sábado, 18 de junio de 2022

158.- El primer día de prácticas (I)

 

Dentro del pequeño patio enrejado de la Escuela Graduada del Postigo, nos juntamos a la hora de inicio de las clases los docentes en prácticas; algunos pertenecían a las promociones primera y segunda, anteriores a la mía, aunque la mayor parte éramos de la tercera. En general, todos estábamos plenos de ilusión por la etapa que se nos abría.

Uno de los profesores, que bien podría ser el jefe de estudios, fue tomando nuestros nombres de dos en dos para distribuirnos por las distintas aulas. Tenía dispuesta la rotación ascendente y semanal desde el aula de párvulos a las cinco de primaria.

Aquella primera semana, a L.C. Villanueva y a mí nos correspondió comenzar en el aula de 4º de Primaria que quedaba en la planta superior.

No me imaginaba con quién habría de encontrarme. En el maestro, ataviado como todos los maestros de los colegios públicos con bata gris, reconocí en los rasgos de su cara, el cabello domeñado hacia atrás que era moda y su voz, a don Eduardo.

Eduardo Díez Álvarez había estado de maestro en la Escuela de Parres justo hasta dos cursos anteriores al de mi entrada en la escuela. Ocupaba la vivienda destinada a los maestros del segundo piso, encima mismo del aula con su esposa Goya Colgantes, natural de Reinosa, y sus dos hijos:  Eduardo, "Bayo", unos años mayor que yo y Luisito, de mi misma edad. Tras dejar la escuela de Parres, concursó el trasladó a otra escuela rural del concejo de Oviedo y así, con posterioridad, hacerlo a la Escuela Graduada del Postigo. Pero solía volver con la familia a casa de Concha y Vences que con sus tres hijas, Chiti, Marina y María Ester, vivían en la casa de La Veguca, a escasos cien metros de la mía, en cortos períodos de las vacacionales escolares.

El caso es que nos dábamos cita en el campu de la Veguca, entonces poblado de nogales, la niñería del barrio y más llegada del resto del pueblo jugaba en continua algarabía a "pillar", al escondite por los aledaños, a "bote-bote" o a las canicas, según las edades de los amigos de Bayo, algo mayores que yo y Luisito.

Era una familia muy querida en el pueblo y yo había oído narrar anécdotas referidas a la bonhomía de la pareja para con todo el que a ellos acudía a pedir ayuda, ya fuese en la gestión de los papeleos generados por una burocracia en pleno auge, a don Eduardo o en la doméstica a que atendía doña Goya. Yo tendría, rodando el tiempo, ocasión de comprobar que no se andaba nada desacertado en lo escuchado.

Cuando conté de dónde era y a qué familia pertenecía, se le iluminó el rostro. Acto seguido, sin perder más tiempo, se empleó en dar la clase como traía programada. Nosotros nos colocamos en un par de mesas que había libres, de espaldas a la cristalera de una especie de galería desde la que se veían los campos labriegos de los alrededores, hoy hollados por la autopista y poblado de enormes edificaciones.

Un cuaderno de tapas duras, y páginas numeradas y cosidas para evitar que las arrancásemos, sería el “Diario” que debíamos mostrar a quien nos lo pidiese en las visitas de evaluación que en cualquier momento del curso podrían llevarse a cabo. Además, su contenido sería referencia para la redacción de una memoria, trabajo esencial para presentar en la evaluación final de las Prácticas. Aparte de estos dos trabajos obligados, un profesor nos visitaría sin previo aviso y pediría información sobre nuestro compromiso en la docencia a la dirección de la escuela. Al final del curso escolar también nos evaluaría la directora.  

Me dio la sensación de que era el tutor adecuado para nuestras prácticas. Mi compañero pensó lo mismo y así lo comentamos a la salida. Este primer mes, solo estuvimos por las mañanas, ya que en las tardes, nos reuníamos con el resto de alumnos que hacían las prácticas en otros colegios. En la próxima carta que mandé a mis padres, les conté la coincidencia en el aula de prácticas.

Estuvimos de momento una semana en su clase y fuimos rotando en las siguientes a la de 5º, Parvulitos, 1º, 2º, 3º, 4º… .

En alguna de las aulas las prácticas resultaban más enriquecedoras que en otras. En tanto que unos maestros nos pedían que les ayudásemos en la lectura y la escritura de los alumnos con mayor dificultad de aprendizaje, otros preferían que les apoyásemos con el cálculo, lectura, escritura, Geografía, manualidades o dibujo.

Tras una primera ronda por los distintos niveles pudimos valorar la capacidad pedagógica de quienes serían nuestros “modelos” que, como fuimos comprobando, se desenvolvían dentro de una amplia gama de valores. De nosotros dependía imitar su modo de llevar la clase o simplemente evitarlo, por lo que pienso que todos nos aportaban algo que aprender en cuanto al método. 

Un sábado llamé en la puerta del piso en el bloque destinado a los maestros, en Pérez de la Sala, a unos pocos centenares de pasos de la Normal. Fui tratado por ellos como de la familia: como era la hora de la merienda me invitaron a tomar chocolate con bizcochos. Conversamos sobre las gentes, lugares y fiestas de Parres. No pude ocultar mi admiración por la biblioteca rebosante de libros que ocupaban uno de los tabiques del salón y enfrente mío las imponentes vistas del monte Aramo a través de las grandes cristaleras desnudas de los blancos cortinajes elaborados con la “Singer” por Dª Goya


miércoles, 16 de marzo de 2022

157.- Tercer curso en prácticas

     Septiembre de 1971. Comienzan a clase los alumnos y alumnas de la 5ª promoción del Plan del ‘67 y nuevas caras se concentran en la acera del largo edificio entre las que reconozco la de mi prima hermana Marta. Me comenta que estará de pensión en un piso con dos compañeras de instituto y que queda muy cerca de las clases. Le doy ánimos, pues  reconocí en ella una inquietud similar a la que de mí se adueñaba el primer día del curso. No logré nunca entender por qué los demás me notaban tranquilo cuando no lo estaba, ante un examen o cualquier evento novedoso. Le dije que todo saldría bien, porque sabía de su responsabilidad y que le dedicara todo el tiempo que pudiese. Le muestro el nuevo edificio levantado detrás de la Normal: la Facultad de Medicina en la que estudia Ana, nuestra prima en común y compañera del instituto.

    Veo también compañeros de los dos cursos anteriores que se presentan a los exámenes pendientes para septiembre.

    Llaman a los de tercero y me despido de ella que está más calmada. No obstante le insisto que si necesita ayuda, no dude en decírmelo. Este primer trimestre haremos las prácticas sólo de mañana, rotando semanalmente por todos los cursos desde 1º a 5º en la escuela que hoy mismo nos darán a elegir. Por las tardes tendremos que reunirnos con determinados profesores de la Normal que van a tutelar nuestras prácticas.

    La directora, la Sra. Fraga, tiene la batuta este año después de la terna elegida para darle un puntapié al profesor de Psicología, D. Manuel Prada.

    Nos dirigieron a una de las aulas en el piso bajo, y lo más curioso es que nos indicaron la entrada por la sección de las alumnas, ruta que hasta el curso anterior era acceso “prohibido” por el cancerbero, la Sra. Julia, salvo estrictamente para gestionar algún trámite en Secretaría. La conserje, respetando las últimas directrices, parecía llevar de buen talante la novedosa situación de igualdad entre sexos, por lo que no nos hizo falta elogiar los resultados futbolísticos de su equipo favorito, sino que incluso, más bien por puro revanchismo, alguno llegó a estazarle en la cara el ascenso en la liga del equipo en competición con el suyo. Tan cambiada la noté que hasta pude verla sonreír: desde aquel día me pareció más encantadora de lo esperado sin el traje gris tan parecido al de los serenos y guardias de seguridad que los dos cursos anteriores vestía.

    Entrados en una amplia aula, los que habíamos pasado el segundo curso y, teniendo en cuenta el orden según calificaciones, de una lista de Colegios públicos de Oviedo, nos dieron a elegir a los maestros y maestras. Había un colegio inaugurado recientemente, “San Pedro de los Arcos” que, a decir de quienes lo habían visitado, era una bicoca ya que tenía comedor; y que quienes se prestaban a  vigilar después el patio hasta la entrada de la tarde, además de la comida, recibía un pago nada despreciable. Me parecía una buena idea, pues habían subido el coste mensual de la pensión donde me quedaba.  Por el mismo precio que el curso pasado, tendría la habitación compartida y el desayuno; para la cena existían abundantes establecimientos como el “El Figón del Cid”, “Casa el abuelo”, “El Niza, “El Mesón del labrador” y otros muchos más establecimientos cernidos por Uvetus como la Cocina Económica que acabé de nuevo frecuentando en cuanto fui echando en el olvido el desafortunado acontecimiento que con anterioridad ya narré.

    Entre los que allí nos presentamos para el reparto de aulas de prácticas, estaba L C. Villanueva Yenes. No habíamos coincidido en las aulas, a causa de la distribución que se hacía por apellidos. En el cursillo de verano del primer curso y en las horas de recreo repasando para la siguiente clase o examen solíamos coincidir en el pequeño parque de Llamaquique o frecuentando el chiringuito que mejor pincho de tortilla y a mejor precio nos sirviesen, en una apresurada escapada. Yo por complementar el desayuno de la pensión y en su caso, por el madrugón de tomar el tren en Avilés y la carrera desde la estación. Con frecuencia, lo sé por compañeros que tenía en el aula, llegaban con retraso los que venían de otras zonas, ya fuese en tren como en autobús. Sin embargo, como es normal, el conserje les abría la puerta y ningún profesor de aula les reprendía.

    Yo sabía de habérselo oído contar que su padre trabajaba en “ENSIDESA”, y en ese momento me explicó que en su taller trabajaba con Luis, hijo menor de uno de los maestros de la Escuela Graduada en el Postigo Bajo.

    Para mí, esos datos no me aportaban mucho ni poco; lo que sí me hizo decidir fue tener un buen compañero.

    Como era de esperar, las primeras once peticiones se hicieron para los colegios de más postín y a mí no me fue difícil elegirla. Media docena de maestros con otra cantidad igual de maestras, fuimos esa mañana a presentarnos en la dirección de la citada Escuela.

sábado, 19 de febrero de 2022

156.- Se percibe un ambiente más distendido

A continuación del adiestramiento en distintas armas singulares, en las que habríamos de profundizar en el siguiente campamento debimos pasar la prueba teórica final. Sentados sobre los escalones delante del pabellón, unos días después de haber pasado el examen, esperábamos a conocer los resultados, según nos fueran nombrando, no en orden de los apellidos, como solía ocurrir, sino de acuerdo con la nota obtenida. Presidían la mesa, el capitán Pose, los dos tenientes y el alférez.

Llevé una sorpresa grande al dar comienzo el alférez la lista por los dos apellidos, sin orden alfabético que cada cual debía apostillar con su nombre, seguido del obligado presente. No había esperado que esto ocurriera.

Me puse de pie a la vez que miraba incrédulo por si todo hubiese sido un error, pero no: me encontré con las caras vueltas de mis compañeros del pelotón y quizás las de toda la compañía que me mostraban aprecio y amistad. Escuché las voces del granadino y del samartiniego: “¡Bravo, Asturias! ; ¡Bravo, Llanes!

Me recuerdo ahora de una situación similar narrada con anterioridad, cuando en el salón de actos del instituto asistimos los alumnos a la apertura del curso, ocho años antes y algunas más, con alto grado de similitud con la presente, a lo largo de mi existencia.

La víspera de la marcha, me dediqué a poner en orden el contenido del petate y vigilar que el camastro conservase sábanas, almohada y manta, pues alguien podría darles el cambio con las suyas, por la mañana antes de que viniesen los de la lavandería.

Después de pasar por la ducha y cambiar de muda y poner los calcetines nuevos que reservaba para las salidas, vestí el pantalón y la camisa y calé la gorra dispuesto a tender mis sueños sobre la cama. Las noches empezaban a ser más frescas. Lograda su meta biológica con nuestra sangre, los mosquitos habían regresado al embalse y esperarían allí el inicio del próximo campamento. Até las botas a los hierros del pie de la litera y de un salto me subí a ella. A Uviéu le pareció mejor idea tumbarse vestido y calzado.

Toda precaución es insuficiente ante el afán de quienes, para ganarse la admiración de la manada, no reparan en hacer “gracias” que a ellos no les hicieran ninguna. Nadie dormía y en toda la sala se escuchaban bromas y chascarrillos que hacían reír de ocurrentes que nos parecían. Hasta el imaginaria relajando su cometido se sumó al cachondeo, hasta bien entrada la madrugada que caí en un profundo sueño acunado por un coro de ronquidos.

Acostumbrado a levantarme temprano, desperté antes del toque de diana y me dispuse a calzar las botas, pero no estaban donde las había dejado atadas. A mi compañero y a los otros dos les habían atado entre sí los cordones de las dos botas de modo que al tirarse del catre se diesen de bruces sobre el suelo. Los despierto y salimos a mirar por la terraza: una pila de botas adornaba el centro de la explanada de formación.

Nos dedicamos a rebuscar entre ellas y dar cada uno con las propias. Yo las podría reconocer por unos raspones que les había hecho en las punteras, al reptar en la pista americana; además los cordones que empezaban a deshilacharse los había acortado y perdido las buyetas.

Pero como por lo general todas tenían tales marcas de uso, cuando di con las que más posibilidades tenían de ser las mías, se me ocurrió olerles el betún que usaba para protegerlas de la humedad, para asegurarme de calzar las mías.

Después del desayuno, debíamos cambiarnos la ropa de faena por la de paseo, para pasar revista y recoger los pases que servirían para realizar el viaje gratis en autobuses públicos o trenes.

A los asturianos en la salida del campamento nos esperaba un hermoso autobús verde de la empresa llangreana “Zapico”. En la luneta trasera, los organizadores, aquellos dos compañeros de Magisterio, un par de promociones anterior a la mía que nos habían informado del viaje, habían colgado una pancarta con el  "¡Puxa Asturies!”.

Entre cánticos de alegría, el de Mieres desde el fondo del autocar infló la gaita y el de Parres acompañó como mejor supo con su armónica Hohner “Preciosa”.


domingo, 6 de febrero de 2022

155.- El manejo de distintas armas

 

En las clases teóricas de las tardes, a pie del pabellón de la compañía, los oficiales se repartían tareas “docentes” de adiestramiento en el despiece y manejo de las armas disponibles en el acuartelamiento.

Al “Mauser”, del cual conocíamos todas las piezas que lo componían con el más mínimo detalle, además: el peso, la longitud, el alcance, la fecha y el lugar de su fabricación… esperaban de nosotros que aprendiésemos lo mismo con otras piezas de artillería. Para ello evaluaban nuestros conocimientos sin previo aviso y la calificación media obtenida a lo largo del período formativo en la academia, se añadiría a nuestro expediente académico, militar. Así es que, como cuando nos “aprendían” el catecismo, de carrerilla en la catequesis, en corrillos, nos hacíamos las preguntas entre los amigos más asiduos como si de un juego se tratase, por turnos. Se nos veía a todos en las literas, en los descansos de la jornada militar, ojear la libreta de apuntes que guardábamos en el bolsillo del pantalón de faena, para dar un repaso a los apuntes tomados en las clases. “Radio macuto” había corrido la voz de que en las clases de teórica de tal o cual día nos harían un examen.

Con el paso de los años, se me fueron borrando todos los detalles de las armas aprendidas, por lo cual debí acudir a la Wikipedia para completarlos.

Por no alargar mucho más el tiempo narrativo, a partir de esta entrada, puede que dé cuenta de algunos aconteceres en la academia militar de los dos cursos en el campamento Martín Alonso; de otros sucesos, daré cuenta más detallada para cada uno. Tampoco insistiré más en las demás actividades cotidianas narradas en capítulos precedentes, cuando no tengan algún detalle digno de mención para mí. Por supuesto, seguimos madrugando para la gimnasia, desfilando, haciendo turnos de cuartelero, la pista americana, las duchas y la piscina a la que fui recobrando un poco de confianza, sin exagerar y alguna que otra revisión médica generalizada, las segundas dosis de la vacuna del tétanos, el brote de cólera que hubo en el campamento debido a las aguas del grifo o a las comidas en la cantina, ¡vaya usted a saber! Había un desfile continuo a las letrinas de las que emanaba un hedor pestilente. Los que no la padecimos, para evitar contagiarnos, hacíamos una escapada al monte raso, que por suerte con él limitaba el primer batallón.

La siguiente arma que nos mostraron para manejar fue la ametralladora:

MG42, utilizada en la segunda guerra mundial, de 7,92 mm mauser y peso 11,57 kg con cargador, que era una cinta recargable de eslabón abierto con 50 o 250 cartuchos y tambor portacintas de hasta 50 y 75 vainas, de origen alemán.

Aparte de memorizar todas las piezas, características bélicas y origen, nos adiestraron uno a uno para desmontarla y volverla a recomponer en un tiempo mínimo, con los ojos vendados. Ya en el tiro real, suponía un serio problema tocar la carcasa agujereada de aireación con que se protegía el cañón que tras uso prolongado podría ponerse al rojo vivo. Una pieza muy parecida a la protección que llevan los tubos de escape de las motocicletas para evitar su contacto con ellos. No llegamos a usarla, pues quedaba excluida, salvo para quienes se especializasen con ella en el segundo curso.

Sí, en cambio, el arma que nos mostraron y que debimos aprender a manejar, lo usamos después de las clases teóricas fue el Bazooca”.

El bazuca fue creado como arma antitanque para uso de la infantería, con 6,8 kg., 1,37 m. y calibre de 90 mm en los distintos modelos de serie M20 y de origen estadounidense.

Se portaba con una mano y se echaba al hombro derecho para dispararlo. Cuando un tanque se acercaba había que salir del escondrijo, tras un mato, terraplén o camuflaje natural, aprovechando a estar en el ángulo ciego de las troneras, por las que guiaban los vigías al conductor del blindado artefacto.

Tumbado y apoyado sobre los codos, se dirigía el punto central de la mira al lugar más vulnerable de aquel monstruo de acero. Había que mostrar temple de acero como el de aquel artefacto, al que en caso de otra guerra, como a las tres acaecidas en el siglo y que habían afectado a algunos de nuestros familiares o conocidos, nos habríamos de enfrentar. Movido por un motor capaz de digerir dieciséis galones de gasolina a la hora y de cuyo rugido se hacían eco las cumbres cercanas, a unos nos espeluznaba y a otros los enaltecía, soñando las “Hazañas bélicasleídas en el TBO cuando niños. De ellos me ocuparé a su debido tiempo, pues guardo desaboridos recuerdos “regios”.

Nos habían advertido sobradamente el peligro de disparar estando desprotegido de las centellas de pólvora ardiente que escupía la granada al salir del tubo. Para evitarlo, al lado izquierdo del tubo había adosado una armazón de acero cubierto por un cuero que dejaba una mirilla protegida por un cristal en el que estaba marcada con una cruz el punto de mira.

Recuerdo que en las clases nos comentaron que a un tirador, ya sea por querer ver el efecto del disparo o por olvidarse de los consejos, la pólvora le había hecho un mal recuerdo en media cara.

La siguiente lección versaría sobre el despiece y funcionamiento de las granadas ya fuesen ofensivas como defensivas y el comportamiento de la metralla en ambas categorías. Al día siguiente nos llevaron a la zona de tiro, preparada para la práctica. Nos mostraron el parapeto semicircular de hormigón desde el que tendríamos que lanzarlas y la forma de hacerlo. Al ser del tipo defensivo, la granada esparce la metralla a ras de suelo un amplio círculo a su alrededor. Una vez retirada la anilla de protección para el transporte, describiendo un arco vertical había que lanzarla lo más lejos posible y acto seguido, tumbarse en el suelo al amparo del muro.

Aquella estructura me recordó los restos de la cuerre que solía ver en los grandes castañedos. En ella se guardaba, las castañas protegidas por los oricios y las hojas caídas hasta el momento de su consumo. “A falta de pan, buenas son tortas” de maíz o castañas cocidas y asadas sobre la chapa de la cocina o entre la caliente ceniza del llar. Y magostadas en el mismo bosque, una tarde de domingo, toda la chiquillería de la aldea que se apuntase en cuclillas alrededor de la controlada fogata y escarbando con una vara para extraer las que ya estuviesen cocidas bajo la manta de helechos verdes que las protegían.

Las granadas eran de baquelita negra con el águila marcada y una anilla que las protegía para el transporte en unas pesadas cajas de madera. Nos fueron dando una siguiendo el orden de tiro, en la zona alta a prudente distancia. Alguien se había olvidado de tirar de la anilla y una banderilla roja marcaba con exactitud su localización a unos treinta metros del muro de protección y nos animaron a hacer blanco en ella. Cuando llegó mi turno, bajé hasta el recinto de tiro que no me pareció tan alto para mi talla y me tomé la confianza de lanzarla a mi manera para no fallar el emboque.

Acostumbrado a tirar en el juego delBolo palma” bolas de buen tamaño y peso y como he narrado en una entrada anterior, había tirado también en el “Bolo de cuatriada” con bolas de un tamaño y peso parecido al de la granada, en la bolera de Tuilla. Amismo la lancé y me tendí en el suelo. Una gran explosión fue seguida por la ovación de mis compañeros de cuartel fue lo que evitó el castigo del capitán Pose que se limitó a decirme:

        – Soldado, ¡se cree que está cuidando ovejas!

En un altozano por detrás del lugar, observaban cual generales dirigiendo una batalla, el teniente general del campamento con el comandante de nuestro batallón, aquel paisano nuestro de quien traté en anterior ocasión y mi lanzamiento indisciplinado quedó en una intrascendental anécdota.

Quedaban aún granadas sin usar en las cajas y como la mayoría de los asistentes parecían estar gozando del mejor de los espectáculos, ávidos unos por lanzarlas y otros por escuchar el ruido, el que allí cortaba el bacalao dio permiso para vaciarlas, eso sí, siguiendo el protocolo adecuado, dado el peligro que supondría no llevar cuenta de todo. Suponía un alto riesgo dejar alguna sin explotar en medio del campo de tiro para próximas maniobras. Supongo que después de marcharnos de allí, algún equipo de especialistas habría limpiado de metralla el lugar.

Pasé de repetir el lanzamiento ya que no me hacía maldita la gracia, recordando a los primeros objetores de conciencia que padecían arresto por negarse tan siquiera a coger el fusil y al sargento Norberto también del IPS que, como bien narré ya, fue obligado a cumplir todo el período normal de milicias, por haber animado en un carta interceptada, a un amigo que estaba en calabozo.

miércoles, 19 de enero de 2022

154.- La granizada de agosto

 

Nos cogió de sorpresa, al menos a los novatos cadetes del primer curso, pues los “vikingos” y los cadetes del segundo curso contaban haberlas sufrido de igual intensidad, a pesar de no ser frecuentes en el verano.

La compañía “Ebro” estaba formada y en posición de descanso delante del pabellón, a punto de irse al comedor para la cena. Al mando, el oficial más joven de los tres jefes de sección que le correspondía entrar de guardia semana en los momentos de ausencia del capitán Pose. De viernes, como era norma, tuvo que leernos los nombres de los cargos entrantes, entre los que figuraba el capitán de cocina al que en el grupo le habíamos catalogado como extraordinario por la repercusión positiva que veíamos en los resultados del menú. Para nosotros, era como un tres estrellas Michelín”, que encajaba con las tres estrellas de seis puntas que como capitán llevaba. Los nombres que daba a los platos no eran para nada rimbombantes, pero resultaban siempre exquisitos, saludables y variados para todos.

Siempre nos decían si queríamos repetir y cuando el primer plato no era de buen agrado, las enormes ollas quedaban a la mitad y se retocaba para la cena convertido en sopas, purés o albóndigas. Pero con este capitán de cocina no sobraba tanto, por lo que para la cena siempre había algo novedoso.

El alférez comenzaba la lectura del menú para el día siguiente y nosotros le completábamos al unísono el final de cada plato. Como joven y novato como nosotros, salvando las distancias del escalafón, entró en nuestro juego sin sentirse ofendido, más bien participando; quizás compadecido de sus soldados, frustrados aspirantes a “alféreces de complemento” a los que, ¡oh sorpresa!, en el tiempo que va desde el inicio de los trámites burocráticos hasta ese momento, nos habían endilgado el adjetivo de “excedentes” al rimbombante nombre de “Caballeros de IPS” que figuraba en nuestra provisional cartilla militar, más conocida como “la blanca”, pero cuando fui a recogerla, resultó ser verde, como el traje de bonito.

En esto, una tormenta eléctrica como la sufrida días antes, echó abajo los plomos del transformador de la parte de mayor altitud del Campamento “Martín Alonso” de Talarn y sin más preámbulo que narrar, comenzaron a llovernos granizos del tamaño de pelotas de pimpón, los más pequeños. Sin más se originó una desbandada a protegerse cada cual a donde pudo: bajo algún árbol, bajo los aleros de los acuartelamientos; cual si se tratase de un ataque aéreo. No obstante, en la formación del toque de diana, se veían los efectos del singular bombardeo en las cabezas de los peor parados, con las orejas cubiertas por tiritas o gasas y esparadrapos; otros, ocultaban los chichones bajo el quepis, como quien trata de cubrir una migaja de dignidad ante la estrategia del enemigo.

Granada”, “Sotondrio”, “Uvieu” y “Llanes” habíamos decidido correr hasta ponernos a resguardo en el cercano comedor que quedaba a poca distancia, cubriendo la cabeza con un brazo. Como suele ocurrir con estas tormentas de verano, pasada una línea imaginaria en paralelo a la montaña, no caía un solo pedrisco, pero el apagón también había afectado al pabellón de cocina y comedor.

Las mesas estaban ya dispuestas para recibir a la tropa y como era de costumbre, al borde del pasillo central, tenían ya en perfecto orden “militar” las sabrosas frutas leridanas, crujientes chuscos de pan y unos tarros de plástico con flanín. De todo ello hicimos acopio en las últimas mesas, porque pasarían desapercibido ya que quedaban varias en cada fila sin los menús, pues muchos solían cenar en la cantina.

Justo cuando estábamos traspasando el quicio de la puerta, se encendieron las potentes lámparas que colgaban del techo.

Con aquellas provisiones, pudimos pasar de la cena y nos fuimos al cuartel después de pasar por la cantina a por algo que meter entre las tapas de los bollos.

martes, 28 de diciembre de 2021

153.- Nuevas andanzas soldadescas.

La breve escapada sirvió para sobrellevar con mejor ánimo cualquier situación penosa que pudiese darse. O sería que habíamos avanzado algún grado más en veteranía.

Me prometí tomármelo todo tal como si de una obra de teatro se tratase. Comencé a ver claro la importancia que tenía el postineo, la adulación y el mimetismo en la adaptación al ambiente militar en concreto, porque lo fui descubriendo en los demás, sin importar el grado o escalafón, galones ni estrellas. No quiere esto decir que sea una fórmula transportable a otras actividades laborales ni, mucho menos, al terreno de las relaciones humanas, por más que también las llegues a percibir.

Una noche estábamos ya en el catre, cuando se escuchó el “toque de generala”. Nos habían explicado en las clases de teórica en qué consistía y cómo debíamos actuar.

Sin encender ninguna luz, nos pusimos la indumentaria y salimos rápidos y en el más estricto silencio a formar en la explanada delante del pabellón la 3ª Cía, “Bailén”, del Capitán González; la 4ª Cía, “Ebro”, del Capitán Pose, que era la nuestra, compuestas ambas de soldados recién jurados. Además, la 1ª Cía,  “Simancas”, del Capitán Imaz y la 2ª Cía, “Gerona”, del Capitán Castruera,  ambas con cabos rojos del segundo curso. Encabezaba la marcha, el comandante del primer Batallón.

La noche estaba bien oscura, por la presencia de nubarrones que entoldaban por completo la luna y las luces de los pabellones habían sido también apagadas simulando el ataque del enemigo.

Anduvimos en silencio contenido algo más de una hora subiendo lomas por senderos entre rocas y árgomas detrás del comandante que “valientemente” abría la comitiva. Llegados a una explanada y en vista de que el enemigo no había osado dar la cara, retornamos por otros cantiles, ahora ya hablando y con jarana como quienes vuelven a casa de una verbena.

No hubiera sido la marcha perfecta, de no haber aparecido en el cielo el primer rayo y tras él un sonoro trueno que parecía echar abajo toda las peñas a rodar tras nosotros, por lo que el batallón en bloque aceleró el paso después de mandar colgar los respectivos mosquetones y cetmes con los cañones apuntando hacia el suelo en previsión de no atraer la tormenta que ya estaba sobre nuestras cabezas.

Tras los rayos, llegaron los chuzos que nos empaparon hasta los huesos, pero como ya estábamos bajo el escudo del pararrayos, echamos a correr como corzos.

La llegada no fue muy triunfal que digamos y se comentaba que el comandante había sufrido un esguince de tobillo.

Tendimos la ropa de faena en la barandilla de la terraza de la 4ª Cía que colgaban sobre el de la 3ª Cía, dejando orden de vigilancia a los turnos de la imaginaria, pues entre los dos agrupamientos existía una cierta adversidad, sólo manifiesta cuando formábamos como agrupamiento militarizado, pues estando por libre, jamás observé tirantez alguna: es más, compartíamos amistad y buen rollo.

Siempre en son de broma, nos decían cosas como estas:

Nos vemos en el desfile, "pisagûevos”.

Y por no quedar de menos, Sevilla les contestó:

“La tersera no tien pilila”.

Y todos rubricamos su ocurrencia con grandes risas.

En la formación después de regresar del desayuno, unos días después, vimos que colgaba una enorme pancarta en la fachada de la Cía. “Bailén":

La 3ª no tiene pilila

El cabo primera de servicio que llevaba la guardia no se creía lo que estaba viendo. Mandó retirarla a la vez que no pudo contener, molesto en lo personal, lanzar palabras de mal jaez a su tropa, que tenía que formarla para cuando llegasen los tres oficiales y el capitán.

Con motivo de las fiestas de Elche, algunos cabos ilicitanos de las compañías Simancas y Gerona que estaban en el pabellón detrás del nuestro, habían vuelto de permiso cargados sus petates con todo tipo de explosivos.

Nuestro dormitorio, en la pared opuesta a la terraza y escalera, tenía unos pequeños ventanales en la parte alta por donde se aireaba, para lo cual, las hojas acristaladas colgaban en verano, cosa que era de agradecer.

Una noche, ya todo el mundo dormido, creo que hasta el imaginaria lo estaba, después de un fin de semana pateando Tremp, Talarn y medio monte hasta bajar a una masía en la que nos habían contado que preparaban verdaderos manjares con productos del campo y granja, como así fue, me quedé dormido como un tronco.

De pronto, tras los ruidos de petardos que me despertaron, veo entrar por uno de los mencionados huecos en la pared posterior un objeto volador que echaba chispas en su giro y recorrió media sala hasta dar contra la pila de aseo en la que se ahogó.

No dejan de ser otra cosa que “infantiles” recuerdos que se me van desvaneciendo con el tiempo, miajas en comparación con las cruentas vivencias de anteriores y posteriores reemplazos al mío, por lo que no hay más opción que relativizarlo todo, sin negarle a cada cual la importancia que le diese.

domingo, 14 de noviembre de 2021

152.- Una accidentada escapada

  Acomodados en el "SIMCA 900" de nuestro compañero J. Adolfo, emprendimos el viaje de visita relámpago a casa. A mí me correspondió ocupar la plaza central de la banqueta posterior, entre Urvetus y el otro viajero del que no soy ya a ponerle ni cara ni nombre. A mi amigo y vecino M.M. Amieva, por ser el organizador de aquella escapada, le propusimos subir de copiloto, como así hizo. La carretera tenía buen piso, pero con demasiadas curvas y cambios de desnivel que bordeaba un barranco. Me distraía con el paisaje de rocas que desde el tren no había llegado a contemplar a la llegada. 

Después de un largo tramo de cerradas curvas, se le presentó la ocasión al conductor de poner al máximo la velocidad de su bólido. Se nos ofreció a la vista una larga recta en bajada, sin tráfico, aunque para aquella máquina era todo un reto poder superar los cien kilómetros a la hora, pero lo consiguió.


[Teniendo en cuenta que los modelos más modernos venían equipados con cuatro marchas; otros clásicos como los Renault  Dauphine, Gordini, Ondine… aún ofrecían el equipamiento de tres velocidades. A los Simca fabricados por “Barreiros” se les lanzó al mercado en España como “El coche de cinco plazas con nervio”,  que con sorna, a alguien se le ocurrió transformarlo en “El filete de los pobres, para cinco y con nervio”.]

Las altas montañas dejaban pasar por tramos, los rayos anaranjados del sol sobre el asfalto. Desde mi plaza intermedia en la bancada posterior, al frente observaba con agrado el agreste paisaje entre montañas y un largo tramo de carretera que serpenteaba paralela al río que la acompañaba a su derecha, protegida por desdentados quitamiedos de piedra. Habíamos iniciado un gran tramo recto de carretera en bajada que aparentaba un excelente piso, por lo que la manecilla del velocímetro vi que había llegado al límite mecánico marcada por el fabricante para aquel modelo de coche. 

Al igual que los dos ocupantes delanteros, pude ver cómo un zorrillo cruzaba la calzada; el piloto redujo la velocidad con varias frenadas y cambios de marcha, para permitirle alcanzar el otro carril, pero el pobre animal se paralizó en mitad de la vía. Sentimos un golpe seco bajo la carrocería del coche. 

Como no hubo signo alguno de que el golpe afectase al motor, dirección o frenos, además de no tener allí el espacio adecuado para aparcar sin ocupar la calzada, seguimos a buen ritmo el ondulado trayecto hasta dar vista al Embalse de Yesa que se nos apareció a nuestra izquierda. 

Alguien expuso la idea de pegarnos un baño, pero al resto del pasaje creo que nos conformaríamos con estirar las piernas, aligerar la fiambrera y satisfacer otras perentorias necesidades de orden fisiológico. 

J. Adolfo creyó más importante, y no es de extrañar, abrir el capó y echar un vistazo a los niveles de agua del radiador y aceite del cárter. Para tales deficiencias muy normales en los vehículos de la época, máxime en climas tan áridos y época estival, era de manual de mantenimiento, llevar reserva de agua y aceite en sendos recipientes debidamente anclados en un hueco donde también se guardaba una cuerda de nailon  para caso de tener que ser remolcado y otras herramientas extra que fueran útiles. 

Extrajo la varilla del aceite, la limpió con el cotón, la volvió a introducir para comprobar que el nivel  estaba bastante por debajo del punto medio adecuado por lo que añadió aceite hasta alcanzar la muesca del máximo permisible. Cuando revisó el bajo del coche, una lágrima de aceite resbalaba junto al tapón del cárter que limpió con el cotón y esperó un rato a ver si seguía llorando. 

La temperatura del radiador habría bajado con la parada, por lo que decidió girar despacio el tapón roscado y poder restablecer el nivel del depósito. De esa forma, al hacer un recorrido similar al que ya había rodado, volvería a comprobar los niveles, pero mejor sería, al amparo de una estación de repostaje. 

El manto de la noche no tardaría en cubrir el paisaje, por lo que ocupamos nuestras respectivas plazas para continuar la ruta por aquellos parajes que a mí me resultaban tan preciosos, por oposición a los habituales en nuestra Asturias.

En el embalse y de entre sus aguas, emergía la espadaña de una iglesia que con el estiaje no alcanzaba el nivel más alto, como quedó trazado en el ribazo. Me vino al recuerdo la presa de Riaño a que nos llevaron de excursión en tres “Autobuses Mento”, desde la catequesis del pueblo. Me imaginé alrededor de aquella torre los distintos barrios, la escuela, las fuentes, el lavadero, el abrevadero y el puente sobre el río que mueve el molino, las pisas y la herrería. 

En un cerro que debió de dominar el valle se yergue aún majestuosa la torre de homenaje del castillo que sojuzgó a la aldea perdida y sobre la torre un aparatoso nido de cañas por entre las que destacan los cuellos arqueados de una pareja de cigüeñas.   

Sería ya pasada la medianoche cuando entramos en Vizcaya. El tráfico que circulaba por las estrechas carreteras estaba esencialmente formado por largos tráileres que en las curvas ocupaban su calzada y parte de la opuesta. Un pertinaz sirimiri, para entendernos orbayu, borraba la tenue mediana de la carretera.  

A poco de dejar atrás Bilbao, en un tramo de fuerte pendiente, el motor dio en cambiar el sonido normal por otro más parecido a una pertinaz tos que nos alarmó a todos. Acto seguido, se calló y quedamos empantanados en plena curva de una carretera desconocida y en completa oscuridad. 

Por suerte, al lado mismo había un espacio fuera de la calzada donde se escuchaba caer el agua de una torrentera. No se percibía luz alguna en el tráfico por lo que con premura nos dimos arte y modo de arrastrar entre los cinco y colocarlo a salvo sobre la campera. Con ayuda de una linterna vimos que en la calzada había dejado una mancha del aceite. Como pudimos, llenamos una bolsa con la arenilla que allí encontramos y la echamos sobre la mancha de grasa. Yo me fui a situar unos metros por detrás de donde estábamos y metros por delante se colocó otro compañero. Así estuvimos un par de horas haciendo señales con las gorras a los conductores para que bajasen la velocidad. Una espesa niebla se sumó a complicar aún más la situación, en tanto que la circulación parecía aumentar y la humedad había atravesado la única ropa de bonito que llevábamos  encima puesta.  

Nuestro compañero piloto pudo por fin seguir adelante subido en un tráiler, cuyo conductor tuvo la empatía de prestarnos ayuda y le dijo que a poco de allí había una gasolinera desde la que podría llamar por teléfono a la grúa. El sol se había deshecho de la densa niebla, cuando regresó en un camión con plataforma y cargaron el vehículo. Dijo que era más conveniente para nosotros que comenzáramos a hacer el autoestop y nos deseó buena suerte, quedando en recogernos sobre las dos de la tarde del domingo. Ya había hecho una llamada a su familia y podía contar con otro coche para el regreso.  

La verdad sea dicha, vestido de soldado y con la mochila en el hombro, no nos fue difícil encontrar acomodo en camiones que por allí llegaban en dirección Santander y Oviedo.  

Amieva y yo hicimos el trayecto subidos en un camión de la empresa “Casintra” que iba de vacío para la cementera de Aboño, él quedó en el cruce de La Arquera y yo me bajé al pie de “Las Castañares”. Mino y el quinto pasajero lograron llegar, bien entrada la tarde del sábado a Oviedo, tomando de autoestop a un coche que los dejó en Lieres y otro más que los descargó en La Corredoria. 

Me mandó aviso mi amigo Amieva que estuviera para las tres de la tarde en el arcén de la pista para ser visto por J. Adolfo que en el cruce de La Arquera nos esperaría él. 

        Me despedí de mis padres y bajé a la carrera la cuesta de Las Castañares. Por estar en la carretera antes de la hora marcada y añadir el que de más echaron en llegar a recogerme, empecé a pensar si ya habrían pasado. En esas estaba cuando vi llegar un coche que puso los intermitentes y paró a aparcar delante de mí un “SIMCA 1000", al parecer más moderno y de mejor aspecto que el anterior que, según me dijo, se lo había prestado su novia.  

En La Arquera completamos el pasaje con mi amigo Amieva que nos esperaba junto al desvío a La Pereda. 

Antes de la medianoche pudimos ver las lomas donde se alza el campamento y aún teníamos un tiempo para disfrutar de la noche en Tremp, pues no pasarían lista hasta el toque de diana del lunes.

jueves, 16 de septiembre de 2021

151.- La jura

    Llegado el día del importante evento castrense, tras el desayuno, la única preocupación de los componentes de las compañías 3ª y 4ª alojadas en el pabellón “Ebro” del 1er Batallón, rondó en torno a la vestimenta y acicalamiento personal, después de haber dedicado un tiempo a bruñir con cera la culata del mauser, tallada en noble madera de ancianos nogales que habían sobrevivido al desastre de “nuestra” guerra. A decir del “simpático” monitor en las clases sobre armamento, que las llamaba “novias gallegas” por estar troquelado su fecha y lugar de fabricación, en La Coruña: “un buen soldado mira por su fusil como si de su novia se tratase…” y una retahíla más sobre lo mismo que hoy descalificaría al más estrellado de los mandos por machista; pero a la mayoría les causaba gran regocijo y normalidad.

    Las compañías 1ª y 2ª del primer batallón alojadas en el Pabellón “Simancas”, eran de alumnos del segundo curso ya con grado de cabos rojos, desfilaban con nosotros nos acompañaron en el desfile, pero obviamente no intervinieron en la jura, sino como espectadores.

    Haciendo un cálculo rápido: Las compañías estaban formadas por tres secciones de tres pelotones cada sección al mando de dos tenientes y un alférez. Cada pelotón tenía adscrito a un cabo 1º que mandaba en las dos escuadras, compuestas a su vez cada una por un cabo rojo y cuatro soldados. Por tanto, para la jura salían en cada compañía ocho soldados por cada pelotón de los nueve y que hacen un total de setenta y dos novicios por compañía. Por tanto, de las dos compañías 1ª y 2ª de cada batallón del regimiento, salían ciento cuarenta y cuatro futuros soldados. Y dado que el Regimiento se compone a su vez de cuatro Batallones, seríamos en total quinientos setenta y seis cadetes dispuestos a iniciarnos en el rango militar como soldados. Aunque estoy convencido de que en el extenso Campamento Militar de Talarn “Martín Alonso”, había otros batallones de los que salía la tropa dedicada al mantenimiento del recinto, manutención y abastecimientos, medicina, mecánica, armería, comunicaciones y Correos, construcción, vigilancia y Mayoría.

    El día no podría haber estado más caluroso que añadido a la vestimenta protocolaria: gorra militar, corbatilla sujeta por el elástico al cuello de la camisa de manga larga, guantes blancos, pantalón de cotón verde oscuro a juego con la gorra, cuyas perneras se metían dentro de las medias cañas de las botas.

    Habíamos estado la tarde anterior embetunando las botas, limpiando con “Sidol” el dorado escudo del cinturón y las hebillas de las botas. Se había abierto ya de mañana la barrera al público y las gradas del recinto se fueron llenando a rebosar de familiares de algunos de los juramentados, cuyas vestimentas con abigarrados colores daban una pincelada veraniega que me recordó las romerías de mi lejana tierrina.

    El ritual militar que se vuelve espectáculo para el que está fuera de la plaza fue un grande desasosiego para la mayoría de los que estábamos dentro, por el calor, los nervios por hacerlo bien y la ausencia de la cantimplora del agua. Tras la arenga del coronel por los altavoces vinieron los toques de cornetín que dieron paso a los tambores de la banda militar y con ella se abrió el desfile. Por ser del primer batallón, no tuvimos tanto tiempo de espera y, por hacerlo más corto, les bastó con que coordináramos el paso al toque de tambor, el fusil sostenido con la mano derecha y al pasar junto a la bandera, en lugar de girar y parar frente a ella, bastaba con tomarla con la izquierda y simular el beso sin llevarla a los labios, para evitar con ello atrapar otro “andanciu” portado por los más besucones.

    Tras el desfile de nuestra compañía nos permitimos el lujo de ser espectadores del resto, sin romper la formación, pero en posición de descanso sin perder la compostura. Por supuesto, el grandullón de nuestra compañía, aquel que se había pasado casi todo el mes, de cuartelero, por no encontrarse calzado de su talla, se reía quizás mofándose del resto de pringados.

    El ágape que nos esperaba en los comedores incluso superó con creces al del anterior evento del 18 de julio, pero sinceramente no retuve en qué fue: si en el menú, en los postres, en el vino que lo acompañaba o en la alegría de poder escapar por tres noches de aquel hotel de veraneo en el Pirineo leridano.

    Recogidas todas las pertenencias bajo llave, metí en el costal aquello que me pareció más imprescindible: documentación, permiso de salida hasta el toque de diana del lunes, una muda, los productos de aseo, cantimplora, navaja multiusos y unos bocadillos que improvisé con las latas de conservas que guardaba en la taquilla.

   Mino y yo caminamos hasta donde nos esperaban mi amigo M. M. Amieva, otro viajero más y el conductor al pie de un “Simca 900” que su padre le había dejado para evitarle el largo viaje de ida en el tren y el que estábamos a punto de iniciar de visita relámpago a la familia. Disponer de aquel lujo no estaba al alcance de cualquier familia. Le entregué los cien duros acordados y coloqué la pequeña mochila en un hueco del maletero.

    La vida da muchas vueltas. Haciendo un salto de cuarenta años, me visita en el aula rural de Riegu, sin aviso previo, el nuevo inspector de enseñanza para la zona, por haber sido recientemente rehabilitado el noble conjunto arquitectónico como sede del “CRA II Vidiago”. Tras varias visitas y alguna entrevista evaluativa, me di cuenta que sus apellidos coincidían con los del compañero del “Simca”:  J. A. Flora A. y cuando le comenté el caso me confirmó que se trataba de su hermano mayor. 

    Nota: [J. Adolfo F. Álvarez figura en la lista de alumnos de la Escuela Normal de Magisterio de la 3ª     promoción-PLAN 67' con acceso directo al cuerpo de Profesores EGB]

    El 8 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Guía en Llanes, como muchos años anteriores ocurrió igual: amaneció con fuerte sol para agobio de “aldeanas” y “pastores” ataviados con los trajes típicos de la comarca, debieran “subirla” de regreso a la capilla tras la misa solemne en la basílica llanisca. Allí arriba preside los bailes tradicionales con fandangos, seguidillas, jotas y pericotes, tras los cuales, la gente se esparce en grupos familiares o de amistades, por los prados del entorno recientemente segados, donde extienden sus manteles a comer la ensaladilla rusa, nacional, mixta o como cada uno le dé por llamarla.

    Pero este año como el anterior, el señor “Covi” manda precaución. Las nubes venidas del atlántico, por no echar siempre la culpa a nuestra vecina Galicia, cubrieron el cielo dejando en él unos océanos azulados y unas frescas rachas de aire dimen los avellanales.

    En la terraza, damos cuenta de la olorosa ensaladilla que atrae la compañía de un retén de gatunos vecinos cuyo instinto de supervivencia posee, aparte del consabido olfato, un reloj que les funciona con total exactitud. La “Trini” con sus dos cachorros que bauticé “Electrones” por el movimiento azaroso que hacen cuando les das la comida. Otra joven gata negra que perdió en el comienzo de la semana a sus dos cachorros, en el mejor de los casos, “adoptados” por alguien; en el peor, atrapados por algún depredador, miaga desconsolada. Por último, el gatazo rayón, primero en visitarnos, presunto padre de los “Electrones”, nada agresivo, pero algo desconfiado, se sienta a mi lado a la espera de que le regale una pizca de pan mojado en mi plato. Como todos los que aquí tuvimos llegaron de visita y por no ser distinto, no nos pusimos muy de acuerdo en la familia en su bautizo onomástico.