viernes, 31 de marzo de 2017

119.- Mª Rosario Piñeiro Peleteiro.





Mi profesora de Didáctica de la Geografía e Historia
Otra profesora que recordé siempre, tanto por los curiosos apellidos gallegos, como por la aportación de datos novedosos de esta disciplina que era más que la mera descripción geográfica a la que me había acostumbrado en estudios anteriores de la Escuela y del Instituto. Ponía el enfoque sobre los aspectos humanos, económicos y sociales, con lo que hacía sus explicaciones mucho más enriquecedoras, sin lugar a dudas. Hablo con orgullo de M.ª Rosario Piñeiro Peleteiro.
Podría decir sin ánimo de criticar que era una profesora muy estricta a la hora de evaluar y su entrada en el aula hacía bajar el volumen de las voces como por arte de magia. Cuando te dabas cuenta de que el silencio se había adueñado de la sala, era porque “La Piñeiro”, nombre con el que la conocíamos todos, había atravesado el dintel de la entrada y caminaba por el pasillo lateral hacia el estrado.
“Mª del Rosario Piñeiro Peleteiro es una figura relevante en el panorama actual de la Didáctica de la Geografía y la Educación Geográfica, por su trabajo docente e investigador sobre el mapa, diseño y aplicación de juegos de simulación y del trabajo de campo y procesos de conceptualización en la Geografía escolar”.
Currículum breve:
Charo Piñeiro nació en Cotobad (Pontevedra) el 8 de septiembre de 1935. Finalizados los estudios de Bachillerato en Pontevedra, estudió Geografía e Historia por la Universidad de Santiago de Compostela; completado con la diplomatura de Psicología en la Universidad Central de Madrid.
En 1960 se obtuvo por oposición el grado de profesor numerario para Escuelas Normales de Magisterio. Con 24 años dejó atrás su Galicia natal y se vino a Asturias para tomar posesión de su plaza en la Escuela Normal de Oviedo. Charo Piñeiro se supo integrar perfectamente y aquí se estableció definitivamente.
En los primeros años, Charo Piñeiro impartió clases tanto de Historia como de Geografía en la que posteriormente habría de especializarse.
En el curso 1970/71, estando yo en el segundo de la carrera, nos impartió clases de Didáctica de la Historia.
Creo recordar que fue el mismo curso en el que se une sentimentalmente a Jesús Neira Martínez. Sinceramente, el cambio que percibimos los alumnos de ambos profesores fue notable. Nos parecieron más asequibles, quizás por la sonrisa reflejada en sus rostros que nos daban ánimo a consultarles.
Recuerdo que en las clases de M.ª Rosario Piñeiro comenzaron a hacerse grupos de trabajo, mucho más integradores y animados.
Fue un momento vivido muy especial, en toda la Escuela. Para agradable sorpresa de todos los alumnos, después de las vacaciones de las Navidades, encontramos derribado el muro medianero entre las dos secciones del edificio, pudiéndose pasar de una a otra.
En sus grupos de clase de Historia compartíamos los trabajos entre alumnos y alumnas. Hoy puede parecer algo baladí, pero para quienes habíamos sufrido la segregación en el ámbito estudiantil desde la escuela pública, el instituto y el primer curso de Magisterio, fue un gran paso.
Durante algún tiempo compatibilizó su trabajo en la Escuela de Magisterio con algunas horas de docencia en la Facultad de Geografía e Historia de Oviedo. Finalmente, se orientó hacia la didáctica de la Geografía, coincidiendo con su incorporación al Departamento de Ciencias de la Educación.
En 1991 presentó su tesis doctoral -dirigida por el Dr. Rafael Puyol- en la Universidad Complutense de Madrid. En este trabajo llevó a cabo un análisis poblacional del alumnado de la Escuela de Magisterio de Oviedo desde 1931 hasta 1980, teniendo en cuenta fundamentalmente variables sociológicas, económicas y geográficas.
Tras su orientación hacia la didáctica de la geografía, desarrolló varias líneas de investigación: los juegos de simulación en la enseñanza primaria y secundaria, la comprensión del mapa y su didáctica desde educación infantil hasta secundaria, la enseñanza de los conceptos geográficos, etc. Esta labor investigadora dio lugar a diversos trabajos ligados a la enseñanza de la geografía y a publicaciones de resultados de experiencias realizadas en el aula con niños de diversas edades, así como a su participación en cursos impartidos en universidades españolas y en CEPs de diferentes localidades españolas.
Profesora exigente y rigurosa e intensamente dedicada a su trabajo, Charo Piñeiro dio clase a numerosas generaciones de maestros a lo largo de 45 años. Con su jubilación en 2005, deja detrás una larga trayectoria profesional, vinculada estrechamente a la Escuela de Magisterio de Oviedo. A ella le unen no sólo su trabajo sino también los lazos personales con compañeros y antiguos alumnos, las amistades forjadas y todos los recuerdos de tantos años aquí vividos.
La nueva pareja pedagógica tuvo pronto sus primeros frutos. En plena colaboración, me imagino, Jesús Neira Martínez preparó el Diccionario de los bables de Asturias, participó en la elaboración de “El mapa lingüístico de la España actual” editado por la Fundación Juan March, en un número extraordinario de la Revista de Occidente dedicado al bilingüismo, en la Enciclopedia Temática de Asturias y en La Gran Enciclopedia Asturiana. Además, dentro del campo de los estudios lingüísticos, realizó también publicaciones sobre otras lenguas y dialectos de la Península e Hispanoamérica y sobre temas lingüísticos de carácter más general.
Pasados unos años, sería aproximadamente el décimo sexto de mi trabajo como maestro, por entonces con destino en la Escuela de Pendueles, vi aparcar en Unquera un coche, cerca de donde me encontraba con mi hijo. Reconocí a Rosario Piñeiro al volante acompañada por Jesús Neira y en los asientos posteriores venía su hija.
No pude por menos que adelantarme por la acera hasta la puerta por la que habría de salir Neira y, haciendo gala de mi atrevimiento, venciendo antes mi timidez, le abrí la portezuela ante el asombro de los viajeros, que duró, lo que yo tardé en llamarles por su nombre y explicarles de qué los conocía.
– Aunque ustedes no me recuerden, es comprensible, les dije, pues fueron muchas las generaciones de maestros que nos formamos en sus aulas, – pero mi atrevimiento se debe al agradecimiento que les guardo a ambos.
Se interesaron por mi situación familiar y profesional y me dieron las gracias por mi detalle al saludarles sin formalidades.
A veces la vida nos da esas gratas sorpresas que nunca se olvidan.


El fruto de los dos, el más querido por ellos, con toda seguridad, fue el nacimiento de su hija, M.ª del Rosario Neira Piñeiro.
<<Licenciada en Filología por la Universidad de Oviedo, se doctoró en Filología Hispánica en la misma universidad. Especializada en literatura y en guiones, ha sido profesora en La Escuela de Cine del Campus de Ponferrada de la Universidad de León, así como en el máster sobre guiones de cine y televisión de la Universidad Carlos III de Madrid.
En la actualidad (2015), es profesora ayudante en la Facultad de Educación de la Universidad ovetense.
Como investigadora del lenguaje cinematográfico, además de artículos en revistas especializadas y ponencias en seminarios, ha publicado Introducción al discurso narrativo fílmico (2003), dentro de la Colección Perspectivas de Arco/Libro (ISBN 8476355432) y que trata el lenguaje de ficción en el cine y su relación y diferencias narrativas con otros.
Rosario Neira es, además, poeta. Con “No somos ángeles”, ganó el Premio Adonáis de poesía en 1996, obra sobre la que el poeta Claudio Rodríguez resaltó la emoción, imaginación y las sorpresas que ofrecía el estilo de la autora. A esta obra han seguido “Poemas del tránsito y de la espera” (2002), “Las tierras que atraviesas” y “De memorias y pérdidas” (2013).>>
[https://es.wikipedia.org/wiki/Rosario_Neira]

Vaya aquí en conjunto esta sencilla reseña de los tres. 

domingo, 19 de marzo de 2017

118.- "Las clases de Lengua con D. Jesús Neira Martínez





Jesús Neira Martínez nació en el Valle (Pola de Lena) el 10 de abril de 1916. Cursó estudios de magisterio en la entonces denominada Escuela Normal, dentro del plan profesional de 1931. Durante dieciséis años ejerció como maestro en varias escuelas del concejo de Lena, compatibilizando su trabajo con la realización de la carrera de Filosofía y Letras, que finalizó en 1942. Posteriormente completó su formación doctorándose en la Universidad Central de Madrid con una tesis sobre el bable de Lena, dirigida por Dámaso Alonso. En 1957 obtuvo una plaza de profesor en la escuela Normal de Lugo, trasladándose el año siguiente a la de Oviedo.”
Esta es en resumen la biografía de uno de los profesores de la Escuela Normal que tuve la suerte de conocer como alumno de Lengua en el primer curso de 1969/1970.
Por supuesto, estos datos sobre su historial eran desconocidos, al menos para la mayoría de sus alumnos. Neira no contaba su vida en clase ni teníamos la bibliografía para poder acceder a sus trabajos. Lo poco que sabíamos era por los comentarios que hacía con respecto al habla de Pola de Lena.
Vestía un traje gris con corbata, a tono con los tiempos. Su pelo que comenzaba a escasear también había virado al grisáceo. Todo allí lo recuerdo gris: las paredes del aula, los retratos obligados sobre el gran tablero negro encerado, los libros sin color, la chaqueta del bedel, gallego de buena cachaza y guardia retirado que tenía por misión vigilar la entrada y salida de los alumnos, los servicios y proveer de tiza a las aulas. En la parte simétrica de las alumnas, la Sra. Julia, también con su bata gris, de peor humor que su colega, vigilaba el recinto, ya lo dije, como el cancerbero a la puerta de su caverna.
“Jesús Neira fue catedrático de Lengua y Literatura en la Escuela Normal de Oviedo durante quince años, aunque a partir de 1963 comenzó a impartir clases en la Facultad de Letras, a la que se dedicó plenamente a partir de 1973. Aquí impartió Historia del Español, Comentarios de Texto y Dialectología, primero como profesor adjunto, luego como agregado y finalmente como catedrático. En 1967 ingresó en el RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos) y a partir de 1983 fue miembro correspondiente de la RAE (Real Academia Española).
Durante toda su vida, su vocación por la docencia, que ejercitó en casi todas las etapas educativas, se unió al amor por la lengua y la literatura. Trabajador incansable, Jesús Neira dedicó muchos años a la investigación en temas lingüísticos y literarios. Especializado en dialectología, su interés por los bables de Asturias le llevó a realizar numerosas publicaciones, como “El habla de Lena”, “El bable, estructura e historia” y “Bables y castellano en Asturias”, además de numerosos artículos sobre el estudio de las hablas asturianas.”
El aula era larga y con tantos alumnos, que se perdía su bajo tono de voz a pesar de que guardábamos estricto silencio. Su corta visión le impedía ver las caras de quienes ocupábamos las últimas filas, por lo que cuando se producía algún barullo, suponía que venía del fondo y hacía sus anotaciones en el cuaderno.
A partir de enero, se produjeron numerosas bajas en la matrícula, o al menos en la asistencia a las clases en general de todas las asignaturas. Fue entonces cuando varios de los del fondo optamos por avanzar. Yo me conformé con ocupar un sitio libre hacia el centro y cerca del pasillo, al lado de uno de mis primeros amigos, persona alegre, pero que se tomaba como yo los estudios en serio. Veintiún años ya marcan más que los diecisiete que tenían otros que nos parecían unos críos.
Recuerdo que D. Jesús nos leyó los versos de Antonio Machado, en el poema “La encina”, con la idea de hacer el comentario de texto.
¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas
humildad y fortaleza! […]
Al llegar a las estrofas siguientes:
[…] Las hayas son la leyenda.
Alguien, en las viejas hayas,
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas.
¿Quién ha visto sin temblar
un hayedo en un pinar?[…]”
Paró la lectura por ver la atención que habíamos puesto y preguntó:
– ¿Alguien sabría decirnos qué es un hayedo?
Nadie contestaba y yo pensé que era una oportunidad para que me tomase en cuenta, porque me encantaba la poesía, Machado, el tema de los árboles y además era una pregunta sencilla. Levanté la mano y le contesté con otra pregunta:
– ¿Un jayéu?… ¡Un bosque de jayas!
Pareció hacerle gracia a alguno de los compañeros, pero no era mi idea entretener a nadie.
“El Neira”, como todos decíamos para referirnos a él, aparentaba ser un tipo serio además de gris, pero sin embargo sonrió y me dijo que por la fonética de la /h./ aspirada, muy extendida por la comarca llanisca.
Desde entonces dejé de ser un número del final de la lista con la “G” por mi primer apellido y me aplicaban el gentilicio, “llanisco”. Era costumbre llamarnos por el nombre del concejo y eso me agradaba. Me hacía sentir como un embajador o algo así de mi tierra chica, dentro del caos de la ciudad, aunque Oviedo pronto me habría de parecer más pequeña.
“Jesús Neira completó su trabajo con estudios sobre la Literatura. Los resultados quedaron reflejados sobre temas relacionados con autores clásicos de nuestra literatura española: Quevedo, Fray Luis de León, Garcilaso de la Vega, Clarín y Antonio Machado. Contribuyó también en prologar la edición de “Obras Escogidas” de otro lenense como él, el poeta y dramaturgo Vital Aza.
Su última obra publicada, “Reflexiones sobre la Lengua”, con la recopilación de varios artículos lingüísticos y literarios.
Tras una vida dedicada a la docencia y la investigación, dos de sus grandes pasiones, Jesús Neira falleció en Oviedo el 2 de febrero de 2011. En palabras de su admirado poeta Machado podríamos decir:
"¿Murió? … Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas".
De su paso por la Escuela de Magisterio y por otros centros de enseñanza, queda hoy, aparte de su labor lingüística y el recuerdo cariñoso, con los conocimientos y enseñanzas que nos transmitió a las distintas generaciones de alumnos.



jueves, 2 de febrero de 2017

117.- "Las primeras clases de prácticas"

Por fin, llegó la ocasión de hacer nuestras prácticas en la Escuela Aneja, cuyo edificio está al otro lado de la calle, enfrente de La Normal. Aunque en un principio asistíamos en grupo como observadores, ya nos sentíamos encaminados a nuestra profesión futura y creo que en general nos hacía mucha ilusión a todos. En el primer curso, teníamos una clase teórica de Prácticas en el aula que nos impartía Francisco Fidalgo que era también, por requisito establecido, el director de la Escuela Aneja-niños; en tanto que la directora de la Aneja-niñas, era la profesora de Prácticas para las futuras maestras. Otro día de la semana acudíamos a una de las sesiones de aula del citado centro anejo, como oyentes, observadores o como se quiera decir. Tomábamos nota de las observaciones que nos parecían de interés en un diario que se nos exigía llevar actualizado.
Normalmente se hacía rotación por todos los ciclos y niveles, aunque el grupo que formábamos estaba previamente determinado en las clases de Fidalgo. Así es que los cuatro compañeros acabamos teniendo una buena colaboración y comentábamos los resultados de nuestras observaciones para presentarlas con una cierta solidez en la clase de Prácticas.
Realmente, el temario de clase se centró este primer curso en la gestión más bien burocrática del maestro de Escuela Unitaria. No nos aportaba nada nuevo que no hubiésemos ya conocido a través de las clases de Pedagogía y Didáctica, pero acostumbro a decir que no hay algo que no sirva para nada, si se quiere sacar la parte positiva de las cosas. Gracias al conocimiento que nos aportó el profesor sobre la redacción y presentación de los documentos administrativos, pude salir del paso muchas veces, bien fuera en un Colegio, Graduada o Escuela Unitaria.
Nos exigió que tuviésemos al final del primer trimestre una carpeta con una docena de modelos de documentación tales como: El oficio, la instancia, el acta, la declaración jurada, la copia literal, el inventario de aula, el informe, la solicitud, la recomendación, el cómputo de dedicación, el archivo de libros y el libro de visitas de la inspección. El conocimiento de estos aspectos de oficina, sin duda que me sirvieron para la escuela, y como no, para ayudar en muchas ocasiones a padres de alumnos y vecinos en general que acudían a mí. Ya se sabe que en aquel tiempo el cura, el médico y el maestro, en este orden, eran considerados en los pueblos como sabedores de todo, en proporción a los años de estudios dedicados en su carrera. A los curas les computaban los doce años que pasaban en el seminario donde hacían también los cuatro o seis años de bachiller; sin embargo a los médicos sólo les tenían en cuenta los cinco o seis años de la carrera y a los maestros, tan sólo los tres, dejando de lado los seis años de bachilleres. También es normal esa creencia popular si se tiene en cuenta la jerarquía de las profesiones, encabezada por la religión, seguida de la sanidad y por último, como la menos importante, la enseñanza.
Teníamos, como creo haber dicho, un total de dieciséis asignaturas, sin contar los desdobles siguientes como ocurrió en:
Manualidades y prácticas de hogar, (tal como suena) donde la profesora titular nos examinaba de la parte teórica y una profesora de apoyo nos dirigía en los trabajos manuales.
Dibujo, por el profesor titular y la Historia del Arte por una profesora de apoyo.
Eso hacía un total de dieciocho exámenes, en el estricto significado que tenían, pues la nota dependía exclusivamente del resultado obtenido en ellos. Aunque en caso de tener el resultado positivo, se subía nota con las salidas a la palestra, los trabajos presentados, la asistencia y la conducta.
Curiosamente, en la clase de Religión, el cura que nos la impartía, comunicó al principio del curso, que la nota obtenida en el primer examen sería definitiva, salvo que se quisiera subir; con la conveniencia de atender en clase y asistir a las mismas. Yo me acogí a esas dos condiciones y me pareció más que suficiente el 8,2 del primer examen, porque me dejaba más tiempo para dedicarlo al resto de asignaturas. Cosa que le agradecí, demostrando siempre en clase, lo mínimo, que es la atención y la toma de notas de cuanto explicaba.
Otra novedad para mí fueron las clases de Música y el estudio del Solfeo. Estrenamos un profesor nuevo de la Escuela, Manuel Jesús González de Mendoza, que había llegado aquel año. Hasta entonces las clases las daba una profesora que padecía una profunda sordera. Según nos contaban los alumnos de los cursos superiores, los exámenes prácticos consistían en cantar acompañados por ella al piano, la canción que cada cual eligiese; generalmente, el “Asturias, patria querida” era la más recurrente. Entre el piano, la sordera y el carácter afable que dan los años los resultados siempre eran favorables para todos sus alumnos.
Los nervios nos superaban a todos, cuando nos sacaba para solfear acompañados por el piano. Las clases eran interesantes por la historia de la música, no tanto por la memorización y reconocimiento que teníamos que hacer de melodías tocadas por él al piano o en el tocadiscos.
Cuando ya se acercaba el final del primer trimestre, nos recomendó que para Reyes les pidiésemos una flauta dulce, que la mayoría no teníamos ni idea de cómo era ni sonaba. Yo no esperé a Reyes; una tarde, después de comer, me acerqué a la plaza de la Gesta, donde aún hoy existe una tienda musical y pedí una flauta dulce. El dependiente me mostró varios modelos, entre los que reconocí una de la marca “Honner”. Fueron 110 pesetas, las mismas que hacía trece años había costado mi primera armónica, “Preciosa”, de la misma marca alemana.

Llevaba en ello una ventaja con la mayoría de compañeros. En poco menos de una semana, ya controlaba la escala melódica de la flauta, que me pareció muy similar a la de la armónica. En los bancos que había en el pasillo, por fuera del aula de música, daba clases a los compañeros de digitación con las canciones tradicionales. En esa tarea me pilló el profesor que me hizo un gesto de aprobación; tenía su punto gracioso, aparte de la dureza que trataba de demostrar para no perder el control de la clase. Cuando en la clase pasó de la parte teórica a la práctica, me pidió que tocase alguna canción popular. Yo, muy tensionado, toqué a mi manera la de “Viva Parres, viva Parres”.  

sábado, 21 de enero de 2017

116.- "El período de adaptación"

Aunque en un principio todo me parecía tan distinto, pronto me adapté a la ciudad. Era algo que venía madurando desde casi los comienzos del instituto, porque conocía a otros que habían tomado el mismo camino. Pero con pleno convencimiento, puede decirse que fue en los dos últimos cursos del bachiller.
Había solicitado una beca, con lo que, de concedérmela, se aminorarían los gastos de mis estudios. Fue como jugarlo todo a una única baza. Siempre en nuestro camino intervienen personas que nos ayudan; creo que son más que las que nos ponen los palos entre los radios de la rueda.
En el caso de la beca, le debo el interés que puso para solicitarla mi profesor de Educación Física, Don Andrés Moral, maestro en la escuela de Póo, donde residía con su familia. Tal ayuda consistió en avisarme de la fecha de solicitud, rellenar los apartados que, para mí y para mis padres, suponía un verdadero galimatías, así como los documentos que tuvimos que acompañar. No era fácil, os lo advierto; de aquella no teníamos los medios que ahora existen a nuestro alcance.
Creo recordar que hasta diciembre, no supe nada de la concesión, ni mucho menos la cantidad que iban a concederme.
También tenía pendiente la concesión de la prórroga para la prestación del Servicio Militar, por estudios universitarios. Y por la misma fecha me llegó el aviso por correo de que estaba libre de él, al menos por un año, si continuaba con los estudios. Ya tendría ocasión de alargarla otros dos años más, hasta acabar la carrera.
El caso es que me había planteado dar alguna clase particular por las tardes, para compensar los gastos. Había en el barrio donde me quedaba de pensión varias familias interesadas en ello.
Sin embargo, comprobé que las seis sesiones diarias en las clases, no me permitirían dedicarle demasiado tiempo a; en realidad, no tenía ni para visitar lugares que conocer ni calles que patear. En todas las materias nos marcaban tareas, incluso para el día siguiente. Había ido dispuesto a por todas; en aquel tiempo nadie se planteaba asistir a unas sí y a otras no, como se hace ahora, ni te daban una segunda oportunidad para junio. Para empezar tendría que inventarme una estrategia de estudio y no tardé en dar con ella. Consisten atender a las explicaciones del aula sin ambages, aunque algunas resultaban cansinas por faltas de motivación. A la vez que escuchaba aprendí a escribir en el cuaderno de folios que llevaba en común para todas las materias, que numeraba y fechaba para después en la pensión clasificar los ordenadamente en carpetas de anillas. Para podeer atender en las explicaciones y escribir al mismo tiempo, me inventé un código de taquigrafía, a partir de un libro de ocasión que compré por diez pesetas en la librería Santa Teresa y que aún debe de estar por algún estante de la biblioteca. Al cabo de un mes, había trocado la bella letra caligráfica aprendida a mi paso por el Colegio La Salle de la Arquera, por una mezcla de grafías cuyo significado a veces ni yo mismo llegaba a interpretar. Para que esto no ocurriera, recurrí al uso de mi “Letera 32” de Olivetti que había adquirido en la “Librería Maya” por cuatro mil pesetas.
Después de la comida, me dedicaba a pasar los apuntes a limpio en nuevos folios a máquina. Así, entre las explicaciones de clase, la toma de apuntes y la revisión de los mismos y su mecanografiado, me sobraba para recordar lo tratado. A parte de eso, tenía la costumbre de leer el tema siguiente de las asignaturas más fuertes. Pero todo no iba a ser tan fácil.
Como ya dije, me sentaba al fondo de la clase, desde donde, bien sea por la luz del sol de la mañana que reflejaba en el encerado, bien por la mala caligrafía de algunos de los profesores y la mala acústica, los apuntes que tomaba del encerado tenían frecuentes lagunas. Lo pude comprobar cuando, en los recreos, en lugar de ir a tomar el pincho, me quedaba con otros compañeros a poner en común los apuntes. He de decir que la edad de los más jóvenes rondaba los diecisiete años, contando desde los diez años con los que se comenzaba el bachiller, y añadiendo los seis cursos del mismo. Pero, como dice el refrán, “cada oveja con su pareja”, sin quererlo me fui uniendo a los de mi edad, que como yo, habían iniciado el bachiller al menos después de acabada la Primaria cumplidos los catorce. Incluso, me animé al saber de otros que me superaban en una década y puede que en más.
Una mañana que estábamos en espera de la entrada del profesor siguiente, uno de mis compañeros que tenía al lado, quitó sus lentes y los posó sobre la mesa. Yo, por curiosidad, me los puse y ahí me encontré con la sorpresa: las líneas que la profesora de Geografía, Rosario Piñeiro Peleteiro, había dejado sin borrar para que las copiáramos, cobraban vida y se volvieron totalmente legibles para mí. Estaba claro que tendría que pasar por la óptica, a que me graduaran la vista.
Creo que a causa de ese inconveniente, principalmente, en algunas de las pruebas de exámenes que nos pusieron, las notas no fueron lo esperado. Estaba mal acostumbrado a suspender, va en serio, sin vanagloria alguna. Sentía miedo al fracaso sin haber acabado el curso. De las dieciséis materias, cuatro no fueron positivas en el primer trimestre.
Recuerdo cuando di la noticia en casa, de la advertencia que me hizo mi padre, tal que ésta:
– Ya sabes lo que te espera aquí, pero no pierdo la confianza en ti.
Cerca de la pensión en la que estaba en el barrio Vallobín, vivían una tía abuela mía, María Sobrino Tamés con una sobrina suya, Rosa, que tenía el taller de peluquería en el salón del piso. Me enteré por mi abuela y por el rótulo de la ventana del salón, comprendí que era el de ellas, en la esquina misma de la calle Máximo Arboleya. Me sentía más seguro sabiendo como me dijeron ellas que, para cualquier cosa que necesitara, allí las tenía a ellas.
Recuerdo que el piso era nuevo, pero estaba en obras lo que es el baño y el salón contiguo. El fontanero había sacado las tuberías del baño hasta el salón para dar servicio los lavabos de la peluquería. Según me dijeron, no habían encontrado a nadie que les colocara los azulejos y las piezas del terrazo rotas. Yo solía venir a casa todos los viernes, por ayudar a las tareas del campo que siempre estaban ahí pendientes. Y ellas también se venían al pueblo los sábados. Les conté que yo había trabajado en las obras y que ya había hecho mis reformas en casa y me ofrecí a remendar aquel estropicio. Accedieron a mi propuesta. No tenía ningún interés económico por mi parte, a pesar de su insistencia en que les cobrara.
Al sábado siguiente que me quedé en Oviedo, la comencé. Mis familiares me habían dejado las llaves del piso antes de marcharse para Porrúa. Ya tenían allí el cemento, la arena y las piezas que debía colocar. Mi casero Ramón me dejó sus herramientas y me puse con la labor.

En la mesa de la cocina, me dejaron un bocadillo de jamón para la merienda, una moneda de las de diez duros. Me cambié de ropa y salí con idea de dar una vuelta para conocer Vetusta.