras el cristal del dial hasta lugares lejanos como París, Roma, Berlín, Viena, Moscú, Pekín, Tokio, Nueva York, Buenos Aires, La Habana, Lisboa, Madrid… En el altavoz se oían extraños e inquietantes ruidos que no eran otra cosa que mensajes en Morse.
Cuando iba a casa de mis abuelos paternos, me gustaba mucho manipular la radio que mi abuelo tenía en la galería, lugar en el que pasaba el día, tras la amputación de una pierna, durante los doce últimos años de su vida. Rara vez la vi encendida, ya que la amplia cristalera era el anfiteatro desde el que le permitía contemplar el Texéu como la carretera del Carril, por la que circulaban a diario numerosos camiones de la cantera de Santa Marina. Con su cachaba saludaba a todo el mundo que para allí mirara; los conductores le respondían con las luces largas o la bocina y los viandantes le devolvían el saludo o se paraban un rato a charlar; desde allí veía a los proveedores de leche a Graciano y Raúl Villar que enfrente tenían el entoldado carro de recogida, mañana y tarde, lo mismo que la clientela de la tienda y bar "El Fresnu" de Otilia Fernández y Nano Quintana, a todas las horas del día. 
En los días que debí guardar cama de la mayor parte de las enfermedades habituales entonces en la infancia, y que debí de pillarlas todas, me dejaban la ventana de mi cuarto entreabierta, por la que no sólo entraba el sol y aire puro, sino también los programas de la radio de casa Ramonín Tamés Blanco, enfrente de la nuestra. Era el programa, salvo a la hora de siesta, un conjunto de Partes, oraciones, novelas, anuncios comerciales... para cerrar con el programa “De España para los españoles”.

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