ALDEA RECUPERADA
jueves, 5 de diciembre de 2024
180.- Demostración de kárate
181.- Gestión escolar
Toma en propiedad de mi 1er destino escolar.
Cuando llegó mi turno de elegir el centro escolar aparecía una plaza en Colombres, ayuntamiento de Ribadeva y otra en Panes, de la Peñamellera Baja, con casa habitación, por lo cual me decanté por esta última.
Había una fecha tope para hacer la presentación. En la Compañía esa semana estaba de oficial de guardia al teniente Faes Pomarada y le pedí permiso para ausentarme del cuartel, pero no sabía exactamente cuánto tiempo me llevaría la gestión académica. Me dijo que debería estar en el cuartel antes de las diez hora en la que dan comienzo los ejercicios de instrucción.
No obstante, si no te diese tiempo, tú me llamas para que yo le dé cuenta al Capitán Clemente. Creo que no habrá ningún problema.
– Mi teniente, haré todo lo posible por llegar a tiempo.
A la hora de la instrucción del lunes, estaba en mi puesto al frente el pelotón de la sección primera del Teniente Faes.
Después de una hora, el Teniente Faes nos dio media hora de descanso bajo la sombra de unos álamos; uno de los soldados se quedó vigilando para avisarnos cuando llegada el capitán Clemente.
De pronto, el recluta vigía dijo en alto: “Que viene el Capitán” y todos nos pusimos en nuestros sitios, pero el capitán Clemente, que había oído el aviso del novato, dijo en un tono de pena:
– Soy vuestro capitán, no vuestro enemigo.
Nunca, en los cuatro meses de estancia en el cuartel, le había escuchado decir una palabra más alta que otra.
No sé si a todos, pero a mí me hizo cavilar sobre esta situación. ¿No hubiera sido más digno volver a la formación, mandar “firme” y comunicarle que se había dado un descanso a los soldados después de una hora a pleno sol?
Quedan aún situaciones por contar en el ámbito militar y voy con ello.
Dormíamos en la misma estancia, todos los cabos primera. No recuerdo sus nombres, tan sólo que uno era hijo del Brigada encargado del abastecimiento del cuartel; otro era camionero en Ribadesella y mi amigo de Talarn que había estudiado en la Normal, antes del “Plan del 67” a quien siempre nombré como “Uvieu”, por haberme olvidado de su nombre y apellidos.
Tenía unas fotos de grupo firmadas por ellos, pero por circunstancias varias no logré volver a encontrar.
Existía en el cuartel una especie de escuela para la enseñanza de estudios primarios soldados que no la habían tenido por diversas causas; entonces nadie estaba obligado al aprendizaje ni tan siquiera de la lectura y escritura, cuanto menos del cálculo. En la escuela de mi aldea, algunos de mi edad no acudían a las clases a diario, pues solían mandarles en su casa a cuidar los rebaños de ovejas o de vacas. Así había sido para la época posterior al finalizarse la guerra civil, en mi caso, en el período entre 1954 y 1962, en que hice la Enseñanza Primaria. en la escuela. y en los años posteriores como los míos. En casa de mis abuelos paternos, aunque fueron nueve, y otras más casas, por supuesto, los mandaron a la escuela y muchos al colegio de La Arquera para que pudiesen acceder a otro trabajo mejor. Otros entraban a trabajar en las tejeras aún siendo niños.
Bastante reciente, me enteré por un amigo cómo a él le habían contratado para la construcción de una presa y puente cerca de su pueblo natal, con siete años para dar agua a los obreros y atizar el fuego del llar donde se cocía el pote. El sueldo era de tres pesetas a la semana, con jornadas de diez horas y dormían en camastros de paja.
El Capitán Clemente cuando fui a recoger la libreta del servicio militar que en el argot cuartelario se decía “La Blanca” por ser de ese color sus tapas, y que por cierto, la nuestra era verde, me propuso lo que sigue:
“Si tú quieres, Noriega, puedes quedarte hasta el verano siguiente como profesor en el “PPE”, libre de guardias, maniobras y con una subida considerable de la paga mensual. En los tres meses del siguiente verano, puedes acudir al acuartelamiento para oficiales, ya con los galones de Sargento al mando de una sección y al término del cual, te dan la estrella de Alférez de Complemento y seguir los escalafones como oficial, con suerte, en este mismo cuartel.”
Muchas gracias, mi capitán, pero me acaban de dar una plaza fija en propiedad como profesor de EGB y esa fue siempre mi ilusión, ya desde la escuela. Las milicias supusieron para mí que no me llamasen los doce meses para el servicio obligatorio y tener que dejar a medias la terminación de los estudios en la Escuela Normal de Oviedo.
Como ya narré en anteriores capítulos, tuve la ocasión de ver a mi capitán en dos ocasiones.
La primera que fue en Perlora, donde HUNOSA tenía unas instalaciones familiares para sus empleados con hotel incluido y cerca de la playa. Allí llevaron a varios colegios públicos elegidos, supongo yo, por algún método de sorteo, puesto que de haber estado muchos, no hubiera habido espacio suficiente.
El caso es que había venido el “rey emérito” y recuerdo que había una exposición de ganado selecto y algunos de mis colegas se acercaron a estrecharle la mano a la tribuna que le habían puesto. Una de ellas, nos confesó que no se había lavado la mano derecha, por supuesto, por aquel privilegio tan especial (y “estúpido” le dije yo) cuando nos lo contó al día siguiente en la sala de reuniones.
Yo estaba a cargo de mis alumnos de octavo curso de EGB de quien era tutor, cuando vi llegar un mercedes negro con una banderita en el centro del capó y una gran antena de radiotelefonía. Dentro del vehículo estaban tres militares con sus trajes ceremoniales. Un sargento piloto, un cabo de transmisiones con el pesado equipo de radio detrás junto al capitán Clemente que hablaba por telefonía inalámbrica con los demás coches de protección. Se bajó justo por la puerta izquierda junto a la acera en que yo estaba con mis alumnos:
– A sus órdenes, mi capitán – le dije mientras tocaba la visera de mi gorra de sol y él me devolvió otro cortés saludo militar:
– ¡Qué casualidad, mi sargento! ¿Cómo por aquí?
– Vine con mis alumnos y algunos colegas del colegio de Panes.
La segunda vez y última que saludé a mi capitán fue en el paseo delante del parque San Francisco. Iba caminando con mi primogénito a quien le había comprado un helado y con su abuela materna que lo llevaba de la mano, cuando lo vi adelantarnos. Iba vestido de paisano, pero lo reconocí por la forma especial de caminar que tenía, tanto en el paso como en el braceo acompasado. Me acerqué a su altura sin soltar mi helado y le dije.
– Buenos días, mi capitán. Se paró, me reconoció y me contestó:
– Buenos días, ascendí a comandante, pero agradezco que me recuerdes como capitán. ¿Es tu hijo?. Sí, le dije. Nos dimos la mano y nos despedimos.
Creo recordar que era cántabro. En la cartilla militar que aún conservo, no figura nada más que un sello oficial del cuartel y la fecha final de mi licencia militar.
La licencia militar era provisional, pues debía pasar por el cuartelillo de la Guardia Civil, todos los años hasta que sobrepasara mi edad de volver a ser llamado ante cualquier conflicto bélico. El caso es que al segundo año de estar en Panes, 1974, me llaman del cuartelillo para pasar la revista y al ver que me faltaba la revisión del año anterior, me multan por omisión y tuve que pagar unos “Timbres del Estado”.
viernes, 22 de noviembre de 2024
179.- Espectáculo inesperado
Celebración de la festividad de San Mateo
El viernes 21 de septiembre de 1973, con motivo de la celebración de san Mateo, patrono de Vetusta, la Banda Militar del histórico Regimiento Milán, históricamente apodado “El Osado”, participó en el desfile con carrozas llegadas de diversas poblaciones de la provincia del Principado entre las que estaba la de Llanes. El almuerzo que nos dieron aquel día en el comedor del Milán fue extraordinario. A continuación, tras un tiempo de descanso, en la explanada usada para pasar la Revista de Comisario, se había congregado un nutrido grupo de espectadores de todos los grados militares.
El que dirigía la demostración atlética vestía el traje blanco ceñido por un cinturón negro.
Eligió de entre nosotros a seis al azar y nos entregó a cada cual una tablilla para que la sostuviéramos firmemente en alto, sujeta con las dos manos y a la altura del pecho.
Desde el centro del círculo giraba sobre su pierna izquierda mientras que con la otra la alzaba para marcar las distancias en un giro a las seis tablillas.
En el segundo momento, con total precisión fue rompiendo, una a una las seis tablas en una acción conjunta, sin pausa en menos de quince segundos.
Cuando había recibido la tablilla, pude comprobar que tenía una veta resinosa que la atravesaba, menos consistente que la blanca.
La siguiente demostración me pareció más auténtica. Había unos ladrillos machetones formando un puente con sus dos extremos descansando sobre sendos tacos de madera.
El maestro karateka con el canto de la mano abierta, marcó el lugar exacto donde debería descargar el golpe y flexionando sus rodillas separadas, hinchó los pulmones y emitiendo un fuerte alarido golpeó el ladrillo que se abrió en dos como si se tratase de una barra de cristal.
Era un aspirante en prácticas al cuerpo de Alféreces de Complemento, de una quinta anterior a la mía, cuyo nombre se me quedó en olvido.
En el mes de septiembre, tras las fiestas de Covadonga, comenzaron las actividades académicas. Fuimos convocados en la Delegación de Educación y Ciencia que en ese momento estaba en la C/ Río San Pedro en donde nos convocaron a todos los alumnos que habíamos optado al acceso directo al Cuerpo del Profesorado de E.G.B. exentos por la nota media a lo largo de los tres cursos en la E. Normal, para elegir destino entre las plazas vacantes que se ofrecían aquel año. Este trámite se hacía cada dos cursos.
Pedí permiso al Cap. Clemente para ausentarme con tal motivo y por unas horas del acuartelamiento y allí acudí con premura.
Se seguiría para la elección de plaza el orden establecido por la anota media de toda la 3ª Promoción. Yo había logrado exactamente el turno sexto entre los alumnos o el número doce entre alumnos y alumnas.
Existían distintas denominaciones para los centros educativos:
1.- Escuelas Unitarias de un aula que se concedían a las maestras como en : Buelna, Vidiago, Purón, La Galguera, Pancar, El Mazucu, Meré y un extenso etcétera. En la fecha de su construcción se utilizaban materiales como la piedra y el mortero de cal. Solían tener la casa habitación para la maestra encima del aula, a la que se accedía por una escalera de piedra, adosada a un lateral del edificio. Para el recreo, solía aprovecharse la bolera.
2.- Escuelas Unitarias con dos aulas como en los pueblos de Pendueles, Riegu, La Pereda… La escuela de Parres disponía de sendos portales y la bolera para los recreos; la planta primera para ambas aulas y la segunda planta para viviendas del maestro y de la maestra. Los materiales de construcción seguían siendo la piedra y la cal.
3.- Escuelas Graduadas como la de Llanes, Nueva, Posada… tenían separación de aulas para niñas con su maestra y de niños con un maestro. Las actividades y juegos en los recreos también eran distintos. Este tema lo dejé bien explicado en una entrada anterior.
En la lista que nos entregaron figuraban en la zona cercana a Llanes, la aldea de Cue, San Roque. En Ribadeva, el colegio de Colombres, Panes, Alles, Arenas de Cabrales y otras como Camarmeña, Bulnes, Sotres, Ibias y Taramundi, por citar escuelas con extremas dificultades orográficas.
Tal ansia teníamos por comenzar la actividad docente que en las tertulias entre los compañeros de la Escuela Normal algunos decíamos que estaríamos conformes en dar comienzo en cualquiera de las aulas citadas.
Por lo poco que hasta ese momento había podido viajar, desconocía la Villa de Colombres ni figuraba el nuevo Colegio de EGB que se estrenaría ese curso. En cambio, en la lista de vacantes aparecía Panes con una Escuela Graduada de dos aulas y sendas casas para los docentes. El aumento era bastante significativo. El viejo dicho tan repetido en la época pretérita de que alguien " pasase más hambre que un maestro de escuela", dejó de tener sentido peyorativo gracias a las primeras manifestaciones y huelgas con la aparición de los primeros sindicatos horizontales tras la finalización del período dictatorial.
viernes, 27 de septiembre de 2024
29.- Viaje a Vetusta
Aún recuerdo el día de mi primer viaje en tren a Oviedo. En tanto que mi madre se hacía cargo de atender el ganado, padre y yo madrugamos para bajar al viajeros de las siete.
Mis abuelos paternos, Santos y María, aprovechando el viaje, nos mandaban un recado para unas amistades suyas. La ilusión mía, aparte del viaje en tren, era conocer la ciudad, el parque San Francisco, incluida la osa parda, Petra y su hijo. En el largo y sinuoso trayecto de ciento diez kilómetros, olvidé la consulta que tendría con el traumatólogo del Ambulatorio, en la calle La Lila. Una molestia que sentía en el tendón derecho del pie me impedía correr e incluso caminar.
Algunos viajeros madrugadores ya ocupaban los asientos con ventanillas al andén principal cuando nosotros sacábamos billete. Cuando subimos aún había dos asientos libres junto a la puerta.
El engrasador revisaba a pie de vía los niveles de los bujes de las ruedas de los vagones con su aceitera en la mano y el cotón metido en el bolsillo posterior de su funda azulada de trabajo. Con un gancho comprobaba que en los cajetines del engrase no faltasen las mechas y de paso aprovechó para revisar que los vagones estuviesen bien enganchados y puestas las cadenas de seguridad.
Un mozo de andén empujaba una carretilla de plataforma cargada de paquetes con destino al vagón de alta velocidad en la cola de la unidad. El olor a café de la cantina se colaba por las puertas abiertas del vagón. El jefe de estación salió de la oficina con el gorro bajo el brazo, el silbato y el banderín de salida, acompañando al maquinista Ramón Sánchez de la Vega, vecino nuestro, hasta la máquina donde ya le esperaba el fogonero. Cuando el maquinista subió los dos peldaños, el jefe se caló la gorra, levantó la banderola y dio un pitido largo, protocolo necesario antes de que Ramón iniciase todas las operaciones de arranque. Un corto silbido de la máquina confirmó la salida, justo cuando el minutero del viejo reloj de junto a la entrada marcase las siete y cinco, hora estricta de salida. Primero sentí el ruido que producen al aflojarse los frenos y los vagones, cual niños jugando, comenzaron a moverse a trompicones, como si se negaran a emprender la marcha cogidos firmemente de la mano de su madre. Poco a poco veía moverse las casas cada vez a mayor velocidad y sentí el traqueteo en el paso a nivel de San José. Mi padre subió la ventanilla para que no entrase por ella la fina niebla ni la carbonilla que se desprendía de la chimenea y tuve que conformarme con pegar la nariz al cristal. Delante de mí desfilaron el campo de fútbol de Malzapatu, donde había aterrizado una avioneta. De la Panadería Sousa me llegó el olor del pan recién ahornado cuando se abrió la puerta del fondo del vagón para dar paso al revisor. Las últimas casas de la carretera en la Avenida de la Paz antes del paso a nivel en la vieja carretera a Camplengo, las Nieves, Póo, Parres y Porrúa. Pitidos previos anunciaban cada paso a nivel y el saludo de la guardesa de la garita de Póo, junto a las barreras bajadas. Ya en Celorio, subieron varias personas y el revisor amablemente ayudó a una mujer con su cesta de mimbres donde yo adiviné, bajo una cama de helechos verdes y hojas de berzas, por su característico olor, ricos quesos de Porrúa. Siguieron Balmori, Piedra y Posada que ya se preparaba para la feria del ganado en el campo de las Escuelas y en la Plaza los vendedores armaban los tenderetes del mercado de abastos.
Una niña con largas trenzas rubias se subió con su madre que llevaba un bebé en brazos. Ambas ocuparon el asiento diagonal al nuestro. El traqueteo sobre los cortes de raíl y el movimiento de las traviesas sobre el balastro, me proporcionaban una pista de la velocidad que tomábamos y en las curvas, me daba la sensación de que se fuese a salir por el chirrido y el roce de las ruedas. Me daba cuenta de la cercanía de otra estación por el chirrido de los frenos, el largo silbido de la máquina y consiguiente choque de vagones antes de parar. Los nombres de la mayor parte de las estaciones que siguieron a Posada eran desconocidos para mí.
En cada estación, por pequeña que fuera, había el mismo reloj, la misma estructura del edificio, la misma pintura e igual protocolo del jefe en la salida del tren.
La niña volvía para otro lado la cabeza cuando yo la miraba y a hurtadillas comprobé que también ella me miraba. Padre entabló conversación con un señor que se había subido en una de aquellas paradas y después de darle razón del motivo de nuestro viaje pasaron a hablar de las labores del campo.
Nuevos viajeros fueron completando el vagón y enfrente de mí acabó sentándose un anciano tras hacer ímprobos esfuerzos para mantenerse en equilibrio y no caerse sobre nosotros en cada curva de la vía. Una vez que logró sentarse, sacó de uno de los bolsillos de la chaqueta, el paquete de “cuarterón” y el librito de “Jean” y, como si se recreara en el arte de los malabares lo lió sin quitar la mirada de la ventanilla. Lo colgó apenas de la comisura de los labios. Tomó el chisquero cuya mecha colgaba del bolsillo interior del chaleco negro a rayas y después de girar la rueda con la palma de la mano, tomó el pitillo y le acercó el ascua avivada con un soplido. Todo ese ritual lo había visto mil veces hacer a mi abuelo intercalado en las pausas de sus amenas charlas, cuando iba a visitarle y se despertaba de sus imprescindibles siestas. De bien crío debí asombrarme de esas dos habilidades, la narrativa y la de liar los cigarrillos, que seguía sin pestañear todo el proceso cuando me dijo en una ocasión que el que estaba haciendo sería para mí, si lo quería, y se dispuso a hacer otro para él. Me imagino la cara de sorpresa e ilusión que yo pondría, pero no se me olvidó el asco que sentí al dar la única calada que me hizo toser y que hizo que faltara bien poco para echar al traste la ropa que la abuela tenía plegada para planchar sobre el arcón del estregal.
En estos u otros pensamientos estaría tanto rato que me olvidé del viaje, de la niña de grandes coletas y de los que compartían sus impertinentes y antisociales humos. Limpié con el torso de la mano el vaho del cristal de la ventanilla y divisé a lo lejos la aguja de la torre de la Catedral destacando airosa por encima del resto de edificaciones. Al poco rato entrábamos lentamente en la estación de los FF. Económicos de Oviedo. Comprendí en el momento de bajarme la diferencia existente entre una capital y una villa por la cantidad de vías y trenes en comparación con las que tenía la de Llanes.
La niña de las rubias trenzas caminaba cogida de la falda de su madre y me dirigió una última mirada, como de despedida, mientras tomaba la calle empedrada paralela a la estación. Padre y yo seguimos de frente todo lo rápido que me permitía mi dolor, pues ya casi era la hora de nuestra consulta en el Ambulatorio de Calle La Lila. Padre conocía sobradamente el trayecto más corto por haber estado en Oviedo más veces. La visita al doctor fue rápida, y no tardó en darnos el diagnóstico: -Está en la edad del crecimiento y necesita tomar más calcio - dijo.
Así que la receta consistió en unos gránulos de calcio con sabor azucarado que tenía a pasto en un platillo sobre la mesita. Además me mandó hacer reposo durante tres meses.
Nada más salir del Ambulatorio nos dirigimos con el recado de los abuelos para Arcadio, el amigo que mi abuelo echó en el hospital cuando le amputaron la pierna. Habían convenido los dos en compartir el calzado cuando comprasen uno nuevo, pues a cada uno le habían privado de una pierna distinta. Mi abuela le mandaba por nosotros la zapatilla izquierda.
Mis recuerdos de esta primera visita a Vetusta se resumen a la torre de la Catedral, la estación de Económicos y el empedrado de la calle Covadonga donde jugué una partida a las canicas con un niño que al llegar lo vimos sentado en el portal de la casa colindante cuando subíamos para hacer el encargo. Después de los saludos de rigor, me dejaron bajar a la calle. Era una calle ciega, creo recordar, y en la acera de frente a la casa, había una vinatería donde varios parroquianos charlaban en torno a unas tinajas de roble y bebían por sendos porrones.
Como el tren de regreso salía a las cuatro, nos dio tiempo a pasar por el Campo San Francisco donde compartí los barquillos y la torta de miel que había sacado en la ruleta del barquillero con los patos del estanque. Después observamos largo rato los movimientos repetitivos de la osa Petra que recorría con aire de hastío el contorno de su exigua prisión.
Los recuerdos fotográficos que mantengo en mi mente son en color gris y sepia como los daguerrotipos, de una ciudad aún herida por la guerra, de calles empedradas, con los tejados oscuros del hollín que caía de aquel bosque de humeantes chimeneas.
jueves, 19 de septiembre de 2024
178.- Todo sobre ruedas
A menos de un mes para terminar el servicio militar obligatorio, me animé a sacar el carnet de conducir, al ver que algunos de mis amigos ya lo tenían, tanto para motocicleta como para coche. Un compañero del cuartel me animó a obtenerlo como él había hecho a través de la Policía Municipal. Tendría que abonar una tasa mínima por el uso del coche, un Citroën 2 CV, tiempo de las clases y cuota por el derecho a examen. Otro, en cambio, me animó a sacarlo como él había hecho a través de la “Academia Asturias”.
Allá fui sin más dilación el sábado por la tarde para hacer la inscripción. Aboné la tasa inicial de matriculación y me dieron el manual de normas y señales que comencé a estudiar por mi cuenta en los ratos libre del cuartel. Al día siguiente me esperaba el profesor de prácticas apoyado en un Seat 600-D delante de la academia. Me identifiqué y sin perder más tiempo, se subió en el asiento del lado derecho donde, en caso de necesidad, podía controlar con unos pedales el coche. Me puse al volante, ajusté el asiento y los espejos retrovisores. Para el aparcamiento, el monitor me mostró unas pegatinas en la luneta posterior que serían las referenciales para el acercamiento en la marcha atrás del vehículo. Para la aproximación hacia adelante, bastaba con referenciar la posición del limpiaparabrisas.
Temblaba por la emoción como una “juella”. Me preguntó si conocía el funcionamiento de los dispositivos y le dije que tenía alguna experiencia aparcando varios coches que entorpecían la entrada del material de las obras en las que había trabajado, incluido un camión “Ebro”.
Estuve unos minutos practicando el uso de los pedales y coordinando el embrague con la palanca de las marchas con las órdenes que él me daba. Arranqué el motor y después de varios sobresaltos, logré mantener el ritmo del motor. Estábamos alado del edificio “La Jirafa” y siguiendo las órdenes del guardia de tráfico, salí a la calle Uría, me coloqué en la vía central, cedí el paso a un autobús y subí por la parte derecha del parque, por Toreno, en dirección a santa Marina de Piedra Muelle, donde había una pista de prácticas.
Una vez allí el profesor salió del coche y me mandó repetir, durante un tiempo, diversos aparcamientos entre señales marcadas en el suelo o entre postes que él movía, por acortar el espacio entre ellos y así aumentar gradualmente la dificultad.
Regresé conduciendo hasta la entrada del cuartel. Quedó en recogerme al día siguiente a la misma hora de la tarde, en la entrada del cuartel.
Un sábado que no tenía conducción, me pasé por la academia para que me aclararan cuantas dudas me fueran surgiendo en el cuestionario de teórica. El profesor me recomendó que asistiera todos los días, si pretendía aprobar el examen de teórica.
Creo recordar que solamente pasé por las clases durante la primera semana. El profesor me ayudó a resolver las dudas que me iban surgiendo en cuanto me llevó por la mayoría de calles de Oviedo y en la salida hasta la vieja carretera a Avilés, por la que tendría que hacer el examen con el ingeniero examinador.
No necesité más que doce clases teóricas. Algunas tardes, el sol se había ocultado y en más de una ocasión nos pilló la lluvia. El profesor me dijo que era policía municipal, pero las doce clases de prácticas sirvieron para entablar una relación de respeto y confianza a la vez. No escatimaba el tiempo y terminábamos las clases tomando un café y unos pinchos en la cafetería que había justo a la izquierda de la Biblioteca Municipal.
Un martes, a las diez, tuve el examen teórico. La tensión emocional era muy fuerte. Había un tiempo limitado y un portafolio de varias hojas llenas de ejercicios. Dos vigilantes recorrían entre las cuatro filas de mesas, mientras un reloj de pared nos tasaba el tiempo. Respiré hondo y comencé a contestar las cuestiones que me parecieron fáciles. Había un par de ellas que eran fotos poco claras, con situaciones de tráfico con las que nunca me había topado.
Levanté la mano y me recogieron el portafolio. Tuve que esperar en el asiento. Nadie podía salir para no indicar al siguiente turno las preguntas que habían puesto. Como no había entregado nadie más, vi, por estar en primera línea de pupitres, cómo lo corregía colocando encima de cada cara una plantilla perforada con la solución correcta y trazaba un signo en una casilla que estaba justo al lado de la respuesta. Dos de ellas fueron incorrectas y trazó una equis encima de la casilla.
“No estuvo nada mal”, – pensé, pues permiten hasta cuatro errores.
Terminado el tiempo salimos por una puerta, mientras el segundo grupo entraba por otra. Quedaba por esperar otra hora antes de iniciar la pista de pruebas.
Otra hora después nos mandaron montar solos en los coches de la autoescuela correspondiente. Era un rugir de motores y los humos negros enlutaron las nubes que ya de por sí anunciaban tormenta.
Fuimos en columna de a dos para la rampa en la que había que detenerlo justo pasada una línea blanca y sin tocar la roja que estaba a veinte centímetros de la cumbre.
Logré pasarla usando tan sólo el pedal de embrague con el pie izquierdo y los de freno y acelerador con el diestro. Del freno de mano, no convenía confiar mucho. De allí bajamos a por otras pruebas, cada una vigilada por un empleado y fue la última, el aparcamiento en la parte izquierda que debía hacerla con tan solo dos movimientos.
Con todo el tiempo de espera con el motor arrancado, cuando el examinador me indicó, al acelerar para salir se atragantó y se paró. Tuve la idea de darle a la llave y arrancó sin ser oído por el examinador que en ese momento estaba controlando a la fila de la derecha y entre tal estruendo de motores de las dos filas que esperaban su turno. El profesor me mandó que saliese a la carretera donde recogimos al examinador de la prueba en carretera. Se había iniciado una fuerte tormenta eléctrica con lluvia a la que las escobillas no daban abasto a retirar de la luneta y apenas sí se veían las líneas sobre la calzada y las calles estaban encharcadas. Al lado iba mi profesor que se bajó para dejar entrar al examinador que se sentó en el asiento trasero derecho.
Ya antes de que entrara, se bajó de otro vehículo y al verlo acercarse, el monitor levantó una ceja queriendo darme a entender que era duro y nada transigente. Caminos en la puerta de la derecha y dos alumnos más nuestra academia. Le di mis datos y me pidió que siguiera la carretera de Lugones por el tramo que ya conocía de las prácticas. Había comenzado a llover fuerte y la lluvia cortaba la luz de los semáforos. Nos desviamos por el ramal a la izquierda, “carretera de Avilés” unos kilómetros, a la vuelta, al pie del parque de los exámenes me pidió que parase allí mismo. Estábamos en una bajada, delante de una señal de peligro y un charco del agua producida por el fuerte chaparrón caído justamente al pie de la portezuela posterior derecha por donde se habría de bajar. Me preguntó con mal humor por qué no había parado antes y le contesté muy seguro de mí:
– Para que usted no se moje en el charco ni quitar visión a los demás conductores de la señal que tenemos delante. No dijo ni mu. Me mandó intercambiar el asiento con una alumna sentada detrás mío.
Miré al copiloto que me hizo un gesto con el pulgar hacia arriba que yo interpreté como positivo.
Al lunes siguiente pasé por las oficinas del parque a recoger mi flamante permiso.
viernes, 23 de agosto de 2024
177- De "puntillas" por el cuartel
A la mañana siguiente, tuve que ocuparme de la guardia dentro del cuartel, en el vestíbulo de entrada, conocido como plaza de armas. Allí destiné la primera escuadra del pelotón. Cuatro soldados con un cabo rojo. Era un amplio salón de techos muy elevados y fornidos portones de gruesas maderas reforzadas con herrajes de entrada al edificio. En el lado opuesto que daba entrada al interior del cuartel, en la armería, se guardaban los mosquetones sujetos por una cadena y potente candado; también estaba dedicada a las armas "castigadas" por haber fallado y ocasionado daño al soldado que las hubiese manejado. Este extremo tan singular no me extrañó nada ya que había oído contar que se hacía con los mulos, autos y, como yo conté en este blog, había ocurrido con la piscina del campamento en Talarn.
Los otros dos lados del salón estaban ocupados por sendas oficinas de oficiales, ambas tabicadas en madera de castaño con puertas de mitad arriba acristaladas y con una cortina por el interior. Cuando fui a hacer la primera inspección me encontré el siguiente escenario:
Una mujer entraba en ese momento por la puerta principal sin que nadie se lo impidiese ni de que se siguiese ningún tipo de protocolo. Portaba colgado de un brazo una canastilla cubierta por un mantel a cuadros que dejaba entrever el cuello de una botella. Con los nudillos en el cristal de la oficina del capitán, oficial de día, y marcó con los nudillos un ritmo que parecía acordado previamente, pues la manilla de la puerta giró y la señora accedió al interior. Los visillos desplegados desde el interiores impidieron las miradas desde el zaguán de entrada.
Un par de niños jugaban en cuclillas en el zaguán a las canicas. Al momento, los críos se dirigieron a la puerta del despacho y saltaban para poder ver por los resquicios entre la persiana y el marco. Uno de mis soldados le marcó con la bota una patada en el trasero al mayor de los guajes para que se alejase de la puerta.
A mí me pareció poco apropiado cómo les trataba y le pedí una explicación.
– ¡Por qué le pegaste! – le dije.
– Porque el capitán que está dentro es el padre de ellos, – me contestó.
Justo en ese mismo momento el capitán de guardia de semana y que ejercía de Comandante de cuartel salió de su despacho que estaba justo en el lateral opuesto y llamó con energía a la puerta que se abrió sin apenas tardar unos segundos, pues salió el capitán, con la camisa desabrochada, la corbata ladeada y la gorra no era a domeñar bajo ella los cabellos. Una compostura nada apropiada para un soldado cuanto sin más para un capitán.
El capitán Comandante de semana, dirigiéndose a mí me ordenó:
– Cabo Primero, haga salir esta señora del Cuartel.
– A sus órdenes, Comandante – le dije cuadrándome y dando el taconazo a la vez que le hacía el saludo obligado.
A mi vez, como también había esta norma, le pedí al Cabo Rojo y a uno de sus soldados que la acompañaran hasta la garita y barrera de entrada y salida.
La dama, cuyo apelativo ahora omito, era la misma que había entorpecido la vigilancia del puesto de guardia estando yo en el acuartelamiento de Pumarín. Hecho narrado con anterioridad en este blog mismo.
Creo que el capitán infractor fue arrestado, pero desconozco la dureza del castigo que se le aplicó.
viernes, 28 de junio de 2024
176.- Guardia de retén en el acuartelamiento Milán
Aún habría de cumplir con otra experiencia más en el cuartel, se trataba del servicio de retén de guardia por la noche, precisamente el día de la fiesta de san Mateo que se celebra el día 21 de septiembre.
Al oeste, el acuartelamiento disponía de una extensa finca que tendría, grosso modo, unas dos hectáreas que los soldados de alguna de las compañías se encargaba de mantener limpia y segada. Era la primera vez que estaba en ella. La yerba seca la habían amontonado en varias tolenas a lo largo del prado.
Los cohetes y la música de una romería que se celebraba justo al norte del praderío, atrajo la atención de todo el pelotón que llevaba tras mí, cuando llegó al puesto de guardia donde yo debía instalarme después de distribuir al primer turno de guardia durante las dos primeras horas. El cabo primero saliente me pasó las normas que a él le habían entregado y firmamos el estadillo juntos. Me acompañó hasta los puestos que debía atender: un supuesto en el polvorín de concreto armado soterrado con una garita tal como la del paso a nivel con barrera en las vías férreas, con sus mirillas y asiento de madera; una puerta de salida a la calle norte y en el puesto de guardia que disponía, con unos camastros y unos aseos.
Después me dediqué a rellenar el estadillo que habría de entregar al pelotón que viniese al relevo de la mañana.
Todo parecía estar en orden. Salí a hacer la ronda y pasé las dos primeras horas de palique con uno de los cabos que ya conocía de sobrado y éramos buenos amigos. Tomamos el menú de la cena que nos habían traído los de provisiones sentados bajo un techo que nos protegía de la espesa niebla que se había ya apoderado del entorno de la finca.
La niebla disimulaba unas nubes del humo que yo había detectado hacía ya rato, por la alergia que de él sufría desde niño y que me había servido para evitar ser adicto al tabaco. Cuando se levantó la niebla, observé que de una de las tolenas o montones de hierba seca, salían las moscaritas. Tomé el mosquetón cargado y con la bayoneta calada me tumbé en el suelo apuntando a una silueta poco visible por la noche, mientras le pedí la seña y la contraseña que les había entregado.
Como no me hizo caso alguno, le mandé el cuerpo a tierra al que tampoco obedeció. Estaba claro que no iba a apretar el gatillo hasta no haber agotado todas las posibilidades. Por suerte, la niebla se disipó y pude ver la cara del muchacho que, como si la cosa no fuera con él, traía el cigarrillo entre los labios y se vino hacia donde yo estaba mientras terminaba de atarse el cinturón. Ni trinchas, ni gorra. Supuse qué había estado haciendo tras las varas de hierba seca que ahora estaba casi consumida por el fuego.
Respiré hondo antes de tomar otras medidas más drásticas contra él, por consejo de su cabo de escuadra que me explicó con claridad en un aparte que hicimos.
Habían modificado las normas de seguridad en el acuartelamiento: en las guardias, las cartucheras llevarían munición y en el Mauser se calaría la bayoneta junto al cañón. En un cuartel del País Vasco, se había matado a un Capitán en el primer atentado contra las fuerzas militares.
Serendipias de la vida, se trataba del capitán Joaquín Irmaz Martínez de la 4ª Compañía en el acuartelamiento "EBRO" en Talarn de mi primer verano como soldado IPS y que todos conocíamos como apodo "La Lola", con el que hice la jura de bandera. Le habíamos tomado aprecio por la actuación que tuvo con los dos "secretas" que habían delatado a mi sargento de pelotón de haber mandado una carta dirigida a un soldado que se había declarado como objetor de conciencia y que estaba pasando la mili en un calabozo. A los chivatos los envió a hacer la mili normal a un campamento donde el tiempo, en lugar de ocho meses en total se doblaría.
Acabada la guardia, pasamos la guardia al siguiente pelotón y regresamos a la compañía. A la hora de la comida nos fuimos al comedor. Era un poco tarde, pero al explicar que veníamos de hacer la guardia, nos indicaron el lugar donde quedaban mesas libres. Esperé a que se sentaran todos los que pertenecían a mi pelotón y me senté en la primera mesa que encontré con un asiento libre. Otros tres soldados me acompañaban.
Al poco, se acerca a mi el teniente, que era el oficial de cocina aquella semana y me regaña por compartir mesa con los soldados: ¡"No sabe usted que la clase de tropa no puede sentarse con los soldados"!
En los dos veranos anteriores, jamás había notado tal distinción, pero me contuve por otro hecho que me había ocurrido con el mismo teniente de cocina.
Había carne en uno de los platos del menú. Me había tomado sin ningún problema la sopa y el cocido, pero el trozo de carne que me cayó en suerte, estaba más duro que la suela de un zapato, aparte que la carne de filete nunca había sido mi deseo culinario y menos cuando estaba con tantos tropiezos.
Me dijo, que si despreciaba el menú del ejército y le contesté que no era así, pues el resto estaba todo de mi gusto.
Me libré de un castigo y desde entonces me aseguré del menú que servían y del oficial de cocina que había cada semana.
viernes, 7 de junio de 2024
175.- Las Maniobras en Casomera
Esta actividad denominada “Maniobras” era obligada para todas las promociones y de ella se comentaba en el Regimiento “El Milán”; unos contando sus propias experiencias y los noveles esperando a que se nos notificase.
Un lunes, el cabo furriel entregó a cada pelotón una tienda de campaña compuesta de cuatro piezas de lona que se unían por unos ojales y sus correspondientes botones, un juego de varillas plegadas en tres secciones con muelles que se extendían, clavos de anclaje y las cuerdas tensoras. Por supuesto, la indumentaria era la propia de la instrucción con el “Mauser” que recogimos en la armería antes de salir del cuartel y la mochila con nuestros enseres personales.
Caminamos hasta la calle Argüelles, por donde bajamos las escaleras hasta la estación del Vasco. El trayecto en el tren de vía estrecha fue lento. Muchas veces había visto el tren por encima del viejo puente, yendo de la pensión en Fray Ceferino hasta las clases y me había preguntado cuál era su destino y también por qué recibía ese nombre. El origen del nombre está en la empresa “La Vasconia” que tenía que ver con la explotación de las minas de carbón.
Llegados al apeadero de destino, permanecimos largo tiempo dentro de los vagones donde dimos cuenta de las provisiones que nos entregaron en el cuartel. La niebla se fue disipando y apareció el sol justo cuando salimos organizadamente. Recorrimos las céntricas calles del pueblo para llegar al punto de la acampada con el Teniente Faes Pomarada al frente de la primera sección. Me impresionó un suceso: una mujer salió a nuestro paso cerca de su casa y suplicó que evitásemos hacer ruido, pues su abuela sufría al recordar los momentos de la guerra que arrebató la vida de su marido y su hijo cuando tomaron el pueblo las tropas nacionales.
En una explanada cercana al río ya estaban asentadas las cocinas con las provisiones para la Compañía. Colocamos las respectivas tiendas donde nos indicaron en una finca inclinada hacia el río.
Justo en la orilla había instaladas varias letrinas con armazones metálicos desmontables.
Aquella semana estaba de guardia nuestro teniente Faes Pomarada y a mí me había tocado ser el cabo primera de semana al mando de la compañía en ausencia del teniente y del capitán. Formé la compañía para entregarla al mando del teniente, pero al ver que apenas podía mantenerse en equilibrio lo sujetaba y aprovechando la poca luz que la niebla dejaba de los focos alimentados por un generador, lo dejé sentado en una roca que había a nuestro lado e intercambié las dos gorras. Toda la tropa le tenía gran aprecio al teniente Faes Pomarada. Tras pasar lista, leí del orden del día, los turnos de guardia establecidos y mandé romper filas.
El teniente no era un oficial “chusquero”; poseía la titulación académica de abogado por la Universidad de Oviedo y por tal motivo se había formado en una promoción como Oficial de Complemento de la que salió como Alférez de complemento, pero siguió su ruta cuartelera con preparación militar con la que ascendió a teniente. Era el camino de nuestra promoción, con la diferencia que al haber exceso de oficiales, se catalogó como “Caballeros Excedentes de IPS”.
Por la mañana, al toque de diana, le di el saludo militar como era obligado y le invité a que se sentara con la sección a compartir nuestro café con leche.
El teniente Pelaez estaba al frente de la sección segunda. Cuando llegó el capitán Clemente, se levantaron las tiendas y todos en fila, debíamos seguir ascendiendo a la montaña por un sendero. El teniente Peláez, quiso llevar la mochila del capitán, pero éste le contestó:
– “Teniente, cada soldado tiene que llevar su propio equipo”. Aún a pesar del tiempo transcurrido, me viene al recuerdo su voz templada, segura.
Llegados a la cima, tendimos de nuevo el campamento. Desde allí se podía ver todo el valle del río Aller.
Las tiendas fueron montadas en una ladera, por no haber mucho espacio en llano. Yo me deslicé por el plástico y al despertar a media noche, me encontré con medio cuerpo bajo la espesa niebla que había cubierto de diminutas gotas de agua las piernas. Aproveché para alejarme por el bosquecillo hasta encontrar un recodo donde aliviarme antes de volver a la tienda. Para evitar otro nuevo desliz, coloqué mi mochila atada al poste central para apoyar en ella los pies. Me correspondía hacer la guardia de las dos segundas horas, pero el caso es que tampoco pegué ojo en las cuatro precedentes.
En una cádava de genista, el teniente Peláez había colgado a la fresca su bota de vino. A mí no se me ocurrió otra cosa que darle como “novedades” a la guardia que nos relevó que eran éstas: " echar un trago de la bota de vino del teniente Peláez”.
Así fue que cada soldado de las guardias se llegaba a no más de tres metros de la tienda y después de beber de la dicha bota la volvía a inflar para que no le notase la falta. Y así fue ocurriendo hasta la cuarta guardia. Es posible que mi idea me hubiera surgido de la lectura del “Lazarillo de Tormes” estando al servicio del avaro ciego y le cambió la longaniza por el frío nabo.
Al toque de diana, el teniente tomó la bota y se la ofreció al capitán por si acaso quería echar de ella un trago.
– No, teniente; muchas gracias.
Cuando apretó la inflada bota, desde la altura, al más puro estilo maño, un escupitajo de aire y el escaso vino que en ella quedaba se estrelló en la cara del teniente. No dijo nada para evitar ser la risión de todos, ni buscó la revancha.
El teniente Faes vino junto a nuestra tienda y compartimos con él un licor que los alumnos de Ovetus le habían regalado al final del curso. Le contaron lo ocurrido en las guardias y se reía por nuestra ocurrencia.
Era una trastada al estilo del ejército que los mismos oficiales no castigaban cuando se hacían a los cadetes, pero en el fondo, ello no me dejó nada satisfecho. El teniente Peláez no era mala persona.
Haré un inciso que me parece importante en la presente narración:
Una sección.de la Compañía de “Fuerzas Especiales” del acuartelamiento de Rubín en la que estaba mi vecino y pariente Pedro González Sobrino, también participaba en estas maniobras.
Tenían un entrenamiento muy duro, un remedo de los legionarios. Yendo en otra salida nuestra hacia la zona de tiro del monte Naranco, coincidimos con ellos.
En tanto que nosotros subíamos por un atajo que hay junto a la iglesia de san Miguel de Lillo, ellos llegaban en unos camiones con toldo. Traían la cara tapada y las manos atadas a la espalda. Llegado en un punto a nuestra misma altura de la cima, eran arrojados a la carretera en medio de terribles voces para inducirles al pánico: deberían soltarse, quitar el saco y la mordaza de la boca, encontrar su propio fusil comprobando el número que venía grabado en la placa asignada en la fábrica de armas. El objetivo de aquellos soldados era llegar antes que nuestra compañía. Pasado el monumental Cristo, viene un extenso páramo recién sembrado de pinos donde pudimos recobrar el resuello.
En otra ocasión habíamos estado con todo el batallón, para el ejercicio de tiro, en el espacio abierto de una cantera con el mismo protocolo que ya narré en los dos cursos del Campamento de Talarm.
Volviendo después de este inciso a la acampada de Casomera, por las noches que pasamos en lo alto del puerto, la guardia tenía que estar atento a no ser asaltados por la sección de las “Fuerzas Especiales” cuyo objetivo era desarmarnos. Por ello, dormíamos con “la novia” atada dentro de la tienda al pie central de la tienda.
Aquella tropa “asilvestrada” practicaba el “vivaqueo”: no tenían cocinas y tenían que subsistir de lo que llevasen o que topasen, ya fuera una liebre, o algún conejo descarriado. Incluso en los ponederos fuera de algún gallinero y la leche que pudiesen ordeñar del ganado de pasto en el monte.
domingo, 25 de febrero de 2024
174.- El retén nocturno de vigilancia de la PM.
174.- El retén nocturno de vigilancia de la PM.
Todas las noches, a partir del toque de silencio en el cuartel, salía un grupo formado por dos soldados y un cabo rojo, comandados por el cabo primera. La labor de la policía militar consistía en recorrer las principales calles y lugares donde se concentraba la gente los fines de semana, como son los paseo, cines, teatros, salas de baile, discotecas, verbenas y, por supuesto, hospitales, farmacias de guardia, bancos y escaparates de las tiendas del centro de la capital. Aparte de la orla blanca con las dos iniciales que debía cada uno del grupo llevar prendido en el brazo, además del casco, las trinchas, cinturón con las correspondientes cartucheras, guantes blancos y el chopo, yo tenía que llevar colgado del cinturón una pistola semiautomática mejorada, la 19 mm, Parabellum de origen alemán usada en la primera GM.
Ya narré cuando estaba estudiando el segundo curso en la Normal de Oviedo y se había prohibido, juntarse más de dos estudiantes a partir de una hora señalada. En ese curso, mis clases las tenía de 3 h. a 9h. pm. y los universitarios se manifestaron por las calles y al subir para la Normal, en la calle Asturias, vi correr hacía mí un grupo de estudiantes perseguidos por los “Grises” que les lanzaban botes de humo y blandían sus porras. Tentación tuve de meterme en un portal, pero el sexto sentido me previno y corrí delante de todos hasta virar a la calle Cervantes. Aquel día, estaba en la clase de lenguaje cuando entró a la carrera un chaval al que nadie conocía, ocupó un asiento vacío y atendió a las explicaciones. Un par de minutos después dos policías abrieron la puerta y, sin rebasar el dintel, echaron un vistazo a toda la sala y al no reconocer al perseguido, salieron. Don Jesús Neira, de visión muy limitada, nunca sabré si reconoció o no al nuevo alumno, pero el hecho es que nos explicó el escudo que mantenían las Universidades para quien en ellas se acogiese de la persecución policial o militar.
Era domingo y tuve que presentarme en el cuartel a media mañana ante el capitán de guardia. Yo había entendido que allí me darían el armamento, pero no sabía que tenía que haberlo solicitado el día anterior, de sábado.
Menos mal que un amigo y compañero del campamento estaba de asistente en las oficinas de Mayorías. Me proporcionó una pero me dijo que no había encontrado una funda para ella. La conseguiré en el mismo puesto de guardia, pensé, por lo que la metí en el pequeño y escaso bolsillo derecho del pantalón de “bonito” y la tapé con el pañuelo para evitar que se cayese al suelo.
Cuando me presenté al Capitán de Guardia y me preguntó por el arma. Yo se la mostré con la misma naturalidad con la que de críos guardábamos un puñado de canicas o castañas asadas que llevábamos para el recreo en la escuela primaria.
Me pareció ver en su cara una mezcla de autoridad y nostalgia de su niñez pasada y me aturdió con un amigable consejo:
– Cabo Primera: entrégueme su arma y, si lo precisa ante cualquier altercado, apunte así, dijo extendiendo el pulgar y el índice, alargando el brazo, cerrando el ojo izquierdo, mientras con la boca emitió un chasquido tan preciso que pareció el ruido del percutor. Como de niños hacíamos “batallitas” entre vaqueros y bandidos, guardias y emboscados o indios y ejército, en el Campillín del Palaciu de Gregorio y Logia.
La noche fue tranquila. Entramos en algunos bares donde solían invitarles a tomar algún bocata, según habían comentados mis veteranos subalternos u otros caprichos culinarios, como en la heladería del final de Uría con Fruela que tenía a pie de calle unas mamparas que daban servicio mañana, tarde y noche.
En este mismo apunte, incluiré otro episodio muy curioso ocurrido en el cuartel.
El caso es que con el rango militar de teniente coronel había un personaje, pariente de la Carmen Polo.
Se decía, que en el bar de los oficiales, tenía una deuda que pasaba de las cien mil pesetas rubias de entonces y que no tenía traza alguna de pagarla. Disponía para su uso un jeep militar descapotable y un soldado como conductor y mecánico, que lo mismo le limpiaba las botas o le seguía a todos los bochinches donde, por las estrellas de cinco puntas que lucía, no les faltaban ni cerveza ni bocado con que llenarle su bien hinchado vientre.
En más de una ocasión de regreso, el hujier le desnudaba y arropaba, pero también podían ocurrir otras cosas como la que voy a narrar tal como la escuché contar a otros compañeros veteranos que había ocurrido hace unos meses.
Una mañana al levantarse ya limpio del alcohol echó en falta al conductor y al preguntar por él, otro soldado le dijo:
– ¡Mi teniente, usted lo envió al calabozo esta madrugada! ¿No lo recuerda?
– ¡Vaya a por él de inmediato!
Y con las mismas al tenerlo a su lado le dijo en confianza que se apurara, pues iban a salir. Como si nada grave hubiese ocurrido. Estaba claro que su carácter afable cambiaba en cuanto sobrepasaba un determinado grado de vapores etílicos.
Tenía que formar una escuadra de recibimiento con traje de gala militar, sable incluido a la “Generalísima” en el aeropuerto de la Morgal. Coincidió que una espesa niebla lo retrasó y no se le ocurrió otra cosa que irse a un bar a tomarse las once con toda la tropa que le acompañaba. Pero las pistas quedaron pronto despejadas y al tomar tierra el avión, a la gran dama no se le hizo el correspondiente protocolo, motivo por el cual, fue degradado ya para siempre a Coronel.
sábado, 13 de enero de 2024
173.- Relevo de guardia en el Centro Reclutamiento de Pumarín.
Esta actividad sería la segunda de las sucesivas prácticas militares en el tercer período de las milicias universitarias y que daré cuenta al lector en sucesivos capítulos.
Tras dotar al pelotón en la armería de los respectivos mosquetones y rellenarnos las cartucheras de munición, el teniente nos formó y me mandó salir en formación que debí mantener durante todo el trayecto por las calles. La normativa permitía que usáramos la derecha de la vía pata dejar libre la acera con lo que el pelotón en su conjunto se convertía en un vehículo más. Desde el lado izquierdo del pelotón con el brazo izquierdo hacía las señales a los vehículos de adelantar o esperar.
Conocía el destino por haber estado allí cuando fui reclutado en el primer destino a Lérida. Llegado al pabellón donde pasaríamos las siguientes veinticuatro horas, se hizo el relevo y el cabo primera saliente me indicó los puntos clave de seguridad a los que enviar la vigilancia: dos soldados en la garita como las que tenía el ferrocarril con una barrera para vehículos y un paso peatonal; un tercer soldado donde el “mastín blanco” que guardaba el deteriorado muro de ladrillo por el que se podría acceder al recinto y un cuarto soldado en otro puesto más alejado donde había un “búnquer” o fortín del acuartelamiento y oficinas militares de Pumarín.
Me indicó que debería tener bien vigilada la entrada y salida de vehículos privados y evitar cualquier roce con los que pertenecían al destacamento militar.
Las normas restantes de cómo llevar a cabo el reparto de las guardias las traía bien aprendidas. Para dormir y aseos teníamos una edificación con literas, pero al jefe del pelotón le reservaban un cuarto más privado con una mesa donde poder guardar la documentación que debía entregar en el cuartel al día siguiente. Después de acompañar a un cabo y dos soldado a la entrada, situé otros dos de la misma escuadra para vigilar el polvorín y el punto donde estaba el perro. Este infeliz, a pesar de su tamaño y roncos ladridos, debía de estar tan acostumbrado a ver la tropa que cuando se le llevaba los restos que había en la cocina, movía en agradecimiento su moteada cola o nos embadurnaba de baba.
Me dediqué a cubrir el estadillo de guardias teniendo en cuenta los horarios y relevos de comida, cena y descansos. Eran tan solo dos cabos y ocho soldados, pero ofrecía su dificultad. Después de acabar, tomé un libro que había comprado en la librería “Cervantes” y me enfrasqué en su lectura de tal forma que el tiempo no me pasara lento.
Veía salir del acuartelamiento parejo al nuestro, soldados y mandos de una sección de “Regulares” entre los que estaba un amigo y pariente mío. Vestían un equipo que se diferenciaba por el color del caqui nuestro y calaban la gorra con cierta chulería, muy parecida a los legionarios, al menos en la dureza en la instrucción, como tendremos ocasión de comentar y comparar en dos momentos del presente blog.
Lo que me pareció raro fue que saliesen, aunque de domingo, ataviados con un mono azul marino como si fueran obreros de la construcción, fontaneros o ferroviarios.
Cuando se acercaba el momento del primer relevo, en el recinto donde yo esperaba encontrarles no había un alma y caminé hasta la garita. Imaginé que allí estarían echando el tiempo o se hubiesen escaqueado hasta el centro del barrio Pumarín para tomarse algo o jugar a las máquinas tragaperras en alguno de los establecimientos. Me preguntaba si el atavío de currante era el que usaban los veteranos adscritos a los distintos talleres, pero tampoco me convencía ya que estaban libres de las guardias.
Para lo que había aprendido en las clases teóricas, mi obligación era sancionarles o pasar la responsabilidad a los dos cabos como me había dicho el capitán. El cabo de guardia me confirmó mi suposición. Me aseguró que ya estarían de vuelta para el relevo y que al ser domingo los oficiales del cuartelillo también estaban libres. Sí era de más cuidado la visita de la Policía Militar de retén por toda la ciudad, especialmente en cines, bares y otros lugares de jolgorio.
Así en duermevela, pasé toda la noche, ojo avizor para evitar que se repitiese la faena en los siguientes turnos de guardia y pasé vigilancia por los tres puntos. Al mastín le regalé la mitad del bocadillo de carne que nos habían traído de la cocina del cuartel, pues yo había comprado otros dos de chorizo y jamón en un bar que había cercano al sanatorio de la Cadellada. Recuerdo que fuera tenía una terraza y practiqué por primera vez en el juego de la rana que en algún establecimiento de Llanes ya había visto. Quizás en la zona de atrás de la caferería “Pinín” donde también había futbolín y se recargaban las botellas de soda para la barra del bar, o junto a la bolera del bar Jesús “Palacios”.
Llegada la mañana, pasé revista por si me faltaba alguno y llevé a cabo el primer relevo. La plaza delante del edificio de Mayorías del cuartelillo estaba a rebosar de coches oficiales. En una de las oficinas estaba destinado el hijo de José Remis Ovalle, natural de Margolles y avecindado en Tornín.
Serían aproximadamente las diez de la mañana, cuando veo al volante de un gran Seat a una famosa vecina de Porrúa. Me preocupé por la fama que tenía la conductora de haber sacado el carnet de conducir después de numerosas pruebas. Era una mujer fuerte y grande dedicada a la ganadería y en el Seat 600 que Luisito Noriega, nieto de D. Bernardino de Parres, usaba para la Autoescuela tuvo que cederle todo el espacio delantero para la alumna y él manejaba el control sentado atrás. No sé ya el número de clases que dio ni del número de exámenes que llevó a cabo. Pero su primer auto tenía atrás un espacio denominado "ranchera" tan amplio en el que bajaba desde la Tornería los jatos hasta el pueblo o cargaba pacas de hierba desde el Almacén de Pepe junto a la Torre defensiva de Llanes.
Traía a un tío suyo a cobrar la paga mensual que como mutilado de guerra recibía. Lo vi cuando se bajó del coche que cojeaba apoyado en un bastón y vestía un traje militar con galones en la chaqueta y gorra.
La saludé y me contestó mostrando también sorpresa de encontrarnos allí.
– Parresanu, qué sorpresa. Esti últimu vienres encontréme a los tos pas en Posada que llevaben un xatín a la feria. Me contaron que tabas jaciendo la mili en Oviedo, pero non esperaba verte per aquí.
Me despedí de mi paisana y saludé militarmente a su tío por como iba uniformado como era mi obligación, lo mismo que saludaría a otra persona que fuese de paisano.
domingo, 17 de diciembre de 2023
172.- Primera responsabilidad cuartelaria cumplida
La segunda semana debí tomar el mando dejado a medias en la anterior y la viví con intensidad en la que se dieron situaciones muy complicadas para cualquier novato en el laberinto cuartelario, pero no muy distante de lo percibido en los dos campamentos anteriores.
El tiempo y el espacio se curvan de modo que nos hacen percibir la vida como quien sube a una montaña para lo cual se nos ofrecen variadas rutas de las que algunas alargan y otras acortan nuestro objetivo. Es así como nos influye en la memoria personal que choca con la de otros, pues está comprobado que el efecto de la emoción personal va unida a los sentidos de la vista, olfato, gusto, oído y tacto. Creo que se puede aplicar esta premisa: “Los recuerdos son los que dan el orden temporal a los sucesos vividos”. Desde que acepto esta premisa, dejé de incomodarme si mi narración no coincide con la de los demás tertulianos, lo que no quiere decir que siempre “dé mi brazo a torcer”.
Sopeso sus aportaciones y de parecerme buenas las integro como complemento a mis recuerdos. Comparto con ellos la premisa por si les sirve, sin voces ni alteraciones, pero si alguno se obceca en echar por los suelos la mía, “cierro cremallera”, sonrío levemente y escucho. No falla: alguien, más reflexivo, la entiende.
Al final de la mañana, debo entregar el estadillo al teniente “Jula-jula”, cuyo nombre no recuerdo, pero sí lo que me pasó con él en su oficina en la recepción del cuartel.
En la lista del personal cuadraba a la perfección todos los componentes de mi compañía, pero lo que no le satisfizo fue que hubiera estampado mi firma en la parte baja, sin dejarle espacio para su firma y me gritó exasperado:
– ¡Cómo ez que no ha dejao espacio para la firma de su superior!
– Disculpe, mi teniente –dije – lo tendré en cuenta para mañana.
– ¿Usté qué ez en la vida civil! Dígame.
– Soy maestro, mi teniente.
– ¿Maeztro de qué?
– De qué va a ser, mi teniente, maestro de escuela.
Así como cuento, conseguí que nunca jamás me molestara e incluso noté en él cierto entendimiento, pues ante una duda, le pedía consejo. El mote le venía dado por los veteranos del cuartel por su hoy muy respetado acento granadino.
Recuerdo hasta el sueldo del teniente, después de tantos años como militar. Quince mil pesetas rubias, tres mil más que las que aquel mismo curso comenzaría a recibir yo como profesor de EGB.
De sábado, se presentó a mi uno de los soldados que estaban diseminados por los distintos talleres. En concreto era el maestro zapatero con la pretensión de que le firmara un pase para mostrar a la salida. El motivo era el entierro de su abuela. Como es lógico, se lo extendí y le advertí que se presentase ante mí antes de dar las novedades a mi capitán.
– No se preocupe, mi primera. Aquí estaré.
Llegado el lunes, a la hora de comenzar las actividades militares, fui al despachó del capitán Clemente y le conté el caso.
– Veo que has aprendido la normativa, lo cual me alegra en sumo. Cumplió usted con su deber e hizo lo establecido; queda para mi cargo el resto. Este elemento, según figura en mi poder, es la quinta abuela que entierra.
Habían pasado los tres toques de diana sin aparecer, con lo que se le podía dar como prófugo. Cuando llegó, lo mandaron directamente al calabozo después de raparle el pelo al cero.