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lunes, 12 de octubre de 2015

107.- Último curso del Bachiller

Un curso más en las aulas del instituto, el último para completar el Bachiller Sperior, condición exigida para acceder según el Plan de 1967 a las Escuelas de Magisterio, que era la meta que me había propuesto ya hacía un año, en la que me ratifiqué por los ánimos que al respecto me dio mi amigo Armando Romano Gutiérrez. Ese curso, 1968/69, él iniciaba el primer curso de Magisterio en la Escuela Normal de Oviedo y, en los períodos de vacaciones que coincidíamos por Llanes, me hablaba largo y tendido tanto de las asignaturas como del ambiente de estudios en la capital.   En septiembre, más o menos con el inicio del sexto curso, cumplí los veinte años. Me sentía mayor con respecto al resto de compañeros, aunque no era el único, pues muchos que habían pasado por las mismas circunstancias que las mías habían iniciado estudios, ya cumplidos los dieciséis, en tanto que la mayor parte del alumnado entraba con once como se podía observar en las infantiles filas de los primeros cursos. Por otra parte, en el curso de preparación universitaria conocido entonces como Preu, había quien me superaba en edad, con lo que yo solo me consolaba, pues la entrada en la mayoría de edad se hacía cumplidos los veintiuno. Para las cuestiones laborales bastaba con cumplir catorce y en posesión del certificado de estudios primarios, se podía acceder a un puesto de trabajo tanto en la mina como en cualquier oficina privada o pública. Justo cuando se acababan los ochos años de escolarización, la casi totalidad de mis compañeros de escuela se había enrolados en la marina mercante unos, otros de albañiles, de camareros, de mecánicos, de carpinteros, algunos también en la emigración a Europa que así se decía por parecernos lejana y que no nos incluía, por cuestiones del aislamiento tras la guerra y el régimen que nos atenazó y que en ese momento sus aceradas garras empezaban a flaquearle.  

Dirigía el claustro de profesores del Instituto, D. Rodrigo Grossi que además impartía las clases de Literatura en alguno de las aulas de sexto, que no la mía. En aquel curso tres nuevas figuras se añadieron al elenco de mis profesores, de los que como del resto aproveché las particularidades que me parecieron positivas, obviando las negativas en el supuesto que las hubiese que ya no recuerdo, porque solemos guardar en paño fino las experiencias buenas en tanto que se oscurece y borra por completo de nuestra memoria las malas. Eran estos profesores apreciados por mí tanto por el trato que nos daban como por el carisma de docentes que demostraron en su asignatura, Teófilo Rodríguez Neira, para la Filosofía; Andrés Álvarez Posada para la Física y Venancio en Literatura del cual no soy a recordar los apellidos.  Del primero aprendí no tanto los conceptos filosóficos y de la Historia del conocimiento, como de la forma de enseñar. Hubiera tenido dificultad para escucharle desde el fondo de la clase donde me correspondió sentarme ese curso, si no fuera por el silencio que se producía en el aula desde que entraba cargado con su maletín de piel y varios libros en la otra mano, y el tono bajo de voz, a veces imperceptible, que usaba. Ya el primer día, la ilusión con que nos explicó la etimología del título del libro que teníamos delante, comenzó a labrar en una zona aún sin cultivar de nuestro cerebro ocupado esencialmente por dogmas de fe y gobierno, descubriendo en cada uno de nosotros al pequeño filósofo que llevábamos dentro. Estas clases originaron no pocas discusiones dialécticas entre los compañeros que nos juntábamos para estudiar durante los recreos y en las horas libres por ausencia de algún profesor, yendo y viniendo todo lo largo del paseo San Pedro. D. Teófilo en ocasiones caminaba entre las filas de nuestros pupitres, explicando la lección como lo habían hecho los peripatéticos del viejo Liceo de Atenas, o nos leía en los párrafos más significativos de su lectura, con los que acrecentaba nuestro gusto por la materia. Siempre lo recordé leyendo y sus gestos los haría míos por parecerme positivos tanto para la marcha de la clase como para la formación de mis propios alumnos en la lectura y en la dialéctica.  Con todo este nuevo contenido filosófico, en las clases de D. Manuel Llanes Amor, echábamos un pulso entre la  razón y la fe. Los resultados, por supuesto, no siempre quedaban claros, tal era la inercia con que la religión caminaba por delante y enseñaba que el indispensable requisito para acceder a la primera comunión era el estar en posesión del uso de razón, don que recibíamos con tan sólo cumplir los siete años, pero a pesar de ello, se nos quería guiar hacia el conocimiento exclusivamente por los senderos de la fe, gracia divina, a la que todo el mundo tenía acceso con tal de ser creyente. Evidentemente estas premisas no nos encajaban con los recursos lógicos aprendidos en las clases de Filosofía y suscitaban frecuentes discusiones en las clases del bueno y paciente D. Manuel, quien defendía su tesis con las argumentaciones que le era permitido dar como sacerdote. Aparte de este momento en clase de dura tensión dialéctica, nuestro cura fue una persona cercana a las gentes de la parroquia a la que servía con su ministerio y en sus homilías no escamoteaba tratar también de los temas mundanos, reflexiva y razonadamente. Pienso si se sentía más confiado en su púlpito donde intentaba conciliar las creencias religiosas con las luchas obreras de las Cuencas donde había ejercido en los primeros años de su sacerdocio que en cátedra del instituto, donde estaba más expuesto a la vigilancia del sistema. Yo que lo conocía  primero como feligrés, también como alumno y al final de su tiempo como amigo, puedo decir que era una persona consecuente, íntegra y digna de recordar, como aquí hago. Don Teófilo y D. Manuel, pues, eran dos polos opuestos que, lejos de anularse como dos cargas eléctricas, el arco voltaico entre ellos originado, sirvió para encauzar nuestra forma de ver el mundo al que había que salir una vez abandonado el cascarón. D. Venancio, profesor de Literatura, nos daría todavía otro enfoque, el de la poesía, con lo que tendríamos ya una visión tridimensional del mundo. Un nuevo ojo para andar por la vida, el camino de la belleza; no de la belleza escénica ni escultórica sino la que poseen las cosas más pequeñas e insignificantes, enaltecidas en los textos de don Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca a los que encaminé mis lecturas, tras el comentario en clase de uno de los poemas más trágicos del granadino que es “El llanto por la muerte de Sánchez Mejías”.<<Alma ausente>>:No te conoce el toro ni la higuera, ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce el niño ni la tarde porque te has muerto para siempre. (…) Así fue como alunicé en la parte oculta de la luna, la cara más oscura de nuestra reciente historia de la que, en los libros de texto únicamente se reseñaba a bombo y platillo las gloriosas hazañas bélicas de quien nos gobernaba ad libitum, suyo, con mano férrea y por la gracia de su propio dios. Aparte de las dimensiones cognitiva, religiosa y estética, la cuarta, la del medio físico que nos materializa, nos la mostró D. Andrés con sus amenas clases de Física, que solía adornar magistralmente con el rico anecdotario que tenía dispuesto y que no era sino producto de su vasta experiencia como docente. Hace un tiempo ya cuando sintonizaba en el dial de la radio, el programa “La buena tarde” de la RPA, me llevé la gran sorpresa de escuchar al filósofo en una corta colaboración de quince minutos, los martes. De inmediato, bajo esta misma publicación en mi blog, hice este comentario al que añadí: “Su voz sigue tan suave y tierna, como de algodón e irradia la misma tranquilidad que entonces, la de mi apreciado profesor de Filosofía, D. Teófilo Rodríguez Neira.  Al martes siguiente, cuál sería mi sorpresa cuando la presentadora pregunta por los recuerdos que tiene de su paso por el instituto de Llanes y él responde con la lectura del comentario final que sobre él había yo incluido la semana anterior.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

69.- Primeros profesores

 Revisando la documentación académica de estos años de bachiller, encuentro que Bartolomé Taltavull fue Director en el curso inicial 1962/63; dejó estampada su firma en mi libro de expediente académico en la diligencia de matrícula, exámenes de Ingreso y 1º a los que me presenté por libre en septiembre. Ocupaba la Secretaría D. Eduardo Peralta, además de ser el profesor de Lengua y Latín.
Para el examen de Ingreso tuve a D. Ricardo Ruiz Rabre para el aspecto lingüístico; D. Andrés Álvarez Posada en el área de Ciencias y Matemáticas y D. Manuel Llanes Amor para lo relacionado con el aspecto de la Religión, que había llegado de la parroquia de Langreo a la de Llanes como sacerdote para las parroquias de Parres y Porrúa.
Me resulta complicado desentrañar y menos expresar en estas líneas la cantidad de recuerdos que aún conservo de cada uno de los profesores con quienes estudié tantas horas de mi etapa de la adolescencia. Mucho más complicado resultaría definir las aportaciones particulares de cada uno de ellos que hayan influido, tanto en la personalidad como en la dedicación que elegí en la función docente. Intentaré plasmar aquellos recuerdos que en mí dejaron con leves pinceladas en las que se muestre la parte más humana de cada uno de ellos y con las limitaciones de mi torpe verbo.
De D. José Purón Sotres sólo lo recuerdo en el examen de primero. Me pidió que le dibujara una manzana y yo, con los nervios y las prisas que daba el corto tiempo de que disponíamos para ejecutar el dibujo a lápiz, me parecieron que los resultados se inclinaban más al parecido con una pera, al mostrársela me la jugué al todo o nada y le aclaré que había querido dibujar una mingana.



                                                                D. José Purón Sotres

Pasados tan sólo seis años desde este único encuentro con Purón, casualmente al regreso de la Escuela de Magisterio por la Calle Asturias, me fijo que en el escaparate de una tienda de muebles se anuncia en un caballete uno de sus óleos. Porque estaba cerrado, decido volver de tarde. Me quedaba de pensión en un piso de la prolongación Fray Ceferino, en el piso de Josefina la hermana de Pepín el del Bar “La Gloria”. Me quedaba lejos, pero merecía la pena si tenía la oportunidad de saludar al artista paisano de La Llavandera, en Pancar. Entré y la chica encargada del establecimiento me indicó la escalera que daba al bajo donde se ubicaba la “Sala Nogal”. Allí estaba D. José Purón leyendo. Cuando sintió que alguien bajaba, levantó la vista y contestó a mi saludo. Me presenté como antiguo alumno suyo del dibujo de 1º en el Instituto. Dejó el libro que leía sobre la silla y me siguió en el corto recorrido por la sala mientras me iba explicando los detalles más significativos de cada cuadro. De uno resaltaba la técnica de la pincelada; de otro el paisaje llanisco representado, de todos abundaba en sus recuerdos de juventud por las pomaradas y parajes de Pancar y de la Portilla que tanto le complacían. Con el trato tan amable dispensado me animó a visitar otras salas habituales por la capital. Cerca de allí visitaba periódicamente la sala “Juan Gris”, junto a la Comisaría de la Policía Nacional. Resultaba más interesante aprender del arte pictórico si a la vez tenía la ocasión de charlar con el autor a pie de obra.

En el siguiente curso, primero de mi matrícula oficial, 1963/64 tomaría las riendas de la Dirección del Centro D. Ricardo Ruiz Rabre que continuaría en el cargo hasta el curso 1966/67 cuando hizo el traslado al Instituto Alfonso IX de Oviedo y sería sustituido por D. Francisco Sanz, profesor de Griego, ocupando la Secretaría D. David Ruiz González, además de la plaza como Profesor de Historia. En mi último curso, 68/69, firma como Secretario del Instituto D. Teófilo Rodríguez Neira, profesor de Filosofía.
D. Ángel Boue, fue nuestro profesor de dibujo en tercero. Era otro artista y no lo supe hasta años después que encontré alguna referencia de su obra. Nos hacía gracia su enteca figura que a duras penas soportaba la larga gabardina que le protegía del crudo invierno. Lo recuerdo llegando al instituto en desigual lucha por su poco peso con el vendaval que se había desatado. A su paso por entre las mesas dejaba tras de sí un olor acre a nicotina que sus huesudos y amarillentos dedos delataban a las claras. En clase, como hacían algunos otros profesores, que no digo todos, fumaba y la humareda de los “Ideales” encubría otra que desde los últimos bancos del aula producían dos compañeros que apuraban a medias un “Celta”. El resquicio dejado en el cierre de la ventana hubiera servido para pasar desapercibida la fumata, pero al expeler la saliva que el tabaco les producía lo hicieron a la calle, cerca de la subida lateral por las escalinata. En los pocos segundos necesarios para la caída de un cuerpo sujeto a la Ley de Gravitación Universal, a los que se debe añadir los segundos de asombro y reacción en cualquier persona cuando comprueba indignado que lo que acaba de caer en su calva no es precisamente agua de los canalones, llegaron hasta nuestros oídos los exabruptos del afectado y añadiendo los que se tarda en subir las escalinatas de entrada, cruzar el zaguán y subir de dos en dos los peldaños hasta el segundo piso donde nos encontrábamos, fue lo que tardó en escucharse como el estruendo de un tornado que dejó en nuestra memoria la impronta de un rostro alterado; el del Sr. Plaza, enmarcado en el dintel de la puerta.
D. Ángel que no entendía en un principio la situación, acabó comprendiendo cuando le explicó con detalles desde el principio lo ocurrido al profesor de Gimnasia. Él mismo se percató de la apertura dejada en la única ventana abierta de la clase por la que, a manotazos, los dos alumnos habían intentado reconducir los últimos vestigios del humo y colilla. Sin dudarlo, para evitar que el castigo recayese en otro compañero, pues el afectado amenazó con sacar a sorteo de lista a cuatro posibles culpables si alguien no cantaba. Angelín Cue se levantó y confesó haber escupido para deshacerse de los fluidos provocados por el catarro que padecía, mientras emitía sonoros carraspeos y toses que no convencieron demasiado, pues creo recordar que le privaron de las clases varios días y la consiguiente pérdida de puntos de la cartilla de notas. Lo recuerdo con el afecto que todos sentíamos por él y por gestos como este que cuento, que lo hacían ser un buen compañero.
D. Ángel nos había mandado hacer con las pinturas “Dacs” un trabajo para después de las Navidades en el que debíamos plasmar alguna actividad del entorno. Me puse a la tarea con verdadero entusiasmo y sobre una hoja del cuaderno de dibujo representé el torso de un campesino con chaleco y barba de varios días.
Nos lo recogió en la primera clase de enero. Me llamó a la salida de la clase para decirme que le había gustado la plasticidad y el cromatismo tan en consonancia con la adusta figura de “El campesino” como así lo había yo titulado. Me comentó la posibilidad de ir a estudiar a la Academia de S. Fernando, para lo que él se preocuparía de ayudarme con la solicitud de beca y matrícula. Me pidió que lo comentase en casa, como así hice, pero el desconocimiento y la falta de medios, hizo que todo quedase en una anécdota y en un camino por el que no quise andar.