martes, 23 de mayo de 2023

167.- Simulación de avance con fuego real

 Los dos días siguientes a la llegada de los tanques, fue un continuo ejercicio de prácticas de avance y ejecución de tiro en la 1ª Compañía del Pabellón “Simancas” por los carrascales del campo destinado a las maniobras militares.

La tensión emocional iba en aumento en todas las tertulias de los descansos ya fuesen tanto de día como tras el toque de silencio. Las bromas del anterior verano habían desaparecido o al menos en nuestro ámbito de una cierta veteranía.

Tras el desayuno, debíamos ir a por los aperos de la instrucción: trinchas, cinturón, cartucheras y fusil; a mí me correspondía llevar sobre el hombro el cañón del mortero.

La situación de tiro se nos había mostrado con anterioridad y se hallaba señalado el asentamiento exacto con unas banderillas. El puesto para cada calibre había sido elegido de forma escalonada para evitar, en caso de fallo, alguna desgracia. No era ni mucho menos un juego de “paintball” tan en boga en estos tiempos, pero para los oficiales y mandos superiores, sí debía parecérsele.


Los camiones que remolcaban los morteros del 120´ los posaron en la parte más alta de la ladera que nos quedaba detrás donde fueron preparados por los tiradores.

Las cuatro escuadras de morteros del 81´ cargamos con ellos hasta el nivel medio donde debíamos asentarlos en línea y con un espacio de seguridad entre ellos. A nuestra derecha, unos metros más cercanos a la diana de tiro, se asentaron las dos escuadras de morteros del 45´. El teniente de la primera sección eligió un punto fijo para dirigir el tiro de las seis escuadras y tomar nota de los impactos y aptitud de sus pupilos.

Los tres tanques calentaban motores a nuestra izquierda en un terreno sin apenas obstáculos de roca, salvo algunas zanjas y hoyos que habían sido escavados como tramoya de plató para mejorar el espectáculo. Detrás de ellos esperaba la sección de fusileros, cuerpo a tierra, camuflados con el equipo a juego con las matas resecas.

El sudor nos empañaba los cuerpos en aquella hondonada sin la menor brisa y con el sol sobre nuestras cabezas.

De pronto sonó el cornetín de órdenes en lo más alto de la colina y por detrás de los asentamientos de la batería del 120´. Miré de soslayo como hizo la mayoría de los actores bélicos hacia la línea del monte. Escuché a alguien decir que el mando que destacaba por su fajín y sable era ni más ni menos que el príncipe que había venido a presenciar nuestra maniobra. A su lado ramoneaba la jerarquía superior del campamento.

Un segundo toque de corneta abrió el espectáculo de pólvora, sudor y nervios:

Los cabos tiradores montamos los respectivos cañones sobre el trípode colocado sobre la placa base y los sujetamos por el anillo, ajustando a continuación la dirección del disparo con el teodolito. Antes de nada comprobé que el percutor se hallase retraído y que no se produjera el disparo al introducir el obús.

Primero se iniciaron los disparos con los cuatro morteros del 45´a las voces del teniente según a él le parecía más adecuado.

A continuación comenzó la batería del 81´ con una cadencia menor por adaptarse al mayor calibre de las piezas.

Tumbados en el suelo, los cabos tiradores fuimos haciendo nuestra labor. La mía,  en concreto, consistía en tirar de la cuerda en cuanto escuchase la orden: “¡tercera escuadra, fuego!” y comprobar el punto de caída del proyectil para enmendar el impacto siguiente con el movimiento del cañón en vertical y en horizontal con tal de mejorar la precisión.

Por encima de nuestras cabezas silbaron las cargas de los 120´.

Tras nuevas correcciones por cada disparo, el teniente dio aviso de prepararse para el disparo discrecional que consistía en tener el percutor activado de forma que al introducir el obús saliese sin más pérdida de tiempo tras chocar la espoleta con la aguja del percutor.

Cuando se escuchó la orden, mi cabo cargador introdujo el explosivo y se echó al suelo a mi lado. La única labor mía consistía en levantar la mano en el supuesto de que se diese algún fallo, pero por intuición decidí tirar del cordel y evitar el paso siguiente hasta tres veces: la aguja del percutor no colaboró. 

Comprendí que se trataba de un error del mismo obús, puesto que los disparos precedentes habían sido perfectos. Sabía lo que me esperaba, pero acabé dando el aviso con la mano en alto y me dispuse a seguir con el protocolo estudiado.

Desmonté el cañón del anillo del trípode, alejándome con él todo el espacio previsto en la normativa aprendida durante las clases teóricas y un poco más que a mí me pareció conveniente. Me siguió el cabo cargador, pues su misión aún era más comprometida que la mía como se verá.

Una vez elegido el lugar, comencé a bajar la boca del tubo, suavemente hasta que se escuchaba resbalar el proyectil, que disminuía la inclinación, pues lejos de sentirme yo protagonista de tan peligrosa maniobra, creía de mayor importancia la de mi compañero. Sabíamos que los obuses tienen un seguro de caída que se desactivaba a partir del metro, por lo que procuré flexionar las piernas y así bajar la altura de caída.

Puedes comprender el momento de tensión general que se produjo en el ambiente hasta el punto de paralizarse por completo el discurrir de la “batallita”. El cabo cargador se alejó con aquel regalo hasta depositarlo en lugar seguro.

A continuación, pasado el mal trago, observé tendido sobre el agreste campo de batalla el avance de los Z-45 que hicieron fuego contra la roca hasta pulverizarla. Detrás de ellos, medio agazapados, fueron avanzando bien cubiertos del alcance del imaginario enemigo la sección de los fusileros, los cetmes mudos.

Recogidos los materiales, el teniente nos tenía preparado un ágape a la sombra de unos árboles. Fue un momento que siempre recordé donde sobraron los protocolos establecidos por el rango militar.

Como siempre cuenta mi amigo Miguel con su gracia, le hubiera dicho:

“– Mi teniente, entre los mandos no nos pisemos la manguera”; pero no me atreví a tanta confianza y le dije:

– Mi teniente, ¿los obuses eran auténticos o de fogueo?

– Asturias, confiaba en ti. Contaba con que alguna de las cargas saliese fallida y me di cuenta perfectamente de que te había tocado en suertes a ti cuando percibí que tu pieza tardaba en disparar y que tirabas repetidas veces de la cuerda del percutor. 

Cualquiera en tu lugar hubiera hecho lo mismo con tal de no manipular la carga, pues de haber funcionado, el riesgo hubiera sido nulo. Sin embargo, el que corristeis toda la batería de morteros al desmontarlo, dependió de la serenidad con que actuó la tercera escuadra. 

_ ¿Serenidad o instinto de supervivencia?, mi teniente. 

jueves, 11 de mayo de 2023

166.- Hazañas bélicas

        Era la tercera semana de nuestra estancia en el campamento. El miércoles estuve pendiente del reloj desde la diana hasta el toque de silencio, recreando los principales hitos del discurrir de la fiesta en mi aldea. 

La fecha de celebración de la fiesta de santa Marina en mi aldea es el mismísimo día que se fijó tres años después para celebrar el “levantamiento nacional”. Y desde entonces, esa fecha fue catalogada como “fiesta nacional” en toda España, de misa y descanso laboral obligados. 

Escuchado contar en las tertulias de los mayores, el sábado 18 de julio de 1936, la alegría de la romería se rompió en el campo junto a la ermita. Por la noche continuó la verbena en los aledaños de la bolera con los sones del organillo y tantas veces fue  interrumpida como continuada, a medida que llegaban órdenes de las autoridades municipales. Por tanto, puede asegurarse que el día de la fiesta fue inamovible. *1

Ni qué decir tiene el insuperable menú que sirvieron los comedores el 18 de julio. Y, aunque fuese un calco exacto del anterior verano, era bien recibido. Para el resto de días, la verdad sea dicha, no tengo mal recuerdo sobre la calidad de los menús. 

Los desfiles eran pan comido para nosotros, bien a pesar del aumento de peso del “Cetme” de asalto, acompañados por la banda y los variados toques de cornetín que conocíamos a la perfección. Cada compañía se esmeraba en hacerlo sin errores. De regreso al pabellón, se desfilaba cantando la propia de cada compañía; la nuestra, quién lo iba a esperar, era “Bella ciao”.  *2

Los aspirantes a cabos de la cuarta compañía seguían entonando “La Lola” tal como yo había hecho el verano anterior. Debía de ser una práctica muy arraigada y, a pesar de ser un tanto salidilla de tono, ningún mando impedía cantarla en el trayecto de regreso desde la explanada del desfile hasta el pabellón. Cuando se concluía una canción, siempre surgía el vozarrón de turno que entonaba el verso de entrada a otra nueva. 

En los dos cursos de la IPS en Talarn no llegué a saber que “Lola” fuese el apodo aplicado a mi capitán de la cuarta compañía,  don Joaquín Imaz Martínez. Se había ganado nuestro mayor respeto al suspender el curso a los dos soldados espías que habían denunciado al sargento Norberto de mi sección por mandarle una carta de ánimo a un “objetor de conciencia” que cumplía el período de mili en calabozo. 

Gran sorpresa fue para mí leer recientemente en una web sobre Talarn, que dicho capitán resultó ser una de las primeras víctimas del terrorismo perpetrado contra un asentamiento militar.

Uno de los siguientes fines de semana, no sabría decir con exactitud cuál fue, se escucharon unos motores que no pertenecían a los vehículos habituales del campamento. Otro ruido metálico me recordaba el de las potentes excavadoras que habían realizado la carretera cuando removían la tierra de las fincas. 

Alguien explicó que se trataba de los tres tanques que habían llegado en tren desde Valencia hasta Lleida y a continuación por carretera hasta el campamento de Talarn

Cuando ya estaban en una parcela del campamento, por detrás de los pabellones, un nutrido grupo de curiosos nos acercamos a ellos cuando pararon los motores. Confieso que yo no habría de ser una excepción. Había sido un asiduo lector de las variadas publicaciones de tebeos de la época, pues uno de mis mejores amigos tenía en su casa una nutrida biblioteca y me los prestaba semanalmente cuando venía al pueblo con sus padres. Era la primera imagen que me había hecho de los “tanques” en “Hazañas Bélicas”, de las narraciones que mi padre me había hecho de su experiencia personal en la guerra. 

El calor que despedían aquellos monstruos de hierro era infernal a un metro de ellos. Una imagen imborrable para mi recuerdo es ver un enorme candado que cerraba la caja de herramientas al costado derecho del torreón, deformado y casi fundido como los relojes de Dali. 

Un compañero se subió sobre la cadena y las suelas de goma de sus botas se deshicieron como el chapapote recién echado en la carretera. 

Otros varios resultaron con quemaduras en sus manos que fueron atendidos en el botiquín y durante varios días se les reconocía por el vendaje. No obstante, algunos compañeros se adentraron en la torreta invitados por los artilleros. 


En las clases teóricas de las tardes delante del pabellón Simancas, el cabo primera en prácticas que las impartía nos dio algunos detalles de las características de los Z-45. 

Esta denominación del modelo, no la encontré en los sitios visitados de la web ni en otro comentario del blog sobre el campamento. Me parece estar viendo el letrero de blanco en el lateral derecho y por lógica debían de llevar otro idéntico en el izquierdo, pero mi memoria solo guardó uno. 

    En las imágenes emitidas por televisión al día siguiente del "23 F" creí ver desfilar por las calles de Valencia idénticos tanques mandados por Jaume Milans del Bosch.  

    Al día siguiente, provistos del cetme simulamos una avanzadilla campo a través tras aquellas ruidosas moles. Aparte del citado postureo militar, me parecería raro no poder recordar el sonido de sus bombazos contra las rocas señaladas en la lejana colina. 

    (1*) En la margen derecha hay un enlace al libro “A los quintos del ´40” que narra esto mismo.

    (2*) Grabada y registrada por primera vez en Nueva York por el acordeonista ucraniano Mishka Ziganoff en 1919. También fue el himno de la resistencia antifascista italiana. Wikipedia. 

    Yo la había aprendido y entonado en el obligado curso que todo aspirante a maestro debía hacer en el Colegio Menor del Cristo en Oviedo y en el campamento de Luarca.  

jueves, 20 de abril de 2023

165. Ayalga en el entorno del campamento

Una vez que localizamos el lugar exacto donde tendría lugar la demostración armamentística, Uvieu y yo convenimos en explorar de fin de semana la cuesta siguiendo alguno de los senderos que desde allí se nos dejaban ver.  Al paseo se nos unieron otros dos compañeros del pabellón “Simancas”, que en el verano precedente lo fueron en el pabellón “Ebro”. 

Provistos de agua, alimento y mucho ánimo, partimos después del desayuno y haber dejado ordenada la parte correspondiente a nuestras literas y bien cerrados los taquillones para no encontrarnos a la vuelta con alguna sorpresa desagradable.  

Empezamos la subida de la primera colina para tomar después un sendero más hollado que culebreaba hasta la siguiente cota y que desde la base la habíamos situado al noroeste. 

Una vez en la cima, se veía el conjunto del campamento desde el control de la entrada, algunos pabellones del 4º Batallón y el famoso Embalse de Tremp, como una pincelada de azul sobre un fondo ocre y siena tostada. Me gustaba el contraste de los campos recientemente segados con las pequeñas manchas de los almendrales y el cielo despejado. 

Después de caminar loma arriba, con el sol consumiendo las cantimploras, a pesar de hacerlo a pequeños tragos, dimos con los restos de una masía. Las paredes de los establos estaban derruidas y las maderas de los techos y portones yacían rotos por los temporales de viento, nevadas y lluvias durante bastantes años. Al principio pensamos que fueran los restos que dejaron las tropas, treinta y cinco años antes, y que sus dueños, en el mejor de los casos, habrían podido alcanzar la frontera a tiempo.  

A mí me apeteció indagar, quizás movido por el interés arquitectónico del conjunto en cuanto a la estructura, materiales empleados y trabajo en general como también alguna señal dejada en los postigos de entrada tal como estaba acostumbrado a ver en las casas y cabañas del pastoreo en el monte. 

Mientras mis tres compañeros charlaban y trasegaban sendos bocadillos de sobrasada adquiridos en la cantina, me acerqué a la entrada de la vivienda que me pareció ser la principal y porque aún conservaba en pie parte del tejado y un corredor cuya barandilla y sus barrotes colgaban en buena parte de ella.

Debajo del medio abatido corredor había una hermosa rueca de hilar, que conservaba intacta la rueda y el resto de sus finas y delicadas maderas torneadas y bien protegidas por una capa de barniz color pino en las que se reflejaban los rayos del sol. 

Os confieso que con el paso de los años y al narrar esta aventura en las acostumbradas tertulias de amigos sobre la mili, expresaba mi pena por haberla dejado allí, perderse bajo los restos de la casa, por las tormentas de agua y nieve. 

Al imaginar lo allí ocurrido, pensé entonces en los dueños o llevadores de aquel sitio hacía treinta y cinco años evitando el frente tomando camino a los Pirineos.  

Hoy, cincuenta años después, se me ocurre una segunda explicación: 

Dado el perfecto estado en que se hallaba la rueca de hilar, cabe pensar que algunos de sus miembros en edad de servicio militar  y de modo voluntario o forzado, se hubiesen alistado a las filas que claramente iban a ganar la contienda. Y con la creación del Campamento militar, los terrenos habrían sido expropiados o pagados. 

¿A quién le iba a interesar quedarse a vivir en su propiedad y soportar el trajín militar tan cerca de cornetines y tambores, toques de diana y oración, generalas y campo de tiro? 

Cuando me disponía a salir para integrarme con los compañeros se me ocurrió remover una de las maderas caídas del corredor. La sorpresa fue grande. Bajo ella, una docena de cucuruchos con papel doblado de periódico guardaban en su abombado interior almendras de sólido caparazón bien conservado. No puedo recordar ahora el nombre en catalán del diario, pero sí que recuerdo la fecha en la que había sido impreso: “Agost de 1937”.

¿Habían sido reservadas para preparar los mazapanes del Nadal 1938? 

Lo dejo a razonamiento del lector. Entre el 27 de marzo y 3 de abril de 1938, las tropas insurgentes tomaban Lleida. 

Repartí mi ayalga con los compañeros; el resto las guardé en la mochila y rellené los dos bolsillos del pantalón de faena, después de haber comprobado que no se tratase de almendras amargas. 

En la experiencia del curso anterior, me había surtido de ellas en la caminata a Santa Engracia y al abrir la primera y la segunda resultaron ambas ser amargas. Alguien me advirtió que contenían cianuro, pero  a pesar de ello, en la fabricación del turrón se usaba una pequeña proporción de almendra amarga. 

Ya en el pabellón las guardé en el fondo del petate, bajo la ropa de paisano que reservaba para cuando nos dieran vía libre a casa.

Las clases de teórica de las tardes estaban centrada en el conocimiento de la balística y en uso de las distintas armas a que habíamos sido destinados. Yo en concreto tuve que aprender al manejo de los morteros del “81”, de su asentamiento, dirección, ángulo de tiro, instalación adecuada del trípode, su nivelación, el manejo del teodolito y aplicación de los complementos de carga, parecidas a herraduras rellenas de pólvora que se colocaban en el cuello de la espoleta del obús para superar las distancias al objetivo marcado.

Las prácticas de tiro resultaron bien. Estaba por llegar el día “D”. A nadie nos preocupó en demasía, porque tenía trazas ser un juego más al que nos habían acostumbrado. Ya os diré. 

jueves, 16 de marzo de 2023

164- Segundo período en Talarn, julio-agosto de 1972

 

En la terraza en la que se tendía la cosecha al amparo de humedades, guardaba en un baúl la impedimenta militar dentro de la mochila y del petate que había puesto a orear todo el mes de junio para prevenir sorpresas de última hora. Le saqué lustro a la hebilla del cinturón y embetuné las botas. Deberían estar ya libres del maldito hongo que me había atormentado las primeras semanas del regreso. Con toda la certeza, fue el “regalo” de la “putada” que nos habían gastado antes del toque de la última diana del curso pasado. Don Mariano Buj me despachó un bote con “Fongesor”, con el que empolvé el interior de las botas cada poco tiempo y así erradicar el hongo conocido como “pie de atleta”, tan habitual en playas, piscinas y duchas colectivas.

En las gorras, tanto en la de paseo como en la de campamento y en las hombreras llevaba prendido el galón rojo de cabo. En el fondo del zurrón acomodó mi madre la fiambrera que me había seguido al instituto, en las obras, al campamento de Luarca y en el primer verano de Talarn.

Las despedidas familiares, sobre todo a mis abuelos las hice los días previos de la salida.

En la estación de Oviedo nos topamos otra vez con el Cabo 1º “Picurri” procedente del CIR n.º 12 del Ferral de Bernesga en León con sus gafas oscuras que nos acompañaría en el primer trayecto.

Mucho más relajado que el año anterior, me había surtido de provisiones en la cafetería “Peña Tu” al bajarme del tren de Económicos en el que salí de Llanes a las siete de la mañana con la despedida de los primeros cohetes en Pancar que abrían el día de la festividad de San Pedro en la capilla de San Patricio y las interminables paradas por los numerosos apeaderos y estaciones antes de llegar a Vetusta: cuatro horas para un trayecto de tan sólo cien kilómetros.

Ya subidos en la Estación del Norte a la unidad que nos llevaría, las mismas paradas y en los mismos nudos de comunicaciones con las pertinentes maniobras para añadir nuevas unidades y otra máquina más de apoyo. Nuevas caras de futuros soldados y otras ya conocidas bajo la gorra con el galón rojo. Las mismas treinta y seis horas, cronometradas, por tierras leonesas, castellanas, aragonesas y catalanas.

En este viaje me impactó mucho un suceso que tras la ventanilla observé: por otra vía paralela a una distancia que ahora calculo como de unos cincuenta metros, arrancaba de un apeadero en sentido contrario al nuestro otro tren de pasajeros. Justo en el momento en que las puertas se cerraban automáticamente, se escucharon los gritos de una mujer que había quedado atrapada entre las dos hojas correderas sin haber accedido a su interior. Tardé tiempo en borrar aquel suceso a base de imaginar que no le habría ocurrido nada.

El día 1 de julio, sábado, estábamos en la 1ª CIA del pabellón “Simancas” donde nos acomodaron y nos dieron litera y taquilla en la nave superior. Debajo teníamos a la 2ª CIA. Hasta el lunes no conocimos otro mando que el Cabo 1ª que llevaba la compañía hasta el lunes. Al ser todos cabos rojos, no tuvimos otro control más que el que se hacía por las noches con la guardia militar y en el paso de barreras de la salida al campamento. Las tres comidas se servían en el comedor del curso anterior, y por ser veteranos las gestionábamos según nos convenía el menú que ofrecían.

Llegado el lunes, las tornas cambiaron. El “Simancas” era precisamente el pabellón desde el que nos lanzaban los petardos y cohetes por las ventanillas de aireación al pabellón “Ebro”.

De todos los oficiales, apenas otro que el nombre del capitán Joaquín Imanz Martínez, y lo confirman los escritos aportados por otros compañeros en una página web dedicada al Campamento de Talarn en la que colgué algunas aportaciones propias. Por tanto, no recuerdo el nombre del teniente de la primera sección que se encargó de mi adiestramiento como “Cabo especialista tirador en Morteros del 81”, artilugio al que fui destinado sin ningún consentimiento expreso por mi parte.

Al tercer pelotón de nuestra sección lo destinaron a los “Morteros del 45, verdaderos juguetes en comparación con el nuestro, digo por el peso a la hora del acarreo en los costillares, pero el peligro era el mismo, caso de accidente en el manejo.

En la segunda sección estaba el pelotón destinado a los Morteros del 120, estos mucho menos ligeros, montados sobre un eje con dos ruedas de camión y tirados por un Land Rover o “Willys”, ocupaban un asentamiento fijo también.

Otro pelotón, el 2º, pertrechado con las ametralladoras MG, granadas de mano, Bazocas y otras armas no menos cruentas que la mía, aunque sí más livianas de peso.

Al pelotón de mi amigo Ovetus, el 3º, lo destinaron a la especialidad del Cañón del 180 con retroceso, que por su peso debía permanecer camuflado con una lona y asentado sobre una plataforma de acero.

La tercera sección la llamábamos “Los pisahormigas” portadores de los fusiles de asalto CETME C-64 calibre 7,62 mm. en cargador extraíble curvo de 30 cartuchos, cuyo alcance máximo era de 1600 m. en una cadencia de tiro en ráfaga de 750 cartuchos/minuto sobre trípode que traía incorporado. Además con él se podían lanzar granadas.


Durante todo el mes lo dedicaron a la instrucción y preparación del escenario ofensivo contra un objetivo determinado. Los dos pelotones de la sección de morteros fuimos entrenados a desfilar con el material que se iba a utilizar llegado el día “D” que nadie parecía conocer, salvo los altos mandos. Lo mismo hicieron los compañeros del Mortero 45.

Ni “Radio macuto” fue capaz de ponerle fecha. Al teniente poco o casi nada le pudimos sacar, salvo que tendría lugar en un paraje ya utilizado por las quintas precedentes a la nuestra como zona de tiro, distinta de la utilizada el verano anterior con los “Mausser” y las granadas de mano. Fue cosa de investigar preguntando a los soldados de remplazo que atendían las instalaciones sin los cuales, allí no funcionaría nada. En el vacío militar producido los fines de semana, nos dedicamos a inspeccionar la zona, por las lomas, al Oeste de nuestro pabellón. A una distancia como de medio kilómetro o poco más, vimos una roca pintada de blanco que destacaba sobre el resto del entorno, cubierto de vegetación herbácea y retamas que estaban en flor.

Cerca se veían los restos de una masía bombardeada en tiempos de guerra.

A mí me correspondió el mando de la primera escuadra del segundo pelotón y “pasear” sobre los hombros el cañón que me recordaba a las viejas tuberías de hierro de las traídas de agua del manantial al depósito del pueblo. Los giros, los cambio de sentido y otros movimientos como el cambio de hombro me dejaban derrengado. Me seguían: el cabo cargador, el cabo que portaba el trípode colgado por trinchas a la espalda, el cabo proveedor y el último que soportaba a sus espaldas sujeta por trinchas la placa base. Curiosamente mi escuadra la componían cuatro gallegos que seguían a un asturiano.

Nos habían numerado de esta forma: la 1ª escuadra y la 2ª coincidían con las propias del primer pelotón. La 3ª que era la nuestra y la 4ª eran las escuadras de nuestro segundo pelotón. Ambos pelotones pertenecíamos a “Morteros del 81” para el día “D”.

Llegué a sentir animadversión por el teniente de mi sección. Cuando mandaba hacer el cambio de sentido en el desfile de entrenamiento, mi benjamín compañero, que más me recordaba a una tortuga carey por los bultos de la placa base que tenía para clavar en tierra. Agotado por el peso y el calor del estío leridano, el teniente le “animaba” propinándole algún que otro toque con el lateral de la bota. Al fin, el que más y el que menos reía lo que en sus propias carnes no ocurría. Sin embargo, cuando nos daba instrucciones técnicas aparte, parecía ser otro bien distinto que nos comentaba la incidencia como si tal cosa no hubiese ocurrido. Era un oficial con cara de pocos amigos que se mostraba duro y exigente en la instrucción, pero me di cuenta que cuando el capitán se retiraba a su oficina para mandar los informes a la comandancia, siguiendo el hilo de rigor de cualquier estamento oficial, nos mandaba descanso bajo la primera sombra que encontrásemos y el ambiente se distendía.

Comprendí el compromiso que tenía de que todo saliese bien y no se produjera ningún accidente. Era pequeño, seco de carnes, pero correoso.

Sentía pena por el cabo que llevaba la placa del mortero que debía pesar más que él, pero no parecía estar resentido con el oficial. El teniente, tras aquellos descansos, nos pareció a todos algo más accesible.

Era posible, nos confesó, que le dieran el ascenso a capitán y un destino más cercano a su casa. Necesitaba estar cerca de la familia y todos lo entendimos.

Por las mañanas seguía haciéndose la gimnasia en las frías mañanas cuando el sol aún no había sobrepasado por encima del embalse de Sant Antoni, acompañados esta vez con el nuevo fusil, bastante más pesado que el “chopo” del pasado verano. Y a pesar de ello, el capitán instructor que nos dirigía desde la torre de la capilla se podría hacer un rosario de cuentas con tanto molinete, pase, cambio y giro, ya de pie, de sentado como tumbado. Menos mal que quedaba lejos y no podía escuchar nuestros rezos.

miércoles, 18 de enero de 2023

163.- Maestros de la Escuela de Parres

(Queda por agregar dos maestros, ancestros míos por la parte de mi abuela paterna, María Gutiérrez González, en otro momento).

 Don Amalio Penanes vino de maestro a Parres y se casó con María Galguera Noriega una prima carnal de mi abuelo Marcos Noriega González y habitaron la vivienda de la escuela. Tuvieron a Mariano, Juan, María Josefa, Antonio, Tomás y Amalina.

En 1924 se llevó a cabo la restauración del anterior edificio escolar quedando tal como se le conoce ahora. Mientras tuvieron lugar las obras, acondicionaron como aula de niños la casa de Ramón Sobrino Arenas, padre del doctor Don Ramón Sobrino de la Vega, en el barrio de Brañes, donde años después abriría sus puertas "El Chispún" de Isabel Cabrera Mendoza. Para aula de las niñas se dispuso de la casa que hoy pertenece a Rosa María López Sobrino en el barrio de la Caleyona, pero que en aquel tiempo pertenecía a María, "La Gaspara".(Ver en "Refugios de piedra" al margen del blog).

Después de unos años, Don Amalio pidió otro destino como maestro para regresar al pueblo una vez jubilado de la escuela de Ceceda con setenta años, edad en la que se permitía la jubilación. (Estando yo de maestro en la escuela graduada de Llanes, en mi primer destino, curso 1972-73, asistí al festejo de la jubilación de un compañero, Don Ufano García y habría de pasar otro curso, cuando participé en la primera huelga de enseñanza que reivindicaba la jubilación de los docentes a los sesenta y cinco.)

A Don Amalio Penanes y María Galguera Noriega, los conocí siendo yo niño, pues eran vecinos en la Caleyona. María quedaba a mí cargo si mis padres marchaban al campo y no me podían llevar por estar mal tiempo. Vivía con ellos su hija Mª Josefa casada con Miguel Bilbao, marinero de Niembru y sus hijos Juan Ángel y Mª Amalia Bilbao Penanes. También estaba con ellos su última hija, Amalina. 

Yo jugaba con Juan Miguel que era de mi misma edad y cuidábamos de su hermana, tres años más joven que nosotros. Con seis años, mi primer amigo subió al cielo, como dice en el recordatorio que conservo. No me dio tiempo a llorarlo lo suficiente, pues al poco tiempo, perdí a mi hermano de tan solo seis meses.

Recuerdo un día, al menos, que estaba yo columpiándome de la portilla de Argandeñu cuando  escuché el ruido de una avioneta y Amalina llegó corriendo hasta la campera del Corral poblada de nogales para saludar con su sombrero de paja y gritos de alegría a su hermano Antonio.

Antonio Penanes Galguera era de la misma quinta que mi padre, la Quinta del 40, (nacidos en 1919). Falleció en Madrid, cuando viajaba en un autobús que se incendió. Fue el último de los pasajeros en abandonar el vehículo, por ayudar a salir a los demás que resultaron ilesos, siguiendo el código militar al que se sentía sujeto. Meses después sería ascendido de grado militar en el Ejército del Aire como ya tenían previsto antes del trágico accidente. Le rindieron las honras fúnebres y reconocimiento póstumo por tal acción.

Don Amalio solía sentarse en los días de sol a sestear sobre un poyo de piedra que tenía junto al muro de la corralada. Era su rincón habitual para la lectura. Para mí me resultaba imposible pasar sin saludarle, a pesar de las prisas que llevase, salvo cuando lo veía sesteando en el poyu a la sombra del evónimo; la mayoría de las veces me paraba un rato a charlar con él. Siempre que pasaba yo arriba o abajo por delante de su casa lo saludaba y él sentía la necesidad de contarme alguna historia y yo no tenía más remedio que atenderle, primeramente, por educación y hay que decirlo, también por gusto. Si era tanta la prisa mía, como era la de traer las vacas del pasto por las tardes, tras la salida del instituto, se lo decía y en cuanto podía pasaba a charlar con él. 

Él lo entendía y yo aprovechaba los domingo con más tiempo, a sacar el tema que él con gusto continuaba. Me resultaba fácil tirarle de la lengua y le dirigía con hábiles preguntas su narración a los temas que a mí más me atraían. El segundo año de instituto, 3º de bachiller, mi primer año de estudios de Latín, me prestó ayuda con la traducción de textos clásicos de Séneca, Virgilio, Plinio o Julio César. Fue otro más de los maestros a quienes traté que modelaron mi trayectoria docente.

Don Andrés vivió en la casa escuela y según cuenta mi padre, un día que andaba llendando las vacas y jugando por los prados de San Antón con su hermano Jesús tres años mayor que él, el primero de los diez hijos que criaron mis abuelos María y Santos y con otro niño de parecida edad, José Tamés Sotres, más conocido como Chacha. Acertó a pasar por allí el maestro y a Chacha se le ocurrió llamarlo en voz alta: ¡"maestru"! a la vez que se escondió tras el muro del cementerio. Cuando el maestro se volvió para ver quién le llamaba, sólo vio a mi tío y a mi padre que no habían dicho nada. En aquel momento no pasó nada, pero en cuanto llegaron a la escuela al día siguiente, fueron castigados los dos sin salir al recreo por  falta de respeto. No se les ocurrió disculparse ni acusar al compañero, porque tampoco era realmente culpable de nada.

Don Martín  cuando llegó a Parres se instaló junto con su esposa e hijos en la casa escuela. Mi padre no recuerda nada más de él, ya que estuvo en Parres sólo un curso.

Don Saturno  estuvo varios cursos en Parres y resalta mi padre que fue muy buen maestro. Cuenta que mí abuela María, como tenía diez niños en casa, a cual más inquieto, disculpaba a los maestros si castigaban a los suyos y les hacía merecedores de un sueldo mejor del que ganaban por enseñar a tal manada así de gandules, que llegaban al medio ciento cuando el tiempo no estaba para echarlos tras los rebaños o a trabajar la tierra. Como no había silla y pupitre para todos, los más pequeños llevaban de casa una tayuela que tanto les podía servir de asiento como de pupitre en que apoyar la pizarra. Y no dejaba de tener toda la razón mi abuela, pues entre ellos, a decir de mi padre: "Los había buenos, menos buenos y malos. Así y todo, soportó bien el trabajo unos cuantos cursos y con él aprendí mucho. La mayor parte de los que llegaban a Parres venían como interinos y eran sustituidos por propietarios que a su vez, en cuanto podían, solicitaban traslado a otros destinos mejores".

"El Afilador". Mi padre no recordaba su auténtico nombre. Le apodaban así por la bata gris que ponía para dar clase, muy similar a la que usaban los afiladores de Orense que venían empujando el carro y tocando la quena por las callejas de los pueblos. Se quedaba de pensión con una familia y después de pagar la fonda del mes, le quedaban unos duros, los justos para el tabaco.

A Don Paco pronto lo bautizaron como "El Caco" debido seguramente a su pequeña estatura. Además tenía tullida una pierna. Les hacía mucha gracia cuando se volvía de repente mientras escribía en el encerado y les advertía: "Que no quielo milones". "Yo sentía pena de él, pues no me parecía apropiado perder el respeto a una persona, maestro o no, por sus características e impedimentos físicos. Había algunos que se pasaban en demasía con él y no hacían más que interrumpir las explicaciones que daba de la lección y le faltaban totalmente al respeto. Lo recuerdo siempre como uno de los mejores maestros que tuve", recalca mi padre.

"Con don José María Fernández, del curso 1934 al de 1936, acabé los estudios en la escuela y no tuve más ocasión de continuar aprendiendo. Me confiaba la compra del tabaco en el estanco y, a pesar de que le sisaba algún pitillo del mazo, don José María hacía la vista gorda y se sonreía sin decirme nada por ello. Era común y muy habitual que los niños fumásemos, porque se desconocía el alcance de las enfermedades que se adquieren con el tabaco y mucho más a tan tierna edad. Permaneció en Parres hasta casi el inicio de la Guerra Civil. Un año después, cuando me movilizaron con dieciocho años, estuve preso en el campo de Concentración "La Vidriera" de Avilés. Un día nos formaron delante de las oficinas y fueron llamando a la mayor parte de los presos para darnos destino. Cuando oí mi nombre levanté el brazo y me llevaron ante un tribunal de evaluación para identificarme y mandarme, bien sea a un Batallón en el frente o a un Batallón de Trabajadores, dependiendo de que me hubiese llegado el aval o no, pero en aquel momento yo no tenía conciencia de que alguien me lo hubiese enviado. Me preguntó uno de los que conformaban el tribunal que si conocía a don José María Fernández. Yo dije que lo conocía, porque había sido mi maestro al que le guardaba tanto aprecio. Debió de ser por mi respuesta que, apoyados en ella, me concedieron el aval debido, pues no pude ver a mi maestro en aquella sala; por causa de ello me mandaron que caminase hasta uno de los dos grupos formados allí mismo: justo al que iba destinado al frente".

Durante los años de guerra, las aulas estuvieron vacías y paralizado el aprendizaje de los niños con los libros. Sólo se preocuparon de enseñarlos a desfilar por los caminos del pueblo como lo harían de soldados algunos de ellos pertenecientes a las quintas posteriores a las mías, provistos con un chopo, que así llamaban por la madera que usaban de olmo a una imitación de fusil de juguete. Un tiempo no muy lejano después, aquellos aprendices de soldaditos de plomo empuñarían un auténtico Mausser para quedar buena parte de ellos tumbados en los campos y caminos de la patria por la que peleaban, a ambos lados del frente.

Serendipias de la vida: A don José María Fernández lo conocí casualmente en el Colegio Público "Hogar de San José" de la calle General Elorza, donde ejercía aún de director, con ocasión de presentar a los exámenes de nivelación para 8° EGB a 18 alumnas del Colegio Santa Teresa de Jesús , de Panes, a las que yo les impartía clases particulares de Lengua,  Literatura, Matemáticas y Física y Química, en el curso 1974/75). El mismo que le avaló estando en el Campo de concentración de la Vidriera de Avilés. (Léase "A los quintos del 40" en monchugn.com).


(En esta foto que llamé "Los quintos del 40", no están todos los que eran, en el aula de niños en Parres del año 1926.)


Los maestros que siguen fueron conocidos por mí.

Don Eduardo Díez Álvarez. Estuvo durante algunos cursos. Dos cursos de antelación al que yo comencé, se marchó de maestro a otro destino en Tudela de Agüeira. Recuerdo a Goya Colgantes, natural de Reinosa, su mujer, y a sus dos hijos: Eduardo, “Bayo”, y Luisín que era de mi misma edad y con el que yo solía jugar cuando venía de visita al barrio de La Veguca, a la casa de Concha Fernández y Wences Sobrino. Don Eduardo fue un buen maestro a decir de quienes lo trataron.

Varios años después, 1971/72, coincidencia de la vida, cuando yo hacía las Prácticas de Maestro en la Escuela Normal de Oviedo, elegí junto con unos compañeros y amigos de las clases, destino en la Escuela Graduada del Postigo Bajo. Después del primer trimestre en rotación semanal por todos los grados de la escuela, elegimos mi compañero y yo, entre los doce maestros en ciernes que éramos, su aula para practicar en ella el resto del curso. Nos fuimos a la clase de 4º que tutoraba Don Eduardo, pues nos pareció, entre todo el conjunto de maestros allí destinados, el de mejor pedagogía y de técnicas más modernas. Era además un gran lector y hablábamos con él de la escuela y de los niños. Trataba siempre de lograr los objetivos propuestos para el nivel. Guardo una enorme estima de aquel Maestro, pero con su naturalidad nos hizo sentir a los dos aprendices que éramos también sus colegas.

Don Francisco Peláez. “Don Paco”. Era natural de Pechón en la vecina comunidad de Cantabria. Comenzó de maestro en septiembre de 1954, un curso antes del que yo entré como alumno. Ocupó con su mujer, doña Ramona, la vivienda de la escuela que está encima del aula de los chavales. No tenían hijos, pero en periodos de verano venía a estar en Parres un sobrino de doña Ramona, de origen andaluz. Con él estuve dos cursos, el primer trimestre de los cuales, me encasilló en la sección de los pequeños, al fondo del aula, hasta que se dio cuenta, de que leía correctamente y los buenos conocimientos de Aritmética, me pasó a la segunda sección. (Pasados los años, en la cristalera de la terraza del bar, vi pegada la foto de don Paco y hablé con sus parientes de mi bien recuerdo suyo.) El mérito de mi adelanto con respecto a la edad, se corresponde con el esfuerzo de mis padres y abuelo Marcos por enseñarme a leer, sumar, restar y multiplicar y que, en el verano anterior al ingreso en la escuela, con tan solo seis años me mandaron a las clases particulares con Manolín Alonso Gómez, dos veranos consecutivos. 

Manolín era un estudiante de Químicas, por cierto también hijo de maestro. 

A Manolín siempre lo tuve como el primero de mis maestros, como ya narré en el segundo capítulo de este blog me enseñó la esencia del cálculo, desde la división hasta las raíces, los números enteros y fraccionarios, las reglas de tres, simple y compuesta, de compañía, aleaciones y mezclas. Con tanto interés que yo ponía en aprender y él en adelantarme materia, fue la causa de que con tan sólo siete años pasase a la sección segunda y en el curso siguiente, me metieron con los mayores en la sección primera.

Don Manuel Fernández. Fue maestro mío desde el segundo curso de mi estancia en la escuela hasta el octavo curso, en la sección primera, que con los 14 años recibí el Certificado de Enseñanza Primaria. Fue un gran maestro también y le tengo, como al resto de los citados maestros, entre los profesionales de la enseñanza dignos de emulación. En el curso 1972/73, estando yo ocupando en la Escuela Graduada de Llanes mi primer destino, coincidí en una reunión y cena que se hizo de profesores del Instituto y de las Escuelas, sentado entre mi maestro don Manuel y mi profesora de Ciencias doña Carmen Rosa de La Hera; también estaba don Manuel Llanes Amor, cura de Parres y profesor mío de Religión en el Instituto.

Estando yo como maestro rural en la Escuela de Pendueles, del CRA II de Vidiago, fui nombrado director del mismo, y a finales de septiembre por fin nos llegó el profesor destinado a dar las clases de Eduación Física que rotaría por las distintas aulas que componían el Colegio Rural Agrupado II en aquel momento: 2 en La Borbolla, 2 en Pendueles, 1 en Riegu, 1 en Purón, 3 en San Roque, 1 en Andrín, 2 en Parres y 2 en Póo. Como se recuperaba de una lesión que le impediría por un tiempo cumplir el programa, desde la inspección me indicaron que, puesto que ya había dado clases de educación física en el anterior destino, podría darlas también en itinerancia, salvo los miércoles que lo dedicada a la dirección en la sede de Riegu.

Fue esta vez cuando tuve la ocasión de volver a mi aula donde había estudiado los ocho cursos de Primaria. Allí seguían parte del mobiliario, el armario vitrina de los libros manuscritos y otras colecciones; la mesa de un solo banco, larga, oscura y dura que había compartido en la Sección Primera con Pancho Sobrino Díaz, Panchín y Benjamín Tamés Fernández y Juan Armando Alles Tamés, la tenían destinada a los talleres de pretecnología.

El resto de mesas eran nuevas, individuales que se adaptaban a los grupos de edad; sólo quedaba de vestigio otra de las mesas que teníamos de tapa abatible con los dos agujeros para los dos pocillos blancos de cerámica, uno para la tinta que nos surtía don Manuel de la que él mismo preparaba en clase, con una botella provista de un corcho con una pajuela y en el otro pocillo, nos servíamos el agua con que limpiar la pizarra; el viejo reloj de pared que tanto mirábamos para salir al recreo, estaba inerte y mudo con las dos agujas que yo imaginaba ser las lanzas  de un torneo de caballeros, marcaban no se sabe la hora de qué día, de qué mes, de qué año y el encerado sobre su caballete había desaparecido junto con los mapas, la esfera y el juego de pesas y medidas  guardadas en el armario con vitrinas de cristales y llave. Las ventanas, sin embargo, aún conservaban en algunos resquicios la vieja pintura oscura con aquellos cristales viejos de factura irregular. Y creí percibir aún el olor a goma “Milán”, a tinta y a tiza, que llenaban de aromas de infancia aquel edificio que tanto quise y en el que fabriqué tantos sueños de mi infancia, no exenta de sinsabores ( “bullying”), se dice ahora, pero a pesar de todo, curiosamente por encima de todo, prevaleció la idea de ser maestro.

Pasaron por mi antigua aula escolar, varias generaciones de maestros y maestras, entre ellos viejos compañeros míos de Magisterio: Armando Romano Gutiérrez, Luis MolinaNacho Fonseca, José García Caso, colega en la vieja Escuela Pública de Llanes en mi primer destino y otros maestros más como Longinos Zaraúza Calleja, Arsenio Manuel González y muchos otros compañeros del CRA II de los que me sería difícil dar cuenta, pero con los que me reunía semanalmente en los claustros y grupos de trabajo en la sede de Riegu y en numerosas actividades extraescolares con los alumnos de Parres, dentro y fuera del municipio y provincia.

    
   Nota: Espero que no se produzca el cierre de las aulas rurales del municipio llanisco, por el bien de los pueblos. La población, lógicamente fluctúa por cuestiones laborales o económicas de los padres, por tanto, cada quién es libre de elegir la educación de sus hijos. Lo que no hay que olvidar tampoco es el valor de la educación y el modelo de enseñanza más personalizada llevada a cabo en las aulas rurales de los CRA con actividades que les permiten conocer el entorno y en el que se desenvuelven con mayor naturalidad. 
Desafortunadamente, fenecieron varias aulas, no todas por culpa de la natalidad, ni por el trabajo de los padres o tutores; existen casos en los que influyen los viejos conceptos que tienen de la pedagogía rural en desventaja con la de los grandes colegios situados en la villa. Es una batalla perdida. 
Cuando llegue de Maestro al destino por el que había concursado, delante del patio, paraba un autobús que abría sus puertas para que entrasen los alumnos. La reacción de los padres, fue protestar hasta que dejaron de importunar. Y lo mismo ocurrió en otras escuelas unitarias. 
    

domingo, 18 de diciembre de 2022

162.- (V) Regreso por la Navidad

 

    Como venía siendo costumbre en prácticamente todos los centros de enseñanza, la navidad formaba parte del currículo escolar. Mi compañero y yo, echamos mano a los escasos recursos de que disponíamos y a la enorme ilusión con que desempeñábamos nuestro compromiso docente. Entre los dos hicimos un listado de actividades “singulares” según se nos iban ocurriendo en una “tormenta de ideas” y que dejamos constancia en el diario de clase.

    Las hicimos realidad en el horario de los recreos además del propio dedicado al dibujo y trabajos manuales. El maestro tutor, como ya dejé constancia en las anteriores entradas, marcaba distancia con el resto de los docentes en cuanto a actualización en la pedagogía aplicada en sus clases. Traía todos los días alguna lectura, alguna poesía, algún dibujo que fueron adornando la clase como telón de fondo sobre la ajada y negra pizarra. En los cristales de la extensa galería colgamos los dibujos de los niños y sobre los alfeizares dispusieron como escenario a los personajes del “belén” hechos con barro y plastilina: no faltaron las cabañas, la forja ni el mercado; ni la fuente con el lavadero ni tampoco el molino. Y en la lejanía, hacia Oriente, brilló la estrella que guiaba a los tres reyes sobre sus camellos y de por medio, el torreón en el palacio real.

    En realidad eran tareas muy didácticas por lo que aportaban y el divertimento que raramente se obtenía en las demás materias del curso. Por nuestra parte, no faltó la representación leída del auto “Los reyes Magos” y la elaboración de tarjetas navideñas que como valiosos regalos llevaban en el maletu camino de sus casas.

Comí de mantel y servilleta en la cafetería “Peña Tu” a unos metros de la “Estación de Económicos” perteneciente a un tocayo mío, Ramonín Vallejo Guerra, que atendía el obrador de la pastelería. Era amable con toda la clientela sin excepción que allí se concentraba a las horas de los trenes y autobuses, y por tanto, aún más si cabe con los llaniscos que entraban en las largas esperas de llegada y salida de los trenes. También atendía a los usuarios de los ALSA que había trasladado su flota a los amplios subterráneos del bloque “La Colmena” a unos pocos pasos de allí, del anterior angosto bajo al que se accedía desde Foncalada, en el que como ya conté, estaba también la sala de boxeo.

Ya anochecido, cuatro horas de viaje con sus interminables paradas en estaciones y apeaderos entramos en la estación de Llanes. A pocos pasos pasé a saludar a José Sanchez Inclán, más conocido como “Pepín el de La Gloria”, y como no podía ser menos, pedí un tazón de caldo con tropiezos de pan frito que sobrenadaban a que energizase el camino de regreso al hogar. Aparte de haber estado de pensión en casa de su hermana Josefina, también había comido en el bar siendo estudiante del bachiller y obrero de la construcción, como ya narré en este blog.

Es para mí un gusto haber gozado de su amistad y habérselo expresado con anterioridad al evento del homenaje que con justicia se le hizo esta semana en el pueblu de Boquerizu. Repetir todo lo expresado en los escritos sería un plagio, pero bien que se lo merece.

Los Altares, la capilla de La Salud, La Carúa, Las Delicias, El H.ornu, La Escuela, La Bolera, El Pasu, El Retiro, Calderón, Navariegu y la cantera de Collamera, que es límite oriental de Parres con el pueblo de Pancar, desde donde se divisa, el Cuetu Calmor, las Castañares y el campanario de la Iglesia. Pasado Llagu, atravesada las vallas de la pista y subidas Las Castañares, por el caleyón de La Madalena hice el atajo para llegar a casa.


miércoles, 26 de octubre de 2022

161.- La plaza del Fontán (IV)


No encuentro título adecuado para esta entrada, pero supongo que en el trascurso de su redacción me surja alguno que resuma la temática de la que trata.

Hay dos episodios vividos que es difícil pasar por alto, pues de ser obviados siempre me vendrían a la memoria. Es curioso cómo se deslíen sutilmente con el paso del tiempo hasta desaparecer por completo y no dejan huella, tal como ocurre con los sueños.

El grupo de prácticas en la escuela estaba compuesto por media docena de maestras y otra media de maestros. Nos unía a los doce el deseo de aprender y por el hecho de haber elegido aquel destino tan singular, quizás nos uniera también el de servir con nuestros modernos planteamientos pedagógicos al noble ejercicio de la educación. No quiero que se me interprete mal: nunca me creí superior a nadie y menos de los maestros tutores de las prácticas, algunos de los cuales fueron admirados por mí, como ya expresé a lo largo de mis años escolares y de instituto, pero está claro que nuestra promoción marcó un paso generacional que duraría lo que “un chupa-chús en un patio de recreo”, pues al “Plan del 67” le seguiría el “Plan del 81”.

Por las tardes de los miércoles que en las aulas no había clases, nos juntábamos en la Normal con algunos profesores encargados de seguir nuestros pasos y ayudarnos en las dudas o inconvenientes con que tropezásemos. Los demás días nos veíamos quienes quedábamos en Oviedo en “tertulias pedagógicas” ya sea en la biblioteca municipal, cerca de la catedral o tomando un tentempié de generosos pinchos en algún establecimiento a buen precio, principal reclamo para estudiantes.

Se acercaban las vacaciones de navidad, en las que no faltaron las primeras nevadas como toque pictórico junto a las parpadeantes lucecillas en las principales calles y plazas, en los rótulos de los establecimientos comerciales a lo largo de la calle Uría. Incluso las campanas de los relojes más emblemáticos de la ciudad habían sido ajustadas para cambiar su acostumbrado toque por otro navideño, suave y meloso como el turrón, mazapanes y peladillas que se apilaban como torres de juguete en los escaparates de las confiterías.

Todo ello invitaba a una falsa fraternidad, mientras tanto, los obreros de la construcción trepaban a las ocho por los andamios, tenían un receso de quince minutos para el bocadillo de las diez, dejaban el tajo a la una del mediodía para comer y reanudaban las tareas a las dos y regresaban para sus casas a las siete.

En el mercado abierto de la plaza del Fontán se iban cerrando los puestos. Era en ese momento habitual, por entre ellos, ver rondar a gentes en apariencia de opuesta posición social: las había que iban envueltas en abrigos de pieles, posiblemente regalo de “Cáritas” que aparte de protegerlas del frío del atardecer, les hacía sentir una gran autoestima; por contra, las había que preferían resaltar su carencia con remendadas y raídas telas, guantes recortados por los que asomaban luengas uñas y zapatos de época encontrados en el montón de basura del barrio.

Así vestidos para el teatro de la vida, recorrían la famosa plaza del Fontán, escenario en el que no faltaban los gatos, los chuchos y las ratas.

Solía yo atravesarla de regreso a la pensión. En una tienda donde se compraba de todo, como en las de los pueblos, tostaban cacahuetes y su olor me recordaba al que emanaba de la tienda de Colás el del Retiro en Pancar. Y de idéntica forma metía en el bolsillo de la trenca el cucurucho que a tientas lo iba despachando en nítidos recuerdos.

Un día de aquellas primeras nevadas, en lugar de tomar el tren para volver a casa, tuve que montar en un autobús junto con el resto de maestros en prácticas del Postigo para asistir al entierro en Belmonte de Miranda de uno de nuestros compañeros del que no recuerdo apenas más que su aspecto bonachón y alegre y su apodo: “Becerra”. No le importaba que así le llamásemos; como a su ídolo futbolístico: Heraldo Becerra Nunes. Era un futbolista delantero brasileño que tenía además la nacionalidad española, de su padre, natural de Trubia. Nuestro compañero lucía una melena idéntica a la de su ídolo y como además jugaba muy bien se le sorteaba para los partidos amistosos.

Había caído una buena nevada. Las estrechas calles del barrio estaban a rebosar de gente. El silencio inundó el valle minero, roto tan solo por el plañir de las campanas en la espadaña de la iglesia y los llantos de una abuela en su humilde casa.

viernes, 12 de agosto de 2022

160.- Anecdotario del curso en prácticas. (III)

 Situación urbana de la Escuela

    En pleno barrio Postigo Bajo que, como su nombre indica, estaba una de las puertas de entrada a la ciudad de Oviedo. En el año 1971, era un continuo ir y venir de automóviles de todas las características en tamaño y servicios. Las aulas que daban a la fachada de entrada, en el lado norte, tenían que soportar el ruido de los camiones, autobuses, coches y motos, en ambos sentidos, por una calle no muy ancha y dos aceras bajas y estrechas para los peatones. A pocos metros de la entrada había un taller mecánico que aportaba también buena parte del ruido. El edificio aún conservaba vestigios de mejores tiempos, por la verja y portilla de forja, los arcos de la puerta y ventanales ribeteados en ladrillo macizo. Las maderas precisaban una segunda mano de pintura sin satinar que las saciara después de tantos años sin ser atendidas. Los muros de piedra certificaban bien a las claras el impacto de proyectiles con los característicos desconchados en la cal que los revocaba. Por la parte del sureste, a través de la galería de la clase de 4º se veía el campo parcelado con el trajín normal de la agricultura y ganadería hasta donde la vista lo permitía: no había otro edificio que lo impidiese, salvo una nave destinada a los autobuses de la ciudad y sus talleres; vendría a ser como la cofia de una raíz que acabaría por engullirse al campo. De aquellas pequeñas granjas ganaderas salía a diario un carromato cargado con la leche para ser repartida litro a litro al pie de los pisos. Por lo demás, en pequeñas huertas se levantaban casetas de aperos, cubiles y gallineros cercados de telas metálicas, techados de uralitas y con las paredes metálicas, del reciclado de los bidones de grasa y petróleo que se echaban en basureros consentidos.

    El concepto “basurero pirata” no se conocía. Cualquier rincón del campo, bosque, río, charca, cueva, torca o acantilado podía convertirse de la mañana a la noche en un consentido depósito, no solamente de basuras, sino también de residuos de todo tipo de empresas. Incluidas las municipales.

    La calle de El Postigo estaba bien surtida de establecimientos: cafeterías, bares, panadería, zapatería. En un local, bajo los ruinosos pisos en el inicio del “Campo de los patos”, descargaba carbón un “Ebro” que posteriormente era distribuido por la ciudad en sacos de yute a bordo de una moto carro. Enfrente mismo del colegio se anunciaba en un pequeño cartel con busto de mujer tomando puntos en una media de cristal, por el día: por las noches, en el bar debajo, se mesaban las faltriqueras de los clientes que a él acudían.

    A medio centenar de metros, la vista en línea recta al norte, se dejaban ver los tanques de acero pintados de gris de los depósitos del gas natural, de los que salían gruesas tuberías de distribución aérea de unos a otros.

    Las madres, por lo general, traían a los alumnos más pequeños y venían a recogerlos, en la mañana y en la tarde. En esas cuatro ocasiones diarias tuvimos la oportunidad de hablar con ellas cuando fue necesario; las reuniones con padres, al menos en aquella escuela, no era habitual.

    Como ya creo haber explicado, me es imposible determinar el orden cronológico de los acontecimientos, por tanto los iré narrando tal como me vengan.

    Debía de ser a finales del otoño, cuando las primeras heladas dejaban una fina capa de escarcha en los pastos y el aire frío se colaba como finas cuchillas por entre los ventanales de la galería. Recuerdo que a don Eduardo no le importaba que los niños se cubrieran con el pasamontañas y zamarras para mitigarlo. A pesar de la cercana fábrica de gas, a las aulas no llegaba ni pizca de calor. Los niños habían bajado a jugar en exiguo patio y un enorme vocerío sobrepasaba prácticamente al de los motores en la vía pública. Nos dijo que si queríamos acompañarle a la dirección sin explicarnos el motivo. Le seguimos hasta un cuarto que había en el piso primero y llamó a la puerta. Una voz de mujer dijo:

    – Adelante.

    La directora estaba centrada en estudiar para unos exámenes de la facultad de Ciencias de la Educación que le permitirían acceder al cargo de inspectora. Sin poder ocultar el asombro por nuestra llegada, nos lanzó una mirada interrogante por encima de sus gafas desde el otro lado del escritorio.

    Un flexo fulminaba con un haz amarillento la oscuridad del cuartucho y enfrente de la mesa un aparato de resistencias eléctricas le calentaba con rítmico vaivén sus pies descalzos. El leve rubor que cubrió su rostro y el tartamudeo de las cuatro palabras de su pregunta, no sé por qué, hicieron sentirme mal.

    –¿Qué les trae aquí?

    Simplemente, – contestó nuestro maestro tutor – venimos a calentarnos un rato.

    Y comenzó a frotarse las manos frente a la estufa, actitud que nos pareció justo imitar, por puro corporativismo. 

    Desde el ventanal del aula me había fijado en la niebla que como una nube de algodón de azúcar cubría los prados. Por el tendido eléctrico que abastecía al edificio, finas gotas desfilaban por ambos cables de cobre hasta llegar a las tacillas de cerámica blanca ancladas en el embreado poste de la luz. En ese punto, una vez unidas se engrosaban y caían tamborileando sobre la tapa del alcantarillado.  

    Mientras remedaba el ritual de calentamiento de mis dos colegas, puse en conocimiento de la rectora la existencia de graves rendijas en las paredes y del deterioro de la masilla en las cristaleras, motivo por el cual, eran zarandeadas por el viento, aparte de dejar pasar el agua y el frío. ¡Para algo habrían de servir los trabajos que había hecho por mi cuenta en casa, tras el aprendizaje bien aprovechado de mi servicio como peón de varios oficiales de la construcción!  

   Ya se sabe que tres garbanzos no hacen el pote, pero evidentemente lo forman si se añaden otros más. Cumplido nuestro cometido, nos despedimos de la jefa con intachable cortesía, cerramos la puerta tras nosotros y bajamos al patio de recreo a charlar sobre el suceso con el resto de colegas.

    En otra ocasión, el altavoz de la entrada de la escuela sonó de continuo, mucho más tiempo del que solía emplear. Miramos el reloj y aún no era la hora de la salida. Fue don Eduardo quien nos dijo que sería un aviso de evacuación urgente. Sin alterar, pero con voz firme, sin exageraciones mandó a los alumnos que se pusieran sus trencas y que bajasen sin atropellos las escaleras. Él cerraba el paso y nosotros vigilamos la bajada, uno a mitad de fila y el otro por delante para mantener el paso y evitar el riesgo de avalancha contra la barandilla.  

    Una alarma había comenzado a sonar en la cercana fábrica por causa de un escape del gas. Se habían concentrado varias unidades de bomberos en la estrecha calle que va desde El Campillín, sube a la altura de la fábrica para salir a la calle Argüelles. 

   Se notaba mucha agitación en el barrio y el tráfico de la nacional que atravesaba el Postigo Bajo. Había sido detenida la caravana de camiones y autobuses a un centenar de metros en ambos sentidos entre el Campillín y Campo los patos. La llama de protección de los depósitos seguía activa como de costumbre. Dos agentes llegados en un 2 CV Citroën azul descongestionaron el tráfico. 

    Algunas madres llegaron a recoger a sus hijos antes de la hora de salida y los maestros en prácticas tuvimos que mantener en la tranquilidad y jugando al resto hasta que sus padres viniesen a recogerlos.  

    Las compañeras que hacían las prácticas en el ala oeste del edificio escolar nos comentaron que algunas niñas habían sufrido signos de amodorramiento, pero por suerte las evacuaron a tiempo.