Afilador y paragüero. Oriundos de la “Terra da chispa”, Orense, supongo que recorrían en tren las distancias mayores entre municipios y desde la villa principal se acercaban hasta las aldeas, a pie y empujando su artilugio con una rueda del mismo diseño que tenían las ruedas de los carros, con calabaza y radios de madera y llanta de hierro, aunque más pequeña y ligera. Esta versátil rueda, llegado el momento de hacer el trabajo se convertía en rueda motriz y de inercia impulsada por un pedal, de la que se trasmitía el movimiento a la piedra de afilar. Un recipiente con agua para dar el temple a las hojas de acero y varios cajones en los que guardaba su ferretería de remaches, puntas, limas, martillo, tenazas y un mazo de varillas de paraguas, entre otras cosas más le proporcionaban todo el aspecto de un verdadero taller ambulante. Anunciaban su llegada al barrio con un “glissando” de su pequeña quena de metal. Idéntica flauta, aunque en plástico, las compraba de niño en los puestos de las romerías. Acudían los clientes con encargos para afilar cuchillos, tijeras o arreglar paraguas.
Las avellaneras. Formaban parte esencial del paisanaje de las romerías, con sus puestos improvisados por dos tablas sobre caballetes, tendal y toldo para protegerse del sol y de la lluvia. Matilde y Lolina fueron las dos avellaneras que conocí primeramente. Aparte de avellanas que ellas mismas se encargaban de tostar, exponían a la venta, cacahuetes, almendras garrapiñadas, chufas, manzanas acarameladas, rosquillas de anís, regalices, chicles, piruletas, bastones de caramelo, entre lo que más recuerdo. Especial atención le poníamos al género pirotécnico: bombas, restallones, bengalas, y cohetes; así como la juguetería bélica: espadas, pistolas, arcos, escudos y tiragomas que acababan con nuestros ya exiguos fondos. Aparte, atrayendo nuestro interés, tenían todo género de pelotas, balones, canicas, chiflos, flautas, gaitas y tambores además de bastones, cachabas, sombreros. Sarina, era la avellanera por excelencia, pues sólo traía eso, avellanas, cascadas o sin cascar, en una cesta colgada del brazo y hacía la venta ambulante recorriendo las mesas de todos los puestos de sidra, ofreciendo su mercancía que servía con un cubilete de madera lleno a rebosar, por el precio estipulado que fue creciendo año sí, año no que entonces lo que menguaba era la profundidad de la medida.
La tía Marica la Torrina, madre de José el Molineru de la Vega y vivía en Don Diego, Eugenia, esposa de Pedro Blanco, padres de María, Filo, Concepción y Pancho desaparecido en la guerra. Brígida Romano del Cuetu la Cruz, madre de Manuel “Peseto”, Ramón, Segunda, Milagros, Fernanda y Emilio, se dedicó a la venta de avellanas en las fiestas, además de naranjas, manzanas y chucherías para los niños.
Cecilia, de Porrúa.
Caldereros. De igual manera, llegaban a los pueblos y arreglaban con remaches las potas, sartenes, palanganas, calderos y demás utensilios de cocina. También reparaban paraguas. Solían quedarse a pasar la noche, siempre que tuviesen trabajo a la vista, en alguna casa donde les daban cobijo y plato.
Caleros. Se dedicaban a producir la cal en sencillos hornos que preparaban en el terreno donde abundaba la piedra caliza y vegetación que les sirviese de combustible. Era labor dura y de larga duración por lo que se requería la existencia de varios obreros. La cal iba destinada a alguna obra en concreto que se fuera a hacer en el pueblo, pero también había caleros que guardaban el remanente para vender a nuevas obras que apareciesen. Están aún visibles varios caleros por bosques y terrenos comunales del entorno. Francisco Sobrino y su hijo Pepe, hacían caleros para la fabricación de la cal, para la construcción. Se juntaban varios, hacían el horno en el sitio más cercano a donde hubiese piedra caliza y gromos para el fuego. Aprovechaban la tala de los bosques para aprovechar las cañas residuales y cortezas de la madera.
Capadores. Venían a hacer su labor bajo encargo de quien los llamase. Generalmente capaban los cerdos destinados al sanmartín. Si existían los servicios veterinarios, no siempre estaban alcance de todos.
Carreteros. Usaban para el transporte una pareja de vacas entrenadas al duro trabajo de acarreo de la madera desde el bosque hasta la estación o la serrería. También acarreaban la hierba seca, el rozu desde las cuestas, la arena desde la playa hasta la obra, la piedra y la grava de la cantera. Pedro Blanco, Manuel Fernández, Marcos Noriega González, Ignacio Sobrino, Fernando Fernández Gutiérrez, Santos Junco Noriega, Santiago González Gutiérrez, Teodoro Gutiérrez Rodríguez, Bolio, son los más representativos de este oficio. Usaban para el transporte una pareja de vacas entrenadas al duro trabajo de acarreo de la madera desde el bosque hasta la estación o serrería. También en el transporte de hierba seca, del rozu desde las cuestas, arena desde las playas hasta la obra, piedra y gravas de las canteras. También se dedicaban a arar las fincas de labor.
Cesteras. Este oficio estaba prácticamente acaparado por gente gitana que dominaba el mimbre, abundante en los cierres de las fincas. De costumbres ambulantes, recorrían los lugares periódicamente para quedarse unos días que aprovechaban para vender la cestería.
Colchoneros. Igual camino llevó el viejo colchón de lana, después de haber sustituido con infinita comodidad al jergón relleno con las purretas del maíz, los rellenos de plumas e incluso a los de borra. A su vez fue sustituido por los de esponja, sintéticos. Los colchoneros venían por la aldea, dedicados a descoserlos, solear la lana y varearla. En las casas de familias más pudientes se quedaban todo el tiempo necesario, comiendo y durmiendo hasta terminar su trabajo.
En las casas más humildes, ya cuando se generalizaron los colchones de lana, se llevaba a cabo esta tarea aprovechando el buen tiempo. Tendíamos la lana sobre los sábanos hechos de varias sacas de yute cosidas que se reciclaban de las que venían con paja de Castilla.
Se abrían las pellas de lana y después se escardaban a golpes de vareta de avellano. Se volvían a rellenar las fundas y se cosían. Las primeras noches resultaba un placer dormir sobre ellos hasta que con el peso, volvían a formarse bolas. Eran cómodos, pero muy poco higiénicos, un escondite estupendo de parásitos que nos esperaban por la noche para chuparnos la sangre.
Escepadores. Se dedicaban a cortar la cepa de hierba existente en una finca destinada a la plantación de árboles. Con los restos de la vegetación bien seca, se hacían borrones que donde quemaban en dulce durante días. La ceniza se distribuía por las pozas donde se ponían los plantones de pinos y eucaliptos. Formaban cuadrilla y se desplazaban a otros lugares. La fuerte demanda de las papeleras y de las minas propició la plantación del eucalipto que fue desplazando del paisaje a otras especias autóctonas como la encina, el castaño o el roble. Juanito Junco fue capataz del oficio, su hijo Narciso, Chicho, Rogelio Junco, Antonio Sobrino, Máximo Sánchez, Arturo Gómez entre otros se dedicaron especialmente a esta labor.
Fotógrafos. Venían por las casas ofreciendo especialmente trabajos de ampliación y recuperación de fotografías, en las que, con técnicas nada precisas, incorporaban la imagen de alguien de otra foto o de una nueva que sacaban ellos, a la foto de grupo o familiar, haciendo caso omiso de la cronología y del color. Aún habría de esperarse varias décadas para la invención de la foto digital y del Photoshop que acabó prácticamente con esa profesión. Picos, Cándido García, Pepe, 1927, Ramón Rozas, R. Suárez, J. Luis Rozas.
Guarnicioneros. Recorrían los pueblos en bicicleta recogiendo encargos y entregando los trabajos de elaboración de aparejadas de vacas: mullidas, sobeo, sogas, como de caballos y asnos: cabezadas, riendas, collarones, sillínes, zufras, retrancas, albardas y cinchas.
Herradores. Hacían visitas periódicas en la fecha acordada en la anterior con los clientes. En casi todos los pueblos había un jerraderu, una especie de tejado sobre columnas donde estaba colocada una viga de la que se sujetaban los animales con correas para cambiarles las herraduras. En Parres, se servían del herradero de la Covaya y el de junto a las Escuelas. En la Pereda, aún se puede ver uno junto a la bolera, bajo la casa Concejo. Solía herrarse a los animales de tiro ya fuesen asnos, mulos, caballos, vacas o bueyes.
Lecheros. Recogían diariamente por la mañana y por la tarde, en punto de recogida la producción lechera del pueblo para llevarla a repartir por la villa. Bernardino Noriega tenía una selecta ganadería y se organizó para llevar la leche hasta la estación del tren, vía Oviedo donde tenía un punto de almacén, venta y reparto por la ciudad. Puso a disposición de Ramón Tamés Sotres un carro y caballo para bajarla, junto con más leche que comenzaron a entregar el resto de vecinos, hasta Llanes. Felipe Concha de Porrúa continuó recogiéndolo en casa de Venancio Junco, y atendía a los clientes Lina Junco. Felipe lo bajaba hasta Llanes en su carro entoldado, con el impedimento de su pata de palo. En el Cotiellu lo entregaba a su clientela, junto al obrador de la Panadería Vega. Cuando lo dejó Felipe, siguió con el mismo puesto Pepe Gutiérrez Noriega que había estado trabajando para Felipe cuando ya no podía hacerlo solo. En ese momento, Graciano Villar de la Pereda abre otro punto de recogida, al lado de la carretera frente al actual bar El Fresnu y lo lleva, primeramente en carro y caballo hasta Llanes y posteriormente con un moto carro. Tuvo colaboración de sus dos hijos, Ángel y Raúl Villar Gutiérrez quien continuó con el negocio familiar, cambió el moto carro por una DKW y acabó abriendo un establecimiento de venta y distribución en Llanes, atendido por un empleado. Los lecheros entregaban la leche sobrante a las Centrales Lecheras, la POS y la SADI, fábrica levantada por un holandés de apellido “Lides” en la que se elaboraba queso de bola parafinado. En el barrio de San Antón, pareja a la SADI se abrió la LACTOSA, de capital catalán con idea de aprovechar el suero residual de la quesería, en la que trabajaron Ricardo Gómez Gutiérrez, Antonio Sobrino Noriega, Santiago González Gutiérrez, y Gregorio Cerezo Vidal, Goyo, de Parres y ; José Noriega, Ché, de Cue; Luis Huergo de Pancar; Modesto y Angelín Batalla, conocidos marineros de Llanes.
Cerradas, estas dos fábricas, aparecieron un sinfín de centrales lecheras como NESTLÉ, MORAIS, SAN, CLESA y CLAS, entre las más conocidas que recogían la leche por los pueblos.
Lienceras. Generalmente llegaban dos mujeres. Recorrían la geografía a bordo del ferrocarril y los trayectos hasta las aldeas, a pie, llevando sobre sus cabezas pesados fardos hechos de lona donde traían para vender retales de tela y todo tipo de prendas de vestir, calcetines, toallas, rodillos de cocina y mandiles. Pregonaban a voces su llegada y picaban de puerta en puerta y desabrochaban los cinturones que sujetaban la lona para mostrar la mercancía. Vestían largos faldones de algodón y calzaban botines de cuero. Normalmente el deje gallego les situaba en aquella región de procedencia y puede que también en la cercana Portugal..
Maderistas. El término se pude referir a la persona que tiene un equipo de obreros destinados a la tala de los bosques. En este sentido, existieron varios: Perela, de Llanes, tuvo también una serrería donde dio trabajo a muchos obreros. Liaño, de Rales. Pedro Quintana, de Pancar. Manolo González Berbes, de Parres, Milio de la Pereda, Fernando Gutiérrez González, Fernando González Romano de Parres.
Los maderistas dedicados a la tala fueron muchos, entre los cuales destaca Fernando Sobrino Gutiérrez que se dedicó prácticamente a ello toda su vida laboral. Marcelino, Manuel y José González Romano, Gregorio Cerezo González, Pancho Sánchez de la Vega, Santiago González Gutiérrez, entre los más conocidos del oficio, de Parres. Carlos y Segis de Posada.
Madreñeros. Esta profesión venía de padres a hijos o de artesanos a aprendices. Solían ser personas relacionadas con el pastoreo en el monte donde disponían de madera de haya, abedul y otras y se ocupaban en periodos de tiempo cuando menos tarea tenían con el ganado. El tío Luis Santoveña vino del pueblo de Vibaño como molinero primero para Rosario Noriega, en el molino de la Arenal donde aún quedan restos del calce del agua y de los cimientos del edificio y posteriormente en el molino de las Mestas, también deshecho por el abandono total tras la muerte de su último propietario, Pedro, al efecto de la climatología. Luis Santoveña enseñó el oficio a sus tres hijos, Manuel con taller en la Pereda. Felipe y Gabino, se establecieron en la Galguera. En una ocasión, a Felipe le apostaron que no sería capaz de hacer diez pares de madreñas en una jornada y ganó la apuesta. Andrés Junco de la Pereda y su hijo Ramón también fueron madreñeros. Ramón González Romano de Vallanu y posteriormente su hermano Fernando de La Peña se dedicaron al oficio. Guillermo Fernández tenía el taller en la Guaira, en el barrio de Calvu. También fue una profesión itinerante, en el sentido de que en ocasiones eran llamados por una familia y debidamente provistos de los materiales, tallaban las madreñas para todos los miembros de la familia que los acogía en su casa hasta finalizar el encargo.
Matadores: Solían ser del propio pueblo y en el caso de Parres había más de uno y dos, cada uno con su especial arte y precisión posterior en preparar las carnes para los distintos procesos, como el secado de los jamones y lomos o los costillares para conservar en sal y pimentón. Joaquín González Romano fue la expresión máxima durante muchos años. Hubo más, Marcos Sánchez, Ramón Junco, Manuel S. Ibarlucea de una amplia lista.
Mieleros. Llegaban en la temporada de las primeras mieles primaverales. Recorrían los barrios de la aldea anunciando su producto de viva voz, “¡El Mielero! ¡A la rica miel de la Alcarria!”. Vestidos con traje mahón azul, portaban, alforja al hombro, un recipiente de madera con tapa y un canjilón con el que escanciaban la miel al hilo desde lo alto hasta caer en el tazón que el cliente aportaba. También la ofrecían en recipientes de cerámica que acrecentaban lógicamente el coste. Meleros, en cambio, se dice a los que se dedicaban, tanto a la explotación de las granjas apícolas como a su búsqueda y recolección en panales silvestres colgados de peligrosos riscos. Curiosamente, en la posada donde me quedé uno de los cursos de mis estudios en Oviedo, coincidí con el mielero que de crío vi llegar durante muchos años a vendernos miel. Me vendió un tarro para pasar el invierno. Tenía alquilados dos cuartos en la Pensión Pravia, uno de los cuales lo tenía destinado a la mercancía, justo al lado de mi cuarto.
Mondongueras. Continuaban la labor del matador y dependía de ellas la elaboración acertada de los boronos, las llamadas morcillas de año, el picadillo, los turruyos, los chorizos sabadiegos y los más exquisitos tanto para curar como para conservar en unto. Esa labor podía llevar cuando menos dos días, motivo por el cual, a la mondonguera, si era de otro pueblo distante, se le daba acomodo para pasar la noche. Normalmente las mondongueras eran también buenas cocineras y se encargaban, con la ayuda de los de casa de preparar la comida para los matadores donde se les servía en primicia el cocido acompañado tocino y carne. Para la cena se servía de entrada la sopa de picatosta, de pan, ajos y trozos de hígado, previamente sofrito y con un punto picante. Seguían los callos y pezuñas del cerdo también de sabor alegre y aparte los humeantes boronos recién sacados de la enorme olla donde cocían. Cerrando la pantagruélica cena venía el arroz con leche, anisado y con rama de canela. A la mezcla de olores se sumaban los vapores del pote del café y de la achicoria cuya misión era disipar los vapores etílicos del vino y del coñac, antes de irse cada cual a su casa. María Sánchez Sotres, María Gutiérrez González, Pepa González Cue, Lola de la tía Fausta, Gaudiosa Nieda, de Parres y Oliva Galán de Pancar, fueron buenas mondongueras.
Parteras. Se ocupaban de ayudar y atender en los partos y solía haber en el pueblo varias dispuestas a la labor. A Titas, fue a buscarla mi padre, a la carrera, a pie, hasta el pueblo vecino, una noche del veinticuatro de septiembre para recogerme, como se decía entonces. Titas tenía certificado que le permitía poner inyecciones en el caso de que fuese necesarias. María, casada con Manuel Junco, el Curru, la tía Segunda casada con el tíu Roque Quintana, Evarista F. Gutiérrez, Gaudiosa Nieda.
Pesadores. Había uno en cada pueblo a sueldo de la oficina de Arbitrios Municipales del Ayuntamiento para cobrar las tasas por la matanza de las reses. Ramón Tamés, José Blanco, el Molineru, Jesús González Gutiérrez, ejercieron esta labor.
Pescaderas. Venían con sus trigueras sobre la cabeza, cargadas de pescados que aún coleaban, como ellas decían a voz en grito a la llegada al pueblo: “¡Que colean!” A los gritos y al olor de la sardina, se concentraban una manada de gatos que las seguían por todo el camino. Salud, Sagrario, Tina y Carmen acercaron el producto de la mar hasta los pueblos más alejados, primero sobre sus cabezas y posteriormente, empujando un carrito que tampoco resultaba trabajo liviano.
Picapedreros, machaquines y barrenistas. Juanito Fernández y Manuel Amieva Cue construyeron el camino desde Tresierra a Los Carriles. Manuel Amieva comenzó explotando la cantera de Santa Marina en la que trabajaron, aparte de sus hijos, Manolo, Julián que continuaron con la cantera, Ramón y Gabriel. Ramón González Gutiérrez, aparte de trabajar en otras canteras, dedicó la mayor parte de su vida laboral al trabajo de picapedrero que conjugaba con el de barrenista y dinamitero en la cantera del pueblo en Santa Marina.
Practicantes. Sin formación académica, sin embargo cumplían su misión recibiendo de los médicos de zona el adiestramiento esencial para inyectar los medicamentos o aplicar un edema. Araceli Gutiérrez ejerció esa labor con entera dedicación, no importando lo intempestivo de la hora, acudía puntual a la casa. Gregorio García Fresno del Palacio estaba siempre dispuesto para quien le llamara lo mismo para poner inyecciones a las personas como a los animales, a los que también atendía en sus enfermedades con remedios caseros y ayudaba en los partos que se complicaban.
Remaqueros. Pasaban por los pueblos comprando huevos, alubias, patatas, nueces, avellanas, maíz, manzanas que después revendían en el mercado de la villa. Hipólito de Arquera trabajaba en la tienda de Enterría en San Roque y después se dedicó por su cuenta a mercar por los pueblos de todos los productos, incluido las crines de los caballos.
Retejadores y canteros. Mi padre recuerda transportar las tejas con sus hermanos Jesús y Eduardo y su primo José El Chispuneru, desde Barbalín en Purón hasta Peracho, un sitio del monte de Purón, tras el risque, para la construcción de una cabaña de monte. Mi abuela Araceli me contaba algo parecido, cuando joven de haber ayudado en el transporte de las tejas desde Porrúa hasta el monte. Cada vecino ayudaba en lo que podía, y en su caso, llevaban una docena de tejas sobre el rueñu en la cabeza. El tíu Roque Quintana, el tíu Tanasio González de los Carriles, Gapito Blanco, Ricardo Gómez y Fernando Fernández Gutiérrez se dedicaron a la construcción en piedra.
Ropavejeros. Así se llamaban a los que recorrían las aldeas para recoger la ropa vieja. En aquel tiempo sólo existían tejidos naturales de lana, algodón o lino, principalmente. Todo servía para los ropavejeros, pero sobre todo, las mantas viejas de algodón que se las pagaban mejor. Normalmente se llevaban la ropa vieja que había por las casas sin ningún coste, tan sólo por el único hecho de quitarla de casa. En aquel momento comenzaba a surgir en el mercado la fibra sintética, por lo que mucha gente cambiaba los ojos por el rabo, creyendo que hacía negocio, a pesar de tener que poner dinero encima del trato.
Segadores. En la época de la siega, algunos hombres se marchaban hasta distintos lugares de los reinos de León y de Castilla. Otros hacían la siega en el mismo pueblo o en los pueblos vecinos, a jornada completa para el tiempo de la hierba. Aparte tenían que hacer su propia siega. Los hermanos Arturo y Agustín de Brañes y Don Diego fueron buenos segadores. Ramón Junco del tío Segundo con Gregorio Cerezo y Francisco González Gutiérrez se fueron de segadores a Salamanca.
Serrones. Los aserrraderos se construían en el mismo bosque haciendo una zanja profunda sobre la que se atravesaba una viga. Los serrones eran los dos obreros que cortaban en tablas o pontones las rollas de madera. Usaban una sierra especial más ancha por un extremo que por el otro. Un serrón se ponía arriba sobre la viga y se encargaba de dirigir el corte y subir la sierra. El situado en la zanja tenía que tirar con fuerza de la sierra para cortar la madera. Joaquín y José González Cue se dedicaron a este trabajo, parte de ser buenos carpinteros de taller y obra. Los labrantes se dedicaban a labrar las vigas usando para ello únicamente el hacha. Manuel y Ramón González Romano, hijos de Joaquín fueron muy buenos labrantes. Milio el Serrón, de la Pereda es el más emblemático.
Tratantes. Los tratantes recorrían las ferias de ganado examinando las vacas en venta. Como técnicos en materia de mercado tanto para carne como para vida, influían en el valor de la res, pues entre ellos había concierto, aunque no demostrasen tal cosa. Venían por los pueblos y recorrían las ganaderías en busca de ocasiones donde pudiesen sacar partido. Sus ofertas siempre por lo bajo, acababan desorientando al ganadero que al fin necesitaba perentoriamente de unos reales que dedicar a otros pagos.
Caso aparte, los gitanos trataban en el cambio de animales, burros o caballos, donde el vecino debía poner unos duros por encima del animal que entregaba, Eran verdaderos especialistas en el tuneo de los animales, convirtiéndolos de rencos en puras sangres que revendían al cabo de la esquina a otro incauto comprador. También los había honestos y serios. Como entre los mismos tratantes payos, había de todo, como no puede ser menos. Pepe el Gitano estaba bien considerado por honestidad en el trato a carta cabal y su mujer Olvido, que tanto tejía mimbre como leía las manos y echaba las cartas y criaba con esmero una hartá de hijos. Kiko y su hermano Juan, conocidos primero como Los burreros y más tarde Los Tunantes, de Posada y Bricia. Isoba de San Roque, El Manquín de las Bajuras, entre los que puedo recordar.
Maconeros. Se dedicaban a tejer con cañas de castaño los utensilios de labranza más utilizados, maconas y cunachos para el transporte del alimento para el ganado y la cosecha.
Xunqueras. Venían en tren desde Unquera cargadas de juncos que se usaban para enrestrar las panojas del maíz. Las iban vendiendo por el pueblo y las dejaban en alguna casa de confianza para quienes precisasen más con posterioridad.
Zarderos. Se dedicaban a construir los zardos, entretejidos de varas verdes de avellano que se usaban tanto para construir el piso de los pajares de hierba, como para cierres y empalizadas para el ganado, así como en la construcción, que se adobaban con barro y argamasa a falta del ladrillo cerámico. Con las zardas sobre la cabeza se repartía el estiércol en las fincas a las que no se podía acceder con el carro. Los carros más antiguos se recuerdan con la caja de zardos, un eje fijo sobre el que giraban las dos ruedas sacadas con el tronzador de una rolla de castaño, sujetas al eje por una pina y la pértiga partida en dos a la que se ataba la pareja de vacas. Estos carros, chirrios, eran cantarinos por el roce del eje sobre la rueda y se solucionaba untando el eje con tocino. Carro y zardos sobre angarillas eran los elementos imprescindibles en el acarreo de materiales de construcción.
martes, 29 de abril de 2014
jueves, 17 de abril de 2014
36.- En burro al molín La Vega
Ya podrá venir el invierno con sus nieves si en casa se tienen las riestras del maíz colgadas de los pontones del estregal y en el desván una buena cosecha de patatas, habas, castañas y nueces, en el arcón, varias latas de chorizos en unto y entre pañales, un buen jamón del último san Martín.
Se desgranaba el maíz y se venteaba para que perdiese los restos de hojas o de barbas. Por la noche, se colocaba detrás de la chapa de la cocina, al calor de los azulejos para llevarlo al día siguiente al molino.
Normalmente llevaba yo la molienda sobre mis hombros, espalda o cabeza, como podía, hasta el río que quedaba a kilómetro y medio, algo más quizás. Allí la dejaba y aliviado de la carga me entretenía viendo los pescardos recorrer las cantarinas y claras aguas del Melendro. Había que cruzar la vía con rapidez por la cercanía del túnel.
En una ocasión, cuando ya me confiaron el burro para tal menester, fui montado en él a buscar la molienda, más alegre que unas pascuas. Me advirtió mi padre que no confiase en él, pues tenía la zuna de pararse cuando a él le venía en ganas, sin otro aviso. Creo poner entender tal actitud suya como una forma de darse a valer e imponer su voluntad o por forzar la mía ya que, cuando trataba con mi padre, no osaba rebelarse. Llegado al molín, Pedro, el molinero, me colocó la molienda terciada sobre la cruz del animal, entre mis piernas y con las mismas, inicié el regreso. Cuando se acercó a las vías, se negó a cruzarlas por más que le azucé con los talones y el sobrante de las riendas. Por el Puente Las Arnias se escuchó el pitido de la máquina del tren de mercancías. Me eché al suelo y tiré de él cuanto pude. Fue una eternidad, hacerle cruzar las dos vías; ya en la segunda lo empujé y quedamos los dos fuera de peligro, un instante antes de que asomase la máquina por la boca del túnel de Bolao a escasos cincuenta metros. Creí que se me salía el corazón de la caja y para colmo, Santos el de Pin, maquinista del Cantábrico, me amenazó con decírselo a mi padre en cuanto lo viese. Su hermana Felicia estaba casada con mi tío Jesús y de ahí el hecho. Supe disculparlo por el miedo que debió de haber pasado al verme tan cerca de las vías. Procuré contarlo en casa antes de que se enteraran por fuera. Las próximas veces que llevé el burro, lo dejaba amarrado antes de cruzar las vías con él. No me podía permitir más sustos como aquél.
En el otoño recogía las hojas secas de los castaños, aquellas de color ocre, signo de estar suficientemente secas. Las ataba en manojos que se colgaban de los pontones de la cocina para tenerlas para todo el año. Después de piñerada la harina se amasa con agua tibia y una pizca de sal, de forma que no quede pastosa. Un puñado de masa, se aplana sobre las hojas dispuestas en círculo sobre la chapa de la cocina bien caliente. También solían usarse hojas de berza que desprendían un agradable olor al tostarse. Así se hacían los talos. Se daban vuelta con la ayuda de un cuchillo hasta que las hojas se quedasen rustidas, momento en el que se podía retirar a un extremo de la chapa menos caliente, hasta su consumo con el tazón de leche. Se le retiraban los restos de hoja raspando con el cuchillo.
Los tortos, en cambio, se consideraban comida de ricos, pues no siempre se disponía de aceite, aunque también se freían con el unto que se guardaba en latas para la sartén, ya fuese en la fritura de tortos, como de huevos o patatas. Para hacer los tortos, se toma un poco de la masa, que normalmente, suele amasarse horas antes y se deja tapada con un paño. Sobre un rodillo, se aplana y se echa en el aceite caliente de la sartén. Se solían espolvorear de azúcar y tomarlos con leche fresca con sus capa de nata. Con miel, con mermelada o con queso fresco resultaban una auténtica exquisitez. Se decían "A la ranchera" si sobre ellos se freía un huevo. Tanto los tortos como los talos, sustituían al pan en tiempo de escasez para acompañar el plato de patatas cocidas, el de alubias o bien tomado con queso fresco, miel o leche. El término talo pudiera tener origen vasco, pero en Asturias se denominaba talo a una chapa de hierro que se usaba para tostar las masas, tanto del maíz como de la escanda o el trigo, antes de que se popularizase el uso de la cocina económica de chapa y horno para leña y carbón.
Excepcionalmente para días sonados, se echaba a cocer la boroña en una batea especial que se metía entre las cenizas del llar, en un principio o en el horno, tiempo después con la llegada de la nueva cocina. Si dentro se le ponía chorizos en rodajas y tacos de tocino entreverado con jamón, se les decía borona preñada. Lo restos de la borona se ponían a cocer en leche con azúcar y se llamaba mazcazón.
Las pulientas se hacían cociendo en agua harina de maíz revolviendo para que no grumaran. Se echaban a reposar en platos de ración y se servían calientes, sobre los cuales, en su centro se echaba una cucharada de azúcar o miel que con el calor se iba distribuyendo al resto del plato. Se solían tomar acompañadas de leche fría, que también podía añadirse directamente el plato. Para la mayor parte de las familias el maíz, junto con las patatas y las habas constituían el alimento básico, además de los huevos y la leche que aportaban las proteínas.
En el mataciu del gochu, por San Martín, también se usaba la harina del maíz en la elaboración de los boronos. Entonces se amasaba con la sangre del cerdo y una parte de cebolla y otra de tocino todo troceado finamente. Se servían especialmente en la cena del día de la matanza, para vecinos, familiares y allegados. Se tomaban recién sacados de la olla donde cocían en agua y se acompañaban de leche muy fría. Se guardaban para el año cubiertos del unto que los protegía de quedarse canos. Si eso ocurría, incluso se recuperaban volviéndolos a hervir, pero ya no era bueno su sabor, aunque muchos tampoco le podían hacer reparos. Otra forma de comerlos era fritos en rodajas. Hoy se expenden en los bares como acompañantes de los vinos en el tiempo frío y se consideran como verdadero manjar y un detalle para el local. Al menos así no se pierde la costumbre del todo. Curiosamente los mismos que lo usaron en tiempos de necesidad, lo consideraron después como algo inferior al uso de las harinas del trigo con que se elaboraron los panes blancos, desprovistos de lo mejor del cereal. Pasados los años y con ellos los gustos cambiados, se dejó de usar el maíz. La juventud lo toma tostado o en palomitas, costumbre que nos llegó de fuera. Muchos desconocen hoy el uso del maíz tal como lo conocimos en nuestra niñez.
Los molinos a los que yo iba están destruidos unos o reformados en casas de aldea otros, pero por suerte se vende la harina en las tiendas de comestibles y puedo aún darme el gusto de recordar en su sabor el tiempo lejano de mi niñez. En algunas panaderías aún fabrican las boronas y panes mixtos de maíz, trigo y escanda que los hacen extremadamente sabrosos y nutritivos.
lunes, 7 de abril de 2014
35.- La cultura del maíz
La
arada
Una vez bien limpio y
abonado el terreno, se araba con las yuntas de vacas. Recuerdo ir de
candilón con los tres vecinos que se dedicaron a este trabajo
en la aldea: Manuel Fernández, Ignacio Sobrino y Santos Junco. Nunca
les faltaba trabajo, pues en esa época, todo el mundo sembraba,
tanto para el alimento propio como para el de los animales. El
candilón se decía a la persona que ayudaba al arador delante de la
pareja de vacas y que las guiaba de forma y modo que la reja del
arado fuese por su sitio, recta y así no quedase tierra sin voltear.
Hay que decirlo también, no todos los aradores eran igual de pulcros
en resultados. Más se debía al nivel de adiestramiento de los
animales que no a culpa del arador. La pareja debía entenderse bien
y que tirasen a la una. Como entre los humanos, entre los animales
hay individuos con zunas y picardías con tal de esforzarse menos.
Como crío que yo era, prefería ir a la vez que ellos, porque por
el camino me permitían subirme en la máquina. No es que fuera una
comodidad, todo lo contrario, iba montado a pie, las ruedas eran de
hierro y los caminos tormentosos. Ya en la finca, el arador libraba
la máquina de la vara de transporte y la enganchaba con una cadena
al sobéu del yugo. Con la guillada llevaba la
pareja lo más rectamente posible a todo lo largo de la tierra de
labor. A falta de ayuda, ellos se las apañaban solos, pues las vacas
estaban adiestradas y obedecían a las voces, por el miedo a la
guiyada que, por si acaso, siempre la llevaban dispuesta.
La siembra
Después de arado el
terreno, se dejaba un tiempo que cociese antes de echar el maíz y
las habas. Se sembraba a la secha y se pasaba el rastro que las
desterronaba, tapaba los granos y quitaba parte de las malas hierbas
y raíces que quedaban en la superficie. En algunas casas, muy pocas,
tenían una elemental mecanización como la máquina de hacer riegos
y la sembradora. Solían ser casas de familias "pudientes"
y también hay que decirlo, solían dejarlas a quienes eran capaces
de mirar por ellas y devolverlas limpias y en perfecto estado, tal
como las habían llevado..
Se lleva a cabo a
mediados de abril la siembra del maíz, cuando ya no hay riesgo de
nieblas ni de heladas. Al cabo de unas semanas, comenzaban a verse
los primeros brotes romper la tierra. Cuando levantaban poco más de
una cuarta, era el momento de darles el primer sayu, ya
finalizado mayo. Para esta labor las mujeres se ponían de acuerdo
para hacer el sayu cuando para unas, cuando para otras. Es curioso,
en este punto, analizar el motivo de esa especialización por género.
No era corriente ver los hombres con la azada, sí en cambio en el
uso del palote y de la pala y creo que está relacionado con el
esfuerzo de cada tarea. No se debe nunca generalizar, pues en el campo, la
especialización de la mano de obra depende de los recursos humanos
de cada familia. Cuando faltaba el varón, era la mujer la que
acometía todos los trabajos. Sin embargo, mal que pese, he de decir
que si faltaba la mano de la mujer las cosas simplemente no
marchaban, también salvo escasas excepciones.
A
mí me tocaba, antes de dominar
la azada, ralear los
maíces y arrancar los más pequeños de entre los que salían juntos
y los dejaba más o menos a
un pie
de distancia.
Pasado
un tiempo, se volvía para hacer el resayu que consistía en
amontonar la tierra a su alrededor, dando así protección a la
raíz del viento y de la sequía del verano. Ya comenzaban a verse
las habas trepar por los tallos de los maíces. Si mayo y junio se
portaban bien, sin fuertes vientos, con algo de lluvia y buen sol,
pronto despuntaban las panojas y las espigas.
Ya maduras las espigas, si
no tenían habas trepando por ellas,
cumplida la función de
polinización, se triscaban por
encima de la última panoja,
para que entrase mejor el sol y
el aire a madurar el grano. Las
espigas era un alimento muy bueno para las vacas de leche. El riesgo,
en cambio, era que se
favorecía el ataque de los cuervos y
de las pegas.
La cosecha
Ya secas las panojas, por
septiembre, venía la labor de cortar el maíz con la joceta y
apilarlo en gaviellas para preservarlo de la humedad.
Otro día se iba
con el carro y se comenzaba a
recoger las panojas que se echaban en los cunachos
y de éstos al cajón del carro,
sueltas o en sacos de yute.
Las cañas del maíz se amarraban
en brazadas, marreñas,
de un peso llevadero y se ataban con la caña de una planta verde por
ser aún elástica y se rehacían las
gaviellas
que se dejaban en la finca hasta que fuese necesario llevarlas
como
complemento alimenticio en el crudo invierno. La
paya,
se picaba con un hacho y se echaba en el pesebre de las vacas que lo
comían con entusiasmo por la noche. No se usaban aún los piensos
compuestos. Por la mañana, los tallos sin hojas, se picaban para
formar la cama de las vacas y así mezclados con el estiércol,
acabasen de nuevo en otra finca a completar el ciclo del nitrógeno.
Con la
ayuda de los vecinos, esta labor era de un
día o poco más. Lo importante
era tener el maíz a buen recaudo en la casa. De todo
en su tiempo dependía también
la alimentación de la familia.
Las fincas se veían
llenas de gavillas que imitaban los
tipis
de los pieles rojas que veíamos
en las películas del
Oeste. En más de una ocasión
disfrutábamos jugando al escondite dentro de ellas y en caso de
lluvia, yendo a buscar el arrinco,
resultaban un
refugio formidable.
Las esbillas
Para las
esbillas también
se juntaba la gente,
familiares, vecinos o amigos en el estregal de la casa. A los
niños nos gustaba tumbarnos en las montañas de purreta o
recoger las barbas de variados colores de las panojas para ponerlas
de bigote. De las vigas se colgaban unos alambres que quedaban a algo
más de un palmo del suelo, tanto como para que no se subiese por
ellas los roedores.
A
mí me gustaba apurrir las panojas de dos en dos, bien
emparejadas de tamaño, a mi padre que iba formando la riestra
desde abajo y subido en una banqueta para cerrarla junto a la viga.
En un descuido de padre me ponía también a enrestrar.
Anteriormente en
lugar de hacer las ristras colgadas de alambres se
enrestraba
con xuncos
secos. Se iniciaba con tres juntos atados y se iban
añadiendo las panojas, una en
cada vuelta. Antes de que se acabase un junco se añadía otro y se
seguía la ristra hasta que tuviese
el tamaño de una o dos escobas,
dependiendo del sitio de donde se fuese a colgar. Las mujeres
que vendían juncos se conocían
como las xunqueras
y venían
andando desde Pimiango y Unquera, cargadas
con ellos.
Puede que el topónimo Unquera
venga de >Hunquera>Junquera>Xunquera,
por la abundancía de juncos que
hay en la ría Tinamayor, donde desemboca el Cares-Deva, o
Deva-Cares, que tanto monta.
Es también un patronímico muy
común en la zona. En el pueblo
tenían una
casa de confianza donde los
dejaban y los iban ofreciendo por
las casas. Cada vecino compraba los
que les fueran a ser necesaro
para enrestrar el maíz.
Desgranar
Esta labor solía hacerse
en el ámbito estrictamente familiar, porque sólo se desgranaba a
medida que se iba necesitando para hacer la molienda. Se inicia a
mano en una panoja y con la ayuda del tuco que queda de ella
se desgranan el resto de ellas. Aún percibo el dolor en la mano por
el roce del tuco y el calor que desprende con el roce.
Se coloca cerca de la
cocina o encima de la chapa sobre un saco, cuando ya el calor de la
misma es soportable. Por la mañana, al remover los granos tienen ese
sonido a secos que los caracteriza, señal de que se pueden llevar a
moler y esa ya es otra historia.
jueves, 3 de abril de 2014
34.-La Semana Santa
Se acercaba la Semana Santa. Los rezos en la iglesia desde el jueves hasta el domingo eran obligados. Recuerdo el olor de los cirios colocados al lado del baptisterio junto al confesionario. Nos gustaba recoger la cera caída sobre los candelabros de bronce, entonces amarilla por ser de abeja, que mascábamos como si se tratase de chicle mientras encendíamos las que se habían apagado. Era costumbre llevar una vela por cada casa, al menos, con una etiqueta donde figuraban los apellidos del grupo familiar. Los cabos sobrantes regresaban de nuevo a casa como reliquia bendita que la protegiese de no se sabe qué desgracia que estuviese por caerle encima. Os aseguro que aquella semana olía distinta a las otras cincuenta y una del año.
La liturgia llevada a cabo durante ella ya era todo un espectáculo, tanto más para los más niños como para los mayores, ya avezados a tal acontecimiento.
Toda ella se revestía de un velo tétrico que a todos nos acabaría pareciendo más que normal, al cabo de los años, y que por la costumbre terminaríamos por gustar de ella, ya que, so pretexto de las oraciones a que nos obligaban, nos servía de escusa como válvula de escape. Dejando de lado la interpretación personal que cada quien hiciese de aquellos actos litúrgicos, que cada quien se escuche a sí mismo, nunca entendí que rememoráramos la pasión, la muerte y la resurrección de un ser que tanto nos había dado con su sufrimiento a los cristianos.
Un año, mejor dicho, aquel año, habían llegado al pueblo los predicadores de las Santas Misiones. La misión de las Santas Misiones, no era la de animar a los mejor situados a compartir sus riquezas con los desfavorecidos. No; a través de las oraciones y las penitencias, tenían por misión primordial reconducir, según un plan maniqueo, el pensamiento político del pueblo llano a los nuevos cánones morales, éticos, cívicos, incluso sexuales, promovidos por la nueva clase política que preparaba así el camino para someterlo disciplinado durante varias décadas con férreas manos y corazón de hielo. Subido al púlpito, el fraile orador, con el dedo nos amenazaba con el fuego de los infiernos a quienes desoyéramos sus sabias enseñanzas. Nos aportaba fe como sustitución de la razón y así poder aplacar a un pueblo hambriento y herido por efecto de la reciente guerra que, arrancándole numerosas vidas de su lado, les había dejado la propia en llaga.
La gente acudíamos, los unos por fe sincera, quizás otros por acallar la sucia conciencia y los mimetizados para no levantar sospechas. En la procesión del Vía Crucis por los alrededores del prado de la iglesia, donde aún perduran las agrietadas lápidas de caliza con cruces talladas y números romanos. Abrían paso los monaguillos con la cruz y los dos cirios. Detrás, la curia seguida según un orden tácito por las mujeres cubiertas del obligado velo negro y prendas a tono desgranando el rosario. Detrás, caminaban los más destacados hombres también apoyando los rezos con su grave voz y, por último los rezagados, en silencio, la boina en la mano.
Caída la noche, después de escuchar las prédicas del monje orador, un monaguillo con el apagavelas asfixiaba, uno a uno, los doce pabilos de la araña que pendía sobre el pasillo central. La iglesia se quedaba en tinieblas para rememorar la muerte del Redentor.
De casa llevábamos las carracas que al ser giradas tronaban su rueda dentada ampliado su monótono ronquido en la bóveda del altar. El aire se tornaba denso por la gran concurrencia y por el humo del incensario que un sacerdote balanceaba junto al altar y se podía apreciar la tensión del miedo en rostro de los más crédulos.
Fue desnudado el Altar y se llevó La Santa Eucaristía cubierta de un paño violáceo a la Sacristía entre cánticos gregorianos. Se encapuchó la cruz con otra tela del mismo color. Los curas se tendieron cuan largos eran sobre los escalones del altar y la iglesia se inundó del silencio sólo roto por las toses de la gripe pasada. En ese momento os aseguro que me era imposible calmar la emoción despertada en el contacto con lo transcendental, tal era el clímax alcanzado en aquel sacro escenario.
La tormenta anunciada ya en la tarde por las nubes que cubrían las cimas del Cuera no se hizo esperar. Fuera, comenzaban a cubrirse de blanco los senderos del campo la iglesia. Un rayo iluminó a través de las pequeñas vidrieras todo el atrio.
Por los caminos de la ería a donde llevaba de pasto al ganado, sin darme cuenta silbaba como de costumbre, pero al recordar las explicaciones recibidas en los catecismos, me callaba. Parece ser, según nos dijeron, que la Virgen lloraba cuando silbamos en esa semana. Había que esperar al Domingo de Gloria, cuando menos, para que se normalizase la vida de la aldea. Las radio de nuestra vecina, emitía cantos religiosos y rosarios por la salvación de la madre patria.
La liturgia llevada a cabo durante ella ya era todo un espectáculo, tanto más para los más niños como para los mayores, ya avezados a tal acontecimiento.
Toda ella se revestía de un velo tétrico que a todos nos acabaría pareciendo más que normal, al cabo de los años, y que por la costumbre terminaríamos por gustar de ella, ya que, so pretexto de las oraciones a que nos obligaban, nos servía de escusa como válvula de escape. Dejando de lado la interpretación personal que cada quien hiciese de aquellos actos litúrgicos, que cada quien se escuche a sí mismo, nunca entendí que rememoráramos la pasión, la muerte y la resurrección de un ser que tanto nos había dado con su sufrimiento a los cristianos.
Un año, mejor dicho, aquel año, habían llegado al pueblo los predicadores de las Santas Misiones. La misión de las Santas Misiones, no era la de animar a los mejor situados a compartir sus riquezas con los desfavorecidos. No; a través de las oraciones y las penitencias, tenían por misión primordial reconducir, según un plan maniqueo, el pensamiento político del pueblo llano a los nuevos cánones morales, éticos, cívicos, incluso sexuales, promovidos por la nueva clase política que preparaba así el camino para someterlo disciplinado durante varias décadas con férreas manos y corazón de hielo. Subido al púlpito, el fraile orador, con el dedo nos amenazaba con el fuego de los infiernos a quienes desoyéramos sus sabias enseñanzas. Nos aportaba fe como sustitución de la razón y así poder aplacar a un pueblo hambriento y herido por efecto de la reciente guerra que, arrancándole numerosas vidas de su lado, les había dejado la propia en llaga.
La gente acudíamos, los unos por fe sincera, quizás otros por acallar la sucia conciencia y los mimetizados para no levantar sospechas. En la procesión del Vía Crucis por los alrededores del prado de la iglesia, donde aún perduran las agrietadas lápidas de caliza con cruces talladas y números romanos. Abrían paso los monaguillos con la cruz y los dos cirios. Detrás, la curia seguida según un orden tácito por las mujeres cubiertas del obligado velo negro y prendas a tono desgranando el rosario. Detrás, caminaban los más destacados hombres también apoyando los rezos con su grave voz y, por último los rezagados, en silencio, la boina en la mano.
Caída la noche, después de escuchar las prédicas del monje orador, un monaguillo con el apagavelas asfixiaba, uno a uno, los doce pabilos de la araña que pendía sobre el pasillo central. La iglesia se quedaba en tinieblas para rememorar la muerte del Redentor.
De casa llevábamos las carracas que al ser giradas tronaban su rueda dentada ampliado su monótono ronquido en la bóveda del altar. El aire se tornaba denso por la gran concurrencia y por el humo del incensario que un sacerdote balanceaba junto al altar y se podía apreciar la tensión del miedo en rostro de los más crédulos.
Fue desnudado el Altar y se llevó La Santa Eucaristía cubierta de un paño violáceo a la Sacristía entre cánticos gregorianos. Se encapuchó la cruz con otra tela del mismo color. Los curas se tendieron cuan largos eran sobre los escalones del altar y la iglesia se inundó del silencio sólo roto por las toses de la gripe pasada. En ese momento os aseguro que me era imposible calmar la emoción despertada en el contacto con lo transcendental, tal era el clímax alcanzado en aquel sacro escenario.
La tormenta anunciada ya en la tarde por las nubes que cubrían las cimas del Cuera no se hizo esperar. Fuera, comenzaban a cubrirse de blanco los senderos del campo la iglesia. Un rayo iluminó a través de las pequeñas vidrieras todo el atrio.
Por los caminos de la ería a donde llevaba de pasto al ganado, sin darme cuenta silbaba como de costumbre, pero al recordar las explicaciones recibidas en los catecismos, me callaba. Parece ser, según nos dijeron, que la Virgen lloraba cuando silbamos en esa semana. Había que esperar al Domingo de Gloria, cuando menos, para que se normalizase la vida de la aldea. Las radio de nuestra vecina, emitía cantos religiosos y rosarios por la salvación de la madre patria.
sábado, 15 de marzo de 2014
33.- La gran nevada
Fue en el mes de marzo la que recuerdo como la mayor de las nevadas caídas en este enclave geográfico, donde la mar influye en la creación de un micro clima que lo preserva de temperaturas extremas y donde la nieve sólo ocasionalmente se acerca a la misma costa.
La siguiente gran nevada que me impactó ocurrió entre los meses de diciembre y enero del curso 1962-63 de la que ahora mismo no puedo aseverar con exactitud. Iba yo entonces al Colegio de la Arquera. De mañana, al salir de la portilla del Pandiu, se veía un extenso manto de nieve que cubría los caminos y senderos que llevaban al colegio. Ni una huella ni indicio de que alguien más la hubiese pisado, de casi la quincena de alumnos que la usábamos a diario para ir al colegio. Cuando me adentré en La Vega, una vez pasada la vía del tren, el río y el molino al que daba nombre, vi abierta una ruta sobre la capa de nieve y la seguí absorto, quizás por el destello que producían los rayos del sol y quizás también por lo insólito del paisaje. Alguien se me había adelantado. Una vez atravesada la Vega, volví atrás la vista y me percaté de las curvas y contra curvas que mi predecesor caminante había hecho y yo había seguido a tontas y a locas. En el colegio, las clases se redujeron a las más atrayentes: el dibujo, la mecanografía sin límite de tiempo y el juego del frontón en el abundante recreo. A la vuelta, Pedrín González Sobrino y yo recorrimos el ondulante sendero abierto por la mañana y me confesó que ocurrió así por no haber levantado la vista del suelo. Llegados al Cueto la Taberna tuvimos que socorrer a Josefa Abad, vecina de Cuetupuñu, que regresaba de llevar maíz a moler y había quedado atrapada entre unas rocas ocultas por la nieve.
Pero la que de verdad se reconoce como la gran nevada del siglo cayó el día 10 de marzo de 1955.
Un vecino de Parres, Lorenzo Romano Rozada, ya había subido con el ganado al sitio de su propiedad conocido como El Pradón de la Llosa Viango donde tenía la cabaña y la cuadra del ganado.
Fue tal la nieve caída que dejó cubiertas ambas edificaciones hasta los mismos tejados. En la cuadra tenía un rebaño de ovejas y las vacas del pasto. No se imaginó que iba a ser tan grande la nevada, y si lo pensó, no llegó a darle tiempo a reaccionar, antes de que todo el valle quedase cubierto por una espesa capa de nieve. El aislamiento que en aquellos años había en extremas circunstancias era total incluso para la vida en la aldea, cuanto si más para la del monte. Quien conozca el terreno y los senderos habilitados por el propio ganado para transitar de la cabaña al pueblo se dará cuenta de la dificultad de tal empresa. Con una capa tan grande de nieve, se pierden las referencias y el peligro es grande por la abundancia de profundas dolinas, torcas, que existen a lo largo del trayecto, incluso para los mismos pastores habituales.
En la aldea se corrió la voz de alarma y los vecinos se movilizaron en el acto. No había tiempo que perder. La noche se echaría pronto encima y las Cuestas que se estriban contra el Texéu estaban también cubiertas y el sendero quedaba oculto. La ruta más rápida a seguir era la que asciende por la Cuesta el Caballo tomado al pie de la misma en La Vega Quintana de la Pereda y que llega hasta el portillo de La Muezca, donde la altitud se pone en torno a los setecientos metros.
No soy a precisar la totalidad de personas que se congregaron para socorrer a Lorenzo, de los pueblos de La Pereda, Porrúa y Parres, pero debieron ser muchos los valientes y generosos héroes que expusieron su vida por la del convecino. Así los veía yo, como niño que era. Entonces no me daba cuenta perfecta del hecho pero debió de ser algo grandioso para mí por lo que me impactó y aún ahora sigue siendo toda una hazaña, por las escasez de medios que disponían. Un traje de aguas y el que no lo tenía una gabardina, guantes, pasamontañas, gruesos calcetines de lana y las katiuscas bien forradas de hierba seca. Eso era toda la indumentaria que sospecho llevaban. Los utensilios, azada o pala para quitar la nieve, y el imprescindible palo de monte con el que saltar y a la vez tantear el camino para no dar un paso en falso y caerse al vacío.
En la foto que muestro, sacada de la página: http://www.tierraljelechu.com donde su autor subió las dos que aquí muestro, son un testigo de la cuadrilla de abnegados voluntarios en la que podemos reconocer a: Manuel Gutiérrez Noriega, Francisco González Romano, Vitoriano Quintana Mier, Manolo Sobrino Guitérrez, Paco Gutiérrez Rodríguez con su perra "Leona", Chicho Junco Noriega, Marcos Noriega Gutiérrez, Ramón Junco Hano, Ramón Hano Fernández, Joaquín González Romano, entre los que pude recordar de los muchos que acudieron. Dejo la lista abierta para continuarla a medida que tenga más noticias de otros participantes en tan destacada intervención. Desconozco también el nombre de otros canes que con seguridad les acompañaron que no dejarían de ser parte importante en el evento.
(En la foto, "Paco el Diablu" con su perra "Leona")
La bajada, tanto del vecino como de los animales fue considerada como éxito total.
Era el día 11 de marzo de 1955. En la casa del Cotaxu le esperaban con ansias su esposa, Irundina, y sus hijos: Loles, Fifi, Fernando, Enci, Mini y la última de la extensa prole hasta aquella fecha, Noelia, que se había adelantado a nacer justamente el día 10 de marzo, inicio de la gran nevada.
Omito narrar la alegría que vivimos todos los vecinos y familiares de los citados pueblos y otros limítrofes que compartían con Lorenzo los pastos de Viango así como la familia por parte de Irundina en el pueblo de Porrúa de donde también partió otra cuadrilla de rescate.
La siguiente gran nevada que me impactó ocurrió entre los meses de diciembre y enero del curso 1962-63 de la que ahora mismo no puedo aseverar con exactitud. Iba yo entonces al Colegio de la Arquera. De mañana, al salir de la portilla del Pandiu, se veía un extenso manto de nieve que cubría los caminos y senderos que llevaban al colegio. Ni una huella ni indicio de que alguien más la hubiese pisado, de casi la quincena de alumnos que la usábamos a diario para ir al colegio. Cuando me adentré en La Vega, una vez pasada la vía del tren, el río y el molino al que daba nombre, vi abierta una ruta sobre la capa de nieve y la seguí absorto, quizás por el destello que producían los rayos del sol y quizás también por lo insólito del paisaje. Alguien se me había adelantado. Una vez atravesada la Vega, volví atrás la vista y me percaté de las curvas y contra curvas que mi predecesor caminante había hecho y yo había seguido a tontas y a locas. En el colegio, las clases se redujeron a las más atrayentes: el dibujo, la mecanografía sin límite de tiempo y el juego del frontón en el abundante recreo. A la vuelta, Pedrín González Sobrino y yo recorrimos el ondulante sendero abierto por la mañana y me confesó que ocurrió así por no haber levantado la vista del suelo. Llegados al Cueto la Taberna tuvimos que socorrer a Josefa Abad, vecina de Cuetupuñu, que regresaba de llevar maíz a moler y había quedado atrapada entre unas rocas ocultas por la nieve.
Pero la que de verdad se reconoce como la gran nevada del siglo cayó el día 10 de marzo de 1955.
Un vecino de Parres, Lorenzo Romano Rozada, ya había subido con el ganado al sitio de su propiedad conocido como El Pradón de la Llosa Viango donde tenía la cabaña y la cuadra del ganado.
Fue tal la nieve caída que dejó cubiertas ambas edificaciones hasta los mismos tejados. En la cuadra tenía un rebaño de ovejas y las vacas del pasto. No se imaginó que iba a ser tan grande la nevada, y si lo pensó, no llegó a darle tiempo a reaccionar, antes de que todo el valle quedase cubierto por una espesa capa de nieve. El aislamiento que en aquellos años había en extremas circunstancias era total incluso para la vida en la aldea, cuanto si más para la del monte. Quien conozca el terreno y los senderos habilitados por el propio ganado para transitar de la cabaña al pueblo se dará cuenta de la dificultad de tal empresa. Con una capa tan grande de nieve, se pierden las referencias y el peligro es grande por la abundancia de profundas dolinas, torcas, que existen a lo largo del trayecto, incluso para los mismos pastores habituales.
En la aldea se corrió la voz de alarma y los vecinos se movilizaron en el acto. No había tiempo que perder. La noche se echaría pronto encima y las Cuestas que se estriban contra el Texéu estaban también cubiertas y el sendero quedaba oculto. La ruta más rápida a seguir era la que asciende por la Cuesta el Caballo tomado al pie de la misma en La Vega Quintana de la Pereda y que llega hasta el portillo de La Muezca, donde la altitud se pone en torno a los setecientos metros.
No soy a precisar la totalidad de personas que se congregaron para socorrer a Lorenzo, de los pueblos de La Pereda, Porrúa y Parres, pero debieron ser muchos los valientes y generosos héroes que expusieron su vida por la del convecino. Así los veía yo, como niño que era. Entonces no me daba cuenta perfecta del hecho pero debió de ser algo grandioso para mí por lo que me impactó y aún ahora sigue siendo toda una hazaña, por las escasez de medios que disponían. Un traje de aguas y el que no lo tenía una gabardina, guantes, pasamontañas, gruesos calcetines de lana y las katiuscas bien forradas de hierba seca. Eso era toda la indumentaria que sospecho llevaban. Los utensilios, azada o pala para quitar la nieve, y el imprescindible palo de monte con el que saltar y a la vez tantear el camino para no dar un paso en falso y caerse al vacío.
En la foto que muestro, sacada de la página: http://www.tierraljelechu.com donde su autor subió las dos que aquí muestro, son un testigo de la cuadrilla de abnegados voluntarios en la que podemos reconocer a: Manuel Gutiérrez Noriega, Francisco González Romano, Vitoriano Quintana Mier, Manolo Sobrino Guitérrez, Paco Gutiérrez Rodríguez con su perra "Leona", Chicho Junco Noriega, Marcos Noriega Gutiérrez, Ramón Junco Hano, Ramón Hano Fernández, Joaquín González Romano, entre los que pude recordar de los muchos que acudieron. Dejo la lista abierta para continuarla a medida que tenga más noticias de otros participantes en tan destacada intervención. Desconozco también el nombre de otros canes que con seguridad les acompañaron que no dejarían de ser parte importante en el evento.
(En la foto, "Paco el Diablu" con su perra "Leona")
La bajada, tanto del vecino como de los animales fue considerada como éxito total.
Era el día 11 de marzo de 1955. En la casa del Cotaxu le esperaban con ansias su esposa, Irundina, y sus hijos: Loles, Fifi, Fernando, Enci, Mini y la última de la extensa prole hasta aquella fecha, Noelia, que se había adelantado a nacer justamente el día 10 de marzo, inicio de la gran nevada.
Omito narrar la alegría que vivimos todos los vecinos y familiares de los citados pueblos y otros limítrofes que compartían con Lorenzo los pastos de Viango así como la familia por parte de Irundina en el pueblo de Porrúa de donde también partió otra cuadrilla de rescate.
domingo, 2 de marzo de 2014
32.- Niños yunteros
Pasado el horario de la escuela, por la tarde ayudaba en casa. Llevaba varios viajes de agua desde la fuente al establo, para que las vacas lo bebiesen a pie de pesebre. Parecerá extraño, pero así evitábamos andar a la carrera tras ellas si coincidían en el bebedero con otras. Por aquel entonces, había familias que tenían verdaderos rebaños de vacas y becerras. Si se encontraban en el camino dos rebaños distintos, acababan por pelearse y herirse entre ellas, además de correr el riesgo de abortar. La ganadería era, para la mayoría, el eje económico con el que subsistía la familia. Incluso el cultivo giraba en torno a la ceba del ganado, bien a pesar que el precio de la leche andaba siempre por debajo del coste de producción. Se tenía asumido, pienso yo, que el trabajo que aportaban, todos los integrantes del núcleo familiar, desde hijos, padres hasta abuelos no contaba en el cálculo como gasto de beneficios. Bastaba con que a final de quincena entrase en casa el pago de la leche para hacer frente a las deudas anotadas en el establecimiento del pueblo, en la farmacia, en la ferretería o en la tienda de ropa. No había hábito de consumo, porque nadie nos bombardeaba con imágenes, aunque por la radio nos llegasen noticias de productos que comenzaron a introducirse poco a poco en el colmado del pueblo.
De niños nos conformábamos con los regalos de Reyes, aunque sólo fuesen unas peladillas, pan de higo, pasas y algún juguete de madera como aquel burrito con carro del país que tanto me entusiasmo, una peonza o una bolsa de canicas. Nos traían lo que nos hacía falta: madreñas, zapatillas o unas katiuscas. Todo a la vez era imposible y se dejaba algo para estrenar por San Antón o Santa Marina que eran las fiestas más celebradas. A mi padre le trajeron unos guantes de cuero que aún me los tropiezo por casa, de lo que miraba por ellos que usaba para el hielo de las mañanas al ir al jornal y el relente de la noche a la vuelta, en su vieja "Orbea". A madre le dejaban lana y dos agujas nuevas que sustituyeron a las que tenía hechas de varillas de paraguas, con las que tejía jerseys y bufandas para los tres. Yo le ayudaba a ovillar las madejas con mis antebrazos cuando no las colgaba del respaldo de una silla.
Al mediodía, pedía permiso al maestro para salir de la escuela unos minutos antes. Ya me tenía madre preparada el carpanchu con la comida de mi padre y mía. Bajaba por el caleyón de la Madalena a enfocar la bajada de las Castañares, me salía de la carretera y tomaba por el camino de Arduengu, en el que no faltaban pozos de agua y llamaza que me obligaban a usar senderos por los rosados pastos colindantes. Me adentraba en un sendero que llevaba hasta el cuetu La Vista, punto de reunión con mi padre que salía a escontra desde La Talá. Yo le esperaba en lo alto desde donde le veía llegar de lejos. En el cueto teníamos preparado un buen asiento de lascas calizas, abrigado del viento gallego bajo el techo de una covacha. Cuando llovía, nos acurrucábamos como podíamos dentro de ella, pero las gotas del gorro impermeable se mezclaban en el plato con el caldo de las habas. Si soplaba el levante, quedábamos “al abrigal de la turria”, sin protección y se nos curtía la piel de tanto frío. Del cocido de la tartera emergían dos medios chorizos y dos trozos de tocino que repartíamos. Un trozo de queso curado de casa o una botella de leche con café y achicoria, aún templada, completaban las necesidades nutricionales del mediodía.
Después, en tanto que padre se liaba el pitillo, yo bajaba hasta el camino donde estaba aparcada la bicicleta. Pronto aprendí a rodarla, sentado en el portabultos pues de esa forma aprovechaba las profundas rodadas hechos por los carros que hacían imposible una caída. Satisfecho por los progresos, la apoyaba sobre el pedal y me despedía de padre que regresaba a su trabajo y yo deshacía el camino a la carrera para llegar con tiempo suficiente para jugar un rato con mis compañeros antes de la entrada en las clases de la tarde.
Si cabe, aún me gustaban más las tardes en la escuela, por la lectura, la copia de un texto caligráfico al que ilustrábamos con una dibujo alusivo al mismo, inventado o copiado de la enciclopedia "Álvarez". Con frecuencia, los dibujos de creación propia pertenecían a nuestro entorno campesino coloreados con las "Alpino" que tomaban el aspecto de verdaderos “Piñoles” o "Valles” en los que relatábamos la vida de la aldea.
De niños nos conformábamos con los regalos de Reyes, aunque sólo fuesen unas peladillas, pan de higo, pasas y algún juguete de madera como aquel burrito con carro del país que tanto me entusiasmo, una peonza o una bolsa de canicas. Nos traían lo que nos hacía falta: madreñas, zapatillas o unas katiuscas. Todo a la vez era imposible y se dejaba algo para estrenar por San Antón o Santa Marina que eran las fiestas más celebradas. A mi padre le trajeron unos guantes de cuero que aún me los tropiezo por casa, de lo que miraba por ellos que usaba para el hielo de las mañanas al ir al jornal y el relente de la noche a la vuelta, en su vieja "Orbea". A madre le dejaban lana y dos agujas nuevas que sustituyeron a las que tenía hechas de varillas de paraguas, con las que tejía jerseys y bufandas para los tres. Yo le ayudaba a ovillar las madejas con mis antebrazos cuando no las colgaba del respaldo de una silla.
Al mediodía, pedía permiso al maestro para salir de la escuela unos minutos antes. Ya me tenía madre preparada el carpanchu con la comida de mi padre y mía. Bajaba por el caleyón de la Madalena a enfocar la bajada de las Castañares, me salía de la carretera y tomaba por el camino de Arduengu, en el que no faltaban pozos de agua y llamaza que me obligaban a usar senderos por los rosados pastos colindantes. Me adentraba en un sendero que llevaba hasta el cuetu La Vista, punto de reunión con mi padre que salía a escontra desde La Talá. Yo le esperaba en lo alto desde donde le veía llegar de lejos. En el cueto teníamos preparado un buen asiento de lascas calizas, abrigado del viento gallego bajo el techo de una covacha. Cuando llovía, nos acurrucábamos como podíamos dentro de ella, pero las gotas del gorro impermeable se mezclaban en el plato con el caldo de las habas. Si soplaba el levante, quedábamos “al abrigal de la turria”, sin protección y se nos curtía la piel de tanto frío. Del cocido de la tartera emergían dos medios chorizos y dos trozos de tocino que repartíamos. Un trozo de queso curado de casa o una botella de leche con café y achicoria, aún templada, completaban las necesidades nutricionales del mediodía.
Después, en tanto que padre se liaba el pitillo, yo bajaba hasta el camino donde estaba aparcada la bicicleta. Pronto aprendí a rodarla, sentado en el portabultos pues de esa forma aprovechaba las profundas rodadas hechos por los carros que hacían imposible una caída. Satisfecho por los progresos, la apoyaba sobre el pedal y me despedía de padre que regresaba a su trabajo y yo deshacía el camino a la carrera para llegar con tiempo suficiente para jugar un rato con mis compañeros antes de la entrada en las clases de la tarde.
Si cabe, aún me gustaban más las tardes en la escuela, por la lectura, la copia de un texto caligráfico al que ilustrábamos con una dibujo alusivo al mismo, inventado o copiado de la enciclopedia "Álvarez". Con frecuencia, los dibujos de creación propia pertenecían a nuestro entorno campesino coloreados con las "Alpino" que tomaban el aspecto de verdaderos “Piñoles” o "Valles” en los que relatábamos la vida de la aldea.
miércoles, 26 de febrero de 2014
31.- La vida de una pastora
Con trece o catorce años, mi amiga Aurorita y yo comenzamos a ir a las fiestas, sólo por la tarde, pues antes del anochecer había que estar en casa. Esencialmente, eran cuatro en todo el verano: Santa Marina de Parres, La Guadalupe de la Pereda, San Justo de Porrúa y la Guía de Llanes. Sólo nos ponían como condición que llevásemos con nosotras a José Manuel, el hermano menor de Aurorita A él le encamentaban que no nos dejara solas y, la verdad, que al principio no nos dejaba ni a sol ni ni a sombra. Nosotras, por vernos libres de él, le dábamos unas pesetinas de las pocas que llevábamos para que se las fuese a gastar en lo que más le apeteciera y así podíamos bailar a nuestras anchas. Nos volvíamos a reunir con él, justo a la hora que habíamos quedado de regresar a casa. Por supuesto que si nos preguntasen, diríamos que habíamos estado todo el tiempo los tres juntos. Él colaboraba y nunca dijo "esta boca es mía".
La cabaña donde vivíamos en Las Melendreras era pequeñina , toda ella de piedra. En la fachada principal que daba al sur, dejaba entrar el sol por la puerta de entrada, de dos hojas, la parte baja que solía estar cerrada cuando no estábamos por allí cerca, para que no entrasen los animales , y la parte alta llamada cuarterón que permanecía casi siempre abierta para que el sol calentase el interior y el viento ventilase y a la vez contribuyese a secar el queso de la triguera. Teníamos una cama de hierro grande y un colchón de porreta, en el suelo. En unas tablas que mi padre había puesto, colocábamos la escasa ropa que allí disponíamos. De unas puntas clavadas en la viga colgábamos las perchas con las prendas de vestir.
Para cocinar había cuatro ladrillos puestos en el suelo, entre los que se hacía el fuego, bajo la trévede sobre la que colocábamos la tartera o la sartén.
La mesa tanto la usábamos para comer como para que madre elaborara el queso. Para hacerlo usaba la leche recién ordeñada aún caliente en la que añadía el cuayu necesario para que fermentara y lo revolvía bien para que la mezcla estuviese homogénea. Lo dejaba cerca de la lumbre para que se mantuviese la temperatura precisa. Había que estar al tanto y comprobar de vez en cuando si la fermentación había terminado, para lo cual con la hoja del cuchillo marcaba sobre la cuayada una red de líneas que la fragmentaba en trocitos y se extremaba el suero. Disponía sobre la mesa platos hondos y sobre ellos sendos presugos y sus correspondientes arnios que mi padre hacía a golpe de azuela en el período del año que menos trajín tenía. Llenaba de cuayada los arnios y colocaba el segundo presugo para taparlo. Era también costumbre, dependiendo de la cantidad de cuayada que hubiera para elaborar hacer una torre de dos o tres pisos de arnios sobre el mismo plato, sobre el que recudía poco a poco el suero. Se dejaban el tiempo necesario para que recudiese todo el suero y fueran tomando forma. Se les daba la vuelta con frecuencia para favorecer el trasiego hasta el zardu que había colgado de los pontones del techo donde acababan de madurar para llevarlos al mercado el martes siguiente o al otro.
También teníamos un pequeño aparador de dos puertas abajo y dos basares arriba que hacía las veces de alacena. El piso de la cabaña estaba hecho con tablas anchas de castaño, oscurecidas por el uso de los años. Al lado de la puerta había una pasera de piedra donde poníamos el espejo, el peine y el jabón y, colgada de un gancho, la toalla.
De lado, en otra piedra a modo de poyo, teníamos una palangana para lavar cara y manos. El baño completo se hacía en privado dentro de la cuadra en una batea grande de cinc.
No había comodidades, pero andábamos limpios. ¡A buena parte con mi madre! La cabaña siempre estaba limpia. La barríamos y la fregábamos a diario. Incluso el muráu se barría todos los días con el escobón de terenos.
No todo era trabajar; también teníamos nuestros momentos de ocio. Por las noches, recuerdo que mi madre cantaba canciones como "Por una triste peineta" o aquélla que empieza, "El que robó la portilla" Mi preferida era la que dice:
"Somos pastores
venimos cantando del alto puerto,
vale más cantar a voces
que murmurar en secreto". Y esta otra:
"A la entrada de este pueblo
cantemos una tonada
para que diga la gente
ya vienen los que faltaban".
Mi padre también cantaba con ella , según me contaron mis hermanos que al ser mayores que yo los recuerdan más jóvenes. Nunca le molestaba que cantásemos, aunque el se fuese a dormir.
Recuerdo bien que los martes le comprábamos en Llanes el "ABC" y "EL PUEBLO". Para mí aquellas hojas sueltas que traían coplas como: "Mi ovejita Lucera" , "Clavelitos" o "La Campanera", entre un sinfín de ellas que eran actualidad en la radio. Yo en aquel tiempo cantaba mucho por Los Cuetos de Porrúa, El Cuetu La Catalina, y por todos los sitios donde cuidaba el rebaño. Con la hermana que más conviví fue con Socorro, aunque ella se casó cuando yo tenía tan sólo ocho años recién cumplidos. Ella me enseñó a bailar en el muráu de la cabaña, subida sobre sus pies y cogidas de las manos.
Coleccionaba cromos para los álbumes de "Bambi" y "Marcelino Pan y Vino", que no conseguí completarlos, porque al final, siempre había alguno que escaseaba. También disfruté jugando con aquellas mariquitas recortables de papel que vestía y desvestía para volver a vestirlas a cada momento. Una de ellas, mi preferida, se llamaba Rosa.
Mi padre, los martes, mientras que madre y yo bajábamos al mercado, se encargaba de lavar los arnios y los presugos, hasta dejar la madera como el jaspe. Los ponía a secar encima del tejado de la cabaña a que les diera el sol y el aire para tenerlos preparados para la siguiente elaboración del queso.
Por las mañanas madrugábamos para mecer las ovejas. Llegamos a tener ciento cinco, de ellas, más de setenta, paridas que había que ordeñar antes de soltarlas al pasto. Como en todo rebaño tiene que haber una oveja negra, la nuestra se llamaba "Suiza" que llegó a ser la jefa y guía de todo el rebaño hasta el punto que si no salía ella la primera, no salía ninguna, y siempre iban detrás de ella. Cuando parió una cordera, la bautizamos como "Lucera". Otras que ahora recuerde eran la "Cara Rubia", la "Liebre", la "Rabuca". Fue mi hermano Pepe quien se encargó de bautizarlas, pues estuvo más años que yo con ellas. La trasquila la hacían entre mi padre y Pepe dos veces al año, por junio y por septiembre.
Nunca hilamos ni tejimos la lana; lo vendíamos en el mercado de Posada. Íbamos andando mi madre y yo, por la Mañanga, cargadas con un saco cada una sobre la cabeza. Recuerdo que calentaba mucho y había que darle vuelta al rueñu cada poco tiempo. Nada más llegar al mercado, nos lo quitaban de las manos por la calidad que tenía y lo limpia que iba. Mi madre me compraba un bocadillo de queso picón que me sabía a gloria. Cuando hacía falta, con el dinero de la venta, me compraba unos zapatos o un vestido, según la necesidad más urgente.
Para lavar la ropa íbamos al río La Retuerta donde había un pozo adecuado y corría bien el agua. Buscábamos una llábana sobre la que se pudiera frotar bien la ropa. Debajo de las rodillas poníamos el "rueñu" y una manta de helechos. Al principio iba con mi madre, hasta que aprendí y entonces iba yo sola.
Cuando regresaba a la cabaña, mi madre lo tendía encima de los murios y lo revisaba por si había alguna prenda mal lavada. Entonces me hacía volver al río con ello. Así fue como nos enseñó a todas las hermanas.
Teníamos tres o cuatro vacas. La primera que yo conocí fue la "Palmera". Era de color claro y bastante vieja, pero muy buena y además siempre paría una jatina. Las otras se llamaban "Estrella", "Boliviana", "Sevillana", de entre las que ahora soy a recordar.
Cuando cumplí los quince años mi padre se deshizo de las ovejas. Se me saltaban las lágrimas de la pena que sentía al verlas marchar todas juntas una mañana. Cada animal tenía su nombre propio, su forma de ser, sus preferencias, costumbres y manías, que las hacía diferentes entre sí, como cualquier ser humano. Le supliqué que no nos deshiciéramos del rebaño que yo me encargaría de cuidarlas.
Me contestó que por desgracia no podíamos tenerlas, porque le faltaba salud y fuerzas para seguir trabajando y tampoco quería para mí la dura vida de pastora.
[ sic. (Lines Noriega Quintana)]
La cabaña donde vivíamos en Las Melendreras era pequeñina , toda ella de piedra. En la fachada principal que daba al sur, dejaba entrar el sol por la puerta de entrada, de dos hojas, la parte baja que solía estar cerrada cuando no estábamos por allí cerca, para que no entrasen los animales , y la parte alta llamada cuarterón que permanecía casi siempre abierta para que el sol calentase el interior y el viento ventilase y a la vez contribuyese a secar el queso de la triguera. Teníamos una cama de hierro grande y un colchón de porreta, en el suelo. En unas tablas que mi padre había puesto, colocábamos la escasa ropa que allí disponíamos. De unas puntas clavadas en la viga colgábamos las perchas con las prendas de vestir.
Para cocinar había cuatro ladrillos puestos en el suelo, entre los que se hacía el fuego, bajo la trévede sobre la que colocábamos la tartera o la sartén.
La mesa tanto la usábamos para comer como para que madre elaborara el queso. Para hacerlo usaba la leche recién ordeñada aún caliente en la que añadía el cuayu necesario para que fermentara y lo revolvía bien para que la mezcla estuviese homogénea. Lo dejaba cerca de la lumbre para que se mantuviese la temperatura precisa. Había que estar al tanto y comprobar de vez en cuando si la fermentación había terminado, para lo cual con la hoja del cuchillo marcaba sobre la cuayada una red de líneas que la fragmentaba en trocitos y se extremaba el suero. Disponía sobre la mesa platos hondos y sobre ellos sendos presugos y sus correspondientes arnios que mi padre hacía a golpe de azuela en el período del año que menos trajín tenía. Llenaba de cuayada los arnios y colocaba el segundo presugo para taparlo. Era también costumbre, dependiendo de la cantidad de cuayada que hubiera para elaborar hacer una torre de dos o tres pisos de arnios sobre el mismo plato, sobre el que recudía poco a poco el suero. Se dejaban el tiempo necesario para que recudiese todo el suero y fueran tomando forma. Se les daba la vuelta con frecuencia para favorecer el trasiego hasta el zardu que había colgado de los pontones del techo donde acababan de madurar para llevarlos al mercado el martes siguiente o al otro.
También teníamos un pequeño aparador de dos puertas abajo y dos basares arriba que hacía las veces de alacena. El piso de la cabaña estaba hecho con tablas anchas de castaño, oscurecidas por el uso de los años. Al lado de la puerta había una pasera de piedra donde poníamos el espejo, el peine y el jabón y, colgada de un gancho, la toalla.
De lado, en otra piedra a modo de poyo, teníamos una palangana para lavar cara y manos. El baño completo se hacía en privado dentro de la cuadra en una batea grande de cinc.
No había comodidades, pero andábamos limpios. ¡A buena parte con mi madre! La cabaña siempre estaba limpia. La barríamos y la fregábamos a diario. Incluso el muráu se barría todos los días con el escobón de terenos.
No todo era trabajar; también teníamos nuestros momentos de ocio. Por las noches, recuerdo que mi madre cantaba canciones como "Por una triste peineta" o aquélla que empieza, "El que robó la portilla" Mi preferida era la que dice:
"Somos pastores
venimos cantando del alto puerto,
vale más cantar a voces
que murmurar en secreto". Y esta otra:
"A la entrada de este pueblo
cantemos una tonada
para que diga la gente
ya vienen los que faltaban".
Mi padre también cantaba con ella , según me contaron mis hermanos que al ser mayores que yo los recuerdan más jóvenes. Nunca le molestaba que cantásemos, aunque el se fuese a dormir.
Recuerdo bien que los martes le comprábamos en Llanes el "ABC" y "EL PUEBLO". Para mí aquellas hojas sueltas que traían coplas como: "Mi ovejita Lucera" , "Clavelitos" o "La Campanera", entre un sinfín de ellas que eran actualidad en la radio. Yo en aquel tiempo cantaba mucho por Los Cuetos de Porrúa, El Cuetu La Catalina, y por todos los sitios donde cuidaba el rebaño. Con la hermana que más conviví fue con Socorro, aunque ella se casó cuando yo tenía tan sólo ocho años recién cumplidos. Ella me enseñó a bailar en el muráu de la cabaña, subida sobre sus pies y cogidas de las manos.
Coleccionaba cromos para los álbumes de "Bambi" y "Marcelino Pan y Vino", que no conseguí completarlos, porque al final, siempre había alguno que escaseaba. También disfruté jugando con aquellas mariquitas recortables de papel que vestía y desvestía para volver a vestirlas a cada momento. Una de ellas, mi preferida, se llamaba Rosa.
Mi padre, los martes, mientras que madre y yo bajábamos al mercado, se encargaba de lavar los arnios y los presugos, hasta dejar la madera como el jaspe. Los ponía a secar encima del tejado de la cabaña a que les diera el sol y el aire para tenerlos preparados para la siguiente elaboración del queso.
Por las mañanas madrugábamos para mecer las ovejas. Llegamos a tener ciento cinco, de ellas, más de setenta, paridas que había que ordeñar antes de soltarlas al pasto. Como en todo rebaño tiene que haber una oveja negra, la nuestra se llamaba "Suiza" que llegó a ser la jefa y guía de todo el rebaño hasta el punto que si no salía ella la primera, no salía ninguna, y siempre iban detrás de ella. Cuando parió una cordera, la bautizamos como "Lucera". Otras que ahora recuerde eran la "Cara Rubia", la "Liebre", la "Rabuca". Fue mi hermano Pepe quien se encargó de bautizarlas, pues estuvo más años que yo con ellas. La trasquila la hacían entre mi padre y Pepe dos veces al año, por junio y por septiembre.
Nunca hilamos ni tejimos la lana; lo vendíamos en el mercado de Posada. Íbamos andando mi madre y yo, por la Mañanga, cargadas con un saco cada una sobre la cabeza. Recuerdo que calentaba mucho y había que darle vuelta al rueñu cada poco tiempo. Nada más llegar al mercado, nos lo quitaban de las manos por la calidad que tenía y lo limpia que iba. Mi madre me compraba un bocadillo de queso picón que me sabía a gloria. Cuando hacía falta, con el dinero de la venta, me compraba unos zapatos o un vestido, según la necesidad más urgente.
Para lavar la ropa íbamos al río La Retuerta donde había un pozo adecuado y corría bien el agua. Buscábamos una llábana sobre la que se pudiera frotar bien la ropa. Debajo de las rodillas poníamos el "rueñu" y una manta de helechos. Al principio iba con mi madre, hasta que aprendí y entonces iba yo sola.
Cuando regresaba a la cabaña, mi madre lo tendía encima de los murios y lo revisaba por si había alguna prenda mal lavada. Entonces me hacía volver al río con ello. Así fue como nos enseñó a todas las hermanas.
Teníamos tres o cuatro vacas. La primera que yo conocí fue la "Palmera". Era de color claro y bastante vieja, pero muy buena y además siempre paría una jatina. Las otras se llamaban "Estrella", "Boliviana", "Sevillana", de entre las que ahora soy a recordar.
Cuando cumplí los quince años mi padre se deshizo de las ovejas. Se me saltaban las lágrimas de la pena que sentía al verlas marchar todas juntas una mañana. Cada animal tenía su nombre propio, su forma de ser, sus preferencias, costumbres y manías, que las hacía diferentes entre sí, como cualquier ser humano. Le supliqué que no nos deshiciéramos del rebaño que yo me encargaría de cuidarlas.
Me contestó que por desgracia no podíamos tenerlas, porque le faltaba salud y fuerzas para seguir trabajando y tampoco quería para mí la dura vida de pastora.
[ sic. (Lines Noriega Quintana)]
martes, 25 de febrero de 2014
30.- Con otra mirada
"Mi amiga de la infancia, era muy buena. Recuerdo con claridad el día que llegó con sus padres y hermanos para vivir en la casería de Los Carriles, a kilómetro y medio aproximadamente de Parres.
Como todos los días, subíamos mi madre y yo del pueblo al sitio "Las Melendreras", medio kilómetro más adelante, donde teníamos el ganado. Al llegar justo al lado de la casa, se asomaron por entre los barrotes de la portilla a saludarnos una niña como de mi misma edad y un niño, algo más pequeño. Ambos llevaban parecidos abrigos de color azul marino.
Mi madre les dijo que saliesen para que viéramos lo guapos que eran.
Aurorita, que así se llamaba la niña, nos aclaró sin que nadie se lo pidiese que venían de Tornín, un pueblo de Cangas de Onís y que ella tenía seis años y su hermano José Manuel, tan sólo cuatro.
-Tienes la misma edad de Angelines - le dijo mi madre señalándome. - Estoy segura que llegaréis a ser grandes amigas.
Así recuerdo que fue nuestro primer encuentro. Éramos aún muy pequeñas para andar al libre albedrío por aquel entorno aislado y alejado del pueblo. Pasado un tiempo, de tanto encontrarnos por los caminos de la Mañanga, fuimos fortaleciendo una gran amistad.
1.- Los inicios en la escuela
Cuando comenzamos a la escuela, a ella, por quedarle más cerca, la matricularon en la Escuela de la Pereda y a mí en la de Parres, pero de esto hablaré renglón aparte.
Yo fui, para eso de la escolarización, un caso serio. Cuando llegó el día de comenzar las clases me llevó mi madre a la escuela, casi tirando de mí, como corderina que llevan al ofrecimiento de Santa Marina. Pero fue en vano, esa vez y otras más que lo volvió a intentar. Siempre regresaba conmigo para casa.
Cuando ya hube cumplido los ocho, convencida más bien por la envidia que me daba ver a las otras niñas acudir tan alegres y contentas camino de la escuela, con cierto aire de suficiencia llevando su maletu de cartón, consentí en tomar las primeras lecciones.
En realidad, las primeras y más importantes lecciones me las había dado mi padre. Con toda la paciencia del mundo me enseñó a leer a la perfección, a escribir, además de sumar y restar.
El primer día, cuando la señorita me hizo una prueba para ubicarme en la sección adecuada, me dijo:
-A partir de mañana, leerás con la Primera Sección.
Para lo demás me dejó con las alumnas de la Tercera, pero fue sólo durante un par de meses, pasado los cuales, me llevó con las de la Segunda definitivamente y en el curso siguiente, para todo me puso en la sección de las mayores.
No asistía con regularidad a la escuela, en la mayor parte del curso. Subíamos para el sitio de Las Melendreras en el mes de marzo por el pastoreo de las ovejas, la cría de los corderinos y la elaboración del queso.
Bajaba al pueblo para las clases de la mañana, pero de tarde, raro era el día que acudiese, por lo que mi cartilla está repleta de faltas de asistencia.
2.- Los trabajos
Así fui creciendo y asistiendo a clase siempre que podía, porque de verdad era mi ilusión estudiar y aprender cosas nuevas. Debía madrugar para llevar el agua desde la fuente a la cabaña y, aunque no era muy larga la distancia, lo hacía con desgana cuando orbayaba o si había caído la rosada por la noche. Era un sendero estrecho cuyas orillas estaban cubiertas de argaña, y helechos que me empapaban el vestido. Acabada la faena, me lavaba con los pocos medios de que disponíamos y también limpiaba la ropa y el calzado.
Después de desayunar recorría los casi dos kilómetros, a pura carrera, por un camino de herradura repleto de charcos cuando llovía y de firme irregular, cargada con el maletu. No había nada que me impidiera ser feliz. Aparte de estudiar y aprender deseaba jugar con otras niñas de mi edad en los recreos. De niña viví con muchas carencias, de eso me doy cuenta ahora que lo tenemos todo, pero tremendamente feliz.
A la salida de clases al mediodía, pasaba por "El Rosal", bar y tienda que tenían al lado de la escuela mis tíos Wences y Serafina, a por el pan del día que tenía que llevarlo de vuelta, justo para la hora de comer.
Como ya dije, era raro que volviese de tarde a las clases, porque siempre me quedaba en la braña a lo que me mandasen y nunca me faltaron cosas que hacer. Ya le había tomado gusto a la escuela y cuando no podía ir por lo menos, de mañana, me rebotaba y acababa llorando por ello.
Según fui creciendo, las faltas a clase también crecieron, porque mi ayuda no sólo era necesaria, sino imprescindible en el cuidado del rebaño de ovejas y de las vacas que teníamos. Aparte del pastoreo, me ocupaba de la leña para atizar la cocina con la que preparábamos las comidas y calentábamos la fría y rústica estancia en la que vivíamos.
Tendría a lo sumo, diez u once años cuando comencé a bajar con madre al mercado de los martes en Llanes, donde vendíamos el queso fresco del día anterior y el curado que íbamos apartando a medida que maduraba durante el resto de la semana. De camino, lo repartíamos por algunas casas de Parres y Pancar, de forma que se había aliviado el peso cuando llegábamos a la villa.
El regreso del mercado era estupendo, porque subíamos con la triguera llena de comestible y nunca me faltaba alguna que otra llambionada para mí.
3.- Los juegos
En Las Melendreras tenía mis juegos y aficiones con las que disfrutaba.
Con la llegada del buen tiempo, a final de la primavera y comienzos del verano, los prados comenzaban a cubrirse de un manto amarillo por abundancia flores del diente de león y las del botón de oro, a la que decíamos la flor del grillo. Cuando el sol dominaba las pendientes de las fincas, una explosión monótona de estridulaciones alegraba la braña. Buscaba el hoyo que creía estar habitado y me paraba a prudente distancia a esperar que saliera su cantarín morador y no tardaba, atraído por el canto de los demás grillos que no habían percibido mis pasos. Contenía la respiración hasta verlo salir y levantaba un pie, pero cuando lo posaba, con todo el cuidado, escuchaba el chasquido al plegar sus alas y volvía a meterse en su cueva.
Corrí decepcionada donde padre y le pedí que me ayudase a capturar tan sólo uno. Dotado de una gran paciencia conmigo, como ya dije, me acompañó en aquella aventura. Me enseñó cómo debía acercarme a la covacha de forma que el viento viniese desde esa dirección, para que no llegasen antes noticias de mis pasos sobre la hierba ni los latidos de mi corazón ansioso por llegar.
Padre eligió una hierba muy fina y se tumbó por detrás de la cueva. La hizo girar rítmicamente con lento vaivén entre las yemas de sus dedos índice y pulgar. Al poco tiempo, con el cosquilleo de la hierba, padre lo sacó y me lo dejó en el hueco de mis manos.
Por marzo, los pájaros hacen sus nidos. Mi padre, que previamente los tenía localizados, me daba pistas para que yo los cutiera, pero sólo los que quedaban en alto, no a mi alcance, pues opinaba que había que dejarlos tranquilos para que hicieran la puesta en abril. Ni se les debían quitar los huevos ni molestarlos para que güeraran y saliesen del huevo a primeros de mayo. En junio estaban preparados para iniciar el vuelo.
Me lo decía así:
- "Por marzu, niarzu;
n'abril, güeveril;
en mayu, pajarayu
y per San Xuan,
cóxelos pel rau
que te se van".
Mi padre, no me cansaré de repetirlo, tenía mucha paciencia y todo lo que yo le pedía, si estaba de su mano, con muy buena cara me lo concedía. Por la noche, me ayudaba con los deberes de la escuela, alumbrados por el candil de aceite y una vela. Años después, compramos un carburo que alumbraba mucho mejor y nos daba la sensación de que fuese luz eléctrica como la que teníamos en el pueblo.
Tenía mi propio jardín donde ponía todo tipo de plantas que conseguía de aquí y de allá y un pequeño huerto en el que plantaba maíz, alubias, garbanzos y lentejas. Eran tan sólo unas plantas de cada especie con las que yo disfrutaba viéndolas cómo se desarrollaban y sufría si las veía comidas por los caracoles.
Estaba deseando que ladrara el Churchil, porque era señal de que pasaba alguien de Parres o de Porrúa con el ganado, pues solían pararse a hablar con mi padre y así teníamos un rato de buena compañía.
Todos los días, subía tío Wences el del Rosal a contarle las noticias escuchadas en el "Parte de la Radio" de la noche anterior. Tío Wences era muy cariñoso conmigo y me quería mucho.
Me crié en ese ambiente idílico en el disfrute de la naturaleza y la compañía de mi padre.
Pasé pena cuando, con trece años, me dieron el Certificado de Estudios Primarios. Había obtenido muy buena nota, pero con él, se me cerraron para siempre las puertas la Escuela.
Me hubiese gustado continuar estudiando, pero no siempre se puede. La maestra habló al respecto con mis padres y les dijo que era buena pena que no siguiese estudios. Se ofreció a darme gratuitamente clases particulares en su casa, los días que pudiese acudir para prepararme para el examen del Ingreso de Bachillerato, que abría sus aulas en el nuevo Instituto, aquel mismo año de 1962, en Llanes.
Sabía sobradamente que tampoco iba a poder bajar con regularidad al Instituto, pues ya entonces mi padre no gozaba de buena salud y nuestro hermano, unos años mayor que yo, se había ido a trabajar fuera con lo que yo me quedé sola en casa para ayudar a los padres.
Padre me repitió la mucha pena que sentía de no poder hacer algo por mí, tanto más porque valía para estudiar. Mi gran ilusión hubiese sido hacerme Maestra, pero por estas cosas, nunca se me llegó a cumplir."
(L. Noriega Quintana. De su libro, "Las Melendreras")
Como todos los días, subíamos mi madre y yo del pueblo al sitio "Las Melendreras", medio kilómetro más adelante, donde teníamos el ganado. Al llegar justo al lado de la casa, se asomaron por entre los barrotes de la portilla a saludarnos una niña como de mi misma edad y un niño, algo más pequeño. Ambos llevaban parecidos abrigos de color azul marino.
Mi madre les dijo que saliesen para que viéramos lo guapos que eran.
Aurorita, que así se llamaba la niña, nos aclaró sin que nadie se lo pidiese que venían de Tornín, un pueblo de Cangas de Onís y que ella tenía seis años y su hermano José Manuel, tan sólo cuatro.
-Tienes la misma edad de Angelines - le dijo mi madre señalándome. - Estoy segura que llegaréis a ser grandes amigas.
Así recuerdo que fue nuestro primer encuentro. Éramos aún muy pequeñas para andar al libre albedrío por aquel entorno aislado y alejado del pueblo. Pasado un tiempo, de tanto encontrarnos por los caminos de la Mañanga, fuimos fortaleciendo una gran amistad.
1.- Los inicios en la escuela
Cuando comenzamos a la escuela, a ella, por quedarle más cerca, la matricularon en la Escuela de la Pereda y a mí en la de Parres, pero de esto hablaré renglón aparte.
Yo fui, para eso de la escolarización, un caso serio. Cuando llegó el día de comenzar las clases me llevó mi madre a la escuela, casi tirando de mí, como corderina que llevan al ofrecimiento de Santa Marina. Pero fue en vano, esa vez y otras más que lo volvió a intentar. Siempre regresaba conmigo para casa.
Cuando ya hube cumplido los ocho, convencida más bien por la envidia que me daba ver a las otras niñas acudir tan alegres y contentas camino de la escuela, con cierto aire de suficiencia llevando su maletu de cartón, consentí en tomar las primeras lecciones.
En realidad, las primeras y más importantes lecciones me las había dado mi padre. Con toda la paciencia del mundo me enseñó a leer a la perfección, a escribir, además de sumar y restar.
El primer día, cuando la señorita me hizo una prueba para ubicarme en la sección adecuada, me dijo:
-A partir de mañana, leerás con la Primera Sección.
Para lo demás me dejó con las alumnas de la Tercera, pero fue sólo durante un par de meses, pasado los cuales, me llevó con las de la Segunda definitivamente y en el curso siguiente, para todo me puso en la sección de las mayores.
No asistía con regularidad a la escuela, en la mayor parte del curso. Subíamos para el sitio de Las Melendreras en el mes de marzo por el pastoreo de las ovejas, la cría de los corderinos y la elaboración del queso.
Bajaba al pueblo para las clases de la mañana, pero de tarde, raro era el día que acudiese, por lo que mi cartilla está repleta de faltas de asistencia.
2.- Los trabajos
Así fui creciendo y asistiendo a clase siempre que podía, porque de verdad era mi ilusión estudiar y aprender cosas nuevas. Debía madrugar para llevar el agua desde la fuente a la cabaña y, aunque no era muy larga la distancia, lo hacía con desgana cuando orbayaba o si había caído la rosada por la noche. Era un sendero estrecho cuyas orillas estaban cubiertas de argaña, y helechos que me empapaban el vestido. Acabada la faena, me lavaba con los pocos medios de que disponíamos y también limpiaba la ropa y el calzado.
Después de desayunar recorría los casi dos kilómetros, a pura carrera, por un camino de herradura repleto de charcos cuando llovía y de firme irregular, cargada con el maletu. No había nada que me impidiera ser feliz. Aparte de estudiar y aprender deseaba jugar con otras niñas de mi edad en los recreos. De niña viví con muchas carencias, de eso me doy cuenta ahora que lo tenemos todo, pero tremendamente feliz.
A la salida de clases al mediodía, pasaba por "El Rosal", bar y tienda que tenían al lado de la escuela mis tíos Wences y Serafina, a por el pan del día que tenía que llevarlo de vuelta, justo para la hora de comer.
Como ya dije, era raro que volviese de tarde a las clases, porque siempre me quedaba en la braña a lo que me mandasen y nunca me faltaron cosas que hacer. Ya le había tomado gusto a la escuela y cuando no podía ir por lo menos, de mañana, me rebotaba y acababa llorando por ello.
Según fui creciendo, las faltas a clase también crecieron, porque mi ayuda no sólo era necesaria, sino imprescindible en el cuidado del rebaño de ovejas y de las vacas que teníamos. Aparte del pastoreo, me ocupaba de la leña para atizar la cocina con la que preparábamos las comidas y calentábamos la fría y rústica estancia en la que vivíamos.
Tendría a lo sumo, diez u once años cuando comencé a bajar con madre al mercado de los martes en Llanes, donde vendíamos el queso fresco del día anterior y el curado que íbamos apartando a medida que maduraba durante el resto de la semana. De camino, lo repartíamos por algunas casas de Parres y Pancar, de forma que se había aliviado el peso cuando llegábamos a la villa.
El regreso del mercado era estupendo, porque subíamos con la triguera llena de comestible y nunca me faltaba alguna que otra llambionada para mí.
3.- Los juegos
En Las Melendreras tenía mis juegos y aficiones con las que disfrutaba.
Con la llegada del buen tiempo, a final de la primavera y comienzos del verano, los prados comenzaban a cubrirse de un manto amarillo por abundancia flores del diente de león y las del botón de oro, a la que decíamos la flor del grillo. Cuando el sol dominaba las pendientes de las fincas, una explosión monótona de estridulaciones alegraba la braña. Buscaba el hoyo que creía estar habitado y me paraba a prudente distancia a esperar que saliera su cantarín morador y no tardaba, atraído por el canto de los demás grillos que no habían percibido mis pasos. Contenía la respiración hasta verlo salir y levantaba un pie, pero cuando lo posaba, con todo el cuidado, escuchaba el chasquido al plegar sus alas y volvía a meterse en su cueva.
Corrí decepcionada donde padre y le pedí que me ayudase a capturar tan sólo uno. Dotado de una gran paciencia conmigo, como ya dije, me acompañó en aquella aventura. Me enseñó cómo debía acercarme a la covacha de forma que el viento viniese desde esa dirección, para que no llegasen antes noticias de mis pasos sobre la hierba ni los latidos de mi corazón ansioso por llegar.
Padre eligió una hierba muy fina y se tumbó por detrás de la cueva. La hizo girar rítmicamente con lento vaivén entre las yemas de sus dedos índice y pulgar. Al poco tiempo, con el cosquilleo de la hierba, padre lo sacó y me lo dejó en el hueco de mis manos.
Por marzo, los pájaros hacen sus nidos. Mi padre, que previamente los tenía localizados, me daba pistas para que yo los cutiera, pero sólo los que quedaban en alto, no a mi alcance, pues opinaba que había que dejarlos tranquilos para que hicieran la puesta en abril. Ni se les debían quitar los huevos ni molestarlos para que güeraran y saliesen del huevo a primeros de mayo. En junio estaban preparados para iniciar el vuelo.
Me lo decía así:
- "Por marzu, niarzu;
n'abril, güeveril;
en mayu, pajarayu
y per San Xuan,
cóxelos pel rau
que te se van".
Mi padre, no me cansaré de repetirlo, tenía mucha paciencia y todo lo que yo le pedía, si estaba de su mano, con muy buena cara me lo concedía. Por la noche, me ayudaba con los deberes de la escuela, alumbrados por el candil de aceite y una vela. Años después, compramos un carburo que alumbraba mucho mejor y nos daba la sensación de que fuese luz eléctrica como la que teníamos en el pueblo.
Tenía mi propio jardín donde ponía todo tipo de plantas que conseguía de aquí y de allá y un pequeño huerto en el que plantaba maíz, alubias, garbanzos y lentejas. Eran tan sólo unas plantas de cada especie con las que yo disfrutaba viéndolas cómo se desarrollaban y sufría si las veía comidas por los caracoles.
Estaba deseando que ladrara el Churchil, porque era señal de que pasaba alguien de Parres o de Porrúa con el ganado, pues solían pararse a hablar con mi padre y así teníamos un rato de buena compañía.
Todos los días, subía tío Wences el del Rosal a contarle las noticias escuchadas en el "Parte de la Radio" de la noche anterior. Tío Wences era muy cariñoso conmigo y me quería mucho.
Me crié en ese ambiente idílico en el disfrute de la naturaleza y la compañía de mi padre.
Pasé pena cuando, con trece años, me dieron el Certificado de Estudios Primarios. Había obtenido muy buena nota, pero con él, se me cerraron para siempre las puertas la Escuela.
Me hubiese gustado continuar estudiando, pero no siempre se puede. La maestra habló al respecto con mis padres y les dijo que era buena pena que no siguiese estudios. Se ofreció a darme gratuitamente clases particulares en su casa, los días que pudiese acudir para prepararme para el examen del Ingreso de Bachillerato, que abría sus aulas en el nuevo Instituto, aquel mismo año de 1962, en Llanes.
Sabía sobradamente que tampoco iba a poder bajar con regularidad al Instituto, pues ya entonces mi padre no gozaba de buena salud y nuestro hermano, unos años mayor que yo, se había ido a trabajar fuera con lo que yo me quedé sola en casa para ayudar a los padres.
Padre me repitió la mucha pena que sentía de no poder hacer algo por mí, tanto más porque valía para estudiar. Mi gran ilusión hubiese sido hacerme Maestra, pero por estas cosas, nunca se me llegó a cumplir."
(L. Noriega Quintana. De su libro, "Las Melendreras")
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