(Queda por
agregar dos maestros, ancestros míos por la parte de mi abuela
paterna, María Gutiérrez González, en otro momento).
Don Amalio Penanes vino de maestro a Parres y se casó con María Galguera Noriega una
prima carnal de mi abuelo Marcos Noriega González y habitaron la vivienda de la escuela. Tuvieron a Mariano,
Juan, María Josefa, Antonio, Tomás y Amalina.
En
1924 se llevó a cabo la restauración del anterior edificio escolar
quedando tal como se le conoce ahora. Mientras tuvieron lugar las
obras, acondicionaron como aula de niños la casa de Ramón
Sobrino Arenas, padre del doctor Don Ramón Sobrino de la Vega, en el
barrio de Brañes, donde años después abriría sus puertas "El
Chispún" de Isabel Cabrera Mendoza. Para aula de las niñas se
dispuso de la casa que hoy pertenece a Rosa María López Sobrino en
el barrio de la Caleyona, pero que en aquel tiempo pertenecía a María, "La Gaspara".(Ver en "Refugios de piedra" al margen del blog).
Después
de unos años, Don Amalio pidió otro destino como
maestro para regresar al pueblo una vez jubilado de la escuela de
Ceceda con setenta años, edad en la que se permitía la
jubilación. (Estando yo de maestro en la escuela graduada de Llanes,
en mi primer destino, curso 1972-73, asistí al festejo de la
jubilación de un compañero, Don Ufano García y habría de pasar otro curso, cuando participé en la primera huelga de enseñanza que reivindicaba la
jubilación de los docentes a los sesenta y cinco.)
A
Don Amalio Penanes y María Galguera Noriega, los conocí siendo yo
niño, pues eran vecinos en la Caleyona. María quedaba a mí
cargo si mis padres marchaban al campo y no me podían llevar por estar mal tiempo. Vivía con ellos su hija Mª Josefa casada con
Miguel Bilbao, marinero de Niembru y sus hijos Juan Ángel y Mª
Amalia Bilbao Penanes. También estaba con ellos su última hija, Amalina.
Yo
jugaba con Juan Miguel que era de mi misma edad y cuidábamos de su
hermana, tres años más joven que nosotros. Con seis años, mi primer amigo subió al cielo, como dice en el recordatorio que conservo. No me dio tiempo a llorarlo lo suficiente, pues al poco tiempo, perdí
a mi hermano de tan solo seis meses.
Recuerdo
un día, al menos, que estaba yo columpiándome de la portilla de Argandeñu cuando escuché el ruido de una avioneta y Amalina llegó corriendo hasta la campera del Corral poblada de
nogales para saludar con su sombrero de paja y gritos de alegría a su hermano Antonio.
Antonio
Penanes Galguera era de la misma quinta que mi padre, la Quinta del 40, (nacidos en 1919).
Falleció en Madrid, cuando viajaba en un autobús que se incendió.
Fue el último de los pasajeros en abandonar el vehículo, por ayudar
a salir a los demás que resultaron ilesos, siguiendo el
código militar al que se sentía sujeto. Meses después sería ascendido
de grado militar en el Ejército del Aire como ya tenían previsto antes
del trágico accidente. Le rindieron las honras fúnebres y
reconocimiento póstumo por tal acción.
Don Amalio solía sentarse en los días de sol a sestear sobre un poyo de
piedra que tenía junto al muro de la corralada. Era su rincón
habitual para la lectura. Para mí me resultaba imposible pasar sin
saludarle, a pesar de las prisas que llevase, salvo cuando lo veía sesteando en el poyu a la sombra del evónimo; la mayoría de las
veces me paraba un rato a charlar con él. Siempre que pasaba yo
arriba o abajo por delante de su casa lo saludaba y él sentía la necesidad de contarme alguna historia y yo no tenía más remedio
que atenderle, primeramente, por educación y hay que decirlo, también por gusto. Si era tanta la prisa mía, como era la de traer las vacas del pasto por las tardes, tras la salida del instituto, se lo decía y en cuanto podía pasaba a charlar con él.
Él lo entendía y yo aprovechaba los domingo
con más tiempo, a sacar el tema que él con gusto continuaba. Me
resultaba fácil tirarle de la lengua y le dirigía con hábiles
preguntas su narración a los temas que a mí más me atraían. El
segundo año de instituto, 3º de bachiller, mi primer año de estudios de Latín, me
prestó ayuda con la traducción de textos clásicos de Séneca,
Virgilio, Plinio o Julio César. Fue otro más de los maestros a quienes traté que modelaron mi trayectoria docente.
Don Andrés vivió en la casa escuela y según cuenta mi padre, un
día que andaba llendando las vacas y jugando por los prados de San Antón con
su hermano Jesús tres años mayor que él, el primero de los
diez hijos que criaron mis abuelos María y Santos y con otro niño de parecida
edad, José Tamés Sotres, más conocido como Chacha. Acertó a pasar
por allí el maestro y a Chacha se le ocurrió llamarlo en voz alta:
¡"maestru"! a la vez que se escondió tras
el muro del cementerio. Cuando el maestro se volvió para ver quién
le llamaba, sólo vio a mi tío y a mi padre que no habían dicho
nada. En aquel momento no pasó nada, pero en cuanto llegaron a la escuela al
día siguiente, fueron castigados los dos sin salir al recreo por falta de respeto. No se les ocurrió disculparse ni acusar al
compañero, porque tampoco era realmente culpable de nada.
Don Martín cuando llegó a Parres se instaló junto con su esposa e
hijos en la casa escuela. Mi padre no recuerda nada más de él, ya que estuvo en Parres sólo un curso.
Don Saturno estuvo varios cursos en Parres y resalta mi padre que fue muy buen maestro. Cuenta que mí abuela María, como tenía diez niños en
casa, a cual más inquieto, disculpaba a los maestros si castigaban a
los suyos y les hacía merecedores de un sueldo mejor del que ganaban
por enseñar a tal manada así de gandules, que llegaban al medio ciento cuando el tiempo no estaba para echarlos tras los rebaños o a trabajar la tierra. Como no había silla y pupitre para todos, los más pequeños llevaban de casa una tayuela que tanto les podía servir de asiento como de pupitre en que apoyar la pizarra. Y no dejaba de tener toda la razón mi abuela, pues entre ellos, a decir de mi padre: "Los había buenos, menos buenos y
malos. Así y todo, soportó bien el trabajo unos cuantos cursos y con
él aprendí mucho. La mayor parte de los que llegaban a Parres
venían como interinos y eran sustituidos por propietarios que a su
vez, en cuanto podían, solicitaban traslado a otros destinos
mejores".
"El
Afilador". Mi padre no recordaba su auténtico nombre.
Le apodaban así por la bata gris que ponía para dar clase, muy
similar a la que usaban los afiladores de Orense que venían
empujando el carro y tocando la quena por las callejas de los
pueblos. Se quedaba de pensión con una familia y después de pagar
la fonda del mes, le quedaban unos duros, los justos para el tabaco.
A
Don Paco pronto lo bautizaron como "El Caco" debido
seguramente a su pequeña estatura. Además tenía tullida una
pierna. Les hacía mucha gracia cuando se volvía de repente mientras
escribía en el encerado y les advertía: "Que no quielo
milones". "Yo sentía pena de él, pues no me parecía apropiado
perder el respeto a una persona, maestro o no, por sus
características e impedimentos físicos. Había algunos que se
pasaban en demasía con él y no hacían más que interrumpir las
explicaciones que daba de la lección y le faltaban totalmente al
respeto. Lo recuerdo siempre como uno de los mejores maestros que
tuve", recalca mi padre.
"Con don José María Fernández, del curso 1934 al de 1936, acabé los estudios
en la escuela y no tuve más ocasión de continuar aprendiendo. Me
confiaba la compra del tabaco en el estanco y, a pesar de que le
sisaba algún pitillo del mazo, don José María hacía la vista gorda
y se sonreía sin decirme nada por ello. Era común y muy habitual
que los niños fumásemos, porque se desconocía el alcance de las
enfermedades que se adquieren con el tabaco y mucho más a tan tierna
edad. Permaneció en Parres hasta casi el inicio de la Guerra Civil.
Un año después, cuando me movilizaron con dieciocho años, estuve
preso en el campo de Concentración "La Vidriera" de
Avilés. Un día nos formaron delante de las oficinas y fueron
llamando a la mayor parte de los presos para darnos destino. Cuando
oí mi nombre levanté el brazo y me llevaron ante un tribunal de
evaluación para identificarme y mandarme, bien sea a un Batallón en
el frente o a un Batallón de Trabajadores, dependiendo de que me hubiese llegado el aval o no, pero en aquel momento yo no tenía conciencia de que
alguien me lo hubiese enviado. Me preguntó uno de los que
conformaban el tribunal que si conocía a don José María Fernández.
Yo dije que lo conocía, porque había sido mi maestro al que le guardaba tanto aprecio. Debió de ser por mi respuesta que, apoyados en
ella, me concedieron el aval debido, pues no pude ver a mi maestro
en aquella sala; por causa de ello me mandaron que caminase hasta uno de
los dos grupos formados allí mismo: justo al que iba destinado al
frente".
Durante
los años de guerra, las aulas estuvieron vacías y paralizado el
aprendizaje de los niños con los libros. Sólo se preocuparon de
enseñarlos a desfilar por los caminos del pueblo como lo harían de
soldados algunos de ellos pertenecientes a las quintas posteriores a
las mías, provistos con un chopo, que así llamaban por la madera
que usaban de olmo a una imitación de fusil de juguete. Un tiempo no
muy lejano después, aquellos aprendices de soldaditos de plomo
empuñarían un auténtico Mausser para quedar buena parte de ellos
tumbados en los campos y caminos de la patria por la que peleaban, a
ambos lados del frente.
Serendipias de la vida: A don José María Fernández lo conocí casualmente en el
Colegio Público "Hogar de San José" de la calle General Elorza, donde ejercía aún de director, con ocasión de presentar a los
exámenes de nivelación para 8° EGB a 18 alumnas del Colegio Santa Teresa de Jesús , de Panes, a las que yo les impartía clases particulares de Lengua, Literatura, Matemáticas y Física y Química, en el curso 1974/75). El mismo que le avaló estando en el Campo de concentración de la Vidriera de Avilés. (Léase "A los quintos del 40" en monchugn.com).
(En esta foto que llamé "Los quintos del 40", no están todos los que eran, en el aula de niños en Parres del año 1926.)
Los
maestros que siguen fueron conocidos por mí.
Don Eduardo Díez Álvarez. Estuvo durante algunos cursos. Dos
cursos de antelación al que yo comencé, se marchó de maestro a
otro destino en Tudela de Agüeira. Recuerdo a Goya Colgantes,
natural de Reinosa, su mujer, y a sus dos hijos: Eduardo, “Bayo”,
y Luisín que era de mi misma edad y con el que yo solía jugar
cuando venía de visita al barrio de La Veguca, a la casa de Concha
Fernández y Wences Sobrino. Don Eduardo fue un buen maestro a decir
de quienes lo trataron.
Varios
años después, 1971/72, coincidencia de la vida, cuando yo hacía
las Prácticas de Maestro en la Escuela Normal de Oviedo, elegí
junto con unos compañeros y amigos de las clases, destino en la
Escuela Graduada del Postigo Bajo. Después del primer trimestre en
rotación semanal por todos los grados de la escuela, elegimos mi
compañero y yo, entre los doce maestros en ciernes que éramos, su
aula para practicar en ella el resto del curso. Nos fuimos a la clase
de 4º que tutoraba Don Eduardo, pues nos pareció, entre todo el
conjunto de maestros allí destinados, el de mejor pedagogía y de
técnicas más modernas. Era además un gran lector y hablábamos con
él de la escuela y de los niños. Trataba siempre de lograr los
objetivos propuestos para el nivel. Guardo una enorme estima de aquel
Maestro, pero con su naturalidad nos hizo sentir a los dos aprendices que éramos también sus colegas.
Don Francisco Peláez. “Don Paco”. Era natural de Pechón en
la vecina comunidad de Cantabria. Comenzó de maestro en septiembre
de 1954, un curso antes del que yo entré como alumno. Ocupó con su
mujer, doña Ramona, la vivienda de la escuela que está encima del
aula de los chavales. No tenían hijos, pero en periodos de verano
venía a estar en Parres un sobrino de doña Ramona, de origen
andaluz. Con él estuve dos cursos, el primer trimestre de los
cuales, me encasilló en la sección de los pequeños, al fondo del
aula, hasta que se dio cuenta, de que leía correctamente y los
buenos conocimientos de Aritmética, me pasó a la segunda
sección. (Pasados los años, en la cristalera de la terraza del bar, vi pegada la foto de don Paco y hablé con sus parientes de mi bien recuerdo suyo.) El mérito de mi adelanto con respecto a la edad, se
corresponde con el esfuerzo de mis padres y abuelo Marcos por enseñarme a leer, sumar, restar y multiplicar y que, en el verano
anterior al ingreso en la escuela, con tan solo seis años me mandaron a las clases particulares con Manolín Alonso Gómez, dos veranos
consecutivos.
Manolín era un estudiante de Químicas, por cierto también
hijo de maestro.
A Manolín siempre lo tuve como el primero de mis
maestros, como ya narré en el segundo capítulo de este blog me
enseñó la esencia del cálculo, desde la división hasta las
raíces, los números enteros y fraccionarios, las reglas de tres,
simple y compuesta, de compañía, aleaciones y mezclas. Con tanto
interés que yo ponía en aprender y él en adelantarme materia, fue
la causa de que con tan sólo siete años pasase a la sección
segunda y en el curso siguiente, me metieron con los mayores en la
sección primera.
Don Manuel Fernández. Fue maestro mío desde el segundo curso de
mi estancia en la escuela hasta el octavo curso, en la sección
primera, que con los 14 años recibí el Certificado de Enseñanza
Primaria. Fue un gran maestro también y le tengo, como al resto de
los citados maestros, entre los profesionales de la enseñanza dignos
de emulación. En el curso 1972/73, estando yo ocupando en la Escuela
Graduada de Llanes mi primer destino, coincidí en una reunión y
cena que se hizo de profesores del Instituto y de las Escuelas,
sentado entre mi maestro don Manuel y mi profesora de Ciencias doña Carmen Rosa de La Hera; también estaba don Manuel Llanes Amor, cura de Parres y profesor mío de Religión en el Instituto.
Estando
yo como maestro rural en la Escuela de Pendueles, del CRA II de
Vidiago, fui nombrado director del mismo, y a finales de septiembre
por fin nos llegó el profesor destinado a dar las clases de Eduación
Física que rotaría por las distintas aulas que componían el
Colegio Rural Agrupado II en aquel momento: 2 en La Borbolla, 2 en
Pendueles, 1 en Riegu, 1 en Purón, 3 en San Roque, 1 en Andrín, 2
en Parres y 2 en Póo. Como se recuperaba de una lesión que le
impediría por un tiempo cumplir el programa, desde la inspección me
indicaron que, puesto que ya había dado clases de educación física
en el anterior destino, podría darlas también en itinerancia, salvo
los miércoles que lo dedicada a la dirección en la sede de Riegu.
Fue esta vez cuando tuve la ocasión de volver a mi aula donde había estudiado
los ocho cursos de Primaria. Allí seguían parte del
mobiliario, el armario vitrina de los libros manuscritos y otras
colecciones; la mesa de un solo banco, larga, oscura y dura que había
compartido en la Sección Primera con Pancho Sobrino Díaz, Panchín y Benjamín Tamés Fernández y Juan Armando Alles Tamés, la tenían destinada a los talleres de
pretecnología.
El
resto de mesas eran nuevas, individuales que se adaptaban a los
grupos de edad; sólo quedaba de vestigio otra de las mesas que
teníamos de tapa abatible con los dos agujeros para los dos pocillos blancos de cerámica, uno para la tinta que nos surtía don Manuel de la que él mismo preparaba en clase, con una botella provista de un corcho con una pajuela y en el otro pocillo, nos servíamos el agua con que limpiar la pizarra; el viejo reloj de
pared que tanto mirábamos para salir al recreo, estaba inerte y mudo con las dos agujas que yo imaginaba ser las lanzas de un torneo de caballeros, marcaban no se sabe la hora de qué día, de qué mes, de qué año y el encerado sobre su caballete había desaparecido junto con los mapas, la esfera y el
juego de pesas y medidas guardadas en el armario con vitrinas de cristales y llave. Las ventanas, sin embargo, aún conservaban en algunos
resquicios la vieja pintura oscura con aquellos cristales viejos de factura irregular. Y creí percibir aún el olor a goma “Milán”, a tinta y a tiza, que llenaban de aromas
de infancia aquel edificio que tanto quise y en el que fabriqué
tantos sueños de mi infancia, no exenta de sinsabores ( “bullying”), se dice ahora, pero a pesar de todo, curiosamente por encima de todo, prevaleció la idea de ser maestro.
Pasaron por mi antigua aula escolar, varias generaciones de maestros y maestras, entre ellos viejos compañeros míos de
Magisterio: Armando Romano Gutiérrez, Luis Molina, Nacho Fonseca, José García Caso, colega en la
vieja Escuela Pública de Llanes en mi primer destino y otros
maestros más como Longinos Zaraúza Calleja, Arsenio
Manuel González y muchos otros compañeros del CRA II de los que me sería
difícil dar cuenta, pero con los que me reunía semanalmente en los
claustros y grupos de trabajo en la sede de Riegu y en numerosas actividades extraescolares con los alumnos de Parres, dentro y fuera del municipio y provincia.
Nota: Espero que no se produzca el cierre de las aulas rurales del municipio llanisco, por el bien de los pueblos. La población, lógicamente fluctúa por cuestiones laborales o económicas de los padres, por tanto, cada quién es libre de elegir la educación de sus hijos. Lo que no hay que olvidar tampoco es el valor de la educación y el modelo de enseñanza más personalizada llevada a cabo en las aulas rurales de los CRA con actividades que les permiten conocer el entorno y en el que se desenvuelven con mayor naturalidad.
Desafortunadamente, fenecieron varias aulas, no todas por culpa de la natalidad, ni por el trabajo de los padres o tutores; existen casos en los que influyen los viejos conceptos que tienen de la pedagogía rural en desventaja con la de los grandes colegios situados en la villa. Es una batalla perdida.
Cuando llegue de Maestro al destino por el que había concursado, delante del patio, paraba un autobús que abría sus puertas para que entrasen los alumnos. La reacción de los padres, fue protestar hasta que dejaron de importunar. Y lo mismo ocurrió en otras escuelas unitarias.