miércoles, 6 de diciembre de 2023

22.- Soñando viajes

El sol tras los cristales del ventanal de mi cuarto arrastraba consigo los últimos retales del sueño que yo intentaba retener. Había quedado solo en la casa, pues padre ya se había marchado al trabajo en la fábrica y madre había ido a llevar las vacas a la finca de las Llastrucas.
Mi habitación era la que mejor orientada estaba, de toda la casa. La ventana de la otra habitación, la de mis padres, estaba orientada al norte y mirando por la ventana, la vista se estrellaba en las encinas del Cuetu Mirador.
Desde la mía, al este, veía la Rectoral y el campanario de la Iglesia. A la misma distancia, pero orientado al sudeste, la vieja casa de Doña Lola, en medio de su huerta tarazana que conservaba el señorío en sus grandes ventanales de cinceladas esquinas y cornisas. Unos metros más lejos, veía el tejado del Palacio de Gregorio, caserón antiguo que conservaba aún las viejas maderas de castaño de los aleros con esa pátina que dan los muchos años que tenía de existencia. A una distancia que no podía apreciar, veía la sierra plana de Purón y Sanroque y, acariciando el cielo, las estribaciones del Cuera.
El limonero plantado junto a la pared, había crecido con rapidez y sus ramas, con los fuertes vientos asurados, arañaban la cal. Había ido con mi padre a buscarlo a la casa de mis tíos, Duardo y Loles, que lo habían encaponado del que tenían junto a la cuadra, en el Jogu Cubil.
Tras la madera veteada de pequeños depósitos de resina en las contraventanas, pasaba un rayo de sol que se reflejaba en la pared del fondo. Me entretenía observando las motas blanquecinas de polvo que volaban cuando movía el cobertor. Las moscas, cual aviones de exploración, revoloteaban el espacio aéreo de mi habitación yendo alguna a aterrizar confiadamente sobre mi brazo. Muchas mañanas, escuchaba, desde la lejanía allegarse el sonido del motor de una avioneta. A pesar de los consejos que mi madre me daba para curar la tos, me tiraba de la cama y calzaba a medio pie las zapatillas para asomarme desde la galería y poder ver los aviones. Avioneta y planeador atados por un cable totalmente visible, surcaban el cielo por encima de la casa. Después de un tiempo, volvía a oírse el motor de la avioneta, de vacío, en dirección a la Cuesta el Cristo de Cue. Buscaba en el cielo el planeador, sin ruido, de fuselaje más estilizado, que hacía giros y se dejaba llevar por las térmicas como una gaviota hasta su punto de partida, que era el de su destino también. Me hubiera hecho ilusión volar en una de esas avionetas, como les había aconsejado en una ocasión a mis padres D. Antonio Celorio, nuestro médico de familia, para curarme los bronquios.
La tos se me había acentuado con el fresco de la mañana que entraba por los cristales rotos de la galería. Escuché los tazos de las madreñas de mi madre que se acercaba por la conchuca. Volví a la cama y me tapé con la manta para disimular y no contesté a las primeras llamadas que me hacía desde la portilla del huerto. Siempre encontraba algún detalle de mis incursiones fuera del lecho y yo confesaba con una sonrisa mientras dejaba de hacerme el dormido. Me recomponía la cama y removía la lana del colchón para rellenar los hoyos por donde sentía los muelles del somier. Me daba el desayuno y después me pasaba la mañana leyendo del libro que ellos leían en las noches y del que yo me había perdido el final.
En casa no teníamos libros como hoy se tienen. Mi madre se abastecía de ellos en casa de Teresa Junco, la del Curru, que ponía a nuestro alcance su abundante fondo bibliotecario. El primer paso con un libro que llegaba consistía en vestirle con el papel de estraza traído del Chispún en alguna compra. Lo poníamos en el armario de la sala, junto a la palmatoria con la que se leía, la mayoría de las noches, por avería o tormenta. Así llegaron a mis manos obras como “El Conde de Montecristo”, “Los Tres Mosqueteros” de Alexandre Dumas o las hazañas y andanzas de José María “El Tempranillo”, posiblemente, en una traducción de la obra original de Prosper Merimée.
Los primeros libros que me afianzarían en la lectura, aparte de los que en la escuela solíamos leer los viernes por la tarde, como "Viaje por España", El Quijote y otros más de obligada lectura fueron los de Marcial Lafuente Estefanía. Sus cortos diálogos y las descripciones de aquellos inhóspitos parajes del Wester americano hacían que me gustasen. Los argumentos siempre eran los mismos y básicamente consistía en el regreso al pueblo de un vaquero desconocido, que venía a librar a sus gentes del que les atenazaba y por medio siempre había una chica que solía ser cuando poco la sobrina del tirano. Lo que no sabía entonces es que el autor se pudría en una cárcel y escribía sus novelas como podía en los papeles que encontraba. Nadie conocía el verdadero sentir de estas narraciones que decían “literatura barata”.

Comenzaba a sonar el nombre de una escritora de Gijón: Corín Tellado. Por agosto del año 1958, para ser exacto, vino a casa de mis primas, Bego y Tere que también vivían en Gijón, una sobrina suya de nombre Corín. Se había vestido de aldeana lo mismo que mis primas para la Guadalupe. Iniciada la romería, Juan Armando y yo fuimos a sacar a Olga, la hermana de mi amigo y Corín que hacían pareja. Era así la costumbre. Creo que mi primer baile fue un pasodoble tocado por los Panchinos desde la Terraza de la Escuela de la Pereda. Algunas parejas bailaban en el camino, debajo de los castaños. Cogidos por el hombro nos acercamos a ellas, con idéntica idea de bailar con Corín. Cuando ellas se soltaron, tuve la picardía de adelantarme y los dos hermanos acabaron bailando juntos. En la siguiente pieza, cambiamos de pareja. Cerca de nosotros, bailaban sus padres, Juan y Vicentina, que se reían de mi maniobra y de los torpes pasos de baile que debía de dar. Nosotros, en cambio, fijándonos en los suyos, los intentábamos imitar.

Mis padres solían leer algunas noches, ya en su habitación, turnándose y yo seguía atento, desde la mía contigua, al argumento de la novela, hasta quedarme dormido. Estoy seguro que de esa forma nació en mi el gusto por la lectura. Los tebeos me llegaron con bastante posteridad y, como todas las modernidades, causaban recelo para los que se empeñaban en que fuésemos, el día de mañana, personas de provecho.
En el Capitán Trueno, protagonista que le da nombre al tebeo y acompañado de Crispín y Goliath, prestaba ayuda a la sin par y lucida Sigrid, reina de Thule, quien nos hacía soñar por jardines aún desconocidos. TBO, Tío Vivo, DDT, Jaimito, Superpulgarcito, cuánto nos alegraron en nuestra gris infancia. En Hazañas Bélicas los buenos siempre eran los aliados, frente a los alemanes, más torpes en la acción que, sin embargo, si el enfrentamiento era entre ellos y los rusos, resultaban buenísimos y listos. Qué inocencia la nuestra que no veíamos el fondo de las cosas. Llegarían otros protagonistas del cómic como Jabato, Tintín, Supermán, una lista interminable de lecturas que pondrían color a nuestras propias viñetas.

1.- El Chispún

 Solía mandarme madre con encargos al “Chispún”. Aunque repetía mentalmente por el camino la lista de la compra, no era raro que, al llegar a casa, me preguntase por el pimentón al ver en cambio los pequeños envueltos del azafrán que ella no me había encargado. Volvía a recorrer el trayecto hasta la tienda, a por el pimiento, pero gustoso porque Isabel siempre tenía alguna galleta o caramelo para mí. Yo solía pedirle a mi madre caramelos recordándole que Isabel solía regalar caramelos a los niños cuando iban a comprar y no me entraba en la cabeza que no pudiera disponer de ellos al menos algún día que otro. Envueltos en papel de color, parecían salirse de aquellos tarros redondos de cristal con tapa de aluminio sobre el mostrador de la tienda. De Isabel recuerdo siempre el buen humor que para todos tenía.
Parece que la veo abrir las latas del pimentón y sacar de ellas con una paleta el rojizo polvo que echaba en un papel de estraza puesto dentro del plato de la báscula. Después de pesado lo envolvía con la misma delicadeza que un regalo y con tal arte que no se me saliese nada por el camino hasta casa. Anotaba en un cuaderno acotado por nombres de clientes, las respectivas deudas y las fechas y persona que las había originado y aguardaba hasta que nos llegase el dinero para poder pagarle en parte o en su totalidad y sin ningún interés por demora, así era de buena Isabel.
¡Cuántos viejos colmados como el Chispún aún guardarán viejos recuerdos en sus altos anaqueles, respetando un orden y estilo como si obedeciesen a una norma establecida de diseño y disposición en el local! En cajones con la tapa algo inclinada, pienso yo por impedir que persona o animal se subiese a ellas, guardaba las harinas y las legumbres que debíamos escoger en casa antes de echarlas a remojo si queríamos conservar los dientes. En la era, donde se habían puesto a secar al sol, se trillaban con gradias de madera con incrustaciondes de sílex, por lo que no era nada raro encontrarlas.
Eran los tiempos de la posguerra, del hambre y la necesidad y a nada se le hacía ascos.
Recuerdo un tiempo que duró hasta que se acabó el saco de arroz abierto que, al escogerlo sobre el mantel de hule de la mesa, para echar para la cena, encontrábamos piedras de mechero. Padre las guardó en un diminuto sobre de papel rojo encerado en la caja metálica donde tenía la mecha, el algodón, un frasco con gotero para añadir la gasolina al mechero y otros objetos que en conjunto era para mí como un auténtico tesoro.
El colmado
Colgados de tornos de madera y clavos de herrero de los pontones, se exponía al público, toda suerte de cacharros: calderos, lecheras, potas, sartenes, embudos, coladeres, y piñeras para la harina del maíz. También había calzado: katiuscas, corizas de goma, Chirucas, madreñas, unas sin pintar y otras de negro. De la viga principal, bajo el piso superior, colgaban las herramientas de labranza: azadas, gachapos, praderas, guadañas, martillos y yuncas de picar. En rincón, estaban las palas y las trencas. En los anaqueles de la estantería, detrás del mostrador, había diversas cajas de zapatillas “Wamba”, según talla; cajas con mantas, colchas, sábanas, toallas, pañuelos, lencerías, encajes, lanas, medias y calcetines. En otras cajas más pequeñas, etiquetadas con los mismos productos que contenían: botones, automáticos, cremalleras, lorzas y puntillas. Había además una larga lista de lo más surtido en productos de ferretería: puntas, herraduras, clavos de herrar las vacas de tiro, los caballos o los asnos; gomas y tazos herrados para las madreñas, tachuelas y medias lunas para el calzado.
Como ya dije, también disponían del material escolar que precisábamos para todo el curso: gomas, lápices, pizarras y pizarrines, libretas, plumas, plumieres, ferretes, tintas o papel secante además de Catones de lectura y alguna que otra “Enciclopedia Álvarez”.
Tanto Isabel como José y sus hijos Paco, Lelé y Sefu eran afables con los clientes, aunque fuesen también clientes de otros establecimientos. Por aquel tiempo recuerdo como poco otros tres establecimientos, pero en ninguno había la variedad de productos que en el Chispún. Fiaban las compras a la espera de que pasase la quincena, en que pagaba la leche Felipe Concha que recogía Lina Junco en el bajo de la casa; arriba su hermana Serafina Junco tenía también tienda de pan. 
Isabel Cabrera Mendoza, no apremiaba a nadie y anotaba en el cuaderno de los clientes todas las compras que pendiente. Previamente le decía mi madre o yo por encargo de ella:

- Ten la cuenta echada que mañana es San Cobro y te traigo las perras. 

- Sabes de sobra que no hay ninguna prisa; cuando se os arregle - solía decirnos.

- Gracias, Isabel, pero como dice el refrán, "el que pagó descansa... 
- Pero más descansó el que cobró", remataba ella.

Había un dicho muy popular en el pueblo para cuando alguien te pedía compartir una golosina o lo que fuese, si se trataba de quien por contra nunca compartía de lo suyo:
-¿Me das un poco?
- Pues, di "pende". 
- "Pende". 
-"En el Chispún se vende". Pero lo más común era compartir la media onza del "La Cibeles" y un trozo del chusco. Aunque niños, sabíamos distinguir quiénes lo pedían incluso con la mirada, por hambre o necesidad de los auténticos gorrones. 
Cubierta la deuda, a pesar de la demora, siempre añadía a la cesta algún producto como regalo. 
Al fondo de la tienda, estaba la cocina, donde Isabel atendía el pote para la familia y para los maderistas o peones de la cantera que acudían a comer al mediodía. En algunas ocasiones, sus hijos se encargaban de acercarles la comida hasta el mismo trabajo. El chigre corría a cargo de José y cuando servía los porrones o las medias de vino, tiraba de cuchillo para sacar una tira del bacalao salado que colgaba encima del mostrador, o si era un “Sansón” lo acompañaba de algunas galletas. Conocía de sobra, las apetencias de la clientela habitual por lo que servía las mesas sin que le hicieran el pedido; como mucho, "lo de siempre", José.
La bolera o los portales de la escuela eran para mí el paso obligado para ir al Chispún, así que escuchaba cantar la lección o las tablas con aquella monótona cantinela que me hacía anhelar el comienzo para mí de las clases.
Las voces del maestro y su vara restañando sobre el encerado pidiendo silencio, me despertaban del ensueño y continuaba mi camino hasta la tienda.
Del mismo año éramos trece niños y once niñas nacidas en Parres: José Manuel Fernández, marcharía a Sotrondio y Rosi Gutiérrez Martínez, de Corisco iría a la Pereda. Aún quedarían para Parres: María Mar Quintana Fernández del Picu la Concha, Mini Romano Sordo, del Cotaxu, Fernando Quintana Platas y Manuel Junco Arenas, de Sabugosa, Félix Penanes González, de Vallanu, José Sobrino Quintana, Pepín el del Jogu, Josefina Cabrera Fernández y Angelines Noriega Quintana, de D. Diego, Amalina Junco Romano, de Ribaz, Carmelina Sánchez Ríos, de la Concha, Juan Armando Alles Tamés, de La Casona, Marigén Alonso Gómez  y Sefu González Cabrera, de Brañes, Cheles Fernández Fernández y Francisco Tamés Fernández, de Pedrujerrín, Angelines Junco Cabrera, de Coxiguero, José Noriega Santoveña y Salvador Junco Sobrino, de Tamés y yo, de La Caleyona. Dos varones, fallecieron de niños: El hijo de Lili y Nel el de Melia Mendoza y Manuel Fernández de pequeñín, por lo que nunca supe su nombre; Juan Miguel Bilbao Penanes con él compartí barrio y juegos hasta los seis años, hijo de Mª Josefa y Miguel. 
Hubo quien achacó tanto nacimiento a la bendición de Pío XII, pero creo que es mejor achacarlo a la ley de conservación de la especie, después del descalabro que llevó el censo tras la guerra civil, la subsiguiente miseria, el exilio político y la emigración laboral.
La prueba de ello es que con la recuperación de la economía por la emigración y el auge de la construcción e industria se produjo una disminución considerable en las matrículas, hasta el punto de llegar a desaparecer muchas escuelas.
El caso es, que debida a tanta chiquillería, las aulas se veían desbordadas y faltas de espacio para que todos entrásemos a la vez. La solución fue, que para los nacidos con posterioridad al inicio de la clases de septiembre, como era mi caso, tuviésemos que esperar al curso siguiente para la matrícula. Así que yo, moría por estar en la escuela como otros de mi misma edad, pero nacidos con anterioridad al mes de inicio escolar.

Pero, ocurrió que, llegadas las vacaciones de ese mismo verano, regresó de Oviedo al pueblo para disfrutarlas, el que fue mi apreciado y bien recordado primer maestro, Manuel Alonso Gómez. Su madre era Vicentina Gómez Sobrino, la de Generosa y su padre, D. Manuel Alonso Crespo, estaba de maestro en San Roque, pero al que no soy a recordar. Vivían en la casa familiar de Brañes, frente al Chispún el matrimonio con sus hijos: Manolín, Chucho, Elenita, Chenti, Marigén y Mina. La casa quedó cerrada tras la emigración de la familia a Venezuela, en el año 1955. 


lunes, 4 de diciembre de 2023

169.-La coral asturiana

 


Tras la experiencia narrada en el anterior capítulo, la amistad que se generó en particular con el que ostentaba el segundo puesto fue en aumento. Prometí dedicarle esta entrada a él como principal protagonista y ahí va.


Se acercaba la fiesta principal en el pueblo de Tremp, el 15 de agosto, declarada como fiesta “de guardar” obligada para todos. En el calendario aún se la destaca en rojo, pero antes de proseguir con lo propuesto, me siento con la necesidad de aclarar este punto:

«En tales fiestas “nacionales”, a los campesinos que tenían que segar la hierba para dar de comer al ganado, no se les permitía trabajar con la misma libertad que al dueño de un restaurante, bar y similar que trajinaba en las terrazas y ocupando la mitad de las aceras junto al establecimiento. Lo veo normal, pues es un sector que tiene que aprovechar el tirón del verano, sea la fecha que sea. Es una cadena: los productos del campo llegaban al establecimiento a través del mercado de la plaza o servido en directo por los lecheros, pescadores o campesinos.

Pero en algunos casos extremos era el mismo cura quien lo hacía a pesar de que recibía del parroquiano su parte a través del sacristán que una vez al año pasaba por las casas con su medida para recoger diezmos y primicias para tal o cual santo; de las moliendas el molinero extraía una muestra del grano con la maquila para venderlo como harina a las tiendas y también una parte debía entregarla a la parroquia. Ya fuera algún otro chivato que ponía la denuncia en el cuartel, se presentaba la pareja sobre sus enormes caballos, fusil a la espalda en el sitio para imponer una multa de mayor valor que toda la leche que se podía ordeñar en una quincena. 

Me viene al recuerdo el apelativo que le dieron en un pueblo cercano al párroco: “rompesobeos”. 

Para los que no tuvisteis ocasión de conocerlo, el sobeo es una pieza de cuero colocada en el centro del yugo que unce las dos vacas que tiran de la pértiga del carro. 

Tampoco me imagino al cura, cuchillo en mano cortando tan gruesa pieza, por lo que me induce a darle al mote un sentido metafórico.  Vendría a querer decir algo así como entorpecer la faena, o también que alguien se prestase a ejecutarla. Este riesgo obligaba a la víspera doble ración o si no complementarla con heno.»

Mi amigo, solía entonar con su templada voz de bajo, piezas del cancionero asturiano, algunas de ellas en bable en las reuniones que montaba junto a su compañía y a ellas acudí por mi afición a la música con mi inseparable “Preciosa” armónica en el fondo de un bolsillo del pantalón de faena 

Nos comentó su idea que a todos nos pareció estupenda y comenzaron los ensayos. 

En un local de Tremp se representaban obras de teatro, proyecciones de cine, actuaciones musicales y, como viene al caso, también corales en esa autonomía.

Nos dijo que él mismo se encargaría de contactar con los organizadores del evento para ver si tenían un hueco para unos asturianos del campamento.

Tenía ya prevista una lista de canciones que arrancaba con un popurrí en un tono jocoso y hasta picaro que daba pie a otras tonadas. 

Un día antes de la actuación, nos dio la noticia. “Vamos a mostrar nuestra tierrina, así que nadie se nos venga abajo”. Todas las tardes tendremos que ensayar sin faltar.


El día de la actuación, ni qué decir tiene que quien más y quien menos temblábamos como las hojas de un abedul con el menor soplo de aire, por lo que también se le conoce como “temblón” o “tembladera”, en el proscenio mientras escuchábamos las corales catalanas y los efusivos aplausos del educado público.

“Y como cierre a esta actuación coral, tenemos el gusto de escuchar a un grupo de cadetes del campamento Martín Alonso en representación de Asturias”.

Se abrió el telón, se encendieron los focos del fondo del escenario que nos impedían ver a nadie y comenzamos con el popurrí que decía así como con picardía:

“El bonete del cura va por el río/ y el cura va diciendo… paxarines que venís cantando a la orilla de la fuente/ a coyer el trébole, el trébole, /la nueche de san Xuan

san Xuan y la Madalena fueron xuntos a melones/ y en medio del melonar/ san Xuan perdió los… Coxeime esi gatu pintu que vien per la …/ Carretera d’ Avilés, un carreteru cantaba/ al son de los esquilones que su pareja llevaba //”

Tras una lluvia de aplausos entonamos otras piezas del repertorio astur como:

“Fiesta en la aldea”, , “La fuente de la Xana”, “La mina y el mar” y de cierre como era de esperar, nuestro himno “Asturias, patria querida” que más de un espectador coreó.

Cuando se apagaron las luces que nos impedía ver al “respetable”, una señora mayor se nos acercó llorando:

– Mi abuelo paterno era de Gijón. Trabajó en la mina la ´Camocha´ y de niña se la escuchaba cantar a mi padre, por lo que la letra despertó en mí los lejanos años de mi infancia. Muchas gracias, asturianinos.

El director del grupo que se había bajado a darle un abrazo de parte de todos nosotros se subió de un salto al escenario y con un aire hierático nos dio la señal de cantar como teníamos previsto la canción de cierre: el “Asturias, patria querida”. Omito su letra, porque apuesto que no haya rincón en el mundo en el que no se conozca y sea entonada en las farándulas de fiestas, cuando los ánimos se suben. El cierre de cualquier orquesta en las verbenas del verano no debe intentarse sin tocarla y los que aún se tienen de pie la danzan con los brazos en alto y el grito del vocalista al que todos acompañan:

¡Puxa Asturias!

Asina mismo ocurrió en aquella hermosa tierra de Lleida, un quince de agosto del `72.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

170.- La Delegación de Educación y Ciencia

170.- La Delegación de Educación y Ciencia


    D. José García Caso, había estado de maestro en Parres con anterioridad a su último destino en la Escuela Graduada de Llanes. Mis padres solían charlar con él y con su esposa, Angelines Tamés, prima segunda de mi madre, por la parte porruana lleva del apellido Tamés de mi bisabuela Gloria Tamés Gutiérrez.

    Fue D. José a quien yo también acabé tomándole confianza y aprecio. Estuvo uno o varios cursos de maestro en el aula de Parres. Venía caminando junto con su hijo los tres largos kilómetros hasta Llanes. Su siguiente traslado sería a la Escuela Graduada.

    Los temas a tratar con él versaban especialmente sobre los estudios de Magisterio y no faltaría más, sobre las Milicias universitarias que también él había hecho, con la diferencia de que entonces su graduación final había sido la de alférez.

    Llegado el momento que se corresponde con lo aquí tratado, me confirmó lo que a mis oídos había llegado: “llevaban dos largos meses de iniciado en curso y aún no se habían cubierto tres plazas”.

    No había olvidado las recomendación que me había dado un funcionario de la Delegación de Educación, sita entonces en la calle Río San Pedro y solía compartir mesa determinados días en la Pensión Pravia dependiendo de sus horarios de trabajo y de los míos en las aulas.

    Aunque no pueda recordar su nombre, os aseguro que me dijo así, con su lenguaje habitual de persona acostumbrada a pasar a máquina los documentos oficiales que exigían un determinado y acostumbrado vocabulario:

    – “Si ha menester, me tenéis los dos a vuestra disposición en la Secretaría, pues a partir de vuestra graduación, allí tenéis que acudir con harta frecuencia”.


    Con estas palabras se dirigía tanto a mí como a Ramón Sobrino Martínez, el “Poícu” con quien fui compañero de Instituto y de otras dos pensiones previas a las de la P. Pravia. Sus padres, Luisín y Manuela, cuando se topaban con mis padres, hablaban de nosotros y se hicieron grandes amigos.

    Ni corto ni perezoso, haciendo caso a lo aconsejado por D. José García Caso, me presenté en la Secretaría de la Delegación a pedirle ayuda.

    Me aconsejó que esperase unos minutos para ser atendido por la Sra. Secretaria del Sr. Delegado.

    Cuando se abrió la puerta, dijo mi nombre, pues había algunas personas más sentados en los banquillos.

    Después de sacar del archivador una carpeta, me rogó que volviera a la sala, y que ella se ocuparía de llamarme en cuanto hablase del tema con el Delegado Provincial.

    Pasada una media hora que se iba haciendo larga, estaba narrando de nuevo el argumento de mi visita:

    Acabada la carrera de Magisterio como Profesor de E.G.B, obtuve el acceso libre sin oposición al cumplirse en mi expediente las dos normas convenidas en la última ley ministerial de Educación:

    1ª .- No haber suspendido ninguna asignatura durante los tres cursos y 2ª.- Haber entrado en el cupo asignado, que para el presente se veía reducido a 75 plazas.

    Le “rogué”, – esta palabra también era la oficialmente permitida en el lenguaje de las entrevistas con los superiores que así había aprendido en la clase de Prácticas del primer curso.

    Escuchada mi argumentación, hizo una llamada telefónica que aún recuerdo:

    – “De la lista de ocupación de vacantes en la Graduada de Llanes, sustituya una de estas plazas ya adjudicas, pero que están por cubrir, a nombre de...”.

    Del otro extremo del cable telefónico pude escuchar una voz de mujer que argumentaba en contra de esa decisión.

    – “Haga el favor o me veré obligado personalmente a hacerlo”, le escuché decir subiendo la voz con aire de enfado.

    La Jefa del Personal educativo, era la Sra. María Antonia que tenía fama de dura y de conocer sin error por sus caras a los numerosos maestros interinos que a ella acudían, para gestionar sustituciones provisionales o plazas de las más remotas unitarias como las de Ibias, Taramundi, Bulnes o Sotres, algunas de las cuales, escuchado decir a compañeras, en invierno, bajaban a buscarlas a la carretera, con caballo para subirles el equipaje. Recordad el caso del “Marquesito” al que conocí cuando él hacía las prácticas en la Aneja y que narré en una de las entradas anteriores a ésta.

    Los profesores que disponían de las plazas de Llanes habían cursado estudios de alguna de las ingenierías y a buen seguro que estaban disfrutando de mejor destino para sus carreras.

    No recuerdo después del ministro de Educación Villar Palasí que había legislado el llamado “Plan del ´67”, el nombre del ministro que lo sucedió en el siguiente cambio ministerial, introdujo una reforma que afortunadamente no llegó a prosperar. Consistió en cambiar el nombre de profesores por otro más rimbombante, de “Ingeniero Técnico Pedagogo”. Por suerte no prosperó su reforma. Me viene a la memoria otro caso más reciente de ministro al que se le moteó como “Ministro del calendario”.

    Sin dejar pasar más tiempo, me presenté en la escuela de Llanes a sus directores con el nombramiento ya firmado y autorizado antes por la presidenta del consejo escolar en el Ayuntamiento.

    Me destinaron a la única aula mixta, aunque solo había en ella dos niños de los que poco recuerdo al completo sus nombres: uno era Avín, huérfano de padre, su madre pasaba a recogerlo cuando salía de su trabajo en la cocina del Colegio Menor; el otro, un año mayor era hijo del zapatero que tenía el taller o “cubículo” en la Calle Mayor, esquinado con la que nos lleva a la Casa de Cultura y Basílica. Una niña era hija del guardia municipal, Dámaso con el que había trabajo de peón en una obra de La Moría y en la obra de “Los Girasoles” donde estaba también el abuelo; la propietaria del bar “La Amistad”, M.ª José Soberón Ureta, Angeles García Tamés, hija de José García Caso y Ángeles Tamés, sobrina de mi abuela materna Araceli Sobrino Tamés, natural de Porrúa.

    Siento haber extraviado el cuaderno de clases, donde guardaba sus datos.

    Hubiera deseado obtener una de las plazas con la especialidad de Matemáticas, Ciencias Naturales o Física, por ser la que había cursado en el Bachillerato, pero esas estaban ya asignadas y tampoco me importó lo más mínimo.

    Recuerdo el recibimiento de la directora:

    “– Como eres interino, vas a ocupar la plaza mixta de tercero”.

    “– Estupendo, – le contesté.

    (Yo les conocía de verlos caminar del brazo debido a la prótesis de madera con que se movía D. Luis Acebes que tenía de su esposa Pepita Lamarca y su hijo, vivían en un piso frente a la casa de Sousa. Siempre les saludaba y me preguntaban cómo me iba con los estudios y qué pensaba estudiar después del bachiller. “– Quiero ser maestro también”. Ya conté en otra entrada de este blog cuando me presenté a la oposición en el Ayuntamiento para una plaza vacante de Auxiliar administrativo cuando yo trabajaba de peón en la construcción del edificio “Los Girasoles” y que él estaba en el tribunal junto al Alcalde Morales Poo y el Secretario Wenceslao González.

    La otra de las plazas libres fue ocupada por Laureano Díaz Puente de mi promoción, natural de Arriondas, en el concejo de Parres.

    D. Ufano García, daba clases a los más pequeños; D. Luis Acebes enseñaba Lenguaje, D. Manuel Menéndez, (“El carboneru”) a cuarto curso; D. José García, Inglés; uno de mi edad enseñaba Francés (sólo recuerdo que estaba casado con una profesora del Instituto. D. José, que vivía en un piso del edificio de la Plaza. Su madre de apellido Noriega le había dado clases a mi madre, en Parres; yo le di clases de matemáticas a su hijo Juan.

    Entre las profesoras recuerdo a Argentina que había estado de maestra en la Pereda, casada con Raúl Villar; Otra maestra que se quedaba en casa de Aurora González y Eduardo González, uno de los cursos en que a mí daba clases D. Manuel Fernández González de Andrín; estaba casada de los “Cotera”, dueños del molín y central eléctrica de Cagalín; Clara Luz, que actualmente vive en Puertas de Vidiago, había sido maestra en la escuela de San Roque; otra maestra que había dado clases también en Parres a las niñas y en la escuela antigua de Pancar junto a la bolera y Casa Conceju. En este mismo año yo había alquilado un piso en el edificio “Los Girasoles” propiedad de Ramona Gonzalo vecina de Ruenes; en uno de los pisos colindantes vivían dos hermana, una de ellas había estado de maestra en la escuela vieja de Pancar junto a la bolera vieja y después en Parres y daba clases a las niñas y a ella y una hermana las tuve de vecinas.

    En los recreos vigilábamos el patio por turnos semanales. Los niños jugaban al balón en el patio de recreo sorteando un pequeño bosque de salces, tan abundantes en las cunetas de los accesos a la villa. En tanto, las niñas sentadas junto a las escaleras, aprendían costura con las señoritas maestras como era costumbre establecida. Esto no me pareció encajar con lo aprendido en Magisterio, aún cuando en las clases del Colegio de la Gesta se seguían idénticas reglas y lo mismo en la Escuela Normal.

    Una tarde hablé con los padres que vinieron a buscarlas y les comenté la idea de que trajesen la vestimenta y el calzado apropiado. En mi programación, incluí dos horas semanales de ejercicios gimnásticos y juegos en el patio.

    Las maestras observaban desde el altillo de la escalera. Algún día, si llovía en los recreos les enseñaba a jugar al ajedrez con un tablero mío. En el diario de la Voz de Asturias, había una página con una partida propuesta por D. Román Torán. Yo tenía un compañero de magisterio que trabajaba en la imprenta de la Voz de Asturias y le pedí la dirección de correos. No tardé en recibir una carta suya en la que me mandaba las normas del juego y el envíe por paquete de varios tableros con sus respectivas piezas. (La misiva la conservo, pero extraviada entre las hojas de algún libro de los cientos que hay en nuestra biblioteca familiar).

    Siempre me pregunté: “¿Qué habrá sido del envío?”

    Hubo también otros sucesos que he de contar, sin ánimo de crítica, pero sí para que el lector comprenda cómo estaba concebida la enseñanza en esa etapa.

    Como en las clases de Música de magisterio, el profesor nos exigió aprender a tocar la flauta dulce, yo quise dar las clases de música a mis primeros alumnos. Al día siguiente ya habían ido sus padres a comprársela en “El Siglo”. Un día a la semana y en algunos recreos de frío y lluvia, les di las primeras clases de flauta. Se acercaba la Navidad y quería que aprendiesen algunos villancicos. Siento cómo, tras la puerta del aula, alguien escuchaba; la abro de repente y le pregunté por el motivo de su visita.

    Le había colocado por dentro una aldabilla aconsejado por mis colegas cuando les conté para ver si todas las alumnas llevaban puesta la bata y había mandado a una de ellas a buscarla a su casa.

    Se quedaron cortadas cuando al sentir yo el ruido de la puerta, abrí de repente y les pregunté qué les traía por aquí. “Sentimos las flautas y …”

    Pasen, les dije: llega la Navidad y estamos ensayando un villancico.

    Al final del trimestre, para rellenar las cartillas me pidió que fuese de tarde hasta su piso en el edificio “Feigón”. Cuando vio que al menos una treintena larga de alumnos llevaban un sobresaliente, me dice que solamente ella y D. Luis podrían dar sobresaliente a los alumnos de los grados superiores. A lo que le dije que en religión todos llevaban un sobresaliente y ella me puso por ejemplo la misma niña del mandilón ya que su madre no iba a misa.

    Yo le rebatí, me dijo “Veo que eres muy rebelde y eso te va a dar problemas”. D. Luis cuando se vio que estábamos solos, me dijo en confianza: “Ramón, llevo yo muchos años con ella y aún no fui a dominarla”.

    Ya me conocían yendo yo al instituto y me los encontraba caminando lentamente del brazo, con su hijo, hacia su casa y me daban palique y me preguntaron qué pensaba estudiar después del bachillerato. Ya tenía yo muy claro lo que quería ser y se lo conté. Cerca de su casa, teníamos una finca que plantábamos y que posteriormente su dueño, Saturno Gutiérrez González, tío de mi padre se la vendió a la hermana de D. José el cura de Parres y Porrúa. Allí salía a comer mi padre que trabajaba en la Talá.

    D. Luis, había formado parte del tribunal en el Ayuntamiento, al que me presenté estando de peón en el edificio “Los Girasoles”.

    En una visita que tuve que hacer en Cangas de Onís en la oficina del Inspector, D. Juan Noriega, me dijo que “era una señora maestra con una formación más anterior a la mía…”

    Cuando tuve que regresar al servicio de Milicias Universitarias en el Milán, me faltaban apenas dos semanas para dar las notas. Yo cobraba ocho mil pesetas semanales y por dos semanas le pagué 4000 a la esposa de D. José García Caso para que me sustituyera, pues en aquel tiempo, podía hacer la sustitución por causas obligadas a cualquier persona fuese maestra o no, pero con estudios de bachillerato.

    Le dejé también todas las notas finales de los alumnos.

    Al pasar  los quince días contando los domingos y alguna que otra fiesta local y un día le dijo a Ángeles que se fuera para casa.

    Cuando me encontraban las alumnas por la calle, me decían:

    D. Ramón, nos bajó las notas que nos había puesto.

    Seguro que alguna de ellas si leen esto, lo darán por cierto: Mercedes Arias Dorado, Margarita Batalla, M.ª José Soberón Ureta… y muchas que fui encontrando por Llanes y me reconocían como yo a ellas. 

miércoles, 4 de octubre de 2023

83.- La barra del Muelle

Cuando hubimos acabado con el desescombro de aquella casa en la Calle San Agustín que había pertenecido como bien dije a los hermanos Robredo, oriundos de Soberrón, Froilán se aventuró a mandarnos embarrotar los techos del bajo con el fin de lucirlos con argamasa. Se había puesto de moda ocultar la madera natural, por muy noble que fuera ya en castaño como en roble de los viejos edificios para imitar en la restauración el acabado de los nuevos. Nadie sospechaba que pasada la moda, se volvería a restaurar el acabado primitivo, incluso resaltando la acción de las polillas con gubias en las maderas que no las tenían. Bien es cierto que aparecieron en el mercado productos nuevos que acaban con los intrusos y permitían mantener a la vista el trabajo de los carpinteros. Había caído en desuso la cal y el yeso, generalizándose para todo el uso del cemento gris mezclado con una arena de gran ligue de color ocre amarillento, que se servía desde su punto de extracción en la Arenera de Colombres. No obstante, también usábamos la arena sacada de las playas para hacer las aceras haciendo una mezcla medio seca con cemento que se humedecía por riego una vez nivelada en el suelo. En varias ocasiones estuvimos sacando arena en la desaparecida playa de "El Sablín" con el carro y la mula para parchear los numerosos desconchados que el temporal había dejado en la Barra del Espigón. Allí se pudo ver hasta varios años después cuando se la arregló con una capa de hormigón, las firmas que nosotros, noveles albañiles, habíamos impreso sobre la aún fresca capa de cemento y arena, mucho tiempo antes de que un artista dejase la suya en "Los cubos de la Memoria". Pues con el paso del tiempo, el sitio ganó en belleza y seguridad para los que quieren contemplar el paisaje marítimo, con la mar en calma, pues sigue siendo un punto peligroso si se encabrita y bajo todo aquel bloque de hormigón armado permanecen ocultas nuestras huellas y firmas fosilizadas.
De igual manera fueron borrados los fortines antiaéreos, vestigios de la última barbarie.
Aquel invierno se había levantado un fuerte temporal que en la costa dejó varadas montañas de ocle. Mi padre y yo fuimos en plena noche hasta La Talá con unas trencas y sendas palas de dientes con las que sacar de las cuevas del acantilado las algas. Apenas sí serían las cuatro de la madrugada y el estrellado manto del cielo y la luna crecida iluminaban el estrecho y peligroso sendero por el que debíamos bajar. A medida que nos acercábamos al pedrero, el ruido del mar y las sombras producidas por las nubes empeñadas en ocultar a ratos la luna me asustaban. Preferí subir las cargas soportando los gelatinosos rizos con aspecto de tentáculos pegados a mi cuello y brazos que permanecer por más tiempo allí bajo aquel bastión de bloques calcáreos sujetos por fuerzas impredecibles que nadie podía saber cuándo dejarían de actuar. Bajo las enormes rocas caídas del buzado techo se cobijaba una miriada de minúsculos y luminiscentes seres, cual diminutas estrellas que añadían al paisaje un toque de misterio. Quizás fuesen los efectos en mis ojos cansados por tratar de ver en las sombras de la noche. Con la retirada de las olas, tras el atronador ruido de cantos rodados sentía cerrarse las charnelas de los mejillones y los artejos de las pequeñas sapas que corrían a esconderse.
Cuando fue amaneciendo, en uno de los descansos que hicimos, me dediqué a contemplar aquel nicho de vida lleno de erizos, percebes, llámpares, bígaros, estrellas de mar y variedad de actinias que movían sus múltiples brazos sedosos al compás del agua que las lamía.
Era domingo. Mi amigo Fonsi y otros amigos suyos llegaron cuando nosotros nos marchábamos con la idea de sacarle unos duros al mar. Mi padre y yo seleccionábamos las algas y las adecuadas para la venta, las tendimos a que les diera el sol por el prado. Varios días después, cuando estuvieron secas, las llevé con el carro y el caballo hasta el almacén que había enfrente de la playa El Sablín, donde las recogía Antonio Maya Conde. Se pagaban a diez pesetas el kilogramo, si estaban bien escogidas.
De la barra del muelle, pasamos al otro lado, junto al viejo cuartel de la Guardia Civil. Era un local que había formado parte de la desaparecida empresa "SADI". Concretamente, esta vez nos tocó destruir los depósitos donde se fermentaba la leche con el cuajo para obtener la cuajada que acabaría siendo aquellos ricos quesos de bola, envueltos de parafina roja, especialidad traída de los Países Bajos por su dueño, conocido en Llanes, por el patronímico, Holandés.
Me viene al recuerdo alguna anécdota que no es muy prudente contar aquí, por el asco que sentimos todos los peones que intervenimos en la demolición de las paredillas de ladrillo machetón, de solidez y peso parecido al macizo, al que debió sustituir, pero ya con dos o tres agujeros, no lo sé exactamente. Precisamente en esos canalillos aún conservaban restos del suero fosilizado que al ser rotos a golpes de maza nos salpicábamos los unos a los otros y del olor que se desenterró allí nadie se libró de sentir las más compulsivas arcadas que para algunos se convirtieron en vómito.
Cuando no hubo más que hacer en aquellos garajes, por no mandarnos para casa, Froilán nos encargó partir para la cocina de leña, los restos de madera vieja que tenía en la plazoleta al lado de su almacén de materiales, donde guardaba la mula y el carro, en la calle El Llegar.
Aquella edificación dentro de las murallas de la Villa, que se pueden ver desde allí, guardaba en los arcos de puerta y ventanales los últimos vestigios de su antigua nobleza.
Hacia el año mil novecientos veintitantos, Francisco Saro había instalado en ella una desnatadora de leche surtida por los ganaderos de los pueblos y aldeas, con la ventaja de que, tras un tiempo de espera, volvían con el suero extraído que aprovechaban para la alimentación de sus cerdos de engorde.
Llegado el sábado, a la hora de cobrar como era habitual nos reuníamos todos los obreros en el bar de Pepe el de "Los Arcos", junto a la farmacia de Mariano Buj. Cuando fue mi turno de recoger el sobre con el dinero, Froilán me dijo que el lunes tendría que asistir  como peón nuevo albañil que tenía en plantilla, a Luis, mejor conocido por el apodo "El Madrileño". 
Con Luis recorrí nuevos tejados de los ya conocidos anteriormente con mi oficial y amigo Fernando Baranda y al poco tiempo marchamos los dos para La Carúa, propiedad de una prima carnal de mi padre, Consuelo González Romano, de Calvu, que había emigrado con su hijo Ramón Sánchez González a Suiza.
Luis trabajaba los fines de semana como acomodador en el "Cinemar", lo que en más de una ocasión me permitió bajar del "Gallinero" a las butacas de "Patio" desde donde parecía que uno se metía en la misma escena.
Y de la Carúa nos fuimos a reparar el tejado, los baños y la cocina del chalé que había en una finca al lado del Instituto, donde también yo tenía que ayudar a "Tanis", hojalatero y fontanero que trabajaba en un taller que tenía justo en la entrada desde el puente a la calle El Llegar, con la terraja y la sierra de cortar los tubos de zinc para el agua. 
En ese edificio vivió el secretario primero que tuvo el instituto, don Eduardo Peralta, profesor de latín. El primer director fue Bartolomé Taltavull. Ambos nombres figuran en los documentos que conservo del instituto. 
Había una curiosidad referida a este edificio. Lo atendía la dueña del chalet en el que yo había iniciado mi experiencia por las obras. Había mucha ignorancia alimentada por la mismas creencias religiosas de la época sobre apariciones y fantasmas y que se usaban también para meternos miedo a los pequeños para que nos portásemos bien: que si viene el coco como no seas bueno; lo mismo con el hombre del saco y el Sacahuntos, cuando no el mismo diablo bajo la imagen de santa Marina que hizo dar la vuelta al más valiente pastor que de noche osaba por allí pasar o la paloma que salía del cuerpo de alguna persona fallecida. 

Había muchos otros hábitos del mismo catálogo que los castigos morales y físicos usados en las escuelas y colegios. El objetivo era tener bajo el control a la población desde la más tierna infancia. 
El caso es que se llegó a hablar del fantasma del "ubre", que así le decíamos quienes ya habíamos escuchado en las clases de francés, en lugar del Louvre, por broma. Parece ser que alguien vestido de fantasma salía de noche del huerto con el objetivo de evitar la compra o demolición del edificio. El estallido de la especulación inmobiliaria se había producido en Llanes. 


martes, 27 de junio de 2023

168.- El campeonato de pulso

Prácticas de tiro con el Cetme.

Es evidente la necesaria práctica de tiro con un arma tan poderosa en manos de jóvenes, la mayor parte ávidos por dispararla. El chute de adrenalina es algo así como el que recibe un niño cuando con sus padres se monta en el tren de la bruja; idéntico al que experimenta en la explosión de la adolescencia subido con su pandilla de amigos a la noria, montaña rusa y otros cachivaches con que viven los feriantes.

Confieso que, tras la reciente experiencia con el mortero, el fusil de asalto me pareció como un juguete, eso sí, de mucho cuidado. Tanta era la confianza que en mí mismo había conseguido.

La zona de tiro disponía de las mismas siluetas humanas tras las cuales se abrían las trincheras protectoras de los parcheadores. La única diferencia de esta arma consistía en la selección del disparo, ya sea el de tiro a tiro y rodilla en tierra sobre la silueta que me había sido asignada con un primer cargador al completo, pero del que tan sólo habría de usar diez balas.

Cuando ya hubo terminado toda la compañía, con el cargador relleno nos mandaron correr hasta el nuevo punto de disparo, a mayor distancia de las siluetas, echar cuerpo a tierra y apoyados sobre los codos hacer un tiro discrecional con el pestillo del rifle en modo ráfaga.

Por suerte, esta vez no era obligado encontrar todos los casquillos. La inercia del disparo con balas de mayor calibre y potencia, en la forma de ráfaga nos obligaba a enroscar la correa en el antebrazo de la mano de tiro. La otra mano sujetaba el cargador curvado que le daba mayor estabilidad.

Como en la vez anterior con la práctica del mausser, el brigada maestro armero había dispuesto un taller de campaña en el que reparar las averías propias de los fusiles y algunos provocados por los inhábiles tiradores. Es uno de estos últimos el que voy a relatar, pues con él y el de su protagonista me da pretexto para seguir.

Era un compañero más de los muchos que conocía de las clases de magisterio. De fornida complexión, su cara me recordaba a la de Kirk Douglas, protagonista en la película sobre “La rebelión de los gladiadores” que a buen seguro la habría visto por primera vez desde el gallinero del “Cinemar” algún sábado o domingo en sesión de tarde. El parecido se debía al hoyuelo del mentón que me hacía suponer en él un mayor grado de forma física.

Una de los fusiles que esperaban el turno para ser reparado por el brigada era el de mi imaginado gladiador.

– ¡Quiero conocer al animal que logró colocar el cargador al revés! – gritó como un cosaco el armero.

Mi amigo se presentó ante él sin perder la compostura y resaltándola aún más con una abierta sonrisa que en los rasgos del rostro se complementaba.

– ¿De dónde es usted, cabo?

– De Asturias soy, mi brigada – dijo mientras se cuadraba sin perder el aplomo.

Creo que por precaución más que por ganas, el suboficial no hizo el tópico comentario: cerca se encontraba  uno de los jefes de batallón oriundo de Asturias.

Después de desmontar alguna pieza, pudo extraer el cargador, volvió a montarlo y se lo entregó dispuesto a que lo utilizara en la segunda fase de tiro con ráfaga.

Llegado el fin de semana, me encuentro con mi amigo A. Manuel M. Amieva quien me sugiere que le acompañe a presenciar la clasificación final de los tres ganadores del concurso de pulso que está a punto de comenzar en el comedor de su batallón. Parece ser que el verano anterior también se había celebrado, pero desconozco si ya era tradicional de los cursos pretéritos en el campamento.

Me pareció que sería un buen espectáculo para mi gusto.

Mi abuelo me había enseñado a usar una técnica que aporta ventaja legal, pues se trata de utilizar a nuestro favor la mecánica aplicada al conjunto de brazo, antebrazo, muñeca y mano para ganar potencia con menor fuerza aplicada.

Cuando llegamos al recinto, ya había terminado la competición. Tan solo recuerdo la ausencia de otros espectadores aparte de nosotros dos. Sobre el mostrador del comedor se mostraban los tres premios: dos copas y un plato de los de colgar, con las consabidas inscripciones doradas:

“Campeonato de pulso, agosto de 1972”

Campamento Gral. Martín Alonso

Talarn

El tercer puesto fue para el jefe de cocina del comedor, de talla media, buena musculatura y un tanto cumplido en grasas.

En el segundo puesto, ahí vino mi sorpresa, no era otro sino el espartaco descrito al comienzo de esta historia.

En el puesto primero, estaba el hijo del dueño de los autobuses “Zapico” que nos había facilitado el regreso a Oviedo al finalizar el campamento del año anterior. Por ello es que aún recuerdo su apellido, además de haber estado un curso como profesor en el colegio de Colombres, allá por los años 1972 y 1973.

El ambiente, por lo tanto, era tranquilo, distendido y a mi amigo A. Manuel Miguel no se le ocurrió otra cosa que decirme en alto de forma que fuera escuchado por los tres púgiles:

– Muéstrales lo que tenemos en Llanes, Ramón.

A mí no me quedó otro remedio que afrontar la situación, aunque la actuación competitiva ante un público por exiguo que fuese mermaría mis facultades. No hubo objeciones en contra.

Me senté enfrente del cocinero. No las tenía todas conmigo, pero usando el recurso de mi técnica personal mantuve arriba la mano abierta hasta que mi contrincante cerró el puño y antes de cerrarla con fuerza giré la muñeca unos grados en vertical hacia arriba y respiré hondo , pero con sosiego. La mano izquierda había que mantenerla tras la espalda, como mucho sujeta al cinturón. Esperé a notar cansancio en mi contrincante y cuando menos se lo esperaba insuflé aire en mis pulmones y lo exhalé con fuerza por la boca acompañado de un sonido como el que emiten los leñadores al clavar el hacha en el tronco. Llevé la mano del contrario contra el mostrador, que esa era la señal de haberle vencido. Le di la mano cordialmente que deportivamente me estrechó. 

Salió a escena el subcampeón que se vino a sentar enfrente mío, supongo que tan convencido de que, por estatura y complexión me sacaba buena ventaja.

Aunque la técnica que empleé con él fue idéntica a la que había usado con el cocinero, no debió darle importancia alguna al hecho de que le diese tiempo de apresar mi mano. El resto de la técnica que apliqué con él fue la misma y los resultados idénticos e idéntico protocolo deportivo.  Estrechó con fuerza mi mano a la vez que se pasó en elogios hacia mí.

Al campeón no le noté ninguna gana de exponerse, pero acabó aceptando la prueba ante los ánimos de los otros dos. No sería bien visto que el campeón se negara. 

Yo estaba bien cansado y nervioso, pero me animó lo que le escuché decir como pretexto: 

– Debido al cansancio por las dos luchas anteriores debo usar el brazo izquierdo, si no te importa.

Ahí iba a tener que poner a prueba otro recurso que me guardaba en la manga.

Evitando demostrar alegría al oír aquellas sus palabras, accedí al reto, pues por los trabajos que había realizado en el campo y en la construcción había adquirido la fuerza y destreza en ambos brazos por igual. Por lo demás, la técnica empleada fue la ya descrita con los dos precedentes y con idénticos resultados. 

En el siguiente capítulo narraré otro interesante episodio cuyo indiscutible protagonista es mi nuevo amigo.